Miraculous, les aventures de Ladybug et Chat Noir y sus personajes son propiedad de Thomas Astruc y Zag Entertainment.
11
Penny se desperezó, no sabía qué hora debía de ser, pero se sentía descansada, si no fuera por las agujetas estaría de lujo. Entreabrió los ojos y recibió un beso en la frente.
—¿Cuánto hace que te has despertado? —preguntó en un susurro.
—Hace una media hora —contestó Jagged—. Alec aún duerme. ¿Estás bien?
—Sí, bien.
Aún le preocupaba que se sintiera incómoda o violentada.
—Tengo una propuesta para ti. —Ella le miró con interés deseando que Alec no se despertase antes de que acabase de hablar—. ¿Qué te parece si seguimos celebrando mi cumpleaños a solas cuando él se haya marchado? Desde su marcha hasta nuestra siguiente cita en la agenda.
—¿La ropa seguirá prohibida?
—Puede que te dé permiso para ponerte el albornoz si de verdad lo necesitas.
Penny rió sintiendo como Alec a su lado se desperezaba.
—Acepto —susurró.
—Mira quién se ha despertado —soltó el músico pasando el brazo por encima de ella para palmearle el hombro a Alec.
—Yo también estoy cansado —farfulló y besó la nuca de Penny—. No creas que ella es la única que necesita dormir.
Penny fue la primera en levantarse, pasó por el baño, se duchó y pidió el desayuno para los tres. Se puso el vestido y salió para cambiar las toallas sucias por unas limpias. Cuando regresó ambos la esperaban sentados en el sofá recién duchados. No esperó a que uno de los dos se pronunciara sobre el vestido, se lo quitó sin dudar y lo dejó en el respaldo de una de las sillas.
—Bravo, no hemos tenido que recordártelo.
Penny le sonrió a Alec.
—Creo que me he acostumbrado a eso de estar desnuda.
—Si vuelves a decirlo así de segura puede que instaure la norma de que trabajes desnuda cuando estemos a solas en mi suite.
—Y entre cita y cita, un buen polvo —bromeó Alec—. Si la cita es conmigo puede seguir desnuda, también podemos echar un polvo a tres.
—Tendremos que revisar mi contrato, estoy dispuesta a cambio de algún extra.
El presentador silbó y rió, Jagged sabía que era una broma igual que ella sabía que jamás la obligaría a desnudarse y aún menos por contrato.
—Vamos a entretenernos hasta que llegue el desayuno.
—Querrás decir que quieres que te entretenga a ti, porque ¡mírate! Se te ha levantado en cuanto se ha quitado el vestido —declaró Alec—. Al menos una parte de tu cuerpo es sincera.
—No hace falta que te esfuerces tanto por demostrar lo gilipollas que eres recién levantado.
Eran como dos críos, a Penny, empezaba a resultarle gracioso aquel modo infantil de pelearse entre ellos. Estaba a punto de arrodillarse entre las piernas de Jagged cuando Alec le pidió que se tendiera boca abajo en el sofá, con las caderas reposando sobre su regazo. Esperaba estar incómoda, pero no fue así, se dio cuenta de que tenía libertad de movimientos para mimar la erección de Jagged primero con la mano y después con la boca mientras Alec acariciaba sus nalgas hasta que el músico dejó escapar el primer gemido, entonces una de sus manos se coló entre sus muslos para dedicarse a caricias más íntimas y húmedas. A Alec le gustaba Penny porque dejaba que se viera lo que le gustaba y lo que no, era sencillo seguirla, tal vez era un síntoma de la falta de experiencia, pero como fuera le encantaba poder disfrutarla durante aquel breve lapso de tiempo.
—Podría pasarme el día entero tocándote, metiéndote los dedos y revolcándome contigo sobre cualquier superficie —soltó sin un ápice de vergüenza.
—Porque eres un pervertido —jadeó Jagged—. Hay muchas cosas que hacer con Penny más allá del sexo.
—Me lo dice el tío que tiene la polla dentro de su boca.
Se obligó a ignorar aquella nueva pelea absurda, separó un poco más las piernas y arqueó las caderas para darle más con lo que entretenerse y que dejase a Jagged tranquilo.
