— ¿Estás segura de que lo llevas todo?

Herena rodó los ojos hacia el cielo mientras ahuecaba el contenido de su macuto para hacer espacio a las pocas pertenencias que le quedaban por meter en él.

— Sí, tía; por última vez, llevo todo lo necesario. Sólo me voy unos días, no es que vaya a recorrerme la Tierra Media entera.

Dís permanecía de espaldas a su sobrina, apoyada contra el marco de la puerta, las manos unidas bajo su vientre y los labios fruncidos. Era la primera vez que la hija de su hermano abandonaba los muros de Erebor por su cuenta; y, de hecho, ninguno de los miembros de la familia había emprendido un viaje desde que Thorin reconquistara la montaña.

— No sabes con lo que te encontrarás ahí fuera — continuó la hermana del rey, aproximándose a la cama de su sobrina, sobre la cual quedaban esparcidas las prendas que había decidido dejar de lado para el viaje. — Los Buramdul (humanos) comen poco… de los elfos ya ni hablemos. Deberías llevarte algún tipo de provisión por lo que pueda pasar.

— No me van a matar de hambre, tía — suspiró Herena, cerrando finalmente su equipaje y girándose para mirar a su madrina a los ojos. — Estaré bien, de verdad. Dejad de preocuparos tanto.

— Qué fácil suena — bufó la enana. — Aún no estoy convencida de la finalidad de esta empresa… No sé cómo tu padre te ha permitido llevarla a cabo.

— Yo tampoco — se encogió la joven de hombros, echándose el cabello hacia atrás para recogérselo en una trenza. — Pero así han sucedido los acontecimientos. Intentaré hacerlo lo mejor posible.

Dís dirigió una mirada llena de desaprobación a su sobrina. Herena se había puesto una túnica sencilla, pero a la vez bonita y elegante, de un color azul oscuro, con una gema de la misma tonalidad engarzada en su pecho; sin embargo, debajo de su atuendo podrían vislumbrarse unas polainas gruesas para protegerse del frío, y unas botas altas, negras y relucientes, preparadas para ser pisadas fuerte. El recogido de su cabello dejaba el rostro de la muchacha despejado, con sus enormes ojos azules brillando más aún que la perla que coronaba su atuendo.

La nieta de Thrór suspiró para sí, antes de decir: — Estás contenta. Podrías intentar, al menos, disimular un poco tu entusiasmo.

— ¿Por qué? — se encogió Herena de hombros, dándose la vuelta para cerciorarse de que no se le olvidara nada y de que estuviera todo en orden.

— Porque el tuyo no es un viaje de diversión, sino diplomático.

— Esa no es razón para no estar contenta — bufó la joven. Se aproximó a su cama y se colgó el macuto de las manos. — Y, sinceramente, creo que los que deberíais de mostrar un poco de entusiasmo sois vosotros. Algo de apoyo y de confianza por vuestra parte no me vendría mal, la verdad.

Pero Dís frunció aún más el ceño, y se aproximó a su sobrina y ahijada, colocando ambas manos sobre sus hombros.

— Herena — le dijo en un tono de voz muy profundo, — hablo en serio. Ten cuidado ahí fuera.

La joven asintió quedamente, ahogando un poco su sonrisa.


Ambas descendieron hacia la planta baja de la montaña. Su padre, su madre y su hermano estaban ahí, dispuestos a despedirlos; y también observó, para su desgana, que la familia de su tío Dáin también se encontraban frente a la Puerta del Río, esperando a despedir a Thorin, que partiría con ella.

Herena dejó sus pertenencias en el suelo, y los pocos enanos que acudirían con ellos de escolta se apresuraron a meter el bagaje en la carroza que los llevaría hacia el sur. La princesa dirigió una mirada a sus padres, que lucían serios y preocupados, como si una tragedia estuviera a punto de suceder.

Khagan, Khagam — les dijo a ambos, tomándolos de las manos, — intentaré hacerlo lo mejor posible. Os lo prometo.

Graella frunció el ceño, pues estaba totalmente en contra del viaje de su hija; pero Thorin suspiró y agachó ligeramente la cabeza.

— Confiamos en ti, hija mía — contestó. — Nadie podría hacerlo mejor. Pero recuerda esto: los Gundu Khalamdul son tramposos y esquivos, y el carácter de Brand no es mucho más liviano. Intentarán engañarte, enfadarte y provocarte: no caigas en sus juegos. Antes que perder el honor, haz las maletas y vuelve a casa.

La muchacha asintió, pero seguía pensando para sí que no se rendiría tan fácilmente. Se reverenció sutilmente ante sus dos progenitores, y después de eso se agachó para quedar a la altura de su hermano, que lucía bastante más alegre y positivo que ninguno de los demás presentes.

— ¿Me llevarás, Herena? — preguntó. — En el siguiente viaje. Quiero ir contigo.

— Ya lo veremos — rió la joven, pues Frerin no había olvidado aún su maravillosa experiencia al pasar con el carromato por las calles festivas de Valle. — Pero te traeré algún recuerdo, lo prometo.

El niño asintió con vigor, y se puso de puntillas para besar la mejilla de su hermana. Ésta volvió a levantarse tras acariciar el cabello castaño del infante, y volvió a dirigirse a su padre.

— Ten confianza en mí — le pidió.

— Tengo confianza en ti — contestó el rey, cuyos ojos azules se habían vuelto grisáceos. — Pero ten cuidado.

— Lo haré — afirmó ella, perdiendo la cuenta de la cantidad de veces que había escuchado aquella petición durante los últimos días.

Con un murmullo acallado, Thorin sacó de debajo de su capa un pergamino enrollado y atado con una cinta roja, y se lo entregó a su hija en mano.

— Es el original — le dijo. — No lo pierdas. Es la confirmación de que tanto Brand como Thranduil acudirán a la reunión, si deciden firmarla.

Herena asintió. El documento oficial, aquel en el que serían plasmadas las condiciones del trato al que deberían llegar, sería elaborado y firmado por los cuatro señores más adelante, cuando estuvieran todos reunidos.

— Tengo intención, si se me presenta la oportunidad, de pasarme por Esgaroth — le recordó a su padre, pues ya habían mantenido esa misma conversación en el pasado. — Aunque Brand sea el Rey de los Humanos, creo que sería mejor tratar este tema con el alcalde también.

— Estoy de acuerdo — contestó su padre, — pero sólo si Brand está de acuerdo. Recuerda que él es el Rey, y es un hombre orgulloso. No nos conviene desobedecerlo ni cabrearlo.

Herena asintió. Su cometido a partir de aquel momento era ser imparcial y respetar las normas de cada monarca, no crear discrepancias. Eso ella lo sabía.

Thorin le dirigió una larga mirada a su hija, y unos segundos después se aupó para abrazarla con calidez y con fuerza.

— Ve ahora — le susurró al oído. — Es lo que has estado esperando.

La muchacha se alejó del lado de su padre, le dirigió una afectuosa sonrisa y agachó la cabeza a modo de despedida. Después, se alejó hacia el portón.

— ¡Herena! — oyó la voz de su rey llamándola desde atrás por última vez. La aludida giró la cabeza, desconcertada.

— Si sobrepasas un poco la paciencia de Thranduil— continuó hablando su padre — tampoco creo que sea una tragedia.

