Código Galaxy

Capítulo 33

Hace dos años, Alfa Prima.

Si existía un lugar idílico en la República ese era Luminaria, la Perla de la Galaxia. No era el más grande de los mundos rocosos, pero su clima tropical global, sus grandes playas y frondosos bosques y mares de apenas cien metros de profundidad en el punto más hondo lo hacían un lugar cercano al paraíso en la tierra. Sus habitantes tenían el peculiar atributo de tener en sus pieles bandas de células pigmentadas que cambiaban a la voluntad de un mero pensamiento, y su lengua nativa, el silbo luminario, era conocido en todos los rincones por su ritmicidad, belleza y, más recientemente, por ser la misma lengua que usaban todos y cada uno de los androides tanto civiles como del ejército.

Había coincidido que aquel pueblo había desarrollado una profunda tecnología en ese aspecto, así que eran los productores de aquellos aparatos usando en todo momento la energía solar, casi ilimitada en un mundo como ese en que los días de lluvia eran poco habituales y, encima, bendecido por una estrella extraordinariamente estable y brillante. Sin duda el apelativo se lo había ganado a pulso, la princesa Lectra Ardaris lo sabía bien y procuraría, llegada a la edad adulta, llevar a su mundo a un mejor puesto dentro de la República.

Aquel mundo era regido por una monarquía que residía en su familia desde hacía generaciones, en la que la figura del dios Sol era aún más importante, al que alababan por ser aquel que les había dado todo lo que tenían. Esa mañana sería, de hecho, era la ceremonia anual en su nombre y, por primera vez, ella presidiría la sesión en lugar de su padre, el rey Artcel. La princesa se encontraba en su cámara, bien iluminada por los rayos del astro gobernante que se colaban a través de la ventana; estaba todo inmaculadamente decorado y en torno a ella revoloteaban varias mujeres.

-Estoy nerviosa… -murmuró ella, suspirando- Siento… un nudo en el estómago, Larina.

La aludida, una muchacha de piel bronceada y ojos pardos le sonrió. Todas llevaban vestidos blancos algo cortos y cómodos, no demasiado pomposos. Nadie los usaba, en realidad, era un pueblo sencillo en ese aspecto.

-Es normal, señorita -le explicó-, es la primera vez en el evento más importante del año, si no estuviera nerviosa sería un problema -le sonrió dulcemente entonces-. Lo hará genial, Lectra…

La aludida devolvió el gesto y se dejó colocar un poco de maquillaje en los pómulos y mejillas. Su vestido era sencillo, también blanco con ribetes, cola larga y el pelo recogido en una densa trenza que llegaba hasta su cadera. Era joven, tenía 13 años y un futuro brillante por delante, aunque suspiró un poco. Aur Fandis, allí presente, la miró por encima del libro que llevaba leyendo desde hacía un par de días.

-¿Qué te pasa ahora?

-Sigues sin estar vestida, tía…

Efectivamente, la aludida seguía con sus ropas de entrenamiento. Sería un día fundamental en sus vidas, pero eso no las eximía de sus obligaciones de aprendizaje como lakyos, así que se limitó a rodar los ojos y andar, refunfuñando, hasta uno de los cercanos vestidos.

-Sigo sin entender cómo hiciste para que a mí también me dejaran venir -comentó ella-. No soy más que una don nadie, tú, en cambio…

-Eres importante para mí -señaló la otra, sonriendo-. Aur, yo…

-Princesa, si no le importa… -Larina tenía algunas cosas en la mano- Nosotras tenemos que salir a culminar los preparativos, usted ya está lista, ¿vale?

Ella asintió, así que toda la servidumbre salió rápidamente, dejando a las adolescentes solas. Fue en ese momento que Aur se armó de valor.

-¿Yo, qué?

-Bueno… sí que ocupas un lugar importante para mí.

Se le acercó despacio y comenzó a colocar el pelo de su compañera, ya libre de nudos y bien peinado pero que faltaba por colocar apropiadamente para la ceremonia. Su amiga se dejó hacer, sentía las cálidas manos de la otra a veces acariciar sus hombros y suspiró suavemente mientras Lectra terminaba el peinado.

-Tú también eres importante en mi vida -le respondió-, pero eso no explica que me hayan dejado venir a mi también.

-Siempre dan permisos para acompañar a… uniones, ya sabes.

Aur se ruborizó suavemente y una sonrisa divertida emergió en sus labios. Se encontró de frente con su compañera, sus grandes ojos azulados habían ido directos a los suyos, y sin más se besaron con delicadeza… y esa misma agradable sensación de la primera vez que probaron esto las envolvió, un ligero cosquilleo por todo el cuerpo y directo a su corazón. Si no era la famosa conexión, debía ser algo muy cercano. El vínculo que unía a dos personas era muy importante en las relaciones personales y hasta laborales, equiparado al matrimonio para muchos y que era fácil de demostrar con las correspondientes pruebas… y que no tenía por qué ser siempre por amor de pareja, aunque era lo más habitual.

-Te la jugaste mucho…. Pero gracias, Lectra.

Tras separarse se acariciaron entre sí la cara unos instantes antes de seguir adelante con su tarea de estar listas y preparadas. Faltaban apenas tres horas para el gran evento, que comenzaría con el paso de honor de los grandes sacerdotes del dios, luego el discurso inicial del Rey Artcel y, finalmente, la culminación de la princesa. Ella cerraría el acto oficial y comenzaría la fiesta, que se alargaría durante un par de días más con los correspondientes actos, aunque lo más importante estaría ya hecho.

