—¿Cómo está Luisa?

El terremoto sacudió todo el Encanto, pero ninguna casa había sufrido daños, ni siquiera un árbol se había caído. Siendo así, ¿por qué mi hermana estaba encamada aún después de haber sido atendida por mi madre?

—Está bien: ya ha sanado, pero me ha parecido recomendable que descansase un rato más.

—¿Qué ha pasado, mamá? ¿Cómo se ha herido?

Mi madre me miró con una sonrisa triste.

—Entrad: ella os lo explicará.

—¿Entrad? —preguntó Bruno sorprendido por haber sido incluido en el plan.

—Sí. Esto os atañe a ambos.

¿De qué estaría hablando? ¿Estaría Luisa perdiendo sus poderes otra vez? ¿Por qué? ¿Tendría que ver con nuestra unión? ¿Estaríamos dañando a la familia?

Bruno supo ver la preocupación en mi rostro y no tardó en pasar su brazo por mi espalda y dedicarme una tranquilizadora sonrisa.

—De nada sirve estar aquí haciéndonos preguntas. ¿Qué te parece si vamos a hablar con Luisa?

Tenía razón. Necesitaba ver a mi hermana.

Tal y como la recordaba, la habitación, de Luisa parecía un campo de entrenamiento, pero, a diferencia de como era antes, ahora una relajante playa al más puro estilo caribeño se comía más o menos la mitad del terreno. Parecía que alguien había aprendido a relajarse.

—¿Por qué ella tiene un paraíso tropical y tú vives en una torre de escaleras? —cuchicheé en el oído de Bruno mientras nos acercábamos a Luisa.

Él sólo se encogió de hombros. No parecía muy afectado por lo poco acogedor de su cuarto.

—Mirabel, Bruno. Buenos días.

Luisa descansaba sobre una hamaca a la sombra de una palmera. ¿De verdad acababa de estar herida? Se la veía la mar de a gusto.

—Ehm… Luisa, ¿cómo estás?

—Mejor que nunca.

—Ah, ¿sí?

—Sí. He tomado mi decisión.

—¿Qué decisión?

—Pronto dejaré el Encanto.

—¿E… en serio? ¡¿Yo no conseguí convencerte y lo ha hecho un terremoto?! —contesté algo indignada mientras escuchaba los susurros de Bruno intentando apaciguarme.

—El terremoto no me ha convencido, hermana. Yo he creado el terremoto.

—¿Disculpa?

—El Encanto vuelve a estar cerrado.

—¡¿Qué?! —exclamamos los dos a la vez.

—Luisa… —dijo Bruno mu bajito como si le pareciese absurdo lo que estaba a punto de preguntar—, el terremoto, ¿fue la montaña cerrándose?

—Así es —contestó ella con orgullo.

—¡¿Has movido una jodida montaña?! —preguntó entonces presa del asombro.

—Sí, y no fue tarea fácil. Las montañas del Encanto son muy altas, ¿sabéis? Fue un trabajo duro.

—Así que, ¿te hiciste daño moviendo una montaña?

—Ah, sí… aquello rallaba los límites del milagro. La espalda me dio un fuerte chasquido y creo que sufrí un desgarro en un brazo.

La expresión de Bruno nadaba entre la incredulidad, la incomprensión y la preocupación, pero yo lo estaba entendiendo; desafortunadamente, lo entendía todo.

—¿Por qué? —pregunté con tono serio.

—Pues… la montaña se inclinó hacia un lado y…

—No. ¿Por qué lo has hecho? ¿Para qué has cerrado el Encanto?

—Ah… Bueno, si el Encanto es inaccesible, el Papa ya no tiene potestad aquí. Eso significa que, ahora, la decisión sobre vuestro matrimonio depende de nuestro sacerdote.

—¿Qu…? —trató de articular Bruno fallando en su intento ahora que entendía lo que había pasado.

—O sea, que acabas de poner en peligro tu vida para que nosotros no tengamos que salir y poner en peligro la nuestra, ¿me equivoco? —dije tan enfadada como conmovida.

