© Kishimoto, Masashi.


La próxima vez


V.

Con la misión encomendada por el Hokage, Naruto y Sasuke parten de la aldea en su exploración de posibles zonas y puntos en el que pudieran encontrarse escondites de Zetsu y Kaguya.

Las primeras jornadas de reconocimiento son a corta distancia y realizadas en viajes de cinco a siete días. Kakashi se sorprende y regocija al obtener excelentes resultados con la identificación de cuatro escondites y la recopilación de cierta información encontrada en ellos. Y tal hazaña no hace sino confirmarle la conveniencia y pertinencia de la misión que les ha encomendado a sus pupilos.

Una vez que han agotado la distancia inicial, Naruto y Sasuke proponen a su maestro la ampliación del radio de exploración. Ello implica que las siguientes jornadas de investigación se alarguen un poco más y que el dúo se embarque en varios viajes, de tres a cuatro semanas de duración.

Como es de esperarse, el Hokage tiene que lidiar con las inconformidades que el patriarca Hyuuga le hace llegar por medio de un pergamino —como si no tuviese ya una infinitud de esos en su escritorio—, arguyendo el poco tiempo que el Uzumaki dispone para estar en casa con su esposa, siendo que recién comienzan su vida marital.

Kakashi logra quitárselo de encima con una perorata dictada a Shizune, sobre la importancia del papel que Naruto, junto con Sasuke, desempeñan para la seguridad de Konohagakure en el presente y para las generaciones futuras.

Asimismo, cuenta con el apoyo de Hinata que, enterada de las vergonzosas quejas de su padre, pone de su parte para disuadir la opinión del patriarca. Ella sabe perfectamente lo que esta misión significa en la vida de Naruto y de lo mucho que necesitaba esta sinergia con el amigo que se ha convertido en su familia. Sólo le basta verle la cara cuando, al regresar de cada misión, le cuenta las experiencias que han vivido juntos. Y la Hyuuga está convencida de que jamás podría ser capaz de robarle eso.

Sakura por su parte, no resiente tanto las primeras misiones de sus compañeros de equipo.

Tres o cinco días no son nada, si toma en cuenta que, a veces en la misma aldea y por sus actividades de la vida diaria, ese es precisamente el tiempo que dejan de verse, incluso con Sasuke en su departamento. Aunado a ello, la kunoichi ha estado atareada con su periodo de acoplamiento al área psiquiátrica del Hospital como una de las especialistas a cargo.

Los casos y el tipo de pacientes son completamente nuevos; la expectativa y la emoción por el nuevo conocimiento a adquirir la mantienen ocupada en la revisión de pergaminos y documentación diversa para ponerse al día con la tipología de afecciones y los tratamientos en vigencia.

La curiosidad nata y el intelecto son rasgos de personalidad que la Haruno había poseído desde que era una niña, lo cual siempre la inclinó a ser el componente analítico y cerebral del equipo 7. Toda su vida la había dedicado al estudio de las artes ninjas, pero también de otras disciplinas como la medicina, el chakra, la investigación bioquímica y la cirugía. Nadie podía señalarle —como alguna vez llegó a escuchar— que había perdido su juventud persiguiendo y anhelando, junto a Naruto, un caso perdido como lo era el renegado Uchiha.

Ni había perdido su juventud, ni había sido un caso perdido: Sasuke había vuelto a la aldea y a su esencia original.

La evidencia estaba en esos valiosos momentos esporádicos que, si bien no eran producto de una convivencia o presencia prolongada, cuando estaban juntos, aparecían con su significado ininteligible para el mundo externo: Cuando Sasuke le preparaba té y lo ponía en sus manos sin preguntar; cuando encontraba flores frescas en el comedor, dispuestas en un jarrón y desprendiendo su aroma dulce; cuando al irse a las últimas misiones con Naruto y ella no estuvo para despedirlo, le envío a su halcón para entregarle una parca nota que no contenía más que un «te veré en unos días», pero que para ella simbolizaba todo un discurso elaborado.

