PERFECTA PARA MÍ
Por: Tatita Andrew
Capitulo #17
Cuando Candy despertó a la mañana siguiente, Albert seguía dormido. La noche había sido muy movida. Primero habían pasado una hora en el río. Después Albert le había dado un susto de muerte cuando se zambulló durante lo que ella calculó cinco minutos seguidos. Gritó su nombre histéricamente, y escudriñó la superficie del agua, bañada por la luz del crepúsculo. De pronto, Albert emergió rugiendo del agua como un monstruo marino.
-Oh, podría matarte.
Candy salió en su persecución, estorbada por la corriente y las rocas resbaladizas. Sentía alegría al sentirse fresca por primera vez desde que se había despertado.
-Bésame, a cambio -dijo Albert, y lanzó una carcajada al presenciar los esfuerzos que hacía Candy para moverse en el agua. La cogió por los brazos y la atrajo hacia sí. Capturó su boca, se balancearon en la corriente, paladeando su mutuo sabor cálido.
-Nadar con esa camisa tiene sus ventajas -comentó Albert cuando soltó su boca.
Candy bajó la vista y vio que la delgada tela se amoldaba a sus formas, y revelaba más que cubría. Sus pezones eran faros impúdicos y rosáceos. justo entonces, pudo ver que al ir en la persecución del rubio el borde de encaje de la camisa de Candy la prenda estaba hacia abajo. Su piel apareció blanca, húmeda, brillante a la luz del atardecer, suave como el mármol, coronada por aquel delicioso pico.
Fue demasiado para Albert, que emitió un gruñido gutural y deslizó una mano por debajo de su seno, lo liberó de la tela y bajó-la boca hacia él. Besó la suave curva, se apoderó del pezón y tironeó con suavidad, mientras pintaba círculos a su alrededor con la lengua.
-Albert, Albert -murmuró Candy.
Lágrimas de amor y felicidad inundaron sus ojos. Deseó que el momento se prolongara eternamente, pero notó la erección de Albert contra su muslo. Apoyó la mano en su mejilla y le apartó con dulzura la cabeza.
-No nos hemos alejado lo suficiente. Alguien podría vernos, ya está amaneciendo.
Los ojos de Albert reflejaron el dosel verde de las ramas que se alzaban sobre sus cabezas cuando sonrió. Candy nunca le pediría que parara, pero Albert entendió su mensaje. Volvió a cubrir su seno con reverencia.
-Creo que ya tendrás ganas de cenar. Yo, al menos, estoy muerto de hambre.
Una vez más Candy deseó llorar por el amor que sentía hacia Albert.
Más tarde la pecosa se extasió contemplando la forma dormida de su marido y no pudo creer que Dios hubiera tenido la bondad de entregárselo. Como para reprenderse, sus ojos se desviaron hacia la cómoda y volvió a la realidad. ¿Cuándo volvería García?
Apareció aquella misma mañana, cuando Albert fue a buscar agua al río.
-Buenos días, señora Andrew -dijo.
Lydia se volvió poco a poco y le dedicó aquella mirada de desdén que a él siempre le enfurecía, tratando así de disimular su miedo. No dijo nada.
-¿Las has encontrado?
-Sí.
La codicia iluminó los ojos de García, pero Candy no se movió.
-Vamos, puta estúpida, dámelas antes de que alguien nos vea.
-No puedo. Están demasiado bien escondidas y tardaré un poco en sacarlas.
García blasfemó, irritado, y estuvo a punto de abofetearla, pero el pueblo empezaba a mostrar cierta actividad y sabía que no debía llamar la atención.
-Esta noche, pues.
-En mi casa no. Dijo ella con severidad.
-Cerca del corral, después de que todo el mundo haya encerrado a los caballos. -Candy asintió. García se dispuso a desaparecer entre los árboles, pero antes se volvió hacia ella-. Será mejor que no faltes a la cita, jovencita, si sabes lo que te conviene.
Candy asintió de nuevo.
Esperó con temor el ocaso.
