Capítulo 61: Sorpresa doble
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Severus tuvo que acercarse a un río antes de continuar el rumbo que iba a emprender. Estaba sediento y sucio, y necesitaba componer energías y aclarar sus pensamientos. El agua no iba a ser quien quitara eso, pero sí le ayudaría a sentirse mejor.
Lavó su ropa, la secó, y luego se metió él para activar sus músculos con el agua fría. Por último, cuando el sol calentaba más a la hora de la tarde, desapareció de allí, materializándose en una calle de Londres, la misma en la que habían aparecido con Merlina cuando se decidió llevarla a San Mungo con la intención de que le hicieran un chequeo. Viejos tiempos.
¿Cómo iba a entrar al Hospital? No sabía bien. Lo primero que hizo al estar oculto en aquel callejón fue transformar ciertos aspectos de su cara, empequeñeciendo su nariz y poblando su rostro de vello facial. Hizo que su cabello disminuyera y se apegara más a su nuca y, cuando ya estuvo listo, cambió de color su túnica, tiñéndola azul. Estaba seguro de que cualquiera que lo conociera bien, como Dumbledore o Merlina, incluso la profesora McGonagall y algunos Mortífagos, podrían distinguir quién era el que estaba tras esa máscara. No obstante, si actuaba con tranquilidad, sin hacerse el misterioso, podría pasar desapercibido. De todos modos, presentía que San Mungo era uno de los pocos lugares seguros en un gran porcentaje.
Salió de allí y se encaminó a Purge y Dowse, S.A. Se colocó frente a la maniquí y mintió diciendo que tenía un problema de hipo constante, para que le dejaran entrar.
Su presentimiento fue un total error: cuando entró a la sala de esperas, un hombre de capa negra se acercó a él. Era el guardia más cercano, porque había varios ubicados alrededor.
Lo peor de todo, era que casi no había gente. La mayoría de los magos eran de sangre mestiza, y por supuesto que no se atrevían, bajo ninguna circunstancia, acercarse a San Mungo, porque sabían que iban a ser apresados y torturados para "extraerles la última gota de magia".
Incluso los pocos magos y brujas que permanecían en la sala, padeciendo diferentes enfermedades y maldiciones, se notaban asustados. Dirigían constantemente miradas a los guardias que protegían la sala de una posible revolución.
Severus temió a ser descubierto. Claro que no pensaba marcharse de allí sin haber visto a al ser que había dado vida Merlina.
―¿Es capaz de hablar? ―le preguntó el mago.
Severus sintió un alivio súbito. Su voz, completamente patética, no hacía juego con su cara. Era un monigote más de los nuevos aspirantes a Mortífagos, que con el poco servicio que tenían ya hecho, no les alcanzaba ni para montar la lengua de la serpiente que formaba la Marca Tenebrosa.
―Sí, tengo un problema serio en el brazo derecho ―contestó dolorido, cambiando su motivo de visita―, me ha mordido un monstruo que no conozco y creo que se ha infectado.
El hombre miró el brazo de Severus con suspicacia.
―Yo no veo nada ―comentó arqueando una negra ceja.
Severus actuó demasiado rápido para que se diera cuenta: moviendo su varita sin sacarla de su bolsillo, puso bajo la maldición Imperius al individuo.
—¿Y ahora? —preguntó Severus mostrándole el brazo en donde tenía la Marca.
―Vaya, ya lo noto ―replicó el mago con voz relajada y la vista desenfocada―. Es una horrible, horrible herida. Sígame, yo le conduciré a la habitación que debe visitar.
Sin levantar sospechas se pusieron en marcha. Los otros guardianes no se movieron de sus puestos e, incluso, los ignoraron cuando fueron hacia las escaleras para subir al segundo piso, de "Heridas provocadas por criaturas mágicas". Severus supuso que ya estaban cansados de tanta monotonía.
Cuando llegaron al principio del pasillo, se encontraron con otro guardia. No fue una sorpresa total para Severus. Imaginó que, habiendo guardias en la entrada, habría más en los otros pisos.
―La recepcionista te llama ―hizo que le dijera el hombre (a quien mantenía bajo la maldición) al guardia que custodiaba la segunda planta.
―¿Cuál de las dos? —preguntó el aludido con súbito interés.
―La que te gusta. Se fue al quinto piso, te esperará allá.
