Star Wars pertenece a Disney (creado por George Lucas)

Harry Potter pertenece a J.K. Rowling

Harem de Anakin: Padme Amidala, la futura maestra del consejo Adi Gallia, las caballeras Jedi Bultar Swan y Luminara Onduli.

Harén de Harry Potter: Hermione Granger, Susan Bones, Daphne y Astoria Greengrass, Parvati y Padma Patil. Aayla Secura y Maris Brood.

Star Wars: El Nuevo Camino

Capítulo 30: Ataque en el Mundial de Quidditch.

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El resto del año escolar, fue mucho más calmado y terminó de forma bastante similar a la de primer año. O similar al año pasado: entre los estudios, un peligro allí al pendiente y luego volver a la calma, antes del final del año.

Esto provocó, que los alumnos, apenas y se enteraran de algo sobre el mundo fuera de los muros de Hogwarts: Como el Mundial de Quidditch o que el Wizengamot estaba en conversaciones con los gobiernos mágicos y Bulgaria y Francia, trayendo de vuelta, el Torneo de los Tres Magos, siendo una idea de Albus Dumbledore, quien finalmente, luego de tres malos años, logró tener un pequeño triunfo, como lo fue el que este torneo inter-escolar resurgiera.

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En un lugar desolado, muchos magos se estaban Apareciendo, para ver la final de Bulgaria vs Holanda del Mundial de Quidditch y entre esas personas, que estaban allí, se contaban Lily Potter, Sirius Black, Amelia Bones, Julius y Eleonor Greengrass, junto a Harry Potter, Hermione Granger, Daphne y Astoria Greengrass, Susan Bones, junto a las gemelas Parvati y Padma Patil.

Rápidamente, el grupo de cinco adultos levantó una carpa con forma de una casa de dos pisos, con camas, mesas de noche, una cocina, una nevera, una sala de estar, tres baños y un comedor.

Un rato después, se aproximaron al Campo de Quidditch. Las escaleras del estadio estaban tapizadas con una suntuosa alfombra de color púrpura. Subieron con la multitud, que poco a poco iba entrando por las puertas que daban a las tribunas que había a derecha e izquierda. El grupo del señor Weasley siguió subiendo hasta llegar al final de la escalera y se encontró en una pequeña tribuna ubicada en la parte más elevada del estadio, justo a mitad de camino entre los dorados postes de gol. Contenía unas veinte butacas de color rojo y dorado, repartidas en dos filas. Harry tomó asiento con los demás en la fila de delante y observó el estadio que tenían a sus pies, cuyo aspecto nunca hubiera imaginado. Cien mil magos y brujas ocupaban sus asientos en las gradas dispuestas en torno al largo campo oval. Todo estaba envuelto en una misteriosa luz dorada que parecía provenir del mismo estadio. Desde aquella elevada posición, el campo parecía forrado de terciopelo. A cada extremo se levantaban tres aros de gol, a unos quince metros de altura.

—Y ahora, damas y caballeros, ¡demos una calurosa bienvenida a la selección nacional de Quidditch de Bulgaria! Con ustedes... ¡Dimitrov!, ¡Ivanova!, ¡Zograf!, ¡Levski!, ¡Vulchanov!, ¡Volkov! y... ¡Krum! —Todos los fanáticos de Bulgaria lanzaron gritos de alegría y luego, se callaron, para permitirle a Bagman seguir narrando. —Y recibamos ahora con un cordial saludo ¡a la selección nacional de Quidditch de Irlanda! —bramó Bagman—. Les presento a... ¡Connolly!, ¡Ryan!, ¡Troy!, ¡Mullet!, ¡Moran!, ¡Quigley! y... ¡Lynch!

Harry volvió a poner en velocidad normal sus omniculares y observó atentamente a Mustafá mientras éste montaba en la escoba y abría la caja con un golpe de la pierna: cuatro bolas quedaron libres en ese momento: la Quaffle, de color escarlata; las dos Bludgers negras, y (Harry la vio sólo durante una fracción de segundo, porque inmediatamente desapareció de la vista) la alada, dorada y minúscula Snitch. Soplando el silbato, Mustafá emprendió el vuelo detrás de las bolas. —¡Comieeeeeeeeenza el partido! —gritó Bagman—. Todos despegan en sus escobas y ¡Mullet tiene la Quaffle! ¡Troy! ¡Moran! ¡Dimitrov! ¡Mullet de nuevo! ¡Troy! ¡Levski! ¡Moran!

