Notas: Mis queridas lectoras, les doy la bienvenida a la segunda parte de esta historia. Si bien este fanfic no es canon, aquí podrán hallar mi propia versión de la II Guerra. Espero que la disfruten, tanto como yo lo he hecho al escribirla y editarla como 10 veces desde que la terminé, hace más de diez años. Les mando un gran abrazo y no se olviden de brindar su apoyo con un favorito o un mensaje.
Capítulo 1: Una herida abierta
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Eran las cuatro de la tarde de un día martes, y ahí estaba ella, con una sonrisa de oreja a oreja, en el lugar menos esperado, con la persona menos esperada. Sí, ella era Merlina Morgan, una joven bruja a no mucho tiempo de cumplir los veintiocho años. Hacía sólo tres días había terminado su trabajo en Hogwarts para salir de vacaciones: era la actual conserje del castillo y, finalmente, la única —en algún momento se había tenido que disputar el puesto con Argus Filch, el antiguo celador—. Algunos la calificaban de inepta, especialmente los Slytherin, y una mujer de lo más simpática para otros ―ella se consideraba sólo "algo torpe"―. A veces la juzgaban como una mujer descuidada, por su palidez y sus ojeras, pero eso se debía más que nada al desordenado horario de sueño que tenía como conserje. De todos modos, a ella ya no le importaba lo que pensara la gente, mientras siguiera viviendo como vivía y permaneciendo donde se hallaba. Por supuesto, no estaba en ningún lugar plenamente agradable, que se pudiera considerar un ideal de las vacaciones, ni tampoco estaba en el hotel que arrendó una vez en las vacaciones anteriores, y menos en el Callejón Diagon, donde vivió por varios años. Allí, en ese nuevo lugar, se encontraba plena y feliz. O así se sintió, hasta que se dio cuenta de cuál iba a ser la respuesta que iba a recibir a la pregunta que había formulado.
Yacía recostada boca abajo en un sillón, con la cara entre las manos, moviendo las piernas frenéticamente de un lado a otro. La gran sonrisa que sostuvo por un momento se derritió como chocolate al sol.
―No ―contestó él con rotundidad, sin mirarla.
Su voz sonó a esa típica exasperación que a Merlina no le gustaba. Detestaba tener que rogarle. Pero hacer un intento más no debía interpretarlo como una bajeza. No iba a perder su dignidad por usar la persuasión.
Como si pudiera tomar fuerzas con aquello, miró fugazmente su anillo, decorado con una piedra púrpura, en su índice derecho.
―¿Por favor? ―Se intentó levantar. La brusquedad de su movimiento hizo que se golpeara en el codo y decidió aguantarse el dolor. Severus no la vio, o eso fingió. Merlina repitió el "por favor" y se aproximó temerosa mientras él volteaba la página de El Profeta, cómodamente sentado en el sillón de su sala. La calle La Hilandera, donde se ubicaba su hogar, era un lugar tétrico, sucio y antiguo.
Negó secamente con la cabeza sin despegar los ojos de la página.
―Indirectamente me estás diciendo que no saldremos a pasear a ningún lado. ¿Acaso pretendes que me quede encerrada todo el verano acá?
―Sabes que no es seguro que viajemos. A menos que las cosas sigan bien como hasta este instante, tal vez ―susurró Severus mientras leía, o intentaba leer.
―Bueno, de todos modos necesito ir a comprar ropa nueva ―Merlina se señaló. Sus pantalones negros estaban gastados (casi grises) y la remera se veía rosada, cuando se suponía que era morada.
―Te queda bien ―comentó él, en respuesta, aún con la vista clavada en el periódico.
―¿No me acompañarás a comprar ropa? ¿Tienes miedo a los muggles, Severus Snape?
―No. Ni lo uno ni lo otro. Tampoco iría si me ofrecieras ir al Callejón Diagon.
Y ella, claro, no se atrevería a cruzarse ni por asomo en ese lugar. No le gustaba ese callejón. Si podía evitarlo, lo hacía. Desde lo ocurrido con Craig el Callejón Diagon se había vuelto como el infierno.
―Entonces iré yo ―replicó encogiéndose de hombros con desinterés.