—Ya sabes que ella es la que está interesada en mí, no yo —dijo receloso. Sin embargo, se pasó una mano por el pelo y se planchó la túnica con las manos, antes de retirarse con una sonrisa de galán en la cara hacia el último piso.
Severus, cuando se vio solo allí, fue hasta la puerta de Abubakar Sawalha. Borró la memoria del mago que le había acompañado y, luego, sin quitarle la maldición Imperius, lo envió a su puesto original.
Su corazón estaba acelerado. A pesar de que corría cierto peligro, tendría tiempo de entrar a la sala antes de que el otro hombre se diera cuenta de que la "recepcionista que le gustaba" nunca había estado en el quinto piso, y regresara a reclamarle a su colega por su cruel mentira. Por tanto, no era ello lo que le preocupaba, en absoluto.
Lo que le tenía tenso y ansioso era el estar a punto de conocer a su hijo o hija, y eso iba a cambiar su vida en el instante en que ocurriera. Era acercarse a la verdad, conocer la realidad de una vez por todas, luego de haberla negado tantas veces como si fuera un pecado. El estómago le bombeaba, como si el corazón lo tuviera allí. No sentía como si se fuera a arrepentir, pero sí a desfallecer.
Tocó con la punta de la varita tres veces la puerta. Puso ambas manos sobre ésta y empujó hasta que la puerta cambió de color, pasando de blanco a celeste, y de celeste a un azul intenso.
Nervioso, hambriento, y con el estómago revuelto, giró el pomo, entró a la sala y cerró la puerta tras él, tratando de hacer el menor ruido posible.
La habitación tenía dos camas, un juego de comedor, un par de sillones y una cocina que calentaba una tetera en ese instante. Una gran cuna con mantos de parches multicolores estaba al lado de una de las camas, y un cuadro del sanador Abubakar Sawalha curando a gente con el poder de sus manos, estaba clavado en una de las paredes.
Las dos mujeres, que conversaban en voz baja ocupando los sillones frente a una gran cuna, se giraron hacia él, asustadas, enarbolando sus varitas rápidamente.
Jamás subestimes a las mujeres, y menos si están al cuidado de un bebé —fue un pensamiento que pudo lograr formarse antes de lanzarse tras el único armario que decoraba el cuarto, rogando tener tiempo para que le escucharan. No le gustaba "rogar", pero era completamente necesario hacerlo, cuando las dos mujeres se habían puesto de pie, ambas gritando maldiciones, las cuales dejaron una horrible quemadura en un tapiz.
―¡Dejen explicarme! ―gruñó empuñando su varita―. No vengo a hacerles daño. No soy un Mortífago ―gritó a las desconocidas.
Pudo haberse defendido fácilmente, pero no quería usar la violencia si no era necesaria. Ya había "abusado" demasiado a causa de Lord Voldemort.
―¿Qué haces aquí, entonces?
―¿Quién diablos eres? ―rugió la otra.
Severus no quiso dar su nombre. Después de todo, era bastante conocido dentro del mundo mágico e inspiraba, casi siempre, desconfianza, tanto por su pasado como por su manera de ser. Al final, haber sido el siervo del Señor de las Tinieblas y de Dumbledore tenía sus pros y contras.
―Soy el padre del niño o niña que tienen en la cuna. He venido a buscarlo ―contestó con frialdad―. No sé por qué tienen ustedes a mi hijo, pero si han conocido a la madre, entonces deben saber que soy esposo de Merlina Morgan.
Hubo silencio. Severus se imaginó que estaban cuchicheando entre ellas.
―¿Puedo salir de aquí sin ser atacado? ―siseó.
―No queda de otra. Adelante ―contestó una de ellas sin aliento.
Severus se reincorporó con la varita en alto, pero las mujeres no estaban preparadas para una lucha. Las dos estaban anonadadas, mirando el lugar en donde estaba él.
―¿Eres Severus Snape? ―preguntó la más pequeña y delgada observándolo con recelo.
―Sí.
―Pero no luces como tú ―dijo la robusta―. ¿Cómo llegaste aquí?
―¿A qué se refieren que "no luzco como yo"? ―Severus ignoró la otra pregunta, era una muy larga historia como para contarla.
―A que… eres diferente.
Severus recordó que había transformado su caray su túnica. Señaló su rostro con la varita y, tras susurrar una palabra, sus facciones volvieron a lo que eran antes y su túnica retornó al color negro.