La princesa ahogó una divertida sonrisa en los labios y asintió con la cabeza. Ante la enorme puerta la esperaba su primo, justo delante del carromato que les serviría de transporte.

— ¿Vamos ya? — inquirió el primogénito de Dáin, señalando con la cabeza al interior del mismo. Ella asintió, pero cuando estaba a punto de poner un pie sobre una de las escalerillas, sintió cómo una mano la asía del brazo. Giró el cuello con desconcierto para ver ante sí al menor de sus primos.

— Buena suerte, Herena — le deseó Náin, con una esplendorosa sonrisa en el rostro. — Sé que lo lograrás.

La muchacha le devolvió una expresión dulce de agradecimiento, y se internó en el interior del carro. Thorin subió tras ella y tomó asiento a su frente. La puerta se cerró, y la luz que entraba en el habitáculo quedó mermada a la del rectángulo de la ventana. Vio a toda su familia reunida bajo la puerta, con las manos en alto en señal de despedida; pero la tristeza y la desconfianza nublaban sus semblantes, que parecían ser de piedra.

El carromato se puso en marcha entonces, tirado por los poneys, y las siluetas de sus familias se fueron alejando poco a poco, empequeñeciéndose ellas primeros, para después ir achicándose la puerta misma. Pronto Herena ya no pudo distinguir sus rostros, y entonces se sintió libre de sacar la cabeza por la ventana y mirar hacia el cielo. Era una tarde nublada y fresca, y un agradable olor a tierra mojada llegaba desde las montañas del Norte. La ligera brisa inclinaba las briznas de hierba y las flores silvestres que crecían en el suelo. El rumor de la cascada que se precipitaba a través de la ladera de la Montaña le llegó cada vez más ahogado, siendo capaz ahora de escuchar el dulce sonido de los pájaros trinando a lo lejos, en las extensiones de árboles diseminados en torno al promontorio de Valle.

Por primera vez en su vida, Herena se sentía verdaderamente libre.


Mientras el carromato avanzaba hacia el sur, un hondo silencio se hizo dueño del ambiente en el interior del mismo; pues Herena continuaba mirando hacia el exterior, sintiendo la suave y fresca brisa revolver los ligeros cabellos que se habían deshecho de su trenza y que revoloteaban alrededor de su cuello, pero de vez en cuando volvía sus ojos de manera reservada hacia su primo, que permanecía frente a ella leyendo varios papeles que reposaban sobre sus rodillas.

No obstante, el aludido no era ignorante de las esquivas miradas que su pariente le dirigía, así que con un largo suspiro alzó la cabeza y posó sus profundos iris sobre los de ella:

— Aún sigues molesta, ¿no es así? — le preguntó, con un deje aburrido en la voz. La joven no contestó, pero en su lugar frunció ligeramente el ceño en dirección a Thorin.

— Bueno, no deberías — siguió hablando el hijo de Dáin, mientras enrollaba uno de los papeles en forma de pergamino entre sus manos. — Ya te dije en su momento que no tengo intención de entrometerme en tus asuntos a no ser que sea necesario.

— Y ¿qué es necesario? — alzó ella una ceja de manera escéptica.

— "Necesario" significa, al menos para mí, que uno de esos dos altivos monarcas se sobrepasen en sus maneras, de alguna forma. Esperemos no tener que llegar a eso, claro está; pero mejor prevenir que curar.

Herena tampoco contestó aquella vez, y dirigió una curiosa mirada a los papeles de su primo: — ¿De qué trata todo eso?

— Asuntos de mi tierra — respondió el otro de manera escueta. — Mi hermano es un vago en asuntos de burocracia, así que me toca a mí llevarme el trabajo aun cuando estoy de viaje por otros asuntos, por lo que parece. — No obstante, el rostro de Herena continuaba ensombrecido bajo la desconfianza, y Thorin volvió a suspirar: — No os fiáis de mí, ¿no es así?

— No es que no me fíe — contestó ella, devolviendo su mirada hacia la ventana. — Es que voy con pies de plomo en todo lo concerniente a esta empresa. Una buena actitud, según vosotros, ¿no es así?

Devolvió la mirada a su pariente al decir esto, y Thorin elevó la comisura derecha de sus labios en un levísimo gesto de diversión.

— Ahora que sacas el tema — continuó hablando, terminando de anudar el último pergamino con un lazo de seda rojo, — creo que deberíamos ser cautos a la hora de hablar entre nosotros ahí fuera. Ya sabes que no debemos abusar del khuzdûl.

Herena alzó las cejas de manera sorprendida: — Como si entendieran lo que dijéramos.

— Claro que no — explicó el primo, — pero… por si acaso. Un oído entrenado podría llegar a entender algunas de nuestras expresiones por el contexto, y no queremos que eso pase. El khuzdûl es nuestro secreto mejor guardado, y es mejor que lo siga siendo. Más en estos tiempos que corren.

— Y ¿qué propones? ¿Iglishmêk?

Thorin sonrió de manera amplia aquella vez, y contestó: — Eso mismo.

Herena frunció el ceño. El Iglishmêk era una lengua que los Khazad aprendían de manera temprana junto con el khuzdûl, pero con la diferencia de que ésta no se trataba de una lengua hablada: el Iglishmêk era un lenguaje de signos. Sus antepasados lo habían creado con el fin de poder comunicarse libremente en presencia de otras razas sin tener que usar su lengua propia. Herena había aprendido Iglishmêk siendo niña, pero no estaba muy acostumbrada a su utilización porque ella nunca se había visto obligada a usarla en el exterior, debido a que casi nunca había salido de su reino; así que se veía bastante verde al respecto. No obstante, asintió y aceptó la oferta de su primo.

— Está bien — dijo. — Lo haremos así.

Thorin asintió a su vez, y sacó la cabeza por la ventana, casi por primera vez desde que habían comenzado el viaje.

— Estamos cerca ya — dijo. — Vamos a entrar en la ciudad.

El carro se detuvo ante la misma puerta por la que habían penetrado la última vez que acudieron a Valle, en el cumpleaños del rey Brand; un acontecimiento que les parecía ahora muy lejano. Los guardias se apresuraron a reconocerlos, pero como la Familia Real ya estaba enterada de la visita los dejaron pasar en cuanto hubieron visto el escudo de Erebor: dos hachas de hierro entrecruzadas sobre un escudo de roble. El carromato volvió a ponerse en marcha y se adentró en el mundo de los Hombres.

Herena volvió a observar aquellas calles inclinadas y empedradas como si fuera la primera vez, aquella ocasión bajo la luz del día. La actividad estaba visiblemente más tranquila desde la última vez que habían atravesado aquellas vías, pero el bullicio propio de la media tarde, poco antes de la puesta de sol, era palpable en el ambiente. Las personas que acudían a realizar sus últimas compras antes de que las tiendas cerraran se quedaron mirando a la carroza de los enanos. Un grupo de niños y niñas corretearon durante un tramo detrás del coche con el fin de cerciorarse de la personalidad de quienes lo ocupaban, y poco después una de las pequeñas dirigió una tímida sonrisa a Herena, seguida de un saludo con la mano. La enana no pudo evitar devolverle el gesto de manera dulce.

— No deberías hacer eso — murmuró Thorin con voz grave.

— No seas aburrido — bufó ella. — Una cosa es ser imparcial y otra saludar a una niña. Además, hemos venido a ser simpáticos, ¿no es así?

