recodatorio de que esta historia no me pertenece, solo me divierto adaptandola.

Hay momentos que deberian ser eternos

La bomba de mi embarazo me tiene como en una nube y apenas he dormido.

Estoy con Emmet y James en la recepción de la clínica de desintoxicación DIGMA. Ya hemos pasado por la consulta del doctor, que ya nos conoce, cuando Emmet me mira y pregunta:

—¿Qué te pasa?

Disimulo. No pienso soltar lo que sé, y musito:

—Nada.

James me mira también.

—Tienes ojeras —señala. Yo me encojo de hombros, e insiste—: No serán por mí…

Ay, pobre. ¡Qué manía tiene de echarse la culpa a sí mismo de todo!

Y, deseosa de que no se sienta culpable de mis ojeras, lo abrazo sonriendo e indico:

—No, cielo, no son por ti. Es solo que últimamente tengo mucho trabajo y no descanso bien.

James sonríe. Yo también. Pero Emmet no. Este es más perspicaz.

Un empleado del centro se nos acerca y, como en otras ocasiones, pone unos papeles delante de James. Mi hermano los rellena y los firma. Una vez que se los entrega, el hombre comienza a relatarnos las normas del centro. Nada de drogas o alcohol. Tiene que someterse a los controles que sus médicos digan. Tiene que ser ordenado, limpio. Colaborar con el equipo. Asistir a las reuniones grupales e individuales, tomar su medicación, bla, bla, bla...

La verdad es que nos las sabemos de memoria, pero no lo interrumpimos porque tanto Emmet como yo queremos que James las vuelva a escuchar.

Cuando llega el momento de despedirnos, no es fácil. Aun sabiendo que es por el bien de James, es complicado decirle adiós, y se me saltan las lágrimas.

¡Joder, qué sensible estoy!

Mis hermanos flipan. No suelo llorar, y James musita sonriendo:

—Gominola, pues sí que estás tonta.

Asiento. Tonta no..., ¡tontísima!

Dos minutos después mi hermano se va acompañado por otro señor que viene a por él e, intentando sonreír, a pesar de las ganas locas que tengo de berrear como si no hubiera un mañana, le digo adiós de la mano de Emmet.

Sé que el camino no será fácil. Todos lo sabemos. Pero como siempre dice mi padre, para avanzar en la vida primero hay que dar un pasito y, tras este, otro y otro y otro y todos los que haya que dar.

En cuanto salimos del centro llamamos a mi madre para contarle cómo ha ido todo. La pobre no puede parar de llorar, a pesar de que sabemos que está feliz por James.

Cuando consigo hacerle ver a Emmet que tengo prisa para despegarme de él y que no me bree a preguntas, cojo un taxi y me dirijo a casa, puesto que quiero ducharme.

Mi hermano James acaba de ingresar en un centro de desintoxicación. Mi hermano Emmet se está reponiendo de su enésima caída con la moto. La relación con Jessica va a explotar de un momento a otro. Mis padres sufren por todos nosotros y ahora, para rematarlo, estoy embarazada y Edward está raro.

¿Qué más me puede pasar?

Intento ser positiva como Edward siempre dice, pero me resulta imposible.

¿Cómo ver positividad ante tanto quebradero de cabeza?

Me miro en el espejo y, aunque me pongo de lado, veo que mi cuerpo sigue como siempre. Vamos, poca barriga, a excepción de la lorcilla que tengo de serie de toda la vida.

Las dudas me consumen. Una vida se está gestando dentro de mí y de pronto pienso si será buena idea tener ese bebé.

Después de vestirme, voy hasta mi ordenador. Lo abro y comienzo a buscar información sobre los embarazos a mi edad.

Vale, ya sé que muchas mujeres tienen hijos pasados los cuarenta, pero quiero saber y..., uf, me agobio. Más de la mitad de las cosas que leo no me gustan un pelo, me asustan, y termino cerrando el ordenador.

Edward siempre dice que es mejor oír a un médico cara a cara que buscar información por la red. Y creo que tiene toda la razón del mundo.

Miles de preguntas sin respuesta me rondan por la cabeza.

Pero ¿cómo voy a tener un hijo? ¡¿Yo?!

Han pasado cuatro días desde que sé que voy a ser mami. Ya son noventa y seis días de retraso y nadie lo sabe a excepción de Nina. Creo que la noticia es tan importante que es mejor esperar a que Edward regrese para decírselo. ¿Cómo reaccionará?

