Part 1. Bajo las Escamas.

Ante el despiadado azote de los vientos desérticos, la esperanza del más débil se esfumaba, desintegrándose como terrones crujientes de masa y engullida por arenas movedizas, aquello le recordó vagamente a Leon un juego al que su querida Johari lo animaba unirse cuando todavía eran un par de pubertos bajo la protección de una figura paterna política. Esa época sin duda alguna fue maravillosa aunque bastante corta, más no se mortificaba por eso en el presente. El paso del tiempo era un aspecto que mantuvo consigo cada despertar, cada segundo que hería con el filo de sus cuchillas al ser desenvainadas, de las cuales jamás se separó y comenzó en un punto a coleccionar, también por tal se esforzaba conservar la calma, repasar su entrenamiento tanto antiguo como actual, necesitaba salir victorioso de esta prueba física para así demostrar a sus detractores que se encontraba en el sitio idóneo a probar su valía. Era una apuesta, una que no estaba dispuesto a perder.

El suave crujir de la arena propiciado por pasos sigilosos incitó al camaleón prestar nuevamente absoluta atención para desplazarse entre el inestable terreno, sin perder de vista a sus cazadores, los cuales vestían un característico uniforme negro de capas ligeras ondulantes con turbante, el mejor conjunto para zonas similares. Powalski lo admiró un segundo mientras escalaba los muros rocosos de la cueva, antes de lanzarse encima de ellos.

Sorprendidos los dos cazadores intentaron neutralizarlo pero ya era tarde, pues Leon les había producido un corte limpio en sus gargantas, silenciándolos mucho antes de que siquiera gritasen. Entonces se inclinó sobre ellos para desactivar las bombas kamikazes que habían cargado entorno su cintura, antes de correr una vez más a su escondite. Esperó un tiempo más hasta que su paciencia fue premiada con la llegada de otros cazadores, quienes se encontraron con los cuerpos y rápidamente iniciaron su búsqueda a base de gritos autoritarios. Leon sonrió relamiéndose los labios, pues a este paso terminaría la misión en tiempo récord y -sino mal recordaba- estos eran los últimos. Sin embargo, cuando estaba a punto de ejecutar su plan, un grito zumbante llenó el lugar antes de que sintiera el peso de alguien caerle encima, mismo que le envió impactar dolorosamente contra el suelo. Se removió con brusquedad sólo para encontrarse con la sonrisa avergonzada de su compañero de prueba; un guepardo que no terminaba de acostumbrarse a su velocidad natural.

—Perdón —le dijo—, no logré frenar.

Leon miró a los cazadores, notando con decepción que el escandalo había revelado su ubicación y que estos ya les estaban apuntando con el cañón de sus blasters. La comprensión hizo que el joven reptil gruñera encolerizado. Todo su esfuerzo en atacar sin ser visto se había estropeado en segundos por un evento tan patético.

—Quítate.

—Ohya, no estás enojado, ¿verdad que no?

—¡Quítate! —exigió con toda la ira que se estuvo cociendo hasta hervir en su interior.

Cuando finalmente pudo deslizarse a la libertad de movimiento, se apresuró lanzar sus cuchillas contra el grupo de negro, evitando lo mejor posible que se autodestruyeran, así como los flameantes rayos que lograban chamuscarle el traje. No se molestó en mirar hacia su compañero, convencido de que podría desactivar todas las bombas en el tiempo que le restaba. Sin embargo, mientras estaba muy ocupado enfrentando por su cuenta a tantos adversarios, alguien más se escabullía al interior de la cueva lo más lejos posible del conflicto. Escuchó a su compañero gritar cuando fue capturado pero Leon estaba más preocupado por terminar el trabajo, así que cuando una voz odiosamente familiar le llegó a los oídos no tuvo más remedio que paralizarse de la impresión en mitad del enfrentamiento.

—¡Deja de luchar ahora, Powalski! —El joven reptil lentamente se giró a la parte interna de la cueva, visualizando la corpulenta silueta de su instructor, un simio de pelaje marrón que sostenía entre sus dedos una gema color carmín, la cual se suponía había estado protegiendo y ocultado de la vista de sus perseguidores—. La simulación se terminó.

