Star Wars pertenece a Disney (creado por George Lucas)

Harry Potter pertenece a J.K. Rowling

Harem de Anakin: Padme Amidala, la futura maestra del consejo Adi Gallia, las caballeras Jedi Bultar Swan y Luminara Onduli.

Harén de Harry Potter: Hermione Granger, Susan Bones, Daphne y Astoria Greengrass, Parvati y Padma Patil. Aayla Secura y Maris Brood.

Star Wars: El Nuevo Camino

Capítulo 32: Maldiciones Imperdonables.

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Los dos días siguientes pasaron sin grandes incidentes, Hermione evitó que Neville dejara que se fundiera su sexto caldero en clase de Pociones.

—Tiene una grandiosa amiga, Sr. Longbottom —dijo la profesora Potter, haciendo sonreír a Neville y a Hermione, mientras que ella, usaba su varita, encima de la poción. —Sí. Definitivamente, esta Poción está en óptimas condiciones.

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Los alumnos, se apresuraron a ocupar tres sillas delante de la mesa del profesor. Sacaron sus ejemplares de Las fuerzas oscuras: una guía para la autoprotección, y aguardaron en un silencio poco habitual. No tardaron en oír el peculiar sonido sordo y seco de los pasos de Moody provenientes del corredor antes de que entrara en el aula, tan extraño y aterrorizador como siempre. Entrevieron la garra en que terminaba su pata de palo, que sobresalía por debajo de la túnica. —Ya pueden guardar los libros —gruñó, caminando ruidosamente hacia la mesa y sentándose tras ella—. No los necesitarán para nada. Al menos: en estas primeras tres o cuatro clases. —Les dijo. Volvieron a meter los libros en las mochilas. Algunos, como Harry o Ron estaban emocionados, pues sus padres (madre, en el caso de Harry) fueron miembros de la Orden del Fénix y les hablaron sobre Moody. El hombre sacó una lista, sacudió la cabeza para apartarse la larga mata de pelo gris del rostro, desfigurado y lleno de cicatrices, y comenzó a pronunciar los nombres, recorriendo la lista con su ojo normal mientras el ojo mágico giraba para fijarse en cada estudiante conforme respondía a su nombre. —Bien —dijo cuándo el último de la lista hubo contestado «presente»—. He recibido carta del profesor Lupin a propósito de esta clase. Parece que ya sois bastante diestros en enfrentamientos con criaturas tenebrosas. Habéis estudiado los Boggart, los gorros rojos, los hinkypunks, los grindylows, los kappas y los hombres lobo, ¿no es eso? —Hubo un murmullo general de asentimiento. —Pero están todos ustedes atrasados, muy atrasados, en lo que se refiere a hacerle frente a las maldiciones —prosiguió Moody—. Así que he venido para prepararlos contra lo que unos magos pueden hacerles a otros. Dispongo de un curso para enseñaros a tratar con las maldiciones. Especialmente —todos prestaron atención —después de lo ocurrido en el Mundial de Quidditch.

— ¿Por qué, no se va a quedar más? —dejó escapar Ron. El ojo mágico de Moody giró para mirarlo. Ron se asustó, pero al cabo de un rato Moody sonrió. Era la primera vez que Harry lo veía sonreír. El resultado de aquel gesto fue que su rostro pareció aún más desfigurado y lleno de cicatrices que nunca, pero era un alivio saber que en ocasiones podía adoptar una expresión tan amistosa como la sonrisa. Ron se tranquilizó.

—Supongo que tú eres hijo de Arthur Weasley, ¿no? —dijo Moody—. Hace unos días tu padre me sacó de un buen aprieto… Sí, sólo me quedaré este curso. Es un favor que le hago a Dumbledore: un curso y me vuelvo a mi retiro. Soltó una risa estridente, y luego dio una palmada con sus nudosas manos. —Así que… vamos a ello. Maldiciones. Varían mucho en forma y en gravedad. Según el Ministerio de Magia, yo debería enseñaros las contramaldiciones y dejarlo en eso. No tendrían que aprender cómo son las maldiciones prohibidas hasta que estén en sexto. Se supone que hasta entonces no serán lo bastante mayores para tratar el tema. Pero la profesora McGonagall tiene mejor opinión de ustedes y piensa que podréis resistirlo, y yo creo que, cuanto antes sepáis a qué os enfrentáis, mejor. ¿Cómo podrían defenderse de algo que no jamás han visto, por muy escabroso que sea? Un mago que esté a punto de echarles una maldición prohibida no va a avisarles antes. No es probable que se comporte de forma caballerosa. Tienen que estar preparados. Tienen que estar alerta y vigilantes. Así que… ¿alguno de vosotros sabe cuáles son las maldiciones más castigadas por la ley mágica?

