Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Kanroji se detuvo en la entrada de la pequeña ciudad. Por fin regresaba a su casa, habían pasado años desde la última vez que tuvo la oportunidad de verlos.
La vida de un cazador de demonios era dura y la chica no había tenido casi un momento de descanso. Y, cuando ascendió a Pilar, sus obligaciones aumentaron.
Pero, al menos, cuando el patrón se enteró del compromiso y boda inminente de su hermana, le concedió unos días de vacaciones para poder asistir. Aunque, con el reciente fallecimiento de Tengen, Mitsuri había intentado negarse, no creía que fuera el momento. Pero ni Kagaya ni su esposa se lo habían permitido.
Así que, ahí estaba, de regreso a su ciudad natal, Shizuoka. Avanzó por las calles, mirando los edificios, estaban tan coloridos como los recordaba. Las fachadas de las casas estaban pintadas de colores vivos. Y la gente hablaba animadamente mientras paseaba por las calles. Todo era tal y como recordaba.
Su mirada se detuvo en el escaparate de una juguetería, delante de la cual había un grupo de niños mirando y hablando entre sí con entusiasmo. El exterior de la tienda estaba pintado de un vistoso color rojo y el letrero de un color dorado destacaba mucho.
Se acercó, sonriendo ligeramente. Recordaba la de veces que, siendo pequeña, había hecho eso mismo. Sentía una inmensa nostalgia, esos días quedaron muy atrás. Miró, con cierta curiosidad, los distintos juguetes que estaban expuestos. Había varias muñecas de porcelana vestidas con ropa occidental, aunque la mayoría de las expuestas tenían atuendos orientales. Pero todas eran preciosas, pensó la joven.
Se fijó en las máquinas de escribir que había también. Había pensado en coger algún detalle para sus hermanos pequeños, pero, hacía tanto que no los veía que no estaba segura de que fuera a acertar con sus elecciones. ¿Y si se equivocaba? Ese era su mayor miedo. Originalmente, pensó en coger una muñeca para una de sus hermanas más pequeñas, pero ahora no lo tenía tan seguro, ¿y si resultaba ser un detalle demasiado infantil?
Había comprado ya un reloj de bolsillo como regalo de bodas para su futuro cuñado. Y una cámara para su hermana. Esperaba, al menos, haber acertado con eso. El regalo de su cuñado había resultado especialmente difícil de elegir, confiaba en haber acertado.
Se apartó del escaparate, sintiéndose incómoda por las miradas de sorpresa y desagrado que le estaban dirigiendo los niños. Concretamente a su cabello. En momentos así, era aún más consciente del color inusual de este.
Retomó su camino, tratando de no atraer más atención. Su uniforme, abierto por el pecho, no ayudaba a mejorar su situación. Pero no se había puesto otra ropa porque, a falta de tiempo, sólo había podido empaquetar lo que iba a llevar puesto durante la ceremonia.
Se subió algo la manga de su chaqueta y miró la hora que marcaba su reloj de pulsera. Era más pronto de lo que esperaba. No eran más que las diez y media de la mañana, así que, tenía tiempo de sobra.
Sus padres no la esperaban hasta, mínimo, las doce, pero, si llegaba antes, quizá pudiera ayudar a ultimar los preparativos de la boda que tendría lugar al día siguiente. Sonrió un poco, se sentía orgullosa de la suerte que había tenido Hikari. No conocía aún a su prometido, pero, no le cabía la menor duda, de que sería una buena persona. Aceleró el paso cuando las miradas de los transeúntes fueron demasiado. Odiaba eso, la miraban como si fuera un bicho raro, un monstruo sacado de una feria.Sí, sabía que su pelo no tenía un color normal y que su uniforme enseñaba más de lo debido, pero, ¿era necesario tratarla de esa manera? No les había hecho nada, ni siquiera los conocía.
Tratando de contener las lágrimas y los funestos recuerdos de sus malas experiencias, echó a correr. Había sido mala idea ir. Podía sentir cómo la señalaban con el dedo. Dobló la esquina y se detuvo en un callejón. Se apoyó contra la pared y trató de recomponerse. Limpió con brusquedad sus ojos e intentó serenarse. No podía presentarse ante su familia con mala cara.
