Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.


Capítulo 10: Enemigos íntimos

Mi cerebro tardó en procesar las palabras del griego durmiente, estaba demasiado cansado del fin de semana, pero al hacerlo, me agaché y pegué rápidamente la cabeza a la puerta del dormitorio de mi hermano. Antonio también.

No se oían gritos ni palabras más altas que otras, sólo el sonido amortiguado de las voces de Feliciano y el macho patatas hablando en un tono normal. Apenas conseguía entender lo que decían (malditas puertas de buena calidad).

―¿Estáis seguros de que están teniendo una bronca? ―pregunté en susurros al matrimonio greco-japonés―. Porque no lo parece.

Heracles se llevó un dedo a los labios mientras asentía. Rodé los ojos y me concentré en tratar de distinguir las palabras provenientes del otro lado de la puerta.

―No me entero de nada ―susurré hacia Antonio, que se encogió de hombros y negó con la cabeza. Genial, estaba igual que yo―. Hablan muy bajo.

Por su parte, el japonés silencio apretó los ojos y negó con la cabeza mientras decía en voz baja:

―No pinta bien el asunto…

Joder, menudo oído fino debía tener el oriental para oír y entender lo que se decía al otro lado de la puerta dado el bajo volumen al que hablaban. Siendo así, seguro que era capaz de escuchar los ultrasonidos, como los perros.

Un ruido fuerte y claro llegó a mis oídos: el del pomo siendo accionado. Al contrario que los demás, reaccioné tarde y con prisas, de modo que al echarme hacia atrás para levantarme, perdí el equilibrio y caí de culo conforme se abría la puerta.

El macho patatas salió de la habitación con semblante serio, mucho más que de costumbre, y los ojos enrojecidos. Su mirada estupefacta se posó sobre todos nosotros, empezando y terminando por mí tirado en el suelo. Suspiró profundamente, cerró la puerta tras de sí y dio unos pasos hacia la escalera sin decir una sola palabra.

―¡Eh, patatero! ―lo llamé desde el suelo. Se giró a mirarme―. ¿Qué le has hecho a mi hermano?

Sí, asumía que si mi hermano y el macho patatas había tenido una bronca, la culpa era sin dudad del alemán.

En lugar de responderme, el maldito patatero me dio la espalda y me ignoró, ¡¿cómo se atrevía?! Me iba a oír, claro que sí, le cantaría las cuarenta a ese come-patatas musculoso.

O eso pretendía, pero la mano de Antonio sobre mi hombro me impidió levantarme y salir detrás del condenado alemán, que bajaba las escaleras seguido por el matrimonio.

―Es mejor que lo dejes tranquilo, Lovi ―dijo Antonio con calma cuando le eché una mirada de profundo odio que habría hecho temblar a cualquiera―. ¿No crees que sería más conveniente que fueras con Feli a ver cómo está?

Tenía razón.

Me puse en pie de un salto y toqué a la puerta del dormitorio, pero me colé dentro antes de que mi hermano me diera permiso para entrar.

Feliciano se encontraba en la cama recostado bocabajo. Levantó la cabeza de la almohada cuando cerré la puerta a mis espaldas. Por el gesto de sorpresa que puso al verme, juraría que ni siquiera me había escuchado llamar segundos antes. Se frotó los ojos, que estaban húmedos y enrojecidos, al igual que su cara, todavía surcada por las lágrimas: había estado llorando.

Fratello, ¿ya has vuelto de Napoli? ―preguntó con la voz tomada.

―¡Qué pregunta más tonta! Estoy aquí, ¿no? ―respondí bruscamente, sin pensar. Joder, no debía hablarle así. Rectifiqué suavizando el tono―. Perdona… prácticamente acabamos de llegar.

―Ah, bien.

―Me he enterado de que has tenido una bronca con el macho patatas ―dije sin rodeos. Feliciano abrió los ojos con horror―. ¿Qué ha pasado?

―¡¿Có-Cómo te has enterado?!

―Vivimos rodeados de cotillas, da igual dónde estemos ―respondí sin dar más explicaciones―. Ahora cuéntame qué ha pasado. ¿Qué te ha hecho ese maldito bastardo?

―Na-Nada, fratello.

―Claro, y por nada estás llorando ―me crucé de brazos y torcí el gesto―. ¡Habla!

Feliciano se encogió de miedo ante la mirada intimidante que le estaba dedicando.

―Vee… Lo que ha pasado es que estábamos dando un paseo y de casualidad nos encontramos con Miriam Leone…

―¡¿Qué?! ¿Con la mismísima miss Italia en persona? ¡No me jodas!

―¡Te lo juro, fratello! Es todavía más bella al natural.

―¡Venga ya! ¿Más? Pero si es perfecta, una diosa de la belleza. ¡Qué suerte tienes de haberla visto! ―me emocioné olvidándome por completo de la cuestión importante por un momento―. ¡No nos desviemos del tema, maldita sea! ¡Sigue!

―Pues eso, que nos encontramos con la señorita Leone y, ya sabes que soy muy fan suyo, así que me emocioné mucho al verla, le pedí un autógrafo, me saqué una foto con ella, le dije lo muchísimo que me gusta y que la admiraba y… vee… a Ludwig no le hizo mucha gracia.

―Joder, ¿es que ese patatero nunca ha admirado a nadie? Seguro que se pondría igual o peor que tú si se encontrara con la Merkel.

―Se puso celoso ―explicó triste y agachando la mirada―. Creyó que estaba flirteando con ella. Por eso discutimos.

Vaya, jamás imaginé a ese frío alemán como un tipo celoso.

―¿En serio? ¿Y de verdad intentaste ligar con ella?

―No. Me comporté como siempre con las chicas, siendo galante y cortés. Y además demostrándole mi admiración.

―Y el idiota del patatero lo malinterpretó.

Feliciano asintió débilmente.

―Supongo que no es de extrañar: hace tiempo que nuestra relación no funciona.

―¡¿Qué?!

―Lo que oyes. No te imaginas lo mucho que te envidio cuando veo lo bien que te va con Antonio.

―Espera, ¡¿qué?! Si Antonio y yo discutimos un montón y…

―Y no tardáis nada en reconciliaros, olvidarlo y volver a estar bien. Todo lo contrario que nosotros.

―¿Pero qué dices? Si el patatero y tú estáis siempre ―moví las manos frenéticamente tratando de describir lo que pretendía decir para evitar usar las palabras, pero no conseguí hacerme entender―… ya sabes… estáis a todas horas en plan… en plan… ¡lovey-dovey!

―¿Qué es "lovey-dovey", fratello? ¿Algún juego de palabras gracioso que hace Antonio con tu nombre?

