Harry Potter, pertenece a J.K. Rowling.

Tokyo Ghōul, pertenece a Sui Ishida.

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Fem-Harry (como siempre).

Será convertida en una Ghōul, de forma igual a Kaneki.

Iniciará desde 1991 y no desde 1993. No tendremos a Fem-Harry (Artemisa), viajando atrás en el tiempo, como en el otro Fic.

Harem: Lily Potter (de una línea de tiempo alternativa), Hermione Granger, Daphne y Astoria Greengrass, Padma y Parvati Patil, Susan Bones y Tōka Kirishima.

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Artemisa: Una Ghōul en Hogwarts (Versión 1.5) (O versión 1, pero modificada)

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Capítulo 25: Ataque en el Mundial.

Realmente a nadie le gustaba la sensación del Traslador: Un garfio invisible e intangible, que te agarraba desde algún lugar detrás del ombligo y esto te jalaba (como la línea de una caña de pescar) hasta tu destino a través de un tubo largo y muy estrecho. Lily estaba al frente del grupo, seguida por Julius y Eleonor Greengrass, ellos tres, se hicieron cargo de llevar a Artemisa, Tōka, Hermione, Daphne, Astoria, Padma, Parvati y Susan a los Mundiales. Las jóvenes brujas, se quejaron de cuan rudo era el viaje por Traslador.

Delante de ellos había un par de magos cansados y de aspecto malhumorado. Uno de ellos sujetaba un reloj grande de oro; el otro, un grueso rollo de pergamino y una pluma de ganso. Los dos vestían como Muggles, aunque con muy poco acierto: el hombre del reloj llevaba un traje de tweed con chanclos hasta los muslos; su compañero llevaba falda escocesa y poncho. ―Buenos días, Basil ―saludó Lily, quitándose el collar y entregándoselo en mano al mago de la falda, que la echó a una caja grande de trasladores usados que tenía a su lado. Harry vio en la caja un periódico viejo, una lata vacía de cerveza y un balón de fútbol pinchado.

―Hola, Lily ―respondió Basil con voz cansina―. Has librado hoy, ¿eh? Qué bien viven algunos... Nosotros llevamos aquí toda la noche... Será mejor que salgáis de ahí: hay un grupo muy numeroso que llega a las cinco y quince del Bosque Negro. Esperad... voy a buscar dónde estáis... Potter... Potter... ―Consultó la lista del pergamino. —Está a unos cuatrocientos metros en aquella dirección. Es el primer prado al que llegáis. El que está a cargo del campamento se llama Roberts. Diggory... segundo prado... Pregunta por el señor Payne.

―Gracias, Basil ―dijo Lily sonriente, y les hizo a los demás una seña para que lo siguieran. Se encaminaron por el páramo desierto, incapaces de ver gran cosa a través de la niebla. Después de unos veinte minutos encontraron una casita de piedra junto a una verja. Al otro lado, Harry vislumbró las formas fantasmales de miles de tiendas dispuestas en la ladera de una colina, en medio de un vasto campo que se extendía hasta el horizonte, donde se divisaba el oscuro perfil de un bosque. Se despidieron de los Diggory y se encaminaron a la puerta de la casita. Había un hombre en la entrada, observando las tiendas.

Pero fueron interrumpidos y abordados por Fudge, quien se veía muy feliz. ― ¡Lily, Julius, Eleonor, bienvenidos! Y veo que trajeron a los amigos de sus hijas, esto es maravilloso.

―Gracias, señor Ministro ―dijo Lily.

― "Amelia tiene varios Aurores por toda la zona," ―susurró Fudge, algo nervioso― "asegura que ha tenido comunicaciones del extranjero, sobre nuevos reclutamientos de Mortífagos" Pero por favor, pasen a la zona F-13 y F-14, allí encontrarán sus carpas.

―Muchas gracias, señor Ministro ―dijo Artemisa sonriente, mientras veía a Fudge llamar a los vendedores y pagarles, para que las niñas compraran mercancía de Irlanda o Bulgaria, encontrando divertido este asunto.

Siguieron caminando y escucharon a un vendedor. — ¡Son omniculares —explicó el vendedor con entusiasmo— se puede volver a ver una jugada, pasarla a cámara lenta, y si quieres te pueden ofrecer un análisis jugada a jugada! ¡Son una ganga: diez galeones cada uno!

