Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Makio se despertó temprano esa mañana, se giró y vio que Hinatsuru aún dormía, se incorporó de la cama y fue directa a lavarse la cara al aseo. Apenas había podido dormir y se notaba, comprobó al mirarse al espejo del cuarto de baño.
Tenía ojeras muy marcadas y saltaba a la vista que estaba agotada, física y emocionalmente. Pasaba el día entrenando junto a Hinatsuru con ayuda de las chicas que vivían en la mansión y Shinobu, así que no era algo de extrañar.
Ambas mujeres acababan muy cansadas después de pasar la mayor parte del día fortaleciendo sus pulmones, pero, por la noche, Makio, en lugar de ser capaz de descansar, era asaltada por pesadillas.
En la gran mayoría de ellas Tengen y Suma eran asesinados frente a ella, sin que pudiera hacer algo por salvarles. Era incapaz de mover su cuerpo y se convertía en una mera espectadora.
Solía despertar sobresaltada, a veces gritando, y, en más de una ocasión, terminaba por interrumpir el descanso de Hinatsuru. Esas noches solían terminar con ambas incapaces de conciliar de nuevo el sueño y se limitaban a hacerse compañía en silencio.
En otras pesadillas a la que veía morir era a Hinatsuru. Aunque el escenario variaba, el resultado era siempre el mismo. Pero esas pesadillas sólo hacían que su determinación aumentase, se haría lo suficientemente fuerte como para evitar ese escenario. No la perdería a ella también.
—¿Makio?—oyó, en ese momento, a Hinatsuru al otro lado de la puerta cerrada del baño.—¿Estás aquí?
—Sí, sí. Ahora salgo—respondió enseguida la otra mujer. Encendió el grifo del lavabo y se lavó la cara deprisa, quitándose las legañas que tenía en los ojos. Aunque su mirada seguía revelando lo cansada que estaba. Suspiró un poco, molesta, no iba a poder engañar a su compañera.
Abrió la puerta y se encontró cara a cara con la otra kunoichi. Y lo lamentó de inmediato, el rostro de Hinatsuru revelaba claramente lo preocupada que estaba. Makio trató de pensar cualquier excusa rápidamente, pero, antes de ser capaz de hilar sus pensamientos, la otra mujer la abrazó con fuerza.
Se tensó, había esperado de todo menos eso. Terminó por responder al abrazo y estuvieron así hasta que Hinatsuru se apartó y la examinó con detenimiento.
—Sigues teniendo pesadillas—comentó seria y Makio, no viendo otra salida, asintió.
—Casi todas las noches—reconoció, a regañadientes, Makio.
—Creo que deberías hablar con Kocho sobre eso—opinó la otra mujer mientras que, con cariño, le apartaba algo el flequillo que obstaculizaba la visión a su compañera.
—No—se negó rotundamente Makio. Kocho era la persona, a sus ojos, menos indicada para algo así. Aparte de que apenas la conocía y no pensaba hablarle de algo que era tan personal.
—Quizá pueda recetarte algún medicamento que te ayude a dormir—insistió Hinatsuru. No podía permitir que Makio siguiera así, y tenía que convencerla, por su propio bien.
—No quiero recurrir a eso.—Makio no se fiaba de esas cosas. A saber qué era lo que llevaban. No dejaban de ser drogas. Y no quería recurrir a ellas.
—Makio, por favor, no puedes seguir así.—Esa vez, la preocupación impregnaba las palabras de Hinatsuru. Sufría viendo a Makio en ese estado y deseaba ayudarla de alguna manera.
—Se me pasará. Es cuestión de tiempo.—Eso era lo que Makio deseaba creer. Lo tenía reciente todo y lo achacaba a eso. Tenía que ser eso.
—Makio… .—Por supuesto eso no bastaba para convencer a su compañera. Hinatsuru seguía preocupada. Y eso sólo aumentaba su malestar.
—Sé lo que hago, de verdad.—No iba a ceder en eso. Quería superarlo por su cuenta. Tampoco quería admitir abiertamente que la presencia de la otra mujer ayudaba a mitigar las pesadillas. Y lo apreciaba, sin Hinatsuru no sabía qué hubiera sido de ella.