—Mirabel… yo he estado ahí fuera. Todo es diferente. La gente es acogedora y amable, y siempre tienen buenas atenciones para ti, pero… también viven con miedo. El peligro acecha y nunca saben por dónde puede venir. Ojalá todos ellos tuvieran un Encanto de paz en el que vivir. Yo sé que es muy poco probable que a mí me puedan dañar, pero… sin animo de ofenderos, ninguno de los dos parece del tipo que se defiende sin dificultad… Mirabel, Antonio ya te puede y, Bruno… Antonio ya te podía hace dos años…

—El chico vive en la jungla, está bien entrenado —contestó Bruno frotándose la nuca.

—¿Y si llega a salir mal? ¿Y si la montaña llega a aplastarte? ¿Crees que lo que yo quiero es ponerte en peligro para que luches mis batallas?

Las lágrimas ya corrían por mis mejillas sin control, Bruno acariciaba suavemente mi espalda tratando de darme arropo y Luisa se incorporó con semblante serio y me cogió la mano.

—Tú nunca me lo has pedido. Esto ha sido idea mía y de nadie más. No quiero que te culpes, Mirabel. Deseaba hacerlo. Éste ha sido mi último gran trabajo. Ya no habrá más Luisa al servicio del Encanto: cuando todo esté en su sitio, me voy a ir en busca de mi propia vida.

—¿Renaldo?

—Quizás aún no me haya olvidado…

—Y, ¿cómo piensas salir si el Encanto está cerrado?

—He movido una montaña, creo que puedo apañármelas para hacer un túnel oculto.

—¿Oculto?

—Sí. Con unas cuantas rocas. Y seguro que Isabela me ayuda a esconderlo mejor con sus plantas.

—Luisa…

—Mirabel, verte darlo todo por vuestro amor me ha inspirado y me ha dado el empujón que necesitaba para luchar por mi propio futuro. Tómatelo como un 'gracias'.

—Me lo tomaré como un 'te quiero'.

Abracé a mi hermana y comprobé con agrado y algo de asfixia que su brazo y su espalda estaban, efectivamente, recuperados. Ella alzó la cabeza e invitó a Bruno a unirse, quien accedió tímidamente con una discreta sonrisa.

—Gracias, Luisa —le dijo entonces con tono emotivo—, yo…

—Te quiero, tío. Cuida mucho de Mirabel, ¿vale?

—Eso siempre.

Agradecidos y ansiosos por darle sentido al favor a Luisa, corrimos a hablar de nuevo con el sacerdote.

—¿Cerrado?

—Totalmente, padre. Por lo visto, el terremoto de anoche volvió a poner la montaña en su lugar.

—¿Por qué siento que aquí hay gato encerrado?

—Somos nosotros los encerrados, padre —bromeó Bruno tentando demasiado a la suerte.

—¡Ja! ¡Ésa ha sido buena!

Qué suerte tiene…

—Está bien. No voy a negar que la noticia me da tranquilidad, pero… la verdad, no agradezco tener que encargarme personalmente de vuestro caso.

—Y… ¿entonces? —pregunté poniéndole ojitos de niña buena.

—Es mi deber y lo haré. Preparaos bien: mañana empiezan las evaluaciones.

—Y así fue como llegamos hasta hoy. Seguramente esté olvidando detalles, pero han sido seis años, padre, es imposible recordarlo todo.

—Está bien, Mirabel. Creo que tengo la información que necesito. Ahora hablaré con Bruno y después deliberaré el caso.

—Gracias por todo, padre.

—No me las des todavía.

oooooo-oooooo-oooooo-oooooo-ooooooo-ooooooo

oooooo-oooooo-oooooo-oooooo-ooooooo-ooooooo

oooooo-oooooo-oooooo-oooooo-ooooooo-ooooooo

oooooo-oooooo-oooooo-oooooo-ooooooo-ooooooo

*Nota de la autora:

¡Sí! ¡Por fin sabemos quién es el misterioso interlocutor! Se ha hecho de rogar, ¿eh?

Mi merecidísima enhorabuena a diaryforadreamer por ser la única (a parte de mi marido, que ya me ve venir de lejos) que adivinó de quién se trataba desde el principio. Tus análisis son una pasada y ha sido un placer contar contigo para esta historia.
Pero nada de despedirse todavía, aún queda algún capitulito y, sí, un detallito que ha estado ahí desde el principio y que aún no ha salido abiertamente a la luz
Espero que disfrutéis todos mucho lo que queda. Muchas gracias por llegar conmigo hasta aquí.
¡Nos vemos!