SEGUNDA PARTE
NUESTRA LLAMADA
20. LA CORTE INADVERTIDA
Querido Errante:
Recibí vuestra última comunicación. Os ruego que disculpéis la formalidad por mi parte, ya que no nos conocemos en persona. Me siento nuevo en este papel, a pesar de los años que llevo desempeñándolo. Supongo que reconoceréis mi relativa juventud.
Radiante cruzó con paso firme una cámara muy por debajo de Urithiru, escuchando el estruendo de los conductos de agua y preocupándose por la misión que Lexa había aceptado emprender. ¿Presentarse voluntaria para visitar a los honorspren? ¿Viajar a Shadesmar?
Eso las situaría en condiciones de cumplir el encargo