¡Buenas buenas!
¿Cómo han estado?, ¿Cómo pasaron San Valentín?
Espero que todos hayan tenido un día hermoso. Pretendía traerles este regalos precisamente ayer para festejar, pero se me hizo imposible. Por lo tanto, estamos actualizando hoy, ya con todas las ganas renovadas.
No tengo mucho que decir aquí, salvo que espero disfruten el cap... y no quieran matarme luego, jejeje.
Nos vemos abajo, mis Grandes Héroes~
Fin del Juego
Hiro jadeaba, dejándose guiar por los microbots a lo largo del sinuoso camino, arrastrado en cada curva y apenas dándose tiempo para respirar o descansar. Hace rato que habían dejado atrás el gas nocivo, perdido tras una compuerta que pudieron clausurar antes de seguir corriendo. Pero el que ese peligro mortal no acechase tras ellos no significaba que pudieran relajarse, no mientras siguieran encerrados allí, presa de los yakuza y, además, aguardando a que las cosas empeoraran.
Porque estaba seguro de ello: el grupo de sujetos a los que ellos se habían enfrentado durante aquellas semanas era de pensamientos más sencillos, más prácticos; las cosas se hacían de manera rápida, querían acabar con toda esa situación de una vez.
Esta enmarañada estrategia, esta perversa idea de asfixiarlos con gas venenoso y, además, montar con ello un espectáculo, no era propia de ninguno de los tipos con los que luchaban. Esto era plan del jefe.
Un jefe de cuidado, además.
Hiro se volvió a ver a su tía. Seguía corriendo a su par, sin quejarse casi, pero el cansancio era claro en su rostro y en la lentitud que sus movimientos comenzaban a adquirir. Había arrancado buena parte de la falda de su vestido y avanzaba descalza, aunque mantenía los tacones en las manos, como una especie de arma en potencia sobre la que Hiro no haría ningún comentario hasta estar muy lejos de su alcance.
Sentía pena por ella, pero a juzgar por el avance cada vez más sincronizado de los robots a sus pies, formando una sola marea negra, era claro que estaban cerca de la salida. No valía la pena detenerse ahora.
Aunque de igual manera debió hacerlo cuando, al doblar en el último pasadizo, se encontró de lleno con una pared negra y vibrante.
Jadeando, confundido, vio cómo los robots formaban un muro uniforme desde el suelo hasta el techo, cubriendo las paredes como si fuera la escena de una verdadera película de terror. Tragó saliva, y de inmediato un mal presentimiento le atenazó la boca del estómago.
El que los microbots no pudieran avanzar sólo podía significar algo: que la entrada por la que se habían infiltrado al laboratorio ya no estaba allí.
Lo que se traducía en una cosa para él, una emboscada.
Se giró, a tiempo de aferrar la muñeca de su tía y, sin apiadarse de verla jadear contra la pared, echar a correr a toda velocidad.
—¡Hiro! —chilló, azorada —Cariño, ¿qué pasa?
El chico ni siquiera contempló las posibilidades de ganar con los microbots, no sabía a qué se enfrentaría de tener al cabecilla de la organización ante él.
—La salida está bloqueada —explicó de manera apresurada, antes de girar por el mismo callejón que los había llevado allí —. Debemos encontrar otro escape.
Cass refunfuñó tras él, agitada y comenzando a hartarse de todo esto.
—¿Estás seguro que no hubiera sido mejor morirnos allá atrás?
Pese a todo y a lo oscuro del comentario, Hiro no pudo evitar echarse a reír con el poco aliento que tenía.
Siguieron avanzando, tomando caminos diferentes a los que habían usado los robots con anterioridad. Desde luego, en ese momento la desesperación era clara para ambos: sin rumbo fijo ni plan, lo único que podían hacer era vagar por todo el edificio, rogando por no encontrar a los yakuzas o su jefe, y esperando que al menos alguno de los chicos estuviera allí, seguros y listos para darles una mano.
Y exactamente eso tuvo cuando, quince minutos más tarde, un sonoro golpe le dejó en el suelo, de rodillas y sin aliento.
—Ups —el jadeo de Fred logró sobreponerse de alguna manera al rumor constante de los pasos por el pasillo, y Hiro alzó la mirada a tiempo de verle llevar las manos contra su pecho, es decir, la boca de su traje.
A su lado, Gogo lo observaba como si estuviera a punto de matar a alguien.
—En su defensa, alguien corriendo por estos lugares con una marea de microbots no nos trae buenos recuerdos —explicó Wasabi, apresurándose a poner de pie al chico y sostener la mano de una agotada Cass.
—Sólo por esta vez... vamos a dejarlo pasar —murmuró como pudo el chico, sin poder evitar que una amplia sonrisa curvara sus labios pese al dolor en su vientre y la dificultad para respirar. Raras veces le hacía tan feliz el ser golpeado, pero en esta ocasión nada podría hacerlo sentir más vivo.
Sin embargo, pronto llevó sus ojos al pasillo y no pudo más que mudar su expresión en una de sorpresa cuando vio a las demás personas avanzando, guiadas no sólo por el equipo de héroes, sino también por sujetos de negro, un traje demasiado familiar para sentirse seguro de lo que estaba viendo.
—Fred… —Hiro necesitó parpadear un par de veces para convencerse de que no estaba alucinando —¿Me golpeaste tan fuerte?
Wasabi notó de inmediato a qué se refería.
—Es una historia larga de contar —comentó, y a Hiro no le pasó por alto el nerviosismo que pareció apoderarse del joven. Wasabi se adelantó un paso, presumiblemente para cubrir la visión del hecho.
Cuando se giró, bastó con el mutismo de Fred para saber que lo que estuviera ocurriendo allí podía sobrepasarlo a él incluso.
