Capítulo 20 Las Praderas Sagradas
Ya no nevaba, pero el cielo sobre el refugio era plomizo, muy gris. Hacía incluso más frío. Urbión dijo que era porque la nieve, cuando se asentaba, se volvía hielo y eso hacía bajar la temperatura. El chico parecía algo azorado y torpe ese día, se le caían las cosas de las manos, tardaba un poco más en hacer las tareas, las pocas que debían hacer, porque no tenían tantos trastos como cuando viajaban con la carreta. Los caballos estaban hambrientos, por lo que Raponas, con ayuda del escudo, logró localizar algo de hierba fresca bajo la capa de nieve. También, entre él y Bronder, abrieron un camino para poder salir. Zelda dijo que el refugio debía seguir siendo secreto, y el caballero le aseguró que no había problema, que en cuanto nevara o llegara el deshielo, todo quedaría cubierto.
Al contrario que Urbión, Zelda ese día estaba más llena de energía que nunca, y no había suficientes tareas para gastarla. Salió la primera a cazar, y encontró más setas y animalillos. Al regresar, le tendió a Lion un carcaj que había improvisado con ramas, como hacía Leclas cuando vivían en el bosque. El niño también estaba inquieto. Tras dormir tanto, uno podría imaginarse que estaría débil, pero Lion también corría por el templo, examinándolo todo, haciendo muchas preguntas que su hermana estaba encantada de responder, pero Zelda no. El rostro del niño estaba más afilado, había perdido algo de las mejillas redondas e infantiles, y Zelda descubrió que parecía hasta más adulto.
El grupo al completo dejó atrás el refugio. En un momento del viaje, una vez llegaron a un camino oficial, Zelda le indicó con la brújula a Raponas por donde estaba el carro, la última vez que lo dejaron. A partir de este momento, Raponas se marchó solo, con la misión de encontrar a Helios y darle el recado de que estaban bien, que iban camino a la fuente de Mugen. Zelda le dijo a Raponas que dejaría marcas por el camino, las tiras de tela atadas a los árboles, para que pudieran seguirles.
Desde el refugio, le resultó más fácil localizar la ruta hacia Las Praderas Sagradas. Mientras cabalgaba sobre Scarlet, con Midla sentada detrás, Zelda iba recordando. Tenía más o menos la edad de Lion, que iba a la grupa de Tormenta. Una noche antes de que llegara el invierno, ella y Link salieron sobre Centella en pos de la Pradera Sagrada, donde el Jinete Fantasma tenía el medallón del bosque. Allí encontraron a Leclas, envuelto en tela de araña. Por entonces, Zelda creyó que Urbión había sido llevado hasta allí. Más tarde descubrió que les había mentido, que se había escapado al Mundo Oscuro.
Miró al adormilado Urbión, que compartía su caballo con Ander. Y de repente, Zelda sintió todo el cuerpo arder, con un fuerte sonrojo. Para evitar mirarlo, preguntó a Midla, que se aferraba a su cintura, si se encontraba bien. La princesa respondió con un castañeo de los dientes.
– Ahora sí que echo de menos el carro.
– Y yo mi capa gris. Era lana de muy buena calidad, abrigaba mucho. El invierno pasado tuve que venir por aquí a por unos wolfos y me vino estupendamente – Zelda suspiró. ¿Podría pedirles a esas amables señoras de Términa que le hicieran otra?
– Urbión y tú hacéis buena pareja – dijo de repente Midla, sobresaltando a Zelda.
– Bueno, somos algo parecido… Es muy pronto para definirlo.
– ¿Desde la noche de la herencia? ¿Verdad? – Midla soltó una risita –. Se os notaba distintos desde entonces, y después, en Hatelia… Sois los dos muy jóvenes, de edades parecidas, y tenéis cosas en común. Os gustan los caballos y pelear.
"No mucho más" pensó Zelda, aunque luego recordó los besos de la noche anterior, y sonrió.
– ¿Te ha contado ya que estaba prometido? – Midla añadió –. Yo lo supe ayer, me lo dijo Ander, que Urbión le había prometido a Bronder que te lo diría.
– Sí, me lo dijo anoche, pero el Oso metiche ya me lo había chivado.
– ¿Oso metiche? ¿Qué significa eso?