Pasaron un instante antes por el cuarto de la muchacha a por su discurso en papel, apenas cuatro caras de folio de longitud, y sin embargo no sabía si era lo adecuado o no. Lo escribió desde el corazón meses antes, en la base de Alfa Leoni I (Asmara), cuando le dieron la noticia; momento en que también supo que a aquel acto quería que viniera su pareja no oficial ante todos, Aur. En los pocos días que habían estado allí – gastando, de paso, todos los días de los que disponían para descansos – habían podido ser lo que eran, dos adolescentes que se querían y que comenzaban a entender qué era eso de amar sin estar pendientes de las miradas de los superiores. De todas formas su relación, como muchas otras, eran un secreto a voces pero que por el bien de todos no se solían denunciar a las autoridades internas del ejército salvo que fuera demasiado evidente o cantoso. Era una norma poco dada a la moral, en especial en tiempos de guerra como aquel, durante los cuales se hacía bastante más la vista gorda.

En todo caso ellas se habían beneficiado de esa permisividad y ahora, en ese entorno más libre, habían podido al menos ir de la mano por los pasillos. Precisamente estaban recorriendo uno de ellos dirección a la sala del trono – desde uno de los balcones se daría el discurso – cuando se encontraron con el Rey. Era similar a su hija pero en un adulto, algo panzón y con la barba bien preparada, ya portaba su traje de gala con los emblemas de la familia y la Casa Real, en sintonía con la frescura interna del edificio, de suaves tonos pastel. El hombre sonrió suavemente al dar con su hija, que le recibió con una suave inclinación que él respondió con un par de toques en su cabeza.

-¿Estás lista para el acontecimiento de hoy, Lectra?

-Sí, padre… -murmuró- Es un gran honor que me permita leer un discurso en el día más importante de nuestro pueblo.

-Como Rey es mi deber formarte para sucederme a mi muerte o abdicación, Princesa -en ese momento suavizó sus facciones-. Como padre, no puedo estar más orgulloso de mi niña… lo harás genial, Arfaris ya me contó de tus progresos en estos menesteres.

La aludida suspiró, estuvo días practicando la pronunciación, el ritmo y hasta las pausas que debía hacer, la respiración, los movimientos del cuerpo y sus facciones, el tono de voz… todo, para que ese día fuera todo a la perfección. Según él, la chica había logrado un dominio más que aceptable para alguien de su edad, siendo ese su primer discurso oficial. Ya había actuado en ocasiones previas, pero siempre en actos menores… ese día se estrenaría por la puerta grande. Tras un suave abrazo separaron los caminos temporalmente, se reencontrarían en la sala del trono media hora antes de ella tener que hablar.

Allí ya esperaba su madre con una copa en la mano y dando las últimas indicaciones. Parecía nerviosa a juzgar por el suave temblor de su izquierda, aunque la derecha se mantenía firme para los últimos retoques. Era una mujer de edad cercana a la del Rey, de pelo y ojos claros, ligeramente maquillada y con hermosas y relucientes joyas en el pecho, cuello y muñecas. Sin duda la reina Loura era una mujer de gran porte, destacaba en especial el medallón del dios que siempre portaba en torno a su cuello y que ese día resplandecía en especial.

-¿Estás lista, hija? -murmuró, se notaba el agobio por sus gestos- Veamos… colócate mejor los hombros, anda.

La mayor procedió a quitar las pequeñas dobleces en la ropa, haciendo suspirar a la otra por el cansancio y a Aur reír algo, aunque también tuvo que pasar por la revisión de Loura, que hasta les colocó de nuevo el pelo a un gusto más propio del mundo en el que estaban. En poco rato llegó el monarca, y tras repasar una última vez los pasos que darían hasta salir, él se acercó hasta el balcón.

En los grandes patios había muchas personas importantes tanto de ese mundo como de otros cercanos, políticos republicanos y varios Xaniums a modo de seguridad; y grandes monitores mostraban la imagen del hombre con sus papeles en la mano y un micrófono cercano. Desde donde estaban se podía ver el cercano puerto de la capital de Luminaria, Solsis, grande y majestuosa con muchos barrios cercanos al mar. Debido a su localización, en un archipiélago, la ciudad contaba con muchos puentes que unían las diferentes islas entre sí y con el contiene, estando ellos en una de las islas más grandes. Eran más de cincuenta y la ciudad seguía aún expandiéndose, usaban la fantástica tecnología tridimensional de los Señores del Espacio para hacer sus infraestructuras más grandes por dentro que por fuera, en un ejercicio de técnica como en pocos lugares se podían ver. Lectra no podía estar más orgullosa de su pasado, de su presente; y, esperaba, lo estaría también en el futuro.

Mientras él hablaba, en el puerto marino – espacial, las diferentes naves llegaban y salían tanto a lo largo de la costa como a las zonas donde aterrizaban o despegaban tanto cruceros de placer como naves privadas bastante más pequeñas. En una de ellas estaban precisamente apurando los plazos para poder salir sin problemas del planeta antes de que terminara el tiempo que tenían para despejar la plataforma donde trabajaban. Estos tiempos eran muy medidos y, aunque podían retrasarse varios minutos, por cada uno de ellos se gastarían un dineral que no podían permitirse en esos momentos, al final era un lugar muy solicitado y todos querían poder descansar en el mismo y dejar y recibir sus mercancías. Incluso el ejército, que siempre tenía una posición privilegiada en cosas así, era casi uno más cuando pedían un hangar, lanzadera o puesto en las correspondientes áreas portuarias.