Seguimos comunicándonos por el WhatsApp. Nuestros horarios son diferentes y, al ver que él no me llama por teléfono, decido no hacerlo yo. No quiero molestarlo. Eso sí, cuando le escribo, él me contesta sea la hora que sea en California, pero lo noto parco en palabras.

Mentalmente repaso nuestros últimos días juntos y no encuentro nada raro. Desde que nos conocemos no hemos discutido ni una sola vez. Siempre hemos tenido una sintonía perfecta. Sin embargo, mi sexto sentido de mujer, o de bruja, me dice que algo ocurre.

Alguna cosa no va bien.

Ya no tengo veinte años para creer en cuentos de príncipes y princesas. Tengo cuarenta y tres añazos y, como dice mi padre, la edad es un grado. Un grado que te hace ver la realidad del momento, y esta es que Edward está muy raro.

Angustiada, no sé qué pensar.

¿Qué ha sucedido?

Al final, cansada, termino de vestirme cuando suena el portero automático e imagino que es Nina. Rápidamente cojo el bolso y salgo pitando de casa. Nina me ha pedido cita con una ginecóloga que es íntima amiga suya, y para allá que nos vamos las dos.

Una vez en la consulta privada de aquella, mi amiga hace las presentaciones oportunas y nos sentamos con la doctora. Se llama Consuelo, es muy simpática, y, tras coger una hoja para rellenar el expediente, comienza a hacerme preguntas.

—Dime la fecha del primer día de tu última menstruación.

Me la sé de memoria, puesto que lo he mirado un montón de veces en mi agenda en las últimas veinticuatro horas.

—16 de marzo —digo.

La doctora asiente. Luego veo que coge una cosa redondita y, tras moverla, indica:

—Tu bebé nacerá hacia el 21 de diciembre.

¡Uf..., que me mareo! Madre mía..., madre mía, ¡qué locura!

Todavía no me he hecho a la idea de que estoy embarazada.

Todavía no se lo he dicho a Edward. Todavía no sé si voy a continuar con el embarazo, y ya me está diciendo cuándo va a nacer el bebé.

Pero ¿esto no va muy rápido?

La ginecóloga me interroga, yo contesto a lo que puedo, pero cuando me pregunta cosas sobre Edward, como su grupo sanguíneo, sus antecedentes familiares..., ¡no sé qué responder!

Madre mía, ¡qué poco lo conozco!

Agobiada, quedo con ella en responderle a todo aquello la próxima vez que vaya a la consulta y esta accede, no hay problema.

Pero entonces, incapaz de callar un segundo más, digo:

—He buscado información en internet de embarazos a mi edad y..., la verdad, me he asustado mucho.

La doctora asiente, creo que intuye todas las cosas que he leído, y rápidamente entramos en una serie de preguntas y respuestas que a me dejan más tranquila.

—Intenté tener hijos hace años, pero no lo conseguí —indico a continuación—. ¿Por qué ahora?

Consuelo sonríe y se encoge de hombros.

—Me encantaría poder contestarte, pero no lo sé. Podría decirte que el cuerpo es así de caprichoso. Cuando lo buscas no viene y cuando no lo buscas, ¡aparece!

—Quizá el momento sea ahora y no antes —interviene Nina sonriendo—. Puede que el destino te tuviera reservado ser mamá pasados los cuarenta y no a los treinta.

Asiento, aunque no entiendo nada, y pregunto:

—Consuelo, ¿no crees que soy mayor para tener mi primer hijo?

La doctora sonríe. Entiende mis miedos.

—Lo ideal, como te he dicho antes, siempre ha sido ser madre más joven —explica—, pero el mundo ha cambiado y ahora las mujeres tenemos bebés más mayores. Mira, yo misma tuve a mi segundo hijo hace un año, con cuarenta y dos. Y, sí, no te voy a negar que tuve que someterme a más controles y a más pruebas por mi edad, en especial para confirmar que el bebé venía bien, pero todo fue como tenía que ir y ahora Damián es un niño precioso, aunque poco dormilón.

Asiento y ella prosigue:

—Entiendo tus miedos, tus dudas..., y quiero que sepas que aquí estoy para responder a todas las preguntas que tengas. No sientas recelo de preguntar nada, y mucho menos vergüenza. Si algo debes tener claro es que la decisión es tuya y solo tuya.

Vale, sé que ser o no madre es la elección más importante a la que con seguridad tendré que enfrentarme en la vida. Todas las mujeres queremos hijos sanos. Yo, la primera. Y, sin dudarlo, vuelvo a comentarle mis miedos.

