Herencia
Había sido decisión de Emma estar delante del féretro del padre y despedirse. Estaba quieta contemplando el cajón de madera negra, pulida y sencilla donde Daniel yacía. En realidad se había quedado con la horrible imagen de los ojos sin vida y el olor a sangre cada vez que recordaba aquella escena grotesca. No le estaba resultando sencillo cambiar esos pensamientos, aunque en aquel momento lo deseaba enormemente. Suspiraba, mirando hacia arriba, rezando una oración que había aprendido con su abuela cuando era pequeña. Eran las únicas palabras que encontraba para decirle a Daniel. A su espalda, Regina esperaba que el adiós de su amada acabara, ya había realizado el suyo y no se había olvidado de incluir con el cuerpo del ex marido alguna parte de la colección de cuadros que él había pintado a lo largo de su vida. Daniel volvía a San Francisco, a su casa, a su cuna, acompañado de la mayor pasión de su vida, sus cuadros.
‒ Descansa en paz, Daniel‒ Regina se adelantó, tocó el ataúd y colocó sobre él un ramo de flores. Tenía un nudo en la garganta, pero lo que más le incomodaba era la música fúnebre que no salía de su mente.
Emma le dio la mano y se apartaron, pidiendo que finalmente se lo llevaran. Y en un parpadeo, vieron cómo el ataúd era metido dentro del coche negro.
‒ ¿Va a la capital y después a San Francisco?‒ preguntó Emma como quien pregunta sobre alguien vivo.
‒ Sí. El cuerpo está embalsamado, esta noche llegará a California‒ dijo Regina, más calmada, ya de espaldas al coche fúnebre, y alejándose con Emma ‒ ¿No quisiste verlo por última vez?
‒ No. Tuve una mala impresión al ver su cara aquel día. Quería quedarme con un buen recuerdo de quien fue en mi mente.
La señora Mills pensó rápidamente, sabía cómo realizar los deseos de Emma, pero para eso tenían que volver a la mansión. Ya no era la escena del crimen, el sitio estaba de nuevo en manos de Regina, pero antes de confirmarlo definitivamente, tenía que confirmar cuánto de lo que le pertenecía a Daniel era también suyo ahora que él estaba muerto.
No había duda alguna sobre el hecho de volver a vivir en la mansión después de lo ocurrido. Sería una idea absurda si decidiese vivir donde Daniel había muerto y donde los últimos meses no había sido feliz. Sin embargo, tuvo que regresar. Había marcado una cita con Isaac, el abogado, y era muy importante que estuviera allí dentro. Emma estacionó el coche en la puerta de la mansión y observó la fachada, literalmente abandonada, intacta y sucia, como si los hechos allí acaecidos hubieran transformado la casa en un sitio maldito.
‒ ¿Extraño, no? Parece que está cerrada y en cambio parece que hay alguien viviendo allí dentro‒ dijo la muchacha
‒ Tengo una mala sensación. No quiero entrar‒ Regina miraba hacia las escaleras y el jardín.
‒ Puedo resolver esto por ti, ¿qué te parece?‒ Emma extendió la mano
‒ Tengo que bajar. Isaac tiene que decirme lo que es mío por derecho dentro de la casa.
‒ ¿Belle está ahí?
‒ Creo que sí
Bajaron del coche y Regina no tuvo que usar la llave que tenía. Belle apareció en la puerta, sin el uniforme de empleada -ya no era necesario usarlo- y las recibió.
‒ ¿Están bien? ¿Señora Mills?‒ hizo una breve inclinación hacia la escritora que le ahorró el gesto.
‒ Dentro de lo que cabe, Belle, ¿y tú?‒ preguntó Regina, subiendo el último escalón de la entrada.
‒ Igual. Me he enterado de que el cuerpo del sr. Colter ya ha sido enviado hoy.
‒ Acabamos de verlo marchar, venimos de allí‒ respondió Emma ‒ ¿Cómo están las cosas por aquí?
‒ Tranquilas al fin, después de lo ocurrido. Los vecinos no hacían otra cosa sino intentar entrar. Si no hubiera estado de centinela, quizás hubieran entrado y robado.
‒ Gracias, Belle, no te preocupes más. Vamos a resolver la situación de la casa hoy mismo.