―No, joder. Es… Es… comportaros de esa forma ñoña vuestra, estando todo el santo día acaramelados, cariñosos, provocando diabetes a todo el que os ve.

―Eso era antes. Últimamente lo único que hacemos es discutir y pelear ―habló con voz tomada y sorbiéndose la nariz―. Estamos un día bien y cuatro o cinco mal. Y lo peor es que la mayoría de las discusiones son por motivos absurdos. Incluso hemos llegado a romper en varias ocasiones, además de en ésta.

―Venga ya, no hablas en serio.

―Ojalá no lo hiciera, vee… Una de las veces… acabé liándome con… con Feliks…

―Que ¡¿QUÉ?!

―No te enfades, fratello

―¡Me lo cargo! Te juro que mato a ese maldito polaco adicto al rosa. ¿Cómo se ha atrevido a aprovecharse…?

―Sólo fueron un par de besos, no llegamos a nada más ―me interrumpió deteniendo mi arrebato asesino―. No pude, era incapaz de quitarme a Ludwig de la cabeza y no pude ―su voz sonaba cada vez más lastimosa y los ojos se le estaban llenando de lágrimas―. Feliks lo entendió y decidimos hacer como si nada. Luego me reconcilié con Ludwig… Después de todo, aunque hayamos roto más de una vez, al final siempre nos hemos arrepentido. Nos acabamos echando de menos…

Feliciano no pudo retener por más tiempo las lágrimas y lloró desconsoladamente. Lo atraje contra mi pecho, abrazándolo con fuerza mientras le susurraba que se desahogara cuanto quisiera. Me partía el corazón verlo tan desgarradoramente triste y devastado. Y todo por culpa de ese maldito bastardo patatero, ya me encargaría de hacérselo pagar.

Por otro lado, ahora todo encajaba y entendía ciertas actitudes y comportamiento que había observado en mi hermano últimamente, como las caras raras que había puesto cada vez que le mencionaba al patatero, lo distantes que parecía el uno con el otro la noche del teatro o su intento frustrado de ligar con la novia del cubano estando borracho.

―Entonces por eso te viniste aquí con el abuelo, porque el patatero y tú os habíais peleado.

Para mi total asombro, negó con la cabeza lentamente mientras se limpiaba las lágrimas restregándose los ojos con el brazo.

―No hubo ninguna pelea, y tampoco ruptura ―dijo entre hipidos―. El abuelo me propuso que lo acompañara y, como la relación no estaba del todo bien, pensé que venirme sería lo mejor. Además, Ludwig tenía que trabajar, así que seguramente habría pasado los días prácticamente a solas… o quizás nos hubiésemos peleado otra vez, ¿qué habría hecho entonces? Me hubiera quedado definitivamente solo allí… vee… y ya sabes lo poco que me gusta quedarme solo.

―Lo sé. Y te entiendo.

―De todas formas le conté a Ludwig que me venía con el abuelo y le pareció una buena idea. Dijo que pasar unos días separados podría sentarnos bien. Aun así lo invité a venirse si le apetecía cuando tuviese tiempo, vee… pero no mostró mucho interés en la idea, pensé que se alegraba de que me fuera porque así se libraba de mí. Sin embargo, me llamó por teléfono todos los días y al final se presentó aquí por sorpresa.

―Su-Supongo que te echaba de menos y quería verte.

―Vee… Ya ―hundió la cara tras las rodillas, suspirando desanimado―. ¿Y de qué ha servido? Estos últimos días han sido un desastre, si no discutíamos por una cosa, era por otra. Lo único que ha conseguido viniendo es empeorarlo todo.

Feliciano rompió a llorar de nuevo, echándose sobre mi regazo. De vez en cuando maldecía su situación y despotricaba un poco contra el patatero. Permanecí en silencio reconfortándolo con caricias hasta que los hipidos que siguieron a su llantina fueron desapareciendo.

―Oye, Feliciano, antes siempre me contabas todo lo que te ocurría, pero… ¿por qué no me contaste nada de esto que te estaba pasando?

Levantó la cabeza y fijó sus enrojecidos y húmedos ojos en los míos, soltando una especie de resoplido al tiempo que en su cara se dibujaba lo que parecía una mueca de fastidio.

―¿Que por qué? ¿Acaso no es obvio? ―preguntó serio. Negué con la cabeza despacio―. Porque no podía hacerlo. Odias a Ludwig desde siempre, ¿cómo iba a contarte que mi relación no iba bien? Habrías tratado de ponerme en su contra por todos los medios para que terminase definitivamente con él.

―¿Qué? ¿Cómo demonios se te ocurre…?

―No te hagas el ofendido, fratello, sabes que tengo razón por más que te empeñes en negarlo. Estabas deseando que esto ocurriera: que Ludwig y yo peleásemos y rompiéramos. Alguna vez incluso me pediste que te avisara si pasaba… pues enhorabuena, ese momento ha llegado y has sido testigo de ello. Por fin estarás contento, ya tienes lo que querías.

―Feliciano, yo no…

―Ahora, si no te importa, quiero estar solo ―desvió la vista y extendió el brazo, señalando la puerta―. Haz el favor de irte.

Sin protestar, me levanté de la cama despacio y me marché cabizbajo y en silencio.

Me sentía mal, dolido por las palabras de Feliciano, ¿cómo podía pensar que me alegraría por su ruptura y que trataría de ponerlo en contra del patatero? Vale, es cierto que el macho patatas no me caía bien y que me metía con él constantemente, pero de ahí a intentar poner a mi hermano en su contra había un trecho bien grande. De hecho, en los tres años que llevaban de relación jamás se me había pasado por la cabeza hacer una cosa así… Ni siquiera había pensado en la idea de que rompieran, ¡si eran la maldita pareja perfecta! No me explicaba cómo habían llegado a esa situación.

Me metí en la ducha con intención de relajarme y sentirme mejor después, pero por más placentera que resultara la sensación del agua cayendo sobre mí, no pude parar de darle vueltas a lo ocurrido con Feliciano.

Esperaba consolarme con Antonio, pero era muy tarde y lo encontré en la cama, ataviado únicamente con unos calzoncillos, durmiendo a pierna suelta y ocupando casi todo el colchón. Con cuidado para no despertarlo, me acomodé como pude a su lado y abracé su torso desnudo.

―Mmm… Estás fresquito.

―Perdona, no quería despertarte.

―No pasa nada. ¿Cómo es que has venido tan pronto? Pensé que te quedarías a pasar la noche con Feli.

―Me ha ech… Me pidió que me fuera, dijo que prefería quedarse solo.