Estar embarazada a mi edad tiene sus pros y sus contras, sus riesgos y sus problemas. Y Consuelo me explica con calma y profesionalidad las alternativas que tengo.

Tras un buen rato en el que archivo en mi cabeza todo lo que me dice y a lo que me enfrento, tengo claro que quiero hacerme todas las pruebas pertinentes para saber que mi bebé viene bien. Respeto a las personas que, aun sabiendo que su bebé va a nacer con alguna anomalía, deciden tenerlo, pero yo no soy así. Mi manera de pensar es otra. Habrá quien me llame «mala persona» por pensar como lo hago, pero no me importa. Respeto y espero que me respeten. Es mi vida, es la vida de mi hijo, y yo decido qué futuro quiero para los dos.

—Túmbate en la camilla, voy a hacerte una ecografía. Súbete la camiseta y bájate un poco el pantalón.

Miro a Nina, que me sonríe, y, sin hablar, hago lo que la doctora me pide. Estoy preparada para la eco cuando mi amiga se acerca a mí y susurra dándome la mano:

—Tranquila, Isabella..

Asiento. A continuación la doctora se sienta frente a un monitor, me enseña un bote de gel y dice:

—Esto está fresquito, pero nos ayudará a ver el latido del feto.

Vuelvo a asentir y entonces ella vierte aquella plasta sobre mi tripa y segundos después comienza a deslizar un aparato por encima de ella. Estamos las tres en silencio durante unos instantes hasta que Consuelo musita:

—¡Aquí está!

Miro la pantalla pero apenas distingo nada, y luego oigo que dice:

—Estás de casi catorce semanas y los valores que veo en el feto son los correctos. Aun así, como hemos hablado, te pediré algunas pruebas más para descartar otras cosas.

Sigo mirando el monitor. Yo solo veo borrones negros y blancos, pero de pronto, la doctora, al ver mi cara, dice haciendo zoom:

—Ese puntito que parpadea es el latido de tu bebé.

Asiento. ¡Qué emoción!

Ahora sí veo algo que parpadea, y entonces de pronto comienza a oírse algo y la doctora dice:

—Y ese es el ruido que hace su corazón.

Wooooooo, ¿en serio?

Aisss, que lloro. ¡Que me emociono!

Nunca pensé que yo viviría un momento así.

Y Nina, tan emocionada como yo, cuchichea:

—Bridget Jones..., ¡ahí está nuestro Caramelito!

Eso me hace sonreír. Estoy oyendo por primera vez el latido de mi bebé, de mi hijo, y creo que hasta el momento es la cosa más mágica y alucinante que me ha pasado en la vida.

Instantes después, cuando la doctora termina y yo me limpio el líquido pegajoso de la tripa, veo que ella imprime un papel y me lo entrega.

—Aquí tienes la primera foto de tu Caramelito —dice.

Sonrío. Me emociono como una tonta, y ella, sentándose en su silla, añade:

—Sé que eres chef en Madeva porque Nina me lo ha dicho. Mi hermano Luis hace el mismo trabajo y sé lo estresante que puede llegar a ser, por lo que necesito que reduzcas el ritmo todo lo que puedas.

—Eso es complicado.

—Pero no imposible. Debes intentarlo por tu bien y por el del bebé, ¿vale?

Asiento, y a continuación Nina afirma:

—Tranquila, Consuelo, que de eso me encargo yo.

Me río. Como muchas veces en la vida, mi amiga acude en mi rescate. Es la hermana que nunca tuve, puesto que con Teresa no puedo contar. Y cuando voy a hablar, la doctora dice:

—Isabella, a partir de ahora tienes que tratar de estar tranquila y alterarte lo mínimo posible. Piensa que estás embarazada, y el modo en que tú te sientas va a repercutir en el bebé, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —afirmo sonriendo.

Luego Consuelo coge unos papeles e indica:

—Entre otras cosas, voy a pedirte un análisis de anomalías genéticas.

Asiento, lo que me pida bien estará.

—Este análisis puedes hacértelo ya, pues has superado la décima semana, y el resultado lo tendremos dentro de unos días — me explica—. Te doy cita para mañana a las ocho y media en este mismo edificio, pero en la planta baja.

Asiento.

Miro la foto de mi Caramelito y, esperando que todo esté bien, sonrío y pienso en Edward.


Tenemos a Caramelito!

esto sigue avanzando… nos leemos!