CAPÍTULO LVII
Gojō estacionó el auto en el mismo lugar donde días atrás le disparó a Sukuna.
Miró a Yūji. Tragó saliva con dificultad.
¿En verdad estaba a punto de despertarlo para decirle todo lo que su maldito clon bastardo le indicó? Pues sí. Era preferible eso a dejar que se enterara por terceras personas.
No pegó el ojo en toda la noche por meditar cómo reaccionaría el otro. El escenario más optimista era en el que perdían la relación que tenían y, a su juicio, era lo que estaba a punto de suceder. Odiaba hacer cosas que sabía que pasarían. Acostumbrado a que todo resultara favorable para él, eso era un golpe directo a su intelecto y a su moral.
Aflojó los puños que mantenía presionados sobre los pantalones de forma inconsciente.
—Yūji. —Movió la pierna del muchacho—. Yūji —repitió, esta vez, sacudiéndolo con cuidado por el hombro.
El nombrado abrió los ojos con lentitud.
—¿Tan rápido llegamos? —La pesadez de dormir menos de dos horas era evidente en su semblante. Necesitaba estirarse.
Gojō se inclinó sobre él para frenarlo por la muñeca y evitar que saliera.
—¿No vamos a bajar? —Veía una casa cerca y su novio le comentó que lo iba a «llevar a un lugar», siendo ésta la única construcción cercana, era evidente que quizá pasarían la mañana o la tarde allí.
Pese a que los lentes oscuros le privaban a Yūji de cierta información corporal que podía obtener de su pareja, apostaría lo que fuera a que algo engorroso rondaba la cabeza Gojō. Tal vez era un problema de adultos de esos que nunca le contaba.
Una punzada de tristeza lo embargó. Darse cuenta de la preocupación de la persona que amaba y que no le mencionara palabra alguna, era duro para él. Se preguntó si con el tiempo lograría que el otro exteriorizara las tribulaciones que atravesaba. Quería escucharlo, apoyarlo. ¿Cómo hacerle entender eso sin sonar invasivo?
Para aliviarlo un poco, y aprovechando la cercanía, pensó que besarlo sería una buena idea. Gojō disfrutaba mucho ese tipo de contacto. No obstante, el susodicho se apartó antes de siquiera concretar el acto.
—Verás, Yūji —suspiró, al tiempo que se recargaba sobre el respaldo del asiento—, hay muchas cosas que no sabes sobre mí… Cosas que, ya sabes, uno hace cuando es joven e inexperto.
Yūji se mantuvo a la expectativa. Tenía la misma sensación de las veces en las que Nanami los sermoneaba a él y a su hermano.
—No tiene que hacerlo.
Gojō volteó, mandando por la borda las palabras que eligió con cuidado
—No tiene que contarme. Sé que tuvo su pasado y… —No logró terminar la frase. Se le hizo un nudo en la garganta al notar las tensas facciones de su pareja. Supo que era algo que Gojō debía decir.
Bajó por instantes la mirada. Asintió y guardó silencio, manteniendo la atención.
—Cuando yo tenía unos —empezó Gojō—, quince años, mis padres fallecieron y, por cosas del destino, me volví parte de una organización yakuza conocida como la Familia Kamo…
Le contó absolutamente todo: el cómo sus joyerías pasaron a ser parte del lavado de dinero (y que todavía lo eran); sus antecedentes como asesino, siendo instruido por Nanami; que en sus manos yacía la sangre de la familia de Megumi y que se quedó con él a modo de trofeo por haberle cortado la cabeza a Tōji.
Le comentó de sus alocados deslices lujuriosos, como aprovechar un harén, aunque sin entrar en detalles de sus actos y omitió el hecho de haber destazado a una mujer que alegó estar embarazada de él.
Le explicó que, a raíz del disparo en la cabeza, terminó desarrollando trastorno de identidad disociativo —diagnosticado por el padre de Shōko—, y creyendo que eso podía representar un peligro para su mejor amigo, Suguru Getō, decidió alejarse de la familia Kamo; se lo debía, era como un hermano para él.