— Si tú lo ves así… — se encogió el mayor de hombros, y no añadió nada más.

El carro continuó su ascenso, temblando y doblándose sobre los numerosos baches y salientes de la calzada, hasta que ante su vista apareció el pórtico que daba acceso al interior del palacio de Valle. Las ruedas se detuvieron, y Herena observó que bajo el arco los estaba esperando la Familia Real al completo. Brand estaba en mitad de ellos, alto como ninguno a excepción de su hija Ella, que estaba a dos puestos de él, a la derecha de su hermano Bardo.

— Bien — suspiró Herena, y murmuró entre dientes. — El Rey tiene fama de "complicado", así que intentemos mantener la paciencia.

— Eras tú la que no querías que viniera — se encogió de hombros Thorin de manera estoica. Herena dejó escapar un bufido de sus labios, y se irguió en cuanto el cochero abrió la puerta.

Ella fue la primera en descender, seguida de su primo. Notó mucha humedad en el aire al poner los pies en el suelo, y recordó el frescor que había sentido al penetrar por aquel pórtico la noche del baile. Supuso que ahora, con el cambio del tiempo, no le resultaría tan agradable.

Con una amable sonrisa, la princesa se aproximó hacia el rey Brand, que la esperaba con un gesto similar al suyo y las manos enlazadas bajo el vientre.

— Majestad — se inclinó ella, alzando la mano después hacia el monarca.

— Princesa Herena — la saludó él a su vez, con la mala ventura de que fue a tomar sus nudillos para llevarlos a los labios y besarlos; sin embargo, la trayectoria de Herena había sido distinta, y se sorprendió al darse cuenta de que la intención de ella había sido la de estrechar la de él en un gesto amigable. Con contrariedad, Brand hizo eso mismo.

— Es un placer volver a veros — añadió; pero la sonrisa había desaparecido de su rostro. A Herena le pareció escuchar una ligera risa a uno de sus lados, pero no se dio cuenta de que provenía de la princesa Ella.

— Os acordaréis de mi primo — se giró hacia un lado la joven, extendiendo su brazo hacia el enano que la seguía. — Thorin, hijo de Dáin.

— Nos conocimos en mi fiesta de cumpleaños — asintió Brand, alzando, esta vez sí, el brazo hacia el recién llegado. — Es un honor teneros a ambos bajo mi casa.

— El honor es nuestro, Majestad — se inclinó a modo de reverencia Thorin, algo molesto también; pues lo cierto es que los Enanos no estaban muy acostumbrados al contacto físico con personas ajenas a su raza, y se habría ahorrado gustosamente el estrechamiento de manos. La ofrenda de Herena había sido una muestra de cordialidad.

— En fin, seguro que estaréis famélicos — comentó Brand. — Es ya casi la hora de la cena. Pasad a vuestras habitaciones y preparaos. Mis sirvientes os enseñarán el camino.


La cena se sirvió media hora más tarde. El rey les había asignado dos de las alcobas más amplias del palacete; y, aunque no eran gran cosa en comparación con los amplios salones y estancias de Erebor, a Herena la suya le pareció bonita y acogedora. Ahora podía explorar y observar con más detenimiento la arquitectura del palacete. Era muy distinta a la propia de su hogar, pues los muros de la ciudad bajo la montaña eran fríos, oscuros y duros, y rectos y perfectos. Los de Valle, en cambio, eran blancos, y las formas tendían a ser más curvas y ovaladas. Era un edificio sencillo, a pesar de sus grandes dimensiones, y la princesa se percató pronto de que más bien parecía una casa grande que un palacio pequeño.

Su habitación en particular era rectangular, con un armario empotrado en la pared y una cama con doseles de seda (supuso que aún no los habrían cambiado por otros más gruesos), situada al lado de un ventanal. Las portezuelas abiertas daban acceso a un pequeño balcón que miraba al noroeste, y desde allí podían verse la multitud de casas que quedaban a los pies de la colina, todas con las ventanas iluminadas por numerosas luces provenientes del interior de las mismas; y en las calles refulgía el brillo de los dispersos faroles que los vigías y los serenos mantenían encendidos. Para cuando Herena se asomó estaba ya anocheciendo, y una luz violeta bañaba el cielo sobre su cabeza. El olor a tierra mojada era ya más evidente, y la muchacha supuso que llovería aquella noche. Más allá, podía vislumbrar la silueta de Erebor, eterno guardián de la Montaña Solitaria. Parecía próxima y a la vez muy lejana de donde ella estaba ahora.

Con un meneo de cabeza, la joven volvió a entrar en la habitación y cerró las puertas tras de sí.


Para cuando bajó al comedor la cena estaba a punto de ser servida. Esta era también una habitación no muy grande, rectangular e iluminada a la luz de unas pocas velas, pues la noche había caído ya y las ventanas estaban cerradas para evitar que entrara el frío de aquellas horas. Thorin había llegado ya y estaba charlando con Brand de manera distendida, pero todos se giraron en su dirección al verla entrar en la sala.

— Disculpad — agachó Herena la cabeza, señalando la túnica añil que se había puesto en el último minuto. — Apenas he tenido tiempo de cambiarme de ropa.

— No os preocupéis — levantó la mano Brand en un gesto conciliador. — Tenemos por costumbre cenar temprano. Además, vuestro pariente acaba de llegar también.

Herena dirigió una rápida mirada a su primo, quien le asintió con la cabeza de manera sutil, confirmándole que apenas llegaba unos minutos más tarde que él.

— Bueno, no nos demoremos más entonces — sonrió el rey mientras continuaba hablando. — Por favor, tomad asiento. Los platos llegarán enseguida.

La princesa de Erebor asintió y se aproximó a la mesa. Desconocía cuál era su sitio, así que se aproximó al monarca a la espera de que éste le diera indicaciones. Supuso que se sentaría bien a su lado o bien frente a él; pero grande fue su sorpresa al darse cuenta de que Thorin tomaría asiento a la derecha del rey, sentado entre él y el príncipe Bardo, y ella lo haría a su izquierda, al lado de la reina Layla.

Herena abrió entonces mucho los ojos, como creyendo que se trataría de una equivocación, pero Brand amplió su sonrisa y corroboró con un gesto y con un "adelante, por favor" el puesto de la princesa; así que la joven no tuvo más remedio que aceptar el lugar que se le había asignado. No es que le molestara sentarse a la vera de la reina, pero lo apropiado y sensato sería que lo hiciera al lado del príncipe heredero y a la derecha del rey, no a su izquierda. Pero aquel puesto le había sido asignado a su primo, y en aquel momento supo que la conversación no iba a ser precisamente fácil ni agradable.

La muchacha calló, no obstante, y esperó a que los platos comenzaran a llegar a la mesa. Mientras tanto, Brand continuaba su plática con Thorin, y con las mejillas ardiendo Herena giró la mirada al escuchar un murmullo proveniente de un punto de la mesa. Observó que en el rostro de la princesa Ella brillaba una descarada sonrisa; pero no era una sonrisa de agrado, sino la de una persona que parece estar cabreada y responde con sarcasmo a la situación. Contrariada, Herena tomó la copa de vino y se la llevó a los labios, aún sin mediar palabra alguna.

— Disculpad, Alteza — escuchó la voz del rey llamándola a su lado, y ella giró la cabeza con rapidez.

