Estaban a pocas horas del Festival de las Luces; los ánimos se encontraban disparatados en el palacio de las Tierras del Oeste, no sólo por el entusiasmo que había por dicho evento sino también por los polémicos rumores que rondaban entre las familias visitantes. Desde chismes involucrando al Amo de las Tierras encaprichado con una humana hasta la repentina visita del "bastardo del Oeste" como muchos se referían hacia InuYasha. Pero ninguno era lo suficientemente peligroso y lastimero para la reputación de los clanes como para que desistieran de intentar concretar una provechosa relación.
Todos buscaban el premio mayor, emparentar a sus hijas con Sesshomaru. Pese a los rumores y a la fama de su familia que por tantos años se había sostenido por los "traspiés" de su difunto padre, el youkai seguía siendo de los mejores prospectos en los Cuatro Territorios. Pero como era de esperarse, nada de eso era de importancia para el joven asediado. Ninguna de esas mujeres estaba en su mira y mucho menos ahora que sabía que la mujer para la que sólo tenía ojos finalmente había tomado una decisión.
Las palabras de Shippo lo habían dejado perplejo pero creyó por completo todo. Había visto aquella noche en los ojos de Rin y escuchado en el timbre de su voz que no deseaba esposarse con Kohaku. El youkai no podía negar que estaba por demás aliviado ya que, en aquella ocasión que había forzado esa distancia, pidiéndole al exterminador que la llevara de vuelta a la aldea, bloqueando toda oportunidad de que fuese rastreado por la chica, no podía negar que por su mente había cruzado la idea de que era de esperarse que ambos humanos consumaran una vida juntos. La idea en su momento no le era lo suficientemente desagradable como para hacer más que experimentar una leve irritación. Creía comprender su sentir, sus impulsos; se sabía protector con ella de una manera distinta pero jamás se imaginó que esa necesidad por protegerla se transformaría en un deseo totalmente diferente.
Si bien al saber de la llegada de su medio hermano junto con Shippo y Kohaku lo había descolocado. Pudo sentir un dejo de gratitud de que el destino parecía acelerar ese proceso de realización para Rin y por ende, también para él. Pero… ¿Cómo jugaría su estrategia ahora? Quedaban pocos días para encontrar una solución.
Mientras tanto, Rin buscaba el valor para enfrentarse a lo que vendría esa noche. Había hecho una promesa y era la de no permitir que su señor se viera condenado a una vida de infelicidad, no tras conocer la historia que perseguía a la familia del Oeste, tras saber el pasado tan tortuoso que se hallaba plasmado en el origen de InuYasha, quién por cierto, estaba preocupado por ella y encontró el momento para sacarla de sus cavilaciones mientras se hacía cargo de unos arreglos en el jardín.
-Hey… Ya eres toda una capataz en el palacio- le dijo mientras se acercaba tanteando las aguas, asimilando si la chica se encontraba de humor o no.
Rin quién se encontraba hincada sobre la tierra, recortando pedazos secos de algunos arbustos, buscando la manera de hacerlos ver aún más sanos y rebosantes alzó el rostro. Apenas le dedicó una sonrisa y se encogió de hombros. -¿Qué puedo decir? ¿Lo hago bien?-
-Eso sólo lo puede responder tu Amo-
La chica pudo distinguir el tono receloso con el que su amigo decía aquello pero no era de sorprenderse. InuYasha no conocía a Sesshomaru como ella y sabía que reprobaba la situación…
-¿Tú no harías hasta lo imposible por estar con la persona que amas?-
Aquello causó en el hanyou un silencio. Un silencio que lo remontó a tiempos de dolor… Se respondió primero a sí mismo, y la respuesta era afirmativa. Estuvo dispuesto a dejarlo todo por amor alguna vez… -Sí. Alguna vez pensé en convertirme en humano por la mujer que amaba… después tuve que despedirme para siempre de esa mujer que tanto amé para permitirme una vida de felicidad con quién amo ahora…- torció los labios por un instante. No era tan grato recordar aquello pero al menos ya había hecho las paces con sus recuerdos.
-Quisiera que fuera diferente pero, yo no creo poder ser feliz sabiendo que estoy robándole a Kohaku la oportunidad de encontrar a alguien que lo ame por sobre toda criatura en esta Tierra… ni tampoco sería feliz queriendo estar al lado de la persona que amo. No importa bajo qué condiciones… mi corazón ya ha elegido su lugar…-
Entre sus manos sostenía las ramas secas que depositaba dentro de un saco de tela, cuidadosa de no dejar desorden sobre el suelo. InuYasha ya había tomado asiento sobre una banca frente a ella, observando a la chica que todos estos años había visto crecer frente a sus ojos. La veía como alguien tan cercana y familiar, se preocupaba por ella pero pese a sus opiniones respecto a la decisión que ella le comunicaba había tomado, sabía perfectamente que lo que decía era cierto. Quizá mejor que nadie pudo ver ese dejo de tristeza que hubo en su interior todos esos años que pasó alejada de Sesshomaru. La chispa de esa niña que parecía tan lejana a la tristeza se había mantenido oculta todo ese tiempo… y aún en la añoranza de pensar que quizá no sería correspondida podía ver esa luz de nuevo.
El híbrido suspiró resignado, sabiendo bien que nada de lo que pudiera decirle le haría cambiar de parecer. -¿Es así entonces? Incluso si Sesshomaru decidiera casarse con alguna de esas mujeres… ¿Tú estarías dispuesta a dejar ir tu vida en este palacio con tal de estar a su lado?- preguntó aunque sospechaba que ya sabía la respuesta.