—Mira qué adorable, como me ofrece su bonito trasero, está deseando que le dé todo lo que tengo.
No era esa su idea, sin embargo, funcionó de igual modo, Alec levantó la mano que había estado aferrada con fuerza a una de sus nalgas y la pasó por debajo de ella para estimularla mientras la penetraba con los dedos de la otra, con ambas manos ocupadas se calló al fin, limitándose a soltar alguna suave risita cuando ella gemía o movía la cadera complacida por las caricias. Jagged trató de empujarla, pero no fue lo suficientemente rápido y se derramó en su boca haciéndola toser. Le acarició el pelo a modo de disculpa, una disculpa que ella no necesitaba ni quería. Su mano siguió moviéndose arriba y abajo logrando que volviera a endurecerse en apenas unos segundos. Alec se movió con suavidad, Jagged también lo hizo, Penny supo que estaban compartiendo un tórrido beso sin necesidad de mirarlos.
Llamaron a la puerta, pero ninguno se detuvo. Penny gimió balanceando las caderas siguiendo el ritmo de las caricias de Alec quien continuaba enredado en un beso con Jagged. Si los del servicio de habitaciones abrieran aquella puerta se encontrarían con una escena imposible de defender con un «no es lo que parece». Una parte de ella deseó que ocurriera, que la puerta se abriera y la pillasen a punto de alcanzar un delicioso orgasmo, con las manos de Alec masturbándola con intensidad mientras ella hacía lo propio con Jagged sin importarle lo más mínimo tener la boca manchada. A su lado racional, en cambio, le aterró la idea que no impidió que un sonoro gemido huyera de su garganta.
—Sigue gimiendo, princesa, que te oiga quien esté al otro lado de esa puerta.
Sabía que, aunque pegasen la oreja a la puerta no oirían nada, ella misma había tenido que comprobarlo tiempo atrás cuando Jagged se mudó a Le Grand Paris de manera definitiva. Tras la debida reforma, con Jagged dentro de las suites destinadas a ambos, chillando junto a la puerta y ella al otro lado con la oreja pegada a la madera sin oír nada. Y, aunque sabía que nadie podía oírla, la perspectiva de ser descubierta la encendió más. Jagged gimió también enredando los dedos entre los mechones de su pelo púrpura.
—Quien esté ahí detrás escuchándote gemir seguro que se ha desabrochado los pantalones, los ha bajado junto con los calzoncillos hasta las rodillas y se está haciendo una paja pensando que es él quien te hace gemir. —El escenario narrado por Alec se dibujó en su imaginación sin dificultad, aunque no era nadie concreto—. Seguro que se imagina entre tus piernas, metiéndotela hasta el fondo mientras le suplicas que te lo haga con más fuerza.
»Imagina que le dices algo así como «oh, mi amor, eres tan caliente. Quiero que me la metas por todos mis orificios. Más fuerte. Más adentro.»
La persona sin rostro del servicio de habitaciones se convirtió en Jagged. Penny perdió el compás de su mano y se estremeció gimiendo incapaz de retener el aire en sus pulmones. Las manos de Alec le acariciaron las piernas con inocencia y le dio una palmadita en el trasero.
—Buena chica. No esperaba que tuvieras un lado exhibicionista y que pusiera que alguien pudiera verte o descubrirte. —Ni siquiera ella sabía que pudiera tenerlo. Tampoco esperaba descubrirlo al ofrecérsele para que dejara de meterse con Jagged—. Igual puedes convencerla para que se lo monte contigo en lo alto de la Torre Eiffel rodeados de gente.
—Lo dudo —replicó Jagged.
—No lo haría —contestó ella incorporándose para quedar sentada sobre sus propias piernas al lado de Alec.
—Bien, ¿desayunamos?
—Trae el carro, yo necesito un rodeo rápido con la princesa —declaró Alec cogiendo la caja de condones de la mesita frente al sofá. Sacó uno y se lo puso—. Vosotros os lo habéis pasado muy bien, pero yo no. Así que siéntate aquí para que acabe el trabajo.
Ella, dócil, se sentó en su regazo dándole la espalda, con las piernas abiertas a lado y lado de las de él. Deseó que pidiera el lubricante cuando la hizo levantar el trasero para guiarla hasta su erección, se relajó cuando se deslizó con suavidad hasta el fondo de su vagina.
