ĒTERU

Antología

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KOKORO

"Lugar dónde transitan los pensamientos y las emociones"

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Kagome observaba con detención las flores de cerezo que brotaban prontamente en esta zona de montaña, aun si el invierno no se había marchado del todo. Caminó bajo los árboles que apenas contaban con un sendero para recorrerlos. Su distribución natural distaba mucho del orden caótico que adoptarían en otra época; Kagome podía atesorar esa diferencia ahora. Miró tras de ella y comprobó que su compañero la seguía a poca distancia, algo que se había convertido en parte de su rutina. Le sonrió y recibió de vuelta el leve sonrojo en las mejillas de él. Respiró hondamente y suspiró, extendiendo un brazo para alcanzar con la punta de los dedos una de las flores rosa que se abría creando belleza.

Su mente la llevó a otro instante y a otro tiempo.

No era fácil para Kagome observar el ambiente alrededor y saber que se acercaba el Día del Amor. No es que desconociera la existencia de aquella fecha o los rituales, tradicionales y modernos, que la acompañaban para celebrar ese momento del año. Algunos tildaban la festividad de insulsa, otros de comercial y otros de demasiada miel sobre hojuelas. Ella, simplemente, quería estar con él.

No, no era fácil pensar en que pronto se cumplirían tres años desde que consiguieron acabar con la Perla de Shikon y el pozo la había devuelto a su tiempo. La energía de aquel portal que la había trasladado tantas veces de una época a otra se había cerrado, impidiendo cualquier posibilidad de regresar al Sengoku y a él. Kagome era consciente que para este momento ya debía de haberse resignado, sin embargo no lo conseguía, su corazón se empeñaba en latir con fuerza cada vez que los recuerdos la invadían del modo en que lo estaban haciendo ahora. No obstante, se había propuesto hacer algo especial para sí misma y por InuYasha, aunque no estuviese a su lado.

En el instituto sus amigas preparaban sorpresas de chocolate para la persona especial a la que querían dedicar el día del amor. Más de una le hizo la incómoda pregunta sobre a quién dedicaría el día y ella simplemente sonreía antes de cambiar de tema; jamás entenderían lo que había en su corazón. Incluso ella misma se sorprendía de la magnitud de la emoción que contenía, de todos los recuerdos que atesoraba y de la forma en que se entretejían estos.

Se encontró ascendiendo las escaleras que pasaban bajo los cerezos, estos hermosos árboles cuya vida no superaba los cuarenta años. Se preguntó si en el tiempo del Sengoku existiría este mismo lugar, invadido del aroma delicado de sus flores anunciando la primavera. Se detuvo y observó el valle en el que se encontraba la ciudad. Cerró los ojos y casi le pareció ver el campo verde que debía de ser todo esto en el tiempo de InuYasha. Respiró profundamente el aroma y confirmó que era un hermoso lugar. Se sintió satisfecha a pesar del dolor, porque había decidido venir hasta aquí como un modo de amarse a sí misma, en un día en que todo parecía recordarle lo sola que estaba. Había decidido sentir amor.

Abrió los ojos y al mirar hacia arriba, hacia la copa de los árboles, se sintió embelesada por la forma en que la luz traspasaba por entre las flores creando diferentes tonos de rosa. Extendió el brazo e intento tocar con la punta de los dedos una de las ramas que le quedaba más alta. En ese momento no lo comprendió, sin embargo, con el tiempo supo que intentaba conseguir lo que en ese momento le resultaba inalcanzable.

Ahora, un año después de aquello, comprobaba que el paisaje en el Sengoku era tan verde y perfecto como lo imaginó y que el campo estaba incluso más poblado de cerezos, los que probablemente serían ancestros de aquellos que ella visitó en el futuro.

—¿La quieres? —escuchó la voz de InuYasha tras ella. Echó la cabeza un poco hacia atrás y lo miró. Alto como era, él le devolvió la mirada y Kagome admitió, una vez más, lo perdidamente enamorada que estaba.

No llegó a responder, antes de hacerlo InuYasha había cortado una rama del árbol y se la estaba ofreciendo.

—Gracias —aceptó y se acercó una de las flores a la nariz para percibir el aroma con mayor intensidad.

—¿Por qué querías venir aquí? —la pregunta resultaba incluso dulce, llena de los matices de curiosidad que InuYasha solía usar en frases simples y cortas; todas aquellas cosas que Kagome había aprendido a leer en él con el tiempo.

—Por dos cosas, en realidad —se giró y lo miró, dando cortos pasos que la hacían avanzar hacia atrás, en tanto volvía a acercar las flores a su nariz para llenarse de su aroma.

InuYasha no insistió de forma verbal, sin embargo el modo en que avanzaba cada paso que ella retrocedía, le mostraban la intensidad de sus pensamientos.

—Quería saber si el lugar existía en este tiempo —comenzó a explicar— y quería estar aquí contigo, tal y como deseé hace un año.

Lo vio asentir con suavidad su comprensión y también vio que se humedecía los labios casi de forma casi inconsciente, como si un nuevo pensamiento lo gobernara. Ella notó en el estómago la anticipación, la emoción que le avisaba lo que InuYasha quería.

El primer contacto fue el de sus manos; él sosteniendo la de ella, para apartar las flores de cerezo del camino. El segundo contacto fue el enlace diestro del brazo de InuYasha tras su cuerpo. El tercer paso fue el de su mirada dorada que le avisaba de la emoción que contenía y el siguiente, fue el toque conocido de sus labios y la sutil insistencia de un beso. Kagome se tragó un suspiro que la sacudió en medio del abrazo y notó el modo en que su compañero la sostenía. Vino hasta aquí para saber si este sitio era igual de hermoso que en su tiempo, comprobó que sí, el lugar era tan hermoso como lo había imaginado.

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N/A

Un poco de amor para este día. He querido contar algo que hable de ese tiempo en que se está en soledad, porque el amor primero es para nosotras mismas y desde ahí para los demás.

Un beso y feliz día del amor

Anyara