PRÓLOGO. FINGIR
SIETE AÑOS ANTES
Por supuesto que los parshendi querían tocar sus tambores.
Por supuesto que Gavilar les había dicho que podían.
Y por supuesto que ni se le había ocurrido avisar a Echo.
—¿Has visto lo grandes que son esos instrumentos? —preguntó Maratham, pasándose las manos por el cabello negro—. ¿Dónde vamos a colocarlos? Lo tenemos todo más que lleno desde que tu marido invitó a los dignatarios extranjeros. No podemos…
—Organizaremos un banquete más exclusivo en el salón de baile de arriba —dijo Echo manteniendo una actitud tranquila—, y pondremos allí los tambores, junto a la mesa del rey.
En las cocinas estaba todo el mundo al borde del pánico: los pinches corrían de un lado para otro, las cacerolas entrechocaban y los expectaspren emergían del suelo como gallardetes. Gavilar no solo había invitado a los altos príncipes, sino también a sus parientes. Y a todos los altos señores de la ciudad. Y además, quería dar un banquete para mendigos con el doble de los cubiertos habituales. Y para colmo, ¿aquellos tambores?
—¡Ya hemos puesto a todo el mundo a trabajar en el comedor de abajo! —gritó Maratham—. No tengo suficiente personal para…
—Esta noche hay el doble de soldados que de costumbre merodeando por el palacio —dijo Echo—. Que ellos te ayuden a organizarlo.
¿Apostar guardias adicionales, hacer una demostración de poderío? Se podía contar con Gavilar para que hiciera esas cosas. Para todo lo demás, tenía a Echo.
—Podría funcionar, sí —respondió Maratham—. Mejor poner a esos patanes a trabajar que tenerlos por ahí molestando. ¿Daremos dos banquetes principales, entonces? Muy bien. Más vale que respire hondo.
La menuda organizadora de palacio se escabulló correteando y esquivó por los pelos a un pinche de cocina que cargaba con un enorme cuenco de crustáceos humeantes. Echo se apartó para dejar pasar al pinche. El hombre inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Ya hacía tiempo que el personal de cocina había dejado de ponerse nervioso cuando entraba ella. Echo les había dejado bien claro que hacer su trabajo con eficacia era reconocimiento suficiente. A pesar de la tensión subyacente, parecían tenerlo ya todo bajo control, aunque poco antes se habían sobresaltado al descubrir que había tres toneles de grano con gusanos. Por suerte, el brillante señor Amaram había llevado provisiones para sus hombres y Echo había logrado arrancárselas de entre las zarpas. De momento, con los cocineros que habían tomado prestados del monasterio, quizá hasta llegaran a poder alimentar a toda la gente que había invitado Gavilar.
«Tendré que organizar a quién sentamos en qué comedor —pensó Echo mientras salía de la cocina a los jardines de palacio—. Y dejar algo de espacio libre en ambos. ¿Quién sabe cuánta gente más podría presentarse con una invitación?»
Cruzó los jardines cuesta arriba en dirección a las puertas laterales del palacio. Yendo por allí, molestaría menos y no tendría que ir esquivando a sirvientes. Mientras caminaba, comprobó que todas las lámparas estuvieran en su sitio. Aunque el sol aún no se había puesto, quería que el palacio de Kholinar refulgiera esa noche.
Un momento. ¿Esa que estaba de pie cerca de las fuentes era Aesudan, su nuera, la esposa de Finn? Se suponía que debía estar dentro, recibiendo a los invitados. La delgada mujer llevaba el largo pelo recogido en un moño iluminado por una gema de cada tonalidad. Tantos colores juntos quedaban chillones, y Echo prefería llevar unas pocas gemas sencillas a juego en torno a un solo color, pero lo cierto era que las suyas hacían destacar a Aesudan mientras charlaba con dos ancianos fervorosos.
Refulgentes y vivas tormentas, ese de ahí era nada menos que Rushur Kris, el artista y maestro artifabriano. ¿Cuándo había llegado? ¿Quién lo había invitado? Tenía en la mano una cajita con una flor pintada. ¿Era posible que fuese… algún fabrial nuevo creado por él?
Echo se descubrió atraída hacia el grupo y olvidando todo lo demás. ¿Cómo había creado Kris el fabrial calentador de forma que pudiera modularse la temperatura? Echo había visto ilustraciones, pero poder hablar con el maestro artesano en persona sería…
Aesudan vio a Echo y sonrió de oreja a oreja. Su deleite parecía auténtico, lo cual era poco frecuente, al menos cuando iba dirigido a Echo. Ella procuraba no tomarse como una afrenta personal la acritud general de Aesudan hacia ella, porque toda mujer estaba en su derecho de sentirse amenazada por su suegra. Sobre todo, teniendo en cuenta la evidente carencia de talentos de aquella chica. Echo le devolvió la sonrisa e intentó sumarse a la conversación para poder ver más de cerca la caja. Pero Aesudan la cogió del brazo.
