Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 36
POV Bella
Una semana después de que dan de alta a Levi de cuidados intensivos, Emmett y Rose me invitan a su casa para conocerlo oficialmente.
Paso la primera parte del día cocinando y horneando unos cuantos platillos para ellos, y entre que cocino, me tomo mi tiempo alistándome para una cena con Pete y Maria hoy más tarde.
Anoche Edward me invitó a ver tocar a una de sus bandas locales favoritas. Estuvimos parados muy cerca entre la multitud que había agotado las entradas, sin tocarnos, pero la consciencia que teníamos el uno del otro… me mató. Fue algo eléctrico. Apenas pude concentrarme durante el concierto.
Cuando terminó y empezamos a salir lentamente del recinto con todos los demás asistentes, Edward me puso una mano en el hombro y me dio un suave apretón para llamar mi atención. Lo miré y señaló hacia el otro lado del recinto para decirme que había visto a su amigo Pete. Me agarró de la mano y nos guio entre el mar de gente hasta que llegamos a donde estaba su amigo.
Nuestros dedos permanecieron entrelazados durante todo el tiempo mientras me presentaba a Pete y a su esposa Maria. Cuando ella sugirió que nos juntáramos para cenar, Edward me apretó la mano dos veces y me miró en busca de una confirmación.
Dije que sí, por supuesto. No podía desaprovechar la oportunidad de conocer al hombre al que Edward admira tanto y del que habla tan bien. El hombre que le está dando una segunda oportunidad para crear música de forma profesional.
Cuando Edward me contó que Pete le sugirió que empezaran a escribir música otra vez, me sentí encantada por él. Todo lo demás estaba muy en el aire, en cuanto a las giras y los conciertos, pero Edward dijo que solo haría lo que funcionara mejor para él y para nosotros.
Para cuando la comida de Em y Rose está lista, y mi cabello y maquillaje terminados, apenas pasan de las tres de la tarde. Me visto, apilo las tres bandejas cubiertas de aluminio, agarro el regalo de Levi y me dirijo hacia allá.
Me estaciono junto a la banqueta y veo el brillante Volvo negro de Edward en el camino de entrada, el corazón me late tres veces más fuerte al saber que él ya está adentro. Se ofreció a pasar por mí para poder irnos juntos a casa de Pete y Maria, pero se me hizo tarde así que le dije que nos viéramos aquí.
Ahora me arrepiento porque me habrían servido un par de manos extras. Requiero de cierto esfuerzo para cargar todo lo que traje, pero me las arreglo para hacerlo con gracia, usando el codo para tocar el timbre.
Em me abre la puerta con lo que parece ser una mueca en el rostro.
—¿Qué? —exclamo cuando él me quita la comida de las manos—. Mierda —digo en voz más baja—. ¿No debí tocar el timbre? ¿Lo desperté? ¡Perdón! Tenía las manos llenas…
—Está bien —me dice con voz normal—. Levi puede dormir escuchando todo… solo que no de noche.
—Oh, no. —Me río entre dientes y entro tras Emmett—. Te veías mal cuando abriste la puerta, así que no estaba segura.
—Esta es mi cara ahora. La paternidad, ¿eh?
—Suena… grandioso —bromeo mientras Em me abraza con un brazo.
—¿Por qué estás tan arreglada? —pregunta.
Bajo la vista hacia el vestido cruzado en blanco y negro que me puse. Es de tela floral y un tanto coqueto, pero casual.
—No estoy muy arreglada —miento. El vestido es nuevo y tuve que probarme cuatro vestidos diferentes antes de elegir este.
—Llevo tres semanas viviendo en pantalonera. Tal vez ya todo lo que no sea ropa de deporte me parece muy elegante. Otro efecto secundario de la paternidad: nunca más volveré a tener estilo.
—Aw, no seas tonto, Em. Nunca tuviste estilo —bromeo y me enseña el dedo. Señalo hacia la comida—. Mete eso al congelador hasta que quieran comerlos, luego hornéalos por hora y media.
Sonríe.
—Lo dices como si no fuera a devorármelos justo ahora.
—Adelante. Pero guárdale a Rose.
—Por supuesto. Después de lo que vivió, esa mami puede tener todo lo que quiera de por vida.
Se ríe entre dientes y se desvía hacia la cocina. Lo sigo para lavarme las manos, luego me voy a la sala. Al voltear en la esquina, encuentro a Edward sentado en el sofá y cargando a un Levi envuelto en una cobija. La voz de Edward murmura algo mientras le habla, pero no puedo escuchar lo que está diciendo. Me quedo ahí parada y me deleito con la ternura de ese momento.
Después de un segundo, Edward alza la vista y me atrapa mirándolo. El sonido de mis ovarios explotando debió alertarlo de mi presencia aquí. Sonríe suavemente, y me dirijo hacia él, fingiendo que no me muero al verlo con su sobrino acunado entre sus brazos.
—Hola —digo en voz baja y me siento a su lado en el sofá.
—Hola.
Me acerco, mi brazo rozando el suyo, para ver al bebé. Es tan pequeñito y frágil, y ya lo amo.
—Dios mío —susurro, se me hincha el corazón con la emoción—. Es perfecto. —Levi se inquieta y ambos nos quedamos quietos. Luego de que se vuelve a relajar, pregunto en voz baja—: ¿Dónde está Rose?
—Se fue a dar una ducha rápida.
Levi se inquieta otra vez, pero ahora su cara se arruga y empieza a llorar.
—Shh, shh, shh —canturrea Edward en voz baja mientras lo mece—. Shh, shh, mierda. —Ahogo una carcajada y él me mira—. No sé qué carajos estoy haciendo.
