I-2. SJA-ANAT

Hacía mucho tiempo, a Sja-anat la había llamado Tomadora de Secretos alguna autoridad académica a la que nadie recordaba. Le gustaba ese nombre. Sugería acción. Ella no solo escuchaba secretos, sino que los tomaba. Los hacía suyos.

Y los protegía.

De los otros Deshechos.

De los Fusionados.

Del mismísimo Odium.

Fluyó por el palacio de Kholinar, existiendo entre el Reino Físico y el Cognitivo. Como muchos Deshechos, no pertenecía del todo a ninguno de los dos. Odium los tenía atrapados en una existencia a medio camino. Algunos se manifestaban de formas diversas si residían demasiado tiempo en un mismo lugar, o si tiraba demasiado de ellos alguna emoción fuerte.

Ella no.

A veces los Fusionados, o hasta los cantores comunes, reparaban en su presencia. Se tensaban, volvían la vista atrás. Se fijaban en una sombra, una fugaz tiniebla que enseguida se les escapaba.

Verla de verdad requería luz reflejada.

Pasaba algo parecido en Shadesmar. Sja-anat experimentaba ese dominio al mismo tiempo que experimentaba el Reino Físico, pero ambos le resultaban sombríos. Soñaba con la existencia de algún lugar que fuera adecuado del todo para ella y sus niños.

De momento, tendría que vivir donde estaba.

Fluyó escalera arriba en un reino, aunque apenas se movió en el otro. El espacio no era equivalente por completo entre reinos; no era que tuviera un pie en cada uno de ellos, sino más bien que consistía en dos entidades que compartían mente. En Shadesmar, flotaba sobre un océano de cuentas como una titilante. En el Reino Físico, pasó entre cantores que trabajaban en palacio. Sja-anat no se consideraba la más lista de los Deshechos. Sin duda estaba entre los más inteligentes, eso sí, que no era lo mismo. Algunos Deshechos, como Nergaoul, a quien a veces llamaban la Emoción, apenas tenían mente: se parecían mucho a los emocispren. Otros, como Ba-Ado-Mishram, quien había concedido formas a los cantores durante la Falsa Desolación, eran taimados y conspiradores. Sja-anat era un poco ambas cosas. Durante los largos milenios transcurridos antes de aquel Retorno, había pasado casi todo el tiempo dormitando. Sin su vínculo con Odium, le costaba pensar. La aparición de la tormenta eterna en Shadesmar, mucho antes de que emergiera al Reino Físico, la había revitalizado. Le había permitido empezar a planear de nuevo. Pero sabía que no era tan lista como Odium. Solo podía proteger unos pocos secretos de él, y debía escoger con cuidado y disimularlos tras otros secretos que sí revelaba. Había que sacrificar a algunos hijos para que otros sobrevivieran. Era una ley de la naturaleza. Eso los humanos no lo comprendían.

Ella sí. Ella…

Él se aproximaba.

El dios de la pasión.

El dios del odio.

El dios de todos los spren adoptados.

Sja-anat fluyó hasta el vestíbulo del palacio y se encontró con dos de sus hijos, vientospren tocados por ella. Los humanos los llamaban «corrompidos», pero ella odiaba la palabra. Sja-anat no corrompía. Sja-anat los iluminaba al mostrarles que existía otro camino posible. ¿Acaso los humanos no veneraban la Transformación, la capacidad de todos los seres para convertirse en alguien nuevo, alguien mejor, como uno de los ideales más importantes de su religión? ¿Y luego se enfadaban porque ella permitía cambiar a los spren?

Sus hijos salieron disparados a cumplir sus designios, y entonces se manifestó ante ella uno de sus hijos más grandiosos. Un resplandor centelleante, en continuo cambio. Una de sus creaciones más valiosas.

Iré yo, madre, dijo él. A la torre, con ese tal Dante, tal y como has prometido.

Odium te verá, respondió ella. Odium intentará deshacerte.

Lo sé. Pero tenemos que entretenerlo para que no se fije en ti, como habíamos hablado. Debo encontrar mi propio camino, mi propio vínculo.

Ve, pues, dijo ella. Pero no vincules a ese humano por lo que yo haya dicho. Solo le prometí enviar a un hijo mío para investigar las opciones. Allí hay otras posibilidades. Escoge por ti mismo, no por mis deseos.

Gracias, madre, dijo él. Gracias por mis ojos.

El spren se marchó, siguiendo a los otros. Sja-anat lamentó que los dos más pequeños, los vientospren iluminados, fuesen poco más que distracciones. Odium los vería sin lugar a dudas.

Proteger a algunos niños.

Sacrificar a otros.

Una elección que podían hacer solo los dioses.

Dioses como Sja-anat.