En el siguiente instante todo el entorno salvaje comenzó a evaporarse. Los violentos vientos con motas de arena incrustada, los suelos movedizos y los muros de roca desaparecieron para dejar en su lugar una inmensa habitación metálica con proyectores de realidad virtual en cada recoveco, mientras a su alrededor se apreciaban las salas de observación, donde un gran número de aspirantes miraban aburridos los fallos o victorias de todos los que eran citados para llevar a cabo estas pruebas de extremo interés. Leon adivinaba por esas expresiones burlonas lo que debían estar diciendo de él, después de todo era el único camaleón en las filas de estudiantes cerca de graduarse. Suspiró, aunque aceptaba que su última presentación había sido penosa, realmente no era del todo culpa suya. Y le dedicó una mirada rencorosa al felino, quien no dudó devolverle el gesto de manera altiva, demostrándole lo poco arrepentido que estaba de haberlo hecho fallar, aún si no hubiese sido a propósito.

—Hoy han vuelto a obtener un resultado regular a raíz del último evento —explicó el instructor con semblante fatigado, al borde de la frustración—. Joven Addo, debes trabajar más en esos atributos de velocidad. Sin esa caída el balance que estableciste hubiese sido perfecto. Espero una buena mejora en la siguiente simulación.

—¡Señor! —asintió el felino con ensayada rectitud.

—Y Joven Powalski, tu técnica y ejecución son brillantes pero tu negación al trabajo en equipo está afectando tu excelente desempeño. ¿Puedo saber el motivo?

—Usted lo ha visto, señor. La intervención de mis compañeros me retrasa.

Las orejas del guepardo a su lado se mecieron irritadas, mostrando los colmillos por igual motivo mientras los murmullos se tornaron prejuiciosos entre los espectadores, a Leon no le importó, ya se había acostumbrado al constante rechazo de los demás aspirantes. Desde que fue aceptado en la academia fue tratado diferente debido a su condición reptiliana, algo para lo que ya se había preparado. Sin embargo, no era sólo debido a su postura en la jerarquía de Titania, pues él mismo apartó a todos con su actitud arrogante, provocando que fuera cada vez más repudiado por sus compañeros. No le interesaba formar lazos con nadie, no lo necesitaba esta vez. Quería salir graduado de esa academia militar con honores; superar lo más posible el nivel alcanzado por Diya Yarur en su era. Sólo ese fue su objetivo.

—¿Es así? —inquirió el simio con gesto desganado—. ¿Es esa tu brillante excusa? —Powalski guardó silencio, pues había aprendido no responder a su instructor cuando ha hecho esa pregunta en particular, de otro modo estaría atentando contra su integridad académica y no le apetecía perder la oportunidad de presentarse en el área de vuelo de nuevo—. ¿No vas hablar? ¿Crees que el silencio te protegerá por siempre?

—He expuesto mis argumentos, señor.

—¡Tus argumentos no te sirven! ¡En estas tierras hay carne de cañón más valiosa que tú! No eres indispensable. Nadie en este edificio lo es. ¿¡Entendiste!?

—¡Si, señor! —exclamó con la mandíbula tensa.

—La próxima vez que te niegues a obedecer las instrucciones que se te han dado, yo personalmente te devolveré a la fosa de fenómenos esclavos de donde saliste. Y esto va para todos —agregó mirando hacia las gradas con dureza—. Un soldado de Titania no tiene valor por sí mismo. Individualmente son una fuerza aceptable entre las filas pero unidos representan el poder y gloria del planeta mismo, el escudo de sus civiles. Los pilotos por igual. En esta academia y en todas las organizaciones que pueden considerarse honorables, repudiamos a los que se apartan de la unión. Aquellos que se distancían por voluntad propia merecen perder el respeto de las masas. Merecen el desprecio —dijo mirando a Leon de soslayo—. ¡Es todo! Pueden retirarse.

Con un último gesto hacia su instructor, Leon y Addo se dieron media vuelta para dirigirse a la salida, el reptil siendo empujado con fuerza a un lado por el felino en cuanto lo alcanzó a mitad de camino, motivo por el cual se vio tropezando con sus propios pies con suerte de no protagonizar una vergonzosa caída. El camaleón desnudó los colmillos en una mueca iracunda pero no tuvo oportunidad de reclamarle a su agresor, ya que este había avanzado ya varios metros lejos suyo con el porte victorioso que irradiaba cada vez que lo reducía lo suficiente para calmar su propio enojo sin que alguna autoridad lo notase. Si Leon era sincero, Addo era el individuo con el que peor relación tenía, ya que sus personalidades habían generado una aversión casi tóxica desde el momento que compartieron las primeras miradas. Addo era tranquilo, inteligente y un tanto solitario pero aquello no le impedía encajar con otros estudiantes a diferencia de sí mismo que prefería no relacionarse por convicciones personales, por eso no había dudado apartarse de él desde el comienzo de la prueba.

