Abrió descuidadamente la puerta de aquella pequeña puerta. Al instante el tintineante sonido de la campanilla resaltó su presencia.

La chica veía todo con ojos grandes y brillantes, frío como la luna en invierno, observaba todo minuciosamente o, se podría decir, que, con algo de interés, sin embargo, el escarlata de sus iris ni mostraban nada, eran los ojos más vacíos y relucientes que todos los de allí alguna vez verían.

Se acercó al mostrador de madera de la pintoresca cafetería, sus botas marrones sonaban seguro contra la madera, con pasos amplios casi burlones, dejaba balancear sus brazos por detrás de su espalda, esta, más doblada que normalmente era lo saludable, le hacía parecer más baja, con un toque desafiante, que daba la sensación que era una persona a la quien no se debería intentar hablar.

Sus ojos se movían de un lado a otro tranquilamente, mirando a las pocas personas que disfrutaban esa tarde de verano en la cafetería.

"¡Que aburridos!"

Pensó.

Una de las trabajadoras del establecimiento la saludó con una alegría fingida, su voz más aguda de lo normal, que, añadido a la sonrisa falsa que decoraba su rostro, mostraba lo incómoda que se ponían debido a la presencia de la chica.

Chara, así como se presentó la chica, le devolvió la sonrisa. Sus dientes se asomaron tímidamente entre sus labios, al igual que un cazador cuando ve a una presa, brillaron en un blanco aterrador, sediento de sangre. Así es como era su sonrisa normal, pero como la empleada no la había visto nunca -y en su mente dudaba que la quisiera ver alguna vez más- se encogió de hombros detrás de la barra, pensando que sería devorada en cualquier momento.

-Vengo a recoger el pedido de Asriel, Asriel Dreemurr ¿Está en.…?

La de ojos rojos no pudo evitar que una sonrisilla se escapase de sus pálidos labios. Ella amaba ser la sensación que podía causar su sonrisa, incluso si no estaba intentando despedazar a su caza.

Dobló un poco la cabeza para resaltar sus ojos rojos, junto a sus labios, era la parte de su rostro que más causaba temor a los de su alrededor. Pasó despreocupadamente los dedos por los mechones castaños de su cabello, incluso si estos eran sedosos, se habían hecho pequeños nudos que irrumpían lo lacio que estaban.

La otra mujer con un asentimiento rápido y con bastantes tartamudeos, abandonó la barra por una de las puertas laterales, buscando en donde deberían estar archivados todos los pedidos.

Chara dejo que la mayoría de su peso cayese sobre una de sus piernas. Limpiando el invisible polvo de su verde sudadera, comenzó a tararear casi imperceptiblemente.
Con un pequeño suspiro, centro gran parte de su atención al brillante corazón dorado que colgaba de su cuerpo, criticando, no con dureza, la persona que le había pedido que estuviese aquí, además de quien le regaló el colgante.

Podría haber estado pasando la tarde en su casa, quizás mirando las flores del jardín o regándolas, no importaba. Podría haber comenzado una guerra de agua con su hermano o haber estado escuchando historias con su padre mientras olía el delicioso pie de Toriel y disfrutaba de un humeante té caliente de olor a flores, tan embriagante, que se sentiría morir alrededor de un millón de esas pequeñas flores.

La tarde pasaba y seguía aquí rodeada de desconocidos.

La chica volvió. Incansablemente se disculpó porque iba a tardar algo más de lo usual, algo de que la máquina era vieja, y que se rompía constantemente pero como hacía tan buenos cafés ellos la seguían utilizando, que era algo de su familia... Y más palabrería que Chara decidió ignorar tajantemente.

Contrayendo sus ojos rojos, la miro firmemente. La trabajadora cerró la boca de manera rápida a la vez que tragaba con fuerza gran cantidad de saliva.

Como respuesta, le sonrió.

-Entonces esperaré ¿Okay?

Chara levanto sus hombros despreocupadamente. "El día no podría ir peor" pensó mientras rodaba los ojos en mínimos gestos.

