La puerta del pasillo se abrió y se escucharon pasos, no serían más de uno marines. Eirea temblaba de arriba a abajo pero miró a su derecha para ver cómo su nakama sé levantó y avanzó unos pasos hasta ponerse cerca de la reja. Los soldados llegaron a la puerta de la celda. Uno de ellos sacó un manojo de llaves de su bolsillo, abrió la celda y entró en la estancia; Zoro, sin moverse ni un centímetro, le sostuvo la mirada a aquel infeliz sin dejar de controlar a la joven por el rabillo del ojo, pues aún seguía sentada en el suelo. "Vamos, Eirea, vamos", pensó para sí mismo, "Esta es la única opción que tenemos".
-Tú, niña –le dijo el marine sin quitarle la mirada al espadachín- Levántate. Nos vamos.
Pero Eirea seguía inmóvil en el suelo. Solo podía pensar en todo lo que le ocurriría si iba con él: no podía creer que se encontrara otra vez en la misma situación, por eso sus piernas no le respondían, su cuerpo temblaba y sus ojos comenzaron a llorar de nuevo; sin embargo, el sonido de las gotas la llevó de vuelta a la realidad: alzó la cabeza para verlo de espaldas, parado en medio de la celda esperando a que ella se levantara. "Confío en ti, Eirea" recordó cuando, minutos antes, le agarró por los hombros mirándola fijamente "Eres fuerte, eres luchadora, eres cabezota…. No puede negarse que eres hermana de quien eres"
-Lu…Luffy –susurró la chica, secándose las lágrimas y comenzando a levantarse lentamente.
-Vamos, chiquilla –gritó el marine mientras daba un paso hacia ella- no tengo todo el día para tus estúpidos jueguecitos…
Sus palabras quedaron silenciadas: Zoro había usado sus esposas para darle un fuerte golpe en la cabeza que lo dejó noqueado. Los marines no podían creer lo que veían, y se dispusieron a entrar en la celda, pero el espadachín agarró la puerta de la celda y la cerró, tirando con fuerza hacia él para que no la abrieran.
-Rápido –le espetó a la chica- No sé cuánto tiempo podré aguantar.
Uno de los marines pulsó un botón y un fuerte ruido comenzó a retumbar en el pasillo. Eirea se agachó corriendo hacia el hombre que estaba tendido en el suelo y le quitó las llaves, buscando con rapidez la que abriera su cadena atada al tobillo; cuando por fin lo logró, se levantó y corrió hacia donde estaba Zoro, intentando averiguar cuál de todas era la que le libraría de las esposas de metal.
-Vamos…. –le suplicó mientras usaba todas sus fuerzas para evitar que entraran- Date prisa…
-Lo estoy intentando…
Las llaves se le cayeron al suelo al oír más pasos y las agarró torpemente hasta que consiguió la que encajara con la cerradura. ¡Clack! Ambos se miraron y se sonrieron, sabiendo que ahora llegaba lo más duro.
-¿Lista? –susurró Zoro
Asintió con la cabeza, contaron hasta tres para que Zoro soltara la puerta y, en un pestañeo, una ráfaga de aire arrasó a los marines, que salieron disparados al final del pasillo. El joven miró a Eirea, quien se crujía sus nudillos, antes de salir al pasillo y echar a correr en dirección donde estaban sus espadas.
Los pasos se precipitaban cerca de ellos, sabían que se acercaban, por lo que Zoro se giró para encararlos mientras Eirea rescataba sus preciadas armas. No recordaba la última vez que usó sus puños para pelear, pero golpear a aquellos marines le hizo sentir tan vivo que lo estaba disfrutando, tanto que no recayó en los chasquidos de las pistolas al dispararse contra él. Cerró los ojos esperando los impactos en su cuerpo, aunque aquello jamás ocurrió, pues Eirea se había deslizado entre sus piernas para aparecer justo delante de él y crear un escudo de aire en el que rebotaron las balas. Miró su cintura y vio sus espadas agarradas en ella, desenvainó una de ellas y atacó a los marines que estaban más cerca.
-¡Vamos! –le dijo la chica, agarrándolo de la mano y tirando de él para escapar cuanto antes.
Corrían lo más rápido que podían, tanto como sus piernas les dejaban, pero caminaban sin rumbo. Giraban a la izquierda o a la derecha por ese laberinto de pasillos según escucharan las voces de los marines más cerca o más lejos de ellos: si se cruzaban con algún enemigo, los despachaban rápido y seguían corriendo. Los ruidos se hicieron más y más fuertes, los pasos se escuchaban cada vez más cerca, así que Eirea divisó una puerta en medio de uno de los pasillos y sin pensarlo dos veces, la abrió y se metieron dentro.