Severus no le prestó atención y Merlina ya estaba acostumbrada a eso, porque todo era parte de un teatro. Los tres días que llevaba con él en su casa y durmiendo en su cama, había comprendido que gustaba de fingir sordera. Pero la verdad era que escuchaba cada palabra que ella decía; simplemente contestaba lo que le convenía. Además, siempre era cariñoso y comunicativo por las noches. Ya sabía que él era así: multipolar, pero, en el fondo, era una buena persona. Él tenía su pasado, un pasado oscuro, y ni por asomo era ese mago en la actualidad. Él era perfecto a su modo; perfecto dentro de toda su imperfección, y era todo lo que ella necesitaba y con lo que podía soñar.
Fue hacia el cuarto que compartían ―el cuarto de Severus había sido mejorado con una cama de dos plazas― y de un mueble sacó un fajo de billetes que había cambiado hacía un tiempo en Gringotts vía lechuza. Lo guardó en un bolso, se lo colgó al hombro y fue nuevamente hasta la sala.
―Vuelvo en… ―miró el reloj de pared―, me imagino que en unas tres o cuatro horas más. Necesito varias cosas ―añadió visualizando en su cabeza lo que necesitaría de las tiendas―. Tú me abres, a menos que quieras dejarme afuera ―eso último lo dijo en tono de gracia, pero Severus no rio. Merlina rodó los ojos. Jamás reía sus chistes, sólo cuando a ella le pasaba algo gracioso. Eso era irritante, mas no le sorprendía.
Se giró para caminar hacia la puerta. Severus dio un respingo, dejó el periódico a un lado, dio cinco zancadas hasta Merlina y la tomó del brazo.
―¿Dónde crees que vas?
Merlina arqueó las cejas, bufando.
―¿Cómo que para…? ―se sintió contrariada―. ¿Me pusiste atención a todo lo que te dije o no?
―Por supuesto, pero no pensé que fuera en serio.
―¿Y desde cuándo no te hablo en serio? ¡Es cierto que necesito ropa! ―gruñó Merlina soltándose de su agarre.
―Sí sé, pero… ―se escabulló de la calculadora mirada de su "prometida".
Entonces Merlina comprendió. O creyó comprender.
―No me digas que… ―balbuceó entrecerrando los ojos acusadoramente―. ¿No me digas que es porque tienes que ponerte ropa muggle? ¿A esta altura de la vida ese es tu problema más grave?
Severus no dijo nada. Merlina comenzó a reír.
―Por favor… ¡si te pusieras una camisa negra y tus pantalones normales, pasarías desapercibido! Además, te ves muy bien… ―puso las manos en sus hombros y lo miró a los ojos con expresión lisonjera.
Tampoco contestó nada ante eso. Parecía estar reflexionando la situación.
―Ya, no importa, Severus ―lo tranquilizó Merlina aún con la risa en la garganta―. De verdad puedo arreglármelas sola, no soy una mocosa. Lo hice mil veces en Wisconsin y también en Londres; vengo siendo independiente más años que tú, probablemente.
―No. ―El hombre reaccionó como si le hubiesen pinchado el trasero con un alfiler―. No, voy contigo.
Merlina sonrió de oreja a oreja frunciendo el ceño. No entendía mucho por qué diablos se preocupaba tanto, pero no podía negar que le fascinaba. Todo de Snape le fascinaba, aunque a veces la sacara de sus casillas. Con "a veces", era el noventa por ciento del tiempo. Sabía que en algún punto la luna de miel se acabaría, pero hasta el momento se le hacía divertido.
―Pues ve a cambiarte.
Severus asintió a regañadientes y se escabulló hacia su cuarto. A los veinte minutos apareció otra vez, nada convencido de la camisa y los pantalones. La camisa era gris y de manga larga, por supuesto. Hacía todo lo posible para tapar la horrible Marca Tenebrosa, de lo que Merlina estaba de acuerdo. No era algo que se pudiera estar mostrando, ni siquiera en el mundo muggle. Y los pantalones eran delgados, de tela y negros. Se veía bastante singular sin su toga grande y negra, que le daba la particularidad de parecer un gran murciélago.
Los ojos de Merlina brillaron cuando lo vio. Se aproximó y lo abrazó por la cintura, colocando la cabeza en su hombro.
―Te ves tan… ―Dejó la palabra en un suspiro. Severus acarició su espalda unos segundos.