—Cabálgame. Yo he hecho que te corras como una diosa, devuélveme el favor.
Penny apoyó las manos en las rodillas de Alec para poder impulsarse y moverse con facilidad. Jagged abrió la puerta, miró de reojo comprobando que no había nadie al otro lado disfrutando del concierto de gemidos que había ofrecido hacía unos minutos, solo estaba el carro del servicio de habitaciones con el desayuno bien ordenado. La puerta se cerró.
—Oh, joder, me encanta follar contigo, Penny.
Jagged se plantó frente a ella, le atrapó la cara entre las manos y la besó apasionadamente. Era una muestra de apoyo, a aquellas alturas había empezado a entender su gesto, por que aunque la decisión final había sido suya, si estaba allí jugando con Alec era a causa de la broma de él.
—Y a ti también debe de encantarte follar conmigo porque mira qué ruidito más húmedo sale de ti cuando te la hundes hasta el fondo.
Lo mataría por seguir diciendo ese tipo de cosas, aunque no podía negar que el sonido viscoso estaba ahí delatando el placer que sentía. Enredó los brazos en la nuca de Jagged cuando las manos de Alec se cerraron sobre su cintura entorpeciéndole los movimientos, le arrebató el mando, sacudiendo las caderas para embestirla con un ritmo más intenso hasta acabar.
—¿Satisfecho?
—Puedes apostar a que sí. Satisfecho y hambriento.
Jagged y Alec acomodaron el desayuno sobre la mesita mientras Penny pasaba por el baño y se daba una ducha rápida. Cuando regresó se encontró con Alec devorando lo que había en su plato y Jagged removiendo los cereales como si quisiera marearlos.
—¿Estás bien? —le preguntó sentándose entre ambos.
—Sí, todo perfecto.
Pero no lo parecía. Dudaba que fuera por complacer sexualmente a Alec, porque él mismo le había dado libertad para hacer lo que quisiera hasta que aquella fiesta se acabase, además no se había mostrado molesto ni preocupado en todo el tiempo que llevaban inmersos en aquello. Sin embargo, no se le ocurría qué podría ser.
El desayuno discurrió en un silencio extraño que Alec acabó llenando con cotilleos absurdos sobre el último famoso al que había entrevistado. Tras un buen rato en el sofá, escuchando a Alec y compartiendo caricias inocentes. Jagged propuso volver a la cama.
—¿Qué te ha robado el buen humor, Stone?
—Hay algo que está muy mal —declaró observando a Penny que se acomodaba en el centro del lecho.
—¿Los cereales no tenían suficiente azúcar hoy? —inquirió sentándose en la cama.
—Los cereales estaban bien —contestó y empujó suavemente a Penny para que quedara tendida de espaldas—. ¿Qué es lo que no estaba bien, Penny?
—Ah... no lo sé.
—¿Qué día es hoy?
Ella dudó, Alec rió.
—Lunes —contestó el presentador.
—¡Exacto! —exclamó chasqueando los dedos—. ¿Qué se desayuna los lunes?
—Tostadas con queso y miel —respondió Penny, había perdido la noción del tiempo de un modo absurdo y ahora entendía por qué su ánimo había cambiado tanto. También porque los del servicio de habitaciones se habían sorprendido con su encargo—. Lo siento, Jagged.
—Ese error se merece un castigo.
—¿Siempre la castigas cuando se equivoca? ¿Cómo si fuera una niña?
—Penny nunca se equivoca, por eso mismo es imperdonable y va a ser castigada en consecuencia.
No se atrevió a moverse mientras le veía desenchufar los juguetes de color rosa. ¿En qué debía consistir ese castigo? ¿Iba a dejarla a merced de Alec? ¿Le dejaría hacerle cualquier cosa que desease con los juguetes? ¿Hacerla suplicar por sexo? No quería acabar diciendo de nuevo frases que la hacían sentir incómoda.
—Muy bien, señorita, es hora de empezar con su castigo. —Dejó los juguetes esparcidos a su alrededor—. No te servirá de nada suplicar, no te voy a perdonar.