Estaba oscuro y estrecho, tanto que sus cuerpos estaban completamente pegado; en otras circunstancias se habrían dicho de todo, se empujarían y se tratarían de atacar, pero en aquel momento solo podían pensar en coger aire y recuperar fuerzas. Oyeron pasos atravesando el pasillo y, de repente, el silencio sólo roto por el baile de sus respiraciones tratando de calmarse. Eirea trató de levantar su brazo para apartarse el pelo de la cara, pero sus brazos estaban pegados a la pared y al cuerpo de su nakama. Sintió la mano de su compañero cogiendo esos molestos mechones y poniéndolos detrás de oreja; como un acto instintivo, alzó la cabeza para percatarse de los pocos milímetros que separaban su rostro del de Zoro. Sus pechos se mecían hacia arriba y hacia abajo mientras el mundo pareció pararse en aquel instante en el que lo miró a los ojos y se ruborizó al ver que la mirada del joven estaba anclada en la suya. Observó su nariz, tan perfectamente definida, y se paró en su boca, de la que tantas palabras maliciosas habían sido dichas y tanto daño le había provocado… Volvió a sus ojos y quedó impactada al sentir que Zoro estaba haciendo el mismo recorrido por su cara, posando sus dedos en la mejilla de su compañera y dejándolos caer en una caricia efímera. Cuando sus miradas se reencontraron, sintió un vuelco en el estómago y sus pies comenzaron a ponerse de puntillas para estar más cerca de su cara, mientras el joven inclinaba la cabeza hacia la suya. Un instante más y…. pasos rápidos por el pasillo los sacaron de su absorción y se separaron todo lo que pudieron, alejando sus ojos hacia otro lado.
-Deberíamos salir –dijo Zoro tras carraspear, abriendo en un hilo la puerta para ver en qué dirección se habían ido.
-Estoy de acuerdo –susurró la chica, agitando la cabeza tratando de borrar lo que acababa de ocurrir. Sentía su cara arder y sus manos sudar más que todo su cuerpo.
-Vamos.
Zoro la agarró de nuevo y corrieron pasillo abajo, girando a izquierda o derecha a placer del espadachín.
-Estas yendo a ciegas –le gritó Eirea, tirando de él para guiarlo- y eres la persona con el peor sentido de orientación que conozco.
Siguieron corriendo hasta que vieron luz al final de uno de los pasillos y se escuchaba el discurrir de agua, por lo que pensaron que era la salida al exterior; corrieron más y más rápido, salpicando agua en todo su cuerpo a su paso, ansiando tomar una bocanada de aire fresco del exterior. No obstante, tuvieron frenar en seco: aquel riachuelo al que habían seguido con tanto ahínco era la parte final de las cañerías que daban a un precipicio. Zoro agarró de la cintura a su compañera, a quien la gravedad de su cuerpo casi la hace caer. Ambos se quedaron unos segundos mirando lo alto que se encontraba la fortaleza en la que estaban.
-Oh, perdóneme, Doña Perfecta –le contestó cínicamente mientras soltaba a su compañera - no sabía que eras tan buena dando lecciones como tomando decisiones.
-Idiota –dijo Eirea mientras miraba aquel canal de agua caer al vacío y se inclinaba un poco para ver el final y cuan alta era la caída desde allí.
-Tenemos que volver.
-Estás loco –le espetó mientras se giraba hacia él- No podemos volver, no sabríamos encontrar una salida…
-Problemas de orientación -susurró sarcásticamente mientras se giraba hacia otro lado.
-¿Perdona? –preguntó molesta la chica, cogiéndolo del brazo e increpándolo cada vez más cerca
-Disculpas aceptadas.
-No te estoy pidiendo perdón. Rectifica ahora mismo.
-Déjame que piense… -se rió Zoro, agachándose para darle un toquecito en la cabeza- No.
-Patéticos – se oyó una voz al final del pasillo, acompañada del sonido de armas al prepararse para disparar- No sois más que un par de patéticos.
Los chicos dejaron de mirarse para fijar su vista y ver en el gran lío en el que estaban metidos: un general de la Marina estaba frente a ellos acompañado de una multitud de soldados que apuntaban hacia ellos. Zoro desenvainó sus espadas y se posicionó ligeramente delante de su compañera, tensando su cuerpo y preparado para la lucha, pero no fue necesario, pues Eirea creó una barrera de aire delante de ellos en el que impactaron todas las balas.
-¿Qué hacemos? –le gritó la chica mientras se protegían.
-Sólo podemos luchar. ¿Crees que serás capaz de hacerlo?
-¿Por qué no dejas de subestimarme?
-Porque eres una cabeza hueca –le contestó mientras le hacía una burla.
Los disparos pararon y se miraron sabiendo que era el momento de contraatacar. Eirea bajó los brazos, desarmando la barrera; en ese momento, se oyó un disparó sordo y único, acompañado del sonido de su impacto en un cuerpo. Todo se volvió a cámara lenta: la chica sentía los latidos de su corazón bombeando en su cabeza, uno tras otro, mientras los ojos de Zoro se iban cerrando poco a poco. La bala había impactado en su hombro izquierdo y su camisa comenzó a tornarse roja alrededor de la quemadura en la ropa. Miró al enemigo para ver como el general tenía aún la pistola en alto, dispuesto a disparar de nuevo mientras sonreía con satisfacción. Sintió el cuerpo de Zoro balancearse hacia delante y hacia atrás un par de veces, para finalmente precipitarse al vació. Trató de agarrarlo, pero su cuerpo, al ser más ligero que el de su compañero, cayó junto al suyo hacia el abismo de aquella cascada. Mientras caía, oyó más disparos al aire y perdió la consciencia mientras escuchaba un susurro llamándola…