— ¿Sí? — inquirió, aún con la copa en la mano.

— Creo que no os he presentado formalmente a mi familia… aunque creo que ya lo hice en su día, en mi fiesta de cumpleaños; ¿no es así?

— Así es — asintió ella, girando el cuello hacia el frente. Justo ahí estaba el príncipe Bardo, quien le dirigió una amplia sonrisa y un gesto de bienvenida con su propio vaso, añadiendo: — Un placer volver a veros.

— Lo mismo digo — contestó Herena, pensando que tal vez su posición no era tan mala como creía. — Aunque creo que no pude hablar como es debido con voz, Majestad — se refirió aquella vez a la mujer que estaba sentada a su lado, la reina Layla.

— No os preocupéis — levantó la mano la otra en un gesto que quería parecer despreocupado, pero su voz sonó quebrada y condescendiente al decir: — Seguro que estábais… ocupada con otros asuntos.

A Herena no le pasó desapercibida la larga mirada que le dirigió a su improvisado atuendo, con la túnica y las polainas debajo, y creyó que no debió gustarle del todo; pero entonces se dio cuenta de que las otras dos mujeres de la sala vestían de igual manera. Tanto Ella como Álica lucían unos vestidos más bien recatados con pantalones debajo, e incluso la pequeña Aenin, que estaba sentada al lado de su madre, lucía con ropas holgadas y discretas, con una graciosa trenza recogiendo sus cabellos entre anaranjados y castaños. Herena creyó entonces que aquella familia debía ser un tanto complicada.

Y, así a voz de pronto, eso era lo que parecía. La princesa los observó detenidamente mientras los platos iban llegando a la mesa y los comensales hablaban de temas sin importancia.

Estaba Brand, un hombre alto y fornido, que aparentaba menos edad de la que de seguro tenía, y cuya actitud y palabras eran tan firmes e inflexibles como los músculos que se palpaban a través de sus mangas. Su mirada era adusta y dura, y sus gestos eran recios pero ágiles, poco elegantes. Su corta melena la tenía recogida en una cola que dejaba su fuerte cuello al descubierto. Su voz era atronadora de manera innecesaria, y reverberaba contra las paredes de la habitación. Él era de la misma, el núcleo del comedor: toda su familia, todos los sirvientes e incluso los propios muebles parecían estar dirigidos hacia él, a escuchar su discurso sin importar el contenido del mismo. Era de aquellas personas que se hacían notar por las buenas o por las malas; un líder, podría decirse. A Herena le recordó un poco a su tío Dáin, pero Brand poseía mayor presencia y mayor temple que el padre de su primo; el Señor de las Colinas de Hierro bien podría parecer una criatura adolescente al lado del rey de Valle, con sus arrebatos no premeditados y sus maneras impulsivas.

La reina Layla era una mujer sumamente bella y elegante, pero igual de rígida que su marido; aunque su firmeza no era tanto un signo de dureza como de tirantez. Iba lustrosamente vestida, la más distinguida de todos ellos, con un terso recogido que echaba su cabello castaño hacia atrás y dejaba su piel ya ligeramente arrugada al descubierto, mientras que paseaba muy atentamente sus ojos por todos los presentes con los párpados medio caídos. Parecía una de estas personas que intentaban ser perfectas a toda costa y que pretendían que todo a su alrededor también lo fuera. Si Brand parecía el núcleo del comedor, Layla parecía el instrumento para que él se mantuviera en su puesto, ya lo hiciera de manera consciente o no.

Los otros tres comensales adultos distaban mucho en apariencia de los dos mayores. Bardo y Álica le parecieron tan alegres y amables como la noche en que los conoció, aunque la espontaneidad que habían mostrado en la celebración del rey se veía ahora empañada por una sombra de seriedad impuesta que parecía brotar de los monarcas. Cautelosos, hablaron poco durante la cena; sobre todo Álica, que parecía querer quedar al margen de las conversaciones y se centraba más en dar de comer a su hija. Bardo sí que intervenía en el diálogo, aunque de manera formal y superficial, y más bien parecía representar un papel que mostrar interés en sí. Alguna que otra vez se dirigió a Herena y a Thorin y les preguntaba acerca de sus reinos, y estos a su vez contestaban de forma escueta, pues aún no había llegado el momento de tocar el tema que los había llevado allí.

Y luego estaba Ella. Era la persona más enigmática de toda la habitación para Herena. Permanecía totalmente ajena a todo lo que ocurría en la sala, y simplemente parecía que no le interesaba un mínimo lo que allí estaba sucediendo. A Herena no le había caído muy bien, o más bien creía que ella no le había caído muy bien a la humana la noche en que se conocieron; pero algo en ella le llamaba poderosamente la atención. Era tan alta como su padre, muy hermosa, y sus ojos azules escondían algo en ellos, como un mar de historias y de leyendas, bajo la sombra de su impasible rostro. Alguna que otra vez dirigió su mirada hacia la enana, como percatándose de que ella a su vez la estaba observando con atención, y Herena se veía obligada a apartar la vista, pues se sentía pequeña y desprotegida bajo su severo escrutinio.

Así que sí: en general, Herena creyó que aquella familia era, como poco, singular. Y toda esta información la recogió y la almacenó para sí para cuando llegara el momento de hablar de temas importantes.

El momento llegó hacia el final de la cena, cuando Brand, con un suspiro, alejó su plato de su lado y dirigió su estricta mirada hacia la princesa enana.

— Bien, Alteza — dijo entonces; — hemos hablado de muchas cosas hoy… pero ninguno de esos temas son la razón por la que os ha enviado vuestro padre, ¿no es así?

Herena asintió entonces, e hizo el mismo gesto que él, girándose para encararlo.

— Así es, Majestad. Mi primo y yo, así como nuestra escolta, agradecemos vuestra hospitalidad, antes de nada.

— Nos gusta que nuestros invitados se sientan cómodos — sonrió, de nuevo, el rey Brand; había algo en su sonrisa, amplia y aparentemente seductora, que a Herena le desagradaba. — No hay nada que agradecer.

La joven asintió de forma comedida, y colocó ambas manos sobre la mesa, cruzándolas, antes de volver a hablar.

— Ignoro hasta dónde conocéis los detalles de nuestra visita.

— Bueno, algo me puedo oler — suspiró el rey, levantándose de su asiento y aproximándose a un mueble que estaba colocado contra la pared, del que extrajo una botella de lo que parecía ser brandy. Mientras vertía el contenido en dos vasos, continuó hablando: — Veamos, sé que una pequeña comitiva de vuestra gente atravesó mi ciudad hará un mes, aprovisionándose de ciertos enseres; ¿no es así?

Herena asintió, aunque Brand no podía verle de espaldas.

— Y no se me ha pasado por alto tampoco las múltiples visitas sureñas que reciben los elfos en su territorio desde hace algún tiempo… que van en aumento, si no me equivoco.

El rey se giró y entregó una de las copas a Thorin; la otra se la quedó para él. Herena frunció los labios ante aquel segundo gesto que parecía querer dejarla en evidencia, pero de nuevo calló.

— Así que — guardó Brand una mano en su bolsillo, — creo que tampoco es tan complicado de entender. Son tiempos difíciles y oscuros, y creo que vuestro padre os ha enviado para…

— Con el debido permiso, Majestad, mi padre no me ha enviado. He sido yo la que ha decidido venir.

