ANGELA

Cuando mi informante me contó que la estúpida chiquilla estaba embarazada me quedé helada. No podía creer que ella se estuviese arriesgando de semejante manera en el castillo, soportando los malos tratos que Severus le daba bajo mis ordenes y rindiendo al ritmo de sus demás compañeros de clase. Porque debo admitir que, de alguna manera, se las había arreglado para mejorar su desempeño, como si en verdad creyera que iba a salir bien librada de todo el asunto.

La había estado observando a diario durante todo un mes, asombrada ante su capacidad de resistir una situación semejante, y estaba totalmente convencida de que no habría llegado al punto en el que estaba sin la ayuda de mi sobrino. Mira que hechizar su ropa para que no se le notara a simple vista… era un hechizo que no cualquiera podía dominar con facilidad y de forma tan duradera. Era bastante listo el muchacho sin duda.

Ahora, ¿qué podía hacer yo al respecto? Si a la tontita le ocurría algo, todo el mundo se enteraría de la situación, llegarían hasta Severus y yo perdería el poder que tenía sobre él. Tenía que hacer algo para evitar que Heron saliera mal librada mientras estaba en el castillo, así que al final, contra todos mis deseos de verla sufrir, me vi obligada a pedirle a Severus que la dejase en paz. El hombre se mostró interrogante al respecto hasta que jugué mi carta de ponerlo celoso con Rodríguez. Me resultaba divertido recordar el rubor de ira en su pálido rostro ante la frase: "si ya tiene de novio a Rodríguez no me preocupa".

Sin embargo, no podía sólo dejarlo estar y esperar a que la vida tomara su rumbo. Tenía que hacer algo para que ella no terminara soltando la sopa ante Severus en algún momento del camino. No podía permitir que él supiera que iba a ser padre. Debía mantenerla callada y para eso era necesario dejar de actuar entre las sombras.

—¿Y bien, Heron? ¿Cómo vas a explicarle al Ministerio este asunto? —pregunté desde mi posición sentada en el borde del escritorio.

La muchacha permanecía sentada en uno de mis sillones, con las manos entrelazadas en su regazo. Estaba absolutamente pálida, con la frente perlada en sudor. Parecía aterrorizada con la situación. Sin duda no se esperaba que yo me enterase de su estado. Había sido un tanto cómico enfrentarla y ver su expresión de horror cuando le comuniqué mi descubrimiento.

—Responde, Heron. ¿Cómo vas a explicar que te involucraste con un hombre comprometido y te embarazaste de él? —insistí con voz fría.

—Yo… —balbuceó. Sus ojos parecían los de un cervatillo asustado —. ¿Cómo…?

—¿Cómo he sabido? —terminé la pregunta por ella.

La muchacha asintió, con la misma expresión asustadiza.

—Tengo más cerebro que tú, niña. Así lo he sabido —dije con impaciencia.

Ella se removió un poco en el sillón haciendo un gesto de incomodidad. ¿Qué tan grande se vería bajo esa túnica hechizada?, pensé con curiosidad. Según mi informante, contaba con unas veinticinco semanas, así que ya debía ser bastante incómodo para la chica.

—No voy a causarle problemas —dijo ella. Pude notar con satisfacción cierto tono de súplica en su voz.

—Vas a ir por ahí con un hijo de mi prometido. ¿En qué planeta eso no causa problemas? —dije con sorna.

—Voy a marcharme en cuanto terminen los exámenes —dijo con voz atropellada —. Él no lo sabrá. Lo prometo.

Me crucé de brazos, mirándola evaluadoramente. A pesar del miedo que evidentemente tenía, me sostenía la mirada.

—¿De verdad vas a quedarte con ese niño? ¿Por qué complicarte la existencia, Heron? —pregunté. En verdad me producía curiosidad.

Ella se llevó la mano al vientre con los labios apretados. No parecía el típico gesto amoroso de las madres gestantes, sino más bien algo destinado a apaciguar a la criatura dentro de ella. Me aguanté las ganas de echarme a reír. ¡No lo quería! Heron no quería al producto de su gestación y seguramente lo había conservado por algún cargo de consciencia estúpido.

—Necesitas ayuda, Heron —sentencié con la mayor seriedad de la que pude hacer acopio.

La muchacha me miró con desconfianza.

—¿Qué se propone? —preguntó.

—Que no arruines mi vida, ni la de Severus… y ya que estamos, la tuya —respondí.

—No voy a interrumpirlo si es lo que…

—No voy a pedirte que te saques el feto a pedazos, niña —la interrumpí con fastidio —. Conozco una familia que estaría encantada de recibirlo.