—¡Madre! Había olvidado por completo que teníamos que hablar. Qué voluble puedo ser a veces. Lo lamento muchísimo, fervoroso Kris, pero debo marcharme con premura.
Aesudan tiró de Echo, imponiéndose, de vuelta por los jardines hacia la cocina.
—Gracias a Becca que has aparecido, madre. No sabes lo aburrido que es ese hombre.
—¿Aburrido? —replicó Echo, retorciéndose para echar una mirada hacia atrás—. ¿Estaba hablando de…?
—Gemas. Y más gemas. Y spren, y cajas de spren, y… ¡tormentas! Ese hombre debería haberse dado cuenta. Tengo que hablar con personas importantes. Las esposas de los altos príncipes y de los mejores generales del país, que han venido todos para maravillarse con los parshmenios salvajes. ¿Y a mí me toca quedarme en los jardines dando conversación a fervorosos? Ha sido tu hijo quien me ha abandonado ahí atrás, quiero que lo sepas. Cuando lo encuentre…
Echo se zafó de la presa de Aesudan.
—Alguien debería entretener a esos fervorosos. ¿Por qué han venido?
—Yo qué sé —respondió Aesudan—. Gavilar quería que estuvieran aquí para algo, pero ha enviado a Finn a hacerles compañía. ¡Qué mala educación, de verdad!
¿Gavilar había invitado a Kholinar a uno de los artifabrianos más destacados del mundo entero y ni se había molestado en decírselo a Echo? En lo más profundo de su interior se revolvió la emoción, una ira que mantenía cuidadosamente enjaulada bajo llave. ¡Ese hombre! ¡Ese tormentoso hombre! ¿Cómo… cómo había podido…?
A sus pies empezaron a acumularse furiaspren, como charcos de sangre hirviendo. «Tranquila, Echo —dijo la parte racional de su mente—. Quizá pretenda presentarte al fervoroso más tarde, como regalo.» Sofocó el enfado con esfuerzo.
—¡Brillante! —llamó una voz desde la cocina—. ¡Brillante Echo! ¡Ay, por favor! Tenemos un problema.
—Aesudan —dijo Echo, sin apartar la mirada del fervoroso, que había echado a caminar despacio hacia el monasterio—. ¿Te importaría ayudar en la cocina con lo que sea que necesitan? Yo querría…
Pero Aesudan ya había echado a andar con prisa hacia otro grupo en los jardines, que incluía a varios altos señores generales muy poderosos. Echo respiró hondo y contuvo otra punzada de frustración. Aesudan afirmaba preocuparse del decoro y la educación, pero era capaz de inmiscuirse en una conversación masculina sin llevar siquiera a su marido con ella como excusa.
—¡Brillante! —volvió a llamar el cocinero, gesticulando en su dirección.
Echo lanzó un último vistazo a los fervorosos, apretó la mandíbula y caminó deprisa hacia la cocina, procurando no engancharse el vestido con la cortezapizarra ornamental.
—¿Qué pasa ahora?
—Es el vino —explicó el cocinero—. Se nos han terminado el Clavendah y el rubí de mesa.
—¿Cómo es posible? —dijo ella—. Teníamos reservas de amb…
Cruzó la mirada con el cocinero y la respuesta se hizo evidente. Bellamy había vuelto a encontrar sus existencias de vino. Había desarrollado formas bastante ingeniosas de vaciar en secreto los barriles para beber con sus amigos. Ojalá dedicara la mitad de esa atención a las necesidades del reino.
—Tengo una reserva privada —reveló Echo, sacando su cuaderno del bolsillo. Lo sostuvo en la mano segura, cogiéndolo a través de la manga, y garabateó una nota—. La guardo en el monasterio, con la hermana Talanah. Enséñale esto y te permitirá acceder.
—Gracias, brillante —dijo el cocinero mientras cogía la nota.
Antes de que el hombre hubiera salido por la puerta, Echo vio que el mayordomo, un anciano de barba canosa que llevaba demasiados anillos en los dedos, estaba esperando en la escalinata de acceso al palacio en sí. Jugueteaba con los anillos de la mano izquierda. Qué fastidio.
—¿Qué ocurre? —preguntó al mayordomo después de llegar dando zancadas.
—El alto señor Rine Hatham ha llegado y pregunta por su audiencia con el rey. Recordaréis que su majestad había prometido hablar esta noche con Rine sobre…
—Sobre la disputa fronteriza y los errores en los mapas, sí —interrumpió Echo, y suspiró—. ¿Dónde se ha metido mi marido?