—Dame nueve —pidió Lily, pagándole en Sickles. El intercambio de artilugios y dinero fue rápido y simple, en segundos, los niños tenían sus Omniculares, compraron dulces y crispetas/palomitas, dirigiéndose hacia el estadio.

Cogieron todo lo que habían comprado y, siguiendo a los adultos del grupo, se internaron a toda prisa en el bosque por el camino que marcaban los faroles. Oían los gritos, las risas, los retazos de canciones de los miles de personas que iban con ellos. La atmósfera de febril emoción se contagiaba fácilmente, y Artemisa no podía dejar de sonreír.

— ¡Asientos en la Tribuna Ministerial! —dijo la bruja del Ministerio apostada ante la puerta, al comprobar sus entradas—. Todo recto escaleras arriba, Lily, arriba de todo.

Subieron con la multitud, que poco a poco iba entrando por las puertas que daban a las tribunas que había a derecha e izquierda. El grupo de las jovencillas entre Hufflepuff, Slytherin y Ravenclaw, siguió subiendo hasta llegar al final de la escalera y se encontró en una pequeña tribuna ubicada en la parte más elevada del estadio, justo a mitad de camino entre los dorados postes de gol, sentándose junto al Ministro Fudge y los ministros de Irlanda y Bulgaria.

Ludo Bagman sacó la varita, se apuntó con ella a la garganta y dijo: —¡Sonorus! —Su voz se alzó por encima del estruendo de la multitud que abarrotaba ya el estadio y retumbó en cada rincón de las tribunas—. Damas y caballeros... ¡bienvenidos! ¡Bienvenidos a la cuadringentésima vigésima segunda edición de la Copa del Mundo de Quidditch! Los espectadores gritaron y aplaudieron. Ondearon miles de banderas, y los discordantes himnos de sus naciones se sumaron al jaleo de la multitud.

BULGARIA: 0; IRLANDA: 0.

Bagman volvió a hablar. —Y ahora, sin más dilación, permítanme que les presente a... ¡las mascotas del equipo de Bulgaria! —Las tribunas del lado derecho, que eran un sólido bloque de color escarlata, bramaron su aprobación.

Las Veelas eran mujeres, de una hermosura indecible... pero no podían ser humanas. Podían hacer brillar su piel de aquel modo, con un resplandor plateado, sin que hubiera viento, el pelo dorado se abrió en abanico detrás de la cabeza. Las Veelas se pusieron a bailar, y la mente de Artemisa se quedó totalmente en blanco, sólo ocupada por una suerte de dicha.

—Y ahora —bramó la voz de Ludo Bagman— tengan la bondad de alzar sus varitas para recibir a... ¡las mascotas del equipo nacional de Irlanda! En aquel momento, lo que parecía ser un cometa de color oro y verde entró en el estadio como disparado, dio una vuelta al terreno de juego y se dividió en dos cometas más pequeños que se dirigieron a toda velocidad hacia los postes de gol. Repentinamente se formó un arco iris que se extendió de un lado a otro del campo de juego, conectando las dos bolas de luz. La multitud exclamaba «¡Oooooooh!» y luego «¡Aaaaaaah!», como si estuviera contemplando un castillo de fuegos de artificio. A continuación, se desvaneció el arco iris, y las dos bolas de luz volvieron a juntarse y se abrieron: formaron un trébol enorme y reluciente que se levantó en el aire y empezó a elevarse sobre las tribunas. De él caía algo que parecía una lluvia de oro.

— ¡Comienza el partido! —gritó Bagman—. Todos despegan en sus escobas y ¡Mullet tiene la Quaffle! ¡Troy! ¡Moran! ¡Dimitrov! ¡Mullet de nuevo! ¡Troy! ¡Levski! ¡Moran!

Aquello era Quidditch como Artemisa no había visto nunca. Se apretaba tanto los Omniculares contra los cristales de las gafas que se hacía daño con el puente. La velocidad de los jugadores era increíble: los cazadores se arrojaban la Quaffle unos a otros tan rápidamente que Bagman apenas tenía tiempo de decir los nombres. Artemisa volvió a poner la ruedecilla en posición de «lento», apretó el botón de «jugada a jugada» que había en la parte de arriba y empezó a ver el juego a cámara lenta, mientras los letreros de color púrpura brillaban a través de las lentes y el griterío de la multitud le golpeaba los tímpanos.

