Notas Iniciales: Un vistazo al pasado de Revali en forma de headcanon.
Inspirado en la canción "My Secret Friend" de IAMX.
La cría abandonada.
Los gélidos vientos de la región azotaban sin clemencia contra los prados y montañas, haciendo crepitar los arboles que junto a la fuerte tormenta presagiaban desesperanza para ellos que a duras penas lograron hallar a trompicones un espacio en la roca solida como escondite. Las plumas empapadas de ambos polluelos incrementaron el frío mordiendo sus carnes, no importando cuánto tratasen compartir calor con su cercanía, pues sus picos castañeando evidenciaban lo inútil de sus esfuerzos desesperados mientras pretendían pasar desapercibidos del lizalfo de hielo que los había estado cazando. Revali asomó la cabeza de la forma más sigilosa que fue capaz, comprobando que el enemigo continuaba ahí, tan cerca que podía estimar el tiempo correcto antes de que los encontrara. Su acompañante mientras tanto se removía horrorizado, manteniendo las alas sobre su cabeza en señal de pánico.
—Vamos a morir —gimió la cría de plumaje grisáceo apretando las párpados con fuerza, sintiéndose perder el aliento—. Vamos a morir —repitió—. Nunca debí hacerte caso, Revali. Debí quedarme en casa con mis hermanos. Debí haber hecho caso a mamá.
—Cállate, Romi. Los arqueros vendrán a salvarnos. Lo sé.
—Estamos muy lejos de la villa y ellos no saben que escapamos —evidenció al borde del llanto—. Ese monstruo nos va a matar.
—Estoy seguro que ya se dieron cuenta que no estás ahí.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Lo he visto muchas veces —explicó tratando de hablar lo más bajo posible pero no lo suficiente para que su voz se perdiera entre el ruido del exterior de la cueva—. Cuando un bebé como tú se escapa, siempre mandan a un centinela a buscarlo. Además, tus hermanos son unos soplones, seguro ya le dijeron a todos que me seguiste fuera de los límites.
—¡No soy un bebé! —exclamó Romi ofendido, fue en ese momento que ambos recordaron el peligro que enfrentaban, así que se agazaparon entre las rocas para evitar ser vistos. Y al no percibir señales del lizalfo, sus músculos se relajaron. Revali miró al otro con reproche.
—¿Ves lo que haces? Sólo un bebé haría esas cosas.
—Pero tú tienes mi edad, es lo que mamá dice. Así que si yo soy un bebé, tú también lo eres.
—Yo soy mucho más adulto que tú —renegó el pequeño Revali con expresión arrogante—. Ya que yo vivo solo y no necesito a nadie que me diga qué hacer. Tú no.
—Pero-
—Ya, no quiero oírte. Debemos estar callados sino queremos convertirnos en la cena de ese lagarto mutante. Rayos —maldijo para si mismo en un murmullo—, si tan sólo tuviera un arco, podría matarlo con una flecha.
—¿Y si nadie nos encuentra?
—Volaremos entre la tormenta, ¿entendido?
—Pero... mamá dice que es peligroso volar cuando está lloviendo.
—Tú mamá no puede regañarte cuando es para vivir un día más.
—Pero-
Percatándose del ruido repentino a los afueras, Revali silenció a su compañero pero ya era tarde: el lizalfo los había encontrado, así que no tardó en lanzar su lengua expansible en su dirección, la cual ambos polluelos esquivaron de milagro entre gritos alarmados para posteriormente correr fuera de la cueva. El lizalfo al ver su maniobra fallida los persiguió a donde la tormenta dominaba los alrededores, entorpeciendo los aleteos de los dos polluelos sobre la superficie lodosa y resbaladiza. Gritando como nunca, ambos continuaron su travesía sin saber de qué manera conseguían eludir los ataques helados que contra ellos eran lanzados, apenas siendo testigos de un grito de guerra zumbando por toda la zona antes de que una flecha explosiva reventara contra el rostro del lizalfo y una figura blanca como la nieve se abalanzara contra la criatura reptiliana mientras aún yacía aturdido.