Los técnicos trabajaban a contrarreloj, apretando las tuercas y ultimando los cables y placas informáticas que hacían funcionar al aparato, una N-2 comercial equivalente a un camión pequeño, de unos siete metros de largo y tres de alto. En su parte trasera portaban materiales de construcción y un par de motores de naves interplanetarias con sus correspondientes baterías de energía. No eran tan potentes como las que surcaban el espacio, pero servían para viajes dentro de los mundos o aquellos que se encontraban dentro de un mismo sistema solar. Apenas les quedaba un minuto para poder salir de allí o tendrían una multa de decenas de miles de monedas, así que según terminaron se subieron rápidamente a la zona de carga; eran varios hombres del planeta Delta Leonis 7, Mebara, así que tenían sus famosas ornamentaciones de cartílago con rayas de colores, aunque sudaban por la tensión del momento.

-¡Avisa a la torre de comunicaciones que salimos, date prisa!

-¡No me contestan, tienen las líneas saturadas!

-Maldita sea… -murmuró el primero- Tenemos que salir ya, no tenemos nada para pagar… ¡No viene nadie cerca, acelera y cuélate entre los que estén saliendo ya, vamos, vamos!

El piloto así hizo, se elevó en el aire tras arrancar y tras mirar a los lados despegó a buen ritmo… cuando se cruzó en su camino un enorme carguero del tamaño de un edificio. Era gigantesco, de más de doscientos metros y que había surgido de una zona oculta justo debajo de una puerta de acero en el suelo. Estaba saliendo marcha atrás encima, así que lo primero que salía eran los enormes motores, resplandecientes y de un hermoso azul brillante por la gran energía que usaban para rotar sobre sí mismos y hacer mover el aparato. No pudieron hacer nada para esquivar al gigantesco aparato y chocaron de frente con uno de ellos, e instantes después un inmenso fogonazo blanco cegó a todos los presentes, seguido de una gran onda expansiva de aire y sonido profundo y penetrante, derribó varias de las naves que estaban despegando y generó grandes olas que derribaron a los cercanos barcos; pero no se quedó ahí, pues los edificios cercanos también reventaron y muchos de los que por allí estaban acabaron en el suelo con muchos moratones o, en el peor de los casos, aplastados de alguna manera por cascotes que caían de las construcciones o, directamente, por los cargueros que caían como pájaros muertos. Estos también terminaban en el suelo, inertes, así como muchos árboles que simplemente partían por varias zonas, afectando incluso a edificios más lejanos como el de la monarquía de Luminaria.

Lectra estaba dando su discurso en esos momentos, había empezado hacía dos minutos y a punto de acabar cuando sucedió la tragedia; comenzó con algo de tensión y la boca seca, aunque pronunciaba bien y con buen tiempo tuvo un nudo en el estómago hasta el cuarto párrafo, durante el cual se fue relajando al ver que lo estaba haciendo bien, el ánimo permitió que incluso sonriera un poco.

-Y por eso hoy estoy aquí, ante mi amado pueblo, para conduciros por el Sendero del Sol hacia un brillante…

Fue en ese instante que vieron el fogonazo al fondo que incluso a ellos cegó, para segundos después acabar lanzada hacia el interior de la estancia y con sus oídos pitando. Ella vio todo a su alrededor danzar y bastante mareada por el golpe y la presión, en su campo de visión lo primero que se centró fue la figura de su padre, que tenía varios cortes en la cara y parecía muy nervioso… como pudo se levantó y acompañó al mayor a lo largo de los pasillos mientras la seguridad iba y venían por el pasillo, comunicándose con a saber quién, pero todos tenían en sus pieles el preocupante violeta, así que algo grave debía ser. De hecho ya allí eran conscientes de las consecuencias de ese golpe, más allá de las víctimas directas y que eran prácticamente todos los ocupantes de las naves que chocaron; y que era un efecto mucho más peligroso y duradero que la explosión.

Se había liberado una gran cantidad de energía nuclear, la misma que hacía mover todos los transportes de la galaxia pero que en sus conductos era controlada por un sistema desarrollado a través de años y años de investigaciones. Con el golpe toda esa energía salió de golpe y sin control de ningún tipo, y el fogonazo, liberado en la atmósfera baja, no sólo desató las grandes corrientes de viento, polvo y ruido; lo más grave sin duda eran los rayos de energía ultravioleta, que viajaron en todas direcciones, ionizando la atmósfera y comenzando a afectar al aire, por su densidad en pocas horas el mundo entero estaría afectado.

Lectra no fue consciente de la gravedad del suceso hasta un par de horas después, que en las noticias mundiales saltó a la palestra varios científicos avisando del ineludible destino de los habitantes de Luminaria: tendrían que esconderse bajo tierra para escapar de la radiación, aunque ya habían sido golpeados de lleno por ella, los efectos sobre la salud serían también prácticamente inevitables. Muchos lloraban desconsolados sin entender por qué había pasado algo así, o más bien, sin comprender por qué les tenía que pasar a ellos semejante tragedia. Aquel día sería el más oscuro de su pueblo en mucho tiempo, quedaría gravado a fuego en la mente de todos y trastocaría sus deseos y aspiraciones vitales en un giro de ciento ochenta grados. Pasaron de ser el orgulloso pueblo de la perla de la galaxia a unos pobres infelices que se vieron obligados a cavar en la tierra para poder esconderse de la misma estrella que el día anterior estaban adorando como a su dios y que siempre les había dado la vida.