Brand cerró la boca, y la sonrisa desapareció entonces de su semblante. Herena escuchó de nuevo la risa de Ella detrás de ella.

— Bien — asintió el rey, aferrando la mano al respaldo de la silla y arqueando un poco la espalda. — Pues… decidme de qué se trata. ¿Qué razón ha causado vuestra decisión de venir a hablar conmigo?

Herena se giró un poco más en su dirección y fue directa al grano:

— El Señor Oscuro ha regresado — dijo, con voz firme.

Un silencio espectral se abrió paso entonces en la sala, y todos los ojos se dirigían a ella.

— ¿Cómo que…? ¿El Señor Oscuro? ¿Os referís a…?

— Aenin, creo que es hora de irse a la cama — interrumpió Álica a su suegro, agarrando a su hija del brazo y bajándola de la silla con premura; pero ella no salió del comedor, sino que en su lugar abrió la puerta y llamó a una de las sirvientas que esperaba afuera que se aproximara a por la niña y la llevara a su habitación, entre las quejas de la pequeña. Herena esperó a que la puerta se cerrase para volver a hablar.

— El Señor Oscuro — continuó — es Sauron, el Enemigo de los Días Antiguos. Aquel contra el que los Elfos y los Hombres, y también los Enanos lucharon en una última alianza. Aquel que cayó antes de la decadencia de los reinos de los Humanos del sur.

— Pero eso es imposible — negó Brand, apretando su agarre sobre la silla. — No puede ser.

Herena negó con la cabeza. Desconocía hasta qué punto los humanos de Valle podían estar enterados de las antiguas historias, pero algo debían conocer, pues sus rostros se mostraban cenicientos de repente, y el mismo Brand estaba nervioso. Herena creyó que la sombra de aquél que había altercado la paz en los días de antaño, del causante de la destrucción de la isla más allá del mar y del fin de los días de esplendor de los Elfos y de los Hombres estaba en el inconsciente colectivo de todas las culturas, de todas las regiones, aunque no entendieran bien de dónde provenía.

— El Señor Oscuro, como bien lo llamáis — se apresuró a rectificar el rey — fue derrotado, ¿no es así?

— No, no es así. No del todo, al menos. Sí que es cierto que fue herido de muerte, si es que puede matarse a un ser de esa naturaleza. Pero su voluntad quedó ligada al Anillo.

— ¿Anillo? — inquirió la reina Layla, que parecía haber olvidado por el momento su rectitud. — ¿Qué anillo?

— Sauron creó un anillo — explicó Herena, de la manera más correcta que pudo, pues no estaba mucho más enterada que ellos de la historia al completo, — una joya mediante la cual poder controlar a todos los demás seres de la Tierra Media.

— Pero ¿cómo es eso posible? — preguntó ahora Ella, hablando por primera vez en toda la noche a la vez que daba un golpe a la mesa. Herena se volvió hacia ella: — Gobernar un mundo entero con un… ¿anillo? Un objeto insignificante. ¿Se trata de un anillo mágico, acaso?

— ¿Magia negra? — murmuró Álica con voz siniestra y asustada.

— No… o tal vez sí — se encogió de hombros Herena. — No soy una experta en la cuestión. Todo esto es nuevo para mí también.

— Un momento, un momento — alzó una mano Brand, queriendo parar aquel cúmulo de nueva información. — Para empezar: ¿de dónde habéis sacado todo esto? ¿Quién os lo ha contado?

La princesa tragó saliva antes de contestar: — Nuestra gente fue invitada a un concilio secreto en el Valle Escondido, en Rivendell. Allí se contó toda la historia.

El rey alzó entonces las cejas en actitud escéptica, y soltó un «ajá» de sus labios. Entonces, dio la vuelta a la silla y tomó asiento sobre ella.

— Así que — dijo — vosotros fuisteis invitados a aquella reunión y nosotros no. Y decidme, ¿cuál es la razón por la que las gentes de Valle no disfrutamos de tal… honor?

Herena volvió a encogerse de hombros. — Ignoro esa razón. Incumbe al señor Elrond, no a mí ni a los míos.

— Y ¿por qué deberíamos sentirnos inclinados a escuchar historias que, al parecer, no nos concierne? Pues hemos sido excluidos de la cuestión.

Herena comenzaba a sentirse verdaderamente molesta, pero se obligó a sí misma a calmar los ánimos. Sabía que Brand debía verse obligado a oír sus palabras. Por el momento solo se estaba haciendo el chulo.

— El Anillo fue presentado en aquella reunión — continuó hablando, pensando que era mejor ignorar y extinguir los intentos de llamar la atención del monarca. — No sé la magia que pueda esconder esa joya, pero es poderosa; muy poderosa.

«Hace mucho tiempo — continuó explicando, — Sauron engañó a los personajes más poderosos de las tres principales razas para que elaboraran unos anillos bajo su propia tutela. Mi gente forjó siete anillos, una para cada líder de nuestras casas. Pero él forjó otro anillo más, más poderoso que el resto, con el cual poder gobernar a los otros. Y su espíritu, su fuerza vital quedaron ligadas a ese objeto. Así que no: no murió. No mientras el anillo siga existiendo.

— Bueno, ¿y por qué no se destruye el anillo entonces? — alzó Brand una ceja. — No creo que sea tan difícil.

— Sí que lo es, en realidad. El anillo sólo puede ser destruido en el mismo lugar en el que se forjó.

— Por favor — bufó el rey, levantándose de nuevo y alzando la vista al cielo.

— Y ¿qué sitio es ese?

Herena volvió la vista hacia el príncipe Bardo, que había permanecido en silencio, escuchando atentamente toda la historia. Lo miró a los ojos al contestar: — El Monte del Destino, en las entrañas de Mordor.

Todos callaron al principio, y Brand fue el primero en volver a hablar después de un largo rato, solo para decir: — Maldita sea — más para sí que para los demás, masajeando sus sienes con los dedos; y después de aquello golpeó la mesa con el puño, de forma imprevista, y Herena se echó hacia atrás en la silla instintivamente. Thorin hizo un ademán de levantarse y de dirigirse al rey, con el ceño fruncido, pero se detuvo al comprobar que éste levantaba la cabeza y se dirigía a su prima de nuevo. — No querrán que seamos nosotros quienes llevemos el anillo a Mordor, ¿verdad?

— ¿Qué? ¡No! — exclamó Herena, sintiéndose confusa. — Claro que no. Esa empresa ya se ha iniciado.

Brand abrió la boca entonces y dejó escapar un hueco "ah", y pareció algo contrariado al hacerlo, como sintiéndose molesto por, de nuevo, no ser el protagonista de aquella hazaña; a pesar de que apenas dos segundos antes había estado a punto de perder los estribos ante la posibilidad de tener que enfrentarse a ella.

Recomponiéndose, el hombre volvió a erguirse y pareció recuperar su entereza y su estoicismo, aunque había quedado más que claro lo fácil que podía resultar desestabilizarlo.

— Bueno, y en ese caso, ¿qué se espera de nosotros? ¿Vuestra visita se ha debido a un mero gesto de cortesía por advertirnos de lo que se cuece en otro lado del mundo?

