No podía dejar pasar este 14 de febrero… este menos que ninguno por ser mi primer 14 de febrero como ficker.
Ya sé que lo escribí de forma diferente a los capítulos anteriores de esta misma historia, incluso cuando ya le dediqué un capítulo a San Valentín, pero este último capítulo se merecía los detalles y sentimientos que, creo, transmití.
Se me ocurrieron varias ideas para conmemorar la fecha, pero decidí que esta sería una que le daría su homenaje justo y merecido porque, aunque no se desarrolle durante el Día del Amor, sí está lleno de él.
Muchas gracias por leer.
Nota: Los personajes son de la grandiosa mangaka Rumiko Takahashi. La historia es un pedacito de mi inspiración que quise compartir con ustedes.
SOLO SABER, A VECES, NO ES SUFICIENTE
Hay algo hermoso en lo efímero…
Muy posiblemente su belleza radique en la comprensión de que, justamente, no es eterno. A lo mejor es el convencimiento de que, de algún modo, será disfrutado durante todo el tiempo que permanezca. Puede que también sea la certeza de que, incluso cuando termina, deja algo irremplazable e inolvidable en quienes tuvieron la gran dicha de disfrutarlo. O tal vez, sea de esas sensaciones que no se comprender de forma lógica, porque no es comprensible a menos que se ponga su alma en ello… Pero su belleza permanece latente, como marca indeleble de nuestra alma.
Los cerezos en flor, las sakura, representaban justo esa belleza: captada por el ojo, entendida por el cerebro, comprendida por el espíritu…
Tal vez por eso le gustaban tanto los cerezos en flor que adornaban cada árbol que rodeaba la escuela y muchos de los que estaban dentro de sus terrenos, porque simbolizaban justamente eso: el valor que la fugacidad de la existencia otorga a la vida. O tal vez porque, junto al florecimiento, esa vida se renovaba, representando el renacimiento que trae la primavera.
Fuera como fuese, tal vez comprender las razones por las que le gustaban no era algo necesario, solo la capacidad de admirar la belleza y comprender el significado que esta transmitía, sin necesidad de palabras que la definieran.
Aun así, no había mejor escenario para la graduación de los muchachos de tercero, jóvenes que a partir de ese momento se abrirían paso en la vida adulta, renaciendo como esas flores, buscando ser mejores cada día, pero sobre todo, ser más honrados y más útiles.
Kagome, alumna más destacada de primer año, que ahora continuaba para segundo, veía cómo, uno por uno, los jóvenes con los que se cruzaba a veces por los pasillos recogían sus diplomas y, con ellos, las llaves a una nueva vida. Podía observar con orgullo cómo Ayame, una de sus compañeras del club de arquería, era felicitada por su desempeño y por haber llevado la escuela a las competencias nacionales. Ahora Kagome tomaba el relevo, pero eso no impedía que sus ojos se humedecieran de orgullo, mientras los de su amiga no podían detener el llanto.
También vio cómo Kōga, el novio de Ayame, era recompensado por sus resultados académicos. En más de una ocasión había necesitado su ayuda, así que le constaba de primera mano que el reconocimiento era más que merecido.
Cuando nombraron a Miroku, la ovación de las chicas no se hizo esperar, lo cual trajo una sonrisa burlona a su rostro. No importaba cuántas mujeres aparecieran en su camino, Miroku solo tenía ojos para la mejor amiga de Kagome, Sango, sentada una fila más atrás porque sus apellidos comenzaban por letras diferentes. Aun así, no eran pocas las que tenían esperanzas de arrebatárselo. De ahí la parte irónica en su sonrisa.
Sintió, más que escuchar, cuando llamaron a Inuyasha a subir al estrado a recibir su diploma. El salto en un latido de su corazón se lo indicó. Se veía increíble, tan atractivo como siempre, pero había algo diferente en su porte, una ligera distinción que hablaba más de un guerrero listo para la batalla que de alguien que recibe su recompensa por la conclusión de la guerra. A Kagome le extrañó mucho notar esa actitud en él y, lo que más extraño le pareció, es que fue la única que lo hizo.