—¿Qué demonios ocurre? —inquirió, y pronto una incipiente inquietud lo embargó. Sólo entonces notó que, entre todos ellos, no estaba la persona que más importante le resultaba — ¿Dónde está Tadashi?
Y justo cuando el alivio comenzaba a ser evidente entre ellos, relajándolo también a él, una voz conocida se alzó tras sus amigos.
—¿Hablas de mi cuñado?
Una voz que, de hecho, apenas había escuchado distorsionada por los micrófonos de su traje. No entendía cómo, entonces, le resultaba más familiar en su forma natural.
Cuando el rostro rubio se presentó ante él, Hiro apenas pudo comprender el porqué de la expresión divertida y descarada de Dake. De hecho, le miró como si estuviera en un error por un momento, hasta que no pudo más que abrir los ojos de par en par y soltar una exclamación involuntaria de sorpresa.
Antes de que el chico perdiera su sonrisa ladina, otra voz se alzó tras Wasabi
—No seas imbécil, no es momento para molestarlo.
Esa voz, molesta y huraña, sí que la reconocía.
Bien, ahora comenzaba a entender por qué la historia sobrepasaba incluso a Fred.
—¿Cómo...? —dubitativo, alternó su mirada entre ambos, tratando de imprimir algo de lógica a la situación.
Al menos, hasta que bajó la mirada, preocupado, y el traje que ambos jóvenes portaban dejó en claro qué era lo que estaba ocurriendo.
De inmediato llevó sus ojos a la chica, pasmado, sin molestarse en ocultar su sorpresa. Los ojos de Yumiko, que habían sido fríos con el rubio, se volvieron mansos ante él, avergonzados. No necesitó más que ese intercambio para dejar en claro lo que ya era evidente: Yumiko había sido uno más de ellos, de quienes los perseguían, de ese grupo que tantas veces los puso en peligro y habían amenazado a su tía.
No estuvo seguro de qué viera en sus ojos, pero fue suficiente para que ella se acercara un paso, desconsolada.
—Hiro...
Se apartó como si su cercanía quemara, dedicándole una mirada que pretendía, a toda costa, permanecer impertérrita e indiferente.
Lo había traicionado, había jugado con él. En ningún momento tuvo intenciones de ser su amiga. Y lo peor es que, ahora mismo parecía estar genuinamente dolida.
—¿Dónde está Tadashi? —repitió, en un tono tan gélido, que incluso sus compañeros se sorprendieron. Él era usualmente el más risueño, el verlo así no era común.
De hecho, la última vez que alguien vio esa expresión en el rostro del chico, los yakuzas habían perdido uno de sus miembros en plena batalla.
—Volvió al interior —sorprendentemente, fue Dake quien se atrevió a responder, más serio de lo que alguna vez lo hubiera visto antes —. Fue a buscarte.
Hiro sólo necesitó esa respuesta. Asintió una única vez, más para sí mismo que para los demás, antes de tomar el neurotransmisor que aún mantenía en su cabeza y retirárselo. Se giró y lo colocó gentilmente alrededor de la frente de su tía.
—Úsalos si hay algún problema —pidió, en el tono más delicado que la situación le permitía.
Le dedicó una mirada que mezclaba la sorpresa y un gesto de preocupación, antes de tomar sus mejillas entre sus dedos tibios. Era su pequeño, ¿Por qué tenía que parecer un hombre tan pronto?
—¿A dónde vas? —susurró, envolviéndolo en un vago abrazo.
Él sonrió, tratando de infundirle confianza.
—Volveré en unos minutos, con Tadashi —explicó, tranquilo, antes de empujarla con delicadeza en dirección a sus amigos —. Sigue con ellos, no me tardo.
Y se marchó antes de que cualquier rastro de duda pudiera colarse en su mirada. Sabía que su tía no lo dejaría ir, no solo, si se traslucía en sus ojos la preocupación que sentía. Y no, no quería pensar en los riesgos: hace menos de una hora había huido de un posible enfrentamiento, aún con todos los microbots sobre él, por el pánico que le producía el encontrarse con el jefe de aquellos bastardos.
Ahora prácticamente corría en su laberinto, a ciegas, y completamente desarmado.
Pero claro, todo lo valía si de esa manera podía encontrar a Tadashi.
Cass permaneció con la mirada perdida por un momento, fija en la dirección por donde su sobrino acababa de desaparecer.
Aún no podía creer que una noche como aquella terminara dando un giro tan catastrófico. Había cosas para las que estaba relativamente preparada, cómo el ser secuestrada, estar en medio de una de las misiones de sus sobrinos o que llegaran a confesarle que estaban juntos. Pero las tres juntas era algo que ni siquiera ella podría soportar.
Suspiró, recostándose brevemente y sintiendo los músculos de las piernas agarrotados.
Además, ciertamente ya no estaba para carreras como esas.
—Déjeme ayudarla, Cass.
El pedido era amable, pero de alguna manera sonaba atemorizado, dudoso.
Al alzar la mirada, la mujer se encontró con la mano extendida ante ella, y un poco más arriba los ojos castaños que había estado viendo en el café con demasiada frecuencia por aquellos días.
Unos ojos avergonzados, y Cass tardó un segundo en recordar por qué.
De inmediato se irguió, apartando la mano que le tendían de una sola y firme cachetada. La chica se retrajo un momento, abatida, pero debió admitir que al menos permaneció erguida ante ella, soportando su presencia aun con el rostro ruborizado por la vergüenza.