– Entrometido. Es una palabra que se usa en Labrynnia. Bronder haría bien en meterse en sus asuntos y no en los míos.
– ¿Y no te molesta nada que Urbión esté prometido?
– No, la verdad. No me preocupa el futuro, ya tengo bastantes problemas en el presente – Zelda sonrió un poco.
– Eso es cierto, y me alegra que no suponga un problema para los dos.
Incluso aunque no le veía la cara, Zelda supo que Midla había puesto esa expresión de pena, la misma que cuando quiso bailar, y no pudo,
– Ander y tú también hacéis buena pareja – dijo Zelda no pudo evitar reírse, al ver que Midla se incorporaba un poco, y apretaba las manos en torno la cintura de Zelda.
– No, no somos nada…
– En Ikana, os vi hablando, y lo parecíais. Vamos, conmigo vuestro secreto está a salvo. Vosotros me habéis ayudado mucho, y la verdad, es que me parecéis muy encantadores los dos. Sois iguales. Me recordáis a Link.
– A tu amigo el bibliotecario. Me pregunto qué diría él de saber que tienes un enamorado.
Era buena pregunta. Si Urbión Dellas se llamara de otra manera y su físico fuera distinto, Link no diría nada, le parecería bien. Sin embargo, el rey no pasaría por alto el parecido de este Urbión al Urbión del bosque, a la tercera parte de Ganon. Se haría preguntas, las que Zelda debió hacerse desde el principio y que, desde entonces, había logrado acallar. La sonrisa se le borró del rostro. Imya le dijo que no era el mismo, y ella sabía que no, por mucho que su cuerpo y su calidez sí se lo recordaran.
– No sé qué diría. Buscaría información sobre Ordon, la familia Dellas, me haría muchas preguntas… Creo que prefiero que no lo sepa, no hasta dentro de mucho tiempo.
Midla no dijo nada más. Zelda sacó la brújula, calculó de nuevo la ruta, y, tras corregir el rumbo, anunció al grupo que ya estaban cerca. De hecho, detrás de un grupo de árboles muy grandes, más de lo normal, Zelda encontró los muros del laberinto que eran las llamadas Praderas Sagradas. Tuvo el recuerdo de llegar allí con Link, y no pudo evitar mirar a Lion. El chico miraba los muros con los ojos muy abiertos, de sorpresa.
– Antes de llegar, y creo que estarás de acuerdo, Bronder, deberíamos examinar el lugar para asegurarnos si hay o no orcos, o más de esos moblins – Zelda ayudó a Midla a bajarse de Scarlet.
Había más nieve, pero el cielo despejado. Pronto oscurecería. Bronder, Urbión y Zelda se acercaron agachados a la fachada principal dando un rodeo. Midla, Ander y Lion, este último un poco descontento por quedarse atrás, esperaron ocultos con los caballos a que volvieran. Al menos, Lion tenía el arco. Gracias a las flechas que le había dado Raponas, estaba listo para ayudar. Zelda, por gestos, señaló la parte superior del muro. Cuando en el pasado, o quizá debería decir en el futuro, ella pudo ocultarse entre las sombras y deslizarse. Era lo bastante pequeña para cruzar con facilidad. Sin embargo, ahora era más alta, y Sir Bronder era demasiado grande. Urbión era ágil, pero no tanto.
Sí que había orcos, y goblins. Parecían estar de patrulla, se acercaban a las esquinas, agitaban faroles para observar. Bronder hizo un gesto para que los dos chicos retrocedieran y regresaron al lugar donde esperaban Ander y los demás.
– Tenías razón, pelirroja. Hay muchas bestias…
– Podemos con ellas, son solo unas pocas – dijo Urbión. Bronder le respondió que no debía ser tan impaciente.
– Es mejor una estrategia sencilla. Los muros son altos, y estrechos, pero no es problema para vosotros dos. Quiero que trepéis por ellos. Uno lo hará por este lado, el otro por este – Bronder explicaba la estrategia dibujando en la nieve con una ramita –. ¿Te quedan de esas semillas de luz y de fuego, pelirroja?
– Sí, pero no muchas – Zelda pensó que lo que proponía era lo mismo que hizo en su momento Link. El entonces príncipe usó su puntería para ayudarla, cuando un goblin la descubrió –. Toma, pero explícanos qué vas a hacer.