—No está claro, brillante —dijo el mayordomo—. Se lo ha visto por última vez con el brillante señor Amaram y varios… individuos particulares.
Era como llamaba el personal de palacio a los nuevos amigos de Gavilar, los que solían llegar sin previo aviso y muy rara vez revelaban sus nombres. Echo apretó los dientes y pensó en los lugares a los que podía haber ido Gavilar. Se enfadaría si Echo lo interrumpía. Pues que se enfadara. Debería dejarse ver atendiendo a sus invitados, en vez de dar por sentado que ella se ocuparía de todo y de todos. Por desgracia, en ese momento… bueno, Echo tendría que ocuparse de todo y de todos.
Permitió que el angustiado mayordomo la llevara al grandioso recibidor, donde se entretenía a algunos invitados con música, bebida y poesía hasta que el banquete estuviera preparado. A otros los iban acompañando los maestros de sirvientes para que vieran a los parshendi, la verdadera atracción de la velada. No todos los días el rey de Alezkar firmaba un tratado con un grupo de misteriosos parshmenios capaces de hablar. Echo se disculpó con el alto señor Rine por la ausencia de Gavilar y se ofreció a revisar los mapas ella misma. Después de eso, la detuvo una hilera de hombres y mujeres impacientes que estaban en palacio por la promesa de una audiencia con el rey. Echo aseguró a los ojos claros que sus peticiones no estaban cayendo en oídos sordos. Les prometió investigar las injusticias. Calmó los sentimientos ofendidos de quienes creían que una invitación personal del rey implicaba que de verdad llegarían a hablar con él, un privilegio inasequible en los últimos tiempos excepto para los «individuos particulares». Seguían llegando invitados inesperados, cómo no. Invitados que no figuraban en la lista actualizada que un molesto Gavilar le había entregado ese mismo día.
«¡Por las llaves doradas de Vev!» Echo compuso con esfuerzo un rostro amistoso para los invitados. Sonrió, rio, saludó. Se valió de los recordatorios y las listas de su cuaderno para preguntar por parientes, nacimientos y sabuesos-hacha favoritos. Se interesó por los negocios de todos y tomó notas sobre qué ojos claros parecían estar evitando a otros. En pocas palabras, se comportó como una reina.
Era una tarea emocionalmente agotadora, pero también su deber. Quizá en un futuro podría dedicar sus días a trastear con fabriales y fingir que era una erudita. Pero esa noche, haría su trabajo, aunque una parte de ella se sintiese como una impostora. Por prestigioso que fuera su antiguo linaje, la ansiedad de Echo le susurraba al oído que era solo una pueblerina vestida con la ropa de otra persona. Esas inseguridades habían cobrado fuerza en los últimos tiempos.
«Tranquila. Tranquila.» Esa clase de pensamientos no tenían cabida. Rodeó la sala y se alegró al ver que Aesudan había encontrado a Finn y, por una vez, estaba charlando con él y no con otros hombres. Finn parecía satisfecho de presidir la reunión previa al banquete en ausencia de su padre. Clarke y Aden también estaban presentes, vestidos con rígidos uniformes. La primera deleitaba a un pequeño grupo de mujeres jóvenes y el segundo parecía desgarbado y torpe al lado de su hermana. Y también… estaba Bellamy. De pie, bien alto. De algún modo, más alto que cualquier otro hombre de la sala. Aún no se había emborrachado y la gente orbitaba en torno a él como lo haría alrededor de una hoguera en una noche fría: necesitando estar cerca, pero temiendo el verdadero calor de su presencia. Aquellos ojos atribulados que tenía, bullentes de pasión. Tormentas encendidas. Echo se excusó y puso pies en polvorosa escalera arriba para no sentirse tan acalorada. Era mala idea marcharse: a los invitados ya les faltaba un rey y despertaría preguntas que también desapareciera la reina. Pero sin duda, podrían apañárselas sin ella un tiempo. Además, allí arriba podría comprobar uno de los escondrijos de Gavilar. Recorrió los pasillos, que siempre le recordaban a una mazmorra, y se cruzó con unos parshendi que trasladaban sus tambores y hablaban un idioma que Echo no entendía. ¿Por qué no podía haber un poco más de luz natural allí arriba, por qué no poner unas pocas ventanas más? Ya se lo había comentado a Gavilar, pero a él le gustaba así. La penumbra le proporcionaba más lugares en los que ocultarse.
«Ahí —pensó, deteniéndose en una intersección—. Voces.»
—… pero poder llevarlos y traerlos desde Braize no significa nada —decía una de ellas—. Está demasiado próximo para suponer una distancia relevante.