—Bueno, pero, si esto sigue a más, prométeme una cosa—insistió la mujer—,se lo dirás a Kocho, ¿vale?
—Si acepto te quedarás más tranquila, ¿verdad?—quiso saber Makio y Hinatsuru asintió enseguida—.Está bien, lo prometo, ¿contenta?
—Gracias, de verdad—dijo la otra mujer, sintiéndose, por fin, algo más aliviada.
Makio asintió y Hinatsuru, tras dedicarle una última sonrisa, entró al baño y cerró la puerta tras ella, dejándola sola en medio del pasillo, aunque la kunoichi no perdió tiempo y regresó a la habitación que compartían ambas.
Al igual que el resto de dormitorios de esa casa, estaba amueblada con lo justo y necesario. Un par de camas, que ambas mujeres habían juntado la primera noche y seguían así, un mueble con cajones para guardar sus cosas y un pequeño escritorio de madera frente a la ventana. La silla que estaba junto a él también era de madera, aunque no parecía demasiado cómoda, pero tampoco era que las dos mujeres hubieran hecho uso de ella.
Makio se acercó a la ventana y, tras correr las cortinas blancas, abrió un poco para que se fuera ventilando el dormitorio. Se asomó un poco y miró el cielo. Llevaba nublado desde el día anterior y, a juzgar por el olor a tierra mojada, había estado lloviendo durante la noche.
Era un aroma que le resultaba especialmente agradable y la ayudaba a relajarse. Desde que era pequeña, ese olor le había gustado. Suspirando un poco, se apartó de ahí, se acercó al mueble y cogió uno de los dos coleteros que habían dejado ambas mujeres ahí la noche anterior.
Se lo colocó entre los labios y comenzó a recogerse el pelo con ambas manos. Cuando lo tuvo bien sujeto, cogió el coletero con la mano izquierda y, con rapidez, se sujetó el pelo con la goma, asegurándose de que no quedasen mechones sueltos.
Ya se había vestido para comenzar el día, lo había hecho antes de ir al baño. Al igual que Hinatsuru. Se estiró un poco, irían ahora, cuando la otra mujer terminase de asearse, a desayunar a la cocina y luego comenzarían con su entrenamiento.
Se estiró un poco, del entrenamiento del día anterior tenía el cuerpo algo resentido, pero no era nada que no tuviera remedio. Bastaría con ir haciendo que entrase en calor, con unos pocos estiramientos.
Cuando Hinatsuru regresó del baño y se acercó a ella, Makio agarró su coletero y se lo pasó. La otra mujer lo tomó con su mano derecha y se recogió el pelo en una coleta.
—¿Vamos a desayunar?—preguntó Hinatsuru cuando acabó y tuvo el pelo bien puesto.
—Claro, vamos—dijo Makio y las dos mujeres salieron del dormitorio.
Aoi estaba terminando de recoger y limpiar lo que había usado para desayunar cuando la puerta de la cocina se abrió. Makio y Hinatsuru entraron y, al verla, la saludaron con la mano.
—Buenos días—deseó Aoi, secando su taza y dejándola en su sitio, junto a las demás en el armario donde las guardaban.
—Buenos días—contestaron ambas, acercándose y cogiendo un par de tazas para ellas.—¿Queda café?—quiso saber Makio, lo necesitaba para despertarse por completo.
—Sí, queda un poco, creo que da para vosotras dos.—Aoi se había percatado enseguida de las ojeras de la mujer de cabellos rubios. Quiso decir algo, pero se mordió la lengua a tiempo. No era asunto suyo, si alguien tenía que decir algo era Kocho, no ella.
Hinatsuru abrió otra puerta del armario y cogió la caja de cereales y el bote de azúcar que había ahí y la puso sobre la mesa mientras Makio se encargaba de servir el café para ambas.
Con un par de cucharillas que Aoi les tendió, se sirvieron un poco de azúcar. Se sentaron en dos de las sillas que había alrededor de la mesa y comenzaron a desayunar.