—Mírala, parece la diosa de los vibradores —soltó Alec riendo—. Sería la única deidad a la que le rezaría con devoción, es más, le haría una foto y la convertiría en una estampita. Santa Penny, la caliente patrona de los orgasmos.
—Eso es sacrílego en todos los sentidos y arderás en el infierno si es que Dios existe —replicó Jagged.
—Sois un par de...
El dedo de Jagged se plantó sobre sus labios.
—La chica del castigo tiene prohibido hablar si no es para decir algo sexual y, por supuesto, puede gemir tanto cuanto necesite, así que si no vas a pedirnos sexo no hables.
»Y ahora abre ese bonito par de piernas para mí.
Penny las flexionó y las dejó caer a los lados en un punto en el que sabía que estaría cómoda.
—Buena chica. Bien, Alec, ¿cuál es tu juguete preferido?
El presentador tomó, sin dudarlo, las dos bolas que vibraban. Las meció sobre su rostro.
—La ponen tan caliente que dentro de nada la tendremos suplicando para que nos la tiremos.
Penny se mordió el labio para no replicar porque iba contra la norma por castigo de Jagged y no le apetecía especialmente que el castigo se alargase.
—Muy bien, dame el lubricante.
—Así que no vas a darle un poco de cariño antes de la tortura —murmuró ofreciéndole el bote casi vacío—. Pobre princesa. Parece que tu error ha sido muy grave.
Era maniático, cualquier cosa que rompiera su rutina era casi un insulto, por eso llevaba una agenda detallada al milímetro en su tableta y otra por escrito.
—Sigues pudiendo decir no, si no te sientes cómoda, si no quieres o si te hago daño. ¿Entendido? La palabra "no" no está prohibida, tampoco lo está el "para", ni el "me haces daño" o cualquier variedad de esa misma frase.
Penny asintió. Ignoró el sonido húmedo al embadurnar las bolas con el lubricante y se mantuvo relajada mientras las deslizaba en su interior. Jagged se limpió el exceso de la mano en las sábanas y le mostró el mando de cinco velocidades.
—Empecemos.
El juguete vibró cuando él lo puso en marcha, la sensación era diferente a las otras veces porque nadie la había tocado para encenderla, aún y así no tardó en jadear a causa del agradable cosquilleo.
—Me encanta ver cómo se va calentando, apuesto a que empieza a desear que uno de los dos se la meta.
—Eso no va a pasar, porque esto es un castigo y no merece que nadie atienda sus necesidades.
—Así que nos va a ofrecer un espectáculo en solitario.
—Sí, como si fuera nuestro programa de televisión particular.
Alec soltó una risita excitada. Penny apostaba a que era el que más había disfrutado de tenerla atada el viernes por la tarde mientras jugaban con ella.
—¿Puedo al menos tocarla?
—No, eso tampoco se lo merece.
—¿Y nos la puede comer?
—No. Es un castigo, Alec.
De la garganta de Penny huyó un primer gemido, Jagged subió un punto la vibración y aguardó a que su cuerpo reaccionase al cambio entonando un segundo gemido tembloroso. A ella le gustaba la tercera velocidad, Jagged lo sabía, pero no iba a complacerla con ella por el momento. Le sujetó el tobillo derecho y la obligó a alzar la pierna flexionada dejando su pie reposar plano contra su pecho, Alec pasó el brazo por debajo de su rodilla derecha y tiró de ella. Ya sabía por qué lo hacían. Giró un poco la cadera buscando controlar mejor las reacciones de su cuerpo y nadie se lo impidió. Cerró los ojos y jadeó, su cadera se meció con suavidad reclamando un poco más de atención sin recibirla.
—Creo que va a ser uno de los rápidos —declaró Alec.
Suponía que era fácil seguir su patrón, porque en ningún momento había tratado de fingir que no sentía placer, permitía que su cuerpo reaccionase con sinceridad a todo lo que le hacían, fuera lo que fuera.
Jagged presionó de nuevo el mando regalándole la tan deseada tercera velocidad y ella se lo agradeció estremeciéndose y liberando un gemido satisfecho. El músico le soltó la pierna que ella dejó reposar flexionada atrapada entre el colchón y su propio brazo. La otra pierna seguía sujeta por Alec, así que Penny no intentó cerrarlas a pesar de sentir que estaba a punto de fundirse del placer, dejó que sus caderas se movieran rogando por más. El juguete se apagó, sus gemidos de placer fueron interrumpidos por uno frustrado y una risita burlona.