Aunque recelosa, Regina entró en la mansión con Emma pegada a sus talones. Allí dentro todo era extraño, tal cual había dicho la muchacha. No parecía que Daniel había sido asesinado hacía unos días, y la impresión que daba era que iba a aparecer en lo alto de las escaleras en cualquier momento. Mientras deambulaba por la casa, Regina escuchaba la misma música fúnebre que insistía en perturbarla, y parecía cada vez más alta dentro de su cabeza sonando en bucle infinito.
Era un hall oscuro, bonito, decorado con papel pintado, los cuadros más simples de Daniel y menos de media docena de altas cómodas. Regina recordaba que había sido ella misma quien había organizado todo cuando llegó el camión de mudanza de Nueva York. A su lado, Emma se detenía para prestar atención en los mismos detalles y, antes con miedo, ahora con curiosidad. La puerta del taller estaba cerrada. Todos los cuadros habían sido sacados, ahora no era más que un cuarto vacío, tan sin vida como su dueño. No se arriesgaron a subir, pero allí, al lado de la escalera estaba la puerta doble del despacho y Regina la abrió con calma. Hacía un rato que le había cogido la mano a Emma, y así entraron, de manos dadas, al recinto donde la escritora solía pasar más tiempo. Entonces, Emma se encontró de frente con el cuadro en lo alto de la pared y reaccionó encantada.
‒ ¡Regina! ¡Dios mío! ¿Eres tú? ¡Qué hermoso!
Mills sonrió ante la sorpresa de la muchacha y se acercó a la pared donde estaba colgado el cuadro.
‒ Lo pintó Daniel y me lo regaló. ¿Te gusta?
‒ ¡Es increíble!‒ la muchacha estaba hipnotizada.
‒ Daniel nunca desperdició lo mejor que sabía hacer. A pesar de que cuando me regaló el cuadro yo era completamente infeliz, voy a guardarlo como un buen recuerdo del talento que tenía‒ se acordó que había ido al despacho a hacer algo, se acercó a la mesa y buscó en los cajones ‒ Aquí está. Hay más como estas y las de la boda en un álbum, pero esta foto de Daniel quizás sea una de las cosas de las que más se enorgullecía. Puedes quedarte con ella, mi amor‒ Regina extendió una fotografía del pintor a Emma. Era una oda a la belleza del hombre del que Regina una vez se enamoró.
Emma cogió la foto, y se dio cuenta de que se parecía mucho a su padre. La mirada determinada, la boca fina como si estuviera conteniendo una emoción, aquella línea que aparecía en medio de las dejas.
‒ Fue un hombre muy guapo‒ dijo ella, mirando la foto.
‒ Sí, mucho‒ afirmó Regina
‒ Gracias‒ contestó Emma, con emoción, pues estaba aguantando el llanto desde el día anterior, desde la conversación mantenida con Ingrid y no sabía cómo dejarlo ir.
Regina, al notar la emoción de la joven, caminó hacia ella y le ofreció sus brazos. Fue un gran alivio y la paz que Emma necesitaba en ese momento. Swan se aferró a la escritora y respiró el aire entre ellas para mantener la calma.
‒ Eres todo lo que tengo ahora‒ dijo Emma, ahogadamente
‒ Ya pasó, mi amor, todo está terminando, ya no es necesario seguir sufriendo‒ suspiró Regina
‒ Si no fuera por ti, no sé si lo soportaría.
‒ Sí lo harías. Siempre has sido tan fuerte…Solo cálmate, lo peor ya pasó‒ Mills le dio un beso en la cabeza, y antes de poder decirle algo, Belle entró en el despacho interrumpiendo el momento.
‒ Sra. Mills…Emma…El abogado ya está aquí
Isaac, como abogado de Daniel en Mary Way Village, estaba al corriente de las últimas voluntades y deberes legales del pintor. Por un lado el testamento, y como Regina preveía, un hombre con la fortuna de Daniel debía haber decidido dejarle alguna parte a ella. En el fondo, la sra. Mills no quería nada de su marido. Era preferible escuchar que Daniel había hecho un nuevo testamento y se lo había dejado al abogado antes de morir. Infelizmente o no, la situación no era esa.
El hombre sacó de un sobre una carta dejada por Daniel y se puso las gafas. Regina y Emma estaban sentadas en las sillas cercanas, ansiosas para escuchar lo que fuera que vendría.