—¿Tú vas a seguir entrenando hoy también?—preguntó Hinatsuru mirando, con curiosidad, a Aoi.
—Aún no he conseguido dominar lo que Tomioka quiere—reconoció la joven. La undécima postura de la Respiración del Agua le estaba costando aprenderla. No era capaz de seguir sus instrucciones correctamente.
—¿Es difícil?—se interesó Makio. Según, tiempo atrás, les había explicado Tengen, la Respiración que Tomioka practicaba era la más sencilla de dominar.
—No realmente—admitió Aoi. Aunque sonaba más fácil de lo que realmente era. Mantener la mente completamente en blanco y estar relajada se le daba fatal. Pero quería dominar aquel movimiento.
Hinatsuru dio un sorbo a su café y la observó—.Estoy segura de que terminarás por conseguirlo—dijo, tratando de animarla.
—No me voy a rendir—dijo Aoi—.Bueno, nos vemos después. ¡Mucha suerte en vuestro entrenamiento!
Dicho eso, la joven se marchó y las dejó ahí solas. Tomioka debía estar esperándola ya fuera, en el jardín. La sala de entrenamiento, actualmente, la estaba utilizando Kocho para enseñar a Hinatsuru y a Makio, así que, para no molestar, ellos practicaban fuera.
Cuando salió al exterior, vio que el hombre ya estaba ahí, preparado. En sus manos tenía una espada de madera, indicada especialmente para los entrenamientos. La joven aceleró el paso y se detuvo frente a él.
—Siento la tardanza, ¿lleva mucho rato esperando?—Aoi esperaba que no, lo último que deseaba era que se enfadase con ella.
—No, he llegado hace nada. ¿Empezamos?—preguntó Giyuu.
—¿Vamos a seguir con la meditación?—Viendo su incapacidad para tener la mente en blanco, Tomioka había dedicado las últimas sesiones a eso.
—Sí, claro. Es fundamental para dominarla—dijo el hombre, tan serio como siempre. Aoi asintió y se sentó en el suelo, cruzando las piernas. Hizo una mueca cuando sintió que la ropa en contacto con la hierba se empezaba a mojar.
Comenzó tratando de acompasar la respiración y alejando todo pensamiento de su mente. Pero, al igual que en anteriores ocasiones, su mente terminó por divagar, haciendo que la chica pensase en las tareas de la casa.
Su rostro debió reflejar que no estaba concentrada, pues sintió que Tomioka, con cierta brusquedad, le daba un golpe en la espalda. Hizo una mueca. La espada de madera hacía algo de daño. Al menos no la golpeaba demasiado fuerte.
—Te distraes con mucha facilidad.
Aoi estuvo a punto de responder, pero se contuvo justo a tiempo. Tomioka era su superior y, no sólo eso, se había ofrecido a ayudarla. Así que, lo mínimo que podía hacer en una situación así era dar su mayor esfuerzo.
Tomó aire y lo expulsó con suavidad, tratando de no pensar en nada y continuar con el ejercicio.
Makio se detuvo un momento a tomar aliento, llevaban ambas más de diez minutos tratando de pillar a Kanao, pero, no importaba la cantidad de veces que Hinatsuru y ella lo intentaran, la joven era más ágil que ellas y siempre conseguía evadirlas.
Se limpió el sudor que goteaba por su barbilla. Comenzaba a sentirse frustrada de verdad. Para colmo, tenían que seguir manteniendo la Respiración Total Constante mientras corrían, lo que hacía aún más difícil ese ejercicio.
Shinobu se acercó a ella en ese momento con una pequeña cantimplora y se la tendió—Bebe un poco, te vendrá bien.
Makio la agarró y, tras llevársela a los labios, dio un buen trago de agua. Estaba sedienta y exhausta. Y eso que no había estado tanto tiempo corriendo.
