Dos pasos y un salto.
Para su absoluta sorpresa Alfarr no tuvo necesidad de despertar a Revali para que lo acompañase a la choza patriarcal, ya que él mismo se había levantado temprano y realizado extraños ejercicios mañaneros justo frente a la entrada, saludándolo con una felicidad que no parecía caberle en su pequeño cuerpo cuando lo vio de pie. El adulto no pudo evitar preguntarle al respecto y el polluelo no se limitó en revelarle que se trataba de una rutina que se implantó a sí mismo para que en el momento que fuera lo suficiente mayor para postular como arquero, se encontrase en plena forma para adaptarse al entrenamiento sin importar cuán duro éste terminara siendo. Alfarr estaría mintiendo sino admitiese que aquella respuesta le había intrigado, pues nunca se imaginó que a tan corta edad tuviera un objetivo tan fijo, incluso se permitiría llamarlo ambición cuando su flexibilidad era evidente y sus movimientos bastante fluidos, lo que confirmaba que no estaba ejecutándolo para impresionarlo sino que se trataba de una disciplina efectuada con un largo periodo de tiempo detrás, aún cuando no se tratase de algo muy adecuado.
Poco antes del alba, el líder de los arqueros y su futuro pupilo se dirigieron ante el patriarca Offu que no disimuló su impresión por la inesperada visita, dedicándole una mirada curiosa al par de ornis que se arrodillaban en su presencia como muestra de respeto inicial, algo que el prominente búho aceptó inclinando un poco la cabeza, mirando de nuevo al polluelo que parecía imitar a la perfección la actitud de su ídolo aunque terminase levantando el pico para inspeccionar varias veces su mutua postura.
—Bienvenido, Alfarr. Revali. Que sorpresa verlos juntos. ¿A qué debo la ocasión?
—He venido para solicitar una audiencia con usted —se apresuró a explicar Alfarr y señaló a su pequeño acompañante—. Involucra a este chico.
—Está bien, se te es concedido. ¿Qué te inquieta, guerrero?
—Pido su permiso para tomarlo como protegido. Debido a las constantes escenas de peligro en las que se ha visto involucrado, considero necesario que alguien se haga cargo de él y así lo vigile en todo momento para evitar que protagonice problemas futuros. Me he enterado por medio de mis subordinados que él ha rechazado pertenecer a una familia política, así que llegué a la conclusión que requiere de una figura militar para darle lecciones acorde a su energía. Después de todo me ha demostrado que siente un gran interés en ello.
—Una sabia suposición. Sin embargo, ¿qué te hizo considerar que debías ser precisamente tú el más adecuado para dicha tarea? Si te preocupa su futuro, cualquiera de tu escuadrón estaría capacitado para guiar a Revali por el buen camino.
—¡No hay nadie mejor que él! —exclamó el polluelo de pronto, rompiendo su reverencia de un salto para enfrentarse en equivalentes condiciones al patriarca, quien se reconoció genuinamente impresionado por su replica—. No me malinterprete, ¡cada uno de ellos es increíble! Pero si hablamos de habilidades, Alfarr los opaca sólo con estar ahí. ¿Es que no lo ha visto en acción, gran patriarca? ¡Todos su oponentes se quedan temblando!
—Revali, vuelve a tu posición —demandó el orni blanco autoritario. El polluelo se sobresaltó como primera reacción pero rápidamente obedeció, casi por automático, avergonzado de haber sido reprendido otra vez y esto el patriarca lo analizó con cuidado, pues no recordaba la última vez que Revali había hecho caso a cualquiera que le hubiese llamado la atención por su comportamiento, fuese civil o arquero—. Mis disculpas, patriarca. Habíamos acordado que él guardaría silencio durante nuestra conversación. Está en lo cierto, tal vez no estoy listo para tomar un aprendiz bajo mi ala, justo como usted lo sugirió.