—No puedo creer que tengas el descaro de hablarme, después de todo lo que has hecho —siseó, erizada de rabia. Que fueran tras ella no le importaba en lo más mínimo, pero que utilizaran a sus sobrinos para joderla era algo que no toleraría nunca —. Hiro te trataba como una amiga de toda la vida, dedicaba horas a revisar tu proyecto, esperaba ansioso para verte en el instituto e invitarte a sus trabajos, y tú... tú... ¿Qué demonios valía tanto para ponerlo en peligro de esta manera?
Ni siquiera notó en qué momento alzó la mano, y tampoco la chiquilla se removió un centímetro cuando el golpe bajó con todas sus fuerzas, demasiadas para ir dirigido a su rostro.
Por eso le sorprendió cuando algo más detuvo el impacto, interponiéndose entre ellas.
Tardó un instante en comprender qué era esa cosa amarilla que sostenía su brazo en alto, y una vez lo hizo, se apartó, boquiabierta.
Casi tanto como todos allí, de hecho.
—Su abuela —dijo escuetamente Gogo, retirando su brazo también, más tranquila que cualquiera de las dos. Pareció pensárselo un momento, antes de señalar a sus espaldas con un vago movimiento de cabeza —. Todas sus familias fueron cautivas, Cass. No tenían opción.
Y sólo entonces, ya fuera de su estupor inicial, la mujer pudo alzar la mirada y darle sentido a esa oleada de gente que se agitaba a espaldas del equipo. Rostros de distintas razas, hablando diferentes lenguas pero que, indistintamente, avanzaban por el estrecho corredor como si los llevara a la libertad.
Lentamente, Cass comenzó a caminar, sin percatarse de los movimientos erráticos que los robots a sus pies hacían al avanzar, producto de su propia inestabilidad.
—P-Pero... ¿Quién? —farfulló, en automático, mientras Honey tomaba con delicadeza su brazo y la guiaba con el resto.
Esta vez fue Wasabi el que suspiró.
—En verdad es una larga historia —admitió, siguiéndola de cerca. Cass era probablemente la mujer más fuerte que jamás hubiera conocido, pero temía que esta vez fuera demasiado, incluso para ella.
Después de todo, esto había empezado por su relación con Krei.
A medida que avanzaban, Cass sentía cómo recuperaba la estabilidad y la entereza, aunque su seguridad al caminar para nada era reflejo de lo que ocurría en su mente: a duras penas podía entender la forma en que los aspectos más inverosímiles se vinculaban, como los orígenes de su relación con Krei o el viaje a Hawái de los chicos. No podía creer que una mujer que apenas había contemplado un par de veces llegara a orquestar algo como aquello, con el único fin de vengarse. Le era incomprensible que incluso hubiera contactado con chicos que habían conocido a sus sobrinos por escasos días, como el tal Dake, o fuera capaz de secuestrar a su vecina. Debía admitir que la ausencia de la señora Matsuda en el café había sido llamativa por lo abrupta que fue, pero tampoco se había puesto a pensarlo. Después de todo, era una mujer mayor.
—Y ella... ¿Cómo se encuentra? —inquirió, algo dudosa. Esperaba que Yumiko le respondiera, por eso le llamó tanto la atención que Gogo fuera quien hablara.
—Baymax la está estabilizando afuera —explicó, tranquila —. Tuvo un principio de arritmia cuando llegamos, pero pudo administrarle los sueros a tiempo.
Cass asintió, y algo dentro de ella se sintió más calmo. Con todo, sin duda tenía un gran cariño por la pequeña anciana.
Los pasos a su alrededor se aceleraron vagamente al doblar en un callejón, y la mujer suspiró al ver las luces que marcaban el final de todo a unos metros.
Lo primero que notó al salir de allí, además de que casi la totalidad del área estaba cubierta por desechos, fue a la brillante cabellera dorada que se alzaba por encima de los demás, coronando un rostro preocupado que paseaba sus ojos por todo el gentío.
Esos ojos desesperados barrieron todos los rostros, sólo para caer nuevamente en ella. Cass sintió genuinamente que el tiempo se detenía por un instante, por el latido que le llevó a ambos reconocerse.
Y cuando Krei sonrió, con esa sonrisa que parecía que le iba a derretir el alma, ella no pudo más que suspirar, aliviada. Las fuerzas la abandonaron un momento, pero sólo se permitió caer cuando los brazos cálidos y fuertes la envolvieron, estrechándola contra el pecho amplio del empresario.
Enterró el rostro en la tela de su traje, inhalando profundo el perfume del hombre, sintiendo esa calidez reconfortante que había aprendido adorar y necesitar.
Sintió cómo dejaba suaves besos en su coronilla, estrechándola más y más contra él, como si estuviera tratando de convencerse de que la tenía allí, de nuevo a su lado.
—Nunca debí dejar que nos separaran —susurró, tan bajo como para que nadie más que ella note el temblor de su voz, el miedo contenido —. Nunca debí permitir que te arrebataran de mi lado.
Ella sonrió, conmovida, antes de alzar la mirada. Los ojos del rubio parecían atormentados, heridos. Eran los ojos no de un niño, sino los de un hombre que ya no podía perder nada más en la vida.
Tomó sus mejillas con delicadeza, colocándose en puntas de pie para depositar un beso sobre sus labios. Incluso le conmovió el sentirlo temblar, indefenso.
—No es tu culpa —susurró, acariciando sus mejillas —. Yo debí patear más fuerte.
El comentario le sacó una débil risa al hombre, antes de que una sombra de dolor atravesara su rostro y de repente Cass se encontrara atrapada contra su pecho.
—No puedo creer que ella hiciera esto —susurró, ahora abatido —. Ha sido mi amiga por tantos años, casi una hermana, hacer esto contigo y con Hiro...
La mención del chico fue como un baldazo de agua fría para la conmovedora escena, y de pronto Cass recordó que, de hecho, ninguno de sus sobrinos parecía estar a punto de regresar de su incursión.