―Eso explica todo ―dijo la pequeña―. No puedo creer que realmente seas tú.
―¿Nos conocemos? ―preguntó Severus, ya seguro de que no volvería a ser atacado, aproximándose a ambas.
―Tú eras nuestro profesor de Pociones en Hogwarts. Yo soy Endora y ella es Susan. Fuimos y somos amigas de Merlina Morgan.
El hombre las miró con atención. Pudo recordarlas bien de niñas. Logró visualizar con claridad a Merlina junto a sus dos amigas cuando tenían catorce años. Por supuesto que estaban cambiadas, pero sus contexturas eran las mismas, y sus miradas de desprecio también. Las reconoció finalmente.
―¿Cómo te atreviste a abandonar a Merlina? ―saltó Susan antes que Severus abriera la boca.
―¿Disculpa?
―Eres un desgraciado ―continuó. Endora asintió con fervor―. Te atreviste a dejar a tu esposa sola, a su suerte. Murió su otra amiga, Agatha, y quedó sola con ese mocoso idiota de la familia Malfoy ―Severus abrió los ojos, pasmado. Tanto golpe de información hizo que su corazón tomara un ritmo acelerado otra vez―. ¿Ah, sí? ¿Ahora te asombras? Si no supiera que soy más débil que tú, te estaría moliendo a patadas.
―Ella ha vivido a duras penas este último tiempo ―añadió Endora con resentimiento―. Jamás debiste abandonarla. Y, si yo no tuviera algo de autocontrol, también te estaría golpeando; estoy segura de que soy más fuerte que tú —adujo, arremangándose y mostrando sus fuertes antebrazos.
―Ustedes no saben nada ―respondió, tornándose rojo de ira. ¿Qué se creían ellas de reprocharle sus acciones?―. No tienen idea de por qué la dejé.
―No, no lo sabemos, Merlina no quiso decirnos. Pero, fuera cual fuese la razón, es una idiotez, seguro. Porque ustedes, los hombres, nunca tienen motivos suficientes para argumentar sus decisiones idiotas.
Severus avanzó un paso, notándose imponente.
―Nada te da derecho a ti, Clapp, de hablarme así ―dijo con voz trémula, recordando súbitamente su apellido―. No eres más de lo que eras antes, por mucho que seas amiga de Merlina.
―¿Y qué? Tú tampoco eres más de lo que fuiste alguna vez. Se nota que sigues siendo un idiota.
―¿Qué vio en ti Merlina? ―preguntó Endora con una mirada de escepticismo.
Severus apretó los puños. No podía creer lo que estaba ocurriendo. No era necesaria tanta falta de respeto.
―Eso debieron preguntárselo a ella ―contestó apenas moviendo los labios, paralizado de rabia.
―Lo hicimos, créeme ―repuso Susan―, y ve muchas cosas en ti que parecen inventadas.
―No he venido a discutir mi relación con Morgan acá. He venido a buscar a mi hijo ―repuso con firmeza.
―¿A buscar a tu hijo? ―inquirió Susan, burlesca―. Perdón, pero tú esposa no nos dijo nada de entregárselo al padre si venía a buscarlo.
—Bueno, no seas tan injusta, Susan, que tal vez sólo no lo dijo porque fue un escenario que nunca imaginó —añadió Endora con una sonrisa burlona.
—Puede ser. Sin embargo, nos lo encargó a nosotros, a los dos. Están en nuestra custodia ―replicó Susan desafiante.
Severus dirigió una mirada de recelo a la cuna. O ella no sabía expresarse, o…
―¿A qué se refieren con "a los dos"?
―Pues, a los dos ―contestó Endora sin quitar ese tono burlón―. Ni siquiera sabes cuántos son … ―murmuró.
Severus miró la cuna y luego a ellas, brevemente desconcertado.
―Tienes dos hijos, Snape ―declaró Endora cansinamente―. El niño se llama Drake y la niña se llama Agatha. Nacieron el veinticinco de agosto, en la noche. Tienen tres meses y una semana.
Severus sintió que el corazón le dejaba de latir. Dos hijos. Drake y Agatha.
Apartó a las dos mujeres de su camino y se asomó a la cuna. Allí estaban, indefensos. Narices pequeñas, pelo oscuro y de rostros pálidos. Mucho más parecidos a Merlina, pero podía notar que Agatha, al estar con los ojos cerrados, se parecía a él cuando lo hacía. Drake tenía sus labios. Todo lo demás, todo, era de Merlina, y apostaba a que sus almas también.