—Era impensable hace solo unos pocos años —respondió una voz profunda y poderosa. Gavilar—. Esto demuestra que es posible. La Conexión no está cercenada y la caja permite los desplazamientos. Todavía no tan lejos como querríais, pero en algún punto debemos empezar el trayecto.
Echo asomó la cabeza por la esquina para mirar. Alcanzó a ver una puerta al final del corto pasillo, entreabierta, dejando escapar las voces. En efecto, Gavilar estaba manteniendo una reunión justo en el lugar donde ella esperaba: en el estudio de la propia Echo. Era una estancia pequeña y acogedora, con una bonita ventana, apartada en una esquina del primer piso. Un lugar que Echo pocas veces tenía ocasión de visitar, pero donde era muy improbable que la gente buscara a Gavilar. Avanzó muy despacio para mirar por el hueco de la puerta. Gavilar Griffin tenía la suficiente presencia como para llenar una sala él solo. Llevaba barba, pero en vez de quedarle anticuada, en él era… clásica. Como un cuadro que hubiera cobrado vida, una representación de la antigua Alezkar. En la corte se había pensado que quizá volvieran a ponerse de moda las barbas, pero pocos habían logrado que les quedara bien.
Además de eso, había un cierto aire de… distorsión en torno a Gavilar. Nada sobrenatural ni absurdo. Era solo que… bueno, todo el mundo aceptaba que Gavilar podía hacer lo que le diera la gana, incluso desafiando toda tradición y toda lógica. A él le funcionaba.
Siempre era así.
El rey estaba hablando con dos hombres a los que Echo identificó vagamente. Un makabaki alto con una marca de nacimiento en la mejilla y un vorin más bajito con la cara redonda y la nariz pequeña. Se los habían presentado como embajadores procedentes del oeste, pero sin especificar su reino de origen. El makabaki se apoyó en la biblioteca, cruzado de brazos, con el rostro inexpresivo del todo. El vorin se frotó las manos, en un gesto que recordó a Echo al mayordomo de palacio, aunque aquel hombre parecía mucho más joven. ¿Tendría… veintitantos? ¿Quizá treinta y pocos? No, podía ser incluso mayor.
En la mesa que separaba a Gavilar de los otros dos hombres había un grupo de esferas y gemas. A Echo se le trabó la respiración al verlas. Eran de diversos colores y brillos, pero algunas de ellas resultaban extrañas y fuera de lugar. Resplandecían con lo opuesto a la luz, como pequeños pozos de oscuridad violácea, absorbiendo el color a su alrededor. Echo nunca había visto nada parecido, pero las gemas con spren atrapados en su interior podían presentar toda clase de apariencias y efectos raros. Aquellas… tenían que ser para fabriales. ¿Qué hacía Gavilar ocupando el tiempo con esferas, luz extraña y artifabrianos de renombre? ¿Y por qué no querría hablar con ella de…?
De pronto, Gavilar irguió la espalda y miró hacia la puerta, aunque Echo no había hecho ni el menor ruido. Cruzaron la mirada. Así que Echo empujó la puerta para abrirla del todo y aparentar que se proponía entrar allí desde el principio. No estaba espiando: era la reina de aquel palacio. Podía ir donde se le antojara, sobre todo a su propio estudio.
—Marido mío —dijo—, hay invitados esperándote en el recibidor. Parece que has perdido la noción del tiempo.
—Caballeros —dijo Gavilar a los dos embajadores—, voy a tener que ausentarme.
El nervioso vorin se pasó las manos por el ralo cabello.
—Quiero saber más sobre el proyecto, Gavilar. Y deberías saber que hay otra de los nuestros aquí esta noche. Antes he distinguido su obra.
—Tengo que reunirme en breve con Meridas y los demás —respondió Gavilar—. Deberían tener más información que proporcionarme. Podemos volver a hablar después de eso.
—No —dijo el makabaki en tono cortante—. Dudo que lo hagamos.
—¡Aquí hay más, Nale! —exclamó el vorin, pero siguió a su amigo fuera del estudio—. ¡Esto es importante! Quiero dejarlo. Es la única forma de…
—¿De qué trataba esto? —preguntó Echo mientras Gavilar cerraba la puerta—. Esos hombres no son embajadores. ¿Quiénes son en realidad?
Gavilar no respondió. Con gestos deliberados, empezó a recoger las esferas de la mesa y a guardarlas en un saquito. Echo se acercó deprisa y cogió una.
—¿Qué son? ¿De dónde has sacado unas esferas que brillan así? ¿Tiene algo que ver con los artifabrianos a los que has invitado?
Lo miró, esperando algún tipo de respuesta, alguna explicación. Pero él se limitó a tender la mano para que Echo le devolviera la esfera.
—Esto no te concierne, Echo. Vuelve al banquete.