Aquello era Quidditch como Harry no había visto nunca. Se apretaba tanto los omniculares contra los cristales de las gafas que se hacía daño con el puente. La velocidad de los jugadores era increíble: los cazadores se arrojaban la Quaffle unos a otros tan rápidamente que Bagman apenas tenía tiempo de decir los nombres. Harry volvió a poner la ruedecilla en posición de «lento», apretó el botón de «jugada a jugada» que había en la parte de arriba y empezó a ver el juego a cámara lenta, mientras los letreros de color púrpura brillaban a través de las lentes y el griterío de la multitud le golpeaba los tímpanos.

«Formación de ataque: cabeza de halcón», leyó en el instante en que los tres cazadores del equipo irlandés se juntaron, con Troy en el centro y ligeramente por delante de Mullet y Moran, para caer en picado sobre los búlgaros. Finta de Porskov, indicó el letrero a continuación, cuando Troy hizo como que se lanzaba hacia arriba con la quaffle, apartando a la cazadora búlgara Ivanova y entregándole la Quaffle a Moran. Uno de los golpeadores búlgaros, Volkov, pegó con su pequeño bate y con todas sus fuerzas a una Bludger que pasaba cerca, lanzándola hacia Moran. Moran se apartó para evitar la Bludger, y la Quaffle se le cayó. Levski, elevándose desde abajo, la atrapó. —¡TROY MARCA! —bramó Bagman, y el estadio entero vibró entre vítores y aplausos—. ¡Diez a cero a favor de Irlanda!

El juego se tomó aún más rápido, pero también más brutal. Volkov y Vulchanov, los golpeadores búlgaros, aporreaban las Bludgers con todas sus fuerzas para pegar con ellas a los cazadores del equipo de Irlanda, y les impedían hacer uso de algunos de sus mejores movimientos: dos veces se vieron forzados a dispersarse y luego, por fin, Ivanova logró romper su defensa, esquivar al guardián, Ryan, y marcar el primer tanto del equipo de Bulgaria.

Bulgaria volvía a estar en posesión de la Quaffle.

Cien mil magos y brujas ahogaron un grito cuando los dos buscadores, Krum y Lynch, cayeron en picado por en medio de los cazadores, tan veloces como si se hubieran tirado de un avión sin paracaídas. Harry siguió su descenso con los Omniculares, entrecerrando los ojos para tratar de ver dónde estaba la Snitch...

Viktor Krum frenó su descenso y se elevó con un movimiento de espiral. Lynch, sin embargo, chocó contra el suelo con un golpe sordo que se oyó en todo el estadio. Un gemido brotó de la afición irlandesa.

— ¡Krum acaba de utilizar el Amago de Wronski: un desvío del buscador muy peligroso! —dijo Bagman. —Los Medimagos están revisando a Lynch... pero parece estar bien.

Finalmente, Lynch se incorporó, en medio de los vítores de la afición del equipo de Irlanda, montó en la Saeta de Fuego y, dando una patada en la hierba, levantó el vuelo. Su recuperación pareció otorgar un nuevo empuje al equipo de Irlanda. Cuando Mustafá volvió a pitar, los cazadores se pusieron a jugar con una destreza que Harry no había visto nunca.

En otros quince minutos trepidantes, Irlanda consiguió marcar diez veces más. Ganaban por ciento treinta puntos a diez, y los jugadores comenzaban a jugar de manera más sucia. Cuando Mullet, una vez más, salió disparada hacia los postes de gol aferrando la Quaffle bajo el brazo, el guardián del equipo búlgaro, Zograf, salió a su encuentro. Fuera lo que fuera lo que sucedió, ocurrió tan rápido que Harry no pudo verlo, pero un grito de rabia brotó de la afición de Irlanda, y el largo y vibrante pitido de Mustafá indicó falta.

Luego de un penalti, el juego se reanudó: —Levski... Dimitrov... Moran... Troy... Mullet... Ivanova... De nuevo Moran... Moran... ¡Y MORAN CONSIGUE MARCAR!

