Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

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La Última Hija del Mar

Todos miraron preocupados a la diosa de la luna. Zeus miró a todos, se encogió de hombros y pasó el libro a su hija Perséfone. —Capítulo 59: Combate en el núcleo.

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La diosa de la sabiduría y el dios de la forja, conversaron sobre la estructuración interna del laberinto, como encontrarlo en el actual siglo XX y comenzaron a ofrecerse sus propios conocimientos de construcción, geolocalización y localización subterránea, para dar con el taller y extraer todos los posibles inventos y planos, que Dédalo podría haber dejado atrás.

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Caminábamos, esperando encontrarnos con algún monstruo o enemigo, pero no había nada a nuestro alrededor. Nada que pudiera hacernos daño y la oscuridad parecía devorarlo todo, como si fuéramos al encuentro, con el tío Hades, comenzó a temblar, escuchamos gruñidos; el resplandor de antorchas apareció desde una esquina y echamos a correr, hacía la dirección contraria. Casi habíamos llegado al túnel del fondo cuando la columna más cercana crujió y se partió. Seguimos a toda marcha mientras un centenar de toneladas de mármol se desmoronaba a nuestras espaldas.

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Un derrumbe no debería de ser normal, en ese lugar —dijo Atenea, frunciendo el ceño. —Ni tan siquiera, siendo por obra de un enemigo o un aliado. ¿Acaso Penny utilizó inconscientemente la Geoquinesis del tío Poseidón, causando ese temblor, para impedirle al enemigo avanzar?

—No creo ser tan tremendamente poderosa, lady Atenea —dijo Penny, quien ahora parecía estar sumida en sus pensamientos. En los recuerdos de la aventura en el Laberinto.

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Llegamos al pasadizo y nos volvimos un instante, cuando ya se desplomaban las demás columnas. Una nube de polvo se nos vino encima y continuamos corriendo, por unos minutos, antes de detenernos.

¿Sabes? —dijo Thalía sonriente—. Empieza a gustarme este camino. Me alegra mucho, que esto se desplomara. Así, retrasará a nuestros enemigos. —Asentimos. Perdimos a los restos del Ejército del Titán.

¿Alguna de ustedes, salió herida? —pregunté. Pero luego de una negación general, seguimos caminando. Y entre más caminábamos, el techo, las paredes y el suelo, se iban volviendo más y más modernos, como las lámparas de tubos fluorescentes de luz eléctrica, que colgaban del techo.

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—Nuevamente se perdieron —gruñó Hera enfadada, mientras enterraba su rostro entre sus manos —y no tienen forma de regresar a causa del derrumbe de atrás.

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Caminamos en línea recta hasta un vestíbulo hecho totalmente de acero inoxidable, como los que debían de tener en las estaciones espaciales. Había tubos fluorescentes en el techo. El suelo era una rejilla metálica.

Estaba tan acostumbrada a la oscuridad que me vi obligada a entrecerrar los ojos. Artemisa y Thalía parecían muy pálidas bajo aquella luz tan cruda. —Por aquí —indicó Thalía sonriente, quien echó a correr de nuevo, solo confiando en su propio instinto de que íbamos hacía donde teníamos que ir— ¡Ya casi hemos llegado!

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Zeus sonrió, al ver a su hija tomar el mando. Sus hijos eran lideres naturales, después de todo. Entonces, frunció el ceño al recordar como la hija de Pos... como su sobrina Penny, había matado a tantos enemigos y enfrentado a más de un inmortal o a alguien más poderoso que ella, saliendo victoriosa.

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¡No puede ser! —objetó Hazel—. El taller debería estar en la parte más antigua del laberinto. Esto no... —Titubeó porque habíamos llegado a una doble puerta de metal. Grabada en la superficie de acero, destacaba una gran A griega de color azul.

¡Es aquí! —anunció Thalía—. El taller de Dédalo.

Hazel pulsó el símbolo y las puertas se abrieron con un chirrido. —De poco nos ha servido la arquitectura antigua —dije. Aunque ellas me miraron ceñudas, yo solo me encogí de hombros y entramos.

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Atenea y Hefestos, tenían sonrisas en sus rostros, se inclinaron hacía el frente, listos para escuchar las descripciones, sobre lo que fuera que había allí dentro.