—Lo estás haciendo muy bien —le aseguro mientras Em llega de prisa y se para frente a nosotros—. Creí que dijiste que podía dormir sin importar nada —bromeo.
—¿Quizás tiene hambre? —pregunta Em—. Todavía intento entenderlo. Pero sé que el niño tiene buen diente.
—¿Se parece a ti entonces? —comenta Edward.
—Sin duda. ¿Quieres cargarlo? —me pregunta Em.
—Tal vez cuando no esté llorando y que ya haya comido —respondo, tengo miedo de empeorar la situación.
—De acuerdo. Dámelo —le dice a Edward, y se pasan con cuidado a Levi entre sus brazos.
Em rodea la sala, haciendo ruiditos y meciéndose.
—Vamos, pequeño. Veamos si tu mamá ya casi termina. Sé que extrañas sus bubis. Yo también. Y gracias a ti nunca antes se habían visto mejor…
Pongo los ojos en blanco mientras Em desaparece, dejándonos solos a Edward y a mí.
—No puedo creer que tengan un bebé —digo, acomodándome en el sofá. Ahora que Levi no está en sus brazos, no hay razón para sentarnos tan cerca.
—Lo sé. Es una locura. —Se hunde un poco en los cojines, abriendo las piernas. Su rodilla roza la mía, enviando una chispa a través de mi cuerpo.
Mis ojos se mueven por instinto hacia su regazo. Al alzar la vista, encuentro sus ojos verdes en mí. Curiosos. Juguetones.
—Te ves bien. Me gusta tu vestido.
—¿Esta cosa vieja? —Mi estómago revolotea—. Gracias.
Han pasado tres semanas desde que Edward me pidió que saliera con él. Tres semanas de coquetear y acercarnos sutilmente. Tres semanas de Netflix sin el chill porque todavía no hemos cruzado esas líneas.
Seguimos respetuosamente cada uno de su lado de esta línea de algo-más-que-amigos que se ha dibujado. A veces desearía que dejara de ser tan cauteloso. Otras veces pienso que ir lento es mejor.
En serio.
No voy a presionar esta situación tan delicada.
No voy a apresurar su recuperación porque es crucial para nuestra relación hacerlo bien esta vez.
Si todo lo que él puede darme ahora son miradas cargadas y caricias inocentes, eso es lo que aceptaré con felicidad. Pero estaría mintiendo si dijera que al final de nuestras citas no me quedo con un toque de decepción al separarnos.
XXX
Mantenemos corta nuestra visita a Em y Rose. Cargo al bebé Levi, tomamos muchas fotos, y los padres primerizos se turnan para ofrecernos detalles sobre la grandiosa entrada de su hijo al mundo. Rose insiste en que nos quedemos más tiempo, pero puedo notar que está exhausta. Nos abrazamos, me agradece por la comida, y quedamos en regresar pronto.
—Tenemos tiempo antes de tener que ir a casa de Pete —murmura Edward mientras caminamos hacia nuestros carros.
—¿Qué hora es? —pregunto.
Saca su teléfono para revisar y frunce el ceño.
—Oh.
—¿Qué?
—Pete me mensajeó hace rato. Parece que Maria no se siente bien, así que quieren cambiar la cena para otro día.
Se me apachurra el pecho.
—Oh, no. Espero que esté bien.
Teclea rápidamente una respuesta, luego me mira con su mirada cargada de deseo.
—¿Todavía quieres pasar el rato juntos? Puedo hacernos algo de cenar en mi casa.
Asiento, luego digo suavemente:
—De acuerdo.
Dejamos mi carro en casa de Rose y Em, y nos subimos al de Edward. Él agarra el dispositivo de bloqueo de encendido y le sopla antes de encender el carro. Volteo hacia la ventana para que no crea que lo estoy viendo.
—Definitivamente debí sugerir que nos fuéramos en tu carro para evitar este momento tan vergonzoso.
Lo veo y juro que sus mejillas están rojas bajo la incipiente barba.
Le rozo la mano.
—Oye, está bien. No es incómodo.
No lo es. Detesto que se sienta avergonzado.
Se aclara la garganta, luego voltea hacia atrás para salir de reversa, apoyando su mano sobre mi cabeza en el asiento. Lo miro descaradamente maniobrar el volante con la palma izquierda.
Eso me hace recordar todas las veces que viajamos juntos. Me hace sentir nostalgia de manera extraña. No es agridulce, es solo… doloroso y emocionante revivir momentos que me solían encantar con él.
—Pronto me lo quitarán —dice con la mirada en la carretera mientras señala hacia el dispositivo—. Solo debo tenerlo instalado por un año.
—Ya casi cumples el año, ¿eh?
—Solo faltan veintidós días para cumplir un año limpio y sobrio, sí.
Todavía no puedo creerlo.
—Eso es un gran éxito, Edward —digo suavemente, mi corazón se hincha de orgullo y admiración y amor.
—Gracias —dice, con voz muy suave.
—Deberíamos hacer algo para celebrar.
—¿Cómo se celebra un año de sobriedad? —pregunta con un matiz de broma en la voz.
—No sé. Deberíamos ir a algún lugar. Rentar una cabaña en las montañas. O ir al océano. Hará frío, pero…
Se detiene en un semáforo en rojo y me lanza una mirada.
—¿Solo tú y yo?
—O a quien quieras invitar —comento de forma casual, pensando en esa línea dibujada entre nosotros.
El carro se queda en silencio y él está callado, pero mi corazón no.
Se calma solo cuando él toma mi mano y se la lleva a los labios para dejar un pequeño beso en mi palma abierta.
De repente, la línea que estaba presente parece desaparecer por completo con el murmullo de sus palabras.
—Me gusta esa idea. Solo nosotros.
