Pido perdón por el ghosteo.
Saudade
Por Syb
Capítulo XIV: Sueños espantosos
Hyuga Hanabi corrió de vuelta a la aldea lo más rápido que sus piernas se lo permitieron. Muchos vigías de la Arena corrían en dirección contraria, dificultándole su paso por el gran pasillo oscuro de la muralla escalonada. Algunos le gritaron insultos, otros simplemente la empujaron para que saliera del camino. Levantó la vista solo para comprobar que, a través de la pequeña ranura del pasillo sobre su cabeza en la que lograba distinguirse el cielo estrellado, comenzaba a ocultarse tras un manto de humo y polvo que empezaba a levantarse poco a poco.
Ella no debería estar allí, se dijo; normalmente no huiría de una oportunidad como esta, en la que podría hacer uso de años y años de duro entrenamiento, pero, esta vez, ella era una pieza demasiado valiosa en un juego mucho más complicado, como para lanzarse como si nada a un enfrentamiento que poco le incumbía. Solo bastaría un pequeño rasguño y, quizás, su padre lanzaría las armas en contra del desierto.
Apenas vio la entrada a la aldea, sintió que se echaría a llorar. Sin embargo, al salir por la puerta, alguien la tomó firmemente por el antebrazo y la obligó a mirarlo.
—No deberías estar aquí —resopló el capitán Raidō con su voz grave y mirada severa—. ¿Dónde está Tokuma?
—No lo sé —se lamentó Hanabi, mientras miraba por el pasillo oscuro por el que vino—. Me dijo que volviera con ustedes y que no lo esperara.
El capitán apretó los labios, seguramente Hiashi extrañaría a su prodigio si este no volviera junto a él y esto le daría más motivos para mantener prisionera a su querida Suzume. Sin embargo, volver con su hija con un rasguño era terrible, hacerlo sin ella era infinitamente peor.
—Vamos —dijo simplemente y la obligó a caminar junto a él hacia la mansión del Kazekage, mientras el asalto aún no pasaba de la muralla—. Mantén los ojos abiertos. No quiero sorpresas.
—¿Y Tokuma? —preguntó asustada—. ¿No irás por él?
—Él es el prodigio —resopló—, yo soy solo un guardaespaldas y ya tengo las manos ocupadas contigo.
Hanabi solo se quedó callada, sintiendo que todo aquello era su culpa, de alguna forma retorcida; ya que el ataque a la Arena habría ocurrido con o sin ella. Su pensamiento intrusivo volvió con fuerza: ella no debía estar allí, ni Tokuma ni el capitán. Solo tendría que estar el equipo de Yamanaka Ino cumpliendo una misión que se había alargado más de lo necesario, al igual que en los viejos tiempos. Recordó con pesar su activa participación al manipular y así convencer al capitán y a su esposa, además de llevar a su guardián hacia la Arena.
Sintió la presión en sus sienes cuando activó su visión, mientras le seguía el paso al capitán.
—El camino está libre —graznó con amargura.
Tenten sintió el suelo retumbar bajo sus pies luego de un sonido expansivo. Se volvió hacia la almena para comprobar que había fuego en distintos puntos a lo largo de la muralla escalonada. Instintivamente se llevó una mano hacia la muñeca contraria para llegar hacia su rollo, pero Kankurō tenía otros planes para ella.
—¡Sal de aquí! —le gritó—. Vuelve donde la rubia.
—Dijiste que Tokuma y Hanabi se habían ido —replicó ella y no dudó ni un segundo en invocar un mangual, el cual consistía en un mango de madera oscura, con una cadena adosada en un extremo que lo unía con una bola metálica con pinchos—. Si les sucede algo, Ino no tendrá ninguna oportunidad contra el viejo Hiashi.
Ella no quería pensar en lo que podía pasarle a Tokuma, puesto a que le recordaría demasiado a Neji.
Kankurō podía verla usando el mangual para romperle el cráneo a algún hombre del desierto que se le cruzara. Se relamió los labios secos intentando analizar las posibilidades, si algo le sucedía a ella; probablemente no tendría demasiadas implicancias como lo que pasaría si alguno de los Hyuga, la rubia o Hana se viese comprometida en aquella batalla que no les incumbía. Lo que sí sucedería es que se volvería feral aplastando cabezas de todo quien osara cruzársele enfrente.
—No te expongas, si esto llegase a salirse de control. Vuelves donde la rubia.
—No te preocupes —le dijo ella, apretando sus puños alrededor del mango de su arma, haciendo que sus bíceps se tensaran—. Si alguien te hace algo, lo destriparé.