―Bueno, ¿vamos, o no? ―inquirió con aspereza.
―Sí, sí ―dijo Merlina desprendiéndose de él.
Salieron de la casa hacia el potente sol de las once de la mañana. Severus tomó firmemente de la mano a Merlina y comenzó a caminar hacia el lado opuesto al que creía Merlina que tomarían.
―¿Dónde vamos?
―Al final del callejón, para aparecernos.
Merlina puso los ojos como platos.
―¿Acaso no vamos a viajar en el Autobús Noctám…?
―Te acompañaré, pero tienes que aceptar esa regla, Merlina. No pienso ir en un bus donde lo más probable es que vomite.
―No tengo idea cómo aparecerme… Además, la que vomita en los viajes soy yo ―dudó―. Y es cierto que el año pasado cuando volví a Hogwarts, logré aparecerme por pura desesperación… ―agregó―. Pero, la verdad, es que no tengo idea cómo lo hice. Lo más probable es que no pueda, ya que hablamos de probabilidades…
Severus arqueó las cejas y súbitamente la arrinconó hacia la pared, quedando ocultos por una torre de cajas de cartón vacías. El final del callejón estaba lleno de basura y cosas inservibles que tiraba la gente. El olor que expelía el lugar no acompañaba el romanticismo de la escena, sin embargo, la mujer sintió una súbita oleada de excitación en su vientre y en zonas más íntimas cuando él la aprisionó cerca de su cuerpo .
—¿Podríamos agregar, entonces, un poco desesperación a esto? ―susurró en su oído. Merlina perdías las fuerzas cuando hacía eso. Sobre todo cuando le tocaba la cintura directamente: era un punto altamente sensible.
―Estamos en público… ―jadeó Merlina luchando en vano por zafarse de su abrazo.
―No hay nadie más en esta calle aparte de nosotros dos…
Buscó sus labios y la besó. La joven se comenzó a poner nerviosa.
―Está bien… está bien ―farfulló entre besos―. Me apareceré…
Severus dejó de besarla y deshizo su abrazo, pero le tomó la mano otra vez.
―Yo te ayudaré. Vamos… Creo que te tendré que sumar el "Señorita Cobarde".
―¿Cuántos apodos me llevas? ¿Cinco? ¿Diez? ―soltó con sarcasmo.
Severus sólo se limitó a dedicarle una mueca irónica y le apretó la mano por si ella se intentaba soltar. Luego, agregó mientras retomaban el camino:
―No te habrás enojado por eso, Cerdita Furiosa, ¿no?
Respira, Merlina… ya lo has aguantado dos años. Lo puedes soportar una vida entera así, tenlo por seguro.
―Severus… ―farfulló con algo de dificultad sin dirigirle la mirada―, por casualidad no te gustaría ganarte una bofetada, ¿no?
―Eso pondría las cosas mucho más interesantes ―contestó con tono que sugería pensamientos indecentes.
Merlina se puso colorada.
―No discutiré contigo, Severus Snape.
Severus se aproximó a su oído nuevamente.
―¿Segura que no quieres "discutir", Morgan?
Un escalofrío recorrió la espalda de la joven, pero prefirió no darle más leña al fuego, que ya estaba demasiado encendido.
―Necesito mi ropa nueva, ¿sí? Y no tientes la bofetada, que las dos veces que te he golpeado no ha puesto en absoluto las cosas interesantes.
Severus suspiró y paró en seco, y, sin siquiera preparar a Merlina psicológicamente, hizo un medio giro majestuoso sobre sus talones y desapareció, llevándosela a ella también. Merlina automáticamente cerró los ojos y dejó de respirar. Sintió como si la pasaran por un tubo de goma muy apretado, haciéndole presión en los oídos y todos sus órganos. Cuando dejó de sentir eso, aspiró aire como si jamás lo hubiera hecho. Se afirmó del hombro de Severus recuperando el aliento.
―Esto… es… ah, horrible. ¡Horrible!
―No seas exagerada. Y ya. Estamos aquí, a una cuadra del centro comercial. Estás apurada, eso me dijiste.
―¡Siempre tergiversas mis palabras! Sólo dije que necesito ropa rápido y… ―Severus arqueó las cejas. Merlina se dio cuenta de que estaba gastando aliento innecesariamente con un alegato. Por suerte estaban en otro pasaje solitario―. Vamos.