Sakura pronto comprendió que, para el último Uchiha, ella se había vuelto un vínculo especial: como amiga, como compañera, como hermana y, tal vez, como algo más: un referente que lo anclaba, junto a Naruto y a Kakashi, a un lugar al que Sasuke quería pertenecer y llamar hogar.

Y tal idea, la idea de figurar como ese faro de Alejandría que lo guiaba a regresar a su puerto, frecuentemente la hacía sonrojar como la misma chiquilla de doce años que la saludaba desde su pasado.

Así, en su vuelta de las primeras misiones que efectuaron, Sakura los encuentra en su departamento, departiendo opiniones sobre información diversa, alrededor de un par de tazones de ramen y varias piezas de dangos de color.

—¡Bienvenida, Sakura-chan! Hemos vuelto. ¡Te trajimos dangos! Fue idea del teme.

Sakura parpadea a mitad de cerrar la puerta, mirando la escena de ambos hombres cenando y dándole la bienvenida; esperándola para tomar asiento en la mesa. Sasuke no dice nada al apunte del Uzumaki y simplemente se levanta para servir un tazón de ramen adicional para que ella se una a la cena. La ojiverde tiene que contener un poco la alegría de su corazón, el cual salta y se desborda por ver a los dos hombres de su vida allí, recibiéndola y brindándole esas pequeñas atenciones que para ella son mayúsculas.

Sonriente, se sienta en medio de ellos y se dispone a escucharlos y preguntarles todo tipo de cosas sobre su misión, hasta que entra la madrugada y Sakura prácticamente corre a Naruto, diciéndole que no sea un idiota y regrese a su casa con su esposa Hinata, quien seguramente ya estaba enterada de su vuelta a la aldea.

Una vez que lo ven partir, Sasuke y Sakura se disponen a dormir unas horas antes de que él tenga que presentarse en la oficina del Hokage para rendir el informe correspondiente y ella deba comenzar su turno del día en el Hospital.

—Sasuke —enuncia la joven, antes de entrar de lleno a su habitación.

El pelinegro, a mitad de su tarea de servirse un vaso de agua, se gira a su llamado.

—Bienvenido a casa.

El Uchiha siente una onda cálida expandirse desde el centro de su pecho al resto de su cuerpo, como si, secretamente, hubiera estado esperado por aquellas palabras que encerraban un simbolismo inexplicable que sólo ella, Naruto y Kakashi podrían descifrar.

Una tenue sonrisa, apenas visible en la penumbra, se dibuja y alarga en su rostro.

—Ah, estoy en casa.

Es hasta que arriban las misiones prolongadas, en las que sus compañeros se ausentan por varias semanas, que Sakura nota que esta vez sí le afectan el ánimo. Se ha acostumbrado a verlos juntos por la calle, en la torre del Hokage o en su departamento, que puede decirse que se ha malcriado un poco durante todo aquel tiempo. Y el hecho de echarlos de menos, la lleva a ese estado de melancolía que creía ya superado y a contar los días para que retornen.

Al término del cuarto de esos viajes, Sakura se ve sorprendida cuando, al alzar sus ojos verdes del cuadro médico de su último paciente, se encuentra con la imagen de Sasuke en la puerta de su consultorio. ¿Está soñando? ¿Está, repentinamente, delirando?

—¿Tienes tiempo para una revisión? Me dijeron que ya no tenías pacientes.

La medic-nin parpadea al escuchar el barítono de su voz, constatando de que su mente no sueña ni delira. Como un acto reflejo, sus manos abandonan la carpeta en el escritorio y sus labios se alargan en una sonrisa feliz y transparente:

—¡Sasuke-kun! ¡Han vuelto!

El Uchiha asiente a su saludo y nota la alegría genuina desbordándosele en cada gesto, mientras la observa acercarse a él y apremiarlo con preguntas sobre las molestias y síntomas en su cuerpo. La tranquiliza, afirmándole que no es ninguna herida grave y sólo son molestias musculares que prefiere que le revise para descartar.