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Estaba ya dando un paso dentro del taller, cuando miré hacia atrás, encontrándome con que Bianca hacía lo mismo, giré en redondo para acercarme a ella y noté que estaba con los hombros hacía atrás, los puños cerrados y luego echó la cabeza hacia adelante. Espectros de legionarios y esqueletos de la II Guerra Mundial, aparecieron. —Protéjannos —les ordenó, mi bello ángel italiano, mientras que nosotras nos tomábamos de las manos e ingresábamos en el Taller.

Lo primero que me impresionó fue la luz del día: un sol deslumbrante que entraba por unos gigantescos ventanales. No era precisamente lo que uno se espera en el corazón de una mazmorra. El taller venía a ser como el estudio de un artista, con techos de nueve metros de alto, lámparas industriales, suelos de piedra pulida y bancos de trabajo junto a los ventanales. Una escalera de caracol conducía a un altillo. Media docena de caballetes mostraban esquemas de edificios y máquinas que se parecían a los esbozos de Leonardo da Vinci...

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—Sí —contestó Atenea ante la pregunta no formulada —Leonardo es otro de mis hijos. Conoció a Dédalo tras su fallecimiento y sé que mantuvieron muchas conversaciones, se la pasan inventando objetos y maquinaria, en la Isla de los Bienaventurados.

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(...) Había varios ordenadores portátiles por las mesas. En un estante se alineaba una hilera de jarras de un aceite verde: fuego griego. También se veían inventos: extrañas máquinas de metal que no tenían el menor sentido para mí. Una de ellas era una silla de bronce con un montón de cables eléctricos, como un instrumento de tortura. En otro rincón se alzaba un huevo metálico gigante que tendría el tamaño de un hombre. Había un reloj de péndulo que parecía completamente de cristal, de manera que se veían los engranajes girando en su interior. Y en una de las paredes habían colgado numerosas alas de bronce y de plata.

Las alas parecían más avanzadas que las que había visto en sueños. Las plumas estaban entrelazadas más estrechamente. En lugar de estar pegadas con cera, tenían tiras autoadhesivas que seguían los bordes.

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—Tu hijo es verdaderamente un genio, Atenea —alabó Hefestos.

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Mantuve bien sujeta mi guadaña-tridente. Al parecer, Dédalo no estaba allí, pero daba la impresión de que el taller había sido utilizado hasta hacía un momento. Los portátiles seguían encendidos, con sus respectivos salvapantallas. En un banco había una magdalena de arándanos mordida y una taza de café.

Me acerqué al ventanal. La vista era increíble. Identifiqué a lo lejos las Montañas Rocosas. Estábamos en lo alto de una cordillera, al menos a mil quinientos metros, y a nuestros pies se extendía un valle con una variopinta colección de colinas, rocas y formaciones de piedra rojiza. Parecía como si un niño hubiera construido una ciudad de juguete con bloques del tamaño de rascacielos y luego la hubiera destrozado a patadas. — ¿Dónde estamos? —me pregunté.

En Colorado Springs —respondió una voz a nuestra espalda—. El Jardín de los Dioses. —De pie en lo alto de la escalera de caracol, con el arma desenvainada, vimos a nuestro desaparecido instructor de combate a espada. Quintus.

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— ¡¿ÉL?! —preguntaron dioses y semidioses, por igual.

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¡Tú! —exclamó Thalía, ya con el arco en manos y una flecha lista—. ¿Qué has hecho con Dédalo?

Él sonrió levemente. —Créeme, querida: no te conviene conocerlo.

A ver si nos entendemos, señor Traidor —gruñó ella—, no he luchado con una mujer dragón y con un hombre de tres cuerpos para verte a ti. Así que... ¿dónde está Dédalo?

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Todos los dioses se preguntaban quién era este tal Quintus.

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Quintus bajó las escaleras, sosteniendo la espada desenvainada en un costado. Llevaba vaqueros, botas y una camiseta de instructor del Campamento Mestizo, que parecía un insulto ahora que sabíamos que era un espía. Yo no estaba muy seguro de poder vencerlo en un duelo de Tridente/Guadaña a espada, porque Quintus era muy bueno, pero pensé que igualmente debía intentarlo. —Ustedes creen que soy un agente de Cronos —dijo—. Que trabajo para Ethan.

Vaya novedad —soltó Artemisa, con su arco tensado, aunque ella planeaba disparar flechas, con el cuerpo inclinado hacia el frente. Me pregunté si acaso, iba a dispararle esa flecha y luego saltaría al frente, para atacarlo transformada. Tal y como lo hizo, durante el combate contra Atlas.