– Se trata de distraerlos. Cuando estén saliendo, Urbión y tú los vais empujando al exterior. Yo puedo ir acabando con ellos.
– ¿Y yo? Quiero ayudar – dijo Lion. Midla empezó a decir que era mejor quedarse atrás, que él aún debía descansar… Pero Ander la interrumpió.
– Puedo ayudar, yo también. Dame esas semillas – el mago estiró la mano y el caballero se las dio. A Zelda no le pasó inadvertido que el caballero pareció algo reticente, pero accedió –. Voy a multiplicarlas. Será mejor un buen fuego para atraerles, ¿no?
– ¿Eso se puede hacer? ¿Desde cuándo? – preguntó Zelda, sorprendida.
– Si me hubieras preguntado, podrías haberte ahorrado mucho trabajo – el mago guiñó el ojo a Zelda, y esta sonrió un poco.
– ¿No te dejará agotado? Prefiero que protejas a los infantes – preguntó Bronder.
– No es tan difícil, solo necesito concentración – el mago sostuvo la mirada de Bronder, y este no sonrió como Zelda, sino que frunció aún más el ceño. Ander puso la mano sobre las semillas, las agitó y susurró en gadiano un galimatías que nadie entendió. Zelda sintió que en el laberinto había movimiento, y dejó un momento el grupo para observar. Urbíón la siguió, y dijo que todo parecía normal, pero que no debían estar tan tranquilos.
– Parece que nos han esperado. Seguro que tienen alguno de ellos subido a un sitio alto. Nos pueden ver cuando nos descubramos en el muro.
– Sí, estoy de acuerdo – Zelda miró a Urbión –. Vas a tener que quitarte algunas cosas.
El chico se puso colorado y dijo que Zelda tenía obsesión por quitarle ropa. Zelda se rio un poco, pero le explicó que cuanto más manchados de nieve y menos colores estridentes llevaran sería mejor. Ella se quitó el mantón gerudo, y, tras advertir a Urbion que se diera la vuelta, se puso su casaca verde al revés, para que se viera el forro marrón tierra.
– ¿Y qué vas a hacer con tu pelo? – preguntó Urbión. Él vestía con colores pardos, no llamaba tanto la atención.
– Lo mismo que hago siempre – Zelda excavó un poco en la nieve, extrajo barro del fondo y se lo echó en el pelo, para oscurecerlo.
Una vez mejor camuflados con los colores del bosque, los dos chicos ejecutaron el plan de Bronder. Se separaron, con la idea de reunirse otra vez dentro del laberinto. Zelda le dio a Urbión las pocas semillas de luz que le quedaban, y ella se quedó de ámbar y misteriosas. Antes de separarse, el chico retuvo un momento a Zelda de la mano, y le susurró un "ten cuidado", y ella le respondió un "siempre lo tengo", y le deseó lo mismo.
En el interior del laberinto, los goblins se habían dividido algunas secciones. Había uno o dos por cada calle, y solían encontrarse con los otros en cada esquina. Se miraban entre ellos, hacían un gesto de asentimiento, y se marchaban dándose la espalda. Zelda aprovechó ese momento para cruzar por arriba, de un salto, a otra pared cercana. Al principio, las primeras veces que lo hacía, se daba demasiado impulso y estuvo a punto de caer. En otro momento, le pareció que uno de los goblins miraba hacia arriba. En el futuro, los que ocupaban las praderas sagradas eran grandes, o eso le pareció a Zelda entonces. Quizá la pequeña había sido ella.
Llegó a un punto que Bronder les había marcado: el final del laberinto, al otro lado de la puerta de entrada. Visto desde arriba, los pasillos y caminos le parecían que seguían un patrón lógico. Vio a Urbión subido en la pared, al otro lado. El chico hizo un gesto de que estaba bien y Zelda se lo devolvió. En el otro lado del laberinto, vieron primero un estallido de luz, y después una fuerte humareda. También escucharon unos gruñidos, extraños y diferentes que los que solían emitir los goblins. Zelda y Urbión se fijaron en que la mayoría acudía corriendo hacia el lugar del incendio. Entonces los dos chicos cayeron desde arriba. Sin vacilar, los dos chicos atacaron a cada goblin que había permanecido en su puesto. No eran nada difíciles. Zelda usó las paredes, saltando de un lado a otro, para atacar desde arriba y derrotarles de un solo golpe. Se aburría. Prefería algo más grande.
