Chara no volvió a ver a el Comediante, no, ni siquiera volvió a pensar en él.
Pasaron los días, las semanas hasta convertirse en meses, la diversión que pasó en aquel día, fue difuminándose hasta terminar como el humo del café, desapareciendo en el aire.
Su rostro, su pelo u ojos, se perdió. En un mar de caras sin nombres, ¿que era una persona más entre miles?
Algunas veces, cuando miraba el café caliente de su hermano pequeño, recordaba vagamente la frialdad de la nieve o cuando se tranquilizaban las nubes de tormenta y el cielo azul aparecía, comenzaba añorar algo, a alguien … la sensación de estar incompleta se pronunciaba en esos días, mas, ella la ignoraba; mataba las serpientes de su estómago, para hacerse con ellas, un fuerte armazón en su corazón.
Chara odiaba el sentimentalismo, después de todo.
Llegó un 14 de Febrero.
Era una día normal y corriente para ella, si no fuese por los regalos que sus padres se entregaban entre ellos en esa fecha.
Durante todos los años en los cuales había estado en la familia Dreemurr, Toriel y Asgore siempre salían de paseo, una cita para ellos solos, rememorando un amor que parecía no tocar fondo. Ella y Asriel, en cambio, pasaban todo el 14 dentro de su casa, jugaban y cocinaban como pequeños diablillos, para entretenerse todas las horas que ellos se iban.
Un día habían querido imitar los bombones que le había traído su padre a Toriel, corazones de chocolate y caramelo, con lindas bolitas multicolores que brillaban a la luz de las velas aromáticas, otro regalo de Asgore, por lo que con su alijo secreto de chocolate, habían intentado hacer esos increíbles bombones, no habían salido, pero habían terminado el día, con chocolates de diversas formas amorfas y horas gastadas de diversión. Hubo otra vez, que, Toriel había regalado hermosas macetas rellanas de flores rosas a Asgore, y, a modo de una impresora estropeada, Asriel había repetido su gesto, regalando a Chara, una maceta, de plastilina de colores multicolores y flores recién cortadas del parque.
Y así, todos los años.
Pero ese año no.
Chara resopló en silencio. Su hermano había conseguido una pareja en los últimos días, casi más parecido a un secreto que pareja oficial; no había dicho ningún nombre pues, ni tampoco el género de él, porque ella dudaba que fuese una mujer, Chara se había encargado de que las únicas mujeres en su vida fuera ella y Toriel, no iba a dejar que cualquier arpía lo enjaulase entre sus garras, su hermano era demasiado bueno para cualquiera…, pero, eso no era lo importante, la había dejado sola. ¡Sola!
Ya no había más un 14 de Febrero con diversión, no había bombones de chocolates hecho a manos con tontas formas, no había flores cortadas ni macetas de colores, no había tardes de pelis ñoñas que provocaban diabetes, ¡ni siquiera a Chara le gustaban en primer lugar! Tal como sus padres, Asriel había salido con un lado romántico que sobrepasaba su fase de adolescente inexpresivo y frío.
¿Por qué el amor que él sentía se lo daba a alguien pasajero?
Era triste ver, que, aquel niño de ojos relucientes y dulces, se habían convertidos en placas del hielo que se volvían aún más resistente cuando dirigía su mirada hacia Chara, parecía que, ya no había hueco para ella en la familia.
Chara escuchó como la puerta de su habitación se cerraba con cuidado, sin hacer ningún ruido, Asriel se había marchado, dejándola hacia un lado.
El silencio se volvió ruidoso.
Comenzaba otro odioso 14 de Febrero.
Sabiendo que no volvería a verlo hasta por la noche, salto de su cama sin ganas. No se iba a quedar en la casa sin hacer nada, saldría y se divertiría; siempre era gracioso molestar a las personas en la calle.
San Valentín o no, saldría el demonio a jugar.
Salió de la casa sin mirar atrás. Con sus ojos bien abiertos, Chara paseaba tranquila. Había bastante gente en la calle, parejas en general, pero no era sorpresa; además, todo era absolutamente dulce, escaparates decorados con cintas rojas, rosas y blancas, corazones chicos y grandes que colgaban del techo, no había ni un solo lugar, en donde hubiera una tienda normal.