―Debe sentirse fatal, pero supongo que necesita tranquilidad para poner en orden sus pensamientos y sus sentimientos. Ludwig tampoco quería compañía.

―¡No menciones a ese maldito patatero!

―Sé que no te cae bien, pero es uno de los principales implicados en este asunto. Y también lo está pasando muy mal.

Gruñí en respuesta al ser incapaz de encontrar un argumento con el rebatirle. Antonio se rio y pasó los dedos por mi cabeza con suavidad.

―Oye, Antonio, ¿tú crees que yo quería que Feliciano y el macho patatas rompieran?

Se mantuvo en silencio más tiempo del que consideraba necesario. Joder, ¿tanto daba para pensar mi pregunta? Si era bien sencilla, bastaba con un simple "sí" o "no" como respuesta.

―Nunca te has cortado a la hora de demostrar lo mal que te cae Ludwig ―dijo finalmente―: lo has criticado abiertamente, lo has insultado, has menospreciado su comida, le has hecho el vacío ignorándolo ―¿iba a enumerar todas las mierdas que le había hecho al patatero? Joder, estaba consiguiendo que me sintiera como un cabrón, pero el macho patatas me caía mal, no podía remediarlo―, has mencionado lo mucho que te fastidiaba su presencia y él mismo sólo por el hecho de ser él… Sin embargo y a pesar de todo, no me consta haberte escuchado jamás decir que te molestara su relación con Feliciano y mucho menos que quisieras que rompieran.

―Menos mal. Para algo que no he hecho…

―¿Acaso Feli te lo ha recriminado?

Asentí contra su pecho, triste.

―Ha debido pagar contigo su malestar y frustración, no lo tomes en serio.

―Pero es que me fastidia que piense así de mí, joder. Cierto que al patatero lo he tratado con la punta del pie, pero he hecho de tripas corazón tolerando su presencia y, por supuesto, nunca me he metido en su maldita relación, lo único que me importaba era que el idiota de Feliciano fuera feliz. De hecho, los consideraba la maldita pareja perfecta, no me explico cómo han llegado a esto.

―La gente cambia. A veces lo hace de forma tan sutil y tan lentamente que no te coscas, pero de pronto llega un día en el que te das cuenta de que hay algo que no encaja con la otra persona.

―Pareces muy puesto en el tema.

―Porque lo he vivido.

―¿Estás hablando de nosotros? ―me incorporé asustado.

Antonio se rio suavemente y me empujó con delicadeza de nuevo hacia su pecho.

―Me pasó lo mismo con Emma ―afirmó con tranquilidad. Me puse un poco nervioso como cada vez que rememoraba su relación con la rubia―. Nuestra relación era perfecta, pero poco a poco las cosas cambiaron y se fue torciendo todo hasta el punto de que lo único que hacíamos juntos era discutir.

―Y entonces rompisteis.

―Nos estábamos haciendo daño. Poner fin a nuestra relación fue la mejor decisión que tomamos. Aunque la verdad es que lo pasamos muy mal al principio, pero luego pudimos avanzar, volver a empezar como amigos, intentar retomar la relación…

―Tú intentaste retomar la relación ―puntualicé.

―Sí, cierto, fue cosa mía solamente y no salió bien, pero afortunadamente Emma y yo superamos lo nuestro y entablamos una buena amistad que aún perdura hoy en día, y eso sin duda es lo más importante.

―¿Crees que a mi hermano y al patatero les ocurrirá lo mismo?

―Quién sabe… cada pareja es un mundo, lo que les pase puede ser totalmente distinto. De lo que sí estoy seguro es que si la relación iba mal y se estaban haciendo daño por estar juntos lo mejor es que tomen caminos separados, les sentará bien a ambos. Y no tomes en serio lo que te ha dicho Feli, está dolido por la situación y lo ha pagado contigo. Mañana hablas con él más tranquilamente.

Decidí no pensar más en el tema, al menos por esa noche.

Hablar con Antonio me había reconfortado en gran medida, como esperaba. Me acomodé sobre su torso y caí rendido por el cansancio y el sueño.


Pretendía retomar mi conversación con Feliciano y aclarar los malentendidos de la noche anterior (las acusaciones que me echó en cara), pero cuando me levanté, a mediodía, los únicos presentes aparte de mí eran Antonio y el patatero, a los que encontré hablando tranquilamente en el salón.

¡Agh! Me molestaba que mi novio se mostrara tan amable y simpático con el alemán, quien por cierto presentaba un aspecto horrible: ojeras, gesto más serio de lo normal y pelo desaliñado caído sobre los ojos, nada de su típico repeinado hacia atrás. Daba pena, pero no me conmovía, mi hermano también tenía un aspecto similar la noche anterior y de seguro ese día estaría igual o peor.

―Feliciano se marchó a casa de vuestros padres esta mañana temprano ―me informó el patatero―. Dijo que se quedaría unos días allí.

Sin duda había huido para evitar compartir espacio con el macho patatas, al que dediqué una intensa mirada de odio. Él me ignoró volviendo la vista hacia Antonio.

Dejé que esos dos continuaran con la conversación que mantenían metiéndome en la cocina para desayunar.

Mientras me bebía el café, pensé en la situación con Feliciano: que se hubiera largado era un fastidio, ya que tiraba por tierra mis planes de aclarar con él lo que me echó en cara por la noche. Porque obviamente no pensaba poner un pie en la infernal casa de mis padres a no ser que fuera realmente necesario. Y descarté llamarlo por teléfono, aunque sopesé la idea (de hecho tenía el móvil en la mano con su número marcado), pero no, aquel tema debíamos resolverlo cara a cara.

Sin embargo, había otra persona con la que sí podía tratar por teléfono cierto asuntillo molesto.

―¡Lovinito, cielo! O sea, ¡qué bien que me llames! ¿Qué tal?

―Feliks, cabrón, ¡te voy a matar!

―¿Eeeeeeeeeeh? ―gritó al auricular―. ¿Se puede saber por qué? O sea, además soy yo el que debería estar enfadado contigo y decirte eso.

―¡¿Cómo?!

―O sea, como que resulta que tienes a un auténtico adonis turco coladito por tus huesos yendo detrás de ti y yo tengo que enterarme por alguien que no eres tú. O sea, tipo, como que podrías haberte dignado a llamarme para contármelo, ¿no crees?

―Veo que Lilly ya se ha ocupado de ponerte al día.

―¿Acaso no debía? ―dijo la suave voz de Lilly de fondo―. Vaya, no sabía que fuera un secreto.

―¡No lo era, joder! ―respondí―. Espera, ¿Lilly? ¿Qué demonios haces con Feliks?