Revali y Romi dejaron de correr para apreciar mejor la manera en que un grupo pequeño de arqueros sobrevolaban el lugar con su majestuosas alas, proyectando sus sombras sobre el suelo mojado, cada uno tomando su rol como apoyo al guerrero (que les había salvado la vida) de manera ordenada. Romi se sintió seguro sólo cuando uno de los orni los cargó en su espalda para llevarlos lejos del peligro junto a otros escoltas. Entonces Revali se tomó la libertad de mirar tras de él la fiera batalla que se desarrollaba entre las fuerzas de la villa y aquel lizalfo de hielo, no pudiendo reprimir una sonrisa maravillada, pues era realmente alucinante cómo luchaban contra lo desconocido, sin temer a la muerte o al poder de su adversario. Siempre valerosos, siempre audaces.
Revali casi se decepcionó cuando su vista no alcanzó para seguir siendo espectador de tal batalla, así que tuvo que resignarse cuando el poblado estuvo a la vista para acercarse tanto que no tardaron en descender sobre la plaza. El arquero que los transportaba los ayudó pisar superficie, y al hacerlo Romi se echó a correr a las alas extendidas de su madre mientras sus hermanos lloraban a su alrededor. Revali se quedó ahí con el ceño fruncido en una mueca de rechazo mientras las gotas de lluvia los empapaban, reconociendo a las mismas caras aliviadas que pronto volvieron a dispersarse para dar espacio a las últimas actividades de los arqueros, los cuales acostumbraban reunirse en la plaza para compartir informes.
Revali también esperaba hasta que estuviera el último integrante presente, sus ojos brillando con emoción cuando un orni en especifico se presentó en el sitio. Alfarr aterrizó con hosquedad sobre la madera húmeda, la cual emitió un sonido doloroso que atrajo la atención de todos los arqueros, quienes no tardaron mostrarle sus respetos al rito de abundantes plumas blancas con una reverencia por todo lo que significaba al ser el actual líder y comandante absoluto de las fuerzas.
—Reporte —solicitó con tono autoritario.
—La misión ha sido un éxito. No ha habido bajas en el escuadrón, sólo heridos pero no de gravedad, se estima que con algunas pócimas y un descanso adecuado estarán en funciones el día de mañana. Y el chico ha sido entregado a su familia como corresponde.
—¿Han localizado alguna otra amenaza?
—Negativo. Salvo el último lizalfo, los centinelas no han identificado visitantes indeseados.
—Bien. Releven al grupo dos de su puesto y sigan haciendo un buen trabajo.
Con un asentimiento, el arquero de menor rango se retiró, permitiendo que Alfarr redujera la tensión en sus hombros mientras se frotaba la cresta de puntas negras, siendo consciente de que necesitaría un minucioso acicalamiento después de semejante combate bajo la lluvia. Con un suspiro estaba decidiendo en romper filas para retirarse a su choza cuando notó la mirada insistente de la cría que no había visto hasta ese momento. Revali experimentó una gran impresión cuando su ídolo lo observó de pies a cabeza, como si intentase discernir su figura escuálida y descuidada con esa habitual expresión fastidiada.
—Hey, tú. ¿No deberías estar enrollado en una manta recién acicalado sobre tu hamaca? ¿Qué se supone que haces aquí? Vas a resfriarte.
—Si, emm... ¡Si! ¡Lo siento! Quería asegurarme de que volverías.
—¿Ah? Por supuesto que iba a volver. ¿Por qué no lo haría? Aquí es donde vivo ahora.
—¿En serio? —Los ojos de Revali brillaron con mayor intensidad, ilusionados con la respuesta recibida y eso consiguió que Alfarr se incomodara—. ¿Significa que no te irás de nuevo?
— …Por el momento.