Tocó cada punto de cómo eran los vínculos de los Kamo, desde los nexos políticos hasta los hospitalarios y académicos; evitó los temas familiares, como el que la madre de los gemelos seguía viva y era la hermana mayor de Getō.
Le dio un resumen de su éxodo para abandonar la yakuza y el cómo eso se vinculó con el evento que le desgració la infancia a Megumi; le platicó cómo se aprovechó de ello para interferir su relación con Sukuna y, de ese modo, forzarlos a enfrascarse en lo suyo, pues los quería lejos de Yūji en la época en la que aún lo cortejaba o, cuando menos, eso pretendía.
Incluyó detalles que no formaban parte del acuerdo con Sukuna. No quería tener más secretos con Yūji. Si estaba haciendo de su conocimiento los puntos más escabrosos de su vida, mínimo que la conociera con mayor profundidad que cualquiera; de ese modo ni Getō, Sukuna o Nanami, podrían manipular la historia a conveniencia en caso de que decidieran hacerlo.
Al finalizar, Gojō hizo lo que nunca en la vida: silencio.
Yūji parecía mirar al abismo. Tanta información de golpe no podía ser cierta. Conocía a Gojō, era un bromista empedernido. ¿Por qué no saltaba a decir que todo era una anécdota muy elaborada porque quería ver su cara de desconcierto?
—Sensei, yo… Esto es… —Las facciones de su novio eran tan serias, tan decididas y firmes, que en el fondo sabía que no se trataba de ningún cuento inventado.
Se llevó una mano a la frente y fijó la vista en una parte poco interesante del tablero del auto.
—Una cosa más… —habló Gojō, extendiendo el brazo para abrir la guantera, dejando ver un arma y la jeringa que el día anterior usó en Sukuna.
A Yūji se le bajó la temperatura de golpe. Había visto una cantidad importante de películas para asumir que, ahora que conocía la verdad, su existencia sería borrada de la faz de la tierra.
—A tu hermano y a mí no nos asaltaron ni lo apuñalaron —declaró—. Le disparé. Luego, lo llevé donde Suguru para que lo atendieran. Si hubiera tomado la opción incorrecta y hubiera decidido involucrarse con la yakuza, no lo habría dejado vivo.
Al oír eso último, el mundo de Yūji dejó de girar. Escuchó sus propios latidos acelerar a una velocidad vertiginosa. Tomó al otro por el cuello de la camisa, arrugándola a causa de la fuerza que imprimió en cada uno de sus dedos.
—Yūji —fue lo único que Gojō alcanzó a susurrar al toparse con aquellos ojos fieros y asesinos que se clavaron en los suyos, produciéndole un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
«Me lo merezco» pensó, al tiempo en que el puño del chico se alzó por delante de sí.
Apretó los dientes y cerró los ojos. Desvió el rostro y esperó recibir un golpe lleno de ira y rabia que, de un momento a otro, llegó, mas no contra sí. Levantó los párpados al instante en que la puerta del auto se cimbró a sus espaldas. Un par de gotas de sudor frío se le deslizaron por la sien ante el alivio de no haber recibido toda esa cólera concentrada.
—Le confié… todo —dijo Yūji sin soltar su agarre—. Todo de mí y lo que me importaba. —El coraje secaba su garganta y le hacía temblar los puños—. ¡Y casi lo mata! ¡A mi úni…!
Se obligó a cerrar la boca y se mordió un trozo de la lengua para que el dolor lo mantuviera en sus cabales.
Negó con la cabeza. Soltó un bufido antes de proseguir.
—Pero, claro, ¿qué más podría importarle? Como si alguna vez algo o alguien lo hubiera hecho. —Por más que quisiera romperle la nariz, la violencia no era la solución a sus problemas; tal vez a los de Sukuna, pero él era totalmente distinto a su gemelo—. Ok, lo tiene todo y nadie lo puede tocar. ¿Es por eso que hizo todo esto?