―Así me gusta.
Ella le dio un pellizco en el brazo, por el que Severus no soltó quejido alguno. Segundos después, del callejón salieron a un sorprendente sol veraniego londinense. Severus miró el cielo, circunspecto. Merlina no pasó por alto su fruncimiento de cejas.
―¿Qué es lo que pasa?
Severus dejó de mirar el cielo y la vio directo a los ojos.
―¿Te sientes segura conmigo? ―preguntó.
Merlina abrió la boca. ¿Qué si se sentía…? ¡Qué demonios estaba preguntando!
A veces no sé quién es más idiota —pensó.
―Por supuesto… es obvio que… ―caviló Merlina algo nerviosa―. ¿Cómo diablos no me voy a sentir segura contigo? ¿Por qué la pregunta? ¿A qué te refieres?
Por unos segundos Merlina temió algo malo. No supo qué, pero, de un momento a otro, Severus cambió su seriedad por un aspecto burlón.
―Me encanta hacerte bromas.
―¿Broma? ¿Me querías preocupar a propósito? ―saltó Merlina soltándole la mano a media cuadra del centro comercial. Había tanta bulla, tantos muggles cotorros y tantos autos, que nadie más oyó su chillido, salvo Severus, quien le volvió a tomar la mano con brusquedad. A pesar de ello, su mirada reflejaba deleite.
―A lo que volvamos a la casa, si quieres, puedes maltratarme ―dijo sin ocultar la picardía de su voz―, ahora, vamos a comprar tu ropa.
No. No había manera de que Merlina pudiera realmente negarle algo a Severus. Sus palabras, su manera de hablarle, fuera de las bromas, Severus era demasiado convincente. Pero, esa pregunta… ¿A qué se refería? ¿A lo que ella pensaba? ¿Acaso era porque… tendría alguna aventura o algo así?
Lo miró de reojo. No. Severus no tendría jamás una aventura. Tal vez tenía la capacidad de ocultar cosas, como sentimientos, por ejemplo. Pero un hecho como ese… demostrar amor a una persona que no quisiera, no era parte de algo que él hiciera, si apenas podía con ella.
Entraron al centro comercial que estaba completamente abarrotado de gente muggle. De tanto en tanto distinguió a algún mago: solían vestirse de maneras extrañas, pero Merlina jamás había sido de usar ropa de bruja, a excepción de la túnica. Su madre jamás le compró ropa que no fuera de tiendas muggles y, cuando vivió con sus tíos, todas sus costumbres eran muggles también. Se había acostumbrado, pero también era una cosa de estilo, así que amaba la ropa de los no magos.
La primera hora se la pasó mirando remeras. Se compró cinco: dos eran púrpuras, una negra, otra roja y una multicolor. Le dio el "no" rotundo a Severus cuando le aconsejó que se comprara una verde.
―El verde no es mi color. Es un color Slytherin, y yo detesto a los de esa casa, partiendo por ti.
La siguiente hora se la pasó viendo camisas con botones, de las que adquirió un par. Y, durante la tercera hora, se compró pantalones: dos largos y otros dos hasta la mitad del muslo, que fue lo que le alcanzó con el dinero que había llevado.
Por último, ya no había nada más que hacer. Severus ya estaba de mal humor, y Merlina apostaba a que había sido porque no lo dejó entrar ni una sola vez a los vestidores.
―¿Qué tal si nos vamos a tomar un helado? ―ofreció Merlina sonriendo llena de ilusión.
―No.
Ese "no" fue tan concluyente que prefirió no seguir insistiendo. No obstante, no pudo evitar distraerse cuando vio el puesto de revistas muggles: eran tan coloridas, tan estáticas, tan llamativas… Revisó su dinero: le alcanzaba para una de esas.
―Espérame sólo un momento, por favor ―suplicó a Severus―, quiero comprarme una revista…
―¿Para qué quieres una revista de cotilleos de muggles famosos y sin cerebro?
Merlina no contestó; ya había partido hasta el puesto y él la siguió.