La mujer abandonó otra vez de manera veloz su puesto detrás del mostrador. Su piel brillaba en sudor, intentando, sin conseguirlo, borrarlo con el dorso de sus temblorosas manos.

Aparto su vista, no tendría sentido seguir mirando aquellas máquinas de metal por un intento de que todo se adelantase. Realmente, deseaba abandonar el lugar. Sin mover la cabeza de su sitio, miraba de reojo la alta ventana de marcos de madera blanca. El cielo se volvía rojizo, las nubes, al igual que las golondrinas, comenzaban a moverse a otro lugar. Acompañándolas, las copas de los árboles bañados por la luz anaranjada del sol, se agitaban con el viento, raspando el firmamento.
Las sombras de las personas, alargadas y oscuras, se paseaban por la pedregosa acera, acechando. Eran pozas profundas, que buscaban atrapar las incógnitas de nuestras entrañas.

Entre tantas tinieblas, la vista de Chara se tiñó de nieve blanca, mullidos algodones que brillaban sobre un mar celeste.

Ella pestañeó repetidamente hasta volver a sentir que estaba con los pies en el suelo, solo divagaba.

Volvió su vista a las rejas de la ventana, ahora, una persona se había colocado a su lado. No entraba en su espacio personal, pero su presencia, no se podría decir que era ligera, sentía vibrar rayos que erizaban su piel y la ponía en la tierra.

Sin embargo, se negaba a mirar. Incluso así, con la vista fija en un mundo cada vez mas lejano, con los olores de los demás cafés mezclándose en un asfixiante ambiente. había un perfume, que, tal como lo haría un combustible, abrumaba de adrenalina su sangre.
Su sangre, ahora, allí mismo, era lo único que podía escuchar; las conversaciones, risas y llantos se habían silenciado. Solo era su sangre, su sangre y la respiración de él, lo que retumbaban en sus oídos.

El pequeño murmuro agudo de la voz de la trabajadora sonó lejana, difusa, ella hablaba, pero la castaña no podía escuchar sus palabras.

Sonrió por costumbre, como una ley general, dejo de imaginar. Chara, hoy había perdido demasiado el hilo ya.

Alzó su mano hasta alcanzar el cálido recipiente del café. Entre sus dedos, sentía el calor se introducía en su piel, ardía, como si hubiese adentrado la mano en lo más profundo de la chimenea de Toriel, que, a fuego vivo, las llamas luchaban por carbonizar su blanca tez, hasta volverla nada más que cenizas azabaches.

Al mismo tiempo que tocó la taza, unos helados dedos, largos, huesudos, descansaron sobre el dorso de su mano, a la vez, Chara podía sentir frío y calor.

Su rostro cogió color, sentía sus mejillas arder, una llama caliente, que ella sabía, que había vuelto de un color rosado su transparente piel.
Incluso así, no iba a, volver a, perderse en las sensaciones.

No.

Ni pensarlo.

Giro su rostro hasta encontrarse con esa odiosa persona, si, odiosa. ¿Quien era él para volver su estómago un nido de serpientes?

Serpientes siseantes deseando saciarse, silbando en desasosiego, siempre, siempre silenciosas que, en el presente, rebuscaba por sentir más.

¿Desde cuándo se comportaban así?

De la nada, se callaron. Su corazón, sus pulmones, todo su organismo se paró.

La blancura que antes la había sacado de la mar de tinieblas, brillaba, su pelo, revoltosos, rebeldes como las nubes en el cielo se veían suaves. La piel, con un dorado casi tímido, no tenía ninguna imperfección, dejando que se vieran a un más claras sus blancas pestañas y sus cejas, una de ellas levantada en pregunta.

Chara, todavía ensimismada en la inspección del rostro del, unos centímetros mayor, chico , respondió levantando sus propias cejas, mientras que afilaba aún más su sonrisa. Los dos peleaban en silencio por quien mantendría su vista en el contrarío, quien sería el primero en mostrar un ápice de sus verdaderos sentimientos detrás de las sonrisas.