Heron abrió la boca y volvió a cerrarla. Parecía estar sopesando mis palabras y casi podía ver los engranajes de su cerebro funcionando a toda máquina.

—¿Son buenas personas? —preguntó al fin.

—Bastante —respondí secamente.

—¿Y si quiero quedármelo? —inquirió.

De nuevo la maldita duda, pensé con fastidio. Era evidente que no estaba encariñada con el maldito feto, ¿por qué se planteaba siquiera conservarlo? ¿Cuál era el maldito afán por pasar necesidades cuidando de un niño no deseado?

—Por favor, Heron. No seas ridícula. ¿De verdad quieres ser madre a tu edad? —me burlé.

—Necesito pensarlo —dijo con voz firme.

—¿Qué necesitas pensar? —puse los ojos en blanco.

—No lo sé… no es tan sencillo —dijo con abatimiento.

—Déjame adivinar… ¿sientes culpa por querer avanzar sin tener un pequeño lastre detrás? ¿Te sientes mal por no amar incondicionalmente a tu propio hijo?

Las mejillas de Heron se tornaron de un color rosa intenso. Qué fácil era leerla. Me recordó a Madeleine cuando cometió el error de embarazarse de Theo. Tan débil ante lo que la sociedad esperaba de ella como madre, culpándose por no querer a su hijo desde el comienzo. Para empezar, yo ni siquiera lograba comprender por qué alguien querría tener hijos.

—N-no es que no lo quiera —balbuceó la muchacha todavía sonrojada.

—Es natural que te cueste querer a un niño no planeado —dije tratando de sonar comprensiva —. No tienes la obligación de quedártelo. Si lo entregas, todos seríamos felices, Heron… Podrás unirte al programa de San Mungo con Theo… Severus y yo podremos continuar nuestras vidas en paz…

La chica desvió la mirada, parpadeando rápidamente, como obligándose a no llorar frente a mí. Que valentía más ridícula, pensé con aburrimiento.

—A usted le conviene más fingir que no ocurre nada —dijo la muchacha después de un rato, centrando nuevamente su mirada en la mía —. Voy a mantenerme fuera de su camino. No tiene de qué preocuparse.

Se puso de pie con un poco de dificultad, apoyándose en los brazos del sillón.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Heron? —mi tono se volvió amenazante.

—No. Pero voy a asumirlo de todas formas —dijo con firmeza.


LENA

Me quedé viendo fijamente el fuego de la chimenea, pensando en mi encuentro con Louper. Ella tenía un informante. Era la única explicación lógica para que supiera tanto: uno de mis amigos le pasaba información a esa arpía. No había querido preguntarle directamente quién, sabiendo que ella simplemente se burlaría de mí y me dejaría con la duda. ¿Tal vez Theo no odiaba tanto a su tía como había afirmado? ¿Quizás Beto era una serpiente más? No podía ni dudar de mis otros dos amigos. Ben y Collette eran todo lo que tenía desde que era una niña…

—¿Qué haces aquí? Creí que estarías en el partido.

Hablando del rey de roma, pensé al escuchar la voz de Ben.

—No puedo rodearme de tantas personas —dije sin apartar la vista del fuego.

—Ah —dijo Ben.

El chico se sentó en el sillón de al lado.

—¿Qué tal lo llevas? —preguntó.

—Podría estar mejor —respondí encogiéndome de hombros.

—Podrías —convino Ben.

Guardamos silencio, mirando todavía el crepitar del fuego. Sin duda él no iba a dejar de juzgar mis malas decisiones. Pero que me hablara después de todo un mes era una hazaña enorme. Todo ese tiempo Ben había actuado como si yo fuese un adorno más de la pared, incluso me había ignorado cuando traté de agradecerle por distraer a Severus en clases.

—¿De verdad confías en tu plan? —inquirió Ben. Había algo en su tono de voz que me resultaba extraño. Se escuchaba un tanto ansioso.

—No —admití.

—¿Entonces?

—No tengo muchas opciones, Ben —me removí un poco en el asiento cuando el niño me dio una patada monumental.

De nuevo silencio.

—¿Y cuando nazca? —continuó interrogando el pelirrojo, con el mismo tono ansioso de antes —¿vas a quedártelo?

Su pregunta me hizo pensar en la propuesta de Louper. Había sido más que tentadora la idea de entregar al niño a una familia que lo quisiera, a alguien lo suficientemente maduro para darle un hogar. Renunciar a una responsabilidad como esa era una idea que se me antojaba maravillosa. Pero no podía simplemente deshacerme de él como si fuese un objeto, aunque no le tuviese el afecto que debería.