—No —espetó Offu de pronto—. Al contrario, me haz brindado una demostración convincente. Te concedo la oportunidad de tutelar a este pequeño, Alfarr. —Los ojos del polluelo se iluminaron con aquella declaración y en las comisuras de su pico se expandió una sonrisa—. Confío que harás un excelente trabajo para convertirlo en un orni de bien.
—Señor —correspondió Alfarr solemne. Revali lo imitó y aquello al guerrero le llamó la atención, causándole gracia al patriarca.
—Imagino que tendrán mucho qué organizar, así que tienen mi permiso de retirarse.
Con un asentimiento Alfarr finalmente se puso de pie, dándole la espalda al patriarca para enseguida dirigirse a la salida con Revali pisándole los talones, su sonrisa tan radiante que el adulto no pudo evitar notarla y sentirse molesto por tal pese sus esfuerzos de ignorarlo.
—¿Qué? ¿Estás feliz? —cuestionó con característica hosquedad.
—¡Mucho, maestro! —respondió Revali, no molestándose en disimular su creciente entusiasmo por una realidad que sólo había presenciado en sus sueños más locos.
El orni blanco suspiró con un gruñido, mentalizándose a la presencia infante que tendría a sus espaldas de ese momento en adelante; él había querido que así fuera pero ese hecho no lo salvaba de la falta de costumbre que seguro le mantendría irritado todo el comienzo. Eligiendo un lugar adecuado para dar inicio a su situación actual, empezó a caminar escaleras abajo sin preocuparse en pedirle al pequeño que le siguiera.
—Pues bien, no te acostumbres porque no voy a ser nada suave contigo, créeme, te arrepentirás —amenazó.
—Lo dudo pero lo superaré, se lo aseguro.
—Si, claro —mordisqueó sarcásticamente—. Empecemos a establecer reglas. Primera regla: No me llamarás "maestro". Alfarr está bien, odio las formalidades.
—Pero fue muy formal cuando hablamos con el gran patriarca.
—Segunda regla: No me cuestionarás. Si soy formal con el patriarca es porque es obligatorio, lo mismo va a ser para ti, así que no quiero verte comportarte como hiciste hace poco en su choza. Ante los civiles y superiores tenemos una imagen que prevalecer, ¿entendido?
—¡Entendido!
—Tercera regla: Dejarás de correr por ahí. A partir de hoy has dejado de ser un pollito sin dueño y estarás en eterno servicio, sólo si yo te doy permiso podrás molestar a otros ornis y holgazanear como el rebelde que eres.
—¿Molestar? ¿Holgazanear? —Revali parpadeó varias veces confundido por las descripciones, pues en lo que a él respectaba nada de eso había estado haciendo antes de que atrajera el interés del líder de los arqueros.
—Cuarta regla: Romperás todas tus costumbres. Lo que significa que tu pequeño entrenamiento mañanero cambiará drásticamente por uno que yo te daré. Finalmente conocerás la verdadera rutina de un guerrero.
—¿¡Osea que recibiré entrenamiento a pesar de mi edad!? ¡Woah!
—He dicho rutina pero si lo quieres tomar así, está bien —dijo Alfarr alzándose de hombros con desinterés.
Continuaron descendiendo, encontrándose con algunos ornis mayores que ya comenzaban sus labores, algunos los observaron curiosos de que Revali estuviese fantaseando en voz alta sin perturbar el calmo andar del líder de los arqueros. Alfarr pensó que probablemente los polluelos ya estarían en clases de tribu donde solían enseñarles lo básico de su sociedad, resguardándolos del peligro mientras sus padres se desocupaban de sus actividades, tal pensamiento le trajo a su cabeza un punto importante de esta nueva etapa de su carrera, incitándolo silenciar el palabrerío de la cría acompañándolo.
—Quinta regla y la más importante: Me obedecerás. Si yo te doy una orden, la acatarás al instante. Si te pido que aletees, lo harás. Si quiero que te quedes en estado vegetativo, adivina, no tienes opción más que hacerlo. Hoy se termina una era de crímenes inconscientes, así que empezaremos por establecerte.
—Pero...