Y éste llegó, lavanda, púrpura y dorado. Había preparado la cena para cuando Albert regresara al carromato. No le resultó fácil, pero había logrado recuperar la bolsa de las joyas durante el descanso de mediodía.
Un ambiente expectante reinaba en toda la ciudad. Faltaban escasos días para decidir su destino. Leagan confiaba que en al cabo de dos días o después de tres que tardarían en ver si el pueblo había prosperado económicamente después que todos habían trabajado en conjunto en hacerlo el mejor de aquel lugar. La mayoría de los miembros del pueblo continuarían su viaje, a la otra ciudad después de repartirse las ganancias que se habían generado por la cría de caballos, eran miles de ejemplares no se podía negar que el pueblo había cambiado muchísimo, pero el grupo se separaría en aquella ciudad. Todos empezaban ya a decidir si se iban a establecer allí definitivamente o seguirían su camino a la otra ciudad. Algunos ya habían intercambiado direcciones de parientes donde estarían localizables hasta que se establecieran definitivamente.
Candy fue a hablar con Leagan después de cenar. Pony se había llevado a uno de sus hijos más pequeños a dar un paseo y se detuvo a charlar con la señora Sims, mientras sus dos gemelos gateaban a su alrededor. A Candy no le costó nada deslizarse hasta el corral, sin ser vista.
Caminó bien tiesa y con aire digno, aunque iba temblando de miedo. ¿Se libraría por fin de García?
Ella había creído que estaba muerto, y sin embargo él había resucitado para atormentarla de nuevo. La idea de entregarle las joyas de su hermana Annie le parecía de lo más bajo, después de todo su hermana había sido la esposa de su Albert y aunque no había podido compartir más tiempo con ella, la quería siempre iba a estar agradecida con su hermana, ya que gracias a ella había cambiado su vida, había llegado a ese lugar y conocido personas maravillosas, y gracias a ella estaba viva su hermana había dado su vida por salvarla de García. pero también le aterrorizaba que pudieran apresar a Albert con ellas en la casa. Si García se apoderaba de esas alhajas, se marcharía y nunca volvería a molestarles.
Candy no le vio cuando se materializó detrás de ella. La detuvo agarrándola por el pelo.
-¡Uh! -dijo en voz baja.
Candy liberó su pelo y giró en redondo.
-Quítamelas manos de encima.
Hablaron en susurros mientras se adentraban en un bosquecillo. Ni siquiera los caballos del corral cercano dieron cuenta de su presencia.
-Si me tocas otra vez, Albert te matará.
García exhibió una desagradable hilera de dientes cariados y manchados de tabaco cuando sonrió.
-Pero no va a enterarse, ¿verdad? ¿Vas a decírselo? Yo no. Sobre todo si has traído las joyas.
-Las he traído. -Sacó la bolsa del bolsillo y se la tiró-. No vuelvas a molestarme nunca más.
Candy intentó alejarse.
García le impidió el paso apoyando la mano sobre el tronco de un árbol. Estuvo a punto de golpearla en la barbilla. Ella retrocedió, desconcertada. Cuando se recuperó, estaba acorralada contra el árbol. García, aunque no la tocaba le había impedido el paso con su cuerpo corpulento.
-Estás muy agresiva, jovencita. Muy agresiva. No sé si eso me gusta o no.
-Deja que me vaya. O vas a ver de lo que soy capaz.
Candy intentó alzar la rodilla. En una ocasión le había golpeado en la entrepierna con la rodilla, y descubrió al instante que era un método seguro de impedir sus acosos.
García esquivó su rodilla.
-Estás consiguiendo que me irrite, jovencita. Y que me ponga cachondo.
Su aliento fétido golpeó el rostro de Lydia como una bofetada. García era el ser más repugnante que había conocido.
-No -sollozó la joven, y se puso en guardia. No permitiría que volviera a ocurrir. Que ese asqueroso hombre volviera a hacerla sentir sucia con su acoso. Después de Albert, no. Antes García tendría que matarla.