Los ojos le ardieron pero se tragó aquella emoción que le estaba embargando poco a poco.
¿Realmente era cierto eso? ¿Ellos eran sus hijos? ¿Él había participado y aportado en la creación de dos seres humanos?
De pronto, aquel sentimiento desconocido se convirtió en desesperación y tuvo ganas de gritar y romper cosas como un adolescente enloquecido.
―¿Dos niños? ¿Qué voy a hacer con dos críos? ―inquirió sin pararse a pensar en el tipo de pregunta que estaba realizando. Apuntó con un dedo acusador a la cuna mientras que con la otra se agarraba el pelo―. ¿Qué se supone se sucederá hora?
Susan y Endora se miraron con una mezcla de asombro y temor.
―Bueno, bueno ―farfulló Susan con sarcasmo ―, ¿fue eso lo que le dijiste a Merlina cuando la dejaste? ¿Este fue el "teatro" que presenció ella? Porque si vas a comenzar a decir cosas sin sentido, entonces, te vas y desapareces de la vida de los niños para siempre, y te aconsejo que de la de ella también. Dudo que quiera volver a ver a alguien a quien rechaza a sus hijos apenas conocerlos, sólo porque son dos. Eres un adulto y sabes cómo suceden las cosas, así que deja de estar maldiciendo y culpando a la gente, y asume tu maldita responsabilidad, Snape. Hay cosas peores en la vida y tú te estás quejando de tener dos hijos. Peor sería perderlos, o no poder tenerlos.
Severus recibió como diez bofetadas durante el sermón. Se quedó de piedra durante unos segundos. "Asume tu maldita responsabilidad". Sin contestar nada, aún impactado, sudoroso y con el corazón a mil, se aproximó a la cuna y se apoyó en ella, tratando de calmarse.
Bufó y se pasó una mano por los ojos, como si con eso pudiera extraer la preocupación y desecharla.
Se quedó allí durante lo que parecieron horas, pensando, con una sensación de desmayo que pocas veces había experimentado.
Son parte de mí. Hay algo de mí allí. Hay algo de mí en dos humanos, en dos milagros, en dos inocentes.
¿Por qué tenía que ver esa situación como algo negativo? Tener dos hijos era un récord para cualquiera, y él no quería verlo así, le costaba. No soportaba imaginarse que él y Merlina podrían morir y dejarlos solos, sin apoyo. No quería que ocurriera eso, especialmente cuando creía merecer un destino fatal. Él había vivido el abandono desde pequeño y sabía lo que se sentía.
Y si sabes lo que se siente, ¿por qué deseas abandonarlos? ¿no será mejor aprovechar de conocerlos, de disfrutarlos, sea cual sea la cantidad de tiempo con la que cuentes para ello? —dijo una voz en su cabeza que sonaba como la de Merlina.
Son mis hijos. No son niños cualquiera. Son, de alguna manera, una extensión de mí.
"Carpe Diem" había escuchado decir muchas veces a la gente. Era la respuesta más acertada a lo que debía hacer. Aprovechar el momento y no cuestionarse nada más.
Quiso tocarles, pero algo se lo impidió, como si temiera que esas mujeres se lo prohibieran ante el numerito que había hecho hace un rato atrás. Se sintió avergonzado y no merecedor de algo tan puro y digno.
―Son tus hijos, puedes cargarlos si deseas ―masculló Susan, ya calmada.
Severus sólo atinó por dejar pasar los dedos de la mano por sus cabezas. No se sentía capaz de tomarlos en brazo, se notaban frágiles. Tampoco quería despertarlos.
―Son cerca de las seis de la tarde, tenemos que despertarlos de todos modos.
Parecía que ambas podían leer sus gestos. Aquellas mujeres eran muy perceptivas.
―Tenemos que darles la leche, así que… Despiértalos si deseas. Si vas a quererlos, quiérelos bien.
Tuvo miedo. Miedo de que sus hijos lloraran cuando lo vieran, que le rechazaran cuando los cargara.
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En dos días, pareció bajar la temperatura de la sala aún más. Carecían de ventanas, pero podían adivinar que se estaban reanudando las nevadas de la segunda mitad de diciembre. Estaban a más altura, así que el frío era más intenso.