—Quiero oírte citar la segunda regla que te di —le interrumpió bruscamente, algo que tensó al polluelo de pies a cabeza,. Nervioso, Revali se esforzó en recordar el reglamento que recién recibió.
—No lo cuestionaré...
—Y eso estabas a punto de hacer.
—Lo siento.
—No te disculpes, en su lugar aprende a no cometer esos errores. Una disculpa no vale nada cuando no haz superado los obstáculos. Piensa que es como volar. Dime, ¿te serviría de algo disculparte con la roca con la que haz impactado en tu vuelo si vuelves a golpearte contra ella nuevamente de regreso?
— …No.
—Pues bien, no brindes disculpas hasta que no hayas arreglado tu error, ¿entendido?
—Suena muy difícil, los adultos siempre me dijeron que debía disculparme, incluso antes de enmendar mi error —comentó Revali con expresión preocupada—. Muchas veces me exigieron que me disculpara.
—Es por eso que te di la regla de romper costumbres, será necesario vaciar todo el conocimiento que absorbiste hasta ahora para que puedas asimilar nueva información.
—¿No me meterá eso en problemas con los demás?
—Segunda regla, Revali. —El polluelo hizo un sonido de comprensión y guardó silencio mientras caminaban—. ¿Ves a lo que me refiero? Pero descuida, entiendo que es demasiado pronto y muy nuevo para ti que te apegues a mis lecciones. Entonces, he decidido darte tu primer trabajo como mi aprendiz.
—¿Cuál?
—Este. —Alfarr se detuvo sobre los escalones que llevaban a uno de los tantos descansos naturales de la roca en que su villa fue construida, cuya zona fuese alguna vez el refugio del pequeño orni junto a él, quien inspeccionó su estropeada fortaleza de cartón y madera con suma curiosidad—. Quiero que limpies todo esto. Deshazte de toda esa basura una vez la desmontes. Y cuando termines ven a verme en mi choza, si no me encuentras espérame, seguro que no tardaré en volver.
—¿Dónde pondré todo eso?
—No lo sé, ¿de dónde lo sacaste?
—Fueron objetos que tomé de aquí y allá —explicó—. Muchos fueron regalos de los otros niños y sus padres, dijeron que ya no los necesitaban.
—Estoy seguro que sabrás qué hacer.
Sin más qué agregar Alfarr se retiró dejando al polluelo pensativo, pues si se deshacía de todos sus objetos no tendría dónde quedarse. Miró al adulto que se estaba alejando con su usual porte majestuoso y tuvo el impulso de cuestionarle este punto que le carcomía el cerebro pero se abstuvo al recordar la segunda regla que le había dado. Entonces volvió a mirar su fortaleza decidiendo cómo comenzar a destruirlo. Ciertamente no entendía la razón tras esta encomienda pero estaba decidido a cumplirla, después de todo se lo había pedido aquel que se convirtió en su mayor admiración.
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Los rayos del sol se habían inclinado contra las chozas del poblado, reverenciando toda la villa con sus rayos anaranjados cuando Revali logró terminar con su agotador trabajo. Había reunido los trozos de madera y cartón en un mismo rincón, clasificados de manera que fueran fáciles de transportar. Luego cargó en puños adecuados para sus pequeñas alas escaleras abajo, pidiendo indicaciones a los guardias sobre dónde podría dejarlos para que no estorbaran a los demás habitantes; intrigados, los ornis marrones le habían indicado un lugar lejos de la entrada y ahí fue acomodando todo aquello que había formado parte de su hogar reiteradas veces hasta que despejó por completo el lugar. Cuando los adultos o niños le habían preguntado la razón de su tarea, sin detenerse él se había limitado informar que se trataba de una misión de su maestro, cosa que sorprendió a todos y generó cuchicheos en quienes no fueron capaces de restarle importancia al hecho.