‒ Vamos a ver, sra. Colter Mills, en conversaciones mantenidas con mi cliente, dejó la explícita voluntad de autentificar este testamento antes de la fatídica noche. Bien, como no hay prueba de los registros en el archivo, el documento válido es el que he traído conmigo, dejado a mi cuidado por Daniel, fechado tres años atrás‒ dijo él
‒ Ok, pero, ¿qué dice ese documento?‒ cuestionó primero Emma
‒ Por favor, Isaac, sea breve‒ pidió Regina
El abogado vio que las dos intercambiaron miradas mientras él decidía abrir la carta. Entonces se recolocó las gafas y comenzó
‒ "Yo, Daniel William Colter, en este documento escrito, doy fe de mis últimas voluntades en caso de fallecimiento, muerte como consecuencia de una enfermedad o por cualquier otra razón que me deje privado de mis facultades mentales…A mi esposa, Regina Mills Colter, dejó todo mi patrimonio, que será tasado a partir de la fecha de esta lectura. Desde las obras realizadas por mis manos hasta los bienes tangibles que se encuentran a nombre del matrimonio. Por no existir herederos directos, fueran estos mis progenitores o mis descendientes, declaro como única beneficiaria de todo mi patrimonio a la que ha sido por tantos años mi compañera, con la esperanza de que ella haga de la fortuna el mejor uso posible"
Isaac, entonces, miró a Regina y le pasó la carta. Regina la recibió del abogado en silencio. La agarró y leyó exactamente las mismas frases escuchadas. Emma, por el rabillo del ojo, espió e intentó comprender. La muchacha miró a Isaac y quiso preguntarle si había entendido bien.
‒ Esto fue escrito cuando aún estaba casado con ella, ¿qué sucede si ya estaban divorciados?‒ preguntó Emma
‒ Nada invalida esta carta. El divorcio no cambia el hecho de que el nombre de Regina está puesto en un documento firmado por él. Además, Daniel no sabía que era padre y no tuvo tiempo de elaborar una nueva carta. Creo que la señorita, seguramente, sería una de las beneficiarias en caso de que él hubiera sabido que era su padre.
‒ Se enteró, pero murió al día siguiente‒ se lamentó Emma. Bajó la cabeza y quedó callada.
‒ Isaac, haga lo siguiente, hable con De Vil y pídale que se encargue de lo que hay que hacer. No quiero nada de esta casa, nada que haya sido de él, nada que me recuerde el pasado. Voy a donar los cuadros a los museos, vender los más solicitados y donar el dinero, a no ser que Emma lo quiera. Es tu derecho, cariño‒ la mujer miró a Emma
‒ No quiero ningún dinero de Daniel. Lo que él tenía y yo quería, ya lo tengo‒ la muchacha rió irónicamente.
Cuando Isaac escuchó que las dos rechazaban la fortuna del pintor, pensó que era una actitud equivocada.
‒ Recuerden, es una fortuna tasada en millones de dólares ‒ alertó él
‒ No necesitamos millones de dólares, sino lo suficiente para vivir‒ Regina se encogió de hombros
No era algo que Isaac comprendiera, pero era como el sr. Gold le había contado un día de estos, cuando estaban bebiendo unas copas en el Rabbit Hole. Las dos eran pareja y estaban juntas como uña y carne. Incluso parecía que llevaban tiempo juntas, incluso puede que desde que los Colter habían llegado a la ciudad. Había escuchado rumores sobre la abogada De Vil y Anita Lucas, ahora había esto entre Regina Mills y Emma Swan. ¿Qué había sido de las mujeres de aquella ciudad?, pensó él. Entonces se acordó de Betty, ¿o debía llamarle Ingrid? Era la madre de Emma, de eso se acabó enterando, y todo era una gran confusión, pues Daniel tuvo una aventura con Ingrid y solo había descubierto que era padre de la muchacha cuando esta estaba saliendo con su ex mujer. Evidentemente Heller estaba confuso. Se rascaba la cabeza con las patas de las gafas, sin embargo, volvió a centrar su atención en el testamento.
‒ Señora Colter y señorita Swan…
‒ Es señora Mills ahora‒ recordó Emma
El abogado se asombró
‒ Sí…Sí…Señora Mills‒ miró a ambas ‒ Presumo que mi presencia ya no es necesaria, solo viene a asegurar que los últimos deseos de mi cliente fueran aceptados.
‒ Se lo agradecemos, Heller. Hoy mismo hablaré con mi abogada y ella entrará en contacto con usted‒ Regina se levantó y le dio la mano.