Aur permaneció a su lado en todo momento durante los días que tuvieron que estar ocultas en el subsuelo, hasta que fueron traslada la familia real al completa a un refugio, junto a otros muchos líderes, en una zona algo más segura. Muchos refugiados aprovechaban silos propios para estar en su interior, así como garajes subterráneos o hangares, aunque eventualmente se trasladaron a zonas habilitadas al efecto, construidas a toda velocidad con el único propósito de albergar a toda la población de Luminaria a diez metros de la superficie. Durante los primeros días la joven princesa apenas pronunció palabra alguna, así que su compañera no tenía demasiado que comentar, hasta que simplemente comenzó a gritar, enfurecida, cuando le propusieron irse de allí y volver a la República para continuar su entrenamiento.

-¡Lectra, por favor, cálmate! -Aur la veía hecha una furia, gritando y lanzando por los aires a los presentes- ¡No seas niña, maldita sea!

Ella se desplazaba aquí y allá evitando a los clones y demás mandos, usando su transportación para ello, era una bola luminosa cuando usaba sus poderes e, incluso, placaba a los que se interponían en su camino, derribándoles como si fueran bloques de madera que nada podían hacer contra ella.

-¡No me pienso montar en una nave, os lo aviso! -les gritó- ¡Esos malditos aparatos han destruido MI HOGAR! ¡ODIO ESA MIERDA!

Y, de un tiró, sacó al capitán que la intentaba llevar por la puerta, cayendo en el pasillo. Era un refugio bien iluminado, pero su especie siempre había necesitado mucho la luz del Sol, sin ella parecían marchitarse, perder brillo y lo que les hacía especiales en cierta medida. Los ojos de ella brillaban aún enrojecidos por las lágrimas, y su voz ronca no dejaba lugar a dudas. Pese a apenas haber comido y descansado por el agobio y las muchas pesadillas la muchacha parecía dispuesta a luchar contra esa gente. Estaba dispuesta a desertar con tal de quedarse allí a ayudar, además, su resentimiento no se quedaba solo en cuanto a las naves; repudiaba cualquier atisbo de tecnología, cada vez que pasaba a su lado un androide le daba una fuerte patada, cabreada y totalmente fuera de sí; Aur tuvo que detenerla un par de veces para no perder los papeles. En esa ocasión no pudo hacerlo.

Un silbido muy característico hizo que ella girara el rostro y perdiera la concentración, lo justo para que le colocaran unos grilletes de plasma en torno a manos y pies; instantes después uno de los clones enredó en el ordenador de su antebrazo, y aunque ella sabía qué estaba haciendo no pudo evitar gritar y chillar para impedirlo o, al menos, distraer a su enemigo; sin embargo eventualmente terminó, segundos después, y la chica comenzó a sentirse liviana y cansada por la liberación en su torrente sanguíneo de un fuerte calmante por sus propios nanobots.

-Cadete Fandis, espero que tu amiga no sea tan… conflictiva a partir de ahora.

El capitán parecía bastante cabreado, estaba apoyado en la pared y algo magullado pero bien. El rey Artcel no tenía cara de satisfacción precisamente, había visto toda la escena pero sin llegar a intervenir, pero siendo un oficial de la República, a la que pertenecían y estando en tiempos de guerra… poco podía hacer.

-N-no, señor, me haré cargo, señor.

-Capitán, mi hija ha… sufrido un duro revés, como todos los habitantes de Luminaria -le dijo el mayor, estaba bastante desmejorado -. Cuando se recupere del golpe volverá como estudiante para seguir con su formación, pero hasta entonces no creo que sea otra cosa más que un lastre para todos los demás, y para sí misma.

El hombre, un tipo larguirucho y bien vestido, se limitó a asentir suavemente. Es verdad que en esas condiciones ella no parecía demasiado apta para ir a combate alguno, así que se limitó a colocarse algo mejor la ropa.

-Bien, haré un informe explicando la situación, Rey Artcel Ardaris -luego miró a Aur-. Entiendo que tú, como su compañera, estás igual de afectada, ¿no?

-S-sí, señor…

-Ya… -esbozó una suave sonrisa- En fin, sois jóvenes, os recuperaréis… La República ayudará a su pueblo, no se preocupe, Majestad.

-En poco se puede ayudar… -gruñó este- Nos ha estallado un crucero entero en las playas de nuestro hogar, ha ionizado nuestro aire y ahora la superficie es inhabitable, si andas más de unas pocas horas mueres carbonizado por el Sol… literalmente ha destrozado nuestra atmósfera.

-No hace falta que nos lo recuerde, Majestad -le dijo el otro-. La República siempre está dispuesta a ayudar a aquellos que se han visto desfavorecidos por la suerte o por el sistema.

-Vuestro sistema, sí -el Rey frunció los labios-. Me alegra saber de vuestros planes, pero no me gustaría restarle tiempo, Capitán.