Si Kankurō no hubiese quedado tan pasmado por aquella declaración, seguramente le habría dicho que eso había sido lo más romántico que alguien le hubiese dicho en toda su maldita vida llena de irrelevancia. Podría haberla besado, pero no quería adelantarse tanto a los sucesos; si bien habían compartido un beso luego de que él le dijera que su novio se había ido de la aldea, bien podría haber sido un berrinche por parte de ella.
—Lo mismo digo —susurró con una voz sepulcral y una sonrisa un tanto aterradora—. Te cubriré la espalda.
Ella estaba bien entrada en el combate cuerpo a cuerpo, al igual que el combate a distancia. Sin embargo, el hijo de Rasa, al ser marionetista, prefería el segundo tipo de pelea.
—Tenten —la llamó antes de que ella se fuese—, pinta tus labios de sangre. Que nadie te vuelva a atrapar en una ilusión barata.
Ella asintió y corrió escaleras abajo para salir por el estrecho pasillo de la muralla escalonada que daba hacia el desierto, mientras él invocaba sus marionetas. No quería estar en altura en caso de que aquella ausencia apareciera otra vez y la llevara a lanzarse al precipicio, por lo que necesitaba llegar al ras de suelo para sentirse más cómoda. Normalmente las alturas daban una ventaja, en su caso le daban pavor.
Las escaleras de piedra negra estaban escasamente iluminadas con unas pocas antorchas, pero ella iba concentrada en el rumor de la batalla. Cuando vio la luminosidad aumentó drásticamente, desaceleró su paso para ver que al final de aquel túnel de escaleras, había una entrada oculta entre la piedra que estaba un par de metros sobre el suelo. Se sonrió al notar ese truco en la muralla y se preguntó si en su propia aldea existía ese tipo de túneles ocultos. Apretó el mango de su arma mientras veía lo que ocurría a sus pies. La gente del desierto empezaba a colarse en el pasillo de la muralla escalonada, algo no tan bueno, ya que Tokuma y Hanabi al parecer ya habían cruzado por el pasillo para irse.
Debía apurarse, aunque ese solo pensamiento hizo que quisiera azotarse el mangual en su propia cabeza. Ella no era nadie frente a dos prodigios Hyuga como esos dos.
Por lo que, apenas cruzó otro grupo pequeño de hombres del desierto, ella saltó lo más silenciosa que pudo. A uno lo golpeó con su mangual para ensartarlo en la muralla, al comprobar que no podía desencajar su pesada arma de la pared de piedra, tiró del rollo que tenía en una mano e invocó cuchillas para cortar a los otros dos compañeros que cargaron contra ella apenas se dieron cuenta de lo que había ocurrido con su hombre. A uno le enterró una cuchilla en una sien y al otro le dibujó un tajo en la tráquea.
Luego de eso, corrió por el pasillo hacia el desierto.
Yamanaka Ino se vio las manos tan pálidas que supo que estaba en un sueño-despierto. Se lo había tratado de explicar con manos temblorosas a Namida Suzume en su carta escrita en el código antiguo utilizado en la Casa del Té de la aldea, sin poderse explicar lo suficiente por miedo a lo que significaba; pero entendiendo que su maestra la había visto tener un episodio, por lo que, si algo ocurría, la mujer intuiría algo de su verdad. Esperaba que con esa carta llegara una posible explicación, quizás unas palabras reconfortantes de parte de su maestra, hablando de que todo estaría bien y que, lo que había ocurrido en la frontera no era algo para alarmarse, pero lo que llegó en vez de eso fue la horrorosa noticia de su encarcelamiento.
Por lo que había visto dentro de los recuerdos del capitán Raidō, el capitán Aoba ya intuía la verdad detrás de sus peores pesadillas: aquel incidente del uniformado que había caído de la muralla había sido su culpa. Y cada vez que se veía las manos así, ella sabía que ese sueño en el que su padre estaba vivo y ella lo seguía por todas partes hasta que él desaparecía o ella despertaba. Y una tristeza tan grande la embargaba que intentaba desaparecer al saltar de una ventana, tal cual alguien despertaba de un salto luego de caer por un precipicio.
Temari ya no estaba junto a ella, solo estaba su padre con una mirada de preocupación. Ya se habían despedido el día en que murió, pero esa figura de su padre parecía sentir que algo lo seguía atando como un alma en pena en el reino de los vivos, pero cuando parecía que le iría a decir algo, desaparecía. Lo único que realmente había brotado de su garganta fantasmal era su típica frase de la flor.
—Una flor no tiene significado a menos que florezca —repitió ella y, con pavor, volvió a ver si su padre seguía ahí presente.
—¿Ino? —la llamó Temari desde otro lugar; uno etéreo, como si ella fuese el fantasma y su padre el ser que estaba vivo. Parecía no entender—. Están atacando la aldea, tienes que quedarte aquí junto a tu equipo y a los Hyuga.