Cansado de subir y bajar con carga, el pequeño orni azul se tomó su tiempo en ascender hasta la choza de Alfarr, tirándose en el suelo de la entrada cuando finalmente lo consiguió, tratando recuperar el aliento mientras se preparaba para informar de su tarea exitosa. Grande fue su decepción notar que dicho orni no ocupaba un espacio dentro de aquellas paredes, así que se tomó la libertad de mirar a la lejanía el verde paisaje de esas tierras. Podría no ser lógico pero nunca había percibido semejantes vistas con aquella sensación palpitante en el pecho; todo lucía más hermoso que nunca, casi nostálgico, y no sabía porqué. Luego se percató de las nubes negras aproximándose, estaban aún muy lejos pero estaba seguro que no tardarían en posarse sobre ellos.
Entonces las lágrimas brotaron de sus grandes ojos, conmovido a la vez de angustiado por tan bella estampa. Estaba en lo más alto del poblado y de alguna manera se sintió solitario, los sentimientos que se había esforzado en ignorar finalmente pasándole factura. Estaba tan cansado que no pudo evadir lo triste que se había estado sintiendo desde que fue consciente que no era necesario y que probablemente nadie lo querría como a otros polluelos de su edad. Recordó las veces que había envidiado a todos esos niños que metió en problemas porque tenían padres que se preocupaban por su seguridad. Y aunque algo en un mente le decía que no necesitaba llorar por eso ahora, no pudo resistir.
—¿Revali? —El pequeño miró detrás suyo sin parar de llorar, dejando frío a Alfarr por su semblante derrotado—. ¿Se puede saber por qué lloras? —inquirió incómodo.
—Terminé —dijo todavía sorbiendo la humedad en sus poros.
—¿Terminaste? ¿Qué?
—Lo que me pidió, está hecho —trató explicarse, aún desconsolado—. Destruí mi casa como lo pidió. ¡Ahora ya no tengo donde refugiarme de la lluvia!
—¿Qué? ¿Por eso estás llorando?
—¡No estoy llorando!
—Revali...
—¡No me preocupa la lluvia! ¡Puedo con todo, se lo aseguro! ¡No soy débil y se lo demostraré!
—Oye, si te pedí que destruyeras ese intento de nido fue para que te mudaras conmigo. —Su declaración cortó de golpe el llanto de la cría—. ¿Pensaste que te iba a obligar dormir a la intemperie? Si es así eres más idiota de lo que pensaba.
—¿Quiere... que viva con usted?
—Es natural que el molesto pupilo esté donde se encuentra su instructor, especialmente cuando los dos son huérfanos, no tengo con quien dejarte, ¿sabes?
—¡Maestro! —exclamó Revali echando a correr hacia él para darle un abrazo, un acto que desconcertó tanto al receptor que sólo pudo paralizarse y mirar al polluelo sin estar seguro qué comenzar a sentir, así que se limitó hacerle un incómodo recordatorio.
—Primera regla, Revali.
—¡Lo siento! —gritó con una mezcla de emociones alimentando sus incontrolables sollozos—. Y lo siento por disculparme, maestro Alfarr.
—Sólo es Alfarr —se quejó el líder de los arqueros para sí mismo, aceptando el gesto del pequeño orni pero no correspondiendo, pues amargas memorias habían vuelto a él después de ser espectador de escenario tan vergonzoso. Sabía que no quería verse suave, por eso era una suerte que nadie de los del poblado estuviera cerca o no habría podido manejar su propio sentir. Como le gustaría tener las habilidades sociales apropiadas para responder a este tipo de cosas—. Ya, ya fue mucho. Anda, Revali. Vamos adentro.
—¡Pero estoy sucio! ¡No quiero ensuciar su choza!
—En ese caso vamos a limpiarte esas plumas. —Alfarr apartó al polluelo de su cuerpo para tener la libertad de girarse y doblar una de sus rodillas, extendiendo sus alas de modo que pudiera emprender el vuelo debidamente en esa limitada pista delante de su casa—. Sube.
—Pero...
—¿Tendré que pegarte una hoja con todas las reglas que te he dado escritas?