Tenía que ser una tontería, que incluso los contenedores de basura, perfumados con olores podridos todo el año, y asquerosas machas de basuras no identificadas, se habían limpiado por San Tontín.
Golpeó con furia su zapato en la acera, las personas parecían tan ensimismadas en su pareja del día, que sus intentos por molestar no terminaban de florecer.
Chara se dio cuenta de que había parejas de todo tipo, no solo por la edad ni el género, sino por la forma en su caminar: había visto una pareja que andaban acarameladas, con sus pasos bien cronometrados y hombros pegados, las mujeres se miraban con estrellas en los ojos, como si el mundo estuviese en el rostro de la contraria; hubo otra que paseaban tímidamente, sus manos se rozaban cada pocos segundos volviendo las caras de los dos hombres de un rosa pálido, sus ojos, cuando se encontraban, se dilataban tan rápidamente como al compartir un oscuro secreto…
Y había otras que parecían que ese iba ser su último San Valentín: había visto una pareja en donde el hombre no dejaba de mirar a las mujeres de su alrededor, ignorando a la chiquilla que agarraba de su mano, la mujer se aferraba a él, ella hablaba y hablaba, sin conseguir nada más que miradas superficiales de su acompañante; en otra, una mujer se miraba las uñas mientras paseaba, se las limaba y las soplaba agarrada del brazo de su pareja, hombre el cual, elevaba la barbilla orgulloso como si hubiera ganado un premio pomposo, pareciendo más un pavo más que un hombre.
Sin embargo, no terminó de burlarse cuando sus padres pasaron. Chara se escondió detrás de una pareja que prefería estar comiéndose a besos, a alimentarse de los deliciosos pasteles que colgaban de sus manos.
No escucho absolutamente nada de lo que estaban hablando, los besos demasiados húmedos de la pareja en el banco, eran ruidosos, llegando casi el extremo de ser inapropiados para la poca edad que tenían ambos.
Chara rodó los ojos, el amor volvía tontos a todos.
Asgore y Toriel pasaron con las manos agarradas y amplias sonrisas, siguieron su camino hasta perderse de su vista. Menos mal que no la habían visto, estaba cansada de ser la sujeta vela, el tercero en discordia, que no servía de nada en tal día como era ese.
Era casi exasperante, como había veces que no sabía si haría alguna diferencia para los Dreemurrs si ella se marchaba, si ellos volvían a ser tres en vez de cuatro, todos se estaban moviendo, cambiando de ritmo, encontrando a otros.
¿Y ella donde encajaba?
¿Dónde su lugar estaba?
Ella terminaba en la nada.
De nuevo, sola.
Salto de su escondite sorprendiendo a los amantes en el banco, los ojos de la pareja volaron asustados hacia ella, sus rostros se volvieron rojos como las amapolas del parque, avergonzados, se sentaron cada uno en un extremo, tan rápido que el hombre se desequilibró cayendo de cabeza al suelo.
-Caer por amor, eh…
Chara sonrió sarcásticamente, con su mirada fija en la distancia.
Como esperaba que diesen las doce, que las campanas resonasen fuertemente hasta estremecer su alma, terminar ya con la maldita pesadilla de los finales felices y comieron perdices.
Se dio media vuelta, dirigiéndose al contrario de por donde se había ido sus padres.
Poco sabía ella, que quien escapa del amor, siempre lo termina encontrándolo.
No muy lejos de allí, aquel chico sin nombre ni rostro, tranquilamente recorría las ajetreadas vías.
A Sans no le molestaba demasiado la gente en sí, desde pequeño había sido capaz de ignorar todo aquello que le rodease, pocas eran las excepciones; su hermano podría ser una de estas personas, que, aunque solía aparentar desinterés, Sans siempre tenía un ojo puesto encima de él, principalmente porque Paps tenía la habilidad de meterse en problemas. Otros, en menor cantidad, estaban sus amigos: Toriel, Undyne, Alphys… Y sorprendentemente, estos últimos meses, su cabeza no dejaba de proyectar continuamente, el encuentro con una castaña con ojos de sangre.