Rin se quedó callada por un momento.
No podía negar que pensar en esa posibilidad le entristecía pero tampoco podía ocultar la verdad. Con dolor asintió, clavando su mirada sobre su amigo haciéndole saber que hablaba muy en serio.
Tomó el saco donde se encontraban las ramas secas y se puso de pie. Fue imitada por el hanyou quién tomó otro de los sacos llenos de ramas que se hallaban sobre el suelo para echárselos al hombro.
-Bueno y… ¿Piensas cederle a cualquiera la oportunidad de pasar toda una vida con el imbécil de mi hermano?-
Sonrojada la chica casi se tropieza. -No digas eso tan fuerte…- susurró.
InuYasha, fanfarrón cómo siempre, sólo masculló y prosiguió caminando hasta el pasillo que los llevaría al sitio donde se quemaban los restos vegetales, cerca de los establos.
-Sólo responde: sí o no…-
-No es tan simple como contestar a tu pregunta. Se trata de lo que él quiere… ¿Porqué si posición depende si se esposa o no con alguien? Sólo quiero ayudarlo a que sea feliz… A que nadie lo obligue a tomar decisiones que no quiera… Ya suficiente es con llevar la carga de ver por estas Tierras… ¿Por qué tiene que hacerlo de la manera en que todos le dicen que lo haga? ¿Por qué nadie ve lo complicado que eso es? Las tragedias que esas cosas provocan como…- paró en seco en cuanto se dio cuenta hacia dónde iban sus palabras.
InuYasha arqueó la ceja y bufó por la nariz quedito. Se detuvo para recargarse sobre uno de los pilares del pasillo. No había manera de contradecirla… -Me temo que… de escoger otro camino será siempre perseguido por sus decisiones. Yo no conocí a mi padre en realidad pero viví las consecuencias de sus actos. Mi madre jamás dejó de sufrir humillaciones y rechazos… Es cosa de que mires a tu alrededor y veas cómo todos aún me ven…-
-No Ryuunosuke y la Señora del Oeste… ella me dijo que nunca odió a tu padre ni tampoco a tu madre-
-Eso no importa Rin… No pienso decirte qué hagas o qué no hagas… sólo que no importa lo que suceda los demás siempre encontrarán la manera de verse afectados de alguna forma. Lo que sea que Sesshomaru decida será visto como una tragedia sin importar lo que pase. Entonces vuelvo a preguntarte, ¿Vas a permitir tan fácilmente que sea otra mujer la que pase su vida al lado de Sesshomaru?-
En otro lugar del castillo los preparativos estaban removiendo la actividad en el lugar. Las mujeres de las otras manadas empezaban a prepararse, vistiendo sus mejores prendas, dejando que los aromas de perfumes cargados de dulces esencias se impregnaran sobre su piel, deseando por un instante pasar un momento a solas con el más preciado de los prospectos en esos territorios. Sesshomaru aún observaba desde lo alto cómo todo parecía moverse en sus tierras y él se sentía de manos atadas. Pese a que siempre había sido un hombre rebelde, yendo en contra de muchas de las expectativas que se depositaban sobre él, impulsivo en su actuar, huraño en su existir, en esos momentos pensar en actuar de esa forma lo tenía helado. El peso de las consecuencias de mandar todo al demonio por perseguir, quizá, el peor de los actos considerado por las manadas, caía fuertemente sobre sus hombros.
No había otra mujer a la que quisiera elegir más que Rin, eso le quedaba claro, e incluso, elegirla bajo esas condiciones y no bajo las propias le hacía hervir la sangre. Y quizá por primera vez en mucho tiempo, este demonio que se movía por el egoísmo y por su propio ver, pensó en otra persona, en su felicidad, en su seguridad. Esto no era tan sencillo como protegerla de algún demonio errante, de algún animal en plena oscuridad del bosque… Las marañas sociales y políticas en las que se vería implicada eran complejas… Quería poder ofrecerle más que una vida para escapar de los prejuicios y malos tratos de sus, lamentablemente, semejantes.
O
Comenzaba a preguntarse si había sido lo correcto interrumpir su vida así una vez que ya había tomado la decisión de permitirle una vida humana, al lado de los suyos. Si su capricho había ido demasiado lejos a un lugar sin retorno… Gruñó por lo bajo, maldiciéndose por lo inquisitivo de sus pensamientos.
Tanto de ida como de vuelta de los establos, Rin se había mantenido en silencio, sin poder responder a la pregunta que InuYasha le había hecho. Una pregunta tan sencilla con una respuesta tan compleja. El mitad bestia no insistía; conocía a la chica y sabía bien que su devoción estaba a los pies de su desagradable medio hermano pero podía ver cómo es que por primera vez, le costaba trabajo ir detrás de él. Por un momento deseaba que Kagome estuviera ahí, ella sabría qué hacer… Si bien se sabía un poco más capaz con ese tipo de cosas, no se sentía lo suficientemente elocuente y sagaz como lo era su esposa. Dejó escapar un suspiro que llenó el silencio que por minutos ya se había apropiado de la compañía que mútuamente se estaban dando hasta que llegaron a la habitación dispuesta para el hanyou y el resto de su comitiva.
Antes de correr la puerta, InuYasha se detuvo, con la mano sostenida sobre la madera y la miró.
-Creo que tengo una idea- dijo al fin.