«Formación de ataque «cabeza de halcón», leyó en el instante en que los tres cazadores del equipo irlandés se juntaron, con Troy en el centro y ligeramente por delante de Mullet y Moran, para caer en picado sobre los búlgaros. Finta de Porskov, indicó el letrero a continuación, cuando Troy hizo como que se lanzaba hacia arriba con la Quaffle, apartando a la cazadora búlgara Ivanova y entregándole la Quaffle a Moran. Uno de los golpeadores búlgaros, Volkov, pegó con su pequeño bate y con todas sus fuerzas a una Bludger que pasaba cerca, lanzándola hacia Moran. Moran se apartó para evitar la Bludger, y la Quaffle se le cayó. Levski, elevándose desde abajo, la atrapó.

El partido era maravilloso, avanzaba y las gradas enloquecían, viendo el partido desarrollarse y Bulgaria marcó más puntos, solo la suerte permitiría a Irlanda ganar el partido.

Cien mil magos y brujas ahogaron un grito cuando los dos buscadores, Krum y Lynch, cayeron en picado por en medio de los cazadores, tan veloces como si se hubieran tirado de un avión sin paracaídas.

— ¡SE VAN A ESTRELLAR! —gritó Hermione al lado de Artemisa. Y así parecía... hasta que en el último segundo Viktor Krum frenó su descenso y se elevó con un movimiento de espiral. Lynch, sin embargo, chocó contra el suelo con un golpe sordo que se oyó en todo el estadio. Un gemido brotó de la afición irlandesa.

Artemisa se apresuró a apretar el botón de retroceso y luego el de «jugada a jugada» en sus Omniculares, giró la ruedecilla de velocidad, y se los puso otra vez en los ojos. Vio de nuevo, esta vez a cámara lenta, a Krum y Lynch cayendo hacia el suelo. «Amago de Wronski: un desvío del buscador muy peligroso», leyó en las letras de color púrpura impresas en la imagen.

Cuando Mullet, una vez más, salió disparada hacia los postes de gol aferrando la Quaffle bajo el brazo, el guardián del equipo búlgaro, Zograf, salió a su encuentro. Fuera lo que fuera lo que sucedió, ocurrió tan rápido que Harry no pudo verlo, pero un grito de rabia brotó de la afición de Irlanda, y el largo y vibrante pitido de Mustafá indicó falta.

—Y Mustafá está reprendiendo al guardián búlgaro por juego violento... ¡Excesivo uso de los codos! —informó Bagman a los espectadores, por encima de su clamor—. Y... ¡sí, señores, penalti favorable a Irlanda!

Cuando el partido finalizó, el ganador fue Irlanda. Y justo cuando todos se comenzaban a retirar, se comenzaron a ver hechizos de un lado a otro, todo el mundo comenzó a correr hacia el bosque, mientras que los Aurores presentes y los Magos de Choque, comenzaban a hacer frente a aquellos hombres vestidos de negro, quienes llevaban mascaras plateadas de cráneos.

— ¡CHICAS! —Gritó Julius, mientras desenfundaba su varita mágica y miraba a Artemisa, Tōka, Hermione, Daphne, Astoria, Padma, Parvati y Susan. — ¡VAYAN AL BOSQUE, LAS BUSCAREMOS EN CUANTO NOS SEA POSIBLE!

— ¡TENGAN CUIDADO! —pidió la pareja Ghōul, mientras que todas se iban hacía el bosque, para protegerse.

— ¡POTTER, ESTA ES MI MOMENTO! —Gritó el Mortífago, apuntándole con su varita, pero ella corrió hacia él a gran velocidad ¡CON ESTO VENGARÉ AL SEÑOR OSCU...! —usando su Rinkaku y endureciéndolo como una espada, le cortó la garganta, haciéndolo caer.

—Ustedes... escorias —dijo Artemisa, arrodillándose junto al Mortífago y sonriéndole de forma cruel, sacando su máscara de entre sus ropas —creen que pueden matarme... es como mandar a peces tras el tiburón, sabiendo que serán devorados...