—Qué cabrón. Se lo estaba pasando tan bien en solitario.
—Pobrecita —replicó Jagged con tono sarcástico. Pasó el brazo por encima de ella y tomó otro de los juguetes. El dildo rosa tembló en su mano al encenderlo, lo dejó reposar entre sus pechos haciéndole cosquillas—. ¿Debería metérselo ahora, Alec?
Era el que Alec usaba cuando quería aderezar sus atenciones, porque era fino y podía deslizarlo sin que la molestase.
—Creo que su encantador trasero estará encantado de que lo hagas —soltó animado sacudiendo el bote de lubricante para sacar lo poco que quedaba—. A la princesita le gustará tener algo que entre y salga al ritmo de sus caderas, deben de sentirse un poco solas moviéndose inútilmente.
Ignoró el frío del lubricante mientras el juguete se deslizaba con facilidad en su interior. La sensación ya no le resultaba tan rara ni incómoda. Jagged empujó con la punta del dedo las bolas que amenazaban con huir y encendió de nuevo el dildo que vibró con fuerza. Penny trató de no moverse, para molestarles, pero no tardó en necesitar hacerlo. Jagged modificó la altura a la que sujetaba el juguete para que pudiera moverse en solitario con libertad. El juguete entraba y salía al ritmo del vaivén de sus caderas, robándole suaves jadeos, pero no era suficiente.
—Enciéndelas —rogó.
—¿No te satisface el vibrador? —le preguntó sabiendo, más que de sobras, que no lo hacía.
—No. Enciéndelas.
Fue Alec quién las puso de nuevo en marcha, torturándola con la primera velocidad. Ella gimió en respuesta, no detuvo el balanceo solitario de sus caderas deseando que esta vez la dejasen alcanzar el clímax.
—Empiezas a estar caliente y necesitada —afirmó Alec, no podía discutírselo—. Me pone a mil ver como intentas autosatisfacerte. Ese meneo de caderas es adorable.
—Puede hacerlo mejor —murmuró Jagged sintiéndose satisfecho al oírla gemir con fuerza. Apagó el dildo y lo dejó caer sobre las sábanas ignorando su bufido de frustración, tiró de la anilla de las bolas dejando que vibrasen fútilmente entre sus piernas—. Trae más lubricante.
—Creo que está bastante mojadita.
—Alec.
El presentador se encogió de hombros, habían abandonado un bote lleno junto al sofá, comprobó satisfecho que allí seguía y regresó a la cama para encontrarse una escena algo diferente. Jagged la había hecho estirarse boca abajo colocando varios cojines bajo sus caderas para que estuviera cómoda.
—¿Vas a metérsela?
—No. Vamos a jugar con esto —dijo con el consolador más grande en la mano.
Penny lo miró no tan asustada como la primera vez en que había estado segura de que no le cabría y le haría daño, pero eso no había ocurrido. La pose era diferente y esperaba que eso no influyera.
—¿Por dónde vas a metérselo? —preguntó aun sabiendo la respuesta. Jagged respetaba su reticencia sobre la penetración anal, así que el pequeño juguete anterior era lo máximo que usaría con ella si no le pedía lo contrario—. Tiene que sentirse increíble que te lo metan por el...
—El lubricante —cortó.
Alec abrió el bote y lo presionó con suavidad dejando una buena cantidad sobre la punta del juguete, que resbaló hacia los dedos que Jagged.
—Si te hace daño dilo, no te hagas la fuerte —murmuró presionándolo con suavidad contra su entrada—. Es un castigo, no una tortura.
—¿No vas a encenderlo? —preguntó Alec atento a la tensión en los músculos de ella.
—Aún no.
El suave jadeo se transformó en un tímido gemido cuando alcanzó la mitad del recorrido. Lo movió hasta casi sacarlo y volvió a hundirlo hasta el punto en que la había hecho gemir, logrando el mismo resultado. Lo repitió varias veces hasta que sus caderas empezaron a moverse con sutileza siguiendo el juego. Relajada.
—Pero méteselo todo.
—No —replicó cortante.