Abrió y cerró distraídamente las manos dentro de su bolsillo. De vez en cuando, y cada vez con más molestia, Sans todavía podía recordar cómo se sentía la mano de la mujer debajo de él, sus dedos finos decorados con delicados arañazos, una muñeca delicada en donde se podía observar el tenue recorrido de sus venas… Y su voz… un escalofrío se coló entre sus huesos… ya antes de escucharla, supo que ella sería alguien no del todo agradable (¿aunque lo era a la vez?), veía en sus ojos una confianza que difuminaba los límites con el ego, mientras que todo su cuerpo la seguía perfectamente cronometrado.
Sonrió al recordarlo, nunca le había gustado demasiado el dulce, pero cuando la escuchó, sintió ahogarse en un mar de chocolate negro, azucarado y espeso.
¡Chocolate!
A tiempos parecía ser menta y fresa, chocolate con distintos condimentos y sabores. Aquella vez, la menta llenó el ambiente de una manera tan empalagosa que lo enfermó, lo mareo hasta que se sintió pesado cuando tuvieron ese intercambio silencioso, o cuando se burló de quien estaba detrás de la barra; la miel misma se derramó de sus labios la primera vez que hablaron, burlas, una tras otra, mientras se empujaban entre ellos con la intención de encontrar algo ¿que era? Sans no lo sabía y dudaba que la chica lo supiera, solamente querían adentrarse en la piel del otro para descubrir de que estaban hechos. Y cuando se rió… ¿quién sabe? Había sido una explosión de sabores, brusca y violenta, que acabó en segundos…
Sans se pasó ligeramente la lengua sobre los labios, se sentía sediento desde aquel momento, empeorando más cada vez sin tener fin alguno.
Sin saber dónde había terminado, se quedó parado. No sabía cuánto tiempo había estado caminando, pero supuso que había sido bastante largo, se sentía muy cansado. O, mejor dicho, se sentía cansado de estancarse en ese recuerdo.
Todo empeoraba cuando más andaba, siendo San Valentín, el ambiente estaba cargado de pesados perfumes florales y de fuertes aromas a bombones de chocolate…
Salió de sí mismo cuando sonaron carcajadas desde delante de él. Su hermano, Papyrus, tenía una sonrisa que mostraba toda su dentadura, con ojos gigantes y brillantes, él se había aferrado de la cintura del chico que estaba completamente colado.
Aquello era lo más diferente de ese 14, generalmente, hubieran pasado el día encerrado en su casa, haciendo diferentes galletas para entregarlas a el resto de sus amigos, en sí, no hacían galletas, las calcinaban. Papyrus, por mucho que lo intentase, nunca había sido bueno para el cocinar, era un misterio de tantos que había, pero que no se sabía, lo que hacía él para que sus recetas siempre terminaran con colores extraños y desagradables olores, añadido que Sans no se molestaba por esforzarse en intentar cocinar las galletas, más de una vez habían acabado con el cuerpo ahumado y la cocina destrozada.
Y si eso no funcionaba, principalmente debido a los ruegos de los bomberos para no cocinar, encendían la televisión viendo una y otra vez, viendo películas rosas y empalagosas. Aunque al mayor no le gustaban especialmente, las cursiladas estaban segundas en el ranking de preferencias del más joven.
Pero, bueno, no era tan malo el cambio de planes. Papyrus estaba alegre, muy alegre, lo suficiente para olvidarse de la ansiedad en la que había estado sumergido esa semana. Para Sans no había sido una sorpresa que Papyrus hubiera estado nervioso por pedir una cita, había visto desde el comienzo, como los huesos de él se volvían gelatina nada más acercarse al niño, como había murmurado una y mil veces lo que le diría al encontrarse, para pedirle la cita que ansiaba tanto.
Una preocupación ingenua desde el principio, se había notado a leguas como Frisk también se había caído rendido ante él.
Así que, ahora estaba él aquí. Papyrus le había pedido que le acompañara, camuflando la cita romántica en una mera salida entre amigos, una salida en la cual dos de los tres amigos, se juntaban buscando fundirse en un íntimo abrazo; así que, únicamente era aquello, una quedada como otra cualquiera.
No le molestaba demasiado ser la tercera rueda, o no le habría molestado demasiado; más ahora, después de estar anhelando algo tan irracional, se sentía ciertamente celoso, solamente un poquito celoso.
Sans volvió a apretar las manos en su bolsillo, su sudadera nunca se había percibido tan fría.