—Judith... —susurró, dudando. El nombre de la mujer le dejaba un regusto amargo en la boca, pero le preocupaba más el mal presentimiento que la prolongada ausencia de los chicos le estaba causando: ya habían pasado doce minutos desde que se apartara de Hiro, tiempo más que suficiente para que se hubieran encontrado con Tadashi.
Krei negó, curioso al ver la alarma en su mirada.
—Los refuerzos están en camino, pero no la hemos hallado aún. La prioridad era sacar a todos del edificio —explicó el hombre. Inmediatamente, Cass dirigió una mirada al resto del equipo.
—Pero la tienen localizada, ¿No es así? —insistió.
La negativa de Honey la desmoralizó casi por completo.
—La estructura del edificio no nos permite ni siquiera seguir el rastro de Tadashi y Hiro con nuestro equipo, menos aún escanear desde afuera para detectar el posicionamiento de otros. Incluso Baymax solamente pudo detectar el pulso de la señora Matsuda a menos de veinte metros —explicó lentamente, y con un tono que era casi una disculpa.
A juzgar por la inquietud que los rostros de los miembros del equipo mostraron, era claro que la misma preocupación que la embargaba comenzaba a hacerse eco en ellos.
Cass volvió la mirada al interior del edificio, que se mostraba ante ella como una gigantesca boca, amenazante y peligrosa. Los brazos de Krei se envolvieron más firmemente a su alrededor, protegiéndola. Era tan extraño ser la protegida…
Cuando claramente sabía que no podría sentirse tranquila si no tenía a sus niños ante ella.
Se separó de los brazos de Alistair con un débil empujón, antes de alejarse un par se pasos. La mirada sorprendida del hombre le hizo sentir vagamente culpable, había cierta desesperación en esos ojos que veían cómo se apartaba de él.
—Lo siento —susurró, apenada, pero llena de convicción —. Alistair, no puedo dejarlos ahí.
El otro jadeó, desesperado. Su gesto dejaba en claro que ya había adivinado sus intenciones antes siquiera que ella.
—Cass, sólo debemos esperar un poco.
Ella negó.
—No puedo dejarlos solos ahí dentro, amor.
Él hizo ademán de volver a tomarla en sus brazos, pero la mujer se apartó una vez más. Aprovechando el desconcierto de todos los presentes, dio media vuelta y salió disparada al interior del edificio, ignorando todos los llamados y advertencias, así como los pasos que la seguían con desesperación.
Tadashi continuaba avanzando por el edificio completamente a ciegas. En vano intentaba utilizar su rastreador para localizar a su hermano o su tía por los laberínticos pasillos, buscando por señales de calor o por carbono: no había manera, la estructura o lo que a ella hubieran agregado, no permitía traspasar más allá de unos pocos metros.
De cierta manera, era un alivio. El que aún no los hubiera hallado significaba que su escape de la cámara había sido exitoso y que, como él, intentaban encontrar la salida. Muy probablemente lo hubieran hecho ya, pero algo en Tadashi, inquieto y preocupado, le impedía desandar el camino recorrido, algo primitivo que se sobreponía a esa tranquilidad que su lado racional le intentaba meter. No tenía forma de comunicarse con Hiro, ni siquiera mediante el radar, y en ese punto del edificio incluso la comunicación con los radios del resto del equipo era imposible. Estaba en un sector tan aislado en las profundidades del lugar, que ninguna señal parecía penetrarlo, y en su lugar sólo se encontraba con la estática de su comunicador.
Nadie debería estar allí ya.
Por eso le mantenía alerta el rastro de calor que, momentáneamente, había interrumpido el inerte desierto que era aquel sector hace unos minutos.
Había corrido tras él apenas sobrepuesta la sorpresa, pero para su desconcierto, el otro había logrado desaparecer en menos de cinco metros todo rastro de su presencia, y le había sido imposible volver a encontrarlo.
Aunque por un momento había albergado la esperanza de que se tratara de su hermano o su tía, la rapidez y seguridad con que había avanzado le dejaban claro que, fuera quien fuera, no tenía dudas respecto al camino por donde marchaba.
Y eso no era exactamente un buen augurio.
El lugar seguía siendo un laberinto para él, pero continuó avanzando en la dirección en que el otro sujeto se había marchado. Con suerte, lograría encontrarse con Hiro antes de que las cosas se complicaran aún más.
La simple idea de llegar tarde hizo que su pecho oprimiera, angustiado. Ya había dejado que la situación se saliera de control demasiado para perdonárselo, y no quería ni siquiera pensar en permitir que aquella demente, o algún otro loco a su servicio, se encontrara con Hiro antes que él.
Tragando saliva, aceleró la marcha.
Gruñó por lo bajo, reclinándose contra la pared. Tenía la respiración agitada y estaba agotado. Después de correr casi sin parar por una hora, y habiendo recorrido ese maldito lugar posiblemente dos veces ya, Hiro comenzaba a cuestionarse si Tadashi realmente estaba allí adentro aún.
No era cosa sencilla de decir, todos los pasillos de aquel lugar se parecían demasiado, tanto que sólo había podido tomar como referencia el desagradable ardor que se apoderaba de él cada vez que se acercaba a alguno de los sitios donde el gas se había filtrado, lo que, de hecho, comenzaba a reducir significativamente su campo de acción.
Sabía que Tadashi era lo suficientemente inteligente como para evitar esos puntos, pero comenzaba a angustiarlo el no saber qué peligros le deparaba aquel laberinto. Lo cierto es que, en medio de su sorpresa e indignación, no había tenido el buen tino de preguntarse qué estaba ocurriendo, o siquiera preguntar a sus amigos quién y por qué estaba haciendo todo esto.