—¡Entiendo! ¡En ese caso me retiro! ¡Estuvieron fenomenales el día de hoy también! Verlos enfrentarse contra ese lagarto gigante hizo latir muy fuerte mi corazón. —Revali empuñó las alas sin molestarse en retener un gritito emocionado que se derramó fuera de su pico a libertad—. ¡Por favor sigan siendo tan geniales como siempre!
Revali realizó un gesto descuidado con su ala en su absurdo intento de parecer profesional antes de retirarse escaleras abajo, dando entusiasmados saltos y aleteos al desplazarse contra las crujientes y resbaladizas escaleras. El orni blanco lo siguió con la mirada, completamente desconcertado por aquella actuación y preguntándose en voz alta su inquietud por el comportamiento del infante.
—¿Qué le pasa a ese niño?
—No le tome mucha importancia, señor —intervino otro de los arqueros en un tono divertido—. La excentricidad es casi una cualidad para Revali. Pronto se acostumbrará a ello como todos en la villa.
—¿Es que no hay nadie que le sermoneé sobre la importancia de mantenerse al margen de la labor de un arquero?
—Oh, ¿no lo sabe? Revali es huérfano.—La nueva información que le era concedida de forma tan casual consternó a Alfarr de sobremanera—. El patriarca trató concederle tutores pero él se negó rotundamente seguir normas. Creemos que está demasiado acostumbrado a ser rechazado que no puede acoplarse al calor de una familia política.
Alfarr miró en la dirección donde la silueta del polluelo había desaparecido, experimentando una extraña sensación de reticencia. Por supuesto que había visto a ese niño muchas veces desde que comenzó a velar por la seguridad de su tribu por mandatos del patriarca, de hecho era de los polluelos en que más problemas se metía con los monstruos rondando esas tierras salvajes. Al principio había pensado que era muy osado o sólo tenía muy mala suerte para estar siempre involucrado, pero después de haber escuchado ese importante detalle sobre su desafortunada vida, todo cobraba sentido. Por tanto no retuvo el pensamiento de que era en verdad lamentable que un orni tan pequeño enfrentase una realidad tan dura. No pudo evitar sentirse un poco identificado.
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Revali tarareó en su camino de regreso a la zona de la montaña que consideraba su maravillosa guarida, resbalándose con el pasto cuando quiso acortar la distancia de un salto hacia el montón de cajas, rocas y trozos de tela que lo conformaban. Sacudiéndose las plumas cuando consiguió levantarse, caminó con desgana hasta la entrada, comprobando con una mueca que la lluvia había arruinado una parte importante del interior, así que estaría obligado a dormir en un espacio muy reducido sino quería levantarse con los poros mucosos. Más, resignado, se apresuró entrar, evaluando con las plantas de sus largos dedos las condiciones de los montones de tela conformando su cama improvisada.
—¡Ugh! Hylia, ¡tú me odias! —exclamó con enojo al darse cuenta que todo estaba empapado.
—Que interesante fuerte. —La voz repentina erizó la cresta del pequeño, quien se asomó de prisa para recibir a su visita inoportuna, sus mejillas sonrojándose furiosamente siquiera reconocerlo. Alfarr estaba ahí con las alas cruzadas, examinando casi de manera crítica el descuidado escondite—. Es una sorpresa que resistiera esta tormenta. ¿Lo hiciste tú solo?
—¡No! ¡Digo, si! ¡Mejor dicho, no! Esto... Señor, ¿qué hace aquí? —exigió saber el pequeño orni con todas las azuladas plumas de punta, fruto de su pánico excesivo. Si Alfarr tuviera debilidad por la ternura natural que inspiraban los menores, habría sonreído dulcemente.
—Pensé en invitarte comer algunas golosinas después de tu aventura de hoy. Mi choza está en la parte más alta, ¿te gustaría venir?
—¡No puedo! Yo no... ¡es demasiado honor! ¡No soy digno!
