Kagekiyo II
Sin importar cuánto apreciara Ryuu el silencio, esta vez se sentía opresivo y casi diría hambriento, como si estuviese dispuesto a devorarlo todo. Pero no había una mejor manera de describirlo, y tampoco se estaba esforzando en hacerlo. No tenía energías para aquello, en realidad. Casi extrañaba los sollozos de Kiyohime.
La diosa no estaba mucho mejor. Era como la primera parte de su viaje, solo que mucho peor. No hablaba, no comía, y si no estuviesen forzando su marcha, estaba segura de que tampoco tomaría su tiempo de dormir. Se veía tan muerta que la elfa no sabía qué hacer en la situación más que seguir adelante.
Y así lo hicieron por días. Dormir fue un lujo que solo se permitían cuando sus cuerpos ya no podían soportarlo más. Fue tan agotador que apenas tenía tiempo para entretenerse, en especial cuando tuvieron que rodear otro bosque élfico para no correr riesgos; fue fácil ver las señales para ella, en realidad.
Por desgracia, en los pequeños momentos de indulto, la mente de Ryuu iba en una espiral decadente, una que no se atrevió a compartir con nadie. La diosa estaba de luto, apenas respondiendo a los alrededores. Ryuu estaba demasiado atenta a ella para que no cometiera una estupidez, incluso si no sabía qué podría hacer.
¿Qué podría temer, en realidad? ¿Suicidio? Era una divinidad, no podía morir en el mundo de los mortales. Solamente regresaría a donde sea que estuviese viviendo, e incluso así, la conversación que hubo entre ambas no fue algo fácil de olvidar. Dioses muriendo.
¿Ser abandonada? No se mintió a sí misma y aceptó que no le dolería ser abandonada por Dia. La diosa creció en ella durante el corto tiempo que pasaron juntas, convirtiéndose sin esfuerzo en una figura de consuelo. Era egoísta, lo sabía, pero no quería perder eso a pesar de las circunstancias actuales.
Kiyohime era la peor. Era difícil de leer, y allí estaba el problema. Se veía tan tranquila que Ryuu estaba confundida en un principio. Por supuesto que lloró e imploró perdón, al menos los primeros dos días. Luego de eso, fue como si todo volviera al principio. Aquella dracónida que conoció, sonrisa vacía precediendo cada acto, no mentiras, pero sí carentes de sinceridad.
La mejor manera de describirla era que se veía menos «brillante». Siempre tuvo ese fuego en ella, uno que la elfa reconoció incluso cuando se despreciaban abiertamente. Fue aquello lo que la hizo mantenerse cerca, podía decirlo sin problemas. Ese impulso atractivo ya no existía, reemplazado por una fría y falsa indiferencia hacia todo.
Oh, pero lo entendía perfectamente. Si bien la máscara de Ryuu era puramente física y tangible, al final era lo mismo. Solo buscaba ocultar el dolor, ocultarse a sí misma. La dracónida deseaba ser ignoraba, dejada de lado por el mundo para hundirse en su propia miseria. O solo buscaba dar consuelo a las personas que la rodeaban, proyectando una figura de madurez y templanza donde no la había.
Fue esto lo que la hizo llegar a una realización: no conocía a las personas con las cuales viajaba. Estaba al tanto de hecho superficiales, algún que otro comentario esporádico. Pero era tan ignorante de Kiyohime como esta lo era con respecto a la identidad de Ryuu.
Y todo volvía a eso, al final. Era una elfa, y nadie lo iba a cambiar. Los suyos eran los culpables de la muerte de Primo. Ryuu era la culpable de la muerte de Primo. Tal vez si hubiera sido más sincera, si su orgullo no fuese más grande que su inteligencia. Tantas cosas que pudo hacer mejor, pero que no sabía cómo.
¿Debía culpar a los bandidos? Fueron ellos quienes las secuestraron en primer lugar, quienes las retuvieron, quienes planeaban violar a Kiyohime. No obstante, no podía hacerlo, no cuando sentía que era responsable de alguna manera de lo que había ocurrido. Estúpido, lo sabía, pero no menos cierto.
Fueron los elfos quienes atacaron, quienes las obligaron a escapar con apenas suministros. Aquel bosque habría sido un paso obligatorio, porque no sabía si Ryuu habría tenido el valor de advertir al momento de notar las señales. De exponerse de esa manera.
«Exponerse», todavía pensaba. Como si dos tercios de su grupo no hubieran estado al tanto quién era ella. Como si Kiyohime no cargase su propia sangre que la hacía relevante. Era como si Ryuu se avergonzase de sí misma, y ya no sabía si era en realidad eso, o solo orgullo. Orgullo estúpido e innecesario. Orgullo que hizo que mataran a la pobre Primo.