Emma, enseguida, hizo lo mismo y cuando Isaac la miró, quiso decirle algo a ella.
‒ Siento mucho la pérdida, joven
Swan soltó su mano y alzó el rostro de manera orgullosa.
‒ ¿Usted era uno de ellos, no? Uno de los hombres que salía con mi madre.
‒ Bueno…Es verdad, estuve algunas veces con su madre‒ Isaac habló, algo sonrojado por la pregunta.
‒ Creo que en breve ella necesitará de sus servicios‒ comentó Emma mientras caminaba hacia la puerta del despacho para abrirla.
Él recogió su maletín y salió de la estancia.
La noticia de la prisión de Ingrid Swan se extendió tanto, sino más rápidamente que el asesinato de Daniel. Hasta ese momento, casi dos semanas habían transcurrido. El cuerpo del pintor fue enterrado en San Francisco. Emma y Regina habían decidido el destino de todos los cuadros y de la fortuna relacionada directamente con ellos. Ingrid alegaba constante y persistentemente su inocencia, convirtiéndose en una atracción en el imaginario popular de la pacata Mary Way Village. Como había dicho la hija, ella necesitaría los servicios de un abogado e Isaac fue uno de los primeros en saber que había sido detenida. El alcalde White le había pedido que la defendiera, aunque el nombre de Cristina De Vil también fue puesto sobre la mesa para ayudar a Ingrid, sobre todo por el hecho de ser mujer. A parte de todo lo que había sucedido en la ciudad, ahora los habitantes se veían obligados a esperar el juicio de la mujer más frívola que conocían.
‒ ¿Cuántas veces voy a tener que decir que soy inocente?‒ decía Ingrid, vestida con una de las mudas de ropa que David le había llevado cuando estuvo detenida en la comisaría de Mary Way Village. Golpeaba las esposas contra la mesa, frente al hermano, abatida, cansada, con grandes ojeras bajo los ojos y sus cabellos recogidos.
‒ Tu ADN estaba en la escena del crimen, Ingrid, y las huellas en el arma del crimen son las tuyas‒ David intentó hablar con ella en voz baja.
‒ Lo juro…No maté a Daniel, soy inocente‒ ella se estiró hacia delante y lloró escondiendo su rostro entre los brazos extendidos sobre la mesa.
‒ ¿Por qué no dices lo que sucedió entonces? ¿Qué estabas haciendo en su casa cuando ocurrió el crimen?
‒ Tengo el derecho de guardarme para mí lo que ocurrió
‒ Pues entonces no vas a salir impune, Ingrid. Todas las pruebas apuntan hacia ti. En un mes habrá un juicio, si no abres la boca para contar lo que pasó, en el tribunal te van a masacrar‒ David perdió la paciencia, se levantó y se puso a caminar por toda la sala de visitas.
‒ No lo entiendes, hermanito…
‒ ¡No! Realmente no entiendo, y entiendo menos cómo es que has llegado hasta este punto. Mira lo que has hecho con tu vida‒ la miró por encima del hombro ‒ Ya no consigo reconocer a mi propia hermana.
‒ Me arrepiento mucho
‒ ¿No crees que es un poco tarde para arrepentimientos? Estás completamente fuera de control.
David ya se iba cuando Ingrid lo llamó una vez más.
‒ Hermano, por favor…No me abandones, eres todo lo que me ha quedado‒ los labios de Ingrid temblaban ‒ Hasta ahora Emma no ha venido a verme, no quiere saber de mí. Está tan herida por lo que le he hecho…
‒ Pues claro, ha vivido la vida entera esperando por ti y todo lo que ha recibido son mentiras. Tendrás suerte pues la verás en el juicio, porque ella será uno de los testigos.
‒ ¿Emma va a declarar?
‒ Sí, lo hará‒ él se apoyó en la pared con una de sus manos ‒ Pero no a tu favor
La mirada de Ingrid vagó por las paredes, perdida, desolada.
‒ ¿Qué podría esperarme, verdad?
‒ Una cosa que tienes que saber sobre Emma es que fue ella quien trajo tus cabellos para que el sheriff los mandara a analizar. Ella tiene la plena convicción de que fuiste tú quien mató a su padre.
Ingrid lanzó al hermano una mirada fría. Él pensó que tenía que dejar de visitarla con tanta frecuencia, ya no tenía sentido la pena que sentía por ella.