Gojō se mantuvo a la expectativa. No quería arruinar nada más hasta que el otro terminara de explicarse.
—Estuvo jugando a la escuelita en el trabajo y a la casita con Fushiguro… Sensei, ¿salir con alguien trece años menor también fue divertido?
—Aguarda, Yūji —replicó al instante—, lo estás entendiendo mal…
—¡¿Exactamente qué es en lo que yo estoy mal?!
Gojō reparó un segundo. Decirle que se tranquilizara, respirara y escuchara con atención era, en definitiva, una pésima idea.
—Antes —prosiguió—. Meses antes dijiste que no debería haber secretos entre nosotros, ¿no es verdad? Eres la primera persona a quien le cuento todo esto y…
—Oh, por favor —escupió con una pesada ironía.
—Sabía que si eras tú, lo entenderías. Justo porque eres tú, Yūji. Eres especial.
Yūji sabía que mucha gente lo llamaba «especial» sólo para no decirle «idiota». Asimilarlo en ese instante no fue lo mejor que su cerebro pudo haber hecho.
Abrió la puerta del auto.
—Yūji. —Gojō hizo lo mismo. Ver los ojos dolidos y vacíos de su muchacho era algo que no podía tolerar—. ¡Yūji!
—Regrese al auto —indicó, sin muchos ánimos de seguir la conversación.
—Sé que puedes estar pensando que todo esto es una completa farsa, pero te juro que cada palabra de lo que acabas de oír es…
—Sensei —con una voz un tanto más seria y grave, detuvo al otro—, no sé qué le hace pensar que quiero seguir discutiendo aquí afuera, pero si alguna vez, por pequeño y remoto que fuera el sentimiento, llegó a sentir cualquier cosa por mí, se va a meter en ese auto y me va a dejar tranquilo.
Gojō no tenía ni la menor idea de cómo actuar. Con cualquier otra persona se molestaría y partiría del lugar. Él no le rogaba a nadie. Sin embargo, Yūji no era cualquier persona y al ver que este le pedía sólo una cosa, por primera vez, decidió hacer caso a las palabras ajenas, esperando no equivocarse más.
Se encerró en el carro y se limitó a ver de reojo al muchacho, como si la desesperación no lo carcomiera por dentro.
Yūji respiró profundo. El aire del lugar no parecía ser suficiente para sus pulmones y, pese a tener un amplio espacio para correr, se sentía acorralado, pequeño e impotente.
Su mente, sus sentimientos, todo era un completo caos. Creía que mantener una relación con un hombre adulto no sería complicado, salvo por los percances de la edad y el trabajo, pero todo eso se le estaba escapando de las manos… No. De hecho, nunca tuvo la oportunidad de manejar la situación. La soga de la que creyó tirar, en realidad, se enredaba sobre su cuello y estaba a punto de ahorcarlo.
Fijó la mirada en la casa y se dispuso a explorar los alrededores para intentar desviar la frustración y regular la respiración que desde hacía tiempo se hallaba agitada.
Tras dar dos vueltas a la construcción, se sentó sobre uno de los escalones de la entrada. La ira explosiva del inicio ahora era un remanente pesado de inquietud y desasosiego en cada fibra de su cuerpo. Si bien explotó ante la idea de que su hermano pudo ser asesinado, el demonio ese se encontraba vivito y coleando.
Experimentó un amargo remordimiento al haber estado a nada de golpear a Gojō. Iba a hacerlo de verdad; no obstante, en milésimas de segundo un sinfín de risas, besos y caricias brotaron de sus recuerdos. Le gustara o no, Gojō era su pareja, y le dolía pensar que todas esas memorias no eran más que engaños.
Tuvo la idea de que estaría mejor en casa y una vez que hablara con Sukuna podría aclarar sus pensamientos. Por desgracia, el bastardo de su gemelo también lo había engañado y le había visto la cara en más de un sentido, pues, por lo que le acababan de decir, Sukuna ya se hallaba al tanto de la situación.
