Hay momentos que deberian ser eternos
Esta mañana me he hecho alguna de las pruebas que la doctora me pidió y ahora tengo que esperar los resultados.
¡Madre mía, qué nervios tengo!
No he contado la noticia en mi familia. Antes de decir nada quiero saber que todo está bien. Pero, sin duda, el revuelo que se va a organizar, conociéndolos, mi padre y mis hermanos se alegrarán, mi madre dramatizará un poquito, aunque sé que estará a mi lado si tengo al bebé, pero mi hermana la liará.
¿Soltera y embarazada? Menudo escándalo para la señora marquesa.
Aunque, la verdad, nada de eso me preocupa. Mi máxima preocupación ahora es que mi bebé esté bien y ver a Edward para decírselo.
Mi móvil suena.
Es mi sobrina Caro, que me llama para contarme cosas que intuyo que no le cuenta a su madre, y cuando me dice que quiere hacerse un piercing en el ombligo, rápidamente le quito la idea de la cabeza. Entonces la jodía contraataca con que quiere un tatuaje.
—Vamos a ver, Caro...
—Tía, mi amiga Cris tiene uno, y tú también.
Asiento, es verdad, pero insisto:
—Escúchame, cielo. ¿Por qué no te esperas a cumplir los dieciocho y luego te haces todos los tatuajes que tú quieras?
—Jopé, tía, porque lo quiero ahora.
Vale, recuerdo que yo era como ella a su edad...
—Me parece muy bien que lo quieras ahora —digo—, pero, créeme, quizá lo que te hagas ahora, cuando tengas dieciocho años ¡te puede horrorizar!
—¡Jo, tía! Me estás cortando el rollo.
Asiento. Esa habría sido también mi contestación.
—Pues siento cortarte el rollo —indico—, pero no estoy de acuerdo con que te hagas ni un piercing, ni un tatuaje. Creo que hay una edad para todo, y lo siento, Caro, pero tú todavía no la tienes.
Mi sobrina protesta. Sé que lo que le acabo de decir le va a hacer dar un pasito atrás conmigo, pero, por raro que parezca, en esta ocasión estoy de acuerdo con Jessica. Caro es demasiado pequeña para todo eso.
Minutos después, cuando cuelgo, estoy agotada mentalmente.
Caro es muy intensa, y yo ahora mismo ¡no estoy para intensidades!
—Jefa, ¿abrimos? —me pregunta Nina.
Asiento. Todo está preparado en la cocina.
—Por supuesto que sí —respondo.
A partir de ese instante tener la mente ocupada me distrae de mis comidas de coco, que son muchas, y me hace pasar mejor el día.
En varias ocasiones siento que el estómago se me revuelve. Mi bebé crece. Me hace saber que está ahí, que debo tomarme las cosas con más tranquilidad. Y, aunque consigo salvar los complicados momentos sin que nadie se percate de nada, reconozco que, cuando termina el servicio de comida y todos, excepto Nina, se marchan, me siento a descansar.
Estoy pensando en ello cuando mi amiga me mira y dice:
—Me acaba de llamar mi vecina. Al parecer, el vecino de al lado le ha calado el salón y cree que ha podido calar también el mío.
—¿En serio?
Nina asiente y luego pregunta mirándome:
—¿Me acercas a casa en tu coche?
Sin dudarlo, asiento. El turno de comidas ha acabado y, en vez de estar aquí, me vendrá muy bien acompañarla, por lo que, levantándome, las dos salimos del restaurante. Dentro de un par de horas ya estaremos de regreso.
Nina vive a unos 30 min, y allá que nos vamos. Por suerte, la humedad del piso de arriba no ha afectado al suyo, y mientras esta habla con la vecina, me pongo morada a gominolas que saco de mi bolso al tiempo que tecleo en mi móvil:
¿Qué tal por California?
Envío el mensaje, suspiro y sonrío al ver que Edward está en línea y responde:
Insuperable.
Espero algo más que no llega, por lo que vuelvo a escribir.
¿Surfeando?
De inmediato, recibo su respuesta:
Todo lo que puedo y más.
Eso me hace sonreír, aunque está parco en palabras.
Pero ¿qué narices le ocurrirá?