Ella cerró la mano en torno a la esfera.
—¿Para seguir poniendo excusas en tu nombre? ¿Tenías que prometer al alto señor Rine que mediarías en su disputa precisamente esta noche? ¿Sabes cuánta gente está esperándote? ¿Y dices que aún tienes otra reunión que mantener, ahora mismo, antes de que el banquete empiece? ¿Es que piensas seguir sin hacer caso a nuestros invitados?
—¿Sabes lo harto que están poniéndome tus incesantes preguntas, mujer? —dijo él en voz baja.
—Pues prueba a responderme a una o dos, entonces. Sería una experiencia novedosa tratar a tu esposa como a un ser humano y no como a una máquina construida para ir contándote los días de la semana.
Él meneó la mano, exigiendo la esfera. Por instinto, Echo la aferró con más fuerza.
—¿Por qué? ¿Por qué insistes en dejarme fuera? Por favor, dímelo.
—Trato con secretos que te superarían, Echo. Si conocieras el alcance de lo que he puesto en marcha…
Echo frunció el ceño. ¿El alcance de qué? Gavilar ya había conquistado Alezkar. Había unido a los altos príncipes. ¿Aquello tendría relación con el hecho de que el rey había vuelto la mirada hacia las Montañas Irreclamadas? Pero sin duda, pacificar una zona de tierras salvajes, poblada solo por alguna que otra tribu de parshmenios, no era nada en comparación con lo que Gavilar ya había logrado.
El rey le cogió la mano y la obligó a abrir los dedos para quitarle la esfera. Echo no se resistió, porque sabía que él no reaccionaría bien. Gavilar nunca había empleado su fuerza contra ella, no de ese modo, pero sí había pronunciado palabras. Comentarios.
Amenazas.
Metió aquella esfera extraña e hipnótica en el saquito, junto a las otras. Lo cerró tirando del cordón con un firme y rotundo chasquido y, por último, se lo guardó en el bolsillo.
—Estás castigándome, ¿verdad? —exigió saber Echo—. Sabes cuánto adoro los fabriales. Me provocas con eso en concreto porque sabes que me hará daño.
—Quizá aprendas a pensar antes de hablar, Echo —replicó Gavilar—. Quizá aprendas lo caros que pueden salir los rumores.
«¿Otra vez con esto?», pensó ella.
—No ha pasado nada, Gavilar.
—¿Y crees que me importa? —dijo él—. ¿Crees que a la corte le importa? Para ellos, las mentiras valen tanto como los hechos.
Echo comprendió que eso era cierto. A Gavilar de verdad no le importaba si Echo le había sido infiel, cosa que no había ocurrido. Pero Echo había dicho cosas que habían despertado unos rumores difíciles de acallar. Lo único que preocupaba a Gavilar era su legado. Quería que se lo conociera como un gran rey, un gran líder. Ese impulso siempre lo había motivado, pero últimamente estaba convirtiéndose en otra cosa. Gavilar no dejaba de preguntarse si sería recordado como el rey más grandioso de Alezkar, si podría competir con sus antepasados, con personas como el Hacedor de Soles. Si la corte de un rey opinaba que no era capaz de controlar a su propia esposa, ¿acaso no empañaría eso su legado? ¿De qué servía un reino si Gavilar sabía que su esposa amaba a su hermano en secreto? En ese sentido, Echo representaba una mella en el mármol de su crucial legado.
—Habla con tu hija —dijo Gavilar, volviéndose hacia la puerta—. Creo que he conseguido calmar el orgullo de Amaram. Es posible que la acepte, y a ella se le está acabando el tiempo. Pocos otros pretendientes se dignarán a tenerla en cuenta. Seguro que tendré que pagar la mitad del reino para librarme de esa chica si vuelve a decir que no a Meridas.
Echo dio un bufido.
—Habla tú con ella. Si lo que quieres es tan importante, a lo mejor podrías hacerlo tú mismo por una vez. Además, Amaram no me hace ninguna gracia. Anya puede aspirar a algo mejor.
El rey se quedó inmóvil y luego miró atrás y habló en voz muy grave y baja.
—Anya se casará con Amaram, como le he ordenado. Renunciará a ese capricho suyo de hacerse famosa oponiéndose a la iglesia. Su arrogancia mancha la reputación de toda la familia.
Echo dio un paso adelante y enfrió la voz tanto como él.
—Tienes que darte cuenta de que esa chica aún te quiere, Gavilar. Igual que todos. Finn, Bellamy, los chicos… todos te adoran. ¿Estás seguro de que quieres revelarles lo que eres en realidad? Ellos son tu legado. Cuida de ellos. Son quienes definirán cómo se te recuerda.