Porque fue su cuerpo, débil y patético, el cuerpo de una elfa, lo que al final las obligó a detenerse en aquel pueblo. Fue su cuerpo, no apto para el mundo fuera de su burbuja, lo que la hizo caer inconsciente. Buscaron refugio en un lugar que bien pudo ser peligroso por sí solo debido al cuerpo de Ryuu.
Y fue aquel cuerpo el que le impidió unirse a ellas en la búsqueda del dragón. Fue la debilidad de su cuerpo lo que mantuvo a Ryuu en cama mientras primo era asesinada a sangre fría. Fue su maldito cuerpo élfico lo que no le permitió ayudar a Kiyohime en su lucha desesperada, donde tuvo que arrojar su propio orgullo y dignidad por un día más de vida.
Sabiendo lo poco que sabía de los dragones, la muerte pudo haber sido lo más misericordioso.
Ryuu no era más que una portadora de desgracias. Si no hubiera conocido a Kiyohime, tal vez la dracónida no tendría que torturarse a sí misma. Tal vez la diosa habría encontrado una manera de escapar solo con Primo. Tantos «tal vez», tantas probabilidades, infinitas en lo que hubiera pasado si algo llegase a ser diferente.
Y todas convergían en un punto: todo sería mejor si Ryuu no fuese una elfa.
El solo pensamiento era traidor, pero ¿acaso importaba ya? ¿Podría ser más traidora a su propia raza? No lo sabía y no le importaba. No cuando fue su raza la que estaba causando todo este problema. No cuando todo era culpa de Ryuu, su incompetencia, sus actos, todo.
O simplemente fue una cruel obra del Destino, y en su arrogancia, Ryuu creía que era culpable. Ya no lo sabía, y nuevamente, ya ni siquiera le importaba.
§
II
§
Kiyohime ni siquiera fue la primera en darse cuenta de que algo andaba mal. Sus ojos estaban fijos en el suelo, indigna de ver cualquier otra cosa. Fue la forma en la cual Ryuu se detuvo lo que envió la primera alerta. Estaban en una pradera, así que las probabilidades de cualquier hostilidad se redujeron al mínimo.
Luego vino el aroma. Tan familiar que la congeló, su cuerpo luchando entre la furia y el miedo. Apestaba a sangre, niebla, mapache y cuervo. Su corazón, que latía como loco, solo se intensificó cuando levantó la vista. La niebla comenzaba a envolverlas, pero no sin impedirles ver una figura que se acercaba.
Su paso era tranquilo, tan calmado como un guerrero que sabía a lo que venía: matar o morir. Y con la confianza de aquel que sabía que la muerte no la encontraría en este día.
El sable de Ryuu no tardó en salir disparado de su vaina, ya en posición para las hostilidades. Dia, por el contrario, estaba temblando en su sitio, pero fue fácil darse cuenta de que no era el miedo lo que la hacía tiritar. Los puños apretados y el rechinar de sus dientes contaba una historia diferente.
Apenas recordando qué se suponía que debía hacer, Kiyohime tomó su tessen restante. Ni siquiera tuvo tiempo de lamentar la pérdida de lo que esencialmente era un regalo de su maestro. Tragó saliva para mantener el miedo abajo, incluso si sus manos temblorosas la delataban.
Su orgullo dolía. Estaba aterrada. Quería correr, pero sus piernas no se lo permitían. No sabía si era por el terror paralizante, lo que incluso podría agradecer dada la situación, o era la ira. La furia ardiente que se estaba gestando en su interior, a fuego lento pero constante. Solo el frío pavor evitaba que estallara.
La tanuki miró en su dirección. Kiyohime comenzaba a pensar que se había obsesionado con los encantadores ojos de la mujer, y tal vez era una forma de afrontar su situación. Siempre admiró la belleza en cualquier manifestación, por lo que no podía, no debía y no se creía capaz de estar asustada por algo tan hermoso. Oh, qué equivocada estaba.
El asco era evidente en la mirada, como si fuera inferior. El fuego creció un poco ante tal condescendencia, pero todavía no era suficiente. Todavía le era imposible moverse, incluso aparentar entereza y dignidad estaba más allá de su capacidad. El orgullo no iba a devolverle a Primo.
Oh, dioses, la pobre Primo. Kiyohime la mató. Si hubieran tratado con el asunto del dragón más rápido. Si no se hubiera ofrecido a tratar el asunto en primer lugar. Si hubiera luchado contra los bandidos desde un principio. Si ella hubiera muerto en lugar de la Familia de Dia.
Kiyohime saltó en su sitio cuando sintió una mano en el puño que se aferraba al tessen. Estaba fría al tacto, con los callos de un artista marcial. Ryuu. Fue un apretón firme, pero no fuerte; se habría atrevido a llamarlo delicado si fuera otra persona haciéndolo. Para su propia vergüenza, el gesto le trajo consuelo y seguridad.
Era imposible saber qué había detrás de la máscara, en qué estaba pensando. Pero la forma en la cual miraba en dirección de Kagekiyo era como si quisiera matarla con la mente. No obstante, no tardó demasiado en descubrir qué estaba planeando.