Quería que fuera un juego agradable y eso pasaba por evitar que algo pudiera hacerle daño y, aquel juguete, sin duda, podría hacérselo.
—Jagged... —jadeó ella.
—¿Quieres que lo encienda?
—Enciéndelo —contestó.
Lo hizo, ella respondió con un jadeo excitado. Siguió con la cadera los movimientos del juguete en manos de Jagged. Empezaba a sentirse al borde del orgasmo y se lo hizo saber a ambos con una serie de gemidos y aumentando el ritmo del vaivén de sus caderas.
—¿Vas a correrte, princesa?
Gimió en respuesta y se acabó, Jagged retiró el juguete poniendo fin a la ardiente satisfacción que empezaba a embargarla. Protestó con la cara enterrada entre sus manos. Le estaba resultando tan frustrante como cuando se turnaban para penetrarla y dejarla a medias. Alec la giró, tumbada boca arriba con los riñones reposado sobre los cojines deseó que el castigo hubiera acabado y uno de los dos, el que fuera, la embistiera con fuera hasta llevarla al clímax.
—Creía que te gustaba tenerla indefensa y con el culo en pompa —murmuró Jagged algo confundido por la decisión de hacerla cambiar de posición.
—Boca abajo no puedo ver ese par de tetas menearse.
—Sólo las mueve su respiración.
—Si la dejas correrse temblarán. Aunque siempre es mejor cuando te la tiras, se sacuden de una manera excitante.
—Si te callas te doy permiso para besarla.
No sabría decir si el modo de describirlo le parecía adorable o ridículo, pero Jagged cortó el hilo de su pensamiento al tomar otro vibrador y encenderlo directamente entre sus labios. El juguete ronroneó, Penny arqueó la espalda, no le gustaba que Jagged usase los juguetes con ella porque sus caricias eran infinitamente mejores, aunque admitía que el cosquilleo del juguete era de lo más agradable y tampoco es que pudiera quejarse. Dejó escapar un jadeo que Alec trató de silenciar con un ardiente beso en los labios. Movió las caderas buscando una mayor satisfacción cuando él dejó de pasear el juguete, se restregó contra él sin importarle si parecía ridícula o necesitada, porque en realidad lo estaba. Mucho. Ya no podía más.
—Jagged —gimió apartándose de los labios de Alec—. Por Dios, métemela ya.
Alec rió con suavidad, Jagged llevaba ya demasiado rato jugueteando con ella, calentándola, dejándola a medias para volver a calentarla, ¿quién podría culparla por sentirse desesperada?
—Que petición más obscena para una señorita —bromeó Alec—. Veo que has perdido la vergüenza definitivamente.
—¿Por qué debería hacerlo? —inquirió Jagged con tono juguetón—. Esto es un castigo, no un premio.
—Por Dios, por favor te lo pido.
—Usa las palabras mágicas, las conoces —continuó Alec.
—Jagged, por favor —repitió viéndose interrumpida por un gemido—. Métemela o déjame acabar.
—¿Quieres que deje que te corras, cariño?
—Sí.
—¿Qué es lo que se desayuna los lunes, Penny?
—Tostadas con queso y miel.
—¿Volverás a olvidarlo?
—No, nunca.
Jagged bajó la mano dejando el vibrador a su alance, Penny continuó meciendo las caderas sin tener que esforzase para alcanzarlo. Se concentró en ignorar el sonido tan húmedo que provocaba la fricción, las miradas de ambos fijas en ella y el calor sofocante que la abrasaba desde el interior de su propio cuerpo. Jadeó, gimió y se contorsionó alcanzando al fin el orgasmo que durante tanto tiempo le había impedido tener.
—Delicioso —murmuró Alec.
—¿Satisfecha, señorita Rolling?
—Sí —jadeó.
—Dime que se ha acabado ya su castigo porque la tengo tan dura que necesito metérsela.
—Adelante, es toda tuya. —Le retuvo cuando estaba a punto de lanzarse—. Sólo puedes usar las manos y la boca.
—No sabía que yo también estaba castigado.
»Está bien, voy a disfrutar de mi aperitivo.
Se acomodó entre sus piernas, empujó sus nalgas hacia arriba haciéndola alzar las caderas.
