PERFECTA PARA MÍ
Por: Tatita Andrew
Capitulo #16
Como si hubiera adivinado el pensamiento del muchacho el rubio le dijo
-No te culpes por la muerte de Jimmy.
-Siempre tendré remordimientos.
-Claro que sí. El dolor tardará en desaparecer -admitió Albert-, pero un hombre ha de dejar atrás sus equivocaciones y tratar de mejorar la próxima vez. -Señaló con un dedo al muchacho-. Y aléjate de pendones como Eliza Leagan. Si ella te dejó que la poseyeras, también dejará que cualquier otro hombre lo haga. Dentro de unos años encontrarás a alguien especial.
-Como Candy.
- ¿Candy?
Albert alzó la cabeza con brusquedad. Pensaba que Annie sería la mujer ideal para un joven.
Tom tragó saliva, temeroso de haber suscitado la ira de Albert.
-No quería ofenderte, pero Candy es la mujer más bonita que he visto en mi vida. Jimmy y yo pensamos lo mismo el día que la encontramos en el bosque, aunque entonces su aspecto era desastroso.
Como su ídolo se quedó mirándole sin la menor expresión, Tom prosiguió:
-Es frágil y pulcra, pero no la asustan las tareas duras.
«Candy, tendida entre los tréboles, con la ropa arrugada, se reía de las manchas verdes de sus medias y le pegó en broma cuando él bromeó acerca de un punto húmedo en su rodilla. Candy, que nunca se enfadaba con él por revolver su pelo con los dedos. Candy, con arrugas de concentración en la cara, inclinada sobre las páginas de un libro, que se esforzaba por leer correctamente.»
-Es fina y todo eso, pero también valiente.
- ¿Valiente? -repitió Albert. Era como si estuvieran hablando de alguien a quien Albert no conociera, pero sobre quien deseara recabar opiniones.
-Sí. Cuando tú te ausentaste, ella se encargó de cuidar a los caballos, porque yo me sentía fatal. Al principio le dieron miedo, pero no dejó que eso la detuviera. Quizá no debería decírtelo, pero les da azúcar a escondidas y así ha conseguido que los animales presten tanta atención a las palabras que les susurra como a ti. También me ha perseguido para que la enseñara a montar. Dije que lo haría si tú no te oponías, pero ella explicó que quería mantenerlo en secreto hasta que pudiera darte la sorpresa. Le doy lecciones con una de las yeguas siempre que tú tienes que ausentarte. No te importa, ¿verdad, Albert?
Albert, aturdido, meneó la cabeza. ¿Candy montando a caballo?
-No, creo que ha de acostumbrarse a los caballos, porque estará rodeada de ellos cuando nos establezcamos.
¿Había querido darle una sorpresa?
-Eso es lo que yo pensé -dijo Tom, contento de que Albert no se enfadara con él por tomarse la libertad de enseñar a su mujer a montar-. Tendrías que verla, agarrada a la silla como si le fuera en ello la vida. -Lanzó una risita-. Está aprendiendo a montar a horcajadas, claro, por si no tuvieras una silla de mujer.
-Claro.
-Finge que no lo sabías cuando te dé la sorpresa.
-Por supuesto.
Tom miró hacia el carro con expresión anhelante.
-Ojalá encuentre una mujer como Candy algún día. -Después, temeroso de haber sobrepasado los límites de la amistad, se apresuró a añadir-. Buenas noches, Albert, y gracias por ... gracias por todo.
Desapareció en la oscuridad.
-Buenas noches -contestó Albert, distraído.
El carro estaba a oscuras y tanteó hasta llegar al colchón. Se quitó las botas y los pantalones, y se tendió junto a la forma dormida de su mujer.
- ¿Albert? -preguntó ella.
-Ya he vuelto.
- ¿Le seguiste?
-Le perdí en la oscuridad. Creo que no se escondió por los alrededores. No hay por qué preocuparse.
Candy rezó para que fuera cierto.
- ¿Has cenado algo?
-No tengo hambre.
Un rugido de su estómago le desmintió.