—Toma a Dia y corre. Orario no está demasiado lejos.
Kiyohime la miró con la boca abierta, sin molestarse en esconder sus reacciones. Salió de su estupor cuando la enmascarada forzó el bolso en sus manos, casi haciéndola tropezar y habiendo retirado la mano de la de Kiyohime.
—Ryuu-san, no…
—No es una discusión. Puedo encargarme de esto. Solo serás un estorbo.
No quería reconocerlo, pero le dolió. Fue como una puñalada directo al corazón, mucho más cuando ni siquiera se molestaba en darle una segunda mirada. Mordió su labio y asintió, sin importarle el grito de sus instintos que maldecían tal decisión. Los acalló, tal como hacía siempre.
Ryuu escuchó cómo Kiyohime se alejaba, pero en ningún momento despegó los ojos de su objetivo. La niebla la envolvía como si tuviera voluntad propia, a pesar de no ser demasiado espesa. Sea como fuere, sería un gran estorbo en la lucha por venir gracias a su falta de costumbre.
La mujer ni siquiera se movió para detener a la dracónida, como si no le importara que su presa estuviera escapando. Sabía lo que significaba tal implicación, pero no dejó que le afectara. En su lugar, aprovechó el momento para idear una estrategia. Esta no era una batalla destinada a la victoria, solo a ganar tiempo; Orario estaba alrededor de mediodía de distancia.
Había un bosque cerca; era una elfa, tendría la ventaja si lograba llegar a tal terreno y luchar. Distraerla sería su objetivo, una batalla de desgaste en un terreno familiar. Lo odiaba, realmente lo hacía. Quería castigar a la asesina de Primo, quien se atrevió a derramar la sangre de una elfa.
Y era una hipócrita, decía una pequeña voz de su cabeza. Una que fue demasiado inoportuna. Una que crecía con cada segundo en que el deseo de venganza se mantenía en su pecho.
La mujer se detuvo, las palmas sobre los pomos de aquellos sables, o katanas, como los llamó Kiyohime. No parecía estar lista para desenvainar, era una postura relajada, pero no caería en una trampa tan obvia. En su lugar, se contentó con analizarla.
Cargaba varios moretones, especialmente en su brazo derecho. No demostraba dolor alguno, pero no era garantía de que no tuviera algún tipo de lesión. Era imposible determinarlo gracias a que estaba comenzando a curarse, y no era una sanadora.
—¿Por qué proteges a una criatura tan lamentable? —preguntó la mujer.
Ryuu no la siguió, ¿no era obvia la razón por la cual estaban protegiendo a la diosa? A menos que…
Ni siquiera se molestó en reprimir el gruñido cuando la imagen volvió a ella: una Kiyohime llorando, sucia y herida, suplicando perdón de rodillas. Demasiado asustada como para ofrecer palabras adecuadas a la situación. Tan pequeña y vulnerable, anhelante de un consuelo que rechazaba por sentirse indigna. Tal vivacidad opacada de la noche a la mañana.
Fue la primera vez que Ryuu quiso abrazar a alguien para brindarle consuelo.
—No sabes nada —se encontró diciendo entre dientes.
—Un dragón sin garras ni escamas —fue su respuesta, casi indiferente, pero no fue capaz de ocultar el desprecio—. Una desgracia para todo Yamato, para la madre que murió por ella.
La mujer negó con la cabeza mientras Ryuu hervía a fuego lento, deseosa de clavarle el sable en la garganta. En su lugar, inhaló y exhaló para deshacerse de su temperamento. No fue muy efectivo, pero volvió a concentrarse en su oponente.
—Kagekiyo te desafía.
No hubo necesidad de más palabras entre ellas. Ryuu decidió tomar la ofensiva, por si aquello valía incluso algo en esta situación. Su sable descendió en un intento de decapitar a la mujer, quien no parecía demasiado alarmada por verse a la defensiva desde un inicio.
El acero encontró acero cuando una katana fue desenvainada. Sabiendo que la otra venía hacia ella, Ryuu retrocedió. Ni siquiera se inmutó cuando la punta rasgó parte de la máscara, y mucho menos perdió tiempo. Utilizó su pie izquierdo como base para detener su retroceso, antes de impulsarse con el derecho en una estocada.
La asesina se hizo a un lado, pero la elfa no se detuvo. Escuchó el sonido de parte de su capa siendo apenas rasgada por la afilada hoja de la katana. La capa que Kiyohime, una niña noble, había remendado con sus propias manos para ella, todo con el fin de combatir los escalofríos todavía presentes de su enfermedad.
Gruñendo, dio media vuelta para bloquear el siguiente golpe. Derrapó unos cuantos pies, los ojos abiertos ante tal fuerza. Sus brazos temblaban por el choque, pero sacudió las extremidades mientras ganaba algo de distancia. Fue en dirección del bosque, notando que poco haría en un enfrentamiento singular.