¡AVADA KEDAVRA! —pero ella saltó sobre la Maldición Asesina, al distraerse, le permitió a Tōka arrojarle algunos cristales del Ukaku, clavándoselos por todo el cuerpo y dejándolo en el suelo, para que se desangrara.

Las Patil pronunciaron hechizos en hindi e hicieron aparecer cobras de oro, plata y bronce, que reptaron por el suelo, buscando Mortífagos para morder.

Tōka y Artemisa se miraron por un instante, antes de desenfundar sus báculos y realizar hechizos, raspando el suelo y generando runas japonesas. Los Mortífagos que iban en su dirección, pronto se encontraron con cientos de espinas alargadas de color negro, que nacían del suelo y creaban un sendero en dirección a ellos, sin saber que las dos Ghōuls, les apuntaban con los báculos y pensaban en el hechizo. Mirándose mutuamente y viendo a los Mortífagos pelear con las espinas, tan largas como lanzas, ambas fueron contra ellos.

Tōka clavándoles plumas del Ukaku y Artemisa cortándolos o golpeándolos con los Rinkaku, de acuerdo a su preferencia, si es que los aplanaba y volvía espadas o si los mantenía flexibles.

Artemisa vio a otro detrás de Tōka, casi a punto de agarrar a Hermione, pero concentró tanta magia en el Rinkaku como pudo y luego lo alargó, hasta lograr herir en las rodillas y hombros al Mortífago, haciéndolo gritar de dolor.

Entonces, desde los matorrales se escuchó una voz profunda y cavernosa. — ¡MORSMORDRE! —Algo grande, verde y brillante salió de la oscuridad que los ojos de Artemisa habían intentado penetrar en vano, y se levantó hacia el cielo por encima de las copas de los árboles. Al escuchar la voz, Artemisa y Tōka, todavía con sus máscaras puestas y usando el hechizo Agilitatem, corrieron hacía los matorrales y se lanzaron encima, se escucharon gritos de sorpresa y luego de dolor. Un destello verde, salió hacía los cielos, donde se formó la imagen se alzaba más y más, resplandeciendo en una bruma de humo verdoso, estampada en el cielo negro como si se tratara de una nueva constelación.

Pero tan sólo habían dado unos pocos pasos, cuando una serie de ruiditos anunció la repentina aparición, de la nada, de una veintena de magos que los rodearon.

¡Desmaius! —gritaron las veinte voces. Hubo una serie de destellos cegadores, y Artemisa sintió que el pelo se le agitaba como si un viento formidable acabara de barrer el claro. Al levantar la cabeza un centímetro, vio unos chorros de luz roja que salían de las varitas de los magos, pasaban por encima de ellos, cruzándose, rebotaban en los troncos de los árboles y se perdían luego en la oscuridad.

— ¡¿Están ustedes bien?! —preguntaron Julius, Eleonor, Lily, Amelia y Sirius, llegando al lugar.

—Apártate, Lily —dijo una voz fría y cortante. Era el señor Crouch. Él y los otros magos del Ministerio estaban acercándose. Artemisa se puso en pie de cara a ellos. Crouch tenía el rostro crispado de rabia. — ¡¿Quién de ustedes lo ha hecho?! —dijo bruscamente, fulminándolos con la mirada—. ¡¿Quién de ustedes ha invocado la Marca Tenebrosa?!

Afortunadamente para Artemisa, ella ya se había quitado su máscara. Y se encargó de encarar al sujeto. — "Ten cuidado de cómo me hablas, Barthemius y que no se te olvide, que yo maté a Ryddle antes, así que no tengo motivos, para invocar aquello que llamas Marca Tenebrosa" —susurró en un tono amenazante, pero fue lo suficientemente fuerte, como para que todos le escucharan. Tan similar a Severus Snape, que varios, incluso Crouch, retrocedió un paso — "no soy una de las tontas del Departamento de Seguridad Mágica, que se encoge del miedo, solo por le alzas la voz" —su tono de voz cambió, volviendo a la normalidad, tan pronto como vio a Crouch saltar hacía atrás, asustado por las palabras de la pelinegra —Me hablarás con el respeto que me merezco, Crouch, —avanzó hacía él, cuando este dio un paso atrás— ¡¿EH SIDO LO SUFICIENTEMENTE CLARA?! —nadie hablaba. Y ella se volvió hacía los matorrales, agarrando algo y escuchándose un grito de dolor. De entre los matorrales, Artemisa sacó a un hombre a rastras y que le doblaba la edad, mientras insultaba a la pelinegra. Era de piel clara, algo pecoso, con una mata de pelo rubio y ojos negros.