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—Seguramente ese fue mi plan, amor —dijo Artemisa y Penny asintió.

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Eres una diosa inteligente, pero te equivocas. Yo sólo trabajo para mí. He estado en casi todas partes. Incluso aquí. —Pasó por mi lado, como si yo no representara ninguna amenaza, y se situó junto a la ventana. —La vista cambia todos los días —musitó—. Siempre un lugar alto. Ayer era un rascacielos desde el que se dominaba todo Manhattan. Anteayer, una preciosa vista del lago Michigan. Pero siempre reaparece el Jardín de los Dioses. Supongo que al laberinto le gusta este lugar. Un nombre apropiado, imagino.

Ya habías estado aquí antes —apunté. Esto no era una sorpresa para mí, yo ya sabía quién era realmente Quintus, pero era imposible que mis chicas me creyeran. Tendría que desenmascararse a sí mismo y para no levantar sospechas en mi contra, con nuestras emociones tan burbujeantes, le coloqué el filo de la guadaña a la altura del cuello.

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Los dioses se miraron entre ellos y luego a Penny.

Solo Atenea, quien sentía algo en su corazón, tomó aire y planteó la pregunta. Pero se dio cuenta, de que Penny quería que lo preguntara, al mirarla a los ojos y verla sonriente. — ¿Quién es realmente Quintus? Ese es solo su alias.

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Miré de reojo a las chicas, sus emociones están muy alteradas. Estaban por atacar a Quintus, al menos de que el idiota dijera lo que yo ya había escuchado. —Basta de juegos —dije yo, siguiendo mi papel—. ¿Qué has hecho con Dédalo?

Quintus me miró fijamente. —Muchacha, necesitas unas lecciones de tu amiga para ver con más claridad. Yo soy Dédalo. —Escuché gemidos de sorpresa a mi espalda, mientras que yo bajaba mi guadaña/tridente.

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— ¿Él es Dédalo? —preguntó un asombrado Hermes. Los que participaron en la prueba (excepto Artemisa y Zoë, por ser del pasado) asintieron. —Es bastante... sombrío y cruel, para ser hijo de Atenea.

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Lo sé —admití finalmente, mientras bajaba mi guadaña. —Perdón por eso. Llevo teniendo una serie de sueños proféticos, desde hace ya mucho. Lo supe desde el comienzo, pero es así, como tenía que ser. Debías de revelarte a ti mismo.

Pero ¡tú no eres inventor! ¡Eres un maestro de espada! —Reyna tomó mi lugar.

Soy ambas cosas —explicó Quintus—. Y arquitecto. Y erudito. También juego al baloncesto bastante bien para un tipo que no empezó a practicar hasta los dos mil años de edad. Un verdadero artista debe dominar muchas materias. —Miró a Thalía, su rostro de comprensión—Sí —dijo Quintus, sonriente—. Por fin has adivinado la verdad.

Eres un autómata. —dijo Thalía —Te construiste un cuerpo nuevo.

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—Quintus —murmuró Hefesto, a descifrar el nombre.

—El Quinto —concluyó Hera.

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"Quintus" (Alias Dédalo), miró con gentileza a Reyna. — ¿Sabes qué quiere decir quintus en latín, querida?

«El quinto»

Este es mi quinto cuerpo. —El maestro de espada extendió el brazo, se apretó el codo con la mano y una tapa rectangular se abrió como un resorte en su muñeca. Debajo zumbaban unos engranajes de bronce y relucía una maraña de cables.

¡Es alucinante! —se asombró Thalía.

¿Encontraste un medio de transferir tu animus a una máquina? —preguntó Artemisa, negando suavemente con su cabeza—. Es... antinatural.

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—Estoy de acuerdo contigo, sobrina —dijo Hades, frunciendo el ceño.

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Ah, querida tía, te aseguro que sigo siendo yo. Soy el mismísimo Dédalo de siempre. Mi madre, Atenea, se encarga de que no lo olvide. —Tiró de su camiseta hacia abajo. En la base del cuello tenía una marca que ya había visto antes: la forma oscura de un pájaro injertada en su piel.

La marca de un asesino —declaró Thalía, enseñando su propia marca. —Maté a Luke Castellan, en el monte Tamalpais el año pasado.

Por Perdrix —dije yo —lo vi en un sueño.

