¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.
La historia está preservada bajo derechos autor!
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TRENTA Y DOS
Isabella.
Edward terminó con el beso de manera lenta, pequeños y fugaces roces hasta descansar su frente sobre la mía, estaba completamente segura de que su corazón latía tan rápido como el mío. No movió sus manos de mis muslos, tampoco intentó apartarse, solo se quedó ahí, respirando…
—Yo…
—No digas que te arrepientes —murmuré sin abrir mis ojos.
—Del beso no, del Neardental que se apoderó de mí… Yo lo…
Abrí los ojos y lo miré colocando mi palma sobre sus labios.
—No arruines el momento, eso fue… —nos miramos unos segundos, aunque no se veía arrepentido, él estaba extremadamente serio—. ¿Entonces lo sientes? —deslicé mi mano por su mejilla y ambos nos estremecimos—. ¿Te gusto?, ¿te atraigo? —Él me dio un pequeño asentimiento—. ¿Y por qué estabas tan cabezón?
—Porque no puede ser.
—¿Por qué? Y no me digas que es por ella… por Victoria.
—No es por Victoria, pero se supone que debo protegerte.
—Y lo has hecho, cada vez desde que me sacaste de ese edificio en construcción, Edward.
—He sido un grano en el trasero contigo.
—Al menos eres guapo… —se rio, sus ojos arrugándose ante el gesto—, me encanta verte sonreír —mis manos se enredaron en los mechones de sus cabellos—, tienes el cabello del doctor encanto.
—No voy a preguntar quién es ese… Creo que no me interesa saber. —Me acerqué para besarlo de nuevo, pero él se apartó palmeando mis piernas tres veces, hizo un Tap, Tap para que lo soltara.
Y cuando desanudé mis talones de su cintura, bajó mis piernas lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo.
—Vamos dentro, creo que tenemos suficiente madera para esta tormenta y en caso de que falte saldré por más. —Deslizó su dedo por mi mejilla y se giró para empaquetar madera en la cesta en que la transportábamos al interior de la casa.
—No vas a volver a besarme ¿verdad? —No pude evitar el tono de decepción en mi voz.
Él se giró con lentitud, su mirada se encontró con la mía y su sonrisa se curvó a un lado de su rostro.
—¿Escuchaste algo de lo que te dije? —Lo miré sin entender y él soltó la cesta eliminando nuestra distancia con solo dos pasos, sus manos heladas sostuvieron mi rostro—. Ya me cansé de no permitirme ciertas cosas —me dio un corto beso—. Voy a besarte siempre que tú quieras, pero antes tenemos que hablar, además, no quiero que te enfermes, no robamos antigripales. Ve adentro, atiza la chimenea, recogeré esto y lo llevaré antes de que el trasero se me congele.
—Bien. —Me di media vuelta y caminé hacia la cabaña, sentía que en cualquier momento iba a despertarme en la cama con el libro que había pedido y tenía a medio leer.
Hice lo que él me solicitó tan pronto como estuve dentro de la cabaña, aticé la chimenea colocando los tres troncos que aún estaban en el baúl, tomé una de las hogazas de pan cortándola en rodajas y revisé si teníamos algo de sopa enlatada de tomate o pollo ya que sabía que le haría bien algo tibio, luego llevé todo hasta el sofá y volví a la cocina por una cerveza para él y una Coca Cola para mí.
Cuando la puerta se abrió y su mirada se encontró con la mía, supe que no estaba soñando despierta. Él realmente me había besado.
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Edward.
La vi irse y tuve que negar con la cabeza varias veces para quitar la pequeña sonrisa que se había instalado en mi rostro. La besé y podría jurar que no me arrepentía de ello.
No había vuelta atrás.
Quizás el correo que recibí de Jasper había sido el inicio de todo esa mañana, pero sin duda escucharla a ella hablar de lo guapo que era mi inexistente reemplazo fue el detonante.
La quería, herví de celos como nunca antes lo había hecho, por eso actué así, quizá era el empujón que necesitaba, porque estaba seguro de una sola cosa en este momento, deseaba a Isabella Swan y ella me correspondía casi con la misma ansia.
Besarla me hizo sentir como un sediento en medio de un oasis, toda la rabia que estaba sintiendo desde que leí el correo se evaporó y solo me dediqué a sentir, sus labios, su cuerpo pegado al mío, sus piernas anudando mi cintura y su aroma envolviéndonos en una burbuja de la cual no quería salir.
Pero no tenía veinte años, era un hombre de treinta y tres años consciente de todo a mi alrededor, y sobre todo, necesitaba hablar con ella.
Recogí todos los troncos que estaban cortados y caminé hacia la cabaña, ella había atizado el fuego y tenía dos tazas de sopa de lata sobre la mesita del centro, pero no estaba en la sala, venía de la cocina con dos botellas en sus manos y sonrió como si yo fuese un jodido cometa o quizá era un espejo porque mi sonrisa imitó la suya rápidamente.
—Pensé que podíamos comer antes de que habláramos.
Asentí descargando la cesta.
Nuestro desayuno tardío fue silencioso, lleno de miradas brillantes y un poco de coquetería por su parte, me hacía sentir infantil, como el adolescente púber que recién descubre que la niña que le gusta también gusta de él. Cuando la atrapaba mirándome sus mejillas se tornaban rosas, y mi cuerpo reaccionaba enviando un ligero estremecimiento..
Isabella fue la primera en terminar su ración y una vez que tomé la mía, llevé los platos al fregadero sintiéndome nervioso.
Sí, nervioso a mis treinta y tres años, sin poder dejar de observar a mi chica de veinte.