Ya lo había dicho, lo sabía; pero no tenía sentido. Al menos, no para ella que no dejaba de ver a su padre mirarla desde la ventana.
—Debo hacer algo —le respondió a la mujer a quien no podía ver frente a ella, pero sabía que estaba allí—, déjame intentarlo.
—¿Qué cosa?
—Atraparlos dentro de un sueño espantoso —le dijo ella y se levantó para aproximarse hacia su padre.
Inoichi se apartó de la ventana para dejarla pasar. Ella se quitó la tela de su pesado vestido para que sus piernas tuviesen más libertad para cruzar por la ventana que daba al techo del edificio y trepó por ese lugar con un nudo en la garganta. Era la primera vez que decidía activamente utilizar esa realidad de tristeza y luto a su favor; sintió el escozor de las lágrimas brotar de sus ojos nublados cuando pensó en su padre, en el uniformado que lloró la perdida de su familia antes de lanzarse sin querer por la muralla de la Hoja. Percibió la pena de Hana, acongojada por la perdida de su padre, seguida por la de Shiranui Genma luego del hostigamiento de Inuzuka Tsume. Conectó con la tristeza de Tenten al perder a Neji, y luego entendió un poco mejor la rabia de Temari hacia su padre Rasa. Volvió a verse las manos pálidas, como si en ellas estuviese el poder de terminar con todo eso con el simple chasquido de sus dedos, pero aquel simple acto de benevolencia no existió. En vez de eso, movió sus dedos como si estuviese llamando ese sentimiento espantoso y pudiera acumularlo entre sus dedos.
Sintió que Temari se le unía en el techo y fue entonces que empezó a diseñar su plan. Si el uniformado había absorbido sus ganas de lanzarse para despertar, de alguna forma había podido reflejar sus deseos en otra persona.
—Iremos a la muralla, Tokuma necesita mi ayuda —le indicó, y antes de que la rubia ceniza se opusiera, siguió hablando—. Haré que todo este ataque desaparezca.
Tokuma golpeó una y otra vez. Las palmas de ambas manos empezaban a abrirse, pero debía seguir golpeando para proteger la entrada. Hanabi ya debía estar en la Torre, quizás resguardada en el jardín privado del Kazekage junto con el equipo de Ino. Golpeó a otro hombre del desierto que intentó atravesar su protección, pero luego de golpear y golpear, sus muñecas estaban llegando al límite; después de todo, estaba intentando proteger la entrada de un ejército completo. Se visualizó a sí mismo en la Hoja, viviendo té verde fuera de la habitación de Hanabi; o quizás tomando sake con el capitán Raidō mientras esperaba a la chica fuera de la casona de Suzume. No debía haberse ido nunca de la Hoja a pelear una guerra civil que no le incumbía. Sabía que las palabras de Hanabi, alentándolo a buscar a su novia a otro país, era parte de una manipulación, y aún así eligió seguirla. Tenten parecía estar bien con su equipo y parecía enfadada con él. Todo esto era una equivocación.
Se detuvo para recuperar su aliento, pero las hordas que azotaban a la Arena parecían no acabarse. Se puso en guardia con las pocas fuerzas que le quedaban y pensó en la vida que podría tener con Tenten en la Nube, viviendo en las zonas altas de la ciudad, en donde la niebla y las nubes se mezclaban. Hiashi le daría su permiso con la condición de no esparcir ni desperdiciar su semilla con extranjeras, para la sola preservación de su linaje dentro de la Hoja. Su pequeña Tenten, entre sus brazos, teniendo una vida tranquila junto a él sin la necesidad de esconderse, era lo que lo mantenía de pie. Golpeó a otro hombre, y a otro, y a otro, hasta que sus palmas entumecidas dejaron de sentir más golpes y tuvo que confiar que el movimiento que hacía con ellas surtía efecto.
—Tenten… —murmuró él, con los ojos entrecerrados.
Una sensación de angustia lo envolvió como si fuese una ola. Sintió la nariz húmeda, como si estuviese ahogándose, pero luego comprobó que de allí brotaba sangre, y el sabor metálico se extendió desde su garganta hasta la punta de la lengua.
—¡Tokuma! —la oyó llamarlo, fue como si lo despertara de un sueño espantoso en el que sentía que la perdía. En el que lo dejaba de amar y sus planes de irse juntos a la Nube se marchitaban, pero allí estaba ella.
Él se volteó a verla, pero fue entonces que sintió una presión intensa en el pecho. Sus ojos pudieron distinguir una lanza como la causante de esa presión.
¿Está bien o no Tokuma?