— ¡¿BARTY CROUCH JR.?! —preguntó más de uno, con incredulidad. Mientras que Crouch Sr. estaba pálido y sus ojos mostraban incredulidad y horror.

—Así parece —dijo Artemisa. —Le encontré con la elfina y con esta capa de invisibilidad —solo entonces, todos se fijaron en aquella tela plateada y negra, que sostenía la Ghoul pelinegra en su otra mano, quien miró a Crouch Sr. permitiendo que su Kakugan se activara, — ¿podría explicarnos, como es que su hijo supuestamente muerto, está aquí mismo, señor Crouch? —Crouch Sr. solo pudo gemir, lastimeramente, en su defensa.

Los adultos y Artemisa, se dirigieron hacía el Wizengamot de inmediato, arrestando a padre e hijo, con esposas anti-Aparición.

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...

Horas después, ya en el Wizengamot, si bien un preocupado Dumbledore, intentó estar como Juez en el juicio, se lo negaron y solo lo dejaron estar como espectador, a pesar de que incluso pidió ser interrogador, pero no lo consiguió.

Dumbledore mantuvo un rostro de derrota absoluto, pues su plan estaba a punto de irse al diablo y solo podía esperar para que nadie hiciera preguntas referentes a Tom o a la ubicación del mismo.

—Barthemius Crouch Jr. se ha dicho sobre usted, que murió en Azkaban, ¿quiere decirnos, como es que está aquí? —preguntó Amelia Bones. — ¿Cómo se escapó de Azkaban?

Crouch tomó aliento y comenzó a hablar con una voz apagada y carente de expresión: —Mi madre me salvó. Sabía que se estaba muriendo, y persuadió a mi padre para que me liberara como último favor hacia ella. Él la quería como nunca me quiso a mí, así que accedió. Fueron a visitarme. Me dieron un bebedizo de poción Multijugos que contenía un cabello de mi madre, y ella tomó la misma poción con un cabello mío. Cada uno adquirió la apariencia del otro. —Explicó Crouch Jr. —Los Dementores son ciegos: sólo percibieron que habían entrado en Azkaban una persona sana y otra moribunda, y luego que una moribunda y otra sana salían. Mi padre me sacó con la apariencia de mi madre por si había prisioneros mirando por las rejas. Mi madre murió en Azkaban poco después. Hasta el final tuvo cuidado de seguir bebiendo poción Multijugos. Fue enterrada con mi nombre y mi apariencia. Todos creyeron que era yo.

— ¿Y qué hizo su padre con usted cuando lo tuvo en casa? —preguntó Fudge, temeroso.

—Representó la muerte de mi madre. Fue un funeral sencillo, privado. La tumba está vacía. Nuestra Elfina Doméstica me cuidó hasta que sané. Luego mi padre tuvo que ocultarme y controlarme. Usó una buena cantidad de encantamientos para mantenerme sometido. Cuando recobré las fuerzas, sólo pensé en encontrar otra vez a mi señor… y volver a su servicio.

— ¿Qué hizo su padre para someterlo? —quiso saber Amelia Bones.

—Utilizó la maldición Imperius. Estuve bajo su control. Me obligó a llevar día y noche una capa invisible. Nuestra elfina doméstica siempre estaba conmigo. Era mi guardiana y protectora. Me compadecía. Persuadió a mi padre para que me hiciera de vez en cuando algún regalo: premios por mi buen comportamiento.

— ¿No descubrió nadie que usted seguía vivo? —preguntó Fudge asombrado y enfadado por partes iguales—. ¿No lo supo nadie aparte de su padre y la elfina?