Lo cierto es que no le duele nada y sus molestias no son más que estragos del cansancio por el largo viaje. Sin embargo, en el momento en que Naruto y Sasuke pusieron pie en la aldea, un único pensamiento se develó en su cabeza: ver a Sakura. Sus ojos, en respuesta, buscaron por ella en todas las calles que transitaron en Konoha hasta la torre del Hokage, aunque la probabilidad de encontrársela por casualidad fuera casi nula dada hora en que, seguramente, todavía se hallaba de turno.

Pese a su lógico razonamiento, en cuanto rindieron el informe a Kakashi y este les ordenó irse a descansar hasta su nuevo llamado, el pelinegro decidió desviar su camino y, en vez de dirigirse al departamento, se enfiló directamente al Hospital de Konoha. La imagen de Sakura sonriendo y dándole la bienvenida —como tantas otras veces antes— martilleaba con insistencia, negándose a irse. Y fue hasta que la imagen se tornó realidad, con ella recibiéndolo con su brillante alegría, que su mente por fin se calmó, como si de un bálsamo milagroso se tratase.

—No parece haber ninguna herida interna —determina la Haruno, con ese gesto serio y técnico que el Uchiha no suele apreciar a menudo. Su ceño fruncido y los pequeños labios apretados le recuerdan mucho sus días de Genin, cuando ella se esforzaba en proporcionar datos y análisis útiles para sus misiones. Claro que ahora, esa linda y testaruda niña de doce, es esta determinada y hermosa mujer.

Sasuke es incapaz de reprimir una sonrisa y la kunoichi, ocupada en escanear su hombro izquierdo con el chakra de sus manos, pestañea admirada por aquel gesto que cada vez es más frecuente ver en él. Ser testigo de cómo, poco a poco, Sasuke recupera la suavidad de sus facciones, la gentileza en sus ojos y la naturalidad de su sonrisa, la colma de júbilo.

—Oi, ¿escuchaste lo que dije?

—¿Eh? No, no, me distraje con un pensamiento —responde Sakura en un sonrojo, concluyendo con su examinación—. ¿Qué decías?

—Preguntaba si tu turno ya terminó. Está por caer la tarde y ya que nos dirigimos al mismo sitio…

A la médico no le toma mucho comprender la sugerencia del muchacho y, corroborándole que ha terminado su trabajo por ese día, se apresura a ordenar sus cosas para poder irse con él a casa.

Un burbujeo en su estómago la sigue todo el camino de regreso, no sólo por caminar junto al Uchiha en un paseo tranquilo y agradable, sino también por saberse blanco de las miradas de las personas que se topan en el trayecto. ¿Se verían como los viejos compañeros de equipo? ¿Se verían cercanos? ¿Se verían como una pareja? Todos en la aldea saben que viven en el mismo lugar, así que no es de extrañar si piensan cualquier cosa de ellos.

El burbujeo desaparece al entrar en el departamento y escuchar a Sasuke anunciar que tomará un baño antes de la cena. Sakura asiente y, mientras prepara la mesa con lo que han comprado en el camino, se da cuenta de que ese momento y ese contexto es todo lo que necesita: su familia, su equipo 7, sus compañeros, su trabajo, su cotidiana convivencia con él. Podría ser feliz así por siempre y no se quejaría.

No obstante, lo peor viene cuando la exploración de Naruto y Sasuke se extiende a distancias considerables y sus viajes comienzan a ser más y más prolongados, uno más que el otro. El penúltimo los mantiene fuera por alrededor de siete meses. ¡Siete meses!

Sakura incluso se ve en la necesidad de presentarse ante su maestro Kakashi y preguntarle directamente cuánto tiempo más estarán fuera. El Hokage no deja escapar la oportunidad de molestarla dándole vueltas a su respuesta, pero al final dejándole saber la verdad sin anestesias. Ante ello, la kunoichi no tiene más alternativa que resignarse a la idea de que aquella situación sería recurrente y que era inútil martirizarse cada vez que sus compañeros salían en una nueva misión.