―Hemos quedado para comer juntos.

―O sea, tipo, ¡no nos dejes con la intriga! Cuéntanos cómo acabó lo de ese adonis de caramelo ―qué imagen tan repugnante, me revolvió el estómago.

―Acabó, que es lo importante.

―Eres como que demasiado escueto y conciso.

―No hay mucho más que contar. Todo lo contrario de lo que se puede decir de ti.

―O sea, como que no te entiendo, si yo siempre os hablo de todos mis escarceos amorosos con pelos y señales ―por desgracia―. ¿A qué te refieres?

―A un escarceo del que no has dicho ni mu: que te enrollaste con mi hermano, bastardo.

―Eso no me lo habías contado ―apuntó Lilly.

―O sea, como que eso sí se suponía que era un secreto ―respondió nervioso―. ¿Te lo ha contado Feliciano?

―Tú no has sido precisamente. Joder, ¿cómo se te ocurrió liarte con él?

―¡No fue planeado! O sea, deja que te explique.

―Soy todo oídos.

―A ver, esto pasó como que a principios de verano. Ocurrió que me sentía un poco deprimido porque lo mío con mi amigo el ruso como que no iba para ninguna parte, así que me fui de tiendas para quitarme las penas. De casualidad me encontré con Feliciano, que también parecía tristón y, o sea, echamos la tarde juntos de compras. Luego nos fuimos a tomar algo y se sinceró conmigo contándome que había roto con Ludwig hacía poco, que se sentía muy mal ese día y, o sea, que había salido de compras como que para despejarse un poco, ya que no quería que nadie lo viera tan mal como estaba, especialmente tú, Lovinito.

―Querría evitar un posible enfrentamiento de Lovino con Ludwig ―comentó Lilly―, sabiendo lo mal que le cae el alemán y que Feliciano estaba sufriendo por su culpa…

Era un consuelo que al menos Lilly no pensara que me alegraría por la ruptura de esos dos.

―En fin, como que el ánimo de Feliciano iba a peor, así que lo invité a venir a casa a cenar para que se desahogara a gusto. Ya allí me contó como que todo lo que le había ocurrido, yo también le hablé de mis experiencias y, o sea, mientas nos consolábamos el uno al otro pues… como que una cosa llevó a la otra y, o sea, acabamos besándonos. ¡Pero nada más!

―Tampoco me parece para tanto ―comentó Lilly.

―O sea, apenas fueron unos cuantos besos y entonces el pobre Feliciano se echó a llorar porque como que no podía olvidarse de Ludwig, estaba muy afectado el pobre, de modo que se disculpó conmigo y me pidió que no dijera nada de lo ocurrido. O sea, como si hubiese algo que disculpar y, por supuesto, como que tampoco había nada de lo que hablar al respecto, así que ahí quedó todo. Luego tu hermano como que volvió con su querido alemán, o sea, que todo bien.

―De todo bien nada ―les informé―. Por lo visto siguieron mal… al menos hasta anoche.

―O sea, ¡¿QUÉ?!

―Oh, vaya, eso explica…

Lilly se calló, pero tanto Feliks como yo habíamos oído su enigmática e inacabada frase.

―¿Explica qué, Lilly?

―Sí, o sea, nena, no nos dejes ahora tú también con la intriga.

―Pues… lo cierto es que Feliciano intentó besarme un día…

Casi me atraganto.

―O SEA, ¡¿CÓMO?!

―¡LO MATO! ―grité exaltado al teléfono―. ¡Te juro que lo mato! Intentar aprovecharse…

―O sea, Lovinito, me siento ofendido: como que conmigo no te has parado a considerar que tu hermano pudiera aprovecharse de mí y no al contrario, o sea, ¿por qué?

―Porque te conozco demasiado.

Feliks habló en polaco al otro lado de la línea, supongo que protestando.

―Además, Lilly tiene a Roderich y a un hermano loco por las armas… me habrían dejado sin hermano si lo llegan a descubrir… pero ya me ocuparé yo de ese idiota. Joder, ¿cómo se le ocurre?

―Yo supuse que fue porque estaba borracho ―contó Lilly―, pero ahora que sé lo de sus problemas con Ludwig, puede que eso también influyera.

―O sea, cuéntanos como que ya cuándo y cómo ocurrió eso.

―La noche de la fiesta en casa de Francis ―explicó. Afortunadamente ni su hermano ni Roderich estuvieron presentes, ella fue acompañando a Feliks contraviniendo el deseo de Vash de que no pusiera un pie allí―. Hubo un momento en el que Feliciano y yo nos quedamos charlando a solas y, de buenas a primeras, comenzó a flirtear conmigo y trató de besarme, pero le hice la cobra.

―O sea, Lilly, eres como que mi ídolo. ¿Qué hizo el bueno de Feli entonces?

―Nada. Se rio un poco y disimuló quitándome el vaso para rellenarlo de bebida. Luego volvió tan normal, de hecho un poco más tarde lo vi abrazando a Ludwig como si nada, por eso supuse que su fallida tentativa se debió al alcohol.

―En serio, ¿cómo pudimos no darnos cuenta? Feliks y yo estábamos también en esa fiesta.

―O sea, y como que un millón de personas más.

―Feliks estaba ligando con un amigo de Francis y Lovino estaba borracho como un piojo, como para daros cuenta de algo.

―¡Yo no estaba borracho! ―los dos se rieron al otro lado del teléfono―. No tanto…

Por cuarto año consecutivo me emborraché en la fiesta de cumpleaños del francés a pesar de que cada año juro y perjuro que jamás volveré a poner un pie en sus celebraciones. ¡Pero no acabé tan mal!

―En fin, lo que está claro es que la relación entre Ludwig y Feliciano no pasaba por su mejor momento ―dijo Lilly retomando el tema principal―. Quizás tu hermano buscaba una alternativa al irse con otra persona, o bien pretendía demostrarse a sí mismo que podía seguir adelante, aunque finalmente se viera incapaz de hacerlo…

―Ays, pobre Feli. Como que lo entiendo perfectamente.

―En cualquier caso, Lovino, procura no inmiscuirte en este asunto, no está en tus manos que se solucione. Dedícate a disfrutar de tus últimos días de vacaciones con Antonio.

―O sea, Lilly como que tiene toda la razón: ocúpate de tus propios asuntos y deja que tu hermano se ocupe de los suyos, que a ti te gusta mucho meterte donde no te llaman.

―Pero serás…

―Y, o sea, que sepas que deseo como que de todo corazón que Feli se arregle con Ludwig, aunque si no lo hacen me puedo postular como tu posible nuevo cuñado.

