Capítulo 34. Leva.
Zelda agarró las bridas de Epona y tiró de la montura hacia la senda que dirigía a Kakariko. Le había dejado a Link un poco de espacio para despedirse de Rumba, pero Darunia había vuelto a aparecer con su efusiva ignorancia. De no ser por su inmensa cabezonería y lo difícil que había sido negociar con él, podría haber llegado a cogerle cierto aprecio. Era un ser increíblemente enérgico, sencillo y sin capacidad de maquinar para mal. Que los zora le hubieran acusado de algo tan atroz como habían hecho dejaba claro los antiguos rencores que su raza aún atesoraba.
Mientras terminaban de hablar se dedicó a observar la increíble entrada a Ciudad Goron. La ladera había sido excavada hasta dejar una abertura que atravesaba el volcán de lado a lado, dibujando un enorme arco de roca. En función del ángulo del que se viese podía parecer una muesca en el volcán, o simplemente pasar desapercibido. Solo siguiendo el sendero entre las pequeñas chimeneas podía llegarse a la base de ese arco, y era ahí donde se encontraba el hogar de los goron.
La entrada había sido excavada en la misma roca y, si los grabados que la enmarcaban no eran suficientes para adivinar a sus habitantes, los cuatro rubíes que la coronaban en el símbolo de la piedra sagrada lo dejaban claro.
Frente a la entrada se alzaba un enorme monolito de roca negra, contrastando con la rojiza piedra volcánica del lugar. A su alrededor había un total de seis pequeñas piedras esféricas blanquecinas. Zelda suponía que se trataba de una representación de los seis sabios que sellaban el mal en las leyendas.
Volvió la vista a Link, preocupada. En el poco tiempo que había hablado con el patriarca goron había podido distinguir que algo no andaba bien con él. En sus labios había una sonrisa forzada que sus ojos no podían imitar. Estaba triste, pero lo ocultaba con maestría, como un mago oculta sus trucos. Ni siquiera el valioso regalo que le habían hecho los goron y ahora colgaba de su espalda parecía haber conseguido levantarle el ánimo.
Un momento después Darunia abandonó el lugar, dejando a Link un momento a solas con Rumba. Se acuclilló a su lado y le dijo algo entre susurros. Rumba asentía, y al final le dio un abrazo. Aquellos dos se habían hecho muy amigos a pesar de lo huraño que era Link. Su carácter era duro como una piedra, y solo la inocencia del pequeño goron había conseguido romper la coraza que había levantado a su alrededor.
Cuando finalmente se separaron y Link se acercó a ella, pudo ver cómo sus ojos se habían humedecidos. Pero lo que más le sorprendió fue ver una chispa de alegría en su interior, algo había cambiado.
–¿Podemos irnos? –preguntó con cierto retintín.
Link asintió, dejando que una sonrisa aflorara en su rostro. –Por supuesto, princesa.
–¿Crees que encontraremos a mi montura?
–Lo dudo –respondió Link, subiendo a la grupa de Epona–. A estas alturas estará en la Pradera.
Zelda maldijo en voz baja. Es cierto que hacía calor pero las gerudo entrenaban a sus caballos en el desierto y no pasaba nada, ¿de verdad no podían mantener a su yegua un par de días refrescándola con agua?
Link le ofreció un brazo para ayudarla a montar y, cuando estuvieron listos, comenzaron la vuelta a Kakariko. A diferencia de la ida, montar a Epona y tener a Link en plena forma le dio una seguridad que no recordaba necesitar. El hecho de jugar a apoyarse en su pecho tampoco estaba mal. Lo único que echaba en falta ahora era ver a Rumba rodando varios metros por delante.
–¿Qué te dijo? –preguntó. Era curioso hablar con alguien que estaba a su espalda.
Link pareció sopesar la respuesta. No supo si por pensar a qué se estaba refiriendo o si estaba decidiendo si contarlo o no. ¿Se habría excedido? –Eres un poco cotilla, ¿no? Como las ancianas de Kakariko.