—¿De dónde sacaste esa idea? —espetó Alfarr con sus gruesas cejas pálidas fruncidas en confusión—. No digas tonterías y acepta mi invitación. Los chicos como tú no deberían preocuparse por cosas como esa.
—Pero, pero, pero es que...
—Ven antes de que cambie de opinión —declaró severamente, dándose la vuelta para comenzar a ascender por las escaleras. En reacción, casi como si se tratase de un reflejo instintivo, Revali no tardó en seguirle los pasos aunque todavía hecho un manojo de nervios, su plumaje alborotado lo evidenciaba.
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El camino hasta la parte más alta de la villa fue silenciosa, pues en ningún momento Revali se atrevió iniciar conversación como seguramente habría hecho cualquier otra cría de orni, por eso Alfarr no se contuvo mirarlo de reojo un momento, interesado en su comportamiento. ¿Pensaría que estaba siendo una molestia? ¿Estaría demasiado halagado o avergonzado para hablar? El pensamiento le hizo suspirar, ya que desde que podía recordar era el niño más hablador y fanfarrón de todos los polluelos en la tribu; siempre alardeando de su independencia cuando obviamente todos los adultos se apiadaban de él regalándole cestos llenos con la comida del día, o al menos eso acababan de decirle sus subordinados. No ayudaba que gran parte de los adultos fueran ya padres de familia.
—Aquí es —señaló distraídamente mientras organizaba los artículos de hogar para recibir de manera adecuada a un invitado. Revali se quedó en la entrada admirando la extraña estructura, la cual difería de todas las chozas de la tribu por la privacidad de sus muros, misma que impedía dar vista al exterior salvo por una ventana de considerable tamaño, donde además podía apreciarse de forma maravillosa el río más cercano a sus dominios—. No te quedes ahí. Entra, anda —insistió y Revali aceptó la sugerencia.
—Umm... ¿señor? ¿Puedo preguntar... por qué me pidió venir con usted?
—¿Qué importa? —trató eludir mientras colocaba un plato sobre la mesa ovalada con bocadillos horneados, cuya consistencia era quebradiza.
—Es... importante para mi —dijo con creciente timidez.
—¿Oh, si? ¿En qué sentido?
—Los otros adultos no suelen invitarme a sus casas. No desde que comencé a poner en peligro a los demás niños... eso he oído.
—Pues yo no tengo hijos, dudo que puedas meter a alguien en problemas así, ¿no crees?
—Entonces, ¿es verdad lo que dicen?
—¿Qué?
—Que no tienes esposa.
—No, y no pienso tener ninguna en una larga temporada. A diferencia de los que han vivido toda su vida aquí, no creo que sea sinónimo de felicidad formar una familia pero, ¿quién soy yo para criticar a las masas? —preguntó de forma retórica, antes de mirar a Revali que seguía de pie—. ¿Qué pasa? ¿Esperas una segunda invitación para comenzar a comer?
—Eh, no, perdón. —Revali corrió, tirándose de forma descuidada frente a la mesa—. Ya me senté.
—Ya me dí cuenta. Me sorprende que estés siendo tan reservado en este punto, pareces otro. Algo así como... alguien maduro.
—¿L-Le molesta?
—No —sonrió burlón—. Sólo digo lo que veo.
—Si lo prefiere, puedo comenzar a decir lo mucho que admiro verlo luchar.
—Por favor no, estás empezando a caerme bien, no lo arruines adulándome innecesariamente —renegó sosteniendo entre los falanges de sus alas una pipa de madera que mordió con su pico, y dentro de la cual comenzó a quemar una pequeña cantidad de hojas secas y delgadas con un alargado fósforo. Revali observó sus acciones con penetrante curiosidad pero no lo distrajo de lo que acababa de escuchar.
—¿No le gusta que lo halaguen, señor?
—¿Por qué iba a gustarme?
—¡Se siente genial cuando otros te reconocen! Cuando puedes hacer algo que los demás no y te distingues por eso.