Ella no perdería, y no es que no odiaba perder, sino, que sus ojos, celestes, claro como el cielo en primavera, ese en el que pasaba las tardes con su familia, su familia y flores,con aromas a vainilla y pie, pues era idéntico. Eso si, por muy claro que fuesen y que le recodase a los picnics de primavera, los suyos la retaban, buscando adentrarse en su interior.

¿Que se creía que iba a encontrar?

Mejor dicho, ¿realmente, se creía que ella lo iba a dejar entrar?

Sonrió con gracia, amaba un reto. Con pequeño movimiento de cadera hacia delante, dejo balancear su pierna hacia delante, cambiando su punto de apoyo. Acentuó la curva de su espalda, ahora, la diferencia de altura se hacía más pronunciada, pero, esa no era la intención, su pose gritaba "¿Buscando algo?"

Al parecer él, sin ningún gesto de terror, entendió la muda pregunta. Su postura, perezosa, se inclinó hacia detrás, elevando y bajando los hombros tranquilamente, "No, ¿escondes algo niña?"

Los ojos de Chara brillaron, como flamas en su apogeo, se tornaron con una pizca de furia, y de diversión. Punto para él. Solo la familia de ella podía leer su gesto, y, ahora, ¿un completo desconocido la leía? Interesante.

El chico torció hacia un lado su sonrisa, sus dientes comenzaron a asomarse. Y sus ojos, relucían al mismo son que ella, alegres pero peligrosos.

Los dedos de la castaña se aferraron a la taza de café ignorada en el mostrador. Sentía la mano del otro acompañar a su movimiento, inmovilizándola. Paso rápidamente su legua por sus labios, mojando la sequedad que ella no sabía que tenía, iba de disfrutar molestándolo.

-¡Oh! Taza equivocada chico. ¿No escuchas cuando te hablan? ¿O confundiste tu propio nombre?

Él alzó aún más su ceja levantada y ella afiló sus ojos. Él perdió. Mostró su desconcierto en su rostro.
Parpadeo repetidamente, de la nada, Chara imagino ver un pequeño sonrojo por debajo de sus ojos, ¿se avergonzó? Ella sonrió tímidamente mientras colocaba su mano libre encima de sus labios. ¿Que estaba pasando con ella? ¿se avergonzó también?
El chico suspiró, levantando sus hombros a la vez.

-Creo que la confundida eres tú niña, ¿o el calor del ambiente cafe-tearon tu mente?

La ojiroja abrió con fuerzas sus ojos, con los débiles rayos del sol muriendo, estos se veían más luminosos que el veraniego anochecer.
Las posiciones se cambiaron, Chara no sabía si era por el mal chiste o por la ronca voz que salía sedosa de sus labios, pero fue incapaz de mantenerse indiferente ante él.
Con una de sus manos todavía sobre su boca, agarro su propio rostro por el intento de parar, pero no pudo, comenzó a reír estruendosamente. De sus ojos salían diminutas lagrimillas transparentes, brillantes. Sus ojos, junto a sus lágrimas, pasaron a verse como una rosa roja después de la caída de las tímidas gotas del Rocio.

Lo miró, y sus ojos se volvieron a cerrar por las risas.

-¿Re... realmente? ¿Lo... lo dijiste?

Su voz salía a tropezones, entrecortadas por las carcajadas, sin aliento.
Se apartó los rebeldes flequillos de su rostro, desordenados y algunos húmedos por absorber las lágrimas que se habían vuelto más gruesas a lo largo de los segundos, utilizó su mano para volver a colocarlos en su sitio.

A través de sus pestañas y los restos de sus lágrimas, Chara observo como la cara del chico estaba con un gesto divertido y quizás algo orgulloso, pero ella ignoró lo primero para no empezar a reírse otra vez. Mordió su labio intentando regresar a su rostro frío, al rostro que le consiguieron, además de su extravagante comportamiento, su tan amado apodo.