Estaba claro que los yakuzas eran, al menos en parte, personas con las que ellos habían tenido contacto en los últimos meses, presumiblemente antes de que Cass y Alistair comenzaran a conocerse, pero lo cierto es que no tenía la menor idea de cómo se habían dado esas conexiones. No tenía manera de intuir cómo es que, quien estuviera tras todo aquello, había logrado estar tan al pendiente de ellos sin que lo sospecharan siquiera.
Gruñó, preso de una profunda congoja. Aunque no quería pensar en ello, aún no podía sacarse de la cabeza cómo es que Yumiko, que los había atacado sin tregua en cada enfrentamiento, tuviera la sangre tan fría como para haber estado junto a él todos aquellos días sin demostrar el más leve atisbo de arrepentimiento, sin levantar la menor sospecha.
Aunque...
Aunque si lo pensaba, estaban las miradas perdidas, el leve dejo de tristeza que la invadía cada vez que señalaba cuánto estima le tenía, la fuerza de sus golpes cuando la sacaba de quicio y que revelaban un estado más atlético de lo que podría sospecharse de sus intereses de nerd.
Y luego estaba la llamada de aquella noche, ese grito de ayuda desesperado, entre lágrimas, que se disculpaba por algo que sólo hasta entonces, tomaba dimensión de cuán grave era para ella.
Tragó saliva, compungido a su pesar. Sí, Yumiko había dado señales de alerta, señales tan evidentes ahora, aunque jamás hubiera podido sospechar sus motivos antes de aquella noche.
Cerró los ojos y negó reiteradas veces. No era momento para eso, no para distraerse cuando aún debía encontrar a su hermano, cuando aún ambos estaban bajo peligro. Todo lo que quería en ese momento era tomar a Tadashi de la mano y arrastrarlo lejos de aquella pesadilla, de todas esas traiciones y peligros. En otro momento se hubiera avergonzado de admitir que lo único que deseaba era correr hasta su habitación y presionarlo contra él, antes de dejar que recorriera su cuerpo entero, reavivando esas marcas que había hecho hace tan solo unas horas y que, de igual manera, aún durarían una semana más en su cuerpo.
Alentado por el encuentro, Hiro se precipitó por una curva.
Y se quedó estático cuando, menos de tres metros más adelante, se encontró un callejón sin salida. El mismo que había detenido a los microbots hace menos de media hora.
Y si el hecho de haber acabado en medio de una encerrada no fuera suficiente para perturbarlo, lo cierto es que el sonido que se alzó en el lugar cuando por fin detuvo su carrera no contribuyó demasiado a tranquilizarlo.
Definitivamente, Tadashi no producía ese tétrico taconeo al andar.
—Eres más escurridizo que el resto de los mocosos de tu edad —una voz se alzó a sus espaldas. Sonaba dulce, femenina e incluso parecería calma, si la molestia de su dueña no fuera suficiente para filtrarse en un leve dejo gutural. Fuera quien fuera, ya se imaginaba arrancándole las tripas —. Y mucho más difícil de matar, sin duda.
Hiro tragó saliva, alerta. Un sudor frío le recorrió la nuca e incluso sus piernas temblaron en lo que reunía el valor suficiente para girarse.
Y, entre todas las posibilidades monstruosas que había barajado, lo que menos esperaba era encontrarse con la delicada y esbelta secretaria de Krei, recostada casualmente en una de las paredes y mirándolo con calma.
Si no fuera por el arma que sostenía en su mano, incluso hubiera estado tentado a brindarle su ayuda para salir de allí.
—Estás... ¿Estás perdida? —aventuró, tomando su mejor papel de estúpido. No es como si las palabras hostiles y la pistola dieran mucho margen de error.
La mujer, cuyo nombre a duras penas recordaba como Judith, permanecía relajada, jugueteando despreocupadamente con el arma entre sus dedos. O al menos aparentaba, ya que sus ojos no se despegaban de él, alerta.
La miró de arriba abajo tan disimuladamente como le fue posible, en busca de otras armas, pero no parecía tener muchos ases bajo la manga con su sencillo traje. De hecho, era más que probable que aquella presentación tan directa fuera su último y desesperado recurso.
Ella soltó una sola risa, irritada, casi como si la escupiera.
—No te hagas el idiota, ya estoy harta de ese grupo de payasos que creaste —farfulló, y Hiro tragó saliva. No estaba seguro de cuán a su favor jugara su bocota irritante esta vez... pero...
Pero, por una vez, estaba genuinamente desconcertado por el giro de los acontecimientos.
—Bueno... debo admitir que muy pocos villanos me han sorprendido tanto sin fingir su muerte antes —aceptó, tratando de calmarse y pensando a toda velocidad una manera de proceder.
Judith le miró con diversión, adivinando sus intenciones... y sin dudas entretenida con ellas.
—¿Pretendes que te explique mis motivos? —inquirió, y Hiro notó que, de hecho, era probable que se muriera de ganas de hacerlo.
Además de un lobo que se regodeaba en ver el sufrimiento que ocasionaba, también era alguien profundamente narcisista.
—Me gustaría darle una explicación a todo el caos que se ha vuelto mi vida en los últimos meses —lo pensó por un momento, antes de conceder con un gesto resignado —. Más de lo acostumbrado.
Un leve temblor en su vientre le desconcertó, pero no tenía la seguridad suficiente para alejar su mirada de la mujer, y menos aún hacer un movimiento que pudiera confundirse como buscar un arma.
Ella sonrió, y Hiro sintió todo su cuerpo crisparse al verla alzar el arma en su dirección. Generalmente la visión de una pistola no le producía el menor cosquilleo, pero en ausencia de su traje y de cualquier armamento, debía admitir que no se sentía tan valiente.