El tablero anunció «BULGARIA: 160; IRLANDA: 170» a la multitud, que no parecía haber comprendido lo ocurrido. Luego, despacio, como si acelerara un enorme Jumbo, un bramido se alzó entre la afición del equipo de Irlanda, y fue creciendo más y más hasta convertirse en gritos de alegría.

— ¡IRLANDA HA GANADO! —voceó Bagman, que, como los mismos irlandeses, parecía desconcertado por el repentino final del juego—. ¡KRUM HA COGIDO LA SNITCH, PERO IRLANDA HA GANADO! ¡Dios Santo, no creo que nadie se lo esperara!

El tablero anunció «BULGARIA: 160; IRLANDA: 170»

Pronto se vieron rodeados por la multitud que abandonaba el estadio para regresar a las tiendas de campaña. El aire de la noche llevaba hasta ellos estridentes cantos mientras volvían por el camino iluminado de farolas, y los leprechauns no paraban de moverse velozmente por encima de sus cabezas, riéndose a carcajadas y agitando sus faroles.

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Cuando por fin llegaron a las tiendas, nadie tenía sueño y, dada la algarabía que había en torno a ellos, Lily suspiró y consintió en que tomaran todos juntos una última taza de chocolate con leche antes de acostarse. No tardaron en incitar en una agradable discusión sobre el partido. Entonces los mandó a todos a dormir. Harry y el resto de los jóvenes, se pusieron el pijama y se subieron cada uno a su litera. Desde el otro lado del campamento llegaba aún el eco de cánticos y de ruidos extraños.

Horas después, Harry abrió sus ojos, viendo a su madre sobre él, con un rostro de temor. — ¡Levántense! ¡Daphne, Harry... deprisa, levántense, es urgente! —ordenó ella.

Harry llevó una mano a su varita y otra a su Sable de Luz. — ¿Qué está pasando? —preguntó, estando ya de pie.

Lily tragó saliva, agarrando firmemente su varita mágica, intentando no sucumbir al miedo. —Mortífagos. El Campamento está siendo atacado por Mortífagos. —Saliendo de la habitación, allí estaban todas las jóvenes, con varitas en mano y algo asustadas, por los ruidos de gritos alrededor del campamento, sin saber realmente lo que pasaba. —Correrán al bosque, buscando refugio, ¿entendido?

A la luz de los escasos fuegos que aún ardían, pudieron ver a gente que corría hacia el bosque, huyendo de algo que se acercaba detrás, por el campo, algo que emitía extraños destellos de luz y hacía un ruido como de disparos de pistola. Llegaban hasta ellos abucheos escandalosos, carcajadas estridentes y gritos de borrachos. A continuación, apareció una fuerte luz de color verde que iluminó la escena.

A través del campo marchaba una multitud de magos, que iban muy apretados y se movían todos juntos apuntando hacia arriba con las varitas. Harry entornó los ojos para distinguirlos mejor. Parecía que no tuvieran rostro, pero luego comprendió que iban tapados con capuchas y máscaras. Por encima de ellos, en lo alto, flotando en medio del aire, había cuatro figuras que se debatían y contorsionaban adoptando formas grotescas. Era como si los magos enmascarados que iban por el campo fueran titiriteros y los que flotaban en el aire fueran sus marionetas, manejadas mediante hilos invisibles que surgían de las varitas. Dos de las figuras eran muy pequeñas.

Al grupo se iban juntando otros magos, que reían y apuntaban también con sus varitas a las figuras del aire. La marcha de la multitud arrollaba las tiendas de campaña. En una o dos ocasiones, Harry vio a alguno de los que marchaban destruir con un rayo originado en su varita alguna tienda que le estorbaba el paso. Varias se prendieron. El griterío iba en aumento.

Las personas que flotaban en el aire resultaron repentinamente iluminadas al pasar por encima de una tienda de campaña que estaba en llamas, y Harry reconoció a una de ellas: era el señor Roberts, el gerente del cámping. Los otros tres bien podían ser su mujer y sus hijos. Con la varita, uno de los de la multitud hizo girar a la señora Roberts hasta que quedó cabeza abajo: su camisón cayó entonces para revelar unas grandes bragas. Ella hizo lo que pudo para taparse mientras la multitud, abajo, chillaba y abucheaba alegremente.

— ¡Vamos a ayudar al Ministerio! —gritó Sirius por encima de todo aquel ruido, arremangándose él también—. Ustedes diríjanse al bosque, y no se separen. ¡Cuando hayamos solucionado esto iremos a buscarlos!