El tono de la respuesta le dio alas. –No, soy curiosa, como un gato listo y ágil.
–Ágil, ¿eh?
Vapor y oscuridad, calor y susurros, sus manos recorriendo unos abdominales húmedos. La imagen que se formó en su cabeza le propulsó la sangre a las mejillas. Le dio un codazo en la tripa, por si acaso.
–Hahaha –rio él–. Está bien, te lo contaré. Sabes que los goron tienen un sentimiento de hermandad muy fuerte, ¿no?
Ella asintió. Si había una raza cuya cultura más estuviera ligada a la familia esa sería la goron. No era que los hylianos o los zora quisieran menos a sus hijos. De hecho, debido a su longevidad, los duelos de estos últimos podían alargarse años. La diferencia con los goron resultaba en que consideraban a todo su pueblo como una misma familia: una hermandad a través de la cual amaban y sufrían como uno solo. Si uno fallecía lo llorarían todos por igual y, del mismo modo, todos estarían dispuestos a morir por cada uno de ellos. Aquello les daba una fortaleza mayor aún que la que les proporcionaba su cuerpo.
–Pues muy en resumidas cuentas, Rumba me ha considerado su hermano.
Zelda frunció el ceño. –¿Eso se puede hacer? Quiero decir, ¿con un hyliano?
–¿Por qué no? A ellos no les importa la sangre.
Se encogió de hombros. Tenía cierto sentido. –¿Eso es lo que te ha conseguido animar?
–¿Tanto se notaba?
Zelda bufó. –Ni siquiera tu juguete nuevo te había sacado una sonrisa de verdad.
Link la rodeaba con los brazo por ambos lados para sujetar las riendas de Epona y, tras su comentario, la presionó con los antebrazos: un conato de abrazo. Aquel gesto le hizo sentirse halagada, poderosa. –Qué observadora.
–Solo te faltaba llorar. –Tenía que vengarse por lo de "ágil".
–Cada vez te veo más el parecido con las viejas de Kakariko. Hay una en especial que hace pociones y podría ser tu hermana gemela.
–¿Pociones? ¿Qué es, una bruja?
–Básicamente.
Segundo codazo. Segunda carcajada.
–La verdad es que me había afectado venir a Ciudad Goron –explicó Link. Ahora sí hablaba en serio–. En el otro… ya sabes. De pequeño había ayudado a Darunia. Esto que te cuento es antes de que naciera Rumba. –Zelda asintió. –El caso es que Darunia también me consideró su hermano, y cuando volví más tarde tuvo un hijo.
–Rumba –completó Zelda.
–Sí y no –contestó–. El chaval era igual que Rumba, pero se llamaba Link. Le puso el nombre en mi honor.
Esa revelación le dejó sin palabras. Todo ese tiempo, todo aquel viaje, tener a Rumba al lado era un recordatorio de lo que ya no era, de la realidad de la que le habían emancipado. Y por si fuera poco, había vuelto a uno de los lugares en los que no le recordaban, una prueba más de que su pasado había sido borrado. ¿Cómo no se había dado cuenta de ello?
–No lo sabía…
–Claro que no ¿Cómo ibas a saberlo si no te lo he contado? Ni se te ocurra sentirte mal por no haberlo hecho, que nos conocemos. –Ahora le tocó sonreír a ella. La había calado. –Es como si… como si todo volviera a su ser.
Asintió, continuando el camino en silencio. Estuvo un tiempo ensimismada en el paisaje, en los afilados contornos del volcán y los pináculos que ascendían desde el suelo, pequeños colmillos envueltos en azufre y vapor. En su cabeza resonaba la última frase que había dicho Link. Bajó la vista a su mano y pudo ver el símbolo del triángulo marcado en el dorso. La mano de Link que sujetaba las riendas también lo tenía.
–Link… ¿Tú crees en… que todo está predeterminado?