Se alzó, adoptando la forma de una mujer hecha de ondulado humo negro con los ojos de un blanco inmaculado. Sombras y niebla, la pura esencia de Odium. Si él descubriera las partes más secretas e íntimas del alma de Sja-anat, no se sorprendería. Porque ella procedía de él. Deshecha por su mano. Pero, al igual que todos los niños, se había convertido en algo más. La presencia de Odium se cernió sobre ella como el sol perforando las nubes. Poderosa, vibrante, arrolladora. Algunos Fusionados del pasillo se dieron cuenta y miraron a su alrededor, pero los cantores corrientes no estaban lo bastante armonizados para oír la canción de Odium, como un ritmo pero más resonante.

Uno de los tres tonos puros de Roshar.

Sja-anat no comprendía del todo las leyes que ataban a Odium. Eran antiguas, y relacionadas con los pactos entre las Esquirlas, los altos dioses del Cosmere. Odium no era tan solo el recipiente, la mente que controlaba el poder. Ni era tan solo la Esquirla, el poder en sí mismo. Era ambas cosas, y a veces parecía que el poder tenía deseos que contravenían los del recipiente.

Sja-anat, le dijo una voz infusa con el tono de Odium, ¿qué son esos spren que has enviado al mundo?

—Son los que cumplen tu voluntad —susurró ella, y se postró cayendo acumulada como un charco en el suelo—. Los que observan. Los que escuchan.

¿Has estado hablando con los humanos otra vez? ¿Para… corromperlos con mentiras?

Era la invención a la que Odium y ella jugaban en esos momentos. Ella fingía haber establecido contacto con la Radiante Lexa y algunos otros, trabajando para él, anticipándose a sus deseos. Él fingía no saber que Sja-anat lo había hecho contra su voluntad. Ambos sabían que ella deseaba más libertad de la que él estaba dispuesto a permitirle. Ambos sabían que ella quería ser una diosa por derecho propio. Pero él no sabía con certeza que ella estaba actuando para sabotearlo, como cuando había salvado de la muerte a Lexa y sus compañeros hacía un año. Sja-anat lo había atribuido a la casualidad y él no había podido refutarlo con certeza. Si Odium la descubría en una mentira verificable, la desharía de nuevo. Le robaría su memoria. La desgarraría en pedazos. Pero de hacerlo, perdería una herramienta muy útil. Y ese era el juego.

¿Dónde los has enviado?, preguntó él.

—A la torre, mi señor. A vigilar a los humanos, como habíamos hablado. Debemos prepararnos para la próxima jugada del Forjador de Vínculos.

Yo me prepararé, dijo él. Tú te concentras demasiado en la torre.

—Ardo en deseos de que empiece la invasión —dijo ella, permitiéndose mostrar entusiasmo—. Me gustará mucho volver a ver a mi pariente. ¿Quizá se pueda hacer que recupere la consciencia? ¿Quizá sea posible persuadirlo?

Lo más probable era que Odium tuviera planeado enviarla a aquella misión, pero el ansia de Sja-anat hizo que se lo pensara. Odium terminaría siguiendo a los hijos de Sja-anat y vería que en efecto se dirigían a la torre, y eso reforzaría su decisión. La que Sjaanat esperaba que tomara en ese preciso instante…

No irás a la torre, declaró Odium. No le hacía ninguna gracia que ella se refiriera al Hermano, la descendencia somnolienta de Honor y Cultivación, como su pariente. Pero estamos a punto de poner en práctica una estratagema con la traición del hombre llamado Gustus. Tú lo vigilarás.

—Podría servirte de mucho más en la torre —dijo ella—. Sería mejor que…

¿Cuestionas? No cuestiones.

—No cuestionaré.

Y aun así, notó crecer el poder que se movía en el interior de Odium. A la mente no le gustaba que se la retara, pero al poder… le gustaban los retos. Le gustaban las discusiones. Era la pasión. Ahí había una debilidad. En la división entre el recipiente y la Esquirla.

—Iré allá donde me ordenes —dijo ella—, mi dios.

Muy bien.

Odium la dejó para ir a hablar con los Nueve. Y Sja-anat planificó sus siguientes pasos. Tenía que fingirse malhumorada. Tenía que intentar buscar la forma de no ir a Emul. Y tenía que desear su propio fracaso. Odium sospechaba que Sja-anat había ayudado a la Radiante Lexa. Estaba vigilando para evitar que contactara con otros Radiantes. Y por tanto, no lo haría. Pero cuando Odium hubiera encontrado a sus vientospren y los hubiera deshecho para que perdieran sus mentes y sus recuerdos, con un poco de suerte se quedaría satisfecho y no vería al otro hijo que ella había enviado.

¿Y la propia Sja-anat? Ella iría con Gustus y lo observaría, como le habían ordenado. Y se quedaría cerca.

Porque Gustus era un arma.