Así lo hicieron Harry y las chicas, empuñando sus Sables de Luz, mientras corrían hacía el bosque, listos para usarlos, solo si se veían en un auténtico peligro.

Al llegar a los primeros árboles volvieron la vista atrás. La multitud seguía creciendo. Distinguieron a los magos del Ministerio, que intentaban introducirse por entre el numeroso grupo para llegar hasta los encapuchados que iban en el centro: les estaba costando trabajo. Debían de tener miedo de lanzar algún embrujo que tuviera como consecuencia la caída al suelo de la familia Roberts.

Las farolas de colores que habían iluminado el camino al estadio estaban apagadas. Oscuras siluetas daban tumbos entre los árboles, y se oía el llanto de niños; a su alrededor, en el frío aire de la noche, resonaban gritos de ansiedad y voces aterrorizadas. Harry avanzaba con dificultad, empujado de un lado y de otro por personas cuyos rostros no podía distinguir.

—Creo que podríamos aguardar aquí. Podemos oír a cualquiera a un kilómetro de distancia. —Sugirió Hermione.

Draco estaba a la izquierda del grupo, respirando agitadamente, junto a Crabbe y Goyle, luego de haber corrido.

— ¡POTTER, ESTO ES POR EL SEÑOR OSCURO...! —Harry extendió su mano izquierda, en un claro gesto de ahorcamiento, causando que el Mortífago perdiera el aire que llegaba a sus pulmones, se agarraba el cuello, en un impulso desesperado por respirar.

El pelinegro de ojos verdes, se acercó al Mortífago, quitándole con telequinesis la máscara del rostro. —Y esto... es por mí mismo. Puedes llamarme: Darth... Tharto. Cierren los ojos, no será agradable lo que le haré —así lo hicieron, excepto por Howard Wilfred, quien veía todo, oculto tras un árbol. Escuchó a Potter, hablar en una lengua desconocida y su rostro fue cubierto por una máscara de horror puro, cuando vio como la piel del sujeto desaparecía y moría, por la repentina exposición de los músculos y órganos, al medio ambiente. — ¡DETRÁS DE USTEDES! —Wilfred se sobresaltó, creyendo que fue descubierto por Potter y que ahora, él era la próxima víctima, pero hablaba de un Mortífago que apareció. Vio a Potter chasquear sus dedos y un segundo después, el tronco de un árbol, cortado trasversalmente, le aplastó las piernas al Mortífago.

Harry se volvió, mientras ellas se disponían a cruzar el claro. Pero tan sólo habían dado unos pocos pasos, cuando una serie de ruiditos anunció la repentina Aparición, de la nada, de una veintena de magos que los rodearon. Harry paseó la mirada por los magos y tardó menos de un segundo en darse cuenta de que todos habían sacado la varita mágica y que las veinte varitas los apuntaban. Sin pensarlo más, gritó: — ¡AL SUELO! —y, agarrando a sus dos amigos, los arrastró con él sobre la hierba.

¡Desmaius! —gritaron las veinte voces. Hubo una serie de destellos cegadores, y Harry sintió que el pelo se le agitaba como si un viento formidable acabara de barrer el claro. Al levantar la cabeza un centímetro, vio unos chorros de luz roja que salían de las varitas de los magos, pasaban por encima de ellos, cruzándose, rebotaban en los troncos de los árboles y se perdían luego en la oscuridad.

— ¡Alto! —gritó una voz familiar—. ¡ALTO! ¡Es mi hijo y ellos son sus amigos! —Lucius Malfoy se presentó allí, eliminando el Desmaius de Draco, Grabbe Jr. y Goyle Jr.

Crouch tenía el rostro crispado de rabia. — ¡¿Quién de vosotros lo ha hecho?! —dijo bruscamente, fulminándolos con la mirada—. ¡¿Quién de vosotros ha invocado la Marca Tenebrosa?! —entonces, cayó en la cuenta de que uno de los jóvenes, era Harry Potter y les dirigió las mismas preguntas a Draco y sus amigos, pero ninguna cantidad de palabras de Lucius y Narcisa Malfoy, consiguieron que Crouch cambiara de parecer. Apareció de entre los matorrales, su Elfina Domestica a quien el hombre se llevó.