Por su salud mental determina mantenerse ocupada con sus aprendizajes y consultas en el área psiquiátrica, con sus cotilleros ocasionales con Ino, Hinata y Tenten, con sus asesorías de cocina con su madre y algunas tardes de juego con su padre.

Aun así, todavía falta algo, allí está ese incómodo hueco.

Entonces uno de esos días, al volver a casa tras una agotadora jornada, Sakura cruza el umbral y se encuentra con un parsimonioso Sasuke, secándose las manos después de lavar el par de platos y vasos que ella ha dejado en el fregadero antes de irse a trabajar esa mañana, como si no hubiera pasado ya más de medio año.

La visión se le nubla con las lágrimas que se anegan en sus ojos y sin poder —ni querer— reprimir el impulso que late en todo su ser, deja caer la bolsa de las compras que ha hecho para su solitaria cena y corre hacia él, abrazándolo intempestivamente.

Es la primera vez, desde que eran Genin, que la pelirosa se permite un comportamiento tan visceral y casi infantil con respecto al Uchiha, disuadida por la idea de no transgredir el espacio personal que él cuida tanto.

Con asombro, advierte que Sasuke la recibe y corresponde a su abrazo, apretándola suavemente contra él.

—Los eché mucho de menos —confiesa la Haruno, liberando los sollozos añejados de tantos meses en su pecho.

—Lo siento. Nos tomó más de lo esperado —murmura él en disculpa. Su voz es atenta y delicada, como si alzarla un poco pudiera afectarla más.

Sakura niega contra su cuello, incrédula de estar llorando como una niña malcriada y no poder detenerse. No obstante, determinó ser egoísta y vaciarse hasta la última gota.

—¿Ya estas mejor? —pregunta, sintiéndola aflojar su agarre y separarse de él.

Sakura asiente, limpiando la humedad de sus mejillas; plasmando en su lugar una sonrisa alegre, con la cual se dice, debió haberlo recibido:

—Bienvenido a casa, Sasuke-kun.

Las palabras resuenan en sus oídos, en ese tono dulce y cálido que sólo ella puede producir y que su espíritu ansiaba por escuchar.

También la había echado de menos y, frecuentemente, descubrió a su mente yendo hacia ella durante el largo viaje, preguntándose si estaría bien, si no se estaría sobre exigiendo en el Hospital, o si no se habría estado saltando el desayuno ahora que él no estaba cerca. Aquel extraño flujo de pensamientos sólo vino a confirmarle lo que, en todo aquel tiempo desde que habían comenzado a vivir juntos, había intuido: Sakura era una presencia especial en su vida, más allá de ser sólo su compañera de equipo; ella era como un remanso en el que su alma podía sentirse tranquila y protegida; una luz cálida y brillante que lo hacía sentir bienvenido y en casa; pero también una fuerza indescifrable que hacía vibrar su corazón y los sentidos que creían ya insensibles.

El Uchiha mira hacia abajo por la diferencia de alturas y observa sus pestañas aun brillantes por los resabios de las lágrimas derramadas; su sonrisa transparente y sincera abriéndose paso entre los signos de cansancio y palidez de su faz.

—Sakura.

Ante su llamado, la pelirosa alza más su rostro y la sorprende encontrarlo a unos centímetros de ella. Su corazón da un vuelco y palpita fuerte al atisbo de sus pupilas ónix fijas en ella.

—Sasuk…

Su voz muere ante el toque de su mano en su mejilla izquierda y percibir su rostro acercándose al de ella, comprendiendo lo que está a punto de suceder. El calor de la respiración de él, acariciando su nariz, la insta a cerrar los ojos en signo de plena aceptación y percibe la tibieza de sus labios posarse sobre los suyos, en un roce sutil y un poco torpe que más parece experimental.

Él la besa. Y es un beso inexperto y tierno, cuidadoso.

Él la besa. Y Sakura tiembla de amor y emoción por el significado de tal acto: confesión, determinación, futuro. Todo se conjuga en ese toque íntimo y tibio que sabe a anhelos y esperanzas.

.::.


Espero que estés muy bien.

Gracias por leer, pyong!