Media hora después, cuando salimos de la casa de Nina, y viendo lo poco que hemos tardado, mi amiga propone:
—Estoy sedienta. ¿Qué te parece si nos tomamos algo?
—¿Qué tal un batido de vainilla, nata y plátano?
Nina sonríe.
—¿Es un antojo?
Me río, nunca he creído en esas cosas, y musito:
—Te diría que sí, pero realmente creo que es pura glotoneria..
Ambas reímos. Tenemos tiempo antes de regresar al restaurante.
—Vayamos a esa terracita que tanto nos gusta —indica—. Allí preparan unos batidos estupendos.
—¡Y tanto! —exclamo gustosa.
Media hora después, una vez que dejamos el coche en un parking y llegamos a la terracita, nos sentamos. Rápidamente miramos la carta de batidos y, tras pedirnos dos que son más grandes que nosotras, comenzamos a charlar de nuestras cosas.
Hablamos y hablamos hasta que me fijo en una moto que acaba de aparcar sobre la acera. Es igualita que la de Edward. De ella se bajan un hombre y una mujer y, cuando se quitan los cascos, me quedo sin palabras.
A escasos diez metros de mí está Edward. Parpadeo. ¡No me lo puedo creer!
Me aclaro la vista. Se ha cortado el pelo..., pero, ¡joder, que es él!
Y finalmente, sintiendo cómo la sangre de todo mi cuerpo se revoluciona, murmuro:
—No me jorobes.
Nina, que está de espaldas, pregunta:
—¿Qué pasa?
Uf..., lo que me entra por el cuerpo. Conozco a la mujer que lo acompaña, es la doctora que me presentó, y enfadada siseo:
—Pues que al parecer estamos en California y nosotras no lo sabíamos.
Nina sigue sin entenderme y entonces señalo con la mano. Ella se vuelve, ve lo mismo que yo y directamente suelta:
—¡Qué cabrón!
Y, sí, le doy la razón. ¡Es un cabronazo!
El tío increíble, sensato y perfecto que yo, ilusa de mí, creí haber conocido y del que me enamoré como una imbécil, de pronto se me desmonta en un pispás.
Otro que miente. Otro que engaña. Otro que me toma por tonta.
¡Míralo!, tan feliz, paseando en su moto con otra.
Sin movernos de nuestro sitio, observo cómo Edward y la mujer se dirigen al mismo local en el que estamos nosotras. Eso me hace encogerme, y siseo:
—En serio..., con lo grande que es Madrid ¡y tienen que venir precisamente aquí!
Nina no dice nada, está tan sorprendida como yo. Pero entonces vemos que, por suerte, el camarero los acomoda al otro lado de la terracita y, cuando se sientan, Edward lo hace de espaldas a mí.
Noto cómo se me acelera el corazón por segundos, e, incapaz de no hacer nada, saco el móvil y escribo:
Espero que el surf esté mereciendo la pena.
Una vez que le doy a «Enviar», pongo el teléfono sobre la mesa.
Nina lo coge. Lee lo que he mandado y dice mirándome:
—¡Que le den!
—Pues sí, ¡que le den! —afirmo.
Sin embargo, estoy que boto. Es más, creo que si me ponen un tensiómetro en este instante lo reviento; entonces mi teléfono pita.
He recibido un wasap, y mirando a Nina cuchicheo:
—Dime que no es él.
Ella coge mi teléfono, lee el mensaje y aconseja:
—Pasa de él.
Sin dar crédito, le quito el móvil y rápidamente leo:
Sí. Merece la pena.
Cierro los ojos.
Me cago en su madre, en su padre, en su...
Pero ¿voy a consentir que ese tío se ría así de mí?
¡¿En mi cara?!
Leer eso hace que se me encienda la mecha y, mirando a Nina, musito:
—Creo que nos van a echar del local.
Enseguida Nina coge mi mano y la sujeta con fuerza.
—Que nos echen o no de aquí me da igual —murmura—. Pero has de pensar en ti y en el Caramelito. Recuerda lo que te dijo Consuelo. Nada de tensiones.
¡ Joer, es verdad!
Tiene razón. Pero ¿cómo no ponerme nerviosa ante algo así?
—Bella, vámonos y ¡pasa de él!