Mi chica.
Me gustaba cómo se escuchaba aquello.
—No tienes que poner palabras a lo que está pasando.
—Lo sé, nunca he sido bueno expresando mis emociones o sentimientos, soy muy parco, frío quizá. —Su mano acarició mi espalda baja—. Yo no sé cómo empezar.
—El principio es un buen comienzo —murmuró—. ¿Por qué estabas enojado? —alcé una ceja
—Tuve una llamada de Carlisle esta mañana.
—¿Recibiste malas noticias? —preguntó.
—Recibí noticias, noticias que no esperaba en realidad, noticias para las que no estaba preparado.
—¿Quieres hablar sobre ello?
Negué con la cabeza.
—Daddy tenía un infiltrado en la estación —sonreí, una sonrisa sarcástica—. Ella ni siquiera pertenecía al cuerpo de policía, lo que lo hace aún peor, tenía un infiltrado en mi propio departamento y por esa razón la mayoría de mis golpes contra Daddy fracasaban… Lo peor de todo es que siento que tuve culpa por no verlo.
—No entiendo.
—Eva era el infiltrado, mi esposa no solo me estaba engañando con ese hombre, ella…
—Entonces lo sabes, sabes que ella y ese hombre eran más que amigos.
—Eva nunca fue la mujer que yo creí, me tomó algo de tiempo aceptarlo.
—¿Qué fue lo que sucedió?
—Logramos infiltrar un hombre en la organización de Daddy y él hackeó el iCloud de Daddy, envió a la oficina de Vulturi toda la información, mensajes de texto, fotografías, audios… —di un largo respiro.
Isabella frotó la palma de su mano en mi espalda en círculos suaves, pausados.
—Entonces ¿me besaste porque descubriste que además del engaño de Victoria ella también te traicionó? Digo, traicionó tu confianza… Dios ella era una perra — divagó.
Era tan bella cuando divagaba.
—En parte.
—¿En parte? Pensé que lo negarías —había diversión en sus palabras, estiré mi mano y alcancé su mejilla que ella descansó en mi palma.
—Sabía que Victoria me había traicionado, lo supe cuando la foto de Daddy salió en todos los noticiarios, no era una nueva relación, ella siempre estuvo enamorada de él, desde que la conocí.
—Edward…
—Acepté compartirla porque era eso o no tenerla y yo no había tenido nada en la vida, por primera vez quería ser yo quien la tuviera, no es como si hubiese tenido que compartirla físicamente, bueno al menos eso pensaba, que compartía su mente con él, no a ella por completo —satiricé.
—Bueno, no creo que todo haya sido tu culpa. —Acarició lo que quedaba libre de mi mejilla con sus nudillos—. Lamento que hayas tenido que conformarte con tan poco, eres un poco cascarrabias, pero también eres amable, me cuidaste cuando estuve mal, me alimentaste a pesar de mi mala actitud, me protegiste a pesar de que no debías.
—Si debía.
—Cállate —sonreímos—. Mereces a alguien que te ame tanto que no sepa cómo callarlo, mereces a alguien que…
La interrumpí inclinándome hasta que mi nariz rozó la suya.
La electricidad chispeaba entre nosotros y no podía negar la atracción que sentía. Incluso no podía creer que traté de luchar tan duro al principio.
Pero bajar la guardia se siente mucho mejor que mantenerla a distancia.
Nuestro aliento se mezcló y ella no se movía, nuestras bocas se encontraron solo un incipiente roce, un segundo antes de que el beso comenzara en ciernes.
Una vez más experimenté un tipo de deseo que solo ella me hacía sentir.
Podía escuchar su corazón latir tan fuerte como el mío, que iniciaba una carrera sin competidores, nuestras bocas se fusionaron, encajaron como piezas perdidas de un rompecabezas olvidado, con fuerza, incrustándose perfectamente, ella se subió a mis piernas, sus labios siguiendo el desesperado ritmo, sus manos en mi rostro. Podía sentir mi deseo saliendo a velocidades impresionantes, mi miembro engrosándose en mis pantalones, ella acarició mi nuca haciendo que un latigazo de placer se enredara en mi espina dorsal, llevé mis manos a sus cabellos, lamí su labio inferior y tiró de algunos cabellos de mi nuca haciéndome gemir, mi lengua jugó con la suya, el calor de su cuerpo me incitaba a buscar más, a querer más.
Su intimidad quedó sobre mi miembro y sus caderas rotaron haciéndome maldecir toda la ropa que teníamos puesta. Nuestro beso pasó de tormenta a huracán, tornándose más hambriento, voraz, lujurioso, deslicé mis manos por sus costados, delineando su figura, acariciando con la yema de mis dedos su cintura y haciéndola emitir un jadeo ronco que acabó en la base de mi polla.
—Isabella —murmuré con voz entrecortada cuando su boca se movió hacia mi oreja tirando del lóbulo, sus caderas se balancearon con ahínco, las mías también se movieron, sumergido en las sensaciones, en la corriente eléctrica, en la tensión. Isabella se apretó a mi cuerpo nos movimos en una sola dirección, la ropa no nos importó, podía sentirla húmeda y cálida bajo la tela y yo estaba duro, durísimo por sus atenciones, duro por ella, la lujuria tomó posesión de nuestros actos, el deseo abrió la puerta y se instaló con nosotros en ese sofá.
La besé y ella me lamió.
Mordí su labio y ella machacó su pelvis contra la mía.
Dije su nombre en medio de un jadeo y ella gritó el mío al tiempo que su cuerpo se deshizo en mis manos y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, me vine en mis pantalones.
Feliz San Valentin.
Chicas….