Addo era un asocial introvertido, Leon un completo antisocial.

En los observatorios varios de los estudiantes no se evitaron burlarse del reptil, algunos celebrando el gusto del instructor por al fin ponerlo en su lugar, lamentando que su compañero hubiese tenido que mezclarse con él aunque fuese en esta corta prueba. Sólo una figura, cuya lengua bífida se disparaba de entre sus labios con suavidad, contemplaba al camaleón sin nada más que sentimientos de admiración, sonriendo cuando supo que pronto sería el momento de encontrarse con él en privado.

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Los pasillos yacían solitarios. Ni el más mínimo eco de conversaciones lejanas interrumpía la quietud de los rincones cercanos, a pesar de la concurrencia que frecuentaba la zona al ser cúspide de dormitorios habitados. Leon era uno de los asignados que las ocupaban, por ello no le resultó cosa del otro mundo recorrer esos corredores silenciosos con la intención de privarse de los demás hasta el día siguiente, sin imaginar que alguien le llamaría antes de siquiera detenerse frente a la puerta. Al girarse se encontró con la única en ese instituto que no le había repudiado pese su actitud, de tal forma que el camaleón casi sospechó de sus intenciones. Esta hembra serpentina, cuyas escamas grises resplandecían con tildes plateados bajo la luz eléctrica, presumía de un porte elegante que se equilibraba con su caminar y modo tan formal de hablar.

Los rumores estimaban que se trataba de una princesa que por capricho de su linaje mantenía su verdadera identidad en secreto, como una forma de cumplir las tradiciones familiares con discreción, pues la realeza gustaba de imponer en el universo sus retorcidos juegos.

Sin embargo, Leon nunca pudo comprobar la veracidad de estos testimonios pero -por si acaso- le ofrecía el mayor respeto que no dedicaba a cualquier otro estudiante en su grado, pues además se había acoplado con ella al ser siempre tan atenta y amable de una manera difícil de ignorar. No tardó tampoco en notar que estaba acudiendo a su encuentro completamente sola, ya que -sin importar la actividad- cada vez avanzaba en compañía de dos escuálidas salamandras gemelas y un varano igual de delgado pero imponente, quienes siempre se mostraban dispuestos a defenderla de aquel que osara incordiarla; una razón más para que se creyera que ella se trataba de un integrante de la realeza.

—Leon, ¿tienes un momento? —inquirió la hembra casi con timidez.

—Sólo un momento, si —dijo estoico, provocando la jovial y juvenil sonrisa de la femenina serpiente—. ¿A qué debo el interés, Zeyneb?

—Quería decirte que me pareció intrigante tu técnica de antes, fue una gran demostración. Toma. —Zeyneb extendió su mano al frente, revelando la caja que había mantenido oculta tras su espalda hasta ese momento, obsequio que Leon sostuvo casi por automático, turbado por el inesperado gesto—. En serio fue un verdadero deleite.

— …Gracias.

Leon se limitó asentir con cierta torpeza, apenas mirando en dirección a la caja delicadamente envuelta para alzar la vista hacia su acompañante directo a los ojos; ella que era más alta y emitía una presencia intoxicante sin importar que portara el mismo uniforme que el resto de aspirantes. Zeyneb le sonrió de nuevo, entonces se despidió para marcharse con la misma dignidad con la que se presentó, dejando al camaleón confundido y también un poco halagado. Hubiese sospechado del regalo como alguna nueva forma de broma, pero todo pensamiento paranoico se consumió al abrirlo en la intimidad de su recámara y encontrar una cuchilla fabricada exclusivamente para miembros de la nobleza, la cual en algún momento había expresado estar interesado en obtener debido a su llamativo diseño curvo con detalles de escamas en la empuñadura.