Si lo analizaba con detenimiento, Gojō y Sukuna no eran muy diferentes. Ambos le habían mentido y, aunque en distinto nivel, tenían un nexo con el bajo mundo.
Tal vez estaba siendo demasiado injusto al darle una oportunidad a Sukuna, pero no a Gojō, pues éste último lo había puesto al corriente de algo que su hermano, su propia sangre, decidió ocultar. Si no se hubiera enterado de nada hasta dentro de diez o veinte años, existía la posibilidad de que Sukuna terminara igual o peor que Gojō. ¿Y qué sería de ellos entonces? No quería ni imaginarlo.
Volvió la vista al auto. Había utilizado chantaje emocional barato para dejar a su pareja allí. Se sentía patético.
«¿Qué se supone que debo hacer?». Era la primera vez que experimentaba emociones fuertemente contradictorias en menos de una hora.
Pese a no haber ni un solo ruido, el camino de regreso fue todo menos tranquilo. La música apagada. La conversación muerta. La tensión en el ambiente.
Gojō intentó animar el asunto al sugerir una parada para comer. Yūji argumentó que no tenía apetito.
El tiempo que parecía volar cuando estaban juntos, comenzó a ser difícil de sobrellevar; similar a intentar salir de una fosa con un denso barro en el que se hallaban sumergidos por encima de la cintura y, cuanto más pelearan, más se hundirían.
Al llegar a la casa de los gemelos, Gojō se atrevió a romper el mutismo mientras el otro desabrochaba el cinturón y bajaba del vehículo.
—Ah, Yūji, teníamos planes para mañana, ¿recuerdas? —Era fin de semana—. Me preguntaba si…
—Sensei —le cortó—, no sé si lo está haciendo a propósito, pero necesito pensar en lo que va a ser de nosotros, ¿sabe?
—O-oh… Claro. Claro. ¿Entonces…?
—Agradecería que no me buscara.
—¿Hasta…?
—No lo sé. —Encogió los hombros—. Sólo… Sea paciente.
Cerró la puerta previo a emprender el regreso a su hogar.
No se consideraba inmune a los ojos de perro abandonado que le puso Gojō al verlo partir, mas no podía ceder ante esos pequeños gestos que más de una vez lo conmovieron. Le dejó un mal sabor de boca dudar sobre si Gojō llegó a fingir ese tipo de detalles.
Vio los zapatos de Fushiguro en la entrada. Por suerte, no se topó con nadie en el trayecto a su habitación.
Consideraba irreal lo que acababa de vivir. Era cierto que podía ser algo despistado y, hasta cierto punto, manipulable, pero no era tan imbécil para creer que la historia de Gojō era cien por ciento cierta. Si la contaba en una estación de policía, se reirían de él y le dirían que dejara de ver tanta televisión o se le pudrirían las neuronas e inventaría anécdotas más irrisorias. En el peor de los casos hasta le harían un antidoping para cerciorarse de que estuviese en sus cabales.
La vibración de un nuevo mensaje atrajo su atención al bolsillo del pantalón. Soltó un profundo suspiro y una presión estrujó su estómago al imaginar de quién se trataría. Se relajó tras ver el nombre del remitente.
Nanami Kento
¿Cómo le fue a tu hermano con la retirada de los puntos?
¿Se encuentra mejor?
Yūji tuvo una revelación divina.
Había alguien con quien podía contar. Una persona capaz de aclarar todas sus dudas. Un hombre que, al parecer, conocía de años a Gojō y no carecía de honestidad.
Sin duda, fue una señal el recibir ese mensaje y no tener planes para el día siguiente.
—¡Nanamin! Buenos días —saludó Yūji con un gesto de mano.
—¿Sukuna no quiso venir? —inquirió, previo a dejar pasar al otro y cerrar la puerta a sus espaldas.
—Digamos que anda algo ocupado con Fushiguro.
Nanami dejó escapar el aliento con fatiga. No indagaría más. Era evidente dónde acabaría esa plática.