— Mi visita va más allá — se alzó entonces Herena, y aunque era bastante más pequeña que el rey, lo miró directamente a sus duros ojos. — La realidad es esta: estamos ante un inminente peligro. El Anillo no ha aparecido ahora por casualidad: ha sido obligado a ser expuesto, pues el Enemigo lo anda buscando. Y lo quiere para adquirir su máximo poder, para recuperarse del todo, y cumplir así su empresa: gobernarnos a todos.

«La Compañía que se ha ofrecido para destruir la gema viaja ya hacia el sur, pero las tropas oponentes no se detienen. Un gran ejército se esconde y se prepara tras las montañas de Mordor, y es cuestión de tiempo que ataquen.

— ¿Cómo sabéis eso? — seguía preguntando Brand. — Y ¿cómo estamos seguros del lugar al que atacarán? Podría ser cualquiera. En el norte no hay nada. Nosotros no escondemos nada… O al menos, los Hombres no lo hacemos — y, con un rodar de los ojos, musitó: — Otra cosa es lo que podáis tener vosotros tras vuestros muros. Los enanos sois gente codiciosa, y no sería la primera vez que nos metiérais en un lío.

Thorin volvió a levantarse, esta vez de manera mucho más brusca que la anterior, pero Herena alzó una mano en actitud conciliadora, y continuó hablando:

— Los enanos no escondemos nada que sea de valor al enemigo. Nada, salvo oro y plata y joyas, y metales. Así como los elfos no esconden nada de valor, excepto la cuantiosa madera que pueda servir para alimentar el fuego de esa tierra. Y los humanos no tenéis tampoco nada que pueda interesar al enemigo, excepto las pieles y el alimentos y las especias con las que tanto comerciáis.

— ¿De qué le servirían al enemigo nuestras especias? — inquirió Brand, rojo de ira, de impotencia y de vergüenza.

— Para que no las tengáis vosotros — se aproximó Herena hacia él con una zancada. — Para que os muráis de necesidad, de pobreza o, pero aún, de hambre. Para quitaros el sustento con el que vivís. El Enemigo no tiene más fin que aniquilar a la mitad de nosotros, y esclavizar a la otra mitad. Lamento si mis palabras son cruentas o bruscas, pero es la realidad a la que hay que atenerse.

Brand cerró los puños a ambos lados del costado, y los ojos parecían querer salírsele de las órbitas. La enana temió por un momento que sus actos salieran de su control, pero en lugar de ello, el rey volvió a tomar asiento, y con porte orgulloso observó a la princesa ahora desde casi la misma altura.

— Dejemos una cosa clara — murmuró, con voz muy grave; — sólo yo soy el responsable de mi pueblo, y solo yo elijo las acciones a tomar, y si vale la pena tomarlas o no. ¿De acuerdo?

Herena asintió, esta vez sin mediar palabra. Brand era un hombre increíblemente engreído, y sólo estaba intentando volver a poner los huevos sobre su mesa. Era una muestra de petulancia y arrogancia, y ella pensó que era mejor dejársela pasar, si así conseguía que entrara en razón (y de paso, que calmara su temple).

El rey asintió también para sí, y se echó contra el respaldo, algo más tranquilo.

— Y ¿cuál es vuestro plan? Decidme: ¿pretendéis acaso hacernos marchar hacia Mordor?

La enana negó: — No. Hay una cuestión más que aún no os he compartido.

— ¿Cuál es esa?

Herena cogió aire, antes de continuar: — Gandalf nos envió un aviso, un comunicado. No sabemos qué hay en el norte. Los antiguos dragones se han dado por desaparecidos, pero no estamos del todo seguros de que así sea. Además, no tememos solo a esas bestias, sino a muchas otras. El ejército comandado por el orco Bolgo, aquel contra el que nuestras gentes batallaron hace años, estuvo guareciéndose en Gundabad. Recelamos de lo que esas tierras puedan cobijar… y también de lo que puedan ofrecer al enemigo.

Brand detuvo el inquieto vaivén que hasta entonces había mantenido con su pie, y se quedó muy quieto, observando a Herena fijamente pero sin verla en realidad. Y es que aquellas últimas palabras se habían mostrado como una revelación ante él.

— ¿Mordor puede enviar tropas hacia el norte? — inquirió Bardo en su lugar.

— Es previsible que lo haga — contestó Herena, volviéndose hacia él. — Y en su camino sólo nos interponemos nosotros.

— Y ¿qué debemos hacer? — se incorporó entonces Layla, y toda compostura en ella había desaparecido, aunque la rectitud de su carácter seguía vigente en su voz. — ¿Se supone que debemos enfrentarnos a los ejércitos de esa tierra maldita? ¡Somos una tierra de agricultores y comerciantes! No sabemos luchar. Nuestros guerreros son escasos.

— No se trata de eso. Veréis, nuestra idea es formar una alianza.

— Una ¿qué? — aquella vez fue Álica quien habló.

— Una alianza — reiteró Herena. — Los ejércitos de Erebor y de las Colinas de Hierro, sumados a los del Reino del Bosque, son de los más…

— Un momento — interrumpió Brand. — ¿El Reino del Bosque? ¿Habéis hablado con Thranduil, acaso?

El rostro de la joven se puso rojo: — No aún, pero tenemos intención de hacerlo en los próximos días.

El silencio volvió a imperar en la habitación, hasta que una sonora carcajada de Ella lo rompió.

— Espera, espera — habló, — a ver si lo he entendido. ¿Tenéis intención de aliaros con los Elfos? ¿Vosotros, los Enanos?

— Sí — asintió la otra. — O al menos intentarlo.

— ¿Los mismos que por pocas os matáis a puñetazo vivo bajo los muros de nuestra casa?

Herena se avergonzó al recordar los incidentes acaecidos la noche de la fiesta, al final de la fiesta.

— Por ahora no tenéis que aceptar — se volvió de nuevo hacia el rey. — Sólo comprometeros asistir a una reunión que se celebrará en Erebor…

— Padre, no iréis a aceptar, ¿no? — inquirió Ella, alzando una ceja. — Es absurdo. Thranduil jamás aceptaría participar en esto. Además, todo este argumento flojea. Decís de establecer una unión militar, pero lo cierto es que nosotros no poseemos una milicia envidiable, precisamente. ¿Qué esperáis de nosotros? ¿Por qué queréis meternos en el juego?

Herena se obligó a sí misma a cerrar los ojos y a tomar aire de nuevo. Toda aquella situación se estaba yendo un poco de madre.

— A ver — comenzó de nuevo, — la situación es esta: el enemigo llegará del sur, en un momento u otro; y es probable que se nos abra otro frente en el norte. Vosotros no tenéis armas ni guerreros suficientes… y nosotros no tenemos comida ni enseres. No los suficientes para sobrevivir. Si Valle cae… e incluso si las tierras lejanas de Dorwinion caen, nosotros estaremos igualmente perdidos. Podremos sobrevivir un tiempo bajo tierra, pero en algún momento necesitaremos comer. No podemos vivir aislados bajo tierra mientras el Enemigo lo destruye todo en el exterior. Por eso os necesitamos, y por eso es probable que vosotros nos necesitéis. Os proponemos esto: asistid a la reunión que se celebrará en mi casa escuchad las propuestas, y si son de vuestro agrado firmad la alianza. Y si no, idos sin ningún tipo de compromiso.