Me arrepiento de lo que hice, Penny. Estaba furioso y amargado. Pero ya no puedo remediarlo y Atenea no me permite olvidar. Cuando Perdix murió, lo convirtió en un pequeño pájaro: una perdiz. Me marcó en el cuello la forma de ese pájaro a modo de recordatorio. Sea cual sea el cuerpo que adopte, la marca reaparece en mi piel. —Lo miré a los ojos y me di cuenta de que era el mismo hombre que había visto en mis sueños. Su rostro podía ser totalmente distinto, pero allí dentro residía la misma alma, la misma inteligencia, la misma infinita tristeza.

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Atenea agarró los reposabrazos de su trono y suspiró. Pero ella no podía simplemente, dejar que su hijo olvidara su pecado. Sin embargo, comenzaba a pensar, que dejaría que pasara algún tiempo y luego, le quitaría su maldición. Quizás... —Pronto. Se la quitaré, pronto.

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Realmente eres Dédalo —decidí—. Pero ¿por qué viniste al campamento? ¿Para qué querías espiarnos?

Para ver si vuestro campamento merecía salvarse. Luke me había ofrecido una versión de la historia. Preferí extraer mis propias conclusiones.

O sea, que has hablado con Luke. —Dije —Y seguramente, también con Ethan.

Dédalo sonrió. —Así es. Pero... Ethan conseguirá que los remanentes del Ejército, sean destruidos. No sabe cómo mantener en alta, la moral de un ejército. Uno que ha guiado, hacía un laberinto lleno de trampas de todo tipo. Primero enloquecerán, antes de dañar el Campamento Mestizo o el Olimpo.

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—Me pregunto si acaso... comenzó Hermes.

— (...) Ese siempre fue el plan de Dédalo —concluyó Apolo. Todos los miraron.

—Fingir darle su apoyo a Ethan y Luke...

—Y luego permitirles entrar y enloquecer, dentro de sus paredes.

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Hazel aspiró aire muy rápidamente, mientras se escuchaba el combate de los soldados esqueléticos, contra nuestros enemigos. — "Están aquí" —susurró Hazel.

Con una enorme parsimonia, Dédalo le entregó a Artemisa una computadora Laptop. —Entrégale esto a mi madre, por favor, tía Artemisa.

Lo haré —dijo ella, mientras que Dédalo nos enseñaba una sonrisa y caminaba hacía las escaleras de caracol que ascendían.

Cuando salgan de aquí, vayan hacía la izquierda. Siempre hacía la izquierda. Es un poco de... sistema de control, que yo mismo diseñé, para ir al Campamento Mestizo. —Y subió corriendo las escaleras.

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Atenea frunció el ceño, ante la perspectiva de que uno de sus hijos que más orgullosa la llegó a hacer sentir, fuera a esconderse, en lugar de ayudar a los otros Semidioses a luchar. — ¡Él también es un semidiós, después de todo! —pensó enfadada.

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Las puertas del taller se abrieron violentamente y Nico entró a trompicones con las manos encadenadas. Detrás venían Kelli y los dos lestrigones, seguidos por el fantasma de Minos. Este casi parecía sólido: un rey pálido y barbado de ojos glaciales, de cuya túnica se desprendían jirones de niebla.

A Kelli solo le duró un segundo la alegría, pues yo causé un terremoto, que hizo a todas, no poderse mantener en pie, excepto al fantasma de Minos, solo para fijarse en Bianca y Hazel, logrando reconocerlas como hijas de Hades, enseñando un rostro que solo reflejaba terror. Kelli y los Lestrigones, estaban iguales que Minos, al descubrir la ascendencia de mis novias.

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Hades se asombró, al escuchar a su esposa suspirar. —Gracias al destino, que existen esos niños. —dijo la diosa del Inframundo, ganándose miradas de incredulidad de todos, pues sabían que ninguna diosa odiaba tanto a los bastardos de su marido, como Hera y Perséfone —En caso contrario, seguramente ustedes estarían en grandes aprietos.

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Entonces se armó un auténtico pandemonio. Artemisa y yo arremetimos contra Kelli. Los gigantes lestrigones se lanzaron sobre Dédalo, pero la Señorita O'Leary, la Sabueso Infernal se interpuso de un salto para defenderlo, al mismo tiempo que Thalía usaba su arco, logrando clavarle una flecha en la cabeza a uno de los lestrigones, devolviéndolo al Inframundo. Nico había sido derribado de un empujón y forcejeaba en el suelo con sus cadenas mientras el espíritu de Minos aullaba: — ¡Maten al inventor! ¡Mátenlo!