Al cabo de un rato, ya se había cansado de andar sin sentido alguno. Papyrus y Frisk habían puesto en la cola de un pequeño puesto de dulces y helados, Sans los miró, cambiando su sonrisa tranquila en una más cansada. La pareja estaban casi los últimos, por lo que podría durar varios minutos sin hacer nada, aunque ellos estaban bastantes felices, se reían espontáneamente de cosas que no lograba escuchar, se abrazaba y se separaban, pero sin dejar de estar atados por las manos, se cruzaban miradas que no podían estar más brillantes de puro afecto.
Un golpe seguido de una pequeña disculpa les dio la razón a Sans, de escaparse de aquella abarrotada plaza. Quizás iba siendo hora de que dejase a la parejita sola. Negó en silencio, incluso si Frisk por ahora parecía una buena persona, no sabía lo que iba a pasar en el futuro; no quería que su hermano saliese dañado.
Sin embargo, no tenía que estar allí parado, un vistazo largo por todo el lugar, le dio una vista clara de que no podría sentarse por allí. Todos los bancos estaban ocupados por parejas en distintas fases de su respectiva cita, y en aquella en la que por lo menos podría echarse, a cada minuto, los movimientos de las dos mujeres se volvían aún más indecentes.
Con un largo suspiro de derrota, comenzó a dirigirse por donde había menos gente. Era bastante complicado incluso él andar, cada dos por tres recibía una mala cara, un quejido agudo de molestia, y casi un golpe por alguna que otra extremidad ansiosa, había llegado a la fachada de una pequeña tienda.
No había mucho tránsito de personas, quizás era debido a su reducido tamaño, o por lo artesanal que parecía, escapando así, de la compra masiva de los grandes comercios.
Daba lo mismo, mientras estuviese tranquilo.
No se equivocó en ir hacia allá, aunque estuviese casi en penumbra, un olor a madera vieja lo recibió en la entrada. Al cruzar, le devolvió la mirada unos ojos conocidos, con una sudadera verde a rayas amarillas.
Lo recordaba, mas, no era esa sudadera verde con una raya amarilla, ni siquiera eran esos cabellos de madera oscura, ni las brillantes gotas de sangre por ojos. No. Solo era Asriel.
Sans se reprendió silenciosamente mientras le daba una mirada poco sorprendida. Sus cabellos de color pajizo se ocultaban entre la penumbra de la habitación, sus ojos, con una extraña heterocromia que dividía cada una de sus pupilas en una parte verde y otra roja, ni siquiera se levantaron de lo que fuera que estaba buscando. Se veía mucho más serio que de costumbre, casi preocupado.
Tampoco él se molestó por mirarlo demasiado, no se llevaban mal, en si, no se llevaban para nada. Asriel no había dañado a Papyrus de ninguna manera, e incluso, según recordaba, se llevaban bien, aunque eso no era difícil siendo una persona como Papyrus, pero era un punto a favor. Daba igual, nunca compartieron más que algunas pocas palabras de cortesía.
Miró por encima todos los escaparates. Como había creído, la tienda poseía bastantes cosas artesanales, desde diversas joyas brillantes hasta pequeñas figuritas de cerámica que aparentaban ser diminutas deidades griegas. Todas las baratijas se veían bastante bien conservadas, y quizás, si hubiera sido un fanático de esas cosas, hubieran sido agradables a la vista, pero, después de todo, aquel no era el caso.
Mientras Sans revisaba las macetas de temática floreada, nada esperado para una maceta, Asriel resopló fuertemente, lo suficiente fuerte, para que tanto el dependiente como el albino le dieran una mirada extraña.
El chico mantuvo su gesto estoico, aunque soltó una pequeña disculpa en un tranquilo suspiro.
En ese momento, Asriel cayó en cuenta de el que Sans estaba allí. Sus ojos se fijaron en él, firmes, como si Asriel intentará recordar quién era a quien estaba viendo. Fueron unos minutos silenciosos hasta que el menor pareció darse cuenta de que le era conocido, con un pequeño asentimiento de cabeza, el rubio volvió a lo suyo.
Sans volvió a pasearse por la tienda, con menos interés que antes. Sabía que todavía faltarían largos minutos, una hora incluso, hasta que Papyrus y Frisk terminasen cualquier cosa de pareja que estuviesen haciendo y se dieran cuenta de que ya no estaba a su lado.