—Vamos a parar un poco—decidió Shinobu y se lo indicó a las otras dos. Kanao, nada más escucharla, se detuvo con brusquedad. Hinatsuru suspiró un poco y se acercó a Shinobu y a Makio, quien le tendió la cantimplora para que bebiera un poco, lo que la otra aceptó encantada y bebió un poco, con más tranquilidad que su compañera.
Shinobu sonrió un poco, iba a dejar que recuperasen un poco el aliento y después pasarían al siguiente ejercicio. Se acercó a Kanao y asintió, la chica, entendiendo enseguida lo que quería, se fue rápidamente.
—Lo habéis hecho bien al principio, aunque tenéis que estar pendientes de continuar con la respiración, había momentos en los que dejasteis de usarla.
—No podíamos más—reconoció Hinatsuru. Sus pulmones aún no se acostumbraban a eso, pero eran conscientes de lo importante que era dominarla a la perfección.
—Bueno, estoy convencida que, con el empeño que le estáis poniendo, no tardaréis mucho en ser capaces de usarla—dijo Shinobu—Os recomiendo ir fortaleciendo los pulmones todos los días con ejercicios parecidos a los de hoy.
—Gracias. Eso haremos—aseguró Makio, seria.
Kanao regresó entonces, cargando un par de calabazas Wu-lou de cerámica. Eran pequeñas de color marrón y no parecían ser demasiado pesadas.
—Lo que vais a hacer ahora es sencillo—explicó Shinobu, cogiendo una de ellas de las manos de Kanao—, tenéis que ser capaces de hacer que exploten. Soplando.
Las dos kunoichis quedaron estupefactas al escuchar aquello. Intercambiaron una mirada y luego observaron los dos objetos.
—Es broma, ¿no?—preguntó, incrédula, Makio.
—En absoluto. No es tan difícil, si se usa la Respiración Total Constante—dijo la Pilar de los Insectos.
—Seguiremos entrenando—aseguró Hinatsuru. Ninguna de las dos iba a detenerse hasta conseguirlo.
—No voy a poder supervisar vuestro entrenamiento durante un tiempo—confesó Shinobu, torciendo un poco el gesto, no le agradaba del todo dejarlas por su cuenta—.Tengo una misión que me pilla lejos, y estaré ausente varias semanas.
—No pasa nada—Hinatsuru le restó importancia, sonriendo un poco. Mucho las estaba ayudando ya. Y lo podían entender, Kocho tenía que cumplir sus obligaciones como Pilar.
Douma estaba sentado sobre su cojín favorito. Acababa de tener una pequeña reunión con varias mujeres de su culto acerca de la búsqueda del lirio de la araña azul. Completamente infructuoso, no habían sido capaces de encontrar nada que arrojase pistas sobre su existencia. Así que después de tan malas noticias, había ido a su habitación, su malhumor debía haber sido evidente, pues, los humanos que convivían con él hicieron su mejor esfuerzo por evitarle.
Era frustrante. El demonio había esperado tener alguna buena noticia que comunicarle a su señor, pero no iba a ser el caso. Y Douma comenzaba a creer que tal planta no existía, es decir, ¿qué otra explicación había? Pero no expresaría eso en voz alta delante de Muzan.
Se levantó y comenzó a dar vueltas por la habitación. Se mordía nervioso las uñas. Lo más probable era que decepcionase a Muzan, y se arriesgaba a ser castigado por ello. Había visto a otros demonios que fueron víctimas de su ira y no resultó ser algo agradable.
Tragó saliva, tenía que calmarse. Muzan no se libraría tan fácilmente de él, no siendo uno de los demonios más leales a él. Si hasta se aseguraba de mandar todos los meses una cantidad de dinero para financiar a su señor.
Camuflaba su culto como una organización que se dedicaba a acoger mujeres en situación precaria y, todos los meses, recibía una cantidad de dinero jugosa por parte del gobierno para mantener a las mujeres. Parte de ese dinero se la entregaba a Muzan, aunque teniendo que mantener a tantas mujeres, no podía mandarle demasiado. Tampoco podía arriesgarse a llamar la atención y que terminasen por investigar.