—Sí. Una bruja del departamento de mi padre, Bertha Jorkins, llegó a casa con unos papeles para que mi padre los firmara. Mi padre no estaba en aquel momento, así que Winky la hizo pasar y volvió a la cocina, donde me encontraba yo. Pero Bertha Jorkins nos oyó hablar, y escuchó a escondidas. Entendió lo suficiente para comprender quién se escondía bajo la capa invisible. Cuando mi padre volvió a casa, ella se le enfrentó. Para que olvidara lo que había averiguado, le tuvo que echar un encantamiento desmemorizante muy fuerte. Demasiado fuerte: según mi padre, le dañó la memoria para siempre.

—Hábleme de los Mundiales de Quidditch —pidió Fudge inmediatamente, pero muy dolido por lo ocurrido a Jorkins.

—Winky convenció a mi padre de que me llevara. Necesitó meses para persuadirlo. Hacía años que yo no salía de casa. Había sido un forofo del Quidditch. «¡Déjelo ir!», le rogaba ella. «Puede ir con su capa invisible. Podrá ver el partido y le dará el aire por una vez.» Le dijo que era lo que hubiera querido mi madre. Le dijo que ella había muerto para darme la libertad, que no me había salvado para darme una vida de preso. Al final accedió. Fue cuidadosamente planeado: mi padre nos condujo a Winky y a mí a la tribuna principal bastante temprano. Winky diría que le estaba guardando un asiento a mi padre. Yo me sentaría en él, invisible. Tendríamos que salir cuando todo el mundo hubiera abandonado la tribuna principal. Todo el mundo creería que Winky se encontraba sola. Pero Winky no sabía que yo recuperaba fuerzas. Empezaba a luchar contra la maldición Imperius de mi padre. Había momentos en que me liberaba de ella casi por completo. Aquél fue uno de esos momentos. Era como si despertara de un profundo sueño. Me encontré rodeado de gente, en medio del partido, y vi delante de mí una varita mágica que sobresalía del bolsillo de un muchacho. No me habían dejado tocar una varita desde antes de Azkaban. La robé. Winky no se enteró: tiene terror a las alturas, y se había tapado la cara.

— ¿Y qué hizo usted con aquella varita? —preguntó Diggle, por petición de Dumbledore.

—Volvimos a la tienda. Luego los oímos, oímos a los Mortífagos, los que no habían estado nunca en Azkaban, los que nunca habían sufrido por mi señor, los que le dieron la espalda, los que no fueron esclavizados como yo, los que estaban libres para buscarlo, pero no lo hacían, los que se conformaban con divertirse a costa de los Muggles. Me despertaron sus voces. Hacía años que no tenía la mente tan despejada como en aquel momento, y me sentía furioso. Con la varita en mi poder, quise castigarlos por su deslealtad. Mi padre había salido de la tienda para ir a defender a los Muggles, y a Winky le daba miedo verme tan furioso, así que ella usó sus propias dotes mágicas para atarme a ella. Me sacó de la tienda y me llevó al bosque, lejos de los Mortífagos. Traté de hacerla volver, porque quería regresar al campamento. Quería enseñarles a los Mortífagos lo que significaba la lealtad al Señor Tenebroso, y castigarlos por no haberla observado. Con la varita que había robado proyecté en el aire la Marca Tenebrosa. Llegaron los magos del Ministerio, lanzando por todas partes sus encantamientos aturdidores. Uno de esos encantamientos se coló por entre los árboles hasta donde nos encontrábamos Winky y yo. Quedamos los dos desmayados y con las ataduras rotas por el rayo del encantamiento. Cuando descubrieron a Winky, mi padre comprendió que yo tenía que estar cerca. Me buscó entre los arbustos donde la habían encontrado a ella y me halló echado en el suelo. Esperó a que se fueran los demás funcionarios, me volvió a lanzar la maldición imperios, y me llevó de vuelta a casa. A Winky la despidió porque no había impedido que yo robara la varita y casi me deja también escapar.

Con las preguntas terminadas, hicieron apresar al padre y a ambos les dieron el Beso del Dementor, a pesar de que Dumbledore argumentó que quería hablar con Junior y que se les debería de dar otra oportunidad.

Pero nadie le escuchó y solo los besaron, permitiendo que Dumbledore quedara con algunas preguntas sin contestar y tuviera que irse a casa, para hablar con Severus y ver qué podía hacer él.