―¡Ni en tus mejores sueños!

Corté la llamada y dejé el teléfono sobre la encimera con un golpe seco.

―¿Con quién discutías nada más levantarte?

Me di la vuelta. Antonio me miraba sonriente y divertido apoyado sobre el marco de la puerta.

―Con Feliks. El muy bastardo sabe encontrarme las cosquillas ―respondí y le di un último sorbo a mi café, ya más que frío―. ¿Y tú? ¿Qué tanto tenías que hablar con el patatero?

―Lo estaba consolando, se siente fatal por la ruptura.

―Ya. Feliciano también estaba fatal.

―No lo pongo en duda, pero Feli cuenta con la ventaja de tener aquí a toda su familia para que lo apoye y lo consuele. Ludwig está solo lejos de casa, es el hermano de uno de mis mejores amigos, y también lo considero mi amigo, así que lo consolaré y haré todo lo que esté en mi mano para animarlo, aunque a ti no te agrade.

Cierto, no me agradaba. Sin embargo, entendía que Antonio tomara esa postura con el alemán, de modo que no le hice ningún reproche al respecto.

A quien no entendía era a mi abuelo que, a pesar de que apareció por casa a la hora del almuerzo y (cómo no) perfectamente enterado de lo ocurrido la noche anterior, se mostró tremendamente cordial y simpático con el macho patatas.

―¿Cómo puedes ser tan amable con ese maldito patatero después de lo que ha pasado? ―le recriminé al viejo aprovechando que nos quedamos a solas en la cocina.

El abuelo, que estaba de espaldas a mí sirviéndose un café, se giró lentamente mientras se llevaba la taza a la boca. Dio el maldito sorbo más largo del mundo antes de responderme.

―Hasta donde yo sé, la relación entre Feliciano y Ludwig estaba atravesando una crisis y por ello han decidido mutuamente ponerle fin, pero en ningún momento Ludwig ha tratado mal a tu hermano ni le ha hecho nada malo, al contrario, siempre ha sido amable y respetuoso con él, por lo que no entiendo que yo debiera tratarlo de forma diferente a como lo he hecho siempre.

―Deberías ponerte de parte de Feliciano.

―Yo no estoy de parte de nadie, Lovino. La relación era entre ellos dos, considero que no tengo por qué inmiscuirme, ni tú tampoco: es un asunto que sólo les concierne a ellos.

―Pero Feliciano es…

―Mi nieto, sí. Y Ludwig mi inquilino y además mi invitado en estos momentos. Siempre me he llevado bien con él y, salvo que le haya hecho algo muy gordo a Feliciano, lo que me consta que no ha ocurrido, no voy a dejar de tratarlo con cordialidad.

―Pero…

―Haría lo mismo si fuera tu caso: no dejaría de tratar a Antonio si, por desgracia, vuestra relación no fuese bien y decidierais romper.

―¡¿Si fuera mi caso?! ―exclamé alarmado―. ¿Acaso crees que podría ocurrirnos algo así?

Se encogió de hombros.

―Podría ser…

―¿Y por qué demonios no iba a ir bien mi relación?

―Quién sabe, las relaciones pasan por crisis, algunas se superan y otras no.

―Y tú supones que nosotros no la superaríamos.

―Lovino, yo no supongo nada, maldita sea. Sólo te estaba planteando una hipótesis. No sé cómo de bien o mal va tu relación con Antonio, espero sinceramente que todo esté en orden, así que no malinterpretes mis palabras. Aunque si tan nervioso te pone el que simplemente se plantee la posibilidad de que algo no vaya bien, quizás sí que haya algún problema.

Y zanjó la conversación largándose con su café y dejándome con una nueva preocupación rondando por mi cabeza.


Pasé la tarde entre cuadros y esculturas en una famosa galería de arte con Antonio. Lilly tenía razón cuando dijo que debía disfrutar de los últimos días de vacaciones con Antonio. Aunque el plan no era el que más me apetecía (tanto cuadro hacía que no parara de recordar a Feliciano), mi novio llevaba semanas insistiendo para que visitásemos el lugar y no iba a negarle el gusto. Al menos allí, además del arte, se podía disfrutar del fresco, el silencio y la tranquilidad.

Todo fuera por estar lejos de casa durante un buen rato.

No soportaba toparme con la presencia del patatero penando por las esquinas, resultaba muy molesto. También quería evitar a mi abuelo, la conversación con él me había dejado muy mal cuerpo al hacer que me planteara la posibilidad de que existieran problemas con Antonio.

¡Pero no los había! El bastardo y yo estábamos perfectamente bien, ¡mejor que nunca!

Supongo que todo lo ocurrido desde la noche anterior con Feliciano me había afectado más de la cuenta, llevándome a buscar paralelismos entre mi relación con Antonio y la suya con el macho patatas. Lo peor es que todo ello me hacía pensar que si su relación, siempre tan perfecta en todos los aspectos, había llegado a su fin, nada podía garantizar que la mía no corriera la misma suerte. Y eso me aterraba.

Antonio me sacó de mis negros pensamientos al cogerme de la mano para salir del museo. Era la hora de cerrar.

Paseamos por las abarrotadas calles romanas sorteando gente que iba y venía, pero después de un rato de caminata acabamos entrando en la primera heladería con la que nos topamos, cerca de la parte superior de las escaleras de la plaza de España.

Después de dos gigantescas tarrinas de helado de tres sabores que nos comimos cada uno, reiniciamos la marcha hasta las escaleras, desde donde contemplamos el atardecer. Antonio aprovechó tan bello momento y lugar para hacer una nueva sesión de fotos, obviamente obligándome a participar en su reportaje con algún que otro beso y abrazo como protagonistas. Algunos de los que pasaban por allí nos miraron como a bichos raros, como si no hubiese más gente en las putas escaleras haciendo EXACTAMENTE lo mismo que nosotros. Se llevaron de regalo la visión de mi dedo medio levantado en una bonita peineta, lo que también quedó recogido en las fotos.

La estupidez de la gente me puso de mal humor. Agarré a Antonio de la mano, poniendo fin a su reportaje fotográfico, y continuamos el paseo bajando las escaleras.

Conduje a Antonio por una de las calles que salía de la plaza hacia un pequeño bar que conocía y nos sentamos en la terraza. No me apetecía nada seguir con la caminata, prefería un buen aperitivo a base de Aperol Spritz y la comida que nos sirvieran a mesa.

―¿Qué era lo que te tenía preocupado antes? ―preguntó Antonio. Lo miré inquisitivo enarcando una ceja―. Cuando salimos de casa, y también en el museo, parecías preocupado ―vaya, se había dado cuenta―. ¿Es por algo relacionado con el asunto de Feli y Ludwig?