Varias manos se levantaron, incluyendo la de Ron y la de Susan. Moody señaló a Ron, aunque su ojo mágico seguía fijo en Lavender. —Eh… —dijo Ron, titubeando— mi padre me ha hablado de una. Se llama maldición Imperius, o algo parecido.

—Así es —aprobó Moody—. Tu padre la conoce bien. En otro tiempo la maldición Imperius le dio al Ministerio muchos problemas. —Moody se levantó con cierta dificultad sobre sus disparejos pies, abrió el cajón de la mesa y sacó de él un tarro de cristal. Dentro correteaban tres arañas grandes y negras. Harry notó que Ron, a su lado, se echaba un poco hacia atrás: Ron tenía fobia a las arañas. Moody metió la mano en el tarro, cogió una de las arañas y se la puso sobre la palma para que todos la pudieran ver. Luego apuntó hacia ella la varita mágica y murmuró entre dientes: — ¡Imperio! —La araña se descolgó de la mano de Moody por un fino y sedoso hilo, y empezó a balancearse de atrás adelante como si estuviera en un trapecio; luego estiró las patas hasta ponerlas rectas y rígidas, y, de un salto, se soltó del hilo y cayó sobre la mesa, donde empezó a girar en círculos. Moody volvió a apuntarle con la varita, y la araña se levantó sobre dos de las patas traseras y se puso a bailar lo que sin lugar a duda era claqué. Todos se reían. Todos menos Moody. —Les parece divertido, ¿verdad? —gruñó—. ¿Les gustaría que os lo hicieran a ustedes? —La risa dio fin casi al instante. —Esto supone el control total —dijo Moody en voz baja, mientras la araña se hacía una bola y empezaba a rodar—. Yo podría hacerla saltar por la ventana, ahogarse, colarse por la garganta de cualquiera de ustedes… Hace años, muchos magos y brujas fueron controlados por medio de la maldición Imperius —explicó Moody, y Harry comprendió que se refería a los tiempos en que Voldemort había sido todopoderoso—. Le dio bastante que hacer al Ministerio, que tenía que averiguar quién actuaba por voluntad propia y quién, obligado por la maldición. Podemos combatir la maldición Imperius, y yo os enseñaré cómo, pero se necesita mucha fuerza de carácter, y no todo el mundo la tiene. Lo mejor, si se puede, es evitar caer víctima de ella. ¡ALERTA PERMANENTE! —bramó, y todos se sobresaltaron. Moody cogió la araña trapecista y la volvió a meter en el tarro. — ¿Alguien conoce alguna más? ¿Otra maldición prohibida? —con cierta sorpresa para Harry, lo hizo Neville. La única clase en la que alguna vez Neville levantaba la mano era Herbología, su favorita. Él mismo parecía sorprendido de su atrevimiento. — ¿Sí, joven? —dijo Moody, girando su ojo mágico para dirigirlo a Neville.

—Hay una… la maldición Cruciatus —dijo éste con voz muy leve pero clara.