Brand observaba a Herena muy detenidamente, y una casi podía ver los pensamientos atravesando su mente a gran velocidad.

— No me fío de todo esto — continuaba hablando Ella. — Me huele un poco mal todo el asunto. ¿Por qué debemos ir a Erebor? ¿Por qué no en otro sitio?

— Podríamos hacerlo en mitad del campo en pleno otoño, pero creo que sería mucho más incómodo. — Dicho esto, Herena sacó de una especie de pequeño fardo que llevaba colgado al hombro el pergamino que le había entregado su padre aquella misma mañana, y se lo pasó al rey de manera rápida. Comenzaba a sentirse impaciente y cansada, y creyó que era el momento de dejar de hablar e intentar convencer y dejar que él tomara su propia decisión. — Tomad, leedlo. Si os place, podéis firmarlo. Si no, mañana me dirigiré hacia el Bosque Negro de igual manera. Haced lo que creáis conveniente.

Y dicho aquello, se alejó hacia la pared y se posicionó de brazos cruzada, y simplemente esperó, y dejó que el silencio hiciera su efecto en el temple del rey.

Éste leyó el documento, y pareció volver a leerlo varias veces más, pues estuvo mucho rato con los ojos puestos sobre la hoja. Los minutos se sucedían, y Herena continuaba observándolo con los brazos enlazados sobre el pecho, esperando una respuesta. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el monarca dejó escapar un sonoro suspiro.

— ¡Jon! — exclamó; y de manera automática uno de los sirvientes irrumpió en la habitación y se aproximó hacia él. Brand se giró y le dijo: — Tráeme una pluma, haz el favor.

El aludido así lo hizo, y volvió no mucho después con plumero en mano. El rey mojó el instrumento y lo dejó gotear un poco, pero dirigió una última mirada a Herena:

— Esto no significa nada entonces, ¿no es así? Puedo retractarme.

— Al firmarlo os comprometéis a asistir a la reunión, pero no tenéis por qué aceptar lo que allí se debatirá.

Brand asintió de manera muy superficial, y finalmente rasgó el papel con la pluma. El sonido de su firma reverberó en los oídos de Herena como si se tratase de la melodía más hermosa del mundo.

— Ya está — sentenció Brand. — Lo hecho, hecho está.

Se levantó de su silla y se aproximó a Herena, entregándole el papel en mano. Ella se sentía de repente extasiada de alegría, a la vez que increíblemente aliviada; pero los severos ojos de Brand la seguían observando con dureza, y le dijo en tono de advertencia: ー No os sintáis eufórica. No prometo nada.

ーTendréis que acudir a la reunión ー recordó ella, mientras enrollaba de nuevo el pergamino. El monarca no añadió nada más, sólo rodó los ojos hacia abajo.

ー Espero que hagáis al rey Thranduil entrar en razón ー comentó. ー Lo cierto es que me gustaría cerciorarme de que así sea. ¿Podría sugeriros que uno de mis hijos os acompañe en vuestra visita al Bosque Negro? Sólo por prevenir, claro está. Toda ayuda es poca. Y si vamos a ser aliados… mejor que mejor, ¿no creéis?

Herena intentó no mirar directamente al rey, pues hubiera él hubiera leído la contrariedad en su mirada; pero sí que giró los ojos hacia el príncipe y la princesa de Valle. Ninguno de los dos deseaba acompañarla. Sólo era una estrategia de su padre para posicionarse a la misma altura que ella.

ー Esta es una misión que debo cumplir yo sola, Majestad. Para salvaguardar la imparcialidad…

ー ¿Imparcialidad? ー arqueó Brand las cejas. ー Eres hija de Thorin, y además la reunión se celebrará en tu tierra ー y, chasqueando la lengua, añadió: ー Ella tiene razón. Hay algo raro en todo esto, y pienso estar alerta en todo momento.

Herena frunció el ceño, pero se le ocurrió una salida para la situación.

ー Veréis, Majestad ー dijo, ー sí hay algo que me gustaría pediros. Veréis, tenía en mente hacer una breve visita a Esgaroth en nuestro camino al bosque… sólo para conocer al alcalde de la ciudad y comentarle los acontecimientos de los que hemos hablado aquí. Todo esto con vuestra venia, por supuesto ー se apresuró a aclarar. ー Pero creo que no es mi responsabilidad hacer tal cosa, y tal vez uno de sus hijos deseen acompañarnos e informar de las nuevas por su boca. Todo esto en caso de que lo veáis procedente.

Brand arrejuntó más aún sus cejas, y fue a abrir la boca, cuando Bardo lo interrumpió:

ー Padre, tiene razón ー dijo, levantándose de su silla. ー Puedo ir mañana mismo a Esgaroth y comentarlo todo esto a Rick. La presencia de la princesa Herena podría serme de utilidad para esclarecer ciertas cuestiones… Creo que todo esto ha sido demasiado para asimilarlo en tan poco tiempo.

El rey continuaba mirando a la enana con una ardorosa fijeza, y comentó: ー No debe saber detalles en exceso. El rey aquí soy yo, y yo doy las órdenes. Rick sólo tiene la responsabilidad de acatarlas ー y, tras un instante de silencio, añadió: ー Pero tenéis mi beneplácito. Tarde o temprano deberá enterarse, de todas formas.

Herena asintió, y el tema quedó zanjado. Y cuando los ojos del monarca se dirigieron a otro punto, sintió un hondo alivio recorrer su cuerpo.

ー Pues no se hable más. Mañana te dirigirás hacia Esgaroth con ella a primera hora, ¿de acuerdo?

Bardo asintió al comentario de su padre de manera comedida, y el rey se alejó hacia la puerta del comedor.

ー Bien, yo me voy a la cama. Ha sido una larga velada, y he de reflexionar sobre todo esto. No os importará, ¿no es cierto?

Herena negó con prontitud. Lo cierto es que estaba deseando perderlo de vista.

ー Yo también me voy a retirar ー se levantó Layla, y siguió los pasos de su marido sin despedirse siquiera de los invitados. Parecía exaltada y deseosa de abandonar el salón.

ー Descansad bien, princesa ー se despidió Brand antes de desaparecer tras la puerta. ー Tenéis un largo viaje mañana.

Cuando los dos reyes se hubieron ausentado, y los escasos sirvientes que habían estado esperando afuera comenzaban a recoger los restos de la mesa y desaparecían también de la habitación, se oyeron los sonidos de unas palmadas en el aire, acompañados de una estruendosa carcajada. Ella volvía a reír.

ー Vaya, vaya ー comentó, ー ha sido digno de ver, he de decir.

Con pasos lentos pero decididos se aproximó hacia la princesa de Erebor. La observó desde arriba, tan alta como era, y la dirigió una media sonrisa.

ー Mi padre es un hombre terco y orgulloso como él solo… pero habéis sabido llevarlo bien. ー Y, dicho esto, aproximó la mano hacia Herena con la palma abierta. ー No nos hemos presentado como es debido. Ella, a vuestro servicio.

ー Herena de Erebor, al vuestro ー la estrechó la otra, sintiéndose confusa. ー Y creo que yo sí que me presenté ante vos; o lo hicieron vuestros familiares, al menos.

La humana permaneció unos momentos en silencio, y el porte orgulloso de Brand lucía en ella también; pero dejó escapar otra carcajada, y dijo: ー Lo siento, soy prejuiciosa. Lo admito. Creí al veros que seríais poca cosa… pero ahora creo que me equivoqué al juzgaros con tal premura.