No se perdonaría si terminaba preocupándoles en unas fechas tan importantes. Cerró los ojos y trató de acompasar su respiración, al mismo tiempo que alejaba las preocupaciones de su mente. Su hermana necesitaba ver su mejor faceta. Tenía que hacerlo por ella.
Abandonó su escondrijo cuando consiguió sentirse mejor y emprendió la marcha hacia su casa, lo mejor sería llegar cuánto antes ahí.Tenía que llegar al barrio que estaba cerca de las afueras de la ciudad, lo que, al ritmo que iba, le debería tomar, como mínimo, una media hora.
Atravesaba las calles sin apenas prestar atención a la gente con la que se cruzaba, pero teniendo cuidado de no chocar con nadie. Estaba poniendo en práctica la habilidad que, con los años, había adquirido para ignorar los comentarios hirientes. Se había hecho a la idea de que, por su aspecto, no conseguiría casarse. Pero, gracias a las personas que conoció en el Cuerpo, eso dejó de ser importante. Dedicaría su vida a salvar a la gente de los demonios, ese era el camino que había elegido y se sentía orgullosa. Pero eso no significaba que los comentarios de otras personas no hicieran daño.
Podía aguantar un par de días, no sería una misión imposible. Merecería la pena, pues era una oportunidad de ver a su familia.
Sonrió un poco cuando llegó al barrio en el que estaba la casa de su familia. Se sabía el camino de memoria.
Pasó delante de una tienda de flores y se quedó observando los bellos arreglos florales expuestos. Había de todos los colores, incluso con flores que ella nunca había visto antes. Su humor mejoró notablemente tras eso. Aquello siempre le había gustado. Y, siguiendo un impulso, entró en el pequeño establecimiento. Nada más abrir la puerta, la pequeña campana que estaba sobre esta sonó, alertando a la dependienta, que se asomó y sonrió un poco al ver a la joven.
Era una mujer alta, con el cabello negro recogido en una coleta. Sus ojos, de color azul pálido, reflejaban amabilidad. Estaba ligeramente maquillada, acentuando sus facciones. Vestía de manera sencilla. Llevaba un kimono verde, sujeto por un obi de color blanco y una cinta de color naranja.
—¿Eres tú, Mitsuri?—preguntó la mujer acercándose.
—Sí, ¿usted es…?—Mitsuri no sabía quién era esa mujer.
—Himiko Nagasaki, ¿no te acuerdas de mí?—Pese a ello la dependienta no parecía molesta—.Cuando eras pequeña solías jugar mucho con mi hija Aiko.
Kanroji asintió. Por supuesto que se acordaba, había sido una de sus mejores amigas. Aún recordaba la de veces que la defendió cuando otros niños del vecindario se reían por el color de su pelo.
—Me acuerdo, sí. ¿Qué tal está?—Le había perdido la pista cuando, a los catorce años, se casó y se marchó.
—Estupendamente, hace un par de años tuvo ya su primer hijo—le contó la mujer—Ven, vamos a la trastienda y nos tomamos un té.
Mitsuri quiso negarse, pero la otra mujer ya había desaparecido tras la puerta que llevaba a esa parte de la tienda, así que no le quedó más remedio que seguirla.
La trastienda, aunque no demasiado amplia, era tan acogedora como la tienda. Las paredes estaban pintadas de color blanco y, gracias a un brasero, se mantenía el calor bien. Había una mesa de madera en el centro de la estancia, con dos sillas, una frente a otra. La chica se fijó en el aparador que había pegado contra una de las paredes. Era de color blanco, con cuatro cajones. En el otro extremo de la habitación había unas escaleras que conducían al piso superior.
—Voy a por todo. Tú espera aquí, siéntate y ponte cómoda.—Mientras decía eso, Himiko se encaminó a las escaleras y subió, dejando sola a Mitsuri.