Asiento, claro que voy a pasar de él. Pero, incapaz de marcharme de aquí sin plantarle cara a ese mentiroso sinvergüenza, susurro:
—Por el Caramelito, te prometo que me voy a alterar lo mínimo.
Pero ese mierda tiene que saber que soy rubia pero no tonta.
La cara de Nina es todo un poema, la mía tiene que ser un horror... Y, levantándome, indico:
—Dame dos segundos.
—Bella...
—Tranquila. De verdad, me voy a dar el gustazo de mandarlo a la mierda por última vez — insisto.
Y, volviéndome, mientras siento que mi mundo se derrumba, aunque sé que por mi bebé tengo que intentar estar tranquila, camino hacia ellos y, cuando llego a su altura, lo miro a los ojos y pregunto con una fingida sonrisa:
—¿Qué? ¿Surfeando las olas?
A Edward se le descompone el gesto. ¡Bien!
No me esperaba. ¡Que se joda!
Y añado con toda mi mala baba sin tocarlo:
—Te recomiendo echarte protector solar, porque te acabas de chamuscar.
Durante unos segundos veo que no sabe qué hacer. Está tremendamente serio, y yo, mirando con una sonrisa a la mujer que lo acompaña, me presento dicharachera:
—Hola, soy Isabella, la pingüina tonta. Tú eres Alice, ¿verdad?
La mujer me reconoce, del mismo modo que yo la he reconocido a ella, y tras mirar a Edward responde:
—Sí, soy Alice. Hola, Isabella.
Con mi más candorosa sonrisa, asiento, a pesar de la mala leche que me recorre el cuerpo, y mirando a Edward, que me observa como si fuera una aparición mariana, digo:
—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos intercambiamos los números de teléfono? —Él no contesta. Es que ni pestañea. Y yo añado sin perder mi más que ácida sonrisa—: Pues para que veas que yo cumplo mis promesas, mirándote a los ojos y en persona te digo: ¡adiós y vete a la mierda!
Acto seguido, y consciente de que me tengo que controlar, doy media vuelta y me dirijo hacia la salida, donde veo que está Nina esperándome. En otro momento, con el genio que yo tengo, habría organizado una buena turra. Tan buena que me habrían prohibido la entrada en esa terraza para el resto de mis días, y, por consiguiente, a él también.
Me gustaría haber gritado como una loca, y cuando llego hasta Nina, voy a hablar pero noto que me agarran de la mano y oigo a mi espalda:
—Isabella...
Buenoooo..., ¡lo que me entra por el cuerpo!
¡¿En serio viene a mí ahora?!
Y, volviéndome con toda esa mala leche de mi abuela Marie que me caracteriza, siseo:
—Suéltame la mano si no quieres que te rompa la tuya.
Sin dudarlo, Edward obedece.
Mi gesto debe de ser como poco ¡aterrador! Y cuando va a hablar, tras tomar aire para no gritar como una posesa, añado sacando a la malhablada que hay en mí e intentando no alzar la voz en exceso:
—Mira, cabronazo de mierda: si algo odio en la vida es la mentira. Así que aléjate de mí o te juro que...
—Lo siento.
Su mirada...
Su voz...
La verdad es que no tiene muy buena cara, y sintiendo que los ojos se me llenan de lágrimas musito:
—Lo sientes... ¡Serás hipócrita! —le suelto furiosa—. Te creí. Pensé que eras diferente. Pero, mira, hoy acabo de descubrir esa cara que no veía... ¡Eres un mentiroso!
Siento cómo unas lágrimas resbalan por mis mejillas.
¡Mierda!
¡Ahora no!
Está claro que el embarazo me hace estar más sensible y, al ver que mira cómo me las seco, indico:
—No creas que lloro por un mierda como tú. Y, sí, he comenzado la frase con la palabra no. Lloro por la rabia contenida que tengo por los esfuerzos que estoy haciendo para no patear tu jodido culo.
Edward asiente.
Por unos instantes me parece que quiere decir algo, pero al ver que no lo hace pregunto incapaz de callar:
—¿Por qué? ¿Por qué me has mentido? Si realmente ya te habías cansado de mí, ¿por qué no ser sincero y decir la verdad?