―No, nada que ver. No era nada en realidad ―le resté importancia. Antonio no me creía―. Una tontería que me dijo mi abuelo esta tarde, pero tengo claro que se equivoca.

―Eso es raro, tu abuelo pocas veces se equivoca.

―¡Pues esta vez sí!

Me exalté, como siempre. Sólo pensar en ese maldito tema me ponía de los nervios.

Tomé una profunda bocanada de aire y sonreí a Antonio mientras posaba mi mano sobre la suya.

―Perdona ―llevé su mano a mis labios y la besé. Antonio me miró con sorpresa, pero contento―. Lo que me dijo mi abuelo era una tontería como ya te he dicho, pero no fue de mi agrado, por eso me he puesto así. No quería volver a pensar en ello, con el paseo se me había ido de la cabeza.

―No insistiré entonces.

Me incliné sobre Antonio y susurré un "gracias" sobre sus labios para, seguidamente, besarlo.

―Me encanta cuando te pones romántico ―dijo Antonio embelesado―, me vuelves loco.

―Me alegro ―dije orgulloso―. Celebrémoslo con otra ronda.

Cayeron tres rondas en total, lo suficiente para que me sintiera ligeramente afectado por el alcohol. Antonio me llevaba agarrado del brazo mientras caminábamos, pero en lugar de dirigirnos hacia el museo para recoger mi vespa, que dejé allí aparcada, me condujo hacia la estación de metro más cercana.

―¿Qué demonios hacemos aquí? Tenemos la vespa en el museo.

―No vamos a ir en la vespa, estás demasiado borracho como para conducir.

―¡No estoy borracho!

―Habrías ido midiendo las calles si no llego a estar sujetándote.

―¡No exageres! ¡No estoy tan mal! Además, de aquí a que lleguemos al museo se me habrá pasado, así que ¡vamos!

―No ―se cruzó de brazos, serio―. Nos volvemos a casa en metro.

―Pues te vuelves tú ―le di la espalda y me alejé varios pasos de la entrada del metro―, yo iré en la vespa.

―Lo dudo mucho.

Oí un tintineo a mis espaldas y me di la vuelta: Antonio hacía girar en su dedo las llaves de mi vespa. ¡El muy cabrón me las había quitado de mi bolsillo sin que me diera cuenta! Me lancé a quitárselas, pero el bastardo fue más rápido que yo y las agarró con mucha fuerza en su puño, que levantó en alto.

―¡Dame mis llaves, bastardo! ―grité mientras trataba de alcanzar su mano cerrada.

―No estás en condiciones para conducir, por mucho que creas que sí o que estarás mejor cuando llegues a la moto ―dijo muy serio―. No pienso dejar que corras un riesgo tan estúpido como ese.

Mi novio tenía razón, pero el alcohol no me permitía razonar bien. Me enfurruñé cruzándome de brazos e hinchando las mejillas. Antonio me sonrió dulcemente y me alentó a bajar las escaleras. Yo aproveché para agarrarle el puño donde tenía las llaves e intentar abrírselo, pero el cabrón lo mantenía cerrado con mucha fuerza.

―Lovi… Lovi… en serio, déjalo ya ―dijo tranquilo y sin moverse mientras yo me esforzaba por abrirle la mano―. Te aseguro que como no pares te bajo al metro cargado como un saco de papas. ¿Quieres?

Se agachó e hizo el amago de agarrarme las piernas, pero di un salto hacia atrás evitándolo y soltando su puño. Pensar que alguien que me conociera pudiera verme siendo cargado como un saco de asquerosas patatas, ¡ni de coña!

―Vale, bastardo, ¡tú ganas! ―refunfuñé cruzándome de brazos y bajando los primeros escalones de la entrada―. Nos volvemos en metro.

―Sabía que entrarías en razón.

No le dirigí la palabra durante todo el viaje.

En casa el único presente era el macho patatas, que hablaba por teléfono en su horrible idioma natal. Me pareció distinguir el nombre de mi hermano entre los incomprensibles ladridos del patatero, pero dado que no entendía lo que decía, ni tampoco me interesaba realmente, pasé de meterme.

La conversación del patatero se alargó bastante, lo sé porque se trasladó del salón a la habitación de Feliciano y lo oía perfectamente desde mi cuarto. No terminó hasta un buen rato después de ducharme (y eso que me tomé mi tiempo bajo el grifo).

―Vaya, por fin se acabó la llamada ―dijo Antonio entrando en la habitación tras haberse duchado.

―No creas que hace mucho. ¿Con quién demonios tenía tanto que hablar?

Se echó en la cama junto a mí.

―No hay muchas opciones: Gilbert o Roderich. Pero dudo mucho que Roderich se pasara tanto tiempo al teléfono, así que me inclino más por Gilbert.

Antonio cogió su móvil de la mesilla de noche y lo ojeó con detenimiento.

―Sí, definitivamente era Gilbert con quien hablaba Ludwig por teléfono. Mira.

Se volvió hacia mí mostrándome la pantalla de su móvil, donde aparecía un mensaje del macho albino en el que se leía: "Toño, West está fatal. Tienes que hacer todo lo posible por animarlo. No lo dejes solo". Rodé los ojos con hastío.

―Puff, ni que fueras su niñera. Respóndele a ese patatero albino que su queridísimo hermano es bastante mayor ya para que tú tengas que dedicarte a cuidarlo como a un bebé.

―¡No voy a decirle eso!

―Si quieres se lo escribo yo ―hice el amago de coger su móvil.

―¡Ni de coña! ―exclamó retirando el teléfono hacia sí―. Ya vi lo que le escribiste la última vez y no me hizo ninguna gracia. Gilbert está preocupado por su hermano, tú precisamente deberías entenderlo. Además, Ludwig también es mi amigo, ya te lo dije esta mañana, así que si tengo que hacer de niñera con él para animarlo, pues su niñera seré.

―¡¿Cómo?! ―empezaba a cabrearme y con razón―. ¿Vas a dejarme tirado para quedarte haciéndole compañía al patatero?

―No, no he dicho eso.

―¿Entonces?

―Pues…

Se rascó la cabeza y miró al infinito, pensando.

―Supongo que podría venirse con nosotros para que no se quede solo. ¿Qué hay de malo en que nos acompañe?

―¡Que no lo soporto, joder!

―Lo sé, pero lo está pasando mal y le hace falta apoyo. Ya has leído el mensaje de Gilbert, no habría escrito algo así de no ser porque considerara que Ludwig lo necesita de verdad. Podrías hacer un pequeño esfuerzo por…

―¿Acaso pretendes obligarme a aguantarlo?