La chica se sentó en una de las sillas. No le había quedado más remedio que aceptar su ofrecimiento o hubiera parecido una maleducada.
Suspiró un poco. Había terminado por perder la pista a todos los amigos que tuvo durante la infancia. Aunque sentía cierta tristeza, no lamentaba ninguna de las decisiones que tomó en su momento.
—¿Te he hecho esperar mucho?—Himiko cargaba una bandeja con una tetera, dos tazas, un pequeño azucarero y dos cucharillas. La dejó sobre la mesa y se sentó en la otra silla, frente a la joven
—No, en absoluto.—Mitsuri sonrió un poco. Himiko le pasó una de las tazas después de echarle un poco de té.
—¿Qué tal?—preguntó la mujer —.No te volví a ver desde que te marchaste hace varios años.
—Bien, bien.—Mitsuri dio un pequeño sorbo al té.
—Me dijo tu madre que trabajas, aunque no me dijo a qué te dedicas—comentó Himiko, examinando, con nada de disimulo, su uniforme, reparando en su espada.
—Sí, llevo ya varios años trabajando—dijo la muchacha, sin especificar qué era lo que hacía.
—¿Y alguna propuesta de matrimonio?—quiso saber la mujer.
—No, la verdad es que no—confesó Mitsuri, sonando algo tajante.
Himiko negó, seria—.Vaya, es una pena, con lo buena que eres.
La chica dejó la taza en la mesa un momento—No importa, de verdad.
La mujer suspiró un poco y la miró. Saltaba a la vista que era un tema bastante delicado y, realmente, no podía culparla. Si no le fallaba la memoria, Mitsuri tenía ya casi veinte años y, a esa edad, las chicas solían llevar ya años casadas. Algunas incluso, como Aiko, ya tenían hijos.
—¿Te vas a quedar una temporada aquí?—preguntó curiosa. Mitsuri suspiró y negó.
—Sólo un par de días, no puedo ausentarme mucho de mi trabajo.
—Y, ¿a qué te dedicas para necesitar una espada?
Mitsuri desvió un momento la mirada antes de responder—Formo parte de un cuerpo militar especial—terminó por reconocer, aunque no dio demasiados detalles. Nunca se había sentido del todo cómoda mintiendo, aunque era consciente de que no podía revelar todo.
Himiko fue a decir algo más, pero el sonido de la campana de la tienda las distrajo.
—¡Ahora voy!—gritó la mujer, mirando hacia la puerta que dirigía a la tienda. Las dos se levantaron—.Ha sido un placer volver a verte, Mitsuri. Cuídate, ¿vale?
Mitsuri asintió y fueron hacia la tienda. Mientras Himiko atendía a la clienta que había llegado, la otra chica se fue.
Salió del establecimiento y retomó el camino hacia su casa, la que estaba un par de calles más abajo.
Recorrió deprisa el trayecto restante y pronto estuvo delante del edificio. Era una casa de estilo occidental. Tenía la fachada pintada de color azul cielo, con un tejado de color rojo y estaba compuesta dos plantas. En el piso superior, había dos ventanas que daban hacia la calle.
Se acercó a la puerta y tocó el timbre. Tuvo que esperar un par de minutos hasta que abrieron la puerta.
—¡Mitsuri!—La persona que había abierto no era otra que su hermana Azumi. Aunque a Mitsuri no le dio tiempo a decir nada, pues la otra chica la abrazó con fuerza—.Pasa, pasa—le pidió cuando se separaron.
Mitsuri entró en la casa y se quitó sus sandalias, poniéndose las zapatillas de andar por casa que Azumi le tendió—. Sólo entonces tuvo la oportunidad de ver claramente lo mucho que había crecido.
Azumi era una chica de doce años, con las facciones delicadas, con los ojos de color castaño, heredados de su padre. Tenía el cabello negro y le llegaba hasta los hombros. Lo llevaba suelto, aunque tenía varias horquillas, para tenerlo sujeto y que no se le metiera en la cara.
Llevaba puesto un vestido color azul, con las mangas abombadas. Tenía una cinta blanca a la cintura, atada, formando un lazo en su espalda.