Busco por encima de los estantes, un sillón para sentarse. No había ninguno. El día cada vez iba a mejor.
Entre tanto cachivache encontró algo casi interesante. Una pequeña sonrisa se le escapó mientras se acercaba. Nunca se hubiera imaginado en encontrar en una tienda como esa un pequeño termo de café, era bastante grande, pero lo suficientemente pequeño para poder guardarse cómodamente en una mochila. Era simple, muy simple, tanto que si no fuera porque le recordaba a ella ni lo habría mirado. El termo era de un metal verde oscuro, con diminutas líneas doradas que hacían formas de hojas de distintas plantas, lo curioso quizás de ello, era que, la pintura que en un momento habría estado dibujando flores, se había derretido parcialmente. Entonces, las flores parecían que estaban llorando gotas de sangre escarlata.
Sans agarró el recipiente como si hubiera encontrado oro. Comenzó a darle vueltas, mirándolo por todos los lados. No era demasiado nuevo, mas, estaba bastante bien conservado; principalmente, pensó, que sería a causa de la tan extravagante decoración, nadie quisiera que le confundieran con un asesino a sangre fría por las salpicaduras. Bueno, no nadie, había por ahí, una linda Genocida que le encantaría.
Eso sí, si la volvía a encontrar alguna vez más.
Dudo unos segundos si comprarlo o no. Con la suerte que tenía él, seguro, que nunca más se cruzaría con ella. No era por ser pesimista, pero, varios meses ya habían pasado y en ningún momento apareció de nuevo.
Sans se rascó el cuello incómodo, había estado rondando de nuevo la cafetería durante un par de días, meses incluso, pero lo único que había conseguido en convertirse en un regular allí. Durante las mañanas, al medio día, a mitad de la tarde, no importaba a qué hora fuera, mas, allí estaba, con un vaso de café caliente que se lo tomaba frío por estar buscando a un fantasma que nunca regresó.
Se había sentido tontamente molesto por ello.
Su sangre, convertida en cafeína, y su paladar, entumecido por el sabor del café, había conseguido que estuviera una semana en la cama con dolores.
No hallaba consuelo en el sueño durante las noches, no se concentraba en su vida diaria por las tardes, nada, se quedaba en un estado intermedio, buscando aquellos mismos cabellos del tono de los granos de café.
Pero, era un día especial ¿no?
Él no solía creer en ese tipo de cosas, ni las creía actualmente, mas, no era alguien que se rindiera con facilidad; si San Valentín podía darles suerte a los amantes desamparados, ¿por qué a él no le ayudaría en esos momentos?
Aunque, ahora que lo pensaba, esa excusa sonaba bastante patética, demasiado humillante.
Por puro despecho, quiso abandonar el termo allí, en el mismo lugar donde lo había encontrado. Pero, ahora sentía lástima. Quería encontrarla, de nuevo, ver sus hermosos ojos escarlata.
Agarró el objeto con fuerza mientras se dirigía junto al dependiente.
Asriel, al parecer, también había terminado de decidirse. En la mano llevaba una pequeña carcasa cuadrada, era de un tono agradable de celeste, sin ninguna decoración, con la excepción de un lazo blanco que lo rodeaba hasta atarse en un pequeño lazo en forma de flor.
-Hey…
Asriel asintió suavemente al saludo. Con un movimiento de cabeza, dejó pasar en primer lugar a Sans.
-No tienes que ser tan cortes, ¿sabes? Príncipe, ni que estuviera luchando por tu trono.
Él curvó los labios en una diminuta sonrisa. Nadie sabía cómo comenzó, pero de la nada, Asriel había pasado a ser el "Príncipe" de su grupo de amigos. Quizás era por su increíble apariencia, según la mayoría de sus seguidores, o podría ser de su helada personalidad, que atraían, sin sentido alguno, a más personas a sus fans.
-No es eso, solo… ¿distraído?
-Un romántico empedernido ¿eh? Nadie se pondría así de nervioso por un día como este.
Los dos miraron sin interés al dependiente. Para Sans, no era necesario que se lo explicase, conocía al matrimonio Dreemurr, si algo había sacado de ellos Asriel, no era solo la apariencia, sino el cariño por las series rosa.