El aludido se limitó a fruncir el gesto pero asintió y salió de allí acompañado por los clones, que fueron tras su superior, obedientes como siempre. Lectra, adormilada, no fue del todo consciente de esa parte de la conversación pero sí que supo de ella más tarde, ya acostada en una cama alta y vigilada por unos guardias reales y un par de médicos para atenderla adecuadamente. Todo por la promesa de Luminaria, aunque a ella le pesara. Al final del día lo agradeciera, y eso lo sabía bien Aur, que estaría a su lado en todo momento… y así fue hasta su llegada con el grupo de Jeremy, cuando ella se había recuperado más o menos de sus traumas, aunque seguía con problemas psicológicas con respecto de la tecnología, que seguía aborreciendo desde lo más profundo.

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Hace dos años

El frente estaba prácticamente en la línea divisoria entre los dos lados de la galaxia, y en uno de esos mundos en pleno conflicto era Beta Canceri 9, donde se desarrollaban grandes producciones de licores que se repartían a lo largo de la galaxia. El planeta estaba en pleno bloqueo por la batalla campal que se desarrollaba a su alrededor, donde los dos bandos luchaban incansables entre ellos desde hacía días. Cada bando contaba con dos o tres destructores, junto a más de un centenar de veloces cazas, y que volaban de un lado a otro disparándose mutuamente en una de esos combates aéreos que se estudiarían en las clases de oficialía en años venideros; todo por las grandes rocas y polvo que giraban en torno al mundo y sus lunas, verdaderos imperios licoreros en los que la política era más que fundamental.

Allí se desarrolló hace unas décadas todo un movimiento independentista de la República, pues era un pueblo con una cultura, idioma y tecnología propia y única en la galaxia, elementos necesarios para poder llevar a cabo el proceso de salida del sistema, una suerte de club prestigioso que, durante cincuenta mil años, había gobernado la Vía Lactea; ahora se veía amenazado por el Imperio, y era allí donde se podría llegar a decidir el destino de la guerra, para bien o para mal.

En uno de los destructores republicanos se encontraba entrenando Yekira, usaba una espada que simulaba ser de madera para combatir sin peligros contra unos androides que disparaban haces de luz que ella tenía o que esquivar o detener, contaba con un sensor en su filo que permitía saber la puntuación obtenida. Era veloz como el viento, de hecho se movía usando su súper velocidad para ir a lo largo de la sala y atacar con suaves toques laterales a los androides a los que se enfrentaba, siempre bajo la atenta mirada de su maestro, Detarión Kari.

Era un gran general del planeta Alfa Sagitari 4, Fjorn. Lo principal de ellos era su capacidad para poder ser bípedos o cuadrúpedos según lo que necesitaran, de tal manera que manos y pies eran muy similares y siempre iban descalzos; además, su ropa estaba diseñada precisamente teniendo en cuenta esta cuestión. Brazos y piernas eran igual de largas, con caderas estrechas y pelo largo, de cuerpo esbelto y bien proporcionado. Sus cuellos eran cortos y su rostros bastante humanos, eran criaturas interesantes aunque algo sorprendentes cuando se veían por primera vez.

Estaba apoyado en la pared, observando con interés aunque en el fondo algo preocupado. Sus orejas, algo puntiagudas, giraron suavemente en dirección a un suave sonido que notó, así que se limitó a dar un par de palmadas para llamar su atención. Yekira giró sobre sí misma y, tras golpear una última vez a uno de los androides que volaban en torno a ella, se le acercó. Tenía la respiración entrecortada pero parecía satisfecha, en especial por ver a su maestro… hasta que se dio cuenta de su nerviosismo.

-¿Sucede algo, maestro?

-Yekira… tengo un asunto importante que atender -le dijo, y puso sus manos tras la espalda-. Atacaremos al Imperio por sorpresa, necesito que lideres a un grupo de clones, a los mejores, y que vayas detrás de la luna Garlin de Fjorn, ¿de acuerdo?

-Esa era… la cuarta, ¿verdad? -murmuró ella- La que tiene la atmósfera violeta por los gases del subsuelo, es la única deshabitada.

-Esa misma -le sonrió-, allí sólo se sacan minerales y por temporadas se baja a buscar toda clase de materiales, en especial hidrocarburos, pero eso no es lo importante -usó su índice para darle énfasis a sus palabras-. Cuando te escondas tras la luna te daré una señal para cuando puedas venir, habremos atraído a los imperiales hacia nosotros y podremos atacar sus naves por dentro, así que tienes que ser veloz…

-No me llaman Vendaval por nada, maestro -ella le sonrió algo y asintió-. Así se hará, buena suerte con la misión… es un honor que cuente conmigo.

El aludido se limitó a asentir y la vio partir por los pasillos. Siguiendo la orden, tomó a los mejores aviadores y fueron directamente a los cazas más veloces y ágiles. Gracias a la orden dada por Detarión no tuvieron problemas en conseguir montar en diez de ellos y salir del enrome destructor dirección a la luna objetivo. Beta Canceri 9 tenía cinco bellas y brillantes lunas a su alrededor, cuatro de las cuales eran habitables y formaban un entorno apacible en el que vivir, con políticos lo bastante hábiles para ganarse la generosidad del Congreso… a través de muchas "amenazas" veladas de molestar o de hacer huelgas, protestas o similares, todo por lograr muchos escaños en la sede del Legislativo de la República… y por tanto, con capacidad para poder presionar para sus objetivos.