Herena no añadió nada más, pues seguía molesta con el trato que le había dirigido la otra en un principio; pero asintió a modo de aceptación.

ー Como creo que ya os dije ー se aproximó ahora Bardo hacia ella, ー mi hermana es una persona "complicada".

ー No como mi hermano, que es un ser de luz ー rodó los ojos Ella, y se dirigió al mueble-bar como había hecho Brand antes. ー Oye, ahora que estamos en confianza… ¿Es cierta toda esa mierda? Lo de pretender aliarnos y demás.

ー Claro que sí.

ー Ya, pero ¿hay gato encerrado? ー inquirió la mujer, vertiéndose una copa de brandy para ella sola. ー ¿Pensáis engañarnos, o vosotros también sois seres de luz?

Herena abrió mucho los ojos entonces, pero una fresca risa resonó a sus espaldas.

ー Venga, podéis relajaros ya ー se trataba de Álica, quien la rodeó por los hombros. ー Nuestros reyes se han ido ya a la cama. Podéis hablar con libertad ahora. No somos peligrosos, aunque sí peculiares.

Herena sonrió levemente a su vez, y Álica se tomó aquel gesto como una predisposición.

ー Venga ー le dijo, ー os invito a la sala común con nosotros tres. Charlaremos de manera distendida.

ー Oh, no. No debería. Estoy cansada y desearía irme a dormir.

ー ¡Venga! Os habéis ganado una copa.

Herena dirigió una rápida mirada a su primo, que permanecía aun presente también, y éste le hacía un gesto disimulado con las manos. Aunque no estuviera muy puesta en el Iglishmêk, sabía lo que eso significaba: "vámonos ya".

ー Agradezco vuestra amabilidad ー volvió a excusarse, ー pero de verdad que debo ausentarme. En otro momento estoy más que dispuesta a invitaros a vosotros a una copa o dos.

Álica calló entonces, pues entendía lo que había dejado implícito en el mensaje: «No es el momento».

ー Está bien ー aceptó, ー pero apuntada quedáis. Es más, mañana probablemente acuda con vosotros a Esgaroth. Hace ya que no hago una visita a mi madre. Puede que tengamos momento de hablar en alguna taberna ー guiñó un ojo ante esto último.

Herena asintió de nuevo, pero no dio una respuesta clara. Había sido una noche intensa, y prefería poner sus ideas en orden antes de depositar su confianza en los príncipes de Valle.

ー En fin, buenas noches a los tres. Y gracias por vuestra hospitalidad.

Bardo, Ella y Álica agacharon la cabeza a modo de despedida, y Herena y Thorin desaparecieron por el pasillo.

ー En fin ー suspiró la consorte después de un rato, ya en la intimidad de los suyos. ー ¿Todo esto iba en serio, pues?

ー O eso ー se giró Bardo hacia ella, ー o es la broma más pesada de la historia. Mañana hablaremos más calmadamente con Herena, y veremos si puede explicarnos algo más. Pero me temo que nos han tocado tiempos muy duros por vivir.

ー Bueno, ¿y tú qué opinas?

El príncipe se giró hacia su hermana. ー ¿Qué opino de qué?

ー De todo este asunto. A mí me sigue oliendo a chamusquina ー Ella terminó su copa de un sorbo. ー ¿Creéis de verdad que conseguirá hacer que Thranduil entre en razón? Y aunque así fuera, ¿tienen los enanos intención de aliarse con él? ¿En qué universo? ー dejó el vaso a un lado, y se aproximó a su mellizo. ー Tú vigílala bien, por si acaso. No me fío de los enanos. Son seres sublimes en ciertas artes, pero, como dije antes, no sería la primera vez que nos meten en un lío de los buenos. Yo intentaré conseguir información por mis propios medios.

Bardo asintió. Su naturaleza no era desconfiada, pero todo aquel asunto daba qué pensar.

ー Bueno, podría haber sido peor ー comentó Thorin en voz baja, mientras él y su prima subían las escaleras del palacete.

ー Brand ha firmado. ¿No es eso lo que pretendíamos?

ー Sí, pero por un momento he temido que no lo hiciera ー ambos se detuvieron al llegar a la planta alta. ー Y he temido cosas peores, también. Es un hombre con un temperamento complicado. He estado a punto de intervenir en un par de ocasiones.

ー No ha sido necesario, y mejor que no lo hayas hecho. Pero sí, su carácter es difícil. ー Y, tras un momento de silencio, añadió: ー Pero he de admitir que he agradecido que me acompañaras. Si la cosa se hubiera salido de madre, no hubiera podido contenerlo sola.

ー Vaya ー una sonrisa se asomó a los labios del enano. ー No era tan difícil de admitir, ¿no es así?

Herena frunció el ceño, y añadió: ー No te lo tomes tan a bien. También agradecería que la próxima vez no te dediques a hacerme el vacío mientras hablas animosamente con la persona con quien voy a parlamentar. Ha sido francamente avergonzante.

La sonrisa de Thorin desapareció entonces, y contestó: ー Menudos humos. Está bien, lo tendré en cuenta.

ー Bien ー asintió Herena, dándose la vuelta. ー Buenas noches, primo. Mañana nos espera un largo día.

ー ¡Herena! ー la llamó él antes de que se internara en su habitación, y ella se dio la vuelta. Él la miraba con respeto en los ojos. ー Lo has hecho cojonudamente bien.

La joven ahogó una sonrisa en sus labios y penetró en su alcoba.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se dirigió con rapidez a la cama. Se dejó caer sobre el colchón, extasiada como estaba. Sintió el frescor de las sábanas acariciar la palma de sus manos, el silencio rodeándolo todo.

Pasados unos momentos, la joven volvió a ponerse en pie. Se aproximó al balcón y abrió los postigos. El frío de la noche la recibió de imprevisto, pero no le importó. Oteó a la distancia. No había luces en la calle, excepto la de los faroles. El mundo de los Hombres dormía. A lo lejos, recortada contra la luz de la luna, seguía viendo la silueta de la Montaña Solitaria.


¡Holis! Espero que estéis disfrutando de lo último que queda de verano/invierno.

He tardado más de lo que pensaba en escribir este capítulo aun cuando he tenido unas mini-vacaciones de por medio, ya que la conversación entre Herena y Brand se ha alargado mucho al final. Ha sido algo complicado de elaborar, ya que tenía que explicar (de nuevo) todo el tema de Sauron y el Anillo, y la necesidad de forjar una alianza; pero también tenía que plasmar bien las personalidades de cada uno de los personajes, y sus reacciones ante las noticias. El temperamento de Brand y las respuestas de Herena han sido algo difíciles de plasmar, y he tenido que darle varias vueltas; incluso he cambiado algunas pautas y escenas que tenía pendientes. Pero creo que el resultado ha sido favorable, al final.

En el próximo cap nos dirigiremos hacia Esgaroth, conoceremos a la figura del Alcalde y tendremos un poco más de intimidad con Bardo y Álica. Y en el siguiente nos dirigiremos hacia el Bosque Negro.

¿Qué os ha parecido el capítulo? Como siempre, estoy abierta a todo tipo de reacciones. ¡Mil gracias por leer, votar y comentar!

¡Hasta la próxima!