…
"Hoy, se abren nuevas puertas para nosotros, las puertas de la adultez. Hoy comenzamos a caminar solos, valiéndonos de nuestros propios esfuerzos, de nuestra propia resistencia. La vida no es fácil, pero nosotros sabremos y podremos salir adelante si somos capaces de ver más allá de lo que a simple vista se ve. Y soñemos, nunca abandonemos la valentía absoluta que da soñar. Enfrentémonos a todo, para que al final de la lucha, nos sintamos victoriosos sin importar el resultado, para que siempre nos llamen, ante todo, valientes luchadores. Muchas gracias".
El discurso del estudiante más destacado del tercer año estaba destinado a darles impulso para salir adelante frente a la adversidad, pero Inuyasha ya tenía su decisión tomada. Sí es cierto que temblaba más que si hubiese tenido que enfrentarse a una horda de demonios (no sabía por qué se le había ocurrido la analogía), pero se enfrentaría a aquello que tanto miedo le daba. Ya había perdido un año, no quería seguir pensando en los múltiples "y si" que pasaban todo el tiempo rondando su cerebro.
Vio a Kagome abrazando y felicitando a Ayame. La escuela había pasado a las competiciones nacionales de arquería y, como Ayame se graduaba, correspondía a Kagome el representar a la escuela en el certamen que se realizaría en dos meses. Sin embargo, era felicidad lo que notaba en ambas, la felicidad de haberse conocido, haber compartido y de haber competido juntas. Nada crea vínculos como la lucha por un objetivo común. Y él lo entendía, al fin y al cabo, él estaba en el club de esgrima y también debía pasar la estafeta y confiar en los muchachos que había ayudado a preparar.
Pero, volviendo al objetivo fundamental del día (que, al menos para Inuyasha, no era graduarse), decidió que no había mejor momento que el presente, así que se acercó a las muchachas.
—Con su permiso, chicas. Kagome, ¿puedo hablar contigo un momento, por favor?
—Sí, claro—Había respondido de forma automática y su voz había aparentado calma y sosiego, pero su corazón iba a mil.
Inuyasha le permitió ir primero, aun así la guio a la zona de deportes, donde era poco probable que los molestaran. Había que admitir que el patio era una belleza. El manto de pétalos de color rosa suave que lo cubría le daba un aire etéreo y la brisa no hacía más que permitir que la lluvia de flores continuara.
—¿Te ocurre algo, Inuyasha? —le preguntó cuando se detuvieron bajo un árbol que los protegía del sol —. Hace un rato te noté un poco tenso. De hecho, lo sigo notando.
—¿Acaso es tan obvio?
—Un poco, sí. ¿Necesitas ayuda con algo?
—No, bueno… sí… Bueno, en ese caso, supongo que iré al grano. Kagome, te… te… gustaríahanamiteirfestivalconmigo.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—No, perdóname tú. No pensé que esto fuese tan difícil.
Cuando Inuyasha levantó la vista la vio, tan hermosa como siempre, con su rostro lleno de ternura y mostrando una ligera preocupación por su evidente entuerto. Su cabello negro bailaba con la suave brisa, mientras que los rayos de sol que lograban pasar entre las ramas del árbol bajo el que estaban creaban reflejos azulados en él. Se veía rodeada por un halo de flores, casi se veía como una doncella celestial de los cuentos tradicionales. Su mirada se veía cándida y pura y en ese momento, Inuyasha lo supo. No sabía cómo tenía tal certeza absoluta, pero la realidad era que su convencimiento era férreo como el acero.
—Kagome, me preguntaba si te gustaría ir conmigo al festival del hanami.
Kagome, se ilusionó por un instante, sin embargo lo aplacó a sabiendas de que a veces su imaginación corría a demasiada velocidad, sobre todo cuando se trataba de Inuyasha. Seguramente él solo quería que fueran todos sus amigos juntos.
—Por mí no habría problemas, me imagino que también invites a Sango y a Miroku, a fin de que es tu mejor amigo, y tal vez…
—No, Kagome, no me entendiste —la interrumpió tomando su mano. A ambos se les atoró el aire en los pulmones al sentir por primera vez el contacto de sus manos: la de ella, más pequeña y delicada en la de él, una que acostumbraba a realizar trabajos físicos o a practicar deportes. —Me refería a si te gustaría ir conmigo, —con su otra mano, Inuyasha acarició suavemente la barbilla de Kagome y, lentamente, elevó su rostro para que se miraran a los ojos— solo conmigo.
—Como… como… en… —ahora era Kagome quien no conseguía expresarse bien— una ¿cita?
