Si los otros capitulos les han sorprendido, pero este tiene un extra para ustedes.

Hay momentos que deberian ser eternos

Han pasado cinco días desde que Edward se marchó y estoy deseando que regrese.

Madre mía..., madre mía..., ¡cuánto lo echo de menos!

Me responde a los wasaps siempre que yo le mando uno. Sin embargo, no sé, mi instinto de bruja me dice que le ocurre algo, pero quiero pensar que el congreso lo tiene totalmente abducido.

Aun así, es raro. Rarísimo. Y me angustia.

¿Qué le ocurre?

¿Se habrá cansado ya de mí? ¿He hecho algo mal?

Desde que ocurrió lo de Jacob, no he vuelto a tener esa sensación de vacío en mi interior. Y no la he sentido porque nunca le he dado la oportunidad a otro hombre de que llegue a mi corazón.

No obstante, aquí estoy, jodida y extraña, mientras siento que Edward es un ingrediente más en mi vida y eso me gusta y me asusta a partes iguales.

Estoy pensando en ello mientras termino de comer con Nina en una de las mesas de mi restaurante. Todos se han marchado después del turno excepto ella. Nina y yo somos dos adictas al trabajo y, ahora que no está Edward, pues reconozco que no salgo del restaurante. Mientras me termino el flan, recibo un wasap.

¿Será Edward?

No, es de mi madre, y leo: Haciendo un Maricón.

De inmediato me río a carcajadas. Mi madre, el móvil y el autocorrector..., ¡el trío imperfecto!

Divertida, miro a Nina y le enseño el mensaje.

—¿Qué es lo que quiere decir con eso? —me pregunta.

Acostumbrada a los mensajes de mi madre, que nunca revisa antes de enviar, indico con un suspiro:

—¿Sabes quién es Marie Kondo?

Nina se termina su flan y luego contesta:

—¿La chica japonesa que ha revolucionado el mundo de la organización? —Asiento y acto seguido ella añade—: ¡Me encanta, yo la sigo!

Sonrío.

Otra como mi madre.

—Pues mi madre también —respondo.

—¡Noooo!

—¡La descubrió hace unos meses y la adora! —le explico—. Y, después de leer este mensaje, imagino que está ordenando algo con su método. Con lo de «Maricón» quiere decir «Marie Kondo», pero ya sabes cómo va el autocorrector del móvil..., y yo me niego a desactivárselo.

Las dos nos reímos y a continuación ella cuchichea:

—¿Recuerdas cuando tus padres se fueron a la India y recibiste aquel mensaje que decía «Estamos en un centro nudista».

Suelto una carcajada.

Claro que lo recuerdo. Quería decir «centro budista». Y añado:

—O aquella otra vez que me mandó un wasap en el que ponía «Las vaginas nuevas me encantan».

—Y se refería a «las vecinas». —Nina ríe.

Seguimos tronchándonos de la risa durante un rato y luego Nina se levanta para preparar un par de cafés. Cuando los deja sobre la mesa, su olor me resulta tan desagradable que una arcada me sube a la boca y, tapándomela, corro hacia el baño, donde inevitablemente vomito.

¡Vaya, cómo estoy!

Nina, que ha venido detrás de mí, murmura una vez que me incorporo:

—Por Dios, estás más blanca que una pared recién pintá.

Asiento. No me veo, pero por el sudor frío que noto de pronto, sé que debe de ser así.

—Ha sido oler el café y ponerme mala —murmuro mientras Nina me da aire con la mano.

Me echo agua en la nuca y, cuando me estoy secando, esta pregunta:

—Pero ¿qué es lo que te pasa últimamente con el café?

Suspiro, no lo sé. Y entonces Nina suelta:

—No estarás embarazada...

Me río. ¿Embarazada yo?

—Si te lo digo —añade ella— es porque mi hermana Soledad, cuando se quedó embarazada, se volvió una maniática de los olores. El café, el comino y el tabaco eran para ella ¡lo peor!

Según oigo eso, dejo de reírme y el vello de todo el cuerpo se me eriza.

Ostras..., ¿desde cuándo no tengo la regla?

Rápidamente salgo del baño. Entro en la cocina, donde abro mi taquilla, y tras sacar el bolso busco dentro mi agenda.

La tengo.

Nina aparece y me mira con cara de circunstancias mientras la abro.

Compruebo la fecha en que tuve mi última regla y... y... ¡Joder!

Tengo un retraso de uno..., dos..., siete..., quince..., veinte..., veintitrés... veintisiete..., treinta y dos..., treinta y cinco..., cuarenta y dos, cincuenta..., cincuenta y cuatro..., sesenta ..., ochenta...

¡Noventa y dos días!

¡¿Cómo?!

¡¿Qué?!

Pero ¿cómo no me he dado cuenta de esto?

Pero... ¡no puede ser verdad!

Nina, que me conoce, pregunta al ver mi cara:

—¿Qué pasa?

Vuelvo a mirar la agenda. Cuento los días de nuevo. ¡No puede ser! Y finalmente, viendo que he contado bien, me pellizco para sentir que estoy despierta y susurro:

—Tengo un retraso de más de tres meses.

—¡¿Qué?!

—¡Noventa y dos días!

—¿Qué dices, Isabella?

—¡Me quiero morir! —balbuceo sin poder creérmelo.