Pero, por más que intentaba relajarse, su nerviosismo no desapareció completamente. Tenía que pensar qué decirle, en caso de que su señor le preguntase al respecto. Lo primero era tranquilizarse, se dijo, serio.
Respiró hondo y expulsó el aire, imitando la técnica que, en más de una ocasión, había visto a Kanae hacer. Según la mujer, era algo que la ayudaba a relajarse cuando estaba nerviosa o preocupada y Douma esperaba que funcionase.
Si lo pensaba con perspectiva, quitando el no haber obtenido resultados con la investigación, todo iba bien. Los cazadores de demonios seguían sin dar con él, o con Kanae, lo que le aliviaba más de lo que quería reconocer.
No era muy dado a convertir a humanos en demonios y le gustaba ver a los tres que había elegido ir progresando y haciéndose más fuertes. Quizá, cuando las cosas se hubieran calmado un poco, Kanae pudiera volver. Se lo tendría que comentar cuando la volviera a ver, su compañía había resultado muy agradable.
Su estómago rugió en ese momento, rompiendo la concentración del demonio. Debería ir a cazar a alguna de las ciudades vecinas. Por precaución evitaba siempre cazar en la ciudad en la que se escondía. Tampoco atacaba a las mujeres a las que protegía, hacerlo habría sido demasiado arriesgado.
Suspiró un poco, mejor se iba yendo ya, se acercó a la ventana de la habitación, la abrió y, con insultante facilidad, saltó. Aterrizó sobre la nieve y, sin perder tiempo, echó a correr hacia el sur. La ciudad más cercana estaba a unos cien kilómetros, y le tomaría poco tiempo llegar ahí.
Así también se olvidaba, aunque fuera algo temporal, de sus problemas. Y ya pensaría cómo darle la noticia a Muzan sobre su nulo progreso. Lo único que no dudaba era del hecho de que Akaza se alegraría de su fracaso.
Había intentado llevarse bien con ese demonio y evitar que, tras arrebatarle, casi un siglo atrás, su puesto como Segunda Luna Superior, hubieran quedado rencores. Pero fue en vano, desde el primer momento, Akaza demostró que no le perdonaba aquello y su relación siempre fue tensa.
Y, cuando Muzan le asignó la tarea de buscar esa flor, tarea de la que se había encargado Akaza, su relación, si es que, a estas alturas, era posible, empeoró aún más. Pero no era que Douma pudiera hacer, negarse a una orden directa de su señor era, sin duda alguna, algo impensable.
El demonio esbozó una amplia sonrisa. Unos metros más adelante de dónde se encontraba un hombre andaba deprisa.
Iba bastante abrigado, con un abrigo de piel marrón, un pantalón negro y unas botas del mismo color. Colgada del hombro llevaba una escopeta, notó entonces Douma. Un cazador solitario, sin duda, una presa bastante fácil, pensó el demonio mientras, de entre los pliegues de su vestimenta, sacaba uno de sus abanicos dorados.
No solía cazar hombres, prefería comer mujeres, pero, de vez en cuando, se permitía hacer excepciones. Y ese era un momento perfecto. Agitó un poco su arma y el efecto fue inmediato. Antes de que el humano pudiera dar un paso más, su cabeza se desprendió y cayó al suelo, rodando varios metros, alejándose del sendero.
El cuerpo se desplomó sin más, produciendo un ruido sordo. Douma sonrió un poco y se detuvo cerca. Recogió la cabeza, notando entonces la expresión de sorpresa que, antes de su muerte, el hombre había esbozado. Era divertido poder contemplar qué expresiones ponían sus víctimas cuando les llegaba la hora de la muerte, pensó Douma mientras la acercaba a su pecho, comenzando a absorber la cabeza en su interior. Tenía que admitir que era una forma bastante cómoda de alimentarse, y muy limpia.
Apenas cinco minutos después, ya había desaparecido completamente en su interior y Douma hizo lo mismo con el cuerpo, aunque dado su tamaño, era una persona corpulenta, le tomó más tiempo.