Sentí un retorcijón a causa de la culpa que me generaba no sentir el amor que debería por mi propio hijo. No era que no le quisiese… no estaba segura de qué sentía por el producto de mi estupidez. Me sentía cansada física y emocionalmente, sin muchos deseos de sentir nada por nadie, así que no me había detenido a pensar en qué tanto quería al pequeño ser en mi interior. De lo único que estaba segura era de que me avergonzaba de mí misma.

—Eres la segunda persona que me lo pregunta hoy —dije con desgana.

—¿Ella te lo dijo entonces? — la voz de Ben se oyó demasiado aguda en la silenciosa sala común, cargada de más ansiedad que antes. Tanto que me hizo apartar los ojos de la chimenea para centrar mi atención en él.

—¿Tú…? —pregunté frunciendo el entrecejo, negándome a aceptar lo que mi cerebro gritaba.

Ben me devolvió la mirada.

—Te juro que no fue a propósito —dijo el muchacho con expresión compungida.

¿Ben era el informante de Louper? Sentía como si la tierra se estuviese abriendo debajo del sillón en el que me encontraba sentada, como si en cualquier momento fuese a caer en un agujero gigantesco. ¿Mi mejor amigo me había traicionado? ¿Tan grande había sido mi ofensa contra él como para ir a contarle todo a Louper?

—¿Por qué…? —fue todo lo que pude balbucear. Sentía un repentino escozor en los ojos y un nudo en la garganta.

—Llevaba meses sintiéndome raro… como si algo dentro de mí funcionara de otra manera… como si no fuese completamente dueño de mí… —tomó aire mesándose el cabello hasta dejarlo de punta —. Ella me tenía bajo la maldición imperius, Lena. Cuando le conté lo que pasaba contigo perdió la concentración y el encantamiento se rompió…

Tomé aire profundamente, sopesando la veracidad de sus palabras. ¿Debería creerle? Él era mi amigo desde primer año, siempre había estado ahí para mí. No me traicionaría por voluntad propia.

—Te juro que jamás habría dicho nada por mi cuenta. No sabía lo que hacía hasta hace un mes…

—¿Por qué no me lo dijiste? —dije sintiendo cómo el abatimiento crecía en mi pecho.

—Tenía mucha vergüenza de mi mismo —se disculpó —. Y ella… ella me prometió que no diría nada si yo guardaba silencio. Dijo que trataría de ayudarte. Que conocía a alguien que querría quedarse con el niño.

Me llevé las manos al rostro, restregándome los ojos con los dedos. Era demasiado para un solo día… ¡qué digo un día! ¡para toda la maldita vida! Era mucho para mí. Me sentía repentinamente agobiada, mucho más que el resto de los días desde que supiera del embarazo. Y algo dentro de mí gritaba que corría peligro, que Louper no era sólo una prometida celosa, sino que era una completa loca. Había llegado a utilizar una maldición imperdonable en uno de mis amigos para estar al tanto de mis movimientos. ¿Qué más era capaz de hacer?

—¿Lena? Perdóname, por favor —me sobresalté al sentir algo en mi regazo y me descubrí rápidamente los ojos.

El corazón se me encogió dentro del pecho al ver a Ben en cuclillas frente a mí, apoyando su cabeza en mi regazo. Parecía un niño arrepentido de una gran travesura.

—Oh, Ben… no es tu culpa —dije poniendo mi mano en su cabello y comenzando a acariciarlo.

El chico me abrazó torpemente desde su posición.

—Debería haber estado contigo todo este tiempo —dejó escapar un sollozo ahogado contra mi túnica —. Soy un grandísimo imbécil.

Sonreí a pesar de mi preocupación ante la forma de actuar de Louper. Por lo menos había servido para traer de vuelta a mi hermano pelirrojo.

—No te preocupes por eso —dije sin dejar de acariciar su cabello.

El muchacho sorbió por la nariz y a continuación se separó de mí, sentándose en el suelo y mirándome a través de sus gafas un tanto empañadas. Dejó escapar una risita.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunté mirándolo con curiosidad.

Estaba rojo, con el rostro húmedo por las lágrimas, pero sonreía a pesar de todo.

—Se mueve mucho —dijo señalando mi vientre con un gesto de cabeza.

—Todo el tiempo —dije devolviéndole la sonrisa. En realidad, a mí no me hacía demasiada gracia que el pequeño Snape se moviera de esa manera, como si quisiera desbaratarme por dentro a cada instante, pero no iba a comentárselo a Ben en ese momento.


BETO.

—¿Todo en orden, Rodríguez? —gritó Theo sobre el bullicio de la multitud de Ravenclaws que celebraban su aplastante victoria.