Más atrás del mostrador, una de las mujeres que atendían en la cafetería había dejado caer algo, un ruido sordo y agudo, al igual que hacían los cristales al caer sobre el suelo. Chara parpadeo, el vaso roto había devuelto la sala a el silencio durante unos segundos, el tranquilo ambiente que los había rodeado se perdió como los cristales esparcidos por el suelo.

Y no era la única que lo sentía, el chico que la acompañaba había quitado de su mano para colocarla en uno de los bolsillos de su celeste sudadera. Ya con las dos manos libres, la castaña sintió un vacío que la sumergía, ya no sentía.

Sonrió y volvió a colocar su cara de indiferencia. El resto de las lágrimas de las carcajadas se habían vuelto un lejano recuerdo, frío.

-¡Oh! ¡Que torpeza! Cuidado con la sangre, quizás mueras. Lastima. Lastima.

Chara meneo la cabeza graciosamente, no es como si estuviera preocupada, podría importarle menos.

Su corazón rugía con dejes de furia. Desde hace tiempo que no se reía de esa manera y, ¿ahora alguien la despertaba de ese sueño? Preferiría que la mujer muriese antes que la molestase más.
Con una de sus manos tapó su boca, como si hubiese sido un comentario descuidado y no intencionado. Sin embargo, la burla se colaba trasparente entre las sílabas, y sus ojos brillaban en amenaza. Todos sintieron que ella tenía lastima de que no hubiera muerto la trabajadora.

La susodicha, tembló de arriba a abajo, su piel se volvió pálida, heladas gotas de sudor nacieron por todo su cuerpo. Chara suspiró con gracia, que estupida, ¿temblando solo por palabras? Todos eran tan predecible.

Claro, excepto el chico de enfrente.

Regresó su vista a los ojos azules del chico, la alegría que una vez tuvieron se llenaron de enfado. La chica abrió los ojos con sorpresa, incluso cuando la pose de él estaba mostrando desinterés, llegando casi al aburrimiento, sus verdaderos sentimientos eran todo lo contrario. Aunque, ¿esos incluso eran verdaderos?

-Bueno, Comediante, tú no te pareces en nada a Azzy.

Uno de sus ojos se cerró en un guiño mientras que giraba el vaso de café. En una pequeña tira blanca de papel, con caligrafía curvilínea y delicada, el nombre "Asriel D." junto a unos números estaban escritos en negro. Chara rodó los ojos, no podía esperar a descubrir a quienquiera que fuese el que se hubiera sido el atrevido que quería algo con su lindo hermano pequeño, se iba a enterar a no tocar lo que no le pertenecía.

Con rapidez, escondió detrás de su pequeño cuerpo el ya templado recipiente. Estiro su espalda para volver a colocarse frente a frente al chico y con un giro elegante, dio unos pasos hacia la salida. Incluso si el Comediante era interesante, Asriel tenía prioridad.

Nada más llegar a la puerta, la castaña dio media vuelta colocando su mirada en el chico. Se rio interiormente. Vale, quizás había hecho un poco de espectáculo con sus pasos, había movido un poco más su cuerpo, dejando que su cabello se agitase al son de su caminar, seguro que había brillado en dejes casi rojizos y brillantes por la escasa luz del anochecer y quizás no haya pegado, con la fuerza que normalmente usaba, sus pisadas, volviéndolas casi delicadas. No obstante, era porque quería hacer algo diferente, no por que estuviera intentando atraer la atención del chico. Ni hablar.

Doblando su cuerpo en una semi-reverencia, porque Chara solo se doblegaba ante Asgore, volvió a guiñarle mientras que hacía el signo de la victoria con sus dedos.
En lo más profundo de su corazón, ella deseaba haberle lanzado un beso, o quizás haberse acercado un poco más a él, todavía notaba la helada sensación de sus dedos sobre su mano, su presencia electrizante y atrayente. Eso si era realmente una lástima.

-¡Nos volveremos a ver Comediante!

Con esa despedida. La apodada el demonio de los ojos, Chara, abandono la cafetería, directo camino hacia su tranquila casa con el calor del café recién hecho escapando al aire.