Solo tenía que ganar tiempo, se repitió a sí misma mientras activaba su magia. Por poco perdió el brazo, salvado gracias al aumento de su velocidad. Kagekiyo se esforzó en seguirle el ritmo, y al ser de nivel dos, todavía le era posible. Esto obligó a Ryuu a esquivar y defenderse en un intento de mantener la distancia.
Era más fácil decirlo que hacerlo. Su estilo seguía siendo tan refinado como la primera vez que lo vio, incluso ante la obviedad de favorecer su lado izquierdo en esta ocasión. La única razón por la cual Ryuu era capaz de mantener la cabeza sobre sus hombros no era otra que por su experiencia y entrenamiento. Falna ayudaba, por supuesto.
Suspiró de alivio al adentrarse en el bosque y escuchar el acero golpear la madera. Sin mirar hacia atrás, se impulsó y saltó hasta la rama de un árbol. Nunca fue la mejor tiradora de su bosque, pero mataría por un arco en ese momento. Por desgracia, los mendigos no podían escoger.
Grande fue su sorpresa cuando, girando la cabeza, vio el acero con el propósito de decapitarla. Se echó hacia atrás, cayendo del árbol y gimiendo ante el golpe desorientador. No tuvo tiempo para quedarse allí, así que se levantó y saltó de nuevo hacia otra rama.
Ahora vigilando a la asesina, se dio cuenta de que no lo estaba haciendo tan mal. Se veía un poco incómoda, pero era obvio que lo hizo en el pasado. Chasqueando la lengua, se impulsó en el árbol para pasar a la ofensiva. Ni bien las armas chocaron, Ryuu se alejó de un salto, casi haciendo tropezar a Kagekiyo.
Completamente en su elemento, comenzó a tomar la ventaja en la pelea. O lo que podría considerarse como ventaja cuando el enemigo era mucho más fuerte y experimentado. Lo que debería ser un combate unilateral con la asesina reducida a solo defenderse, apenas podía llamarse así. La niebla tampoco ayudaba en ese departamento.
Kagekiyo no podía atacar, pero era más por la velocidad de Ryuu que se estaba a reforzando con magia, además de no poder dar un paso gracias al peligro de caerse. Hizo los mejores intentos para defenderse, y a pesar de resultar incómodo a primera vista, la estaba manteniendo entera.
Frustrada por su falta de progreso, se dio cuenta demasiado tarde de que había caído en una finta. La asesina había soltado su katana y agarró la capa de Ryuu mientras se estaba retirando. No tuvo tiempo de liberarse de ella y fue estampada contra un árbol.
Para crédito de la enmascarada, rodó justo en el momento en que tocó suelo. La katana extrajo algo de sangre cuando rasgó su antebrazo. Sin darle tiempo para respirar, Kagekiyo se abalanzó contra Ryuu para evitar que pudiera tomar el terreno elevado.
Las tornas habían cambiado, ya que era ahora la enmascarada la que hacía todo lo posible para evitar la hoja de acero. Saltaba y rodaba en cada oportunidad, incluso llegando a desviar si era posible. No fue suficiente. Varios cortes y golpes comenzaron a acumularse en su cuerpo, con una respiración pesada que iba empeorando cada segundo.
Cuando se concentró demasiado en la katana izquierda, que casi fue asesinada al ignorar la derecha, la asesina aprovechó para propinar una patada en su abdomen. Ryuu gruñó y rodó hasta golpear un tronco, momento en que se dio cuenta de que estaba atrapada.
Kagekiyo no perdió ni un solo segundo, dispuesta a darle fin al combate. Hasta que fue golpeada por la espalda. Ver a Kiyohime de pie entre la asesina y ella llenó a Ryuu de tanto alivio que se sintió avergonzada por el solo pensamiento.
Kiyohime se detuvo abruptamente, como si el peso de la vergüenza por fin la hubiera alcanzado. Tropezó cuando la diosa chocó contra su espalda, pero apenas lo registró. Cada pequeña parte de su cuerpo quería encontrar un agujero y enterrarse a sí misma.
Ni siquiera había discutido con Ryuu cuando le dijo que corriera. Estaba aterrada, y le ofrecieron una salida fácil para su cobardía. La tomó sin una sola pizca de duda, buscando salvar su propia y miserable vida. Qué gran dragona era, corriendo ante una mera tanuki. Una que asesinó a Primo. Que mató sin piedad a la Familia de Dia.
¿Y qué hizo Kiyohime cuando estuvo cara a cara con aquella persona? Corrió. Escapó sin siquiera considerar la posibilidad de defenderse. Su maestro estaría tan decepcionado, viendo cómo todo el entrenamiento resultó inútil. E incluso cuando se defendió, fue sencillo señalar que su intento fue lamentable.