Después de esto no tenía la menor duda que Zeyneb pertenecía a un estatus muy por encima de todos en ese lugar, más todavía desconocía el motivo por el que ella le obsequió algo tan extravagante si rara vez intercambiaban palabras o siquiera ocupaban más allá que el mismo espacio entre clases, y no creía fuera consciente de su pasado como asesino.

Pensó en llamar a su tutor legal en busca de una respuesta convincente a esta situación pero recordó que el elenco de estudiantes pronto tendría la libertad de salir de las instalaciones para volver a sus hogares, así que podrían entablar esta conversación en persona y no habría tragos amargos de incertidumbre debido a la distancia, sin mencionar cuan ansioso se reconocía cada vez que estaban cerca las fechas festivas, ya que sólo en circunstancias así estaba de vuelta con quienes formó un lazo, el único que realmente le interesaba llegados a este punto. Con eso en mente se permitió la facultad de enviar un mensaje de texto a Johari, evidenciando con sus letras que estarían juntos al día siguiente. La contestación no tardó en llegar tampoco, siempre la misma respuesta entusiasta adornada con stikers en movimiento, demostrando felicidad en toda su expresión mientras en otro mensaje comentaba que Diya estaría anticipando verlo también y que había estado atento al calendario semanas antes.

Leon sonrió y guardó el aparato en su bolsillo sintiendo a su pecho calentarse con el familiar sentimiento. Podría ser que nunca lo expresase abiertamente pero su nueva vida había llegado a ser placentera a diferencia de las memorias que conservaba cuando era niño.

Se había prometido que nada volvería a tomarlo por sorpresa cuando llegara el momento de ser arrancado cruelmente pero no estaba mal dejarse llevar sólo un poco por la comodidad que le causaba pensar estar de vuelta con aquellos que le brindaron una segunda oportunidad. Aún sufría ataques de ansiedad y varias alucinaciones durante momentos de tensión pero cada vez eran menos intensos, por tanto manejables si se ayudaba de la medicación que le fue recetada con anterioridad. Además sabía que fuera de los inmensos muros de la academia había dos individuos orando por su victoria, siempre atentos e impacientes por recibir noticias suyas.

Una vibración repentina logró sorprenderlo, así que miró su celular con expresión inquisidora antes de sonreír divertido, pues debió suponer que su querida amiga no sería capaz de simplemente aceptar un escueto mensaje. Y no la condenaba por hacerle una llamada instantánea, ya que él también necesitaba con urgencia escuchar su voz otra vez cuando los estrictos horarios de la academia -sin mencionar los deberes- no permitían la libertad de ofrecer cualquier clase de contacto con el mundo externo al edificio.

¡Leon! —le escuchó decir con más fuerza de la debida, Powalski siquiera había alcanzado a colocar la bocina en su oído—. Me contestaste... —murmuró con alivio y él sonrió.

—¿Pensaste que te ignoraría?

Bueno, odiaría que te reprendieran por mi culpa. Siempre apagas el móvil después de enviar un mensaje a Diya o a mi, sabemos que hay reglamentos y... Diya siempre me sugiere mantener la compostura, no falta mucho para que podamos volver a vernos pero, lo siento si estoy hablando demasiado. Es que estoy tan ansiosa pero no quiero molestar. Como dije, odiaría ser la razón de una reprimenda. No hay nadie alrededor, ¿o si? —Leon se rió y su reacción llamó la atención de quien yacía del otro lado de la línea. ¿Qué? ¿Por qué te ríes?

—Está bien, estoy en mi habitación en estos momentos.

Uff, menos mal. Perdón, siempre soy tan impaciente. He intentado mejorar eso pero...

—Descuida.

Te extraño... Me da vergüenza decirlo pero en verdad lo hago. Espero que no te moleste que ocupara tu habitación estas últimas noches. Te prometo que dejé todo en su debido lugar, ordenado y limpio como te gusta.

—Sabes, Johari. Haces eso desde que éramos niños —observó Leon sin incomodarse por la vergonzosa confesión de su compañera de especie, a quien aprendió a tratar con una suavidad que no aplicó jamás en ninguna otra hembra entorno suyo—. Sólo espero no lo estés diciendo en otros lados, como sabrás, algo así podría malinterpretarse.

¡Soy una tumba! ¡Lo prometo! No es como si conversara con muchas personas fuera de mi trabajo, o más íntimamente que con Lewa y su madre.