Moody miró a Neville fijamente, aquella vez con los dos ojos. — ¿Tú te llamas Longbottom? —preguntó, bajando rápidamente el ojo mágico para consultar la lista. Neville asintió nerviosamente con la cabeza, pero Moody no hizo más preguntas. Se volvió a la clase en general y alcanzó el tarro para coger la siguiente araña y ponerla sobre la mesa, donde permaneció quieta, aparentemente demasiado asustada para moverse. —Lamento mucho, lo que le pasó a Frank y Alice, intento visitarlos en primavera —suspiró —dos de los más grandiosos Aurores, a los cuales he tenido el honor de entrenar. La... maldición Cruciatus precisa una araña un poco más grande para que puedan apreciarla bien —explicó Moody, que apuntó con la varita mágica a la araña y dijo—: ¡Engorgio! —La araña creció hasta hacerse más grande que una tarántula. Abandonando todo disimulo, Ron apartó su silla para atrás, lo más lejos posible de la mesa del profesor. Moody levantó otra vez la varita, señaló de nuevo a la araña y murmuró: — ¡Crucio! —De repente, la araña encogió las patas sobre el cuerpo. Rodó y se retorció cuanto pudo, balanceándose de un lado a otro. Moody no apartó la varita, y la araña comenzó a estremecerse y a sacudirse más violentamente. La maldición se detuvo y el hombre lanzó una carcajada, apuntó nuevamente a la araña. — ¡Tarantallera! —comenzó a bailar.

Harry suspiró más calmado. —Usó el Tarantallera, la maldición del baile. Aun y cuando dijo en voz alta, la otra maldición —explicó al resto de la clase, todos suspiraron.

—No les estoy enseñando a usar las tres Maldiciones Prohibidas, sino a que se hagan una idea, de lo que hacen. —Explicó Moody. Se detuvo un momento y miró a la otra Araña —Excepto por el Imperius, claro está. Y quiero que se imaginen, un rayo de luz verde, surgiendo desde mi varita mágica y golpeando a las arañas. —las hizo levitar y las devolvió al frasco, para luego hacerlo desaparecer. —Dejarían de vivir. Exhalarían su último aliento, en un instante —suspiró y miró a Harry —me asombra y alegra, que Lily y tú, pudieran escapar de ese malnacido de Tom Ryddle, Potter. Nadie JAMÁS, ha sobrevivido a la Maldición Asesina. Se le puede evitar, claro está —y escribió en el tablero tres hechizos —Ni el Protego, tampoco el Cave Inimicum, ni tan siquiera el Murus Parati, son suficientes para detener la Maldición Asesina. Yo les recomiendo, usarlos e inmediatamente, usar el hechizo Agilitatem, para apartarse del camino de la Maldición Asesina. —todos asintieron, mientras el profesor, sacaba un libro y lo colocaba en la mesa —Veamos… esas tres maldiciones, Avada Kedavra, Cruciatus e Imperius, son conocidas como las maldiciones imperdonables. El uso de cualquiera de ellas contra un ser humano está castigado con cadena perpetua en Azkaban. Quiero preveniros, quiero enseñaros a combatirlas. Todos ustedes, tienen que prepararse, tienen que armarse contra ellas; pero, por encima de todo, deben practicar una alerta permanente e incesante. Saquen las plumas, los pergaminos y copien lo siguiente… —Se pasaron lo que quedaba de clase tomando apuntes sobre cada una de las maldiciones imperdonables. Nadie habló hasta que sonó la campana; pero, cuando Moody dio por terminada la lección y ellos hubieron salido del aula, todos empezaron a hablar inconteniblemente. La mayoría comentaba cosas sobre las maldiciones en un tono de respeto y temor. Al ver al chico pasar por su lado, agarró el libro y se extendió —Longbottom, aquí tiene. La profesora Sprout, habla muy bien de su mejor alumno —Neville tomó el libro que el profesor le ofrecía y una sonrisa apareció en su rostro, mientras se marchaba.

Cuando Neville volvió a aparecer, fue en la clase de Encantamientos, parecía mucho más tranquilo que al final de la clase de Moody, aunque todavía no estuviera del todo normal. Tenía los ojos enrojecidos. — "Hola chicos, estoy bien, gracias" — les dijo— "estoy leyendo este libro que me ha dejado el profesor Moody…" —Levantó el libro para que lo vieran. Se titulaba Las plantas acuáticas mágicas del Mediterráneo y sus propiedades. — "parece que la profesora Sprout le ha dicho al profesor Moody que soy muy bueno en Herbología y pensó que me gustaría este libro" —Decirle a Neville lo que la profesora Sprout opinaba de él, pensó Harry, había sido una manera muy hábil de animarlo, porque muy raramente oía decir que fuera bueno en algo. Era un gesto del estilo de los del profesor Lupin.