-Apuesto a que te mueres de ganas por tenerme entre las piernas, en lugar de a ese forajido con el que te has liado. Seguro que sabe montar mejor sus caballos que a ti.
-Oh, Dios, no.
-Me has echado de menos, ¿eh?
Lydia no chilló, porque un solo grito alertaría a todos en el pueblo y todo el mundo acudiría corriendo. Verían a García. Sabrían que ella había ido en la noche a encontrarse con él. Que les diría... Oh, Dios. ¿Qué podía hacer? Albert jamás debía averiguar lo de García, porque ella conocía muy bien a su marido, aunque la trataba con respeto aún tenía dudas de su pasado, y si la viera en esa situación con un hombre en la oscuridad ¿sería capaz de quedarse con ella si García la deshonraba? No. Se revolvió y arañó su cara con las uñas.
García la agarro de los hombros con fuerza mientras le dijo.
-Eres una maldita te enseñare a respetarme.
-No, no, no.
Le tapó la boca con una mano y golpeó su cabeza contra el árbol.
-¡Candy!
Su nombre surgió de la nada y sonó con mucha más intensidad de la real. García dio media vuelta. El hombre y él se miraron durante un momento interminable, ambos se hallaban paralizados por la sorpresa. Después el otro hombre echó hacia atrás la cabeza y emitió un grito de furor mientras se precipitaba hacia García con la intención de estrangularle.
-¡No, Terry! -chilló Candy.
Demasiado tarde. García, con un placer casi lascivo y no poco desprecio hacia el hombre de facciones delicadas, vestido con un traje blanco, sacó la pistola de su cinturón y empezaron un forcejeo por el arma.
El sonido del disparo resonó en el silencio de la noche.
-Me cagüen su alma -maldijo García, mientras contemplaba con odio no disimulado al hombre caído en tierra, y después a Candy.
-Terry -gritó la muchacha, y se dejó caer junto a la figura ensangrentada.
-¡Mierda! exclamó García, antes de correr hacia los árboles.
Candy ni siquiera se dio cuenta de que García huía. Miraba horrorizada la mancha escarlata que aumentaba de tamaño con alarmante rapidez sobre la camisa de Terry.
-Terry, Terry -sollozó, inclinada sobre él.
Pensaba que estaba muerto, pero los ojos del joven se abrieron con un gran esfuerzo.
-Candy... ¿Estás bien?
-Sí, sí.
Las lágrimas resbalaron por su cara hasta la barbilla, y cayeron desde allí como gotas de lluvia para mezclarse con la sangre que encharcaba desde un costado del cuerpo de Terry.
-No hables -dijo. Agitó las manos sobre la sangre, como para cicatrizar la herida.
-No me he portado... como un hombre... en los últimos tiempos. -Candy aferró su mano y se la llevó a la mejilla-. Al menos..., moriré... como tal. -
No hables, por favor. ¡No te mueras!
Terry sonrió.
-Es mejor..., mucho mejor así, amiga mía.
Sus ojos se cerraron, y después de exhalar un suspiro estremecido, se quedó en total silencio. Terry susurró su nombre, a sabiendas de que él ya no podía oírlo. Movió su cuerpo un poco, como si buscara que le volviera a hablar.
Fue entonces cuando vio la bolsa de terciopelo aprisionada entre los dedos de Terry. Se la había arrebatado a García. El ataque de Terry había sorprendido tanto a su hermanastro que no se dio cuenta de que había perdido su ansiado tesoro.
Alguien gritó su nombre. Albert. Pony. Pasos apresurados se oyeron entre los árboles. Ramas cubiertas de hojas fueron apartadas a un lado. Cada vez más cerca.
Como un autómata, se apoderó de la bolsa y la escondió en el bolsillo de su vestido, justo cuando Albert salía del bosquecillo.
-¡Candy! -gritó. Se paró en seco cuando la vio inclinada sobre Terry.
-Que alguien nos ayude -exclamó Pony, mientras se arrodillaba junto a Candy a darle los primeros auxilios al hombre. Grito con furia-. Que los niños vuelvan a su casa.