Tan débil, tan patética, tan miserable. Quería morir. Merecía morir. Debió morir en lugar de Primo. Ella habría saltado en defensa de Ryuu sin dudarlo, así como murió en defensa de Kiyohime. No dudó. Fue alto que hizo de forma automática.
¿Y qué hizo Kiyohime? Correr. Ser una cobarde. Mordió su labio al sentir las lágrimas descender por sus mejillas.
Su primera amiga, si en realidad podría llamarse como tal, estaba a punto de ser asesinada. No se engañaría al pensar que Ryuu tenía una oportunidad contra aquella asesina. Era mejor luchadora que Kiyohime, seguro, pero Kagekiyo estaba en otro nivel, literalmente.
¿No se suponía que moriría por sus seres queridos? Tal vez Ryuu no entraría en tal definición, pero todo lo que hizo por Kiyohime no podría ignorarse, y no lo haría. Eso la calificaba en alguien digno de la protección solo por deuda, si nada más. Y no era capaz de hacerlo.
¿Así actuaría Kiyohime si tuviera que luchar por su hermanita, incluso por Mikoto? Su cuerpo rechazaba la idea solo por principio, ardiendo por la furia que le generaba el escenario. Pero todavía estaba allí, aferrándose como el parásito que era: miedo.
Gruñendo de furia, dio media vuelta. No iba a dejarse llevar por tal sentimiento indigno. Ella era un ser superior, ella no iba a ser amedrentada por algo que clamaba estar fuera de su control. Ella era una dragona, por encima de mortales y más cerca de los dioses.
Y así miró a su divinidad patrona. Los ojos apagados de la diosa la inspeccionaron, o eso parecía. Era como si la mente de la diosa Dia estuviese en otro lugar, algo por lo cual no la culpaba en realidad. Costó un poco jalarla, intentó resistirse, pero Kiyohime era más fuerte.
La boca de Kiyohime se abrió, dispuesta a darle la noticia, antes de cerrarla. Repitió el proceso, pero las palabras se negaban a abandonarla. Aquella lucha no pasó desapercibida, porque era como si la divinidad la notase por fin. Y más que eso, como si leyese, de alguna forma, todos los pensamientos de la ryūshu.
—No —declaró la diosa, sosteniendo las muñecas de Kiyohime con fuerza.
—Dia-sama, yo…
—¡No! ¡Te lo prohíbo! —gritó, apretando todavía más el agarre en Kiyohime—. Perdí a Iris, Oriana, Love, Gina, Karen, Gita, Lucia, Leo y Primo. Perderé a Ryuu contra esa asesina. ¡No puedo perderte a ti también!
Sus manos se aferraban a las muñecas de Kiyohime con tanta fuerza que comenzaron a dejar marcas. Pero la ryūshu no la apartó, sintiendo sus lágrimas fluir en mayor cantidad, igualando a las de la divinidad. Quiso ofrecer su propia respuesta, tal vez palabras de aliento, pero su voz traicionó un sollozo.
—Estoy aterrada —admitió, abrazando a la diosa en busca de consuelo.
—Entonces no me dejes.
Oh, era tan tentador. Sentirse por una vez la hermana pequeña, sin ningún tipo de presión. Quedarse en este abrazo cálido y seguro, llena de amor y cuidado. Tan tentador, que se obligó a apartarse y mirar a Dia a los ojos.
—Pero mi mayor miedo es que Ryuu perezca, y yo viva con el estigma de una cobarde. Ella es mi primera amiga.
Esta vez fue el turno de la diosa de quedarse sin palabras. Sus labios se separaron varias veces sin dejar escapar sonido alguno. Como si no se decidiera cuál de sus tantos argumentos usar para convencer a Kiyohime de no volver a una muerte segura.
Y en su muestra de mayor cobardía, Kiyohime corrió. Sus piernas la impulsaron por el camino de regreso, sin volver a mirar atrás. Sin prestar atención a los llamados de su diosa. Solo concentrada en su visión borrosa y en el sabor de su propia sangre.
Se frotó los ojos con fuerza, parpadeó con fiereza para apartar las lágrimas. Apenas ayudó, pero no importaba. No había dignidad que mantener, no existía orgullo que preservar. Aquí, ahora, ella era nada, a punto de morir como un vagabundo. Qué destino para una raza superior.
Y cuando vio a Ryuu de regreso, luchando, apenas defendiéndose. No importó. Si iba a morir aquí y ahora, si estaba destinada a perecer como una plebeya, solo por la oportunidad de ser una igual con la chica que llegó a admirar, que así fuera.
Estaba dispuesta a morir por una persona que merecía su respeto y más. Así que no dudó al empujar a la asesina lejos de la figura magullada de Ryuu, apoyada en un árbol y habiendo aceptado su destino. Sangraba en varios lugares conde la katana de la asesina había dejado una marca, pero nada que pareciera serio a simple vista.