A Yekira eso le daba igual, la pugna por intereses políticos le era indiferentes y prefería vivir entretenida con sus combates de entrenamiento y practicando su poder. Uno de sus sueños era participar en los Juegos en solitario y ganar alguno de los concursos, eso le dría muchos puntos para ser una deportista profesional y ser alguien de prestigio. La guerra había hecho mucho daño, puede que con es movimiento estuvieran un paso más cercano para ganar de una vez. Y encima sería en un combate aéreo… eso sí que iba a molar.

Según salieron de la zona de influencia del destructor se desplegaron en forma de V, con ella en la parte media de la formación, que avanzó deprisa por el espacio del sistema planetario. Atrás quedaba el brillante mundo, hermoso y verdoso por sus grandes áreas de cultivo y serpenteantes ríos, mientras a ambos lados se podían contemplar las primeras dos lunas, en rotación acoplada de tal manera que siempre daban la misma cara a su planeta principal. En frente estaban las otras tres, la más lejana no dejaba de ser una esfera del tamaño de un balón de fútbol desde donde estaban, las otras dos eran bastante más grandes y se podían apreciar incluso algunas formaciones. Todas eran rocosas, con mares azulados y montañas elevadas que se asemejaban a ese nuevo mundo descubierto y conquistado por Asmae Starlight. Ella hubiera amado estar allí para explorar ese nuevo mundo, pero las vistas que ahora tenía no estaban nada mal tampoco.

En unos minutos ya estaban en las cercanías de Garlin, desde allí se tenía una vista aún más privilegiadas del resto de mundos… ella se quedó maravillada, no se cansaría jamás de vistas así. Entendía ahora por qué llamaban a ese lugar el granero de la galaxia, Beta Canceri 9 era enorme, en la frontera entre un planeta terrestre y un gigante gaseoso; y sus lunas no eran pequeñas tampoco, precisamente. No pudiéndose detener demasiado tiempo, se colocaron en la trasera de la luna a la espera de la señal de Detarión. Este se dirigió hacia el mando de la gran nave que dirigía, la principal de esa parte de la armada y que dirigía a todas las demás. Su semblante era serio, estaba nervioso y si eso salía bien – cosa que esperaba – se garantizaría un buen futuro para él y para esa chica a la que ya quería como a una ahijada. Llevaba sus espadas de luz en las caderas, y en unos pocos segundos y tras veloces movimientos, clavó sus filos en los cuerpos y cuellos de los soldados y oficiales presentes, algunos incluso acabaron decapitados en aquel acto.

Tras contener un poco sus emociones, con las manos al rostro por el salvajismo que había demostrado en esos instantes – durante los cuales nadie se pudo defender o pedir auxilio – se acercó hasta uno de los comunicadores. Revisó la información que los imperiales le habían dado en su momento, y procedió a dar la señal de radio, que emergió desde las antenas del enorme aparato. La detectaron en el resto de destructores y la voz de alarma se desató cuando varios oficiales con más experiencia la reconocieron como la señal de ataque de los imperiales, pero era tarde para evitar nada; rápidamente aparecieron desde detrás de Beta Canceri e hicieron una pinza a todos los aparatos, desatando así una batalla aérea improvisada.

Los grandes destructores dispararon contra sus pares, que por mantenimiento estaban quietos en un sitio pero aún con las defensas activadas así que su primer ataque acabó detenido por las grandes barreras de plasma; de las nave republicanas surgieron muchos cazas que volaron hacia los imperiales, pasando a través de los escudos rivales como si tal cosa, de tal manera que podían acercarse mucho más al objetivo… siempre armado hasta los dientes por torretas manejadas por androides, que disparaban a todo aquello que no estuviera en su programación como aliado, era un sistema de defensa rápido y eficiente que permitía a los seres vivos y a los clones estar en posiciones más seguras, aunque igualmente letales.

Así, los cazas iban y venían, disparándose entre ellos a toda velocidad, mientras los destructores detonaban grandes explosiones en las zonas más débiles de los escudos de plasma. Tal era su fuerza que la onda expansiva incluso llegaba a mover un poco los aparatos, así como las rocas a su alrededor. Estas eran peligrosas para todos, pues se movían en todo momento y muchos pilotos habían muerto aplastado por culpa de aquellas montañas flotantes; o al estrellarse contra estos por no poder verlos a tiempo y no ser capaces de esquivarlos por ir demasiado deprisa. Esa vez no fue la excepción y varios cazas acabaron destrozados por esos golpes, aunque se movían con agilidad y a una velocidad endiablada en torno a los mismos, siempre con el espectacular paisaje de fondo. A modo de apoyo, los destructores disparaban a aquellos cazas que entraban en su alcance, mientras otros simplemente se lanzaban contra ellos con la intención de destruir las comunicaciones.

Ese era siempre el primer objetivo, para descoordinar al enemigo y poder aplastarlo con toda la fuerza posible. Detarión por eso había dejado desprotegida adrede la torre de comunicaciones principal, sólo contando con una señal diferida para Yekira que sería lanzada en el momento en que fuera destruida. Esperaba que todo sucediera acorde al plan, que quedó en agua de borraja al ver el caza de su alumna dirigirse de forma directa hacia los imperiales, junto con sus clones. Atravesó los anillos que rodeaban Beta Canceri 9 y, aprovechando su gran tamaño pudo pasar inadvertidamente hasta acercarse lo suficiente a uno de los destructores imperiales, sobre el que cayó como una lluvia de acero y plasma.