―No pretendo obligarte a nada, Lovi ―dijo serio. Se recostó sobre un lado dándome la espalda―. Yo tengo claro lo que voy a hacer, es decisión tuya si colaboras conmigo o no.

―¿Sabes qué te digo, bastardo? ―me puse de pie, enfadado―. ¡Que te vayas a la mierda!

Salí al pasillo cerrando con un fuerte portazo.

Estaba cabreadísimo. Aunque entendía que Antonio quisiera brindarle apoyo moral al macho patatas, ¿por qué demonios se le ocurría al muy bastardo involucrarme a mí también? Sabiendo lo mucho que me disgustaba tener que aguantar la presencia del alemán, ¿acaso quería fastidiarme? Porque lo parecía. Pero estaba muy equivocado si creía que cedería: no me daba la gana sufrir la compañía del patatero simplemente porque el idiota de mi novio se había empeñado en no dejarlo solo… ¡Pues que se quedaran juntos! Ya me buscaría yo algo que hacer por mi cuenta, maldita sea.

Por mi cuenta…

Joder, ¡todo estaba saliendo mal! La maldita discusión había logrado que me asolaran de nuevo los pensamientos sobre los problemas que pudieran existir en mi relación… desde luego la disparidad de opiniones era uno, aunque al final siempre encontrábamos la manera de ponernos de acuerdo. Pero… ¿y si llegaba un día en el que no lo consiguiéramos? ¡Agh! Aquello me cabreó todavía más.

Bajé al salón dando fuertes pisotones en el suelo y los escalones para dejar salir mi furia.

No encendí ninguna luz, me encaminé hacia el sofá a oscuras con intención de echarme, dispuesto a pasar la noche allí. Me dejé caer sobre el asiento y, al hacerlo, noté que me senté sobre algo duro que se revolvió y soltó un quejido de dolor.

―¡Aaaaaah!

Me levanté de un salto por el susto.

La luz de la lámpara que estaba junto al sofá se encendió revelando la presencia del macho patatas (con el pelo revuelto y vestido con calzonas celestes y una camiseta de tirantas negra), que se frotaba el bajo vientre con gesto de dolor.

―¿Lovino?

―¿Qué demonios hacías ahí, patatero? Menudo susto me has dado, joder.

―¿Y tú? Te has tirado sobre mi estómago.

―Me he dejado caer, que es distinto. No sabía que estabas debajo ―de haberlo sabido sí que me habría tirado―. Y ahora respóndeme, joder, que yo he preguntado primero: ¿qué hacías ahí?

El bastardo patatero se sentó en el extremo del sofá y se frotó los ojos con cansancio.

―No podía dormir ―dijo finalmente, suspirando―. Supongo que porque me resulta raro estar solo en el dormitorio de Feliciano… o quizás porque me he acostumbrado a dormir en este sofá… después de todo llevo casi una semana haciéndolo.

Joder, por un momento el patatero consiguió darme auténtica pena.

―¿Y tú? ―me preguntó―. ¿Por qué estás aquí abajo a estas horas de la noche?

―He discutido con el idiota de Antonio ―respondí cruzándome de brazos y volviendo la cara hacia un lado.

―Vaya… espero no haber tenido nada que ver con eso.

Abrí los ojos con sorpresa, ¿cómo podía saber el patatero que él había sido el responsable de mi pelea con Antonio?

―¿Po-Por qué demonios piensas eso?

―Porque cuando estoy presente sueles echarme la culpa del noventa por ciento de todo lo malo que te ocurre, aunque realmente no tenga nada que ver.

―Pu-Pues… ¡No te lo tengas tan creído, maldito patatero! ―exclamé apuntándole con un dedo acusador―. No influyes tanto en mi vida, bastardo.

―Mejor entonces.

Gruñendo, me dejé caer nuevamente en el sofá, esta vez en el extremo, lo más alejado posible del macho patatas. No iba a volver arriba, todavía seguía cabreado. Subí los pies al asiento, me abracé las piernas y permanecí en silencio mirando a la nada. El patatero también estaba callado. La situación resultaba del todo incómoda.

―Oye, patatero ―dije sin apartar mi mirada del frente―, quiero aclararte una cosa…

―Ya estaba tardando ―comentó en voz baja y suspiró―. A ver, dime.

―Por si acaso alguna vez se te ha ocurrido pensarlo: que sepas que yo nunca he querido que mi hermano y tú lo dejarais. De hecho, no me alegro por vuestra ruptura.

El patatero no respondió. Volví la vista hacia él para saber el porqué de su silencio y lo encontré mirándome con la boca abierta como si me hubiese salido una segunda cabeza.

―¿Qué?

―No esperaba que dijeras algo así.

―¿Qué demonios te esperabas entonces?

―Una queja, una crítica, reproches, insultos… pero no una declaración así de tu parte. De todas formas, ya lo sabía, pero gracias por decirlo.

―Espera, ¿qué? ―ahora el sorprendido era yo―. ¿Cómo es eso de que lo sabías?

―Me percaté de ello ―afirmó tranquilamente encogiéndose de hombros. Mi cara debía ser un auténtico poema―. Tienes una forma muy peculiar de demostrar las cosas.

―No lo pillo.

―A ver, es más que obvio que no te caigo bien y sin embargo, a pesar de ello, aceptaste que tu hermano y yo mantuviéramos una relación y no te interpusiste entre nosotros. Aunque no me soportes, has aceptado mi compañía cuando Feliciano y yo salíamos contigo o nos quedábamos en casa haciendo cualquier cosa. Puede que me hayas insultado miles de veces, pero nunca le dijiste nada a Feliciano para ponerlo en mi contra o que pensara mal de mí, al menos él nunca me ha referido nada al respecto, y solía contármelo todo con detalle.

Vaya, el patatero había conseguido ver mucho más allá de mi constante mal comportamiento hacia él.

―No tenía por qué interponerme entre vosotros: consideraba que a quien tenías que gustarle era a Feliciano, no a mí ―dije justificándome―. Mientras él fuera feliz y no le hicieras daño, por mí estaba todo bien.

―Eres un buen hermano.

El patatero me dedicó una pequeña sonrisa.

―No tan bueno cuando Feliciano no confió en mí para contarme que os iba mal ―dije triste.

―Sus razones tendría, aunque a decir verdad apenas lo compartimos con nadie.

―¿Se lo contaste a tu hermano?