‒ Entonces tendré que convencerte a ti, a mi hija y a toda la ciudad de que no maté a su padre. Y que sepas tú también una cosa, querido, si me declaran inocente, prometo que todos se van a arrepentir mucho de haberme conocido, incluso Emma.
David frunció el ceño
‒ Hazle algo a Emma y serás tú quien se arrepienta de ese veredicto de inocencia. Regina está en la ciudad, dispuesta a derribar a un ejército para proteger a tu hija y no solo ella, Mary y yo también somos capaces.
‒ Mira tú, parece que apruebas el comportamiento de tu sobrina con la escritora de cuentos lésbicos‒ dijo ella, sacudiendo la cabeza.
‒ Ya basta, Ingrid, necesitas ayuda urgente. Me marcho, no pretendo volver a verte hasta el día del juicio, así que, con el respeto que aún me queda hacia ti, buena suerte.
‒ Gracias, querido‒ respondió Ingrid, seca, viendo cómo el hermano la dejaba.
Se calló. Miró las esposas en sus muñecas y secó las lágrimas que tenía en las mejillas.
En aquel momento, uno de los agentes entró en la sala y la condujo de vuelta a la celda donde era mantenida. Al contrario que los días anteriores, cuando hacía el trayecto hasta la celda, Ingrid no habló con el agente. Aunque era de día, la celda siempre estaba oscura, pero Swan ya estaba acostumbrándose.
Mientras Ingrid miraba su propia desgracia, de pie en medio de la celda, el sheriff Jones se acercó para aprovecharse del momento de fragilidad de la mujer acusada del crimen de la mansión Colter. Pero él no conocía a Ingrid, no sabía de su sordidez, ni de sus talentos teatrales, quizás psicosis, que escondía con primor.
‒ Está recibiendo muchas visitas, señora Swan‒ la voz del hombre sonó taimada a través de los barrotes ‒ ¿Está segura de que quiere seguir declarándose inocente?
‒ Señorita Swan para usted, querido‒ susurró Ingrid ‒ No he estado casada ni tengo edad para ese tipo de tratamiento.
‒ Disparó contra el hombre con quien se iba a casar, quizás le gustaría ser tratada como viuda‒ el sheriff metió las manos en los bolsillos de los pantalones.
‒ Eso sería lo último que yo haría
‒ ¿Entonces quién fue? ¿Qué necesidad hay de esconder al asesino a cambio de su libertad?
Los ojos de Ingrid parpadearon en dirección del sheriff.
‒ No es fácil de explicar, la intención de todos ustedes es condenarme por más segura que yo esté de lo que he hecho.
‒ ¿Había alguien más en la escena del crimen? ¿Un tercer elemento?‒ Jones frunció el ceño por encima de sus ojos claros.
‒ No diré nada más sin que Isaac esté presente‒ Ingrid volvió a desviar el tema.
‒ Está haciendo una elección.
‒ Lo sé‒ replicó de pronto ‒ Cargaré con las consecuencias de esa elección‒ de repente miró hacia una ventana del lado de afuera, se tiró contra los barrotes, asustando a Jones ‒ Daniel…Mi amor, ¿por qué? ¿Por qué?‒ se dejó caer al suelo y lloró copiosamente, usando esa artimaña para apartar al muchacho que miraba para ella, asombrado.
Ella se llevó las manos a la boca, intentando contener un grito desesperado, sufrido, tan convincente que por un momento Jones pensó en pedir ayuda.
El sheriff miró hacia los lados, apartándose unos pasos hacia atrás. Se giró sin decir nada más y salió de prisa de la sala.
Se estaban dando besos desde principios de la tarde, poseídas por un deseo ardiente, completamente irresistible. Comenzaba a oscurecer, sin embargo, como todo entre ellas, estaba lejos de acabar con el cruce de piernas. Como un ciclo vicioso, Emma besaba a Regina con calma, robando el aire de sus labios, intercalando el muslo entre los de ella cuando se echaron definitivamente. Visto desde fuera parecía una pausa estratégica para respirar, sin embargo Emma estaba sintiéndose culpable por alguna razón que no la dejaba en paz. Estaba así desde el día en que había visitado la mansión con Regina, el mismo día en que se despidió del padre que iba a ser enterrado. Sentía una extraña sensación de estar siendo observadas continuamente, siempre mirando lo que estuvieran haciendo. No era una sensación agradable, ni de lejos. Emma nunca pensó que su padre pudiera ser un fantasma. Se estaba obsesionando.