No podía creer que su paranoia lo había llevado a deshacerse de los microbots, cuando todo lo que tenía ante él era un arma y una mujer
Una mujer terriblemente desquiciada.
—Ya lo expliqué una vez —comenzó, sonriendo y mirándolo como si supiera cuán asustado estaba —. No me gusta decir las cosas dos veces.
Hiro tragó saliva, e intentó extender la situación lo suficiente como para encontrar una forma de no acabar con una bala en medio de la frente.
—Vamos... creo que puede ser divertido —comentó, sin saber exactamente qué decía —. No creo que esto sea la tonta venganza de una mujer resentida porque su galán se fue tras otra, ¿No es así?
A juzgar por la expresión que ella hizo, hubiera sido más sensato morderse la lengua y hacerse el muerto.
Sin embargo, sólo le tomó un momento a Judith el reponerse, antes de volver a sonreír.
—Eres listo —admitió, antes de bajar el arma, para alivio del chico —. Supongo que yo también creí eso por un tiempo... pero la verdad es que simplemente estoy limpiando el mapa. Al comienzo pensé que estaba bien dejar que mi perro jugara un poco al filántropo y se relacionara con gente inútil como tu tía —Hiro debió morderse la cara interna de las mejillas al oír cómo se refería a Cass, y puso todo de su autocontrol para no acabar cometiendo una indiscreción —. Pero cuando empezó a afectar a la forma en que yo hacía mis negocios, y peor aún, cuando Alistair creyó ingenuamente que podía pasar por encima de mí... bueno, cuando un perro deja de ser útil, a veces sólo queda sacrificarlo.
Hiro tragó saliva, nervioso, irritado. Hace tiempo que no se enfrentaba a alguien tan retorcido como aquella mujer, y el hecho de que todo aquello, toda esa situación en la que la vida de su tía, la de su equipo y de tantos civiles, corría peligro sólo por el ego enfermizo de esa persona... bueno, estaba poniendo mucho de sí para no cometer una locura.
—Pero no era la vida de Krei la que pusiste en juego... —recriminó, controlando sus expresiones. Ella sólo rio, genuinamente divertida.
—A decir verdad, no soy de hacer las cosas sencillas, ni siquiera cuando quiero —soltó, como si acabara de reflexionarlo —. Krei es el que estaba en falta, claro, pero tu tía, toda tu estúpida familia... la culpa de que él se volviera débil siempre la tuvieron ustedes, de hecho antes de que se encaprichara con la pobretona de tu tía —escupió, y esta vez el desprecio en sus ojos fue evidente, dirigido por completo a él —¿Tienes idea de cuántos proyectos canceló cuando ocurrió lo del Ito Ishioka?, ¿Cuándo lo de tu hermano y Callaghan? Proyectos por los que yo había puesto la cara, que había impulsado por años y que llevarían nuestra empresa a la cima... pero no, ustedes tenían que meterse... Y después, toda esa ridícula idea del romance, de ayudar al mundo, las estúpidas becas... de cierta manera, lo único que hice fue tomar todas las cosas con las que me desobedeció y las usé para atormentarlo, como un castigo frente al pedazo de jardín que el perro acaba de destrozar.
Y si Hiro creyó que iba a lograr razonar en alguna medida con ella, eso le dio la pauta: no veía en sus acciones el sufrimiento que causaba a otro ser humano, porque ni siquiera veía a los demás como seres humanos. Todos ellos eran peones, descartables, sacrificios para llegar a sus propios objetivos.
Lo único que le quedaba era hacer tiempo y salir de su mira cuanto antes.
—¿Y para eso decidiste usar a mi tía y a mi equipo?
Aunque su propio estado irascible era un obstáculo para eso.
—Tu equipo fue un accidente, a decir verdad. En mi apuro por burlarme de todos los intentos de Krei de hacer este un mundo mejor, sólo tomé el grupo más manejable que encontré. Ese primer encuentro fue completamente accidental.
Hiro arqueó una ceja, genuinamente desconcertado. Había dicho que todos los involucrados eran parte de los proyectos de Krei, podía más o menos entender ese aspecto de su relación con Cass, e incluso con ellos. Pero ¿Dónde entraban los yakuzas?
Dudando, le dedicó una mirada inquisitiva.
—¿Dake?... —murmuró —¿Yumiko?...
Ella esbozó una sonrisa radiante.
—¿Tienes idea de lo feliz que estaba Matsuda cuando se enteró de que su nieta había sido aceptada en la beca del Ito Ishioka por sus propios méritos? —exclamó, tan alborozada que era un insulto —. Y Dake, pobrecito, ni siquiera sabía que eras del instituto hasta que todo esto empezó. Debiste ver su cara cuando, apenas llegado, le dije que tenía un trabajo para él y su hermano... el optimismo les duró lo que tardaron en ver a su madre en la cámara...
A duras penas pudo comprender lo que estaba escuchando, hasta que, ante la mención de la anciana y la beca, necesitó todo de sí para no caer allí. El entendimiento de todo lo que ocurría, de los motivos por los que la chica había entrado en todo aquel descabellado plan, fue suficiente para que el horror se apoderara de él.
Si antes había luchado por permanecer molesto con Yumiko, ahora sólo podía pensar en cuánto había soportado cada vez que, mientras él se reía como idiota frente a ella, la imagen de su abuela cautiva llenaba sus pensamientos.
Esta vez, no pudo reprimir el impulso que le obligó a cerrar sus manos en puños. Trató de refrenarse al ver la mirada divertida de la mujer en él, pero incluso el suspiro que pretendía tranquilizarlo llegó como un gruñido al exterior.
Sonriendo, le dedicó un intento de mirada apenada.
—Lamento si esto te resulta molesto —ronroneó, tan melosa que Hiro sintió su estómago retorcerse.