—Dime que no le haz contado a Lewa sobre esto —casi imploró, después de todo recordaba lo entrometida que solía ser la hija de su ex-jefe y no le apetecía ser abordado con preguntas interminables relacionadas al romance cuando volviera.

¡Jamás! ¡Moriría de pena! Ella siempre me está molestado con el tema de los chicos. Ella insiste en que consiga novio y yo le digo que no puedo, ¡pero no parece entender que no estoy lista para esa clase de cosas! ¡Después me insinúa que entre tú y yo hay algo! Pero por más que le diga que no es así, no me hace caso. Así que no, no le he contado nada de esto.

—Si es así, entonces bien.

…Leon. —Luego de unos largos instantes de absoluto silencio, Johari se animó en volver hablar—. Supongo que tendrás que dormir temprano.

—Si.

Es cierto, es evidente, ¿verdad? Diya me contó que en ese lugar los horarios son muy duros.

—Un poco, si.

¿Me enviarás... un mensaje mañana también?

—¿Eso quieres?

Si... —respondió, sonando sumamente avergonzada, y con un volumen tan bajo que Leon agradeció la quietud a su alrededor, de ser otras circunstancias estaba convencido que no hubiese logrado escuchar aquella apenada respuesta—, por favor.

—Entonces lo haré. Descansa, Johari.

Si... tú también. Nos vemos pronto, señor Kowal.

Con una sonrisa en los labios Leon cortó la llamada, sintiéndose un tanto nostálgico por el sobrenombre. No era la primera vez que Johari lo hacía y estaba seguro que tampoco sería la última. Aunque hubiesen sido adoptados por el mismo hombre, ella siempre se negó presentarlo como su hermano, así que Leon aceptó su petición silenciosa para seguir considerándola una amiga cercana únicamente pese ser reconocidos como hermanos adoptivos ante la ley. Su relación desde pubertos no había cambiado mucho pero abundaban esos extraños momentos que -aunque no despedían real incomodidad- hacían volar la imaginación de muchos quienes les miraban interactuar; el propio Leon no estaba seguro de lo que significaban esos tensos intercambios entre los dos, los cuales se daban más intensamente desde que había sido aceptado en la academia militar y la distancia se había instalado para revolotear como mariposas durante sus reencuentros. Leon no era ajeno a la atracción sexual, sus instintos lo golpeaban al admirar los cuerpos de las hembras a su alrededor, a pesar de que los uniformes mantenían esas barreras entre los estudiantes. Le confundía, tanto que era insoportable.

Terminó de desvestirse para acostarse y apagó las luces aguardando el mañana, revisando por última vez las fotografías guardadas en la memoria de su móvil, donde yacían plasmadas las primeras imágenes que Johari había tomado con su cámara, inmortalizando así el día que unieron sus destinos para siempre. Ocasiones como aquella solía ser doloroso pensar en lo lentas que eran las horas antes de conseguir estar de vuelta, por ello lo que hacía casi lo consideraba una tortura. En verdad era masoquista. Apagó la pantalla y la soltó sobra la almohada, preguntándose si lograría conciliar el sueño ahora que una sensación opresiva descendía y ascendía en la boca de su estómago.

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A la mañana siguiente se celebraron las tan esperadas pruebas de vuelo, los alumnos de todos los grados se reunieron en el campo reservado para ello desde muy temprano en la mañana. La clase de Leon utilizaría el campo de siete a diez, así que todos habían aprovechado para desayunar y preparar los pasos que ejecutarían frente a sus estrictos instructores por medio de los simuladores. Leon había intentado concentrarse pero las pruebas digitales no funcionaron, así que había estado fallando las pocas veces que intentó recordar las maniobras que les habían mostrado recientemente. Arrancándose el casco de proyección neuronal con frustración hizo una serie de respiraciones con la intención de calmarse, no podía arruinar esto también o suspendería el derecho de presentar la ficha para el examen de esa temporada, lo cual significaba su perdición cuando estaban tan cerca las festividades, especialmente cuando el instructor encargado por esta ocasión le tenía una severa aversión a su desordenado estilo de vuelo.