Divertido, Revali sorbió de sus poros esforzándose en controlar su llanto para luego trepar la espalda del orni adulto, el cual le ordenó se sujetase fuerte antes de comenzar aletear hasta encontrar las corrientes de aire adecuadas para enseguida tomar un ángulo hacia abajo y dirigirse al río más cercano a sus dominios con un vuelo tan magistral que Revali olvidó su tristeza anterior para reírse abiertamente, confesándose afortunado de ser llevado por el mejor entre los mejores sobre la espalda. Alfarr obviamente lo reprendió por los innecesarios halagos, más no le impidió divertirse el resto del camino, demostrando sentirse bien con la compañía del polluelo.
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Una vez frente a las aguas cristalinas del río, los dos observaron el lugar unos instantes en silencio. Muchos ornis solían abastecerse de agua antes de que el ambiente enfriara, así que tenían la zona para ellos dos solos. Revali se acercó al fluyente liquido dando pequeños saltos, riéndose de los brotes de espuma que le daban aún más vida al vital elemento. Luego con su mano capturó el agua suficiente para comenzar acicalarse por su cuenta y Alfarr agradeció su independencia, después de todo no sabía cómo limpiar a un polluelo, entonces él también se acercó para lavarse la suciedad adherida a sus propias plumas, ayudándose de un aceite que Revali nunca había visto, razón por la cual se distrajo de su aseo.
—¿Quieres probar? —quiso saber Alfarr mostrándole el frasco que contenía dicho aceite.
—¿Qué es?
—Es algo parecido al jabon pero su uso es exclusivo para plumaje como el mío. Es difícil mantenerse blanco cuando tienes un trabajo tan exigente. Ningún orni quiere que su presencia se vea opacada por las manchas.
—¿Es importante? —inquirió Revali inconvencido.
—Ahora quizás no lo entiendas pero lo harás cuando seas mayor.
—En ese caso quiero ser mayor pronto.
—No comas ansias, todo debe ir a su tiempo. De nada te serviría ser un pollito hoy y al siguiente un hombre, no habrías aprendido las enseñanzas que toda una vida te da.
—¿No es ese su trabajo?
—Revali —mordió y el polluelo se tensó.
—No cuestionarlo —recitó por su cuenta.
Alfarr casi se echó a reír pero cubrió su expresión risueña poniéndose de pie y mirando alrededor. Alababa que el lugar estuviese tan tranquilo y libre de presencias depredadoras, sin duda sus subordinados hacían un excelente trabajo resguardando la seguridad del poblado entero aunque no podía bajar la guardia, su tiempo lejos de aquella armonía se lo había hecho comprender por las malas. Nunca estaban libres de peligro.
—Termina rápido de lavarte las plumas, Revali. Todavía necesitamos arreglar unas cosas.
—Bien.
Revali se metió de un salto al río, hecho que sorprendió al adulto, quien se acercó sólo para ver cómo Revali se había acomodado entre dos grandes rocas que no simulaban un peligro para ser arrastrado, de las cuales se sostenía con sus patas para sumergirse mientras con sus alas se lavaba todo el redondo cuerpo a una buena velocidad. Después con varios aleteos emergió fuera, sacudiéndose de modo que todo su plumaje se esponjó, finalmente haciendo reír a Alfarr, aunque sólo fue una brevedad, reprendiéndose con vergüenza, sólo esperaba que el pequeño no lo hayase notado.
—¿Listo?
—¡Si!
—En marcha.
Alfarr volvió a colocarse en posición para que Revali subiera a su espalda, sosteniéndose sin que tuvieran que repetirle las indicaciones anteriores. Juntos se elevaron por los cielos rumbo a la parte más alta del poblado, contemplando el paisaje gustosos sin importar cuan acostumbrados estuvieran de ello. El líder de los arqueros especialmente pareció encontrar un nuevo matiz en ese lugar tan monótono que en veces anteriores no había conseguido encontrar pese al tiempo transcurrido mientras daba un par de miradas al sonriente polluelo de ojos esmeraldas. Tal vez incluso él había estado resintiendo la continua soledad que le estuvo abrazando pero eso sería algo que no admitiría en voz alta.