Había crecido desde la última vez que se habían visto, notó Mitsuri, quien sonreía, contenta de volver a verla.
—Yo también me alegro mucho de verte, Azumi—dijo la joven.
—Voy a avisar al resto. Madre y padre han salido con Hikari un momento, pero no creo que tarden en volver—la informó.
—¿Quién era, Azumi?—Un chico se asomó y vio a ambas chicas paradas en la entrada. Nada más a Mitsuri sonrió y avanzó deprisa hacia ella. Al igual que Azumi la abrazó con fuerza.
—¿Daiki?—preguntó Mitsuri. Su hermano había dado un buen estirón desde la última vez que lo había visto.—Has crecido mucho—comentó mientras le revolvía un poco el pelo.
—¡No hagas eso! ¡Ya no soy un niño!
—No importa que tengas quince años, para mí. siempre serás mi hermano pequeño.
Daiki era un adolescente larguirucho. Tenía el pelo negro, corto, y los ojos verdes, al igual que Mitsuri y su madre. En su rostro había varios granos y, si uno se fijaba bien, podía ver en su barbilla algo de pelusilla. Vestía un pantalón largo de color azul oscuro y una camiseta blanca de manga larga.
Azumi rió un poco al oír eso—Vamos al salón—pidió, haciéndose cargo de la situación, y los otros dos la siguieron.
Se sentaron en tres sillones de color crema que había en la habitación y se miraron.
—Madre nos dijo que vendrías, pero no te esperábamos tan pronto—confesó Azumi.
—¿Qué tal?—preguntó inmediatamente Daiki, no dando tiempo a su hermana mayor a decir algo—¿Has matado a muchos demonios?
Azumi hizo una mueca al escuchar esa pregunta. Sus dos hermanos, los gemelos Daiki y Hideki, desde que Mitsuri se unió al Cuerpo, habían insistido en seguir sus pasos. No querían tener la vida, según ellos, aburrida de su familia.
-Unos cuántos, sí—admitió Mitsuri, consciente del rumbo que iba a tomar la conversación e hizo lo posible por evitarlo—¿Qué tal las cosas por aquí?
-Tranquilas, ya te imaginas—dijo Daiki—Bastante ajetreados ahora por la boda de Hikari, pero, por lo demás, nada ha cambiado.
—¿Y Hideki? ¿Dónde está?—preguntó Mitsuri.
—Descansando un poco—respondió Azumi, levantándose de su sillón—Voy a despertarlo.
Sólo cuando se marchó, Daiki adoptó una expresión más seria y miró a su hermana mayor—Tanto Hideki como yo queremos entrar al Cuerpo.
—Daiki, es muy peligroso, no sé si es buena idea.—Mitsuri quería evitar que entrasen, pero el chico negó.
—Ya lo sé, pero ninguno de nosotros quiere heredar el negocio familiar y padre comienza a ponerse pesado ya.
Su padre se dedicaba a la venta de muebles, un negocio que se remontaba a la época de su bisabuelo y que había pasado de padres a hijos desde entonces.
—Daiki, yo… .—Mitsuri no sabía qué decir. En la familia no había más hijos varones y, si los dos hacían eso, el negocio terminaría por pasar al futuro marido de Hikari.
—¡Por favor!—insistió el chico—¡Entrenaremos y soportaremos lo que haga falta!
—¿De qué hablas, Daiki?—preguntó Hideki, que acababa de llegar con Azumi.
Hideki era, físicamente, idéntico a Daiki y, como él, vestía ropa occidental. En su caso unos pantalones rojos y una camiseta negra.
—De que nos deje alistarnos al Cuerpo de una vez. Ya somos lo suficientemente mayores, ¿verdad?
—¿Podemos hablarlo después de la boda, mañana?—Si su padre se enteraba, se pondría furioso y Mitsuri deseaba evitarlo a toda costa. En ese momento, escucharon que la puerta de entrada de la casa se abría y las voces, animadas, de sus padres y Hikari, se escucharon en la entrada.