Había desplegado a sus compañeros de tal manera que iban por ambos lados, tras cruzar la parte baja del aparato y aparecer al otro lado. Acribillaron las torres de comunicación que encontraron pero también soportaron la correspondiente escalada de láseres que lanzaron contra ellos; movían sus cazas con agilidad pero era complicado moverse en espacios tan cortos tanto física como temporalmente, aunque para eso eran profesionales. Yekira, sin embargo, eventualmente fue dada en sus motores y se vio obligada a ir directa hacia la bodega de uno de los destructores imperiales, aprovechando su cercanía para volar al ras sobre la superficie del aparato. Aterrizó a trompicones y derrapando, pudiendo salir tras dar un buen salto y aterrizar en el suelo, armada con su espada de luz. Le faltaba la segunda pero ese no era su mayor problema, dado que había muchos clones cerca.

Aprovechando su súper velocidad corrió en unos segundos hasta el otro lado del hangar, esquivando todos los disparos de los clones a los que no estaba dispuesta a hacer especial daño en esos momentos, y tras pasar por una puerta cuya cerradura rompió con el mango del arma, la bloqueó con su energía. Si no estaba equivocada, a cincuenta metros por encima de ella estaba el puente de mando, su destino final si todo iba bien… ahora tendría que atravesar toda la nave para llegar hasta allí. Armada de valor comenzó a recorrer los pasillos, siempre lista para usar su espada de luz y enfrentar a los clones que se le cruzaran, y preguntándose dónde estaría en esos momentos su maestro. Claramente el enemigo tuvo que interceptar sus comunicaciones, no había otra explicación para esa trampa.

Pensaba en ello cuando llegó hasta una zona de carga que subía hasta la parte media del aparato, donde estaba la cocina, la despensa y la sala de máquinas. Por encima debían estar los cuartos y, algo más arriba aún, la zona de oficiales y, finalmente, la sala de mando. Como siempre, esa zona por su sensibilidad estaba protegida a la perfección por una veintena de clones bien armados, así que tenía que pasar a través de ellos sin ser visto… o derrotarlos. En general ellos le caían demasiado bien para hacer algo así, lo mismo pasaba con muchos lakyos jóvenes, así que a veces optaba por simplemente noquearles… la mayoría de veces no podían tener esa consideración poque lo propios clones, en su orgullo, se sentían honrados de morir en combate y a mano de un xanium.

Por eso ella no se lo pensó demasiado más y se lanzó a por ellos como una exhalación; giró sobre su cuerpo y cortó a la mitad las armas láser de dos de ellos, tirándoles contra la pared cercana usando su energía; mientras los demás se colocaban y procedían a defender sus posiciones y llamar a emergencias, cuatro de ellos se acercaron corriendo hacia ella y empezaron a disparar a bocajarro contra ella, que interpuso su arma de luz para detener los láseres. Eran intensos y rápidos, pero más lo era ella, que tomó aire de una bocanada y usó su velocidad para correr contra ellos y darles un buen placaje; en un momento dado saltó por encima de ellos, que pudieron darse la vuelta justo para encontrarse con el arma de ella, que cortó sus armaduras y les hizo unos buenos cortes en los brazos.

Segundos después volvieron a caer los disparos sobre ella, que se vio obligada a resguardarse tras unas cajas con munición. Sabiendo que así no podía estar indefinidamente se armó de valor, bajó su espada de luz y volvió a tomar aire; rodeada de sus poderes, aceleró y comenzó a correr a través de la pasarela primero y luego del hueco del ascensor tras abrir un hueco usando su espada de luz, logrando subir a lo largo del mismo a toda velocidad y aparecer en uno de los pisos tras atravesar la compuerta como un animal enorme, destrozándola en el proceso y aterrizando el pasillo. En un rápido vistazo se encontró con que estaba en el piso de los suboficiales, así que había ahorrado bastante camino.

-Perfecto… maestro, espero que estés aquí pronto para ayudar…

Tras recuperar como pudo el aliento siguió avanzando y fue hacia un segundo ascensor, que pudo abrir usando su energía para romper las puertas. Podía sentir a muchos clones corriendo por allí cerca, nerviosos y preparando todo lo necesario, haciendo que ella misma se agobiara suavemente. Se preparó y dio unos pasos atrás, tras unos pocos cálculos creyó que, con unos pocos pisos más debía ser capaz de llegar hasta el piso de mando o, al menos, al inmediatamente inferior de no poder llegar hasta el mismo. Justo cuando comenzó a correr llegaron un grupo de clones, que nada más verla abrieron fuego hacia ella con todo lo que tenía; ella pudo evadirlos salvo uno, que le dio en la parte baja de la espalda, y aún así apretó los dientes y pudo ir hacia arriba, se lanzó a un lado y pudo atravesar de nuevo la puerta usando su espada de luz, adolorida y magullada pero más o menos indemne. Dio unas cuantas vueltas sobre sí misma y pudo ver la sangre de su herida manar con cierto volumen, temblaba algo y se iba a intentar levantar cuando una mano la tomó, instante en que chilló.