‒ ¿Emma…Emma?‒ llamó Regina, sintiendo la distancia entre la muchacha y su mirada ‒ ¿Qué te pasa?
‒ No sé, yo…Estoy…Tengo la sensación de que hay alguien observándonos todo el tiempo‒ se sentó en la cama y miró alrededor. No había nada aparte del cuarto, la cama, ellas en el centro y el eco de sus voces, aunque susurraban.
‒ ¿Otra vez?
‒ Sí
Regina extendió una mano hacia el rostro de su amada y la acarició.
‒ Es solo una sensación, Emma, por todo lo que has pasado.
‒ No lo quiero, no quiero sentir eso, una melancolía…
‒ Es la tristeza del luto. Alguien que pierde a un ser querido vive las etapas del luto. Me vas a decir que no comprendes, porque no conociste a Daniel el tiempo suficiente para tener hacia él un sentimiento de hija, pero eso es compasión que todo ser humano tiene.
‒ Dos semanas han pasado. ¿Habremos hecho lo correcto donando sus cuadros? Y si…No, no quiero estar equivocada, he pensado en algo muy extraño.
‒ ¿Qué has pensado?‒ Regina se sentó como ella, en la otra dirección, y fue colocando los largos cabellos de la muchacha hacia atrás mientras ella divagaba.
‒ Ah, a Daniel puede que no le haya gustado la idea y no quiere marcharse hasta que lo arreglemos.
Mills no pudo no encontrar graciosa su preocupación.
‒ Creo que es muy bonita la espiritualidad, la idea de la reencarnación, pero sigo siendo escéptica en cuanto a fantasmas. ¿Por qué no le iba a gustar lo que hemos decidido? Los cuadros irán a sitios donde serán aprovechados, exhibidos y elevarán su nombre de pintor. Era lo que él quería.
‒ Ya, pero…Su fortuna…Isaac dijo que es mucho dinero.
‒ Uhum‒ balbuceó Regina ‒ Es mucho dinero, millones de dólares a los que hemos decidido renunciar. ¿Has cambiado de idea?
‒ No, no quería su dinero, solo me siento incómoda, con los ojos de todo el mundo puestos en mí. Mi madre mató a Daniel y, ¿sabes lo que pienso? Que si es condenada, la gente va a dejar de pensar en mí como la nueva prostituta de la ciudad y me van a ver como la nueva potencial asesina de Mary Way Village‒ decía Emma, perdida en sus pensamientos, de forma complicada.
Regina rozaba la mejilla de la joven con un dedo, descendía por el mentón, alcanzaba el cuello y el valle de los senos, deteniéndose ahí.
‒ Creo que estás muy conmocionada por lo que has visto y escuchado, mi amor. Es un pensamiento tonto. ¿Dónde está la Emma de la que me enamoré?
Emma desvió la mirada de la escritora por un instante.
‒ Quizás esté perdida, sin saber qué hacer
‒ Infelizmente no queda sino esperar. Juro que esta tormenta tendrá un fin, que ya estamos caminando hacia él y vamos a salir juntas de aquí. Si existe un fantasma en esta historia, es tu madre. No dejes que ella gane de nuevo.
Emma se mordió la uña del pulgar, volvió a buscar a Regina con la mirada, con los brazos y con todo el cuerpo.
‒ Te amo tanto‒ suspiró la muchacha, cansada ‒ Te he repetido esto todos los días para que lo sientas como una certeza.
‒ La tengo, siempre la he tenido‒ Regina abrazó a Emma, cuidando de ese corazón valiente que, a veces, flaqueaba y la dejaba confundida.
Pero Regina también estaba de luto, aún sorprendida por todo lo que había ocurrido en la mansión y con su ex marido. Su misión era desdoblarse en dos: en la mujer que vivía por Emma y la Regina fragilizada que solo existía en el lugar más profundo de su corazón. Ambas querían olvidar, vivir con Emma todo lo que tenían ganas de vivir y dejar aquella ciudad atrás. Pero lo que se repetía era una frase que una vez Emma dijo en el mirador: Quiero dejar Mary Way Village, pero ella no quiere que yo me vaya. La mujer sentía que las dudas de Emma, los miedos repentinos y la carga sobre sus hombros se disipaban poco a poco. Solo era cuestión de tiempo hasta que pudieran marcharse.