Candy miró a Albert por encima del cuerpo sin moverse de Terry. Sus ojos estaban bañados en lágrimas.
-Albert! -gritó, y extendió la mano hacia él.
Varias personas rodearon a Albert, mientras éste continuaba petrificado, contemplando a su mujer con el cabello revuelto y derramado sobre la espalda, el vestido desgarrado, y en el cuello y brazos arañados y amoratados. Presintió el grito feroz que se abría paso en su pecho antes de que surgiera por su boca. Apartó a los demás a empujones y la obligó a ponerse de pie.
Candy, incapaz de sostenerse, se aferró a su hombro.
-Cúbrete -susurró Albert en su oído.
Le miró fijamente, incapaz de comprender su enfado. Albert aferró con rudeza los bordes del corpiño y le cubrió el pecho.
-¿Qué ha pasado, señora Andrew?
Leagan tuvo que repetir la pregunta varias veces antes de que penetrara en su cerebro aturdido. ¿Por qué la miraba Albert con el ceño fruncido? ¿No se daba cuenta de que había intentado protegerle? «Mi amigo estaba a punto de morir por mi culpa», quiso gritar a su rostro frío y hosco.
Atontada, se volvió hacia Leagan y los demás, que esperaban oír su relato.
-¿Qué? Ah, un hombre -tartamudeó-. Yo estaba paseando. Un hombre...
-¿Qué hombre? ¿Lo había visto antes?
Miró a Terry corno si no lo conociera. ¿Por qué les preocupaba Terry? Estaba muriéndose y desangrándose por su culpa. Él le había prestado libros. Albert la había ayudado a leerlos.
-Oh... No, no, no -dijo, moviendo la cabeza negativamente-. No me atacó. El señor Terry... -Su voz tembló de una forma incontrolable. El solo intentó ayudarme.
-Ya es Suficiente, caballeros -dijo Pony, mientras rodeaba a Candy con sus fornidos brazos-. Yo me ocuparé de Candy. Da la impresión de que alguien intenta vengarse en este pueblo. Será mejor que vayan a por él. No habrá ido muy lejos.
Nadie había reparado en que el sirviente de Terry había salido de entre los árboles. Se había mantenido alejado de los demás, con la vista clavada en el cuerpo de su amigo. Recordaba el día en que Terry nació. Se había celebrado una fiesta en la mansión. Entonces él sólo era un ayudante de criado, pero había tomado cariño al joven amo. Le había querido siempre, porque Terry le trataba como a un hombre, no como a un empleado.
-Creo que deberíamos llevar al señor Terry con el médico del pueblo... empezó Leagan, con la sensación de que todo el peso del mundo había recaído sobre sus hombros.
-Yo me ocuparé.
Su fiel ayudante alejó a los demás con un ademán digno y se arrodilló junto al cuerpo a él. Levantó en brazos, con el cuidado que una madre pone al coger a su hijo, y lo llevó hacia su carreta. La única demostración de su dolor fueron las lágrimas que convertían sus ojos en espejos oscuros.
Una vez bajo la protección Pony, entregada a los cuidados de Mamá, Candy dio rienda suelta a su dolor y desesperación. Primero Annie, luego Jimmy, ahora Terry. Hasta cuando García dejaría estela de muertos con las personas que ella más amaba. Los dos habían muerto por su culpa. Por su culpa. Basura. Era indigna de todos ellos. Si Terry tenía el mismo destino no se lo perdonaría nunca si se moría por su culpa.
-¿Dónde está Albert? -preguntó.
¿Dónde está? ¿Por qué la había mirado con tanto odio? ¿Había averiguado lo de García?
-Ha ido en busca de tu atacante. Sospecho que también es el asesino de Jimmy. Bebe té.
-¿Y Terry?
-Tranquila le dieron los primeros auxilios tuvieron que llevarlo al pueblo próximo para saber la gravedad de su herida. Intenta dormir un poco y olvidar todo lo que ha ocurrido.
-No puedo. Ellos han muerto por mi culpa.