Una furiosa Bianca, utilizaba su arco y flechas, para matar a otro de los Lestrigones con sus flechas y luego se escabullía detrás de Minos, cerrando sus ojos y concentrándose... concentrando el poder de la muerte misma y luego disparó la flecha.

Kelli logró golpear con tal fuerza mi Tridente/Guadaña, que me mandó al suelo, al tiempo que ella volaba y se colocaba detrás de Minos, recibiendo la flecha por él y siendo enviada al Tártaro, cortesía de Bianca.

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—Bien hecho, hija —dijo Hades, ya planificando varios castigos para ese maldito traidor, quien no merecía ser uno de sus Jueces.

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Reyna se lanzó contra el otro Lestrigón y me resultó asombroso, como chocó espadas contra semejante montaña (en músculos y en altura), pero ella no se movió en lo más mínimo.

Yo alcancé a ver los cuchillos arrojadizos, volando desde las puertas, en nuestra dirección. Desenfundé el arco y disparé las flechas, golpeándose unas contra otras. Antes de darme cuenta, me miré asombrada, por haber disparado más de once flechas, contra once cuchillos arrojadizos y no haber fallado ni uno solo.

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— ¡Muy bien, princesa! —dijeron Poseidón, Anfitrite y Hera, felices por la puntería de la rubia.

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Él tenía alrededor de 16 años, cabello negro brillante y una contextura delgada. Su característica más reconocible es el parche negro sobre su ojo izquierdo y el ser un americano japonés... Ethan Nakamura, actual líder de los remanentes del Ejército Titán, estaba ante nosotros. —Te las arreglaste, para detener más de una veintena de navajas arrojadizas envenenadas, solo con flechas —me enseñó una sonrisa —creí que tal hazaña con el arco, solo era posible para lady Artemisa, lord Apolo o un hijo de este último. Que una hija de Poseidón, sea capaz de usar el arco, sin ser una Cazadora de Artemisa, es sorprendente.

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—Es mi novia, —explicó Artemisa —yo le di mi bendición para usar el arco, incluso por encima de la maldición que Apolo colocó en la estirpe de mi tío.

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Yo le sonreí con arrogancia fingida. —Es lo que viene en el pack, de ser novia de Lady Artemisa, Ethan.

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¡A mí! —gritó Minos—. ¡Espíritus de los muertos! —Alzó sus manos espectrales y el aire empezó a temblar.

¡No! —gritó Nico, que había conseguido levantarse y quitarse los grilletes.

¡No tienes ningún control sobre mí, estúpido jovenzuelo! —le espetó Minos con desprecio—. ¡He sido yo quien te ha controlado desde el principio!

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— ¡Vamos!, puedes hacerlo Nico —alentó Hades. Nico se sonrojó y escondió su rostro en el pecho de su querido Will, quien lo abrazó.

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Los espíritus empezaron a congregarse alrededor de Minos: siluetas temblorosas que se multiplicaban y se solidificaban hasta convertirse en soldados cretenses. —Soy el hijo de Hades —insistió Nico—. ¡Desaparece!

El rey soltó una carcajada. —No tienes poder sobre mí. ¡Yo soy el señor de los espíritus! ¡El rey de los fantasmas!

No. —Nico sacó su espada—. Lo soy yo. —Hincó la hoja negra en el suelo, que se rajó como si fuese de mantequilla.

¡Nunca! —La forma de Minos se onduló—. Yo... —La tierra empezó a retumbar. Las ventanas se resquebrajaron y se hicieron añicos, tras lo cual una violenta ráfaga de aire fresco entró en la estancia. Entonces se abrió una grieta en el suelo de piedra y Minos y todos sus espíritus cayeron en el vacío con un espantoso alarido.

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Los dioses y semidioses se asustaron; ante el grito de júbilo de Will, Bianca, Hazel, Hades y Perséfone, al escucharse el triunfo de Nico, contra Minos.

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Bianca lanzaba flechas a los monstruos más lejanos, en compañía de Artemisa, pues se les veía viniendo en nuestra dirección, al tiempo que Hazel combatía con su espada a los monstruos que se acercaban demasiado.

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Yo le lancé numerosas estocadas a Nakamura, quien hacía todo lo posible, por evitar ser ensartado por mi Tridente. Sabía que no podía bajar el ritmo o él lograría contraatacarme. Por desgracia, soy humana y comencé a cansarme, cuando Nakamura notó que yo bajaba mi ritmo, él sonrió y lanzó un corte ascendente con su daga, que no llegó a herirme, gracias a una oportuna estocada de Reyna, dándole en el costado a Ethan y una flecha en la rodilla del Dr. Will Solace.