Kagekiyo gritó, obviamente sorprendida por un ataque tan repentino, pero apenas la molestó más allá de eso. Recuperó el equilibrio mientras se alejaba, demostrando sorpresa en sus rasgos al verla. Esto pasó a la decepción, seguido por la curiosidad.
—Kiyohime…
—Has vuelto —fueron las palabras sincronizadas de Ryuu y la asesina, continuando esta última—: ¿Has dominado tu miedo, o volverás a sucumbir ante él?
Ni siquiera cerca. Estaba absolutamente aterrada, pero era solo ella la que se interponía entre esa mujer despreciable y Ryuu. No podía dar un paso atrás esta vez. Escapar ya no era una opción cuando tenía algo que proteger. Algo que comenzó a encontrar precioso.
—Descansa un poco Ryuu-san, te concederé el tiempo suficiente.
—¿Y cómo piensas hacer eso? No eres rival para Kagekiyo.
Lo sabía. No era tan ingenua como para creer que el asunto iba a cambiar, incluso si estaba un poco desgastada, además de todavía herida por su lucha contra el dragón infante. Sería estúpido esperar un resultado diferente para la situación actual.
Pero que ella, en su estado actual, no pudiese hacer nada, no significaba que todas las alternativas hubieran terminado. Incluso si nunca le gustó ceder a su instinto, por una vez, entregaría las riendas voluntariamente.
Y así, exhaló su último aliento como Sanjō no Kiyohime.
Kagekiyo admitió estar asombrada ante la resolución en la mirada de la ryūshu. El miedo se había esfumado con una exhalación, dando paso a una ira que habría hecho retroceder a una persona menor. Aquellos finos ojos dorados exudaban tanto odio que amenazaban con quemar agujeros en la tanuki.
Pero no pasó por alto los demás cambios. Su piel, que debería ser suave como la de cualquier aristócrata, comenzó a cubrirse con parches aleatorios de escamas blancas. Tampoco era fácil ignorar las garras que reemplazaron uñas perfectamente cuidadas, junto a colmillos en sus dientes como perlas.
Lo que había ante ella no era la dama de la familia Sanjō, sino poco más que una bestia lista para ser sacrificada. No había miedo, solo un desafío ardiente que amenazaba con quemarlo todo. Y aquello encendió los ánimos de Kage una vez más, restaurando el respeto que la ryūshu había perdido anteriormente.
Y así, la bestia atacó.
Los ojos de Kage se abrieron como platos, sorprendida cuando el zarpazo, que bloqueó con sus katanas, la hizo tropezar. Ni siquiera perdió tiempo, ya que volvió a la ofensiva. Las garras buscaron la yugular de la tanuki. Apenas evitó perder la cabeza, sintiendo la sangre que bajaba por su cuello.
La bestia lamió las garras manchadas, gruñendo en amenaza tácita. La tanuki todavía estaba con la boca completamente abierta, asimilando lo que acababa de suceder mientras acariciaba su cuello. Por un segundo, casi fue decapitada. Por un momento, habría fallado a su diosa. Por jugar con su comida, habría hecho llorar a su Familia.
No pudo evitar reír, más aún cuando la bestia de una mujer lo tomó como una apertura para atacar. Movimientos amplios y violentos, salvajes en su ejecución errática. Había reconocido delicadeza en el tessenjutsu de la ryūshu cuando lucharon por primera vez, algo parecido a una danza, incluso consumida por el miedo. Ahora, bien podría ser un animal en su lugar y la diferencia sería mínima.
Las garras se lanzaron en un intento de cortar en tiras a Kage. Gruñidos e incluso mordisco se mezclaron con su ofensiva. Más bestia que mujer, tuvo que admitir que aquello la volvía imprevisible. Había luchado con monstruos, cierto, pero no le molestaba admitir que su experiencia estaba en matar mortales.
Con una sonrisa pegada al rostro, desvió un golpe particularmente vicioso, redirigiendo el impulso. Con la espalda descubierta, fue recompensada por un gran corte que comenzaba en el hombro y terminaba casi en sus glúteos. Pero ni siquiera eso la detuvo, ya que solo rugió antes de intentar devolver el favor.
Kage no pasó por alto la forma en la cual las escamas impidieron que la hoja fuese mucho más profunda. Armadura y armas naturales, tal como se esperaba de una ryūshu. Más divinidades que mortales, supuestamente nacidos de los restos de Ryūjin.
Casi bailando a través de los arañazos salvajes, la tanuki terminó por chasquear la lengua. Había esperado tanto, para terminar decepcionada. Era mucho mejor que antes, seguro, e incluso resultó más entretenida que la enmascarada. Pero solo fue un poco.
Suspirando, se preparó para poner fin a la batalla. No obstante, sus instintos gritaron en ese momento y dio un gran salto hacia atrás. Hizo una mueca cuando sintió dolor arrastrándose por su abdomen descubierto. Tal vez su hermana tenía razón con respecto a su falta de armadura.