El hombre que atendía estaba buscando la revista que había pedido Merlina: la más chismosa y colorida. Ella, mientras tanto, fijó la vista en uno de los periódicos que estaban expuestos. Tomó uno y lo extendió sobre el mesón. La portada mostraba la imagen de una casa incendiándose, sin ningún movimiento, pero, para los ojos de ella, fue como si lo tuviera. Severus se aproximó hasta su espalda y observó lo que tenía frente a ella.
―Merlina, no veas eso… ―susurró y extendió una mano por su costado para quitarle el periódico, pero ésta le dio un manotazo y leyó:
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INCENDIO MASIVO EN UNA VILLA DE BRISTOL
Alfred Hill, un pequeño sector de la ciudad de Bristol, sufrió la noche más aterradora en diez años, cuando se provocó un incendio que abarcó una manzana de diez casas, producto de una explosión de las tuberías del gas. Por suerte, dos de las viviendas estaban deshabitadas porque las familias habían partido a vacaciones. Sin embargo, de las ocho restantes, veinte personas resultaron muertas, y se teme que, bajo los escombros, se encuentren más cuerpos. Aún los peritos están en proceso de identificar los cuerpos, pero se presume que había mujeres, niños y ancianos involucrados.
―Señorita, su revista.
―Merlina, hazme caso, no es buena idea, te hará mal… ―reiteró Severus.
Ella los ignoró a ambos y continuó con la lectura.
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De los sobrevivientes, tres personas resultaron gravemente heridas con quemaduras de primer grado en el cuerpo. Los médicos están haciendo lo mejor posible para que puedan salir de la gravedad. Cinco personas alcanzaron a escapar del incendio, ilesos, pero han quedado con un fuerte shock emocional que los ha derivado al Departamento de Psiquiatría directamente.
Las casas han quedado inhabitables y los expertos dicen que no se pueden reconstruir sin antes de hacer una demolición, una vez se termine la investigación.
Sin duda, el 27 de junio ya no será una fecha que se recuerde con alegría.
Entrevistas de los familiares sobrevivientes, en las páginas…
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―Señorita, aquí tiene su revista ―repitió por tercera vez el vendedor sin ocultar el tono de fastidio.
Merlina no escuchó. Severus con brusquedad le quitó la revista al hombre y le entregó algunos billetes que tuvo que sacar del bolsillo de la joven. Luego tomó a Merlina del brazo obligándola a retroceder.
―Merlina, vamos, no sigas viendo eso… ―susurró con suavidad y le pasó un brazo por los hombros, como si deseara protegerla del horror leído.
Merlina estaba intentando respirar acompasadamente. No quería perder el control. Aún tenía consciencia de estar en un lugar público. Sabía que Severus la rodeaba con su brazo fuerte, tibio y varonil, y no quería preocuparlo por una simple noticia… Una noticia de un incendio. Los incendios ocurrían cada día, sobre todo con los calores de esos días. No tenía que sentirse mal…
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero los cerró con fuerza. Tropezó con la alfombra de la salida. Severus la afirmó y la condujo por la calle hasta el callejón. Allí recién abrió los ojos, que ya los tenía secos.
El profesor mantuvo sus ojos conectados con los de ella y le acarició suavemente una mejilla, preocupado. Merlina sonrió a medias.
―Me siento bien ―mintió con descaro. Severus, por supuesto, estaba utilizando Legeremancia contra ella, así que no se iba a tragar la mentira. Sin embargo, se limitó a asentir a regañadientes y, tomándola del brazo, desaparecieron otra vez. Merlina casi no sintió la incomodidad de la aparición: su mente seguía en el artículo.
Cuando llegaron a la casa pasada las siete de la tarde, Merlina se fue directo hacia el cuarto, dejó las bolsas de compras en el suelo y se lanzó en la cama boca arriba.
El fuego… el fuego era el culpable de aquella catástrofe, de la muerte de su familia y, precisamente, su odiosa aversión hacia él mismo… Pobre gente. Pobre de sus padres. Si tan sólo hubiera podido hacer algo, ella haber controlado el fuego…
Era una situación extraña, porque lo ocurrido el año anterior con Malfoy y sus amigos no la había afectado a tal punto, no como para traumarla. Pero ahora, al leer ese artículo…
La cama se hundió: Severus se había sentado a la altura de sus piernas. Le puso una mano en el muslo.
―¿Así que quieres que vayamos de vacaciones? ―dijo con voz de ultratumba.