Ningún Mortífago se había acercado a la sala, así que la tranquilidad reinaba entre los prisioneros. Merlina, a pesar de todo, no podía negar que estaba bien. La tranquilidad comenzaba a ser su amiga, al igual que todos los que la acompañaban.
―He oído un rumor ―dijo Cho dirigiéndose a Merlina con una misteriosa sonrisa―. ¿Es cierto que salías con el profesor Snape?
No le gustó con el tono que lo dijo. Comenzaba a odiar la manera en que la mayoría hablaba de Severus. Ella tenía el derecho de hablar mal de él, pero nadie más. Era ella la que lo conocía, ningún otro había estado con él como ella lo había hecho.
―Sí, es cierto. Y es mi esposo ―añadió con orgullo mostrando su anillo.
―Vaya… ¿y no te ha torturado alguna vez? ―inquirió Dennis Creevey, como si se tratara de algo emocionante.
―¿Qué? ―saltó escandalizada―. Por supuesto que no ―respondió ofendida.
No, no me ha torturado físicamente. Pero me ha matado emocionalmente muchas veces.
―Pero dicen que es un Mortífago.
―Era un Mortífago ―rectificó ella sin dudar. Podía abandonarla, partirle el corazón, pero jamás mentirle a ella frente a algo como eso―. Ya no lo es más; hace muchos años que no lo es.
―¿Y dónde está ahora?
―Está en una misión bajo órdenes de Albus Dumbledore ―dijo sin pensar. No quería decir que la había abandonado. Tampoco le hacía bien pensarlo. De todos modos, no tenía la obligación de contarle a nadie sobre Severus.
Nadie dijo nada más. Habían oído pasos fuera de la puerta. De pronto, esta dio un chasquido.
La abertura de la puerta reveló la imagen de, nada más ni nada menos, Dolores Umbridge, siendo acompañada por dos Mortífagos. Su expresión era tan dura, que Merlina no supo ahora relacionar bien a Agatha con ella. Facialmente había un aire, pero no se parecían en absoluto. Y, lo más importante, era que esa mujer era lo peor que podía sucederle en esos instantes.
La bruja dio una despectiva mirada a cada uno de los prisioneros. Merlina miró hacia otro lado, mostrando la nuca, súbitamente nerviosa.
―¿Quién se supone dice ser mi sobrina? ―preguntó con voz aguda y recelosa. Merlina sentía aquellos ojos saltones pegados en su nuca.
―Ella ―dijo un Mortífago―. ¡Ey, tú, ponte de pie y ven para acá!
Todos se giraron hacia Merlina.
―¿Eres su sobrina? ―inquirió Dennis, admirado.
Merlina se giró lentamente y se colocó de pie con la cabeza gacha. Antes, sin embargo, que lograra acercarse a la puerta, Umbridge chilló:
―¡Ella no es mi sobrina! ¡Ella es Merlina Morgan, la bruja que incendió el Ministerio y huyó de Azkaban!
Merlina retrocedió y se apegó a la pared, suplicando por el milagro de poder traspasar la muralla. ¿Cómo pudo haberse acordado de su nombre con tanta facilidad?
Bruja enana desgraciada.
Al segundo se volvió a ver atada de piernas y manos. Se agachó cuando vio al Mortífago más feroz acercándose se a ella, pero fue peor, porque el tirón de pelo que le dio le produjo tanto dolor, que jamás de su boca había salido tal grito. De milagro no se lo arrancaron del cuero cabelludo.
―¡Agatha Dunstan murió por su culpa, vieja rata! ―aulló.
―¡No se la lleve! ¡No se la lleve!
―¡Ella no ha hecho nada!
―Retrocedan ustedes si no quieren salir heridos también.
Merlina fue silenciada con un encantamiento y fue llevada hasta un aula contigua, más pequeña y más horrible en todos los aspectos. Fue empujada con brutalidad. Cuando cayó, pudo ver el brillo maligno de la mirada de Dolores Umbridge. No se había siquiera inmutado por su revelación. No le había importado ni un poco la muerte de su sobrina.
―Te has hecho pasar por Agatha, ¡no lo puedo creer! Y eso de que está muerta, no me interesa. Menos me interesa tu vida, así que espero que tú también desaparezcas pronto.
―Madame Umbridge, no dude de que recibirá el dolor que se merece.
La puerta se cerró y Merlina no pudo ver nada más. Estaba oscuro.