Urbión apareció en un pasillo y le dijo que Bronder, Ander y sospechaba, por las flechas que había visto, Lion estaban acabando con la mayoría de los goblins que habían salido. Otros estaban regresando. Zelda dijo que qué bien.
– No pareces contenta. La estrategia ha funcionado.
– Demasiado bien. Es aburrido. Para ser ese caballero legendario que derrotó a tantos, Sir Oso es un muermo – Zelda vio llegar a un goblin por la izquierda. No se molestó ni en sacar la espada. Cogió el escudo de metal mal hecho que había dejado caer otro goblin, lo lanzó como si fuera un disco y atinó en la frente.
– Nos hemos perdido lo mejor: Bronder hablando en el idioma de los orcos – Urbión se rio. Él lanzó la daga gerudo y atinó a un goblin entre los ojos. Se acercó corriendo a recuperarla, la arrancó y limpió en las ropas sucias del goblin. Zelda torció el gesto de asco.
– Por favor, Urbión, que esa daga es muy buena. Va a apestar toda la vida a goblin.
– Hierbas de Hyrule, y se soluciona. Me alegro de haberla ganado. ¿Hacemos una apuesta? Quien elimine más goblins, puede pedir al otro lo que quiera.
Zelda dijo que por fin se hacía más divertida la cacería de goblins. Llegaban en oleadas, corriendo asustados, alguno con una flecha con plumas blancas en el hombro o en la pierna. Para llevar la cuenta, Zelda le propuso a Urbión que cogieran los broches que a veces llevaban. Quien más tuviera, ganaría. Pronto, la pila de goblins del lado de Zelda fue tan grande que obstruyó un camino completo. La chica se asomó, y vio por la calle principal que ya estaban entrando en el laberinto Bronder, el mago, Lion y Midla, los cuatro tirando de las riendas de los caballos.
– Bien, creo que no hace falta ni contar – Zelda dejó caer el último medallón en un montón a sus pies. Urbión había acabado con muchos goblins, pero su montón de medallones no llegaba ni a la mitad del de Zelda. El chico admitió la derrota y esperó a que Zelda le dijera que quería. La chica se encogió de hombros y le dijo –. Cuando todo este tranquilo, quiero volver a charlar contigo a solas.
– Charlar, ya, ya – Urbión se rio. Guardó la espada y la daga en sus fundas y añadió un –. Menuda trolera que estás hecha, Zelda Esparaván.
Y Zelda le devolvió una sonrisa. En mitad del laberinto, en la llamada Praderas Sagradas, donde tres años antes, pero en realidad serían dentro de 20, ella misma luchó contra goblins y orcos. Usó las semillas de ámbar y un farol porque eran demasiados y entonces, aunque tenía el triforce del valor, no sabía usarlo. Había sido demasiado fácil, se repetía, observando al grupo llegar hasta ellos. El más contento era Lion, que había recogido las flechas por el camino como le había enseñado Zelda. Tenía la misma expresión de orgullo que puso Link en el mismo sitio, cuando acertó a un goblin y salvó a Zelda.
– Ha sido fácil, demasiado, pelirroja – dijo el caballero, al llegar a la altura.
– Hubiera sido mejor que te hubiéramos visto hablar como un orco. ¿Cómo es que sabes ese idioma? – preguntó Zelda, con las manos en la cintura. El caballero la miró de reojo y soltó un:
– Soy el hijo de un porquero, me crie entre cerdos. Distingo sus gruñidos, y después de observarles, llegué a entenderles – Bronder miró la puerta abierta del templo –. Este lugar… ¿Qué nos espera ahí dentro?
– Um… Si mal no recuerdo, una araña grande. Y muy fea – Zelda, al decir esto, observó que Midla daba un brinco de susto, mientras que Lion sonreía, divertido –. Lo que no sé es donde está la fuente. Cuando estuve, no me quedé mucho tiempo y no pude investigar.