—Lo que me definirá es la grandeza, Echo. Ningún esfuerzo mediocre por parte de alguien como Bellamy o mi hijo podría socavar eso, y la verdad es que dudo mucho que Finn pueda llegar siquiera a mediocre.
—¿Y qué pasa conmigo? —preguntó ella—. Yo podría escribir tu historia. Tu vida. Creas lo que creas que has hecho, creas lo que creas que has conseguido… todo eso es efímero, Gavilar. Es la palabra escrita la que describe a los hombres para las generaciones venideras. Tú me desprecias, pero lo que más anhelas está en mi mano. Si me fuerzas demasiado, créeme que empezaré a apretar.
El rey no respondió con gritos ni demostraciones de furia, pero el gélido vacío de sus ojos podría haber consumido reinos enteros dejando solo negrura. Alzó la mano y acunó con suavidad la barbilla de Echo, en burla de un gesto que una vez fue apasionado. Fue más doloroso que un bofetón.
—¿Sabes por qué no te involucro en mis asuntos, Echo? —preguntó en voz baja—. ¿Crees que podrás soportar la verdad?
—Podrías probar por una vez. Sería refrescante.
—Porque no eres digna, Echo. Afirmas ser una erudita, pero ¿dónde están tus descubrimientos? Estudias la luz, pero eres su opuesto. Eres algo que destruye la luz. Te pasas el día revolcándote en la mugre de la cocina y obsesionándote por si un ojos claros insignificante sabe o no interpretar bien las líneas de un mapa.
»Esos no son actos de grandeza. No eres ninguna erudita. Es solo que te gusta estar cerca de ellas. No eres ninguna artifabriana. Eres solo una mujer a quien le gustan las baratijas. No tienes ninguna fama, ningún logro, ninguna capacidad propia. Todo lo que te distingue de los demás procede de alguna otra persona. No tienes ningún poder: solo te gusta casarte con los hombres que lo ostentan.
—¿Cómo te atreves a…?
—Niégalo, Echo —restalló él—. Niega que amas a un hermano pero te casaste con el otro. Fingiste adorar a un hombre al que detestabas, solo porque sabías que llegaría a ser rey.
Echo retrocedió, librándose de su mano, y giró la cabeza a un lado. Cerró los ojos y notó lágrimas en las mejillas. El asunto era más complicado que lo que daban a entender las palabras del rey, porque Echo los había amado a los dos… y la intensidad de Bellamy la había asustado, de modo que Gavilar había parecido la opción más segura. Pero había cierta verdad en la acusación de Gavilar. Echo podía mentirse a sí misma diciendo que se había planteado en serio elegir a Bellamy, pero todo el mundo había sabido que terminaría con Gavilar. Y así había sido. Era el más influyente de los dos.
—Te decantaste por donde iba a haber más riqueza y poder —dijo Gavilar—. Como cualquier furcia del montón. Escribe lo que quieras sobre mí. Habla de ello, grítalo, proclámalo. Sobreviviré a tus acusaciones, y mi legado perdurará. He descubierto la entrada al reino de los dioses y las leyendas y, cuando me una a ellos, mi reinado jamás tendrá fin. Yo jamás tendré fin.
Se marchó y cerró la puerta a su espalda con un suave chasquido. Incluso discutiendo, controlaba él la situación. Temblorosa, Echo llegó con paso torpe a una silla junto al escritorio, que bullía de furiaspren. Y de vergüenzaspren, aleteando a su alrededor como pétalos blancos y rojos. La ira la sacudió. Ira dirigida a él. Y a ella misma, por no plantarle cara. Y al mundo, porque Echo sabía que lo que el rey había dicho era cierto, al menos en parte.
«No. No permitas que sus mentiras se conviertan en tu verdad. Combátelo.» Con los dientes apretados, Echo abrió los ojos y se puso a buscar en el escritorio papel y pintura al óleo.
Empezó a pintar, esforzándose para plasmar su mejor caligrafía en cada trazo. El orgullo, como si quisiera demostrar algo a su marido, la impulsó a la meticulosidad, a la perfección. Hacer aquello solía tranquilizarla. La forma en que las líneas definidas y pulcras se transformaban en palabras, la forma en que la pintura y el papel se transformaban en significado. Acabó teniendo en la mano una de las mejores glifoguardas que había creado jamás. Rezaba, sencillamente: «Muerte. Don. Muerte». Había dibujado cada glifo con las formas de la torre o la espada del blasón de Gavilar.
La plegaria ardió rauda a la llama de la lámpara, refulgiendo… y su brillo convirtió la catarsis de Echo en vergüenza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Rezar por la muerte de su marido? Los vergüenzaspren regresaron en tropel.