—Toma asiento. Recién terminaba de preparar el desayuno.
—¿Necesitas ayuda con los platos?
—No hace falta.
Durante la comida, Nanami escuchó a Yūji ponerlo al día con esa parte del mundo estudiantil que se daba poco tiempo en explorar; las últimas películas en cartelera, las canciones del momento, los trends de redes sociales (algunos los había hecho el chico junto a Gojō), hasta que cambió el rumbo de la conversación.
—Por cierto, Nanamin, yo… Necesito consultarte algo.
—Adelante. —Se ajustó los lentes. Desconocía si su percepción era mala, pero el muchacho pasó a tener un semblante más atribulado. Desde que entró a la casa parecía estar acompañado de un aura extraña y supuso que había una razón de peso para ello. Se enorgulleció de haberlo notado—. ¿Qué ocurre?
—Antes, ¿puedes prometerme que me contestarás con la verdad?
—Por supuesto. ¿Por qué habría de mentirte?
Yūji dudó. Para obtener las respuestas que buscaba también debía dar algo a cambio: información. Esperaba no sonar como un maldito loco.
—Gojō-sensei —empezó, mirando sus propios dedos entrelazados sobre la mesa—, me contó sobre la familia Kamo…
El universo de Nanami comenzó a ser tragado por un inmenso y peligroso agujero negro. Yūji lo puso al tanto de la información que conocía con lujo de detalles, omitiendo su relación sentimental.
Al finalizar, sólo ansiaba agarrar la cabeza de Gojō y patearla hasta que tronara. Yūji sabía demasiado y, si no fuera sobrino de Getō, aquello sería una plática suicida. Según el protocolo de la yakuza, no podía dejarlo ir con tanta precisión de datos.
—Todo eso, ¿en verdad es cierto? —preguntó Yūji, el rostro suplicante por una negativa.
Dada la cantidad de eventos importantes y su especificidad, sería ridículo que Nanami lo negara.
—¿Por qué demonios Gojō te dijo todo eso? —pensó en voz alta, suprimiendo la frustración y la rabia para no explotar en ese instante.
—Él… —dudó en comentarlo—, prometió que no habría secretos entre nosotros y, bueno…
—No tenemos tiempo para vacilar. Explícate. —Gojō no dejaría libre a alguien tras haberle contado tanto. Así que, ¿por qué? Algo se le estaba escapando y, aunado a eso, debía averiguar qué tanto peligraba el muchacho.
Yūji apretó los dientes. Le juró a Gojō que no divulgaría su relación con sus allegados durante un tiempo, pero, ¿cuánto más? Aparte, si buscaba información de Nanami, ¿no sería justo dejar de ocultar al menos eso?
—Lo que pasa es que, Gojō-sensei y yo, llevamos saliendo poco más de un año y…
—¿Qué? —Las facciones de Nanami se deformaron para dar paso a la incredulidad y la repulsión—. ¿Estás saliendo con un treintón?
—¡¿De verdad eso es lo que te sorprende?! Hello. Tierra a Nanamin. Mi novio me da clases de matemáticas los martes, jueves y viernes. ¡Y nunca nadie notó que es un mafioso millonario psicópata asesino! ¡Es absurdo! Ni en las novelas más malas y de bajo presupuesto pasan este tipo de cosas. ¿Qué sigue? ¿Descubrir que tengo un tío perdido? ¿Que mi mamá está viva? ¡Por favor!
El shock fue evidente en los ojos de Nanami. Las piezas que le faltaban al chico para terminar de armar el rompecabezas eran pocas y las encontró en un ataque de histeria e indignación.
Irónico.
—Dame un respiro —dijo para sí, al tiempo que sacaba un cigarro y encendedor del bolsillo de la camisa—. ¿Quieres uno? Lo vas a necesitar.
Estaba a punto de platicarle algo que requería mucha calma para su asimilación, ¿y qué mejor que contar con la ayuda de la nicotina?