Era una mentira. Registró el templo a fondo, buscando a Urbión. Había tratado de recordar si se había dejado algo, quizá una puerta secreta u oculta, pero no tenía esa sensación. Quizá la clave era el grupo que iba con ella. Bronder observó la entrada del templo, miró a los acompañantes, y organizó la búsqueda: Urbión, Zelda y él entrarían en el templo. Ander y Lion debían quedarse en la parte exterior, con Midla. Solo si tardaban más de un día en volver, entonces debían intentar encontrarse con el grupo del capitán Dalvania y volver a intentarlo.
– ¿Y no podemos entrar a ayudaros? – preguntó Lion.
– No – fue la seca contestación del caballero. Aunque todos sabían que, en cuanto se fueran, el príncipe trataría de seguirles.
Zelda y Urbión caminaron detrás del corpachón de Bronder. Los dos habían vuelto a vestir sus prendas de forma normal, aunque Zelda aún no se había quitado el barro del pelo. El caballero se había fabricado una antorcha, y la usaba para iluminar el camino. Zelda y Urbión se miraron de reojo. El chico empezó a imitar el caminar contundente y el serio semblante del caballero, y Zelda tuvo que reprimir la risa. El templo no era tan amenazador como lo sería en el futuro. Había telarañas, pero pocas, y no olía a moho y maldad. Era igual que muchos templos viejos que había en todo Hyrule: uno más, abandonado, a punto de caerse. Zelda se preguntó por qué Urbión y Leclas no usaron este templo para guardar a los niños. Era mucho más grande, y estaba más oculto.
La respuesta la tuvo cuando llegaron a la gran sala del templo. Aquí, Bronder dijo que había una puerta al fondo, abierta. El caballero dijo a los chicos que debían quedarse atrás, en la gran sala. Mientras veían a Bronder avanzar, Zelda miró hacia arriba. El techo estaba muy alto, y en la oscuridad no podía ver dónde estaba. Solo veía un enorme vacío negro. Urbión dijo que el sitio era enorme.
– No tiene nada que envidiar a la sala del trono. Aquí estaría el rey Dalphness y por ahí toda la corte, caminando en fila – Urbión cogió una piedra y la lanzó hacia arriba. La piedra cayó, tras surcar el aire vacío de la sala.
– Atento, no es momento para bromas – Zelda se giró para mirar hacia la entrada. Le había parecido que algo se movía. Por un segundo, pensó que era Lion, que se había escapado de la vigilancia de Ander y su hermana y estaba entrando. Sin embargo, no vio llegar al niño ni a nadie. No había ni ratas –. Este sitio…
– Ya estuviste aquí, lo conoces, ¿no? Luchaste contra una araña gigante, ¿fue aquí?
– No, fue en un pasillo, ya lo hemos pasado – Zelda recordó cómo llegaron hasta la sala de los cuadros, donde vivía el fantasma. En teoría, el señor oscuro había creado al fantasma para que le ayudara a buscar los medallones. Pero claro, ¿qué sabía ella? ¿Y si el Jinete Fantasma estaba en este tiempo? ¿Podría derrotarle, sin la lente de la verdad, sin Link? ¿Debía derrotarle? Si lo hacía, no estaría en el futuro, y por tanto algo cambiaría. "Puede que no. Recuerda lo que te dijo Ander, que cambiar la línea era difícil, y que el tiempo se amoldaba. Quizá no me enfrente al caballero, sino a otro monstruo".
– Estás poniendo una cara muy extraña, Zelda. Muy seria, pero al mismo tiempo… – dijo Urbión.
– Es que tengo una sensación como de irrealidad. No es tan fácil, no puede serlo. Es como una sombra, algo que no entiendo… – Zelda miró otra vez alrededor. Sí, había algo. Empezó a notar que le vibraba el triforce en la mano derecha. Le dio tiempo a gritar "Bronder", justo cuando el suelo donde estaban ella y Urbión se abrió. Era como si hubieran estado de pie sobre una puerta hecha de piedra. Al fondo de la sala, había un goblin. Un superviviente, de piel azul, que había accionado una palanca.
Urbión y Zelda cayeron, como si las puertas se hubieran convertido en una rampa. El chico tuvo los reflejos suficientes para coger a Zelda de la mano y tratar de permanecer juntos. Cayeron solo unos metros, terminando en una sala oscura pero no profunda. Aún podían ver la sala. Las puertas estaban demasiado lejos para trepar por ellas, pero podrían encontrar algo para subir.