El dolor al sentir el plasma de una espada de luz sobre su herida era muy intenso, pero se estaba cauterizando y cerrando de esa manera, sólo se atrevió a abrir los ojos unos segundos después de dejar de sentir ese punzón. Vio a su maestro, Detarión, parecía algo nervioso pero ella le sonrió un poco, feliz de verle.

-¿Lo hice bien, maestro?

-Muy bien… -él parecía algo nervioso, era normal- Ahora… quiero que permanezcas en silencio, ¿de acuerdo?

Ella asintió, iba a decir algo cuando vieron a un gran grupo de imperiales aparecer. Ella ni pudo moverse, esperaba que su superior pudiera defender a ambos pero grande fue su sorpresa al ver que sólo se la colocaba por encima del hombro, sosteniéndola. Al final también tenía que adaptarse a las circunstancias, razonó.

-Me alegro verte, general Kari -saludó uno de ellos, la chica le reconoció como Barugo-. ¿Es tu alumna? ¿Al final se une?

-Sí, por supuesto -le dijo este-, ella se unirá al Imperio igual que yo.

Yekira le miró de reojo, había entendido mal seguro. No podía estar diciendo eso, ¿verdad? La perdida de sangre debía estarle haciendo perder la audición, sí, eso tenía que ser… Detarión se la colocó en los hombros y la portó hasta una enfermería dos pisos más abajo en total silencio, siempre acompañados de dos clones bien armados. Él la dejó en una de las camas de la sala, bien iluminada y sin ventanas en pleno centro de la nave, lejos del ruido de los disparos, un par de androides y un médico se les acercó para atenderles y cambiar seguramente la configuración de sus nanobots para poder estar en sintonía con el bando al que se habían cambiado.

Yekira se había quedado callada, cooperando con el médico en lo que pedía y sin llegar a mirar demasiado directamente a su maestro, que sí parecía bastante más conciliador con ellos, parecía bastante contento aunque la tensión en el aire era evidente. En un par de horas se pusieron a hacer los cambios en sus ordenadores y revisaron las diferentes heridas, en especial la de ella en la espalda, que gracias a haber sido cauterizada a la fuerza ya no estaba sangrando demasiado.

-Tuviste suerte que tu maestro es bastante conocedor de todo esto -comentó-. Tendrás una cicatriz al final, aunque procuraremos que no sea demasiado visible.

-Gracias… -murmuró ella- Sí, es un gran héroe la verdad… pero no me esperaba que me curara así, maestro.

-Era lo que tenía que hacer -le reconoció, estaban cada uno en una cama recostados-, todo… por mi querida alumna.

Ella no llegó a responder hasta que el médico salió, quedando así a solas. No sabían si estaban siendo escuchados o no, era posible que sí, aunque a la chica le dio igual y comenzó a chillarle.

-¡¿Cómo se te ocurre unirte al Imperio?! -le gritó- ¡¿Y cómo se te ocurre meterme a mí, maestro?! ¡No quiero estar aquí!

-Escúchame, hija -le pidió, ella fruncía el ceño pero le obedeció-. A mi tampoco me gusta esto, pero son el caballo ganador de esta guerra y no quiero que te maten en este conflicto -Yekira quería replicar pero él la contuvo con un gesto-. Hazme caso y únete al Imperio, sobrevive y… haz tu vida lo mejor que puedas, yo es probable que muera, pero tú sí que puedes triunfar aquí.

Le tendió una suerte de medalla, que se había quitado previamente de su cuello.

-¿Qué… es?

-¿Recuerdas la canción de Dakión? El gran héroe.

-Sí, lo hago… -murmuró- ¿Es un antepasado tuyo?

-Sí, algo así -él sonrió un poco-. Eso dicen mis libros genealógicos, pero eso no es importante… sino que ahora tienes que ser tan valiente como lo fue él, porque te acusarán de muchas cosas, pero debes ser valiente y afrontar la decisión con honor y sabiduría en cada paso que des.

-No es una que diera yo por mi voluntad -le espetó-, sino que la tomaron por mí.

-¿Hubieras aceptado de buen grado hacerlo?

-Por supuesto que no -dijo ella, con convicción-. No soy una traidora…

-Entiendo… -Detarión sonrió un poco, satisfecho- Bueno, lo importante es que ahora… puedes ayudar a la República de otra manera, como lo hizo Dakión.

Ella le miró, iba a responder cuando entró por la puerta el mismo médico que les atendió, junto a un par de enfermeras se dispusieron a continuar con todo aquello. El mayor esperaba que ella entendiera su propósito y qué era lo que deseaba, o que al menos estuviera segura y pudiera sobrevivir al conflicto. Perder un sistema completo para los suyos podía sonar algo demasiado importante por culpa de un deseo egoísta, pero esa guerra empezó precisamente por culpa de una egoísta líder militar.

Ella acabaría entendiendo, era alguien inteligente y comprendería todo aquello, eventualmente se daría cuenta que eso era lo mejor en esos momentos para todos, aunque en esos momentos le odiara. Prefería eso a ponerla en un peligro innecesario, así que se limitó a observarla de reojo darle vueltas al medallón y a su propia mente para comprender… Sabía usar bien sus podres y energía, pudo subir a través de los huecos de los elevadores y esa era muy buena señal, a decir verdad, pero aún le quedaba por aprender mucho. Él seguramente dejaría de ser su mentor, pero siempre la recordaría.

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Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.