¿Cómo habían llegado a aquello? Sus discusiones eran cada vez más enconadas. Echo sabía que Gavilar no era ese hombre, el que le mostraba en tiempos recientes. No se comportaba así cuando hablaba con Bellamy, o con Sadeas, o ni siquiera, en general, con Anya.
Gavilar era mejor que eso. Y Echo sospechaba que él también lo sabía. El día siguiente Echo recibiría flores. No llegarían acompañadas de ninguna disculpa, pero sí de un regalo, que casi a ciencia cierta sería un brazalete. Sí, Gavilar sabía que debería ser más de lo que era. Pero de algún modo, ella sacaba al monstruo que había en él. Y él, de algún modo, sacaba la debilidad que había en ella. Estrelló la palma de la mano segura contra la mesa y se frotó la frente con la otra. Tormentas. No parecía haber pasado tanto tiempo desde que los dos conspiraban juntos sobre el reino que iban a forjar. Y ya no parecían capaces de hablar sin echar mano ambos de sus cuchillos más afilados, para clavarlos justo en los puntos más dolorosos con una precisión que solo otorgaba una antigua familiaridad. Recobró la compostura con esfuerzo, se rehízo el maquillaje y se arregló el pelo. Quizá ella fuese lo que Gavilar decía, pero él no era más que un matón de pueblo con demasiada suerte y un don para engañar a hombres buenos y hacer que lo siguieran. Si un hombre como ese podía fingir que era rey, ella bien podía fingir que era reina. Como mínimo, un reino sí que lo tenían. Por lo menos uno de los dos debería intentar gobernarlo. Echo no supo del asesinato hasta después de que se produjera. En el banquete habían interpretado el papel de pareja real perfecta, cordiales entre ellos mientras encabezaban sus respectivas cenas. Luego Gavilar se había marchado, huyendo nada más logró encontrar una excusa. Por lo menos había esperado a que la gente acabara de comer. Echo había bajado para despedir a los invitados. Había ido dejando caer que Gavilar no estaba haciendo un desaire deliberado a nadie. Era solo que sus muchos viajes lo habían dejado exhausto. Y sí, Echo estaba segura de que pronto concedería audiencias. Y a los dos les encantaría devolver la visita cuando pasara la próxima tormenta…
Siguió y siguió, hasta que cada sonrisa le daba la impresión de que se le iba a agrietar la cara. Sintió una oleada de alivio cuando una chica mensajera llegó corriendo, buscándola. Se apartó de los invitados que se despedían esperando oír que alguien había roto un jarrón caro o que Bellamy estaba roncando en su mesa. Pero en vez de eso, la chica llevó a Echo con el mayordomo de palacio, cuyo rostro era una máscara de pesar. Con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, el hombre entrado en años la cogió del brazo, como para equilibrarse. Le caían lágrimas por las mejillas que quedaban atrapadas en su barbita rala. Al verlo tan emocionado, Echo cayó en la cuenta de las pocas veces que pensaba en aquel hombre usando su nombre, de las pocas veces que lo consideraba una persona. Solía tratarlo como a un elemento más del palacio, casi como podría tratar a las estatuas de la fachada principal. Casi como Gavilar la trataba a ella.
—Gereh —dijo cogiéndole la mano, presa de la vergüenza—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Te encuentras bien? ¿Estamos haciéndote trabajar demasiado sin…?
—El rey —logró proferir el anciano—. ¡Ay, brillante, se han llevado a nuestro rey! Esos parshmenios. Esos bárbaros. Esos… esos monstruos.
La primera sospecha de Echo fue que Gavilar se las había ingeniado para escapar de palacio y todo el mundo pensaba que lo habían secuestrado. «¡Cómo es ese hombre!», pensó, imaginándolo en la ciudad con sus visitantes particulares, tratando asuntos secretos en alguna estancia tenebrosa.
Gereh le aferró la mano con más fuerza.
—Brillante, lo han matado. El rey Gavilar ha muerto.
—Imposible —dijo ella—. Es el hombre más poderoso del reino, tal vez del mundo entero. Está rodeado de portadores de esquirlada. Te habrás equivocado, Gereh. Él es…
«Es tan resistente como las tormentas.» Pero, por supuesto, no era cierto, sino solo lo que Gavilar quería hacer creer a la gente. «Yo jamás tendré fin.» Cuando Gavilar decía cosas como esa, costaba no tomárselo al pie de la letra.