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Apolo le dirigió una sonrisa a su hijo, quien estaba más ocupado, acariciando el cabello de su querido Nico.

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Cuando el combate finalizó, tomamos todas las computadoras, tomamos las mochilas y varios libros, antes de marcharnos de allí, mientras que yo suspiraba y usaba un terremoto, para ir sepultando el laberinto a medida que andábamos, siguiendo las indicaciones de Dédalo. Entonces, el temblor se volvió más fuerte y escuché en mi mente, a mi padre: «Dédalo me ha contactado, estoy haciéndome cargo de que sea destruido, solo concentrando el terremoto en el taller, salgan de allí pronto»

Salimos de allí, corriendo, mientras que, a nuestras espaldas, todo se derrumbaba.

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Atenea y Hefestos, miraron con enfado a Poseidón, quien levantó las manos. —Él me contactó y me pidió que destruyera el taller. Estoy ayudando al Campamento, para que siga en pie y desde el Taller, el ejército del Titán, podría tomar el control del Laberinto y atacar el Olimpo o a nuestros niños. —La diosa de la sabiduría y el dios de la forja se miraron y decidieron (o eso creían todos) que irían allí, tomarían toda la información e investigaciones de Dédalo y la pondrían en un lugar seguro.

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Tomé el hilo de Ariadna y el mando, al recordar las palabras de Dédalo. —Cuando salgan de aquí, vayan hacía la izquierda. Siempre hacía la izquierda. Es un poco de... sistema de control, que yo mismo diseñé, para ir al Campamento Mestizo. —Y corrimos lejos del terremoto, que casi provoca que el techo se nos viniera encima a nosotros. Miré hacia atrás y vi que Hazel cargaba a Nico, con gran facilidad, pues él seguía herido, luego de ser descubierto por Minos y torturado.

Subimos por unas escaleras, luego de haber vagado por varios pasillos del laberinto y siempre volteando hacía la izquierda. Salimos a una estación del metro en Nueva York, estábamos muy cerca del Empire State y siendo que el verano casi se acababa, entonces necesitaríamos tomar el Taxi de las Hermanas Grises.

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—Me alegra que recordaran que eso existía —dijo Zeus feliz.

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Ellas nos llevaron hasta el Campamento, sanos y salvos. Al llegar, todos estaban celebrando.

Quirón se acercó a nosotros, le dijimos sobre la verdadera identidad de Quintus, la destrucción del taller y él nos contó que fueron atacados por varios monstruos. Que estuvimos fuera por cinco días y fueron cinco días de ataques seguidos, hasta la abertura del laberinto se derrumbó.

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Los Olímpicos y Semidioses celebraron que Nakamura estuviera muerto y que el campamento estuviera a salvo.

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Nos entregaron una nueva cuenta: una con un laberinto.

Lo sentí.

Sentí había concretado la misión y la profecía.

Pero fue mucho más: Como si la más grande misión de mi vida como semidiosa, estuviera concretada... que estupidez, ¿verdad?

Pues no lo fue.

Mi más grande misión, fue ser una líder en la guerra contra el abuelo y contra sus remanentes, quienes fueron derrotados.

Cumplí la Profecía: me convertí en la más grande heroína (incluso si yo no lo sentía así)

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—Lo has hecho muy bien, cariño —dijeron Poseidón, Anfitrite y Hera, mirando a su hija con orgullo en sus ojos, mientras la rubia se sonrojaba.

—Estoy orgullosa de la grandiosa heroína en la cual te convertiste —dijeron Anfitrite y Hera, causando que el sonrojo de su hija aumentara.

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Soy Penélope Jackson.

Y soy la última hija del mar.

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Cerraron el libro y se quedaron en silencio, sonrientes. Un segundo después, los visitantes del futuro desaparecieron; los dioses deliberaron, cómo actuar ante las amenazas futuras.

Mientras tanto, Poseidón se preguntaba si acaso, de ahora en adelante, solo tendría hijos masculinos y una única hija, por el resto de la eternidad (si es que volvía a tener semidioses y su esposa no lo desterraba de su castillo, claro está)

¿O si acaso, nunca jamás volvería a tener hijos, después de Penélope? Si fuera la segunda opción, entonces podría reconstruir su matrimonio con su esposa.

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FIN.