Nos quedamos unos segundos en silencio y luego ella musita boquiabierta:

—Pero ¿acaso vives en los mundos de Yupi?

No sé qué responder. Últimamente estoy tan centrada en disfrutar de mi vida que no me he dado cuenta de ello.

—Vamos a la farmacia ¡pero ya! —dice Nina agarrándome.

Instantes después, salimos del restaurante a toda prisa.

—Es imposible que esté embarazada —comento por el camino.

—¿Por qué?

—Porque con Jaoblo intenté durante muchos años y nunca me quedé.

Ella sonríe, yo no..., y murmura:

—Cariño, Jacobes pasado y Edward es presente. Y es con Edward con quien te acuestas ahora, ¿no?

Asiento. El corazón se me acelera, e insisto:

—Pero tengo cuarenta y tres años.

—Mira, la momia de Tutankamón —se mofa la jodía.

—Nina, ¿no crees que soy algo mayor para tener hijos?

—Oye, que yo recuerde, Bridget Jones también tuvo uno pasados los cuarenta.

Según oigo eso, la miro. Es verdad. Bridget Jones en la última peli tiene un bebé. Y cuando voy a soltar por mi boca a saber Dios qué, exclama:

—¡No digas tonterías! Estamos en una edad estupenda para tener hijos. Los cuarenta de ahora son los treinta de antes. Por Dios, Bella, ¡no me seas antigua! Que hoy en día las mujeres somos madres a partir de los cuarenta porque nos sale del mismísimo potorro.

Lo sé, sé que lo que dice es cierto. Aun así, insisto:

—Pero ¿cómo voy a estar embarazada?

—A ver, Eva... ¿Tengo que explicarte lo de la abejita, el polen y...?

No termina, pues las dos nos reímos.

—Siempre utilizamos preservativo —replico a continuación.

—Mi hermana se quedó preñada tomando la píldora y mi prima usando preservativo... ¡Con eso te lo digo todo! —afirma Nina.

De pronto me detengo, tomo aire y susurro:

—Solo hubo una vez que no lo utilizamos..., ¡una vez!

—Chica, ¡pues acertasteis de pleno en la diana! —se mofa ella.

Llegamos a la farmacia y Nina pide un test de embarazo porque yo apenas puedo hablar. Después de pagar, lo meto en el bolso, salimos y digo:

—Cuando llegue a casa me lo hago.

—¡Ni hablar, guapa! —Ella se ríe—. En cuanto lleguemos al restaurante, como estamos solitas, ¡te lo haces ahí! Si voy a ser tía, quiero ser la primera en saberlo.

Me entra la risa. Pero la risa tonta. ¿Embarazada yo? ¡Imposible!

Ya en el restaurante, y como si tuviéramos entre manos un libro de álgebra en macedonio, leemos las instrucciones del test. Vamos, ¡que parecemos tontas!

Estoy paralizada. En ningún momento ha pasado por mi cabeza esa posibilidad. He estado tan centrada en Edward y en pasarlo bien que ni de la puñetera regla me he acordado.

—Haz pis sobre este chisme —me indica Nina—. Una vez que esta zona esté mojada con la orina, le ponemos el capuchón.

Esperamos cinco minutos y, si salen dos rayitas, ¡el caramelito está en el horno!

Nerviosa y algo escéptica, hago pis sobre el chisme, como dice Nina. Es imposible que salgan dos rayitas. Luego lo tapamos con el capuchón y salimos a la cocina. Allí abro una de las neveras, saco una jarra de agua fría y me bebo un vaso.

Esperamos en silencio. Creo que son los cinco minutos más largos de mi vida, y por suerte Nina no me habla. Nos conocemos desde hace mucho y sabe que, cuando estoy nerviosa, necesito silencio.

Sin embargo, cuando han pasado los cinco minutos, dice:

—Deberías abrirlo ya para salir de dudas.

Desde la distancia miro el chisme, que he dejado sobre una encimera, y musito sin moverme:

—No sé si quiero saberlo.

Nina sonríe, yo no, y pregunto:

—Y si estoy embarazada..., ¿qué hago?

—Pues tendrás que pensarlo y decidir después —dice ella encogiéndose de hombros—. Pero, si mal no recuerdo, siempre te habría gustado ser madre.

Asiento, tiene razón, pero eso es algo que ya había dado por descartado en mi vida.

—Mi consejo es que, decidas lo que decidas, lo hables con Edward —añade.

¡¿Edward ?!

¡Dios mío..., Dios mío!

¡Qué locura!

¡Noventa y dos días de retraso!

Tiemblo, creo que no he temblado así en mi vida, y finalmente, tomando aire, me acerco al test, lo cojo y, sin pensarlo más, lo abro.

Rápidamente veo dos rayitas.

¡Madre míaaaaaaaaa!

Sé lo que eso significa, y, con una mezcla de sentimientos, murmuro:

—Positivo.

Nina se me acerca, ve lo mismo que yo y, abrazándome, susurra emocionada:

—¡Enhorabuena!

Y, sin más, al ver las lágrimas en sus ojos, como soy muy empática, me dejo llevar y finalmente terminamos llorando las dos abrazadas en medio de la cocina del restaurante.

¡Voy a ser madre!

Quien se sorprendió tanto como yo!