Echo tuvo que ver el cadáver para que la verdad por fin empezara a calar en ella, gélida como una lluvia invernal. Gavilar, quebrado y sanguinolento, yacía en una mesa de la despensa mientras los guardias rechazaban casi a patadas al temeroso personal de palacio que llegaba pidiendo explicaciones. Echo se quedó de pie junto a él. Incluso con la sangre en su barba, la armadura esquirlada hecha añicos, la ausencia de respiración y las heridas abiertas en su carne… incluso entonces, se preguntó si sería algún truco. Lo que yacía ante ella era una imposibilidad. Gavilar Griffin no podía limitarse a morir como los demás hombres. Hizo que le enseñaran el balcón derrumbado, donde habían encontrado sin vida a Gavilar después de caer desde arriba. Decían que Anya lo había presenciado todo. La chica, por lo general imperturbable, estaba sentada en un rincón, tapándose la boca con la mano segura cerrada mientras sollozaba. Solo entonces empezaron a aparecer alrededor de Echo los sorpresaspren, como triángulos de luz que se quebraban. Solo entonces se lo creyó.
Gavilar Griffin estaba muerto.
Sadeas se llevó a Echo aparte y, con genuina tristeza, le explicó el papel que había desempeñado en los acontecimientos. Echo escuchó con una embotada desconexión. Había estado tan ocupada que no se había dado cuenta de que casi todos los parshendi se habían escabullido del palacio, habían huido a la oscuridad momentos antes de que su siervo atacara. Sus líderes se habían quedado para cubrir la retirada. En trance, Echo volvió a la despensa y a la fría carcasa de Gavilar Griffin. A su caparazón descartado. Por cómo la miraban los sirvientes y los cirujanos presentes, todos esperaban aflicción por parte de Echo. Llantos tal vez. En efecto, estaban apareciendo dolorspren en tropel por toda la sala, acompañados incluso de algunos de los infrecuentes angustiaspren, con forma de dientes que crecían de las paredes. Echo sentía algo semejante a esas emociones. ¿Pena? No, no exactamente. Arrepentimiento. Si Gavilar de verdad estaba muerto, entonces… se había acabado. Su última conversación real había sido otra pelea. No había vuelta atrás. En todas las ocasiones anteriores, Echo había podido convencerse a sí misma de que terminarían reconciliándose. De que se abrirían paso entre los espinos y encontrarían el camino de regreso a lo que habían sido una vez. Si no a amarse, por lo menos a alinearse.
Pero eso ya nunca ocurriría. Se había terminado. Él estaba muerto, ella era viuda y… tormentas, Echo había rezado para que ocurriera. El conocimiento la atravesó como un puñal. Tenía que confiar en que el Todopoderoso no hubiera escuchado sus tontas súplicas, escritas en un momento de furia. Aunque una parte de ella había pasado a odiar a Gavilar, no lo quería muerto de verdad. ¿O sí?
No. No, aquello no debería haber acabado de esa forma. Y entonces, Echo sintió otra emoción. La lástima. Allí tumbado, con la sangre acumulándose encima de la mesa a su alrededor, el cadáver de Gavilar Griffin parecía el insulto definitivo a sus grandiosos planes. ¿Acaso no se había creído eterno? ¿Acaso no aspiraba a alcanzar una visión trascendente, demasiado crucial para compartirla con ella? Pues bueno, el Padre de Tormentas y la Madre del Mundo hacían caso omiso a los deseos de los hombres, por muy grandiosos que fuesen.
Lo que no sentía era pesar. La muerte de Gavilar era significativa, pero no significaba nada para ella. Con la posible excepción de que sus hijos ya jamás tendrían que saber en qué se había convertido.
«Seré mejor persona que tú, Gavilar —pensó, cerrando los ojos—. En honor a lo que fuiste una vez, permitiré que el mundo finja. Te concederé tu legado.»
Entonces reparó en algo. La armadura esquirlada de Gavilar —o mejor dicho, la armadura que llevaba puesta— se había roto cerca de la cintura. Echo metió los dedos en el bolsillo de Gavilar y rozó piel de cerdo curtida. Sacó la bolsita de esferas de la que él había estado presumiendo, pero la encontró vacía.
Tormentas. ¿Dónde las habría guardado?
Alguien carraspeó en la despensa y Echo fue súbitamente consciente de cómo verían los demás que estuviera registrándole los bolsillos. Se quitó las esferas del pelo, las metió en el saquito y lo puso en la mano de Gavilar antes de apoyarle la frente en el pecho herido. Así parecería que estaba devolviéndole regalos, simbolizando que la luz de Echo pasaba a ser de él en su muerte. Luego, con sangre en la cara, se levantó y aparentó estar recobrando la compostura. Durante las horas siguientes, mientras organizaba el caos de una ciudad puesta patas arriba, Echo temió estar labrándose una reputación de frialdad. En cambio, la gente parecía encontrar reconfortante su entereza. El rey había muerto, pero el reino seguía adelante. Gavilar había dejado la vida igual que la había recorrido: con un inmenso dramatismo que después obligaba a Echo a recoger los pedazos.