Miró a la ryūshu, notando que sus garras se habían alargado. No demasiado, solo una pulgada más, suficiente para atravesar la guardia de la tanuki. ¿Se estaba ajustando al estilo de Kage? Era algo increíble de concebir, pero no debería ser tan extraño. Evolucionar para adaptarse.
Queriendo probar la teoría, Kage se impulsó hacia adelante. Para su sorpresa, Kiyohime se agachó justo cuando la hoja iba a cortar su cabeza. Moviendo la otra para bloquear, Kage derrapó un poco ante tal fuerza, pero no se detuvo. Aunque apenas, hizo lo posible para dar un paso hacia su objetivo y atacar en un momento de debilidad.
La ryūshu levantó el antebrazo para bloquear. En lugar de perder una extremidad, las escamas, que se habían reunido en ese punto, fueron capaces de detener el tajo. Hubo algo de sangre, pero no lo que debería haber sucedido. Debió haber sido mutilada.
Como si tomase la duda de Kage como una apertura, intentó destriparla con aquellas monstruosidades de garras otra vez. Incluso rasgaron un poco el acero cuando las katanas la bloquearon, para gran sorpresa de la tanuki, cuyo paso se tambaleó más. No eran armas normales, y esta chica les había dejado una marca.
Esto se estaba saliendo de las manos, no fue difícil notarlo. Al parecer, el asunto de evolucionar era mucho más literal; se estaba haciendo más fuerte, más rápida y sus armas más letales con cada segundo. La única ventaja que tenía de su lado era que no pensaba más que una bestia en este punto.
Necesitaba ponerle fin a esta lucha.
Con la resolución renovada, Kage se arrojó a mitad de una embestida de Kiyohime. Era obvio que estaba sorprendida, pero intentó adaptarse. La tanuki fue mucho más rápida. Las katanas centellaron con cada movimiento, destrozando las prendas, aunque apenas arañando las escamas que la cubrían. Esto no significaba que no le doliese.
La ryūshu gruñía cada vez que la hoja afilada hacía contacto con su piel, extrayendo sangre que se derramaba en el suelo. Intentó hacer cualquier cosa para detenerla. Incluso llegó a bloquear con su tessen todavía oculto, pero la katana rasgó la funda de cuero e hizo que el objeto cayera.
Enojada y rugiendo, dio un paso en falso. Kage lanzó una estocada, pero, como había esperado, las escamas detuvieron la mayoría del empuje. Soltó la otra katana y golpeó el kashira, casi atravesándola de no ser porque detuvo la hoja con su mano izquierda.
El dolor pareció haber traído racionalidad a la ryūshu, porque su mirada salvaje desapareció en un parpadeo. Hiperventilaba, dejando escapar gruñidos de sufrimiento en lugar de la furia desenfrenada de segundos antes. Incluso la fuerza había disminuido, ya que apenas era capaz de mantener la hoja en su sitio, a pesar de esforzarse en hacerla retroceder.
Kage logró su objetivo, pero estaba decepcionada. Una parte de ella quería saber qué tan fuerte podría volverse esta ryūshu, Kiyohime, si le hubiera permitido evolucionar libremente. Habría sido la mejor pelea, estaba segura. Por desgracia, tenía trabajo que hacer.
—¿Unas últimas palabras? —preguntó con tono mesurado, honrando a un igual.
Kiyohime tiritó. Su mano derecha se posó en el antebrazo de Kage que sostenía la espada. Su toque era vacilante, débil, incluso. No había nada de la energía que había mostrado en la pelea. Lamentable, pero era lo que debía hacer. Sin importar cuánto quisiera dejarla vivir, sería una amenaza para su propia Familia; no pondría en peligro a sus hermanas y diosa.
—So-solo unas…
Su respiración pesada hacía difícil entender las palabras murmuradas. Kage, todavía dispuesta a honrarla, se acercó un poco. No demasiado como para ser mordida, ya que notó los colmillos que todavía se entreveían. Incluso notó una pizca de humo oscuro que escapó de una exhalación.
—Olvidaste que… para las dragonas…
Esta vez Kage no pasó por alto las chispas, o brasas, que se escurrieron a través de sus labios manchados de sangre. Fue ese el momento en que el agarre débil se volvió como las fauces de una bestia. Kage intentó retirar su brazo sin resultado, gruñendo cuando las garras se clavaron en su piel, no tan afiladas como antes.
—Nuestro beso es del color del fuego.
Kage la miró a los ojos. El dorado había dado paso al rojo fuego, justo cuando una gran exhalación dejó los labios de la ryūshu. El calor fue lo primero en sentir, haciendo que su cuerpo actuara por instinto. Se hizo a un lado lo mejor que pudo, pero las llamas lamieron su brazo izquierdo. Ni siquiera se molestó en ocultar su grito de dolor; ser quemada viva era algo muy diferente a simplemente ser apuñalada.