—Sí, como en una cita, tú y yo… La verdad, Kagome, es que el festival de hanami es solo una excusa para pasar tiempo contigo. Me gustas, Kagome, me gustas mucho, y —al ver que ella no le respondía, sino que solo abría mucho los ojos y lo miraba embobada, Inuyasha decidió lanzarse— ya sé que termino la preparatoria hoy y que debo ir a la universidad, pero eso no cambia en nada mis sentimientos. Durante este año que hemos compartido, yo… yo… me he llegado a enamorar de ti. Y no me gustaría que esto se termine sin haber comenzado siquiera. Tal vez llego un poco tarde, tal vez te guste alguien más. También entendería que me golpearas por haber esperado justo hasta hoy para decírtelo… Pero, me gustaría intentarlo. Así que, ¿qué me dices?
Kagome lo miró, lo miró de veras y se maravilló que su sueño, esa fantasía romántica que había tenido durante meses, se hubiese hecho realidad. Ahí estaba Inuyasha, alto, imponente, fuerte, rodeado por miles de pétalos de flores que danzaban al viento, y la miraba a ella, a la chica que había estado loca por él, que se iba antes a la escuela solo por verlo, aunque fuese a lo lejos, y le pedía que lo intentaran.
Mientras lo escuchaba, esa sensación cálida y suave en su pecho que siempre la acompañaba cuando pensaba en él se había incrementado, como si su universo interno se expandiera y su cuerpo no pudiese contenerlo. Ya no necesitaba definirlo, así que ni siquiera lo intentaba. E Inuyasha se había esforzado tanto, abriéndole su corazón de esa manera, y ella lo sabía. Él no era muy dado a esas manifestaciones de afecto. Así que solo había una respuesta posible para sus palabras.
—Me encantaría, Inuyasha.
—Ehh, ¿qué?
—Todo —le dijo con una sonrisa radiante—, me encantaría ir contigo al festival, y me encantaría que lo intentáramos. A fin de cuentas, yo también llevo todo el año enamorada de ti—le dijo sintiendo cómo sus mejillas competían en color con las flores que los rodeaban, pero sin dejar de mirarlo y de sonreír.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Me estás diciendo que por mi cobardía perdimos un año?
—Por la tuya o por la mía. Es que, bueno —de todos los momentos del mundo en los que no podía permitir que le ganara su timidez, este era el más importante—, a mí me bastaba con saber que te quiero y con verte feliz. Hasta ahora fue todo lo que necesité.
—¿"Hasta ahora"?
—Sí, "hasta ahora".
—Y, ahora, ¿qué cambió?
Y se miraron a los ojos y eso fue todo lo que se necesitó. Se comprendieron sin palabras, o quizás con palabras de las que no escuchan los oídos, porque se expresan en el lenguaje del alma.
Lentamente se volvieron a acercar, despacio, como si tuvieran toda la vida, pero sin dudar, como quien avanza sabiendo que al final le espera más de lo que nunca llegó a aspirar. Inuyasha volvió a tomar la mano de Kagome, esta vez entrelazando los dedos con los de ella, notando su calidez, su textura.
Kagome colocó su otra mano en el pecho de él, a la altura del corazón, por lo que pudo sentir lo rápido que latía: a la misma exacta velocidad que el suyo, al mismo compás, con el mismo mensaje. Sus ojos nunca se apartaron de los de Inuyasha, por eso pudo ver el ligero rastro de risa en la mirada de él cuando notó que, al colocar su mano libre en la cintura de Kagome, las mejillas de esta se colorearon más de lo que ya estaban.
Cerraron los ojos ya casi cuando sus narices se tocaban, no queriendo dejar de observar al otro hasta el último momento, pero sabiendo que, al cerrarlos, las sensaciones se multiplicarían.
Ahora, solo saber no es suficiente.
Porque ahora conocían los sentimientos que compartían, la felicidad de saberse amado y de amar sin medida y sin límites. Porque ahora conocían la sensación de un beso, en toda su plenitud y libertad.
Ahora ese amor podía crecer libremente porque nacía en la cuna de la juventud y se fortalecería a través de las pruebas de la vida. Porque estaba destinado, como solo las cosas hermosas que renacen lo están.
Porque, a veces, saber no es suficiente. A veces, debemos intentar ir más allá… Y siempre, debemos amar mucho más allá.