—¿Nos lo prometes?—preguntó Hideki, bajando la voz para que no le oyesen.
—Sí.
Los recién llegados, tras cambiarse de calzado, fueron al salón y vieron a Mitsuri charlando con los otros tres. Se detuvieron un momento, sorprendidos, pues, ninguno de los ellos, había esperado que llegase tan pronto.
Hisashi, el padre, era una persona corpulenta, de facciones serias y pelo corto de color negro. Tenía los ojos de color castaño y un bigote negro, que le daba cierto aire de elegancia. Vestía, al igual que sus dos hijos, un atuendo occidental, compuesto por unos pantalones marrones, una camisa blanca y una chaqueta azul.
Su esposa, Akiko, una mujer menuda, de facciones dulces y sonrisa fácil, llevaba el pelo, negro, como casi todos en la familia, recogido en un moño bastante elaborado. Sus ojos eran de color verde, al igual que los de Mitsuri. Sonreía contenta de ver a su primogénita. Llevaba puesto un vestido rojo, de manga larga. Era largo y le llegaba hasta los tobillos.
Hikari había heredado las facciones amables de su madre y el color de ojos de su padre. Tenía el cabello de color oscuro, recogido en un moño. Era una joven alta, que aparentaba más edad de la que tenía. Llevaba puesta una blusa blanca de manga larga y una falda negra que le llegaba hasta los tobillos también.
La joven sonrió un poco y se acercó. Abrazó con fuerza a su madre y su hermana, aunque, dudó un poco con su padre, y se detuvo ante él. Pero antes de poder decir algo, el hombre la había atraído hacia él y la abrazaba con fuerza.
—Nos alegra verte, Mitsuri—dijo el hombre, cuando se separaron. Ver a su hija ante él, sana y salva le aliviaba. Vivía con el miedo de que, algún día, ella muriese en alguna de sus misiones.
Por eso mismo se oponía a que sus dos hijos entrasen también en ese ejército. Pero no había conseguido que abandonasen esa idea, en gran parte porque admiraban a Mitsuri y disfrutaban con las historias que ella, cada vez que volvía, contaba.
—Yo también me alegro mucho de veros a todos—admitió Mitsuri, tratando, y fallando miserablemente, de reprimir las ganas de llorar. Varias lágrimas asomaban ya por sus ojos, preparadas para caer. Miró a su hermana pequeña y esbozó una sonrisa temblorosa—¡Enhorabuena por el compromiso, Hikari!
Hikari la abrazó con fuerza en ese momento. Estaba muy contenta de que su hermana hubiera podido acudir. La boda no hubiera sido lo mismo si Mitsuri faltaba.
La familia se acomodó en el salón y comenzaron a ponerse al día. Los padres contando a su hija mayor sobre lo último que había estado ocurriendo en la ciudad, mientras que, Mitsuri, de manera resumida, trataba de relatar los últimos eventos del Cuerpo.
Había intentado evitar mencionar la muerte de Uzui, pero, a juzgar por la manera en la que su padre la miraba, este se había dado cuenta de que no estaba siendo completamente sincera.
—¿Podéis dejarnos solos a Mitsuri y a mí?—pidió serio y el resto de la familia, aunque desconcertados, se apresuraron a obedecer y abandonaron el salón.—¿Qué no nos estás contando, Mitsuri?
—No es nada importante, de verdad.
—Mitsuri.—El tono de su padre no admitía replica alguna y la joven tragó saliva, desviando brevemente la mirada.
Suspiró y le miró a los ojos —Es sólo que…uno de mis compañeros ha fallecido recientemente. Nada extraño—maldijo internamente nada más aquellas palabras dejaron sus labios. Había sonado tan acostumbrada, casi rozando la insensibilidad, pensó mirando los ojos abiertos como platos de su padre. Pero, por desgracia, ese era su día a día.
Hisashi abrió y cerró la boca varias veces, no encontrando las palabras adecuadas para expresar lo que sentía en esos momentos—.Lo hablaremos mañana, cuando la boda acabe—dijo, finalmente, no pensaba zanjar ese tema tan pronto.
—De acuerdo, padre. Si no es mucha molestia me voy a tumbar un poco, estoy algo cansada.—Kanroji deseaba poner fin a esa incómoda conversación y retirarse cuánto antes.
—Adelante. Estás en tu casa.
Mitsuri asintió y se marchó enseguida, dejando a su padre solo en el salón.
Toda la familia se había levantado temprano al día siguiente para comenzar a prepararse para la boda. Habían desayunado juntos y luego, por turnos, se habían ido duchando. Mitsuri había sido la última en entrar y puso especial hincapié en limpiarse en condiciones, lavando su cabello también y secándose antes de regresar a su dormitorio, envuelta en una toalla blanca.
Y ahí estaba, de nuevo, en su dormitorio. Sobre la cama había dejado la ropa que llevaría para el evento, pero aún no había empezado a cambiarse. Llevaba el pelo recogido en una coleta, para la boda iba a llevarlo peinado de manera diferente, descartando sus tres trenzas habituales. En ese momento alguien tocó la puerta.
—¿Necesitas ayuda, Mitsuri?—su madre se asomó y, al ver que su hija seguía sin cambiarse, chasqueó la lengua, algo irritada y entró. Se acercó a la joven, dispuesta a ayudarla.
La muchacha, algo a regañadientes, se retiró la toalla, dejando al descubierto su cuerpo. Akiko se detuvo al ver la enorme cantidad de cicatrices que surcaban la espalda de Mitsuri. Pero no era sólo ahí, sus brazos también estaban repletos de heridas que no habían curado del todo bien.
Mitsuri cogió el kimono y se cubrió rápidamente—Ya puedo yo, madre—indicó. Eso era lo que había querido evitar. Que viera eso—.Ya no soy una niña pequeña.
Akiko suspiró un poco. Ver aquello la había impresionado mucho. No dijo nada y se retiró deprisa de ahí. Mitsuri volvió a mirarse en el espejo y terminó de colocarse bien el kimono verde. Se acercó a la cama y cogió el obi blanco y el cordón rosa.
Con cierta dificultad se colocó primero el obi sobre su cintura, sujetando bien el kimono. Y, cuando acabó, sujetó este bien el cordón. Se miró al espejo y giró sobre sí misma, para asegurarse de que estaba todo bien colocado.
Se relajó al ver que no había nada fuera de su sitio. Abrió la maleta y, de su neceser, cogió un cepillo y, con cuidado, comenzó a peinarse para quitar los enredos que pudiera haber. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, comenzó a recogerlo en un moño, que sujetó con firmeza con varias horquillas negras.
Evaluó el resultado final en el espejo y sonrió contenta. Había quedado mejor de lo que esperaba. Salió de su habitación y fue a buscar a sus hermanas, quería verlas antes de que la ceremonia empezase.
Mitsuri estaba nerviosa. El encuentro previo a la boda con la familia del novio había ido bien, aunque se había sentido bastante incómoda.
El color de su kimono indicaba que no estaba casada y, a juzgar por las miradas reprobadoras de los padres del muchacho, eso no había pasado desapercibido para ninguno.
No les culpaba, hacía mucho que había entrado en edad casadera y aún no había estado prometida siquiera. Ni una sola vez.
—¿Ocurre algo, Mitsuri?—preguntó Azumi preocupada. La chica se había vestido elegantemente con un kimono rosa, un obi a cuadros blancos y rojos y un cordón blanco. A ojos de la mayor estaba muy guapa vestida así.
—No es nada, no te preocupes—mintió Mitsuri. Las dos siguieron al resto de su familia al interior del templo.
El suelo del lugar estaba formado por tarimas de madera de color blanco y las paredes estaban llenas de imágenes de Buda. En el centro de la estancia había un pequeño altar negro tras el que estaba el sacerdote que oficiaría el evento.
La ceremonia dio inicio por fin.
Bueno, y hasta aquí es el décimo séptimo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el décimo octavo capítulo.
¡Hasta la vista!