Actuando más por instinto, metió su mano libre en las llamas, tanteando para encontrar los dedos de Kiyohime. Sin dudas, los rompió para liberar su brazo quemado. A pesar de que la ryūshu gritó por sus huesos rotos, intentó redirigir las llamas que exhalaba en dirección de Kage, incendiando los árboles de los alrededores.
Con el propósito de liberarse, pateó el abdomen de su oponente. No estaba segura de si le rompió las costillas, pero escuchó el impacto de su cráneo con un árbol. Seguía consciente, pero se había desorientado. No era lo más apremiante para Kage, pues esto lo era el fuego que ahora la rodeaba.
Gruñendo, se acercó a la ryūshu, antes de sentir que algo andaba mal. Rodó y tomó su katana desechada, girando y cortando lo que había saltado hacia ella. Pensó que era la enmascarada, pero solo se trataba de la capa que siempre cargaba con ella.
Ese mismo instinto le advirtió por segunda vez. El objeto que volaba hacia ella y que cortó con practicada facilidad no era otro que la máscara. Y justo cuando se dio cuenta, fue demasiado tarde para defenderse. Se lanzó hacia adelante, apenas evitando que el corte en su espalda fuese demasiado profundo. No dolió tanto como la quemadura, pero la abrió lo suficiente como para recibir un segundo un poco más profundo.
Gruñendo, giró para evitar ser empalada. Pateó a Ryuu, notando ahora el cabello rubio. Una elfa, se dio cuenta. El cuerpo cayó junto al de Kiyohime, quien, perdiendo el conocimiento debido a la herida y el golpe, intentó arrastrarse hasta la otra chica.
Ryuu, recuperándose, se interpuso entre Kage y Kiyohime, sable en alto. Apenas se sostenía debido al agotamiento, pero estaba dispuesta a ir hasta el final, incluso si podría ser inútil. Por mucha sangre de dragón que tuviese, había sido apuñalada por una katana en su abdomen. No obstante, podía respetar esa dedicación.
—Han luchado bien —concedió, mirando su brazo izquierdo quemado—. No obstante, no ha sido suficiente.
Realmente quería dejarlas vivir. Incluso cuando eran inferiores a los miembros de la Familia Dia, su tenacidad estuvo por encima de ellas. ¿Cuándo, si aquello era posible, encontraría otra ryūshu dispuesta a luchar? Por desgracia, el riesgo era demasiado.
Exhalando, levantó su katana por encima de la cabeza. No pasó por alto el cuerpo tenso de Ryuu, ni la mirada de reojo que le dio a Kiyohime, que se aferraba al pantalón de la elfa.
—Que su estadía en Yomi sea placentera.
—¡Alto!
Kage detuvo su corte más por la sorpresa de reconocer la voz que por la orden misma. Incluso Ryuu evitó seguir con la estocada, mirando en dirección de la recién llegada con los ojos abiertos como platos. A pesar de que cualquiera de ellas quería hablar, se les adelantaron.
—Si voy contigo… —la duda era evidente en su tono—, ¿las dejarás libres?
Quería negarse. Simplemente decir que no, matarlas a ambas y llevarse consigo a la diosa. Tenía la fuerza para hacer eso, incluso con uno de sus brazos al borde de la inutilidad. No obstante, la divinidad pareció leer sus pensamientos, ya que habló a continuación, con un tono tan duro que no coincidía con su pequeño cuerpo:
—Si no lo haces, liberaré mi divinidad.
Kage la miró con la boca abierta. Si no aceptaba sus demandas, caería el castigo divino, lo que incluía posiblemente destruir el contenido de la caja que había estado buscando… Y, pensándolo bien, era una excusa para dejar libre a su entretenimiento. En un futuro, volvería para saldar cuentas con la ryūshu… Si vivía para contarlo, eso era.
Suspirando, asintió en dirección de la diosa. Ella, como si hubiera entendido el mensaje tácito, sacó la caja que había causado todos los problemas. Se sentía original, al menos.
Miró en dirección de la elfa, que había intentado levantarse para seguir luchando. Kage negó con la cabeza, posando luego sus ojos en la katana. No había atravesado por completo el abdomen, así que estaba evitando que la ryūshu se desangrase. Luego miró el tessen el suelo, recordando el otro que había guardado en sus pertenencias. Una katana a cambio de un tessen, lo veía justo.
—Tienes tiempo para despedirte
Dio media vuelta y comenzó a alejarse, dándoles al menos un minuto de privacidad bien ganado. Era lo mínimo que podía hacer en esta situación.
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Información Importante
Bien, técnicamente esto ya terminó. Solo falta una suerte de epílogo que estaré subiendo en una semana, más o menos. He estado ocupado.
Ahora que el acto, libro o arco, como quieran llamarlo, ha terminado, me iré de vacaciones para zanjar varios asuntos. Cuando vuelva, será con Pokémon, mi "obra principal", por así decirlo.