-No digas tonterías, Candy. No ha sido por tu culpa.
Sus palabras no le sirvieron de consuelo, y finalmente Mamá Pony la dejó sola para que llorara, hasta que se sumió en un sueño provocado por el agotamiento.
Tuvieron noticias del señor Grandchester a la mañana siguiente. Candy estuvo al lado de su marido, con los ojos secos y la expresión impenetrable. Había orado hasta desecarse. No hablaron. La noticia es que habían logrado salvarle la vida la bala no había comprometidos órganos internos, pero se había desmayado por la perdida de sangre, tendría que quedarse por una semana en el otro pueblo hasta que estuviera recuperado del todo. Para la rubia había sido un total alivio saber que no tendría que cargar con una muerte más sobre sus hombros.
Nadie la culpó, sino que la compadecieron. Afirmaron que había tenido suerte de no acabar asesinada también. «O algo peor», susurraron las mujeres a sus espaldas. Sus condolencias por el horroroso trago que había sufrido sólo consiguieron que Candy se sintiera peor. No merecía su compasión, sino sus acusaciones. Albert no le ofreció ni una palabra de consuelo.
Viajaron todo el día. Estaban demasiado cerca de su destino para tomarse un día de descanso, ella deseaba saber que lo que decían era cierto que Terry se encontraba fuera de peligro aunque los temores de todo el mundo se habían renovado a causa de otro intento de asesinato en el pueblo.
Albert, como siempre, condujo la carreta de. Los demás se apartaron de su camino para no molestarle. El rubio seguía sin hablarle ni preguntarle nada ni siquiera la miraba a los ojos así llegaron a un pequeño consultorio médico en el otro pueblo. Antes de que la dejaran entrar para ver a Terry se encontró con su ayudante.
-Lo siento, Scott -dijo ella.
-Él lo habría preferido así, señorita Candy. Fue mejor así el está mejor ahora y no se hubiera perdonado no haberla podido ayudar.
-Eso dijo -susurró la joven. Se aferraba a todo cuanto pudiera mitigar su sentimiento de culpabilidad-. Me lo dijo antes de desmayarse.
-Fue sincero. Él pensaba mucho en usted. Hubiera muerto por protegerla.
-Gracias, Scott.
Apretó agradecida las manos de su amigo.
Al entrar a la habitación donde se encontraba Terry olía a medicina, conocía muy bien ese olor, ella era quien cuidaba a su madre luego que quedó paralitica hasta su muerte. Intento no hacer ruido Terry se encontraba tan indefenso y vulnerable se hallaba con los ojos cerrados. Pero en cuanto sintió su presencia abrió los ojos y sonrió un poco.
-Terry… Terry gracias a Dios estas bien, no me hubiera perdonado si algo….
-Sh….. calla Candy. Estoy bien hace falta más que un rozón de bala para acabar conmigo ¿Tu te encuentras bien? Lo miro preocupado.
-Gracias a ti lo estoy Terry si no hubieras llegado no sé qué hubiera ocurrido.
-Te seguí Candy vi que tu esposo estaba hablando con Leagan y se me hizo raro que no estuvieras con Pony. Y de pronto te vi caminando a oscuras hacia los corrales se me hizo extraño que escogieras ese lugar para dar un paseo. Le dije a Scott que se quedara vigilando a que hora tu esposo se iba no quería tener otro encuentro con él. Y que por mi culpa tuvieras otro problema con él. Por algún mal entendido que nos viera a esas horas y a oscuras en los establos. Pero en cuanto llegue vi a ese hombre asqueroso intentando hacerte daño, y aunque me ganaba en fuerza y tamaño no dude en defender a mi querida amiga. Al notar que estaba armado.
-Terry es mi culpa es mi culpa no debía haber ido allí.
-¿Pero quien es ese tipo Candy? ¿Lo conoces? ¿Cierto?
Ella solo calló.