—Entonces, ¿esa es la razón detrás de todas tus aventuras? ¿Sabías que cada vez que lo haces nos metes a todos en problemas?
—¿Problemas? —repitió el polluelo consternado.
—¿Has pensado que incitar a tus amigos puede costarles la vida? Ya han estado cerca estas últimas ocasiones.
—¡Yo no les he dicho que me sigan!
—Pero al atreverte tú es como decirles que son unos cobardes. Dudo que no lo hayas hecho explícitamente incluso. —El pequeño orni bajó la cabeza, nadie le había ayudado notarlo y que se lo dijese su ídolo de frente de pronto lo hizo sentir extrañamente avergonzado por sus acciones—. Mira, si lo que quieres es que te reconozcan, dudo que esta sea la mejor manera. Por eso también los adultos han dejado de invitarte a sus casas. Te ven como un inconveniente, un mal ejemplo para sus hijos, aún si no son tus intenciones que mueran.
—Es que... ustedes siempre nos cuidan, por eso pensé que... —La voz de Revali se consumió dentro de su redondo pico mientras se encogía cada vez sobre su sitio, incapaz de refutar los puntos que Alfarr había expuesto, o mirarlo a los ojos mientras este fumaba ociosamente hasta animarse volver hablar—. Intenté que me prestaran un arco muchas veces pero... me dijeron que no estaba listo para eso, así que pensé que debía haber otra manera de ser útil y... comencé a buscar monstruos.
—¿Los buscabas?
—Escuché que todos estarían más seguros si no hubieran monstruos... entonces...
—Con que es eso —susurró Alfarr, sonriendo para sí mismo al profundizar entre las capas y capas de rebeldías que Revali había estado acumulando tanto tiempo, tal vez incluso antes que él regresara a la tribu y le asignaran el puesto de líder—. Revali, ¿te gustaría ayudarme?
—¿Eh?
—Es verdad que todavía eres muy joven para recibir un entrenamiento adecuado como arquero pero hay otras cosas que puedes aprender. ¿Qué te parece si te conviertes en mi pupilo? Estoy seguro que el patriarca no se negará.
—¿Yo? —Los ojos del polluelo se iluminaron con fervor y su sonrisa se tornó profundamente ilusionada—. ¿Pupilo del Mejor entre los mejores? ¿Lo dice de verdad?
—Así es.
—¡Sería un sueño hecho realidad! —exclamó poniéndose de pie de un salto repentino, el cual logró sobresaltar al mismo Alfarr—. ¡La más maravillosa oportunidad presentada nunca jamás a un don nadie como yo! ¡Por favor permítame demostrarle que puedo! ¡Lo haré! ¡Me esforzaré! ¡Prometo no decepcionarlo!
—Si, claro. Ahora, ¿podrías dejar de exagerar como si estuvieras en una obra dramática? No puedo permitir que se te suba a la cabeza sin siquiera haber empezado. Ahora vuelve a sentarte, me pondrás nervioso.
—Oh, por supuesto, lo siento.
—Menos "lo siento" y más tragar, necesito que comas y te duermas.
—¡Entendido! —exclamó Revali haciendo una seña final con las alas.
Entonces perdió su atención en las golosinas que le habían sido ofrecidas desde un principio, disfrutando su sabor bajo la mirada interesada del arisco arquero, quien ya comenzaba a maquinar cómo tendría esta charla respecto a Revali con el patriarca Offu al día siguiente. Obvio era que no anticipaba este intercambio con el viejo jerarca, ya que -de una manera u otra- estaba obligado informarle cada movimiento que realizaba dentro de aquel triste y decadente poblado, algo que le había desagradado hacer desde el primer momento. Sin más sus ojos se deslizaron hacia su ventana para observar el paisaje, sintiéndose ahogar levemente por la rutina que saboreaba antes de mirar de nuevo a Revali, decidiendo aceptar este cambio.