Ni ella ni Urbión tenían heridas por la caída, al final había resultado muy suave. Zelda miró hacia arriba, esperando ver a Sir Bronder, pero el caballero no estaba. Escuchó la jerigonza del goblin, quizá se estaba carcajeando de ellos. En algún lugar del templo, se escuchó como si cayeran más losas. Esperaba que no hubieran atrapado a los infantes. "Ander, ya te vale estar bien preparado y protegerles. Yo ahora tengo que salir de aquí".
En las paredes, una hilera entera de antorchas se iluminó. Zelda supuso que quien lo había hecho había pisado algún interruptor que permitía un hechizo de luz. Si no, no se lo podía explicar. A menos que se tratara de un rey demonio.
La sala donde estaban, una vez iluminada, le mostró unas paredes doradas, con grabados muy hermosos de pájaros enormes y soles. Había pilares y altares en las esquinas, y, sobre uno de ellos, estaba sentado Grahim. El rey demonio sonrió, y observó a los dos chicos, con sus ojos dorados más fijos en Zelda.
- Veo que por fin habéis llegado al templo de las Praderas Sagradas. Os ha costado, sois todos muy lentos. En fin, no importa. Hay que tener algo de paciencia – Grahim se puso en pie. Se sacudió su capa, que era roja, y, con andar indiferente, bajó del altar y se acercó a los muchachos. Tanto Zelda como Urbión habían sacado sus espadas.
- Ya decía yo que era demasiado fácil… - susurró Zelda –. Ni un moblin, ni siquiera un orco.
- Ah, ¿te parezco fácil? No me habéis ni rozado en los encuentros que hemos tenido. Te daré entretenimiento – Grahim se sopló las uñas, para abrillantarlas en su traje -. Tengo algunas tareas que cumplir, así que os dejo. Disfrutad del espectáculo. Ah, Zelda, querida, va dedicado a ti. Al fin y al cabo, me he basado en algo que conoces. Tienes una gran imaginación. Lástima que seas una hylian. Habrías sido un demonio estupendo – Grahim alargó el brazo blanco y chasqueó los dedos. Lo hizo justo frente a los dos chicos, y detrás de él, las paredes doradas temblaron.
Zelda corrió hacia el rey de los demonios, la espada en ángulo ascendente. Su intención era cortar ese brazo, y para ello intentó que el triforce le obedeciera. Sin embargo, el poder del valor solo le sirvió para correr hacia el rey de los demonios con determinación. Antes de llegar, Grahim ya había desaparecido, en una nube de rombos negros. Urbión gritó entonces "cuidado", y Zelda apenas tuvo tiempo de esquivar la enorme lanza plateada que ya iba empalarla.
De las paredes doradas, había surgido una figura grande, tosca y burda. Ante ellos, un orco desnudo, sin apenas nada más que un taparrabos, los miraba con un único ojo, abierto y amarillo. Era el triple de alto que un orco normal, y lo más raro no era esto ni el ojo de cíclope. Lo más extraño, lo que hizo a Zelda plantearse si estaba o no despierta, si quizá en la caída se había golpeado la cabeza, era que el orco tenía la piel dorada.
Llevaba soñando con esta criatura desde el inicio de la aventura. En los sueños, había ido variando, según sospechaba los estímulos que había tenido durante el día. Zelda sabía que ella no tenía el don de la videncia, pero algo sí que debía retener, o quizá se lo contagiaba Link. Él sí podía ver el futuro en sus sueños. Una vez, Zelda le preguntó cómo podía saber cuando el sueño era profético y cuando no. Link le respondió que nunca estaba del todo seguro, que muchas veces lo averiguaba cuando ya estaba ocurriendo, otras, en el mismo sueño lo comprendía. "Yo soñé con la Canción del Tiempo mucha antes de que le conociera, y solo después de rescatar a Link, empecé a ver el templo, la espada maestra y el portal al Mundo Oscuro, pero no lo comprendía".