Mientras intentaba volver al repaso con todos sus pensamientos en calma, miró a su lado en un impulso, notando cómo Addo también se arrancaba el casco maldiciendo en su idioma nativo titanian para desviar su mirada de la pantalla y posarla directamente en él. Ante la burlesca casualidad no pudieron evitar mantener el contacto, de alguna manera haciéndole saber al contrario que ambos estaban teniendo las mismas dificultades, y que posiblemente en las mismas maniobras evasivas, después de todo -aunque implícitamente- siempre estaban atentos a las fallas del otro, enfrascados en su cruda enemistad.

Frustrado Addo fue el primero en retornar a su tarea mientras chasqueaba la lengua, permitiendo que Leon imitara su gesto de colocarse el casco para continuar con los ejercicios en tanto se llegaba la hora de presentar el resultado a sus profesores. El cerebro de Leon se proyectó sobre una realidad alterna aterradoramente realista, donde cada uno de sus sentidos palpaban a la perfección el interior de una cabina de vuelo. Su vista podía percibir sin dificultad las naves volando a través de un reluciente cristal antilaser, su olfato recibía el aroma del cuero y el metal como si realmente estuviera al alcance, su tacto lograba acariciar el ambiente cálido de un entorno fabricado especialmente para su condición reptiliana con el fin de que evadiese el frío del espacio mismo, si abriera la boca incluso degustaría los químicos de toda la instalación y en sus oídos impactaba el ruido del monitor y los escapes de aire provocados por un motor resguardado en su cofre. A pesar de ya haber usado una nave, la vista del espacio le generaba un sentimiento más complejo, después de todo en el interior de los cazas terrenales no se podía ver más que el paisaje interplanetario, belleza que no se comparaba al sublime retrato de las estrellas o constelaciones que había apreciado tan de cerca cuando aún era una ansiosa cría.

Debía superar la prueba. No podía estar recluido en un planeta del que ni siquiera era nativo.

Echó andar los propulsores de manera ensayada mientras empujaba la palanca para obtener una mayor velocidad, comenzando a disparar contra los objetivos señalados por el radar, evadiendo lo mejor que podía los ataques laser que le perseguían. Ciertamente su estilo de vuelo era muy descuidado e inclusive grotesco pero todavía no encontraba la manera de pulirlo adecuadamente; tantas lecciones que aprender y tan poco tiempo entre pruebas. Sin embargo, no podía seguir justificándose, ya había fallado suficiente, era momento de ganar.

Inclinó los alerones de manera rápida, eludiendo uno de los tantos golpes que lo habían estado derribando en simulaciones anteriores, pudo celebrar pero no se distrajo y continúo empujando su concentración a los limites. Implementó un giró completo con el que de un abrupto roce derribó a otro objetivo, disparó y se obligó echar abajo toda la nave para no impactar en un obstáculo que apareció aparentemente de la nada. Mientras se ocupaba de equilibrarse de nuevo, cargó el cañón con energía plasma para realizar un disparo teledirigido contra dos de las naves más molestas en la prueba, y cuando lo logró se preparó para la ráfaga de disparos enemigos que cayeron como lluvia sobre su nave, esquivándolas para recibir el menor daño posible mientras se deslizaba al túnel que señalaba la salida. La pantalla del monitor advirtió una sobrecarga de los propulsores que causarían daños irreversibles de seguir a semejante velocidad, así que revisó el mapa digital para encontrar una ruta segura entre el laberinto, pues cuando trataba llegar a las compuertas que tenía de frente siempre terminaba cayendo en picada y no quería arruinar su mejor puntuación del momento.

Por suerte no tardó en encontrar un pasillo libre por el cual se dirigió tratando de mantenerse lo más lejos del suelo al sobrevolarlo.

Pudo dejar de recibir la tensión de sus nervios hasta que estuvo fuera de la zona de peligro y una voz robótica le informó que había completado la misión con éxito, sólo llegado a ese momento Leon se relajó y suspiró con alivio para retirarse el casco, más calmado que antes, parpadeando varias veces para acostumbrarse al cambio de realidades. Por muy similar que fuera, las proyecciones cerebrales estaban llenas de color mientras que el mundo primario era parcialmente más oscuro considerando que se encontraba en el interior de una sala. Con mayor seguridad que antes, le dio un vistazo a las naves que pasaban a toda marcha cerca de los enormes ventanales del edificio, dedicándoles una sonrisa maliciosa conforme pasaban, dejándose gobernar por el sentimiento de entusiasmo. Ya quería empezar.