—No estás tan mojada como en el sofá, pero sigues siendo deliciosa.
Jadeó en cuanto su lengua entró en contacto con su piel. Después de las sensaciones vacías de los juguetes era fantástica aquella placentera interactuación con otra persona, aunque fuera Alec. Estaba tan excitada que al presentador no le costó mucho empujarla al clímax, estaba segura de que fanfarronearía al respecto, no obstante, Alec la giró bruscamente volviendo a dejarla tumbada boca abajo sobre los cojines.
—¿Puedo follármela ya?
—Sí, es toda tuya.
Alec lo celebró con un gritito eufórico, como si fuese un crío al que le han dado permiso para salir a jugar a la calle hasta tarde.
—Genial. ¿Puedo hacértelo por donde quiera?
—Sí, sí que puedes.
A esas alturas le daba igual, estaba tan caliente y necesitada que cualquier cosa le parecería perfecta si servía para apagar el incendio que ardía descontrolado en su interior.
El sonido del envoltorio del preservativo fue lo único que se escuchó durante unos segundos. La mano de Alec corrió por su espalda, desde su nuca hasta su trasero, al que le dio una suave palmadita. La penetró, la embistió cinco veces antes de salir de ella.
—Estás muy mojada. La lubricación natural es la mejor —declaró y soltó una risita—. ¿Pero lo estarás lo suficiente?
Sintió la presión y como se adentraba lentamente por su recto. Jadeó cuando se movió para poder salir y volver a entrar.
—Parece que sí —murmuró, aún y así tomó el bote de lubricante y dejó caer cantidad suficiente como para no tener que preocuparse—. Regálale un buen concierto de gemidos al cumpleañero.
Las caderas de Alec chocaron con fuerza contra sus nalgas arrancando un gemido de su garganta. Cerró los ojos disfrutando de las sensaciones, del golpeteo rítmico de sus cuerpos, alteró ligeramente su posición, lo que le permitía el peso de Alec, buscando un poco más de placer. Ofreció el solicitado concierto de placer para regocijo de ambos hombres.
—Buena chica —susurró Jagged en su oído mientras Alec salía de ella—. ¿Aún quieres que te la meta?
—Sí, por favor, métela de una vez.
Perdió el mundo de vista cuando él, de nuevo, la giró, dejándola tendida boca arriba acomodando los cojines para que quedasen bajo sus riñones.
—Lo único que quiere la princesa es sentir la polla del ogro de su jefe dentro y que la haga gritar de placer.
—Cállate, Alec —gruñó desprecintando un condón. Se lo puso—. Hablas demasiado.
El presentador observó divertido como se enterraba en ella con suavidad.
—Que gruñón. Voy al lavabo mientras te la tiras.
En cuanto Alec salió de la habitación, Jagged, se inclinó hacia adelante para besarla con cariño. Del hombre indignado por desayunar cereales en vez de tostadas con queso y miel ya no quedaba nada.
—Te quiero —susurró contra sus labios.
—Y yo a ti —contestó ella enredando las piernas en su cintura—. Te quiero mucho.
Se movió despacio, permitiendo que disfrutase de cada uno de sus gestos, haciéndola jadear y suspirar, alargando el momento en el tiempo. Ignoraron a Alec cuando regresó y se metió en la ducha, también cuando se quedó de pie junto a la cama observándoles con atención.
Cuando la respiración de Penny se aceleró, Jagged se incorporó, la sostuvo por los tobillos, manteniendo sus piernas flexionadas y abiertas. La penetró con fuerza y rápido, marcando un ritmo constante en el entrechocar de sus cuerpos, Penny se aferró a la sábana retorciéndose, jadeando y gimiendo.
—Me encanta el bailoteó de sus tetas —celebró Alec complacido con el espectáculo—. Dale más fuerte.
Penny le habría dicho que se callase si el orgasmo que la azotó no hubiese trasformado su voz en un torrente de gemidos hasta dejarla sin aliento.
Continuará
Notas de la autora:
¡Hola! Volvemos a la carga con la fiesta no apta para menores de cumpleaños de Jagged. Creo que Penny ha aprendido que no hay que equivocarse con el desayuno de su jefe si no quiere acabar siendo el juguete de dos idiotas.
En unos cuantos días más.