-Bueno, bueno, no me miréis así, yo solo lo decía.
-No era necesario el comentario. Ya estoy preocupado por si es el regalo correcto para mi persona preciada, no necesito distracciones ajenas.
Asriel le miró fijamente mientras hablaba. No le temblaba la voz. El dependiente, sonrió nervioso mientras revisaba la caja, con un vistazo, marcó en el ordenador lo que parecía corresponder al objeto que tenía dentro y se volvió hacia ellos.
-Bueno, tu amigo no parece del todo hablador, ¿y tu? ¿Que llevas allí? A ver… ¿estás seguro…?
Sans elevó los hombros sin dudar, aunque no la encontrase, sabía que ese regalo sería idóneo para la Genocida.
-¿Algo mal?
-Un regalo bastante curioso.
-¿Eso es así, Principe?
-Solo digo que es curioso, Sans, no tengo ningún pensamiento más.
El rubio dejó caer sus ojos en el termo. Ya le había dado el dinero que debía al hombre de la tienda. No tendría por qué estar esperando al otro, mas, le parecía algo descortés irse así sin más.
-Amigo, de verdad, que gusto más raro tienes. Yo no diría que sea una curiosa elección, si no una muy mala elección. Es para ti ¿no? Porque dudo que nadie le guste eso, yo casi que …
-No. Es para mi amante.
Los otros dos abrieron los ojos a las palabras de Sans, él casi estuvo tentado de reírse por ello.
No tenía la intención de darle ninguna explicación al dependiente, era su compra, ¿que más le importaba a él? Pero, las palabras salieron de sus labios sin que él lo pudiera impedir. Se sentía a gusto decir aquello, aunque, más le gustaría si eso no fuera un pequeño engaño.
-Amigo, no creo que debas darle eso. A nadie le gusta, ¡y menos como un regalo de San Valentín! ¿Quieres que te dejen ahora mismo?
-Realmente curioso…
Sans dejó el dinero sobre la mesa con una sonrisa. Sería un sentimiento agridulce si no encontrase a la Genocida ese día, pero, por lo menos, podía fingir que era su amada durante unos minutos.
Él y Asriel dejaron al dependiente atrás, con los ojos desorbitados y la cara algo más pálida que cuando entraron en la tienda.
-No puedo evitar pensar que si es un regalo extraño. No por el diseño en sí, conozco a alguien que mataría por él si le gustase el café, pero siendo ella la excepción, realmente es un regalo bastante poco romántico para un amante.
-¿A si? No lo pensé demasiado, solo me recordó a ella. Pero, muy curioso estás tú por mi pareja, Príncipe. Yo pensé que todavía no tendrías, ¿cómo has dicho? una persona apreciada, si no, tu séquito estaría linchando su casa con un mar de lágrimas y el fuego de su…
-¿¡Chara…!?
Asriel interrumpió a Sans drásticamente. Sus manos comenzaron a temblar mientras hacía lo imposible por esconder aquella caja entre sus ropas, mas, no le dio tiempo, ella le vio y sus ojos se volvieron fríos.
El albino no se molestó en darse la vuelta, no le interesaba los problemas de amantes desconocidos.
-¡Chara! ¿Qué haces aquí?
-¡Azzy! ¿Qué es lo que has guardado? ¡Lo vi!
Sans abrió los ojos mientras escuchaba a la chica derramar esas palabras enfadadas. Esa voz estada tanto tiempo rondando su mente, que en cualquier lugar habría llegado a reconocerla.
No tuvo que girarse, porque, en algún momento, Chara había llegado con pasos apresurados a su lado sin que él lo hubiera notado.
-¡No es lo que parece!
-¿¡Como que no!? ¡No puedes casarte con nadie! ¡Azzy!
-¡Que no…!
Entre sus palabras, Sans escucho como su alma quedaba vaciada. ¿La Genocida era la persona más preciada del Príncipe? ¿El sentimiento era mutuo entre ellos dos?
El albino dio un paso para atrás cuando vio como la chica con quien había estado suspirando meses, se acercaba a otro hombre, estaba furiosa sí, pero, estaba furiosa porque su amante parecía que la estaba engañando…
Chara estaba molesta. Muy molesta. Furiosa. Su hermano había comprado una tonta caja de seda, típica de las que se guardan los anillos de matrimonio. Era ridículamente linda. Y la situación lo era aún más ridícula.