Merlina hizo un gesto con la cara que indicaba que le daba exactamente lo mismo.
―¿Quieres comer tallarines con salsa? ¿O una hamburguesa? Eso comías en Wisconsin, ¿no? ¿Alitas de pollo y costillas con salsa barbecue?
Negó con la cabeza.
Severus cerró los ojos con exasperación. Era a él a quien le tocaba hacer el papel más humano. Corrió su mano hasta la rodilla y movió los dedos.
―¡Nooo! ―gritó Merlina entre una desgarradora risa que le hizo daño en la garganta. Intentó sacar la mano de Severus, pero luego él hizo lo mismo con su otra mano en la otra rodilla, así que no se pudo defender bien: la risa y las cosquillas le quitaron todas sus fuerzas. Severus no rio ninguna vez. Mantuvo su aspecto de persona con ánimo inalterable y continuó con la tortura hasta que Merlina rodó por la cama y se lanzó al suelo.
¡Pum!
Mala idea. Se le había olvidado que estaba el velador y se dio con en la cabeza con él.
―¡Eres un abusador, Severus! ―gritó levantándose con la mano en la frente, donde le estaba creciendo un huevo rojo.
Severus rodeó la cama hasta quedar frente a ella. Se puso tan encima, que Merlina tuvo que sentarse. Severus se agachó, puso una mano a cada lado de sus caderas y tocó la nariz con la suya.
―Vas a cenar ―susurró inapelable.
Merlina cerró los ojos.
Siempre hace esto porque sabe que me derrite. Maldito seas. Pero te amo. Y también amo comer —Su estómago rugió del hambre al pensar en comida.
―Está bien ―contestó al final abriendo los ojos otra vez.
―No era una pregunta ―replicó Severus alejándose de ella, tomando rumbo hacia la cocina.
Merlina apenas disfrutó la cena: Severus no le quitaba la vista de encima, como si estuviera esperando alguna reacción desesperada de su parte, o un llanto o lo que fuera. Pero Merlina sólo estaba pensativa, no triste. No podía apenarle algo que había pasado hacía tantos años ya, no realmente. Además, cuando recuperó todos sus recuerdos se hundió en aguas negras y estuvo a punto de acabar con su felicidad y la de Severus. No quería experimentar eso otra vez.
A las diez, cuando ya habían acabado de ordenar la cocina con magia, una lechuza entró por una ventana abierta y soltó una carta sobre la cabeza de Severus, quien la cogió de inmediato.
―¿De quién es? ―preguntó Merlina guardando su varita en el bolsillo.
Severus miró el remitente.
―De Dumbledore.
―¿Qué dice?
―Luego la leo. Ve a dormir, estás cansada ―le dijo Severus guardando la carta en el bolsillo del pantalón y empujándola por la espalda.
―¿Y tú, qué vas a hacer?
―Sólo aguarda unos minutos. Voy en seguida.
Merlina dio un gruñido y fue hasta el baño a lavarse los dientes y a darse una ducha. Se había bañado en la mañana, pero necesitaba relajarse. El agua caliente le dio sueño.
Cuando fue hasta el cuarto, vestida con su camisa de dormir veraniega, todavía Severus no había aparecido.
Quizá, si voy a la cocina, se va a enojar. De seguro le estará contestando la carta a Dumbledore.
No se equivocó. Severus contestaba la carta de Dumbledore, pero de una manera muy apresurada y nerviosa.
Merlina se acostó en el lado izquierdo de la cama, que era donde siempre dormía. Cerró los ojos y, por minutos que le parecieron segundos, se quedó dormida; había despertado con el llegar de Severus a la cama. Sintió sus brazos que la rodeaban por la cintura y su boca que pasaba desde su pelo hasta su mejilla. Merlina supo que quería besarla, así que se giró encontrándose con sus finos labios. Estaba urgido, como si no la hubiese besado hacía tiempo. Su manos tibias comenzaron a subirle el pijama rozando su piel con suavidad. Merlina, al sentirse incómoda, cayó en la cuenta de que no tenía ganas de nada esa noche. Lo abrazó, abandonó su boca y apoyó la cabeza en su pecho. Severus dejó lo que estaba haciendo y suspiró encima de su cabeza, rendido. Merlina se alegró de que no insistiera. Pronto se quedaron dormidos.