Sentí como mis tripas se iban de paseo al verlo descender de su escoba con su uniforme de quidditch. Se veía malditamente bien con su cabello alborotado por el viento y ataviado con la túnica azul y plata, mientras caminaba con paso seguro hacia donde me encontraba.

—¿Qué tal tú? —me las arreglé para preguntar, apretando un poco más el mango de mi bate, nervioso.

Él estaba tan risueño como siempre, con sus rebeldes rizos cayendo con gracia sobre su frente trigueña. Parecía encantado con las miradas asesinas que le dirigían los demás miembros de mi casa al pasar rumbo a los vestidores. No sé a ciencia cierta si Williams no era consciente del peligro que corría estando tan cerca del grupo de Slytherins, o si sólo era feliz tocándole los huevos a las serpientes.

—La mar de bien —sonrió encantadoramente.

—Ya bésalo, marica —dijo Koothrappali con voz lo suficientemente audible para que Theo escuchara, golpeándome con su enorme hombro al pasar.

Sentí cómo mi cara enrojecía y un ramalazo de pánico se extendió por mi espina al ver la expresión perpleja de Williams.

—Vete a la mierda, Sohan —atiné a decir con la voz más firme que pude.

—Dijiste que no dejarías que ganaran —escupió Koothrappali volviéndose hacia mí con expresión furiosa.

—¡No he dejado que nadie ganara! —me defendí, acortando la distancia con Koothrappali en un par de zancadas.

—¡Hey! ¡Tranquilo, Beto! —Theo llegó a tiempo para interponerse entre nosotros, instándome a retroceder con las manos sobre mi pecho.

—¡A que sí lo has hecho! —insistió Koothrappali detrás de Theo —. ¡Te has pasado el maldito partido mirando a las flores, maricón!

—¡Repite eso! —gruñí, luchando contra Williams, con la firme intensión de partirle la cara al otro Slytherin.

Los demás miembros del equipo de Slytherin habían detenido su avance y nos observaban con curiosidad. Los Ravenclaw permanecían totalmente ajenos a la situación, celebrando su victoria en medio de los fanáticos de su casa.

—¿Seguro, Rodríguez? ¿De verdad quieres que lo diga? —se burló Koothrappali con una risa carente de humor —. ¿Puedo empezar por lo que dices dormido?

Me paralicé. ¿Qué había dicho dormido? ¿Acaso había mencionado a Theo? Quise que mi mirada hacia Sohan fuese amenazante, pero estaba seguro de que era temor lo que se reflejaba en ella. Lo confirmé cuando vi el gesto de suficiencia en el rostro moreno de Koothrappali.

—Cierra la boca —dije fríamente antes de arrojar el bate a un lado para dar media vuelta y marcharme del campo de quidditch.


THEO

Estaba totalmente desconcertado respecto a la discusión de Beto con la otra serpiente. No me quedaba del todo claro el motivo de tanto melodrama, o tal vez no quería que me quedase claro. Por supuesto que había escuchado el "ya bésalo, marica" dicho por Koothrappali, pero no esperaba que Beto se inmutase por ello. Creí que el chico se burlaría de la acusación y mantendría su actitud tranquila de siempre, pero en lugar de eso se había puesto del color de los rábanos, tornándose un tanto violento.

Hasta ahora sólo lo había visto volverse peligroso en situaciones relacionadas con Lena, así que me inquietó un poco que se viese tan afectado por las palabras de su compañero de equipo. ¿Acaso el otro Slytherin decía la verdad? ¿Era posible que Beto fuese…? Vale, no era que me importase. Me tenía totalmente sin cuidado lo que a Rodríguez le gustase hacer con su entrepierna, pero no podía negar que me causaba cierta curiosidad el estar involucrado.

—Marica —escupió entre dientes Koothrappali a mi espalda.

Giré el rostro, comprendiendo por su mirada asesina clavada en la espalda de Beto que no se refería a mí. El muchacho desvió su mirada hacia mí y con un gesto de asco se dio media vuelta, emprendiendo camino rumbo a los vestidores. El resto de su equipo se le unió en medio de cuchicheos, pero no pude distinguir ninguna palabra debido al escandalo de los Ravenclaws.

Volví a centrar mi atención en Beto, viendo cómo se alejaba cada vez más del campo de quidditch, preguntándome si debería ir tras él. No era que me sintiese en la capacidad de… ¿qué? ¿consolarlo? ¿animarlo? ¿Qué se suponía que debía decirle? Me causaba un poco de temor que el muchacho admitiese lo dicho por Koothrappali, porque no estaba muy seguro de qué hacer. Nunca me había planteado la posibilidad de gustarle a otro hombre.