–¿A qué te refieres?
¿Cómo explicarlo? La idea ni siquiera estaba formulada en su cabeza. No era más que un boceto, un hilo del que tirar. Se refería a todo, a las decisiones que habían tomado, a cómo se habían desarrollado los hechos. Pero sobre todo... –Nosotros… Lo que yo siento.
Dejó la frase en el aire, sin haberla terminado creía haber dejado claro a qué se estaba refiriendo. Sin embargo, Link no habló. Se mantuvo en uno de sus múltiples silencios y el no poder ver su rostro le impedía identificar cuál de ellos era.
Link vació el aire de sus pulmones por la nariz. ¿Se habría ofendido? Quizás habría entendido que ella menospreciaba sus sentimientos. Que, a fin de cuentas, no venían de él sino de una entidad superior.
–¿Importa acaso?
–¿Qué?
–Digo que si importa –repitió. Tardó un momento en continuar–. En primer lugar, ¿podríamos hacer algo si así fuese? Estamos hablando de Diosas, de seres que pueden influir en el libre albedrío de la gente. Han creado tierra y la han poblado de vida. ¿Podríamos rebelarnos contra ellas?
–Ya, pero… –Buscó las palabras para describir el malestar que sentía en su estómago, esa rabia y rebeldía que quemaban su sangre. –Es como si fuéramos marionetas, como si fuera falso.
–Eso también lo he pensado. En cada maldito designio y cada sagrada misión, en cada arista de mi vida estaba la voluntad de las Diosas. –Link chasqueó la lengua con resentimiento, y después volvió a suspirar. –Y aun con todo, la intensidad… Desde que empezamos esta misión me siento más vivo que nunca. ¿Tú no lo sientes así?
Miró a su interior, a lo más profundo de su corazón. Cabalgar por la pradera con Epona, descansar bajo un manto de estrellas, los dedos de él ordenándole un mechón de pelo tras la oreja, bañarse en las gélidas aguas de Tabanta con un goron, la frustración de estar al borde de la muerte y no haberse sincerado. ¿Todo aquello era real? –Sí.
–Pues creo que eso es lo único que importa –concluyó Link. Notó cómo apoyaba la barbilla sobre su hombro. Al hablar, su aliento le erizó la piel.– Y tampoco es que me queje sobre lo que me "obligan" a sentir.
Ladeó la cabeza para buscar su boca. Todo eran banderas rojas pero ella había cerrado los ojos. No podía seguir haciéndose la dura si le decía cosas como esa. Sintió su respiración en la piel, primero en el cuello y después en la mejilla. Sus labios vibraban esperando el contacto.
El hechizo se rompió al escuchar el repiqueteo de los cascos de un caballo al galope. Link también debió de escucharlo, porque notó cómo se erguía tras ella y se llevaba la mano a la empuñadura del mandoble. Con la mano libre guio a Epona al lateral del camino.
A los pocos segundos pudieron distinguir a la fuente de aquel ruido. Se trataba de tres jinetes vestidos de negro. Desde aquella distancia no podía distinguir sus rostros pero a los pocos segundos supo por qué. Tenían el rostro cubierto con un pañuelo negro. –Son sheikah.
Sus palabras no tranquilizaron en absoluto a Link. La tensión que irradiaba parecía solidificar el aire. Las preguntas que estaría formulando en su cabeza también se las hacía ella. ¿Qué hacían allí? ¿Venían a por ellos? ¿Los enviaba su padre o su hermano? No tenía sentido, los sheikah eran excelentes rastreadores, no habrían tardado tanto tiempo en dar con ellos.
Los jinetes los alcanzaron a los pocos segundos, pero para sorpresa de ambos continuaron sin detenerse. Zelda intercambió una fugaz mirada con uno de los jinetes cuyos ojos eran de un rojo que rozaba el dorado. El polvo que levantó la comitiva se mantuvo suspendido durante unos segundos.