-No tienes que decirlo se que lo conoces, porque al forcejear con él pude percatarme de que llevaba una bolsa con valiosas joyas y vi la oportunidad y las tome antes de que el arma se disparará. ¿De quien eran esas joyas? Candy respóndeme se que una chica como tu no. No tendría esas joyas tan valiosas, y no es que no las merezcas, pero son de demasiado valor Candy, ¿Son robadas?
-No lo se Terry créeme que no lo sé. Todavía no puedo decirte quien es ese hombre solo te puedo decir que me quiere hacer daño a mi y a mi esposo, y que no se como supo de esas joyas, pero me estaba chantajeando para que se las entregue. No se si esas joyas eran de mi hermana o Albert tiene algo que ver. No lo sé. Solo sé que tengo que defender a mi esposo. No puedo dejar que nadie sepa de la existencia de esas joyas van a pensar que mi esposo las robo porque están en nuestra casa.
-Lo entiendo Candy que quieres proteger a tu esposo, pero te estas enfrentando a alguien desalmado, y sin corazón ese tipo no tiene el menor respeto por las personas Candy, estas en peligro y las personas del pueblo, y sobre todo, no soy yo para decirte que debes hacer pero es hora de que se cuenten todos los secretos con Albert. Si tienes un pasado el también lo tiene se escucha cosas de él, entonces deben sincerarse por el bien de tu matrimonio. Y por sus propias vidas.
Candy se despidió de su amigo y se quedó pensando en sus palabras sería la hora de contarle toda la verdad a Albert, decirle que recupero la memoria, lo de García, lo que había descubierto las joyas, quería conocer también quien era su esposo. Sería más fácil si ella decidiera hablar.
Al salir le invitaron a Scottt a cenar con Albert y ella, pero él se negó y regresó habitación de su jefe no quería dejarlo un segundo solo hasta que le dieran de alta. Por lo que decidieron regresar al pueblo durante el trayecto no hablaron nuevamente ninguna palabra. Solo cuando Albert preguntó como estaba Terry, ya que esté no había querido entrar, no le gustaban los centros médicos ni el olor a enfermo. Ella le respondió que en pocos días le darían de alta, solo fue eso y continuaron el camino de regreso en total silencio.
En la noche cuando Albert apareció a la hora de cenar, mostró la misma reserva silenciosa que manifestaba desde que la había visto inclinada sobre el cuerpo desmayado de Terry. Cenaron en silencio. Candy apenas podía ver sus ojos, ocultos bajo las espesas cejas, pero sabía que no la miraba. Era como al principio, como si su visión le resultara repulsiva.
Cuando se retiraron al dormitorio, Candy tenía los nervios a flor de piel. García había intentado violarlar (ahora ya conocía el significado de la palabra). Casi había visto morir a su amigo. ¿No merecía un mínimo de compasión?
La indiferencia de Albert la enfurecía. ¿Acaso no debía respetar sus sentimientos? Después de ponerse el vestido de dormir, se volvió hacia Albert, dispuesta a obligarle a confesar sus preocupaciones. Vio que él estaba enrollando unas mantas.
-¿Qué haces?
Hacía semanas que no dormían separados.
-Voy a dormir fuera.
Ella se humedeció los labios.
-Me gustaría que te quedaras aquí conmigo... y... Hablemos -Él siguió trajinando, sin mirarla. Candy no quería admitir cuánto echaba de menos el consuelo de sus brazos. Utilizó otra excusa-. Ese hombre podría seguir merodeando por los alrededores. Me sentiré más segura si te quedas.
Albert se encaminó hacia el extremo del cuarto. Se detuvo, dio media vuelta y paseó la mirada por su cuerpo con evidente desagrado. Lanzó una carcajada desdeñosa.
-Candy, hasta un imbécil se daría cuenta de que eres perfectamente capaz de cuidar de ti misma.
Le dio la espalda de nuevo. Aquel desprecio, aquella expresión relamida en su cara, la encresparon hasta extremos inimaginables. Se abalanzó sobre él.
CONTINUARÁ….
Hola a tod s regresando con actualización para darle fin a esta historia espero les guste el capítulo. Saludos se les quiere.