Si antes había intentado permanecer calmado, ahora no encontraba forma de reprimir su ira.
—Dudo francamente que te interese algo como los sentimientos de los demás—gruñó.
Ella se encogió de hombros.
—Bien dicho, todos ustedes son una pérdida de tiempo —se burló, casi indiferente. Hiro le vio ampliar su sonrisa, antes de alzar el arma en su dirección.
Con la primera detonación, sintió su piel erizarse, al tiempo que todo su cuerpo perdía fuerza y un estremecimiento, como una serpiente helada, jaló de todo su ser hacia abajo. Cerró los ojos por puro instinto. El disparo fue seguido de un estruendo que le conmovió de una manera casi animal, un reflejo instintivo.
Pero cuando, pasado un momento, ningún dolor en su cuerpo le alertó que había sido herido, Hiro no pudo más que alzar la mirada desde el suelo, sorprendido y desconcertado.
No entendió por completo lo que ocurría ante él, al menos hasta sus ojos dieron de lleno con la avalancha de oscuros robots que se alzaban como una montaña en medio del pasillo, justo donde, un segundo antes, la mujer había estado de pie apuntándolo.
Alrededor de los robots, los escombros de las paredes y las cañerías desechas se desprendían del techo, dejando en claro que, si bien se había contenido con la mujer que estaba inconsciente entre todos ellos, la avalancha había tenido el impulso destructivo suficiente como para aplastarla si así hubiera querido.
Sólo entonces volvió a sentir el temblor en su vientre, y Hiro llevó su mano en automático allí. Alzó hasta su rostro el reluciente aparato, alcanzando a sujetar el microbot entre sus dedos por unos segundos, antes de que se sumara al resto.
—Lamento ser un poco obsesiva a veces, pero entenderás que no es fácil ser la tía de un superhéroe.
Su corazón se agitó por la sorpresa, antes de volver a llevar sus ojos al pasillo, donde una azorada Cass se acercaba, descalza, desarreglada, y tan imponente como él nunca llegaría a serlo.
Su sonrisa era radiante aún cansada, tan sincera que no pudo evitar devolvérsela.
—Estoy acostumbrado a que me pongan aparatos para rastrearme, tranquila —susurró, poniéndose en pie a duras penas. Sintió sus piernas temblar un momento, antes de juntar la fuerza para acercarse a ella.
Ni siquiera dio dos pasos en su dirección cuando volvió a tomarlo entre sus brazos, tan fuerte y delicada como solo una madre podía hacer, Hiro no pudo evitar abandonarse a su abrazo, sintiendo, por primera vez en meses, que tenía derecho a ser frágil ante otro.
—¡Cass!
El grito agitado fue suficiente para que Hiro recordara dónde estaban, y apenas tuvo tiempo de alzar la mirada lo suficiente para parecer un adolescente digno cuando Alistair Krei apareció en el pasillo, jadeando, agotado y desesperado.
No pudo evitar pensar que se había preocupado demasiado por su imagen en cuanto, sin escrúpulo alguno, el magnate de casi dos metros lanzó sus brazos alrededor de su tía, prácticamente arrebatándosela y desarreglando aún más su pobre vestimenta.
—¿Cómo pudiste correr lejos de mí? —jadeó, en un tono de lastimero reproche, y Hiro no pudo más que arquear una ceja, antes de llevar su mirada curiosa a su tía.
Ella le rogaba en silencio que lo disculpara.
—Alistair, amor, lo siento —se excusó, acariciando su cabello con un gesto delicado —. No quería que corrieras riesgos innecesarios.
—¿Tienes idea de cómo me sentí? —le reprochó en un tono infantil que, bajo todo punto de vista, Hiro no debería ni quería presenciar —. Cass, no quiero apartarme de ti nunca más.
—Vamos, mantén un poco la dignidad —rio ella, visiblemente enternecida, para horror de Hiro.
No es como si ella pudiera recriminar dignidad a nadie, no cuando tenía el vestido todo roto, arrugado, y los cabellos revueltos bajo el neurotransmisor mal colocado...
De hecho, casi por completo salido de su lugar.
Fue en ese momento de horrorosa epifanía, cuando Hiro oyó el movimiento al comienzo del pasillo, y giró la mirada en esa dirección. Se le heló la sangre cuando, una vez más, Judith se colocó de rodillas ante ellos, alzando el arma en su dirección. Esta vez sí que podía ver la furia en sus ojos, una mirada asesina que permanecía fija en la espalda de Alistair.
Hiro apenas tuvo oportunidad de reaccionar, empujando por impulso a ambos adultos lejos del punto donde se encontraba. Alcanzó a ver la reacción de Krei cuando la primera detonación resonó en el lugar, cubriendo por completo a su tía con su cuerpo e interponiéndose entre ella y la mira de Judith.
Le oyó quejarse, un gruñido que le puso en alerta, y Hiro no lo pensó dos veces antes de precipitarse en dirección a la mujer, que aún de rodillas se preparaba para dar el segundo tiro.
Un nuevo disparo resonó en el lugar, seguido de un zumbido como una saeta, y Hiro se detuvo a unos pasos de ella, desconcertado al verla caer con violencia.
Al menos, hasta que el agudo y lacerante alarido de Judith le obligó a cubrirse los oídos, mientras la veía intentar arrancar la lanza que ahora mismo mantenía clavado su brazo a una de las paredes de concreto.
Le tomó un segundo reconocer que en realidad se trataba de un bastón muy afilado.
Con los ojos abiertos de par en par, ignorando los chillidos desesperados y la sangre que comenzaba a descender del brazo cercenado, Hiro se volteó en la dirección de la que había venido el tiro. Tadashi, jadeando y aún en la posición que tenía al lanzar su arma, apenas pudo sujetarse lo suficiente para no trastabillar.