―Le dije que teníamos algunos problemas, pero no que nos iba tan mal. No quería difundirlo mucho porque pensaba que encontraríamos una solución, y ya conoces a Gilbert: el término discreción no está en su vocabulario. Hasta hoy no se ha enterado de toda la historia.

―Antes le escribió un mensaje a Antonio: quiere que se ocupe de animarte y que no te deje solo.

―Típico de Gilbert involucrar a sus amigos en todo ―suspiró y negó con la cabeza ligeramente―. Sé que está preocupado, pero exagera. De todas formas no hace falta que Antonio se tome ninguna molestia por mí: mañana por la tarde me marcho de vuelta a España.

―¡¿Cómo?! ―me puse de pie de la sorpresa―. ¿Es que acaso no vas a tratar de buscar a Feliciano para arreglar…?

Me callé al ver que el patatero negaba con la cabeza.

―Eso ya lo hice al venir a Roma, pero lo único que conseguí fue empeorarlo todo.

―Pero deberías ir a buscarlo y hablar y…

―Si tu hermano quisiera hablar, ¿no crees que estaría aquí?

Me dejé caer de nuevo sobre el sofá, vencido.

―Erais la maldita pareja perfecta, ¿cómo no va a haber una forma de arreglarlo?

―Gilbert se ha pasado más de una hora tratando de convencerme de lo mismo que tú, pero la decisión ya está tomada. Es preferible ponerle fin a nuestra relación a forzar la situación y que nos hagamos más daño de la cuenta y acabemos peor. Quiero demasiado a Feliciano como para soportarlo. Debemos tomar distancia el uno del otro, es lo mejor.

―¿Y cómo demonios vais a tomar distancia cuando los dos estéis en España? ―razoné―. Porque te recuerdo que vivís, que vivimos, en el mismo puto edificio.

―Ya lo descubriremos cuando llegue el momento.

―Aun así creo que os deberíais despedir en condiciones.

―Es mejor así.

Estaba claro que la decisión del patatero era firme y no había nada que hacer al respecto. No obstante, yo consideraba que mi hermano y él se debían una despedida apropiada (aunque en cuestión de días se fueran a volver a ver en España), sin enfados ni malos rollos entre ellos.

Cabizbajo, me levanté del sofá y caminé hacia las escaleras embargado por una nueva y extraña sensación de simpatía hacia el patatero. Había conseguido darme auténtica pena.

―Lovino.

Me detuve en el primer escalón al oír que el alemán me llamaba desde el sofá. Volví la mirada hacia él.

―Me alegro de que hayamos tenido esta conversación ―dijo con una triste sonrisa dibujada en su rostro―. Creo que es la primera que tenemos de verdad desde que nos conocemos.

Asentí ligeramente y reemprendí mi marcha escaleras arriba.

Antonio dormía tranquila y profundamente en la misma posición en la que lo dejé. Me abracé a su espalda olvidando por completo el estúpido motivo por el que me había cabreado con él, se había diluido mientras hablaba con Ludwig.

Antonio también parecía haberse olvidado de mi enfado por la mañana. Lo había interpretado como uno de "mis arrebatos", en palabras suyas, y no le echó mucha cuenta pensando que se me pasaría pronto. De hecho, ni siquiera consideraba que hubiésemos discutido. Mejor, un problema menos.

Bajamos a desayunar.

El matrimonio greco-japonés, el patatero y el abuelo ya estaban en la cocina. El viejo había traído dulces y preparado café, seguramente acabaría de regresar a casa después de pasar la noche fuera. Nos sentamos a la mesa con los demás.

Antonio empezó a relatar los posibles planes para ese día, pero entonces el macho patatas lo cortó y anunció su inminente partida, sorprendiéndolos a todos, que se quedaron con sus tazas de café a medio camino de la boca o incluso dejaron de masticar. Yo seguí desayunando como si nada.

Tras el impacto inicial de la noticia llegó la ronda de preguntas sobre el viaje. Como el vuelo del patatero salía a las tres de la tarde, Antonio sugirió que podía dedicar la mañana a hacer turismo por la ciudad. El abuelo se ofreció a recogerlo allá donde estuviera y llevarlo al aeropuerto. Prácticamente no le dieron opción de negarse a la propuesta.

―Yo no voy con vosotros ―dije y cogí otro dulce de la bandeja que estaba sobre la mesa.

―¿Y eso por qué, Lovi? ―preguntó Antonio enarcando una ceja, inquisitivo―. ¿Es por lo que hablamos anoche?

Obviamente Antonio no quería mencionar que hablamos del patatero justo delante de él.

―No ―dije con la boca llena. Me tragué el trozo de pastel que tenía en la boca y bebí un sorbo de café―. Primero voy a ir a por mi vespa, que te recuerdo que ayer la dejamos abandonada, y luego me reuniré con vosotros.

―Pero, Lovi, tu vespa no se va a mover de donde está.

―Voy a ir a por ella ahora te pongas como te pongas ―sentencié serio―. Ten el móvil a mano, que luego te preguntaré dónde estáis. O mejor me vas informando tú cuando os mováis.

―Vale.

―Nos vemos luego ―dije dirigiéndome a todos.

Me quedé solo en la cocina terminando de desayunar mientras los demás se marchaban, aunque primero llevaron el equipaje del patatero al coche del abuelo para ir directamente al aeropuerto cuando el viejo lo recogiera más tarde.

El abuelo regresó dentro y se sentó frente a mí en la mesa, mirándome con sospecha.

―¿Qué estás tramando, Lovino?

―¡Nada! ―respondí y terminé mi café, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco―. Sólo quiero recuperar mi maldita moto.

―¿Seguro?

―Sí. ¿Y tú por qué no has ido con ellos o los has llevado?

―Tengo que ir a la oficina a resolver unos asuntos y el sitio al que van está para el lado contrario. ¿A dónde tienes que ir tú?

Mi destino pillaba de camino a la oficina, así que el viejo me acercó en coche hasta el museo, lo que agradecí encarecidamente.

Mi vespa, como dijo Antonio, no se había movido de donde la dejé el día anterior y, por fortuna, tampoco había sido vandalizada durante la noche. Cogí mi casco de debajo del asiento y me puse en marcha, pero no fui a reunirme con Antonio y los demás como había dicho, había otro lugar al que tenía que acudir sin demora y esclarecer una molesta cuestión.

Aparqué la moto junto a la entrada y me encaminé hacia la puerta. Odiaba estar allí, pero no me quedaba más remedio. Llevé mi dedo al timbre y esperé con los brazos cruzados hasta que la puerta se abrió y fui recibido con un nada afectivo saludo.

―Vaya, mira a quién tenemos aquí: ¡el hijo pródigo!

―Hola, mamá.