Ella no iba a dejar que su hermano se casara con un desconocido cualquiera, ni, aunque fuera conocido. Ella no iba a dejar que se casara con nadie. Cualquier persona no sería lo suficiente bueno para Asriel.
Agarró la sudadera de él mientras forcejeaba. Se sentía muy mal, impotente. Sus ojos no lloraban, pero sentía que en un instante el aire dejaría de alcanzarle a los pulmones. Que no podría aguantar lo que sea que estuviera sintiendo.
-¡Chara…! ¡Lo prometo! ¡Por favor, Chara!
Asriel la abrazo sin saber que hacer. Era complicado por la diferencia de tamaños, pero, era lo único que se sentía correcto. Él si comenzó a llorar. Quería que fuera un increíble 14 de Febrero, mas, lo termino arruinando todo.
-Hermana… escúchame… por favor
-¡No…!
El rubio siguió con sus brazos firmemente aferrados a la chica. Como si le costara separarse, separo un poco sus manos para abrir la caja. De ella salió una pequeña pulsera dorada de hojas y flores. Cada una de las flores tenían de pétalos pequeños cristales rojos que la hacían relucir a la luz del Sol, como si las flores estuvieran hechas de sangre oscura.
-Lo siento… solo, quería encontrarte algo perfecto.
-¿No te vas?
-¿Quieres que me vaya? Yo…
-¡No! Tonto… tonto, tonto, bebe llorón.
Ambos se quedaron quietos en un incómodo abrazo. Alzándose de puntillas, Chara limpió las lágrimas que habían estado cayendo por el rostro de su hermano.
-Realmente, un bebé llorón.
-¡Hermana…! Delante de todo el mundo.
-¡Quien se atreva a decir algo… oh!
Al girarse, vio ahí paralizado a Sans. De la nada, los recuerdos de aquel día en la cafetería alcanzaron su cabeza.
-¡Tú…! ¡Comediante!
Chara se volvió roja al instante. Con un rápido movimiento de separó de Asriel, tambaleándose antes de poder mirarle bien. Qué vergüenza. A modo de peine, utilizo sus manos para poner a sus cabellos en orden, no serviría de mucho, pero se sentiría menos patética de esa manera.
-¿Chara… que….?
Asriel quiso volver a abrazar a la mujer, se sentía confundido porque de un momento a otro se había apartado, aunque, aún más se sentía cansado por las lágrimas que había dejado caer.
Sans, que seguía sin reaccionar, intentó entender lo que acababa de pasar. No eran amantes que estaban peleando… si no, ¿hermanos? ¿Qué clase de broma era aquella?
-Espera… ¿Genocida?
-Nos vemos de nuevo, cabeza de algodón.
El termo cayó de las manos del albino. Estaba muy confuso. Ya no solo por la relación que podían tener aquellos dos, no se parecían absolutamente en nada, en si, se encontró pensando que, si hubiera ido a algunas de las quedadas que se celebraban en la casa de los Dreemurrs, se hubiera encontrado con ella mucho antes.
Sans colocó de nuevo su sonrisa característica. Estaba avergonzado también, y decepcionado, mas, su corazón parecía haber decidido que ese era el mejor momento para latir como un loco.
La mujer miró como el objeto rodaba a sus pies. Al agacharse, dejó caer las flores que había guardado en sus bolsillos. Que mal momento era aquello.
Él alzó una ceja divertido.
-No me imaginé que fueras tan sentimental Genocida, pero, después de esto y las flores. Tengo que cambiar mi punto de vista.
-No soy sentimental, Comediante… solo… da lo mismo.
Chara se levantó como si nada. En una de sus manos llevaba el termo mientras con la otra agarraba el resto de flores que no se habían caído de sus vaqueros.
Era una completa estupidez porque los había recogido.
En el parque, siendo primavera, los almendros estaban en su punto álgido de la floración. Sus pétalos blanco algodón, no había hecho más que recordarle sobre algo que se le olvidaba, y para intentar rememorarlos, se los había guardado en sus bolsillos, por si en algún momento del camino sus recuerdos perdidos llegaban.