―Malditos ―dijo sin poder sacar sonido de la boca, con lágrimas en los ojos. No podía creer que Agatha sólo sería extrañada por ella. Sintió una opresión en el pecho sólo por la profunda tristeza que la invadió―. Malditos hijos de puta ―volvió a maldecir, oyendo su voz desgarrada sólo en su mente, con los ojos inundados de lágrimas.
Agradeció no estar embarazada. Con el golpe que se había dado en el suelo, estaba segura de que le hubiera hecho tener una pérdida inmediata.
Intentó gritar varias veces para sacar su voz, mas no ocurrió nada. No obstante, cuando creyó que no podría ser oída nunca más, la puerta volvió a abrirse.
Pero no era nadie más que uno de los Mortífagos. Con un movimiento de la varita encendió las antorchas. La luz rebeló un rostro alargado, coronado por largo pelo castaño ondulado. Tenía una barba negra que le daba aspecto siniestro. Sólo le faltaba el parche en el ojo para parecer pirata.
―¿Sabes lo que les pasa a los mentirosos? ―preguntó cerrando la puerta con lentitud―. Sufren.
Merlina trató de arrastrarse hacia el rincón, como si con eso pudiera escapar del destino.
―No te preocupes, no necesito poca distancia para lo que haré ―rio―. Si piensas que pienso tocarte, estás equivocada. No eres bonita, ni deseable. Pero tal vez lo hiciera si no tuviera la certeza de que eres una sangre impura. Una descendiente de muggles ―apuntó la cara de Merlina con la varita, desencantándola―. Ahora, habla.
―No tengo nada que decir ―contestó Merlina guturalmente.
―¿Ah, no? ―inquirió con malicia―. Entonces ¿por qué entraste al castillo? ¿Acaso tendrá que ver con algún tipo de "misión"? ¿No estarás involucrada en algo como la Orden del Fénix o el grupo de Potter? ¿No formarás parte de alguna pandilla revolucionaria?
―Sólo quise volver a Hogwarts. ¿Eso es un crimen?
―Bueno… Dado las nuevas circunstancias, sí, lo es. ¡Crucio!
Merlina jamás había sentido dolor como ese, y tampoco atinó a pensar si sus padres habían sufrido algo similar. No parecía fuego, tampoco cuchillos, dagas o espinas. Era una mezcla de sufrimiento de toda clase. Era tan fuerte, que sentía que iba a reventar, que los globos oculares se le iban a salir, e iba terminar cortando, en cualquier momento, la lengua si despegaba los dientes.
Gritó una y otra vez por las torturas. Porque no fue sólo una, fueron dos, tres, cinco.
―¡Para, por favor, para! ―suplicó bañada en lágrimas cuando el hombre se dio un descanso. La lengua la sentía medio dormida―. De verdad no tengo nada que esconder. Sólo he entrado por intentar ayudar a un amigo.
El Mortífago se arrodilló a su lado.
―¿A qué amigo?
―A Draco Malfoy, vine con él, lo quise ayudar a entrar porque necesitaba buscar algo que no me dijo…
―Pero huyó, Morgan, huyó. Y ahora sólo quedas tú pagando la cuenta. ¡Qué lástima!
―He venido a buscar a Craig Ledger ―sinceró, sin saber si eso surtiría efecto. Sin embargo, había un problema: Craig Ledger no existía, sino que Clive Lamport. Y no recordaba ese nombre como para haberlo dicho.
―¿Craig Ledger? Lamento decirte que no existe nadie a quién yo conozca con ese nombre. Luego lo averiguaremos. Pero por si es que estás mintiendo…
Una vez más, los gritos retumbaron por el pasillo, estremeciendo a los prisioneros de la sala de más allá.
―La van a matar ―dijo Cho con los ojos humedecidos―. Van a matar a esa mujer.
―Tenemos que hacer algo por ella ―opinó otro.
―Pero necesitamos más varitas ―dijo Dennis con entusiasmo, como si el reto de obtenerlas fuera un sueño para él.
―Los guardias tienen muchas varitas, ¿no? Podemos atacar a uno. Si armamos revuelo podemos atraerlos. Y, ¿de qué te sirven los brazos y las piernas cuando no hay varita? No las tenemos de adorno, ¿no? Además, ya es hora de que salgamos de aquí.
Poco más tarde Gibbon indagó si había un tal Craig Ledger en el lugar. Podía tener información útil, fuera quien fuese. Y comenzó a correrse la voz.