–No lo entiendo –dijo Link, siguiéndolos con la mirada hasta que desaparecieron tras uno de los pliegues de la montaña–. ¿Van a Ciudad Goron?
Eso era. Los ojos de Zelda se abrieron al comprenderlo. –Son mensajeros. –Link se volvió a ella con el ceño fruncido. –Mi hermano me ha hecho caso y ha mandado una comitiva a Ciudad Goron.
–O el rey –sugirió Link en voz baja–. Al final ha buscado el apoyo de los goron.
Zelda asintió. Aún había esperanza, aún podían ganar. –Eso es, y seguramente también haya mandado otra al Dominio. –Miró hacia la lejanía. La figura de la Ciudadela era una tenue sombra en el horizonte de Hyrule.
Link reemprendió la marcha sin avisar, cosa que pilló a Zelda por sorpresa. Se dio la vuelta para reprochárselo pero cuando vio su rostro sombrío cambió de parecer. No compartía sus renovadas esperanzas. –¿Qué ocurre?
–Cuando un gobernante llama en armas a sus vasallos… –Dejó la frase incompleta.
–Es porque la guerra es inminente. –Link asintió. –Debemos volver al castillo.
Cogió las riendas de las manos de Link y azuzó a Epona. La yegua respondió al instante y obligó a Link a agarrarse a su cintura. En su mente se iban forjando nuevas preguntas. ¿Había mandado su hermano a los sheikah o había sido su padre? ¿Cómo había sido recibido Noah en la Ciudadela? ¿Lo habría encerrado su padre en los calabozos? ¿Qué había roto el statu quo con las gerudo? ¿Había hecho Ganondorf el primer movimiento?
El camino de arena se convirtió en uno adoquinado cuando llegaron a la parte alta de Kakariko. El pueblo presentaba un aspecto totalmente distinto al que había tenido las demás veces que lo había visto. La vida de las calles se había convertido en un bullicio artificial. Las puertas de las casas estaban abiertas y las familias cargaban sus pertenencias en carretas. El tempo de aquel pueblo se había acelerado como el corazón de un hombre cuando corre. Todo era tensión, voces y órdenes. Solo las aspas del gran molino revelaban que el tiempo seguía pasando a la misma velocidad.
–¿Qué demonios es todo esto? –dijo Link a su espalda.
Zelda reparó en la gente que abandonaba el pueblo. Había mujeres y niños, pero sobre todo hombres. Algunos cargaban sus pertenencias en los carros y otros llevaban un zurrón a su espalda. Todos se despedían de los suyos.
–Ahora sí que están yendo en serio.
A Zelda no se le escapó un detalle clave. Aquellos hombres habían huido bajo el mandato de su padre, por lo que aquel cambio de estrategia solo podía suponer una cosa. –Mi hermano manda ahora en la Ciudadela.
–Eso no es bueno –opinó Link–. El príncipe es demasiado joven, no tiene experiencia en este tipo de conflictos.
–No sé si mi padre estará colaborando con él o no. –En realidad, todo dependía de cómo había sido ese traspaso de poder. Si había sido pacífico, su padre se sentaría tras Noah y pondría a su disposición todo su conocimiento y experiencia. Pero si no había sido así… Se le revolvió el estómago al pensar en ello. –Debemos saber qué ha ocurrido en la ciudad.
Para atravesar el pueblo tuvieron que reducir la marcha. Los soldados que dejaban atrás a sus familias se abrazaban a ellas sabiendo que podría ser la última vez que los viesen. Besaban a sus mujeres y acariciaban las cabezas de sus hijos. Otros habían optado por llevárselos a todos consigo. Pensarían que estarían más a salvo tras las murallas de la Ciudadela.
Una mujer se llevó la mano al hombro izquierdo, después al derecho y luego a la frente para acabar besándose el dedo, santiguando a la columna de personas que abandonaba aquel pueblo hacia un viaje del que quizás no volverían. Zelda dudaba que las Diosas fueran a hacer algo por ellos.