Ahora, comparándolos con la base, casi se sentía mal por haber estado tanto tiempo buscando los pétalos con menos imperfecciones. De cualquier manera, nunca hubiera encontrado algo tan puro como él cabellos del Comediante.
Chara se sintió cohibida cuando Sans se acercó. Su hermano, y todo el drama que habían montado, seguía muy fresco en su cabeza. Y que el albino estuviera a escasos metros de ella no mejoraba nada.
-Supongo, que, si has aceptado el regalo del Príncipe, no te importará aceptar el mío, ¿no crees?
-¿Y qué sentido tiene eso, Comediante? Además, un regalo en San Tontín…
Sans solo sonrió de vuelta. No sería sus mejores palabras, pues, se sentía un poco entumecido y sediento a la vez. ¿Y Chara? La Genocida estaba de vuelta a su vida, como un errático torbellino rojo, tal y como la primera vez quede encontraron. Eso era lo importante, ya, esperaba, no tendría tanta sed por ella.
Él señaló el termo en las manos de Chara. Y cuando ella lo miró, su cara pasó de una bonita sonrisa de suficiente, a otra más brillante, para después cambiar a una de burla.
-Odio el café… ¿sabes?
Chara se rio fuertemente. En cambio, la expresión de Sans cayó drásticamente.
-A Azzy es el único a que le gusta, por eso estaba allí ese día. ¡Lástima!
El aludido apartó su rostro. Se sentía algo incómodo al ver esa interacción. Sans había comprado el termo de café que le gustaría a su hermana, mientras que ella lo odia esa bebida con fuerza, además, siendo ese día exacto del mes ¿eran otras las intenciones?
Él no aguanto más la sensación. Con la cabeza algo gacha y agarrándose a la manga de su hermana, quiso irse marchando de nuevo a su casa. Nunca debería abandonado en primer lugar.
-En cualquier caso, me lo quedaré, servirá para el té, pues. Te daré un mejor regalo en el día blanco.
Chara dejó caer los únicos pétalos sobrevivientes en la cabeza del albino. Tenía una enorme sonrisa, que casi le dolía. Pero se encontraba raramente feliz.
-Me recordaron a ti, Comediante. ¡Nos vemos!
Antes de ser arrastrada por su hermano, la castaña dejó un sonoro beso en la comisura de los labios de Sans. Eso si era algo que había querido hacer ese día que se encontraron en la cafetería.
-¿¡Chara!? ¿Por qué le has dado un beso?
-¡Yo…! ¡Yo qué sé!
-¡Ya te lo dije Príncipe! ¿Recuerdas? ¡Es mi amante!
Aunque estaban peleándose a lo lejos, Sans no se contuvo en gritar aquello. Estaba encantado.
Ahora, San Valentín no tendría el sabor amargo de los celos, para ambos, se había convertido en un día con sabor a café ese 14 de Febrero.
-3
¡Por fin! ¡Ya está terminado!
No estaba muy segura de si publicar estas últimas partes, eran escenas casi caóticas, sin cohesión ninguna en mi mente, pero, como pertenecía al oneshot ya publicado, me sentía mal dejándolas solas en mi cabeza.
Así pues, como siempre: si no entendéis algo estaré orgullosa de explicarlo lo mejor posible.
¿Sabéis que? No pensé que sería tan largo, eran escenas rápidas, flashes que aparecieron en algún momento después de rememorar el oneshot que tontamente creí que, como mucho, en 1200 palabras estarían terminando. Pero, nada. Que el epílogo, o el especial Sans Valentín como queráis llamarlo, sea más largo que el propio fanfic siempre me hará gracia. xD
En cualquier caso, aunque estaba planeado para ser publicado en Febrero del 2022, se ha retrasado un poco, (un añito solamente, nada del otro mundo) para el 2023.
Curioso ¿no? Además, que lo empecé en febrero de ese 2022, y lo terminé en Agosto del mismo año, ¡un récord para mí en terminar un fanfic!
Bueno, ya está, que me explayo demasiado.
Me alegro que hayáis leído el especial por completo, y si no habéis leído esta nota también me alegro, ¡nos veremos en la próxima!
¿Cuándo será? ¿Quien sabe? Jijijijijijii