Cuando se irguió sus ojos oscuros se veían, como nunca antes, iguales a los de un animal furioso.
Su cuerpo se estremeció en una respuesta demasiado primitiva como para que pudiera evitar avergonzarse. Los ojos de Tadashi entonces se fijaron en él, oscuros y peligrosos de una manera que, en mucho tiempo, llegó a intimidarle como algo más que un preludio de sus juegos en la cama.
Y sin embargo, en cuanto pareció razonar que se trataba de él, toda hostilidad abandonó los ojos de su hermano, y Hiro no pudo más que estremecerse cuando le vio correr en su dirección. No había notado, hasta entonces, cuánto le costaba respirar.
Era como una presión que sólo desapareció cuando los brazos del mayor lo envolvieron, estrechándolo contra su pecho tibio y fuerte.
—Eres alguien difícil de encontrar —murmuró Tadashi contra su oído, y Hiro no pudo más que sonreír, encantado, al tiempo que le echaba los brazos al cuello.
—Tengo que hacerte las cosas interesantes — bromeó.
Posiblemente no hubieran pasado tres horas desde que estuvieron juntos por última vez, y sin embargo se sentía como si no se hubieran tocado por un año. De ser por ellos, no se moverían de allí hasta que Baymax mismo los fuera a sacar.
—¡Alistair!
Pero la realidad les imponía dejar sus jueguitos melosos para más tarde, y el grito de Cass, al borde del pánico, fue clara muestra de ello.
Tadashi se separó de Hiro a regañadientes, mirándolo con un dejo de resignación, antes acercarse a la carrera a donde la pareja estaba. Algo tarde, Hiro notó que los gritos de Judith habían cesado, y al girarse se sorprendió al verla desvanecida e inclinada sobre el muro. No sabría decir si por el dolor, la pérdida de sangre o porque, muy probablemente, Tadashi hubiera puesto más que filo en su bastón.
Cass sostenía con delicadeza a Krei, manteniéndolo erguido sobre el suelo, mientras veía con horror cómo la sangre manaba en abundancia de una herida reciente en su pierna.
—Cass, tranquila, no es nada —intentó calmarla, aunque su clara palidez era prueba de que ni siquiera él se lo creía.
—Si el que te hayan perforado una arteria no es nada... pues sí, tienes más resistencia de la que creía.
Tadashi le dedicó una rápida inspección a la pierna, notando de inmediato que, si bien abundante, la hemorragia no era algo difícil de tratar. De hecho, con un torniquete bastaría para llevarlo al exterior, donde Baymax podría extraer la bala y cauterizar la herida.
No lo pensó demasiado antes de levantar su traje y tomar una tira de la camisa que llevaba debajo a modo de gasa. Ni siquiera se molestó en cubrir su vientre cuando envolvió con tanta firmeza como podía el trozo de tela en la pierna del magnate.
Fue por ello que Cass pudo ver perfectamente los abundantes hilos de sangre que corrían por su piel, desde la parte superior de su torso.
—¡Oh, Tadashi, también tenemos que tratarte a ti!
El chico la miró con extrañeza ante su tono desesperado, antes de bajar la mirada a sí mismo. Su primera reacción al ver el abundante reguero de sangre fue, desde luego, impresionarse, lo suficiente para que su nuca hormigueara en un estremecimiento.
Sin embargo, luego de una rápida inspección, comprobó que no había ninguna herida en su cuerpo que justificara tal desastre.
— No es mi sangre —informó, extrañado pero aliviado.
Pero entonces, ¿De dónde había salido...?
Abrió los ojos de par en par, aturdido, antes de dirigir la mirada al comienzo del pasillo.
Hiro le miró con un gesto confundido, más no uno de extrañeza.
Era la mirada de alguien que, lentamente, comenzaba a perder contacto con la realidad que le rodea.
Trastabilló levemente, y sólo entonces ambos notaron el abundante círculo de color oscuro que se derramaba hasta sus pies, así como el tinte rojizo que oscurecía casi por completo uno de los costados de su camisa blanca.
La pierna de Krei estaba herida, pero él había oído dos disparos al llegar allí. Había sido un idiota por no comprobar dónde había ido a dar el segundo.
Hiro le dedicó una mirada a las figuras que se desdibujaban ante él. Una de ellas, alta y oscura, se precipitó en su dirección un instante antes de que todo se volviera completamente negro.
Alcanzó a oír que alguien lo llamaba, antes de que perdiera el control de su cuerpo y un fuerte dolor en su nuca le hiciera sentir como si acabaran de clavarle un cuchillo en el cráneo.
Un segundo después ya no era capaz de sentir nada.
Quería pedir una disculpa por la brevedad de este capítulo y el siguiente, pero estamos en una parte de la historia que me exige ser más dinámica y no explayarme tanto como suelo hacer.
En compensación, las publicaciones van a ser menos espaciadas, y trataré de retomar una escritura como a la que estamos habituados cuanto antes. Por otro lado, no se preocupen, no faltaran las emociones
Bien, atrapamos a Judith, ¿Pero a qué costo?, Nada es sencillo para estos hermanos, nunca, en especial para nuestro pobre Tadashi...
Ya verán de lo que hablo, jejeje.
Antes de terminar, quiero dedicar un saludo lleno de afecto para mi amiga Guada, que siempre está dispuesta a corregir mis trabajos, señalar errores y olvidos, y regarme en puteadas por ser una hija de puta que se tarda en publicar y encima la hace sufrir. Mi vida sin vos no sería la misma, mi reina 3
A todos los demás, los amo y nos vemos pronto.
Besos y abrazos, Mangetsu Youkai.
Balalalalalah~