- ¡Sí que tienes! -exclamó Candy. Extendió la mano para acariciarle el estómago, pero erró su objetivo y rozó con los dedos la flecha de vello satinada que apuntaba desde su ombligo hacia abajo.
Albert gimió cuando su cuerpo reaccionó de manera instantánea. La abstinencia que había mantenido durante los días en que Candy había hecho gala de aquel estado de ánimo tan voluble ya le estaba afectando. Cuando Candy iba a retirar la mano, él se apoderó de ella y la apretó sobre su abdomen. Se libró de la ropa interior y le quitó el camisón con la mano libre.
-Tengo hambre, Candy. Dame de comer.
La besó con voracidad, lanzó la lengua rapaz hacia su boca. Describió una senda de mordiscos hasta el cuello. Se demoró en la curva de su seno y vagó sin rumbo hasta encontrar el pezón.
La joven gimió de placer.
-Probaste mis senos una vez. ¿Te acuerdas?
-Oh, Dios, ya lo creo -murmuró Albert, e introdujo en su boca la mayor cantidad de seno posible.
-Ojalá aún tuviera leche. Te daría de comer muy a gusto, Albert.
El gemido que exhaló Albert nació de su corazón, en su alma, y obligó que la mano de Candy descendiera por su cuerpo. Candy sólo se resistió un momento, y luego permitió que él guiara su mano desde la abundante mata de vello hacia su miembro viril. Entonces Albert liberó su mano, para que ella procediera a su antojo.
El rubio, como en estado de trance, susurró el nombre de Candy, lo recitó mientras besaba sus pechos, los acariciaba con la lengua, los mordisqueaba suavemente con los labios. Candy, pensando sólo en lo mucho que lo amaba, recorrió con las yemas de los dedos la dura y aterciopelada longitud de su verga. A continuación, cerró la mano a su alrededor.
Albert emitió una blasfemia, o tal vez una plegaria, cuando los dedos de la rubia pecosa empezaron a tomar nota de la forma, el tacto, la textura y la dureza del miembro. Ella descubrió las primeras gotas de humedad en su pene y las utilizó para lubricar la punta de la verga.
-Oh, Dios, Candy. Sí, sí.
Sus palabras eran inconexas; su respiración, entrecortada.
-Más deprisa, mi amor. Así. Oh, cariño... Oh...
Se precipitó sobre ella y pidió disculpas por su prisa. No fue necesario, porque el cuerpo de Candy estaba transido de deseo y su corazón saltaba de alegría por el regalo que le había ofrecido. Albert se zambulló en su hoguera, y cuando todo hubo acabado, cuando descansó en una neblina dorada de agotamiento y satisfacción suprema, pensó en lo que Tom había dicho. El muchacho tenía toda la razón.
Candy era una mujer muy especial.
…..
Madame Elroy contempló con indiferencia el dibujo a tinta que descansaba sobre el escritorio del abarrotado y chillón saloncito que las chicas llamaban «la habitación del pánico». Retorció un mechón de pelo negro como el azabache alrededor de su dedo. Si le causó sorpresa la cara que la miraba desde el papel, no lo demostró. No enarcó las cejas pintadas, reprimió cualquier movimiento de su cara empolvada, sus mejillas no se tiñeron de color, salvo por el colorete que se había aplicado antes.
-No, caballeros. Ése no es el hombre que envié a la habitación de Pearl la noche que fue asesinada. ¿Están seguros de que no les apetece un poco de jerez?
White saltó de la butaca de brocado rosa, se acercó a la ventana y apartó con rudeza las cortinas con borlas. El detective George, diplomático, paciente e imperturbable como siempre, habló con amabilidad a la mujer, que se había hecho un nombre en el poco tiempo que llevaba en el pueblo. El asesinato de Pearl, al parecer sin motivo, había servido para rodear a sus chicas de un aura de intriga que Madame había capitalizado.
-Madame Elroy -dijo el detective-, recuerde que esto sólo es la reproducción artística de una fotografía. Le ruego que lo mire de nuevo y nos diga si ha visto alguna vez a este hombre en su... local.
-Eso no es lo que me había preguntado, señor George. Usted me preguntó si era el hombre que envié a Pearl, y le contesté que no.