Se aseguró de deshacerse también del arma, rompiéndola en pequeños fragmentos hasta dejarla irreconocible y, satisfecho con su trabajo, siguió su camino. Aunque sentía menos hambre, aquel hombre no había sido más que un tentempié.
Kaigaku mantenía la mirada clavada en el suelo, había sido convocado, junto a Kokushibo y las Lunas Inferiores a la Fortaleza Infinita de su señor. Ninguno de los presentes tenía la osadía de mirar a la cara a Muzan. Su presencia seguía resultando tan intimidante como la última vez que lo había visto, pensó Kaigaku sin poder evitarlo.
Observó a las Lunas Inferiores con curiosidad, no conocía los nombres de ninguno de ellos, salvo con la excepción de Kanae, dado su antigua posición como Pilar de las Flores dentro del Cuerpo.
La Quinta Luna Inferior tenía la apariencia de un niño de no más de diez años. Su tez y cabello eran completamente níveos. Sus ojos eran de color claro, aunque a la distancia que estaban Kaigaku no podía distinguir de qué color eran exactamente, pero sí se había percatado de que tenía las escleróticas rojas. Vestía un kimono blanco también, con motivos de telarañas, complementando su atuendo con un obi rojo. E iba descalzo, notó en ese momento Kaigaku.
La Tercera Luna Inferior tenía también la piel pálida, aunque no tanto como la Quinta. Tenía el cabello negro y muy corto. Aunque lo más llamativo de su rostro eran las cicatrices. Tenía tres, dos en las mejillas, justo bajo sus ojos y una en la frente. Tenían todas forma de cruz. De no haber sido consciente de la capacidad de regeneración de los demonios, Kaigaku hubiera pensado que se trataba de heridas producidas en alguna batalla. Se fijó entonces en que ese demonio tenía las orejas puntiagudas y dos pendientes pequeños de oro en cada una. Vestía un kimono verde, que, por el tono y el motivo de este, a Kaigaku le recordaba al bambú, y lo llevaba sujeto gracias a un obi de color negro.
El demonio que ocupaba el rango inmediatamente superior, al contrario que los otros dos, tenía la apariencia de un hombre de mediana edad. Tenía el pelo de color oscuro largo, que le llegaba hasta los hombros. Y era el único del grupo que tenía barba. Sus ojos eran de color dorado y tenía, por todo el rostro, las venas marcadas de color negro. Vestía una chaqueta de azul marino y unos pantalones anchos del mismo color.
La Primera Luna Inferior era el único que llevaba un atuendo occidental, compuesto por una camiseta blanca, una chaqueta negra y unos pantalones de vestir, grises. Tenía el pelo oscuro, largo hasta los hombros, con las puntas de color rojo, salvo dos, que eran de color verde agua. Sus ojos eran del mismo color. Y, debajo de estos, tenía tres marcas con forma de cuadrados de color amarillo y verde.
—Así que mi presencia te resulta intimidante—habló por fin Muzan, dirigiendo su atención hacia él—.Dime, Kaigaku, ¿a cuántos cazadores has matado ya?
—Veinte—contestó, consciente de que, para los allí presentes, debía ser un número ridículo.
—Ya veo.—El tono de Muzan revelaba un marcado desinterés, notó enseguida Kaigaku, lo que sólo consiguió ponerle aún más nervioso—.Si consigues matar a sesenta, te concederé un puesto entre las Lunas Inferiores—anunció. A fin de cuentas, necesitaba a alguien que pudiera reemplazar a Mukago.
El joven demonio tuvo que controlarse para no levantar la cabeza y mirarle—.Me aseguraré de merecer tal honor—optó por decir.
Muzan asintió, aparentemente satisfecho con su respuesta, y, para el enorme alivio del muchacho, centró su atención en las Lunas Inferiores. Se acercó a ellas, serio.
—Como sabéis, Mukago fue asesinada por uno de los Pilares—comenzó a hablar, serio—Pese a ser parte de los demonios más fuertes siempre caéis ante esos cazadores. ¿Por qué?