Él no contesta, solo me mira, y deseosa de perderlo de vista tomo aire y digo:
—Ahora voy a dar media vuelta y voy a salir de aquí con Nina. No se te ocurra seguirme, llamarme ni buscarme, porque si lo haces, te juro por tu santa madre que no voy a ser tan comedida como lo estoy siendo ahora. ¿Queda claro?
Y, ante su expresión de desconcierto, me vuelvo, agarro la mano de Nina y, juntas, salimos de la terraza mientras noto que me falta el aire.
Una vez que estamos en la calle, caminamos a paso ligero hasta llegar al parking donde he dejado mi coche cuando oigo que Nina pregunta:
—¿Estás bien?
Casi no veo, las lágrimas me ciegan, y cuando por fin nos metemos en mi coche y cierro la puerta, sollozo sin poder evitarlo.
—Soy idiota. Me creía más lista, pero no, este me la ha colado por toda la escuadra porque lo he dejado llegar a mi corazón y le he permitido hacerme sentir especial. ¡Asquerosamente especial!
Pensé... pensé que... ¡Joder!
—Tranquilízate —musita ella.
Una arcada me viene a la boca. Enseguida abro la puerta del coche y comienzo a vomitar.
Nina abre la suya, saca de su bolso unos clínex y, una vez que me auxilia, pide:
—Bella, mírame.
Lo hago y entonces la oigo decir:
—Piensa en el Caramelito. Recuerda lo que te dijo Consuelo. Ahora mismo tu estado está perjudicando al bebé.
Asiento, entiendo lo que dice, ¡pero, joder, que me acaban de partir el corazón! ¡Y nada menos que el mismísimo padre del Caramelito!
—¿Por qué ha tenido que mentirme? —siseo furiosa—. ¿Por qué?
—Bella...
—Te juro que lo que más me ha molestado no es que esté con esa mujer, sino su mentira... Pero ¿por qué?
La pobre Nina no sabe qué decir, y yo suelto:
—Y yo embarazada de él... ¡Esto es surrealista! Estas cosas solo le pasan a Bridget Jones.
Mi amiga me saca del coche, lo rodeamos y, una vez en el lado del pasajero, me sienta y dice:
—Lo primero, tranquilízate. Lo segundo, yo conduzco. Lo tercero, te llevo a casa.
Niego con la cabeza y, retirándome las lágrimas del rostro, indico:
—Llévame al aeropuerto.
—Pero ¿qué leches dices?
—Que me lleves al aeropuerto —insisto.
—Bella... Desesperada, la miro. Necesito alejarme de New York, de mi casa, del restaurante.
Necesito ir a un sitio donde Edward no pueda localizarme en caso de que le dé por buscarme.
—Debo tranquilizarme y aquí, en New York, donde sé que él puede aparecer en cualquier momento, no lo voy a hacer —explico mirando a mi amiga—. Por tanto, llévame al aeropuerto. Me voy a mi casa de Ibiza.
—Pero ¿cómo te vas a ir?
Resoplo. Si fuera al revés, sé que pensaría como Nina.
—No puedo dejarte ir sola y sin maleta —insiste ella—. Además, dentro de dos semanas te darán los resultados del análisis de sangre y...
—Nina —la corto—, necesito que te quedes al frente del restaurante. Yo estaré bien y volveré para ir a ver a Consuelo. Y en cuanto a la maleta, sabes tan bien como yo que en Ibiza tengo de todo.
—Pero...
—Nina —la corto—, hazme caso, por favor.
Nos miramos unos segundos en silencio. Sé que lo que le pido es complicado, pero finalmente asiente. Me ha entendido. Rodea de nuevo el coche y, cuando se sienta tras el volante, dice:
—Exijo dos llamadas al día. Mañana y noche.
—Prometido —afirmo.
Nina asiente y yo, apoyando la cabeza en el asiento, cierro los ojos y susurro:
—Te juro que creí que era especial... De verdad que lo creí.
Ella no contesta. Arranca y nos dirigimos al aeropuerto, donde compro un billete para Ibiza porque quiero desaparecer en mi Paraíso.
Que dolores de cabeza me da Ed, mi mama siempre a dicho que: la mentira tiene las patas cortas y la verdad siempre la alcanza"
Entiendo el sentimiento de Bella, es mejor decir hasta aca legamos que tener un mentira.