- ¡Estamos perdiendo el tiempo! -estalló White. Se alejó de la ventana y descargó un puñetazo sobre el escritorio de Madame. ¿Por qué intercambia juegos de palabras con esta puta?
Los ojos astutos de Madame Elroy recorrieron de arriba abajo al caballero alto y distinguido, mientras sus labios pintados dibujaban una mueca de desprecio. Había conocido a muchos de su ralea. Aquellos autonombrados guías morales de la comunidad dirigían campañas contra locales como el suyo, pero los frecuentaban con más regularidad que la mayoría de los hombres y solían preferir a las putas más viciosas.
Desechó a White con un delicado resoplido. El hombre de la Pinkerton era un auténtico caballero, pese a ser un representante de la ley. Ella no lo discriminaba a George por que lo fuera. Algunos de sus mejores amigos y fieles clientes habían sido hombres de la ley.
-Por favor, señor White -suspiró George, cansado.
Se arrepentía hasta de haberle mencionado el viaje cuando habían regresado y descubierto que no había Regado ninguna información nueva, se había dedicado a investigar todo el material reunido.
Habían descartado previamente el informe de un agente clandestino destacado, el cual había creído ver a un hombre parecido a Albert Andrew en una taberna de la ciudad. Sin embargo, el asesinato de una prostituta en la misma población constituía una coincidencia que valía la pena investigar. Sin ninguna pista mejor que seguir, White y él habían llegado a la ciudad ferroviaria, y habían decidido interrogar a la famosa Madame Elroy, si bien empezaba a pensar que habían llegado a otro callejón sin salida.
-¿Quién es este hombre? -preguntó con voz sedosa la mujer, en tanto hacía balance del atractivo de George. Quizá le ofrecería una sesión gratuita por su amabilidad, cuando terminaran de hablar de negocios. En cuanto al otro hombre, podía irse a la mierda-. ¿Acaso debo de ser precavida, si me lo encuentro?
-No le diga...
-¡White! -ladró George-. Cierre el pico.
Cuando White se derrumbó de nuevo en su butaca, furioso pero callado, George continuó. A White le molestaba que alguien descubriera el matrimonio de Andrew con su hija porque podría reclamar la herencia, pero George decidió contar a Madame Elroy la verdadera historia.
-Se llama Albert Andrew. Fue miembro de una banda hasta hace unos años. Después desapareció. No ha participado en más golpes, que nosotros sepamos, pero la ley todavía lo busca. El señor White desconocía su verdadera identidad, cuando le contrató para trabajar en su rancho.
La mujer enarcó las cejas de manera harto elocuente y lanzó una mirada burlona en dirección a Elroy. Éste enrojeció aún más.
-Ahora está casado con la hija de White. Los dos se fugaron con las joyas de la familia, sin dejar ni rastro. El señor White, naturalmente, está preocupado por su hija.
-¿Por qué? -preguntó Madame con calma.
-¿Por qué? -Pese a las advertencias de George, White volvió a saltar de su butaca-. Ese hombre es un criminal, un asesino, un ladrón. Sólo Dios sabe qué padecimientos le habrá infligido.
Madame pensó una vez más en aquella sorprendente joven que andaba con paso orgulloso y altivo por entre la hierba alta, y pensó que sabía cuidar muy bien de sí misma.
-No es el hombre que subió a la habitación de Pearl aquella noche -repitió.
-En ese caso, ya le hemos robado bastante su tiempo -George se dispuso a levantarse-. Gracias.
-No obstante, él estuvo aquí.
No hablar a la ley de un hombre alto y apuesto que la había rechazado porque estaba demasiado enamorado de su bella esposa, era una cosa, pero guardar silencio sobre un hombre alto y apuesto que era un famoso criminal, que había sido miembro de una banda delictiva, era abusar de la generosidad limitada de Madame Al fin y al cabo, ella tenía que pensar en el negocio. Y habladurías, estratégicamente esparcidas, de que había recibido en su propio burdel al forajido Albert Andrew sin saberlo, tal vez...
Contempló el dibujo que descansaba sobre el escritorio, y pensó en el talento de aquel hombre. El fuego azul de sus ojos podía fundir el corazón de la mujer más fría, y Madame lo había experimentado con más de un hombre. Sus caricias combinaban la rudeza necesaria para producir excitación y la suficiente ternura para que una mujer se sintiera adorada, en lugar de utilizada. Ella había sentido deseo por él. Cuando había manoseado sus senos, un ronroneo de placer se había formado en su garganta.
Pero también recordaba que aquel hombre había rechazado sus brazos ansiosos, que se había soltado de su pesa, borrado su beso de la boca y contemplado su cuerpo desnudo con repugnancia, dirigida tanto a él como a ella. ¿Cómo podía una mujer defender a un hombre que había rechazado lo que otros compraban generosamente?
Madame había captado la atención de los dos hombres. Extendió la mano hacia el canterano de jerez que descansaba sobre el escritorio.- Poco a poco, con respeto, los dos caballeros volvieron a sentarse. Madame sirvió el vino en una copa de cristal, que tendió al señor White. Sus labios se curvaron en una sonrisa cordial, pero sus ojos continuaban siendo gélidos.
-¿Un poco de jerez, señor White?
White extendió la mano hacia la copa, mientras mordisqueaba sin piedad la parte interna de su mandíbula.
-Sí. -Como ella no soltó la copa al instante, añadió-: Por favor.
….
Candy se detuvo para recuperar el aliento. El tiempo era fundamental, y se estaba agotando. Albert llegaría de un momento a otro para cenar. Había salido para dar un paseo por el campamento, y pronto estaría de vuelta.
Se secó la frente sudorosa con la manga y empujó una vez más la cómoda, que se movió apenas unos centímetros. Lo intentó de nuevo, y aplicó todo su peso sobre el mueble. Esta vez logró apartarlo del costado que estaba contra la pared.
Si las joyas existían y estaban en el carro, Candy sabía que debían estar escondidas bajo la cómoda. Había mirado en todas partes. Durante días, en cada momento libre, había registrado, alzado las tablas y buscado por todos los escondites posibles. No había encontrado nada y estaba al borde de la desesperación.
Si podía evitarlo, no iban a capturar a Albert con joyas robadas en su posesión. Le explicaría cómo había averiguado lo de las joyas en el momento adecuado..., si es que tenía la ocasión de hacerlo. Ella seguía creyendo que Albert no sabía nada de aquellas alhajas. En el ínterin, estaba dispuesta a hacer cuanto estuviera en su mano para protegerle de García y de los hombres que le perseguían.
Se puso de rodillas, cogió la lima que le había facilitado levantar otras tablas y la encajó entre las rendijas. Se puso a subirla y bajarla, el sudor que caía sobre sus ojos la molestaba, por fin consiguió alzar parte de la tabla. Deslizó la mano por debajo, mecánicamente, sin la menor esperanza.
Su aliento se detuvo al mismo tiempo que su mano se inmovilizaba. Pues en lugar de palpar la tosca superficie inferior del piso, su mano había entrado en contacto con algo blando.
Miró debajo de la tabla, al tiempo que su mano se apoderaba del objeto blando y lo extraía. Vio que se trataba de una bolsa de terciopelo negro, de unos veinticinco centímetros de largo y quince de anchura, atada con un cordel de seda negra por la parte superior. Era pesada.
El sudor resbaló por sus sienes y entre los senos de Candy, cuando desató el nudo e inclinó la bolsa sobre su palma. El contenido se desparramó. Su fuerte exclamación resonó en la casa silencioso, golpeado por el sol. El pulso ensordecedor que latía en el interior de su cabeza apagó los ruidos procedentes del exterior.
Su mano estaba llena de objetos hermosos. Nunca, hasta entonces, había visto una joya, excepto las baratijas del buhonero y algún ocasional camafeo o medallón que las señoras se ponían los domingos. Contempló con reverencia las piedras resplandecientes multicolores, que mojaron los colores del arco iris sobre las paredes su casa, cuando captaron el brillante sol de la tarde que se filtraba por los resquicios. Anillos, pendientes, brazaletes, collares, broches, algunos con engastes de oro y plata, complejos y frágiles como telarañas. Candy no apreció su valor monetario. Sólo se deleitó en su belleza.
Salió de su ensueño y guardó los objetos en la bolsa. ¿Qué podía hacer? Si la escondía en otro sitio antes de entregarla a Garcia, cabía la posibilidad de que Albert descubriera su desaparición. Claro que ella estaba segura de que su marido desconocía su existencia, ¿no? ¿No era así? En cualquier caso, era mejor dejarlas donde estaban, aunque eso significara volver a mover la cómoda.
Acababa de devolver la bolsa a su escondite y poner la cómoda en su sitio, cuando Albert abrió de improviso la puerta.
-¿Qué estás haciendo?
Candy estaba inclinada sobre la cómoda para recuperar el aliento, y giró en redondo cuando oyó su voz, abrumada por un gran sentimiento de culpabilidad.
-Nada -se apresuró a responder. Tragó saliva y rezó para que su corazón se tranquilizara. ¿Era su marido un ladrón?
-Tienes las mejillas coloreadas.
-¿Sí? -Se llevó las manos a su cara enrojecida-. Tengo calor. No corre nada de aire. Aún no he tenido tiempo de lavarme.
Albert sonrió y entró.
-Vamos a nadar.
Se acercó a Candy, enlazó las manos alrededor de su cuello. La boca de Albert estaba caliente cuando cubrió la suya, sorbió su sabor, bañó su húmedo labio superior con la lengua.
-Estás salada.
Los músculos de Candy se licuaron, como le sucedía siempre que él la besaba. Pese al calor, se apretó contra él y apoyó las manos sobre su pecho. Tenía la camisa mojada.
-Ya te he dicho que aún no me he lavado.
-Ni yo tampoco. Estoy cubierto de polvo. Vamos al río-murmuró en su cuello. Sus manos habían encontrado los senos de Candy y se dedicaban a masajearlos con indiscutible talento-. Nos quitaremos toda la ropa y...
-No. -Ella le apartó y se libró de sus manos-. No puedo hacer eso. Alguien podría vernos.
Albert rió de su indignación, pues su arrebato había provocado que los rizos saltaran alrededor de su cabeza y sus ojos centellearan como cometas.
-De acuerdo. Yo me quitaré toda la ropa y tú te bañarás en camisa.
-No sé nadar -replicó ella con mojigatería.
Había aprendido a coquetear en los últimos tiempos. No sabía cómo lo llamaban, ni siquiera era consciente de que ella actuaba con coquetería- Sólo sabía que cuando era traviesa y conseguía que Albert la persiguiera, él parecía disfrutar más. Le dio la espalda y se encaminó al extremo de la habitación.
Los brazos de Albert la enlazaron por detrás. Apretó la espalda de ella contra su pecho y empujó sus caderas contra el trasero de Candy. Una mano se cerró sobre un seno y movió el pezón con el pulgar. La otra descendió por su estómago, y unos dedos hurgaron en sus entrañas.
-Entonces haremos algo que sí sepas hacer. Como esto. Sabes hacerlo, ¿verdad?
-Hummm... -ronroneó Candy, y cabeceó-. Tú me enseñaste.
Se dio la vuelta en sus brazos y durante varios minutos se fundieron en un beso. No sólo participaron sus bocas, sino también sus cuerpos. Los senos de Candy se aplastaron contra el pecho de Albert, y ella frotó la erección con su montículo.
-Dios bendito -masculló Albert, y la apartó con un suave empujón -. Tienes razón. Hace un calor espantoso. -Tenía la cara perlada de sudor-. Vamos y bajemos al río.
La ayudó a descender por las escaleras, y mientras caminaban con las manos enlazadas, Albert se preguntó desde cuándo la sola idea de hacer el amor se le antojaba divertida.
CONTINUARÁ….
Después de mucho tiempo vengo a actualizar capitulo para darle un final a esta historia que me he dejado en stop por mucho tiempo. No estaba muerta andaba de parranda jiji nahhh es un gusto estar de regreso gracias por sus comentarios los he leído todos me da motivación para seguir terminando historias inconclusas. Y quizás algunas nuevas.