Ninguna de las Lunas Inferiores se atrevió a responder, en verdad era bastante evidente la razón. Los Pilares eran más fuertes que ellos, saltaba a la vista y, señalar eso podía ser interpretado como una excusa.
—Os proporcionaré más sangre—anunció el rey de los demonios. Era momento de fortalecer a las Lunas Inferiores. Así pondría fin al hecho tan vergonzoso de tener que reemplazarlas constantemente, aunque tenía serias dudas de que todos fueran a ser capaces de soportar el proceso.
Sin perder más tiempo, inyectó en los cinco demonios una cantidad importante de su sangre. El efecto fue inmediato, nada más recibir esa dosis extra, los afectados cayeron al suelo y comenzaron a sufrir convulsiones.
Muzan observaba con cierta curiosidad todo eso, preguntándose quiénes serían capaces de sobrevivir. Su mirada se detuvo brevemente en tres. Rui, Kanae y Enmu. Esperaba que esos fueran capaces de sobrevivir el proceso.
En cuanto al destino que corrieran los otros dos, Rokuro y Wakuraba, le resultaba bastante indiferente. Era muy consciente de la naturaleza cobarde de ambos y le desagradaba tener demonios así entre sus Lunas. Así que, cuando estos dos, sucumbieron a su sangre y sus cuerpos comenzaron a convertirse en polvo, no pudo evitar sentir alegría.
Kaigaku, que al igual que Kokushibo, había estado pendiente de todo el proceso, se estremeció al ver como esos dos demonios desaparecían sin más. Tenía que hacerse más fuerte si quería evitar correr ese mismo sino.
Su supervivencia estaba en juego, se dijo, serio. Y haría lo que fuera con tal de continuar con vida. Observó de reojo a las Lunas Inferiores que quedaban con vida, agradeciendo mentalmente que, para poder formar parte de estas, no tuviera que enfrentarse en combate a una de ellas. Hubiera perdido enseguida.
Matar a cazadores de demonios era algo mucho más sencillo, que sí podía hacer. Aunque el número requerido fuera tan alto. Eso no suponía ningún problema para él. Ahora que era demonio se había dado cuenta de lo frágiles y patéticos que eran los seres humanos.
Y no sentía el mayor arrepentimiento al poner fin a las vidas de los que fueron compañeros suyos, ¿por qué debería importarle? Había sido culpa de ellos por ser tan necios de querer enfrentarse a él.
Muzan hizo un gesto entonces a Nakime, quien, como de costumbre, había permanecido en un discreto segundo plano y Kaigaku no había reparado en su presencia hasta entonces.
Las cinco Lunas Inferiores y él desaparecieron del lugar, quedando únicamente Kokushibo con Muzan y Nakime.
Muzan se detuvo ante la Primera Luna Superior. Tenía que encargarle una tarea personalmente, si había un demonio adecuado para esa labor, ese era Kokushibo.
—Tengo una misión especial para ti—dijo—,quiero que te encargues de eliminar, de una vez por todas, al Cuerpo de Cazadores de Demonios.
Kokushibo asintió—Así lo haré, mi señor.
—Quiero que esta vez lo consigas, no toleraré que vuelvas a fallar, no quiero que se repita lo ocurrido en la era Sengoku.
En esa época Kokushibo había sido capaz de exterminar a casi todos los miembros, pero los aprendices de los Pilares de esa época fueron capaces de escapar y permanecieron ocultos, transmitiendo sus conocimientos y asegurando la supervivencia del Cuerpo.
—No volverá a suceder, se lo aseguro, mi señor—dijo Kokushibo, serio. Era muy consciente de la importancia de esa misión.
—Te encargo también localizar la mansión de la familia Ubuyashiki—añadió Muzan sin apartar la mirada del otro demonio—Y, si en algún momento, te encuentras con Sumiko Kamado, quiero que la conviertas en demonio.
Eran tareas sencillas, que Kokushibo debía ser capaz de llevar a cabo sin el menor de los problemas, se dijo Muzan.
—Así lo haré.
Bueno, y hasta aquí es el décimo octavo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el décimo noveno capítulo.
¡Hasta la vista!