Link había recuperado las riendas y dirigía a Epona con maestría entre el gentío. –Parece que se está yendo todo hombre con capacidad de luchar.
–Es lógico, Noah necesitará a todos los hombres posibles.
–Sí pero, ¿qué hay de la seguridad del pueblo? ¿Y si vuelven los stalchilds?
–¿Los stalchilds? No creo que sean una amenaza –respondió Zelda, confundida.
–¿Cómo que no? ¿No recuerdas la horda que nos perseguía cuando llegamos a Kakariko?
–¿Qué horda? –preguntó.
Era cierto que la noche de la última luna roja había despertado a algunos stalchilds, pero habían acabado con ellos en aquel mismo lugar. El motivo por el que no siguieron acampados allí fue porque la presencia de aquel recordatorio mágico había puesto nervioso a Link. Cuando llegaron a Kakariko avisaron a los guardias y cerraron las puertas, como se había hecho siempre antes de que Ganondorf huyera a Gerudo.
Una idea le rondó por la cabeza. –¿Crees que los stalkids llegaron a Kakariko?
–Eran… eran una ilusión, ¿no? –Él también había llegado a esa misma conclusión.
–Eso me temo. Balbuceabas algo sobre un reino muerto.
–Ikana.
–Sí, ¿qué es Ikana? –Aquel territorio no era de Hyrule ni sus alrededores.
–Es… es una tontería. Ese sitio no existe. –Esa respuesta no le gustó. –Zel, tengo que pedirte un favor.
–¿Qué pasa?
–Tenemos que pasar primero por el rancho. Necesito saber si Malon está bien.
–Claro –dijo al instante. En un principio ese había sido el plan, pero la visión de los sheikah galopando hacia Ciudad Goron y el frenesí de Kakariko había hecho que lo olvidara.
Siguieron a la muchedumbre de carretas y carromatos hasta llegar a la entrada donde estaba la mujer que santiguaba a los hombres. A su lado había un hombre mayor con un pañuelo en la cabeza. Tenía la columna encorvada como un árbol viejo, pero sus brazos seguían siendo robustos.
–Thims –saludó Link, parándose a su lado. Volvió a acercar la cabeza a Zelda para susurrarle al oído–. A ver si sacamos algo de información.
–¿Quién es? –preguntó ella en el mismo tono.
–Un viejo que construía puentes.
–Vaya… –dijo el anciano cuando Link bajó de Epona–. Vosotros también, ¿eh? Qué lástima.
–¿Qué? –dijo él, confundido, y después miró a Zelda, que tampoco parecía entenderlo.
–Vais a la Ciudadela.
–Así es. ¿Por qué lástima?
–Los hijos de la guerra marchan al campo de batalla, todos con ganas de mostrar su valía. –El hombre parecía triste, casi tanto como sus palabras. –Qué equivocación, cuando la memoria falla siempre se repiten los mismos errores.
¿Guerra? ¿Acaso la gente abandonaba Kakariko porque iban a ser atacados? ¿Qué había ocurrido? Zelda se le adelantó. –¿Hay nuevas de la Ciudadela?
El viejo Thims frunció el ceño y miró con recelo a Zelda, luego a él. –Otra vez sin enteraros de lo que pasa a vuestro alrededor.
–Estuvimos en Ciudad Goron –contestó Zelda.
–Ciudad Goron está cerrada a hylianos –respondió el hombre, juzgándola con la mirada.
–Ahora no, nos cruzamos con unos sheikah que subían por la senda.
–Hum… –murmuró. Tenía la piel cobriza y seca, arrugada como un papel doblado un millar de veces. Para cada gesto que hacía, cientos de arrugas le surcaban el rostro–. Una partida de sheikah llegó a Kakariko ayer, y varios de ellos fueron hacia la senda de la montaña.
–¿Qué órdenes traían?
El anciano abarcó el panorama que les rodeaba con un brazo. –Todo soldado del reino debe volver a las filas del ejército real. Ya lo puedes ver.
El ejército real. Si aquellos hombres estaban sometidos a la leva es que habría guerra. Volvió a mirar a toda esa masa de personas que abandonaba el pacífico pueblo y comprendió la tristeza del viejo.
–¿Se ha dicho quién los ha convocado? –La pregunta de Zelda lo trajo de nuevo a la realidad–. ¿Eran órdenes del rey o del príncipe?
–Era un mandato real –contestó el hombre. Después pareció pensar sus siguientes palabras–. Han habido rumores de que el príncipe había vuelto a la ciudad pero eso da igual. Desde que el cielo es azul, las órdenes las da el rey.
–O sea que seguimos sin saber quién ha dado la orden –dijo Link, volviéndose a ella.
–¿Y quién propagaría rumores de que Noah ha vuelto?
–¿Comerciantes? –probó Link. Tenía sentido.
–Lo que importa es que habrá guerra –repitió el anciano. Parecía desolado–. Da igual quién haya dado la orden. El reino volverá a sangrar otra vez. Los soldados lo intuyen, y por eso están llevándose a sus familias de vuelta a casa.
¿Llevar a los civiles a las murallas? Eso no encajaba con la estrategia que se había planteado en un principio. –Si no quieren forzar un asedio es cosa del príncipe –dijo Link en voz alta–. La idea del rey era forzar el asedio en la Ciudadela, ¿no?
Zelda asintió. Una táctica ofensiva tan agresiva tenía la firma de su hermano.
–Es una locura –murmuró Link. Tenía la cabeza gacha y el ceño fruncido–. Hay que hablar con él.
–Con él –rio el anciano. Era una risa desprovista de alegría–. Buena suerte con eso. Y cuidado por el camino, han aparecido bestias salvajes por la Pradera.
Link se colocó tras ella y, de forma automática, volvió a agarrarse a su cintura. Cuando iba a espolear a Epona miró al anciano. –Oye, viejo. ¿Sabes algo de Malon? La chica del rancho Lon Lon.
–Oh, ¿la pelirroja? –Link asintió. –Por lo que he oído sigue allí. Tiene un temperamento totalmente opuesto a su padre. Dice que no habrá quien la mueva de ahí.
–¿Pero no han habido ataques?
–Claro que los han habido, pero no da su brazo a torcer. Parece que hay un grupo de mercenarios con ella.
–¿Mercenarios? No tiene tanto dinero.
–Dicen que vinieron por su dinero, pero se han quedado por ella.
Link maldijo en voz alta. –¿Y por qué demonios no se ha ido?
–Dicen que está esperando a alguien –contestó el anciano, encogiéndose de hombros. –El mundo se derrumba y todos miran a otro lado.
Notas de autor: He intentado que el tono de este capítulo fuera el de una conversación post coito jajaja. A fin de cuentas, casi es lo que es.
Si bien no he desarrollado demasiado a los goron, quería dejar de forma superficial un poquito más de su cultura, resaltando el tema de la hermandad. Espero que hayáis sabido identificar qué le han regalado a Link.
En cuanto al tema de la movilización en Kakariko, como lectores tenemos la ventaja de saber qué pasa en según que sitios, pero hay que comprender el desconcierto de nuestros protagonistas. Una vez más, quería incidir en que el mundo no gira a su alrededor, sino que se mueve sin tenerlos necesariamente en cuenta.
Sakura: ¿En serio? Me alegro. La verdad es que tenía un poco de miedo de que el contenido "sexual" de la escena opacara que realmente era algo bonito; como bien dices, la aceptación de Zelda. Aun así, tampoco quiero considerar como si de aquí en adelante fueran novios. En las relaciones no suele ser así, las cosas van fluyendo de forma más orgánica. Lo veremos más adelante. Como siempre, muchas gracias por el comentario.