Al menos, en el sueño el orco no tenía de rehén a Lion. Su lanza era plateada, con cinco puntas de metal brillante que parecían capaces de atravesar una piedra por la mitad. Zelda y Urbión brincaron por la sala, esquivando el arma. El orco era capaz de hacerla girar por encima de su cabeza, a los lados y al frente, cubriendo bien cada uno de sus puntos. Su único ojo le daba una visión perfecta, a pesar de ser solo uno.
- Parece un hinox – dijo Urbión, cuando los dos coincidieron sobre un altar.
- ¿Un qué? – Zelda esquivó la lanza y contraatacó. Su espada rebotó contra la piel del orco, sin hacerle nada de daño.
- Salía en un cuento que leía de niño – Urbión cogió una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el ojo del hinox. No logró darle, porque el orco interpuso a tiempo la lanza -. En el cuento, un pastor le dejaba ciego con su honda.
Zelda trató de atacar subiéndose a las paredes, pero cada vez que lograba acercarse, el hinox volvía a usar su lanza. En una de estas ocasiones, golpeó a Zelda en el pecho y la lanzó por los aires. Urbión atacó entonces, a sus pies, y logró clavarle la espada en el empeine, a tiempo de evitar que empalara a Zelda. La chica cayó de espaldas sobre el duro suelo, sin resuello. Perdió la espada, y no sabía muy bien si le dolía más la espalda, el pecho o la cabeza. Rodó como pudo y, ciega parcialmente por un reguero de sangre que le caía de la frente, corrió hacia donde veía el brillo apagado de su espada.
Urbión había descubierto que el hinox tenía unos pies más sensibles, sin embargo, cuando lograba llegar a ellos, el orco daba un bote, y el chico tenía que escapar de ahí corriendo si no quería ser aplastado. Además, en la huida, debía tener cuidado con la lanza. Zelda se limpió la sangre y trató de volver a acercarse.
"¿Qué me dice Bronder? Que no me protejo, que no pienso, que siempre doy pasos precipitados. Urbión también es impaciente. Pero es que no nos queda más remedio, esta cosa no nos deja pensar. Ojalá tuviera un arco, o un arquero"
Como si las tres diosas estuvieran dispuestas a concederle un deseo, Zelda vio aparecer en el exterior, en la lejana trampilla, una cabecita con rizos dorados. Acto seguido, una flecha blanca rebotó en el cuerpo del orco. Este ni se inmutó. Siguió atacando contra Zelda y Urbión. La chica gritó, con todas sus fuerzas:
- ¡El ojo! – y esperó que Lion, que era quién estaba allí, la comprendiera.
Pocos segundos después, el infante lanzó tres flechas seguidas: una dio contra la pared, una segunda rebotó contra el estómago del orco, y este levantó la vista al fin para ver quién se atrevía a molestarle. Entonces, Lion lanzó una flecha, más grande y fea que las anteriores. Debió recogerla del camino, perteneciente a algún goblin. Esta flecha acertó de lleno en el centro del ojo del hinox. Este se llevó la mano a su apéndice, con un quejido de dolor. Zelda gritó a Lion que se escondiera. Al mismo tiempo, Urbión y ella corrieron en círculo hacia la criatura. Urbión lanzó varios tajos hacia la planta de los pies, ahora que el hinox se había sentado. Zelda saltó, levantó la espada por encima de su cabeza y acometió un tajo desde arriba.
Esta vez, ni la piel dorada ni la fuerza del orco evitaron su caída. El gran cuerpo se iluminó, estalló y al hacerlo, su cuerpo se convirtió en un montón de flores rojas. Urbión se las quedó mirando, flotando en el aire, sorprendido porque, en sí, parecían muy hermosas. Zelda le gritó que se escondiera. Soltó su espada, le cogió del brazo y le obligó a correr hacia las esquinas de la habitación. Tarde, porque una de las flores se había posado en la frente del chico y al instante, vio que le dejaba una marca de quemadura. Urbión obedeció, y ahora Zelda y él estaban rodeados de estas flores. Al rozarles la piel, incluso protegida por ropa o por la cota de mallas, sentían una quemazón, igual que si les acercaran una tea. Escucharon por encima de su cabeza el grito en gadiano de Ander, y después, una corriente de aire apareció entre el techo de flores rojas, abriendo un claro. Urbión cogió a Zelda entre sus brazos y los dos se vieron elevados por un haz de luz, hasta caer de nuevo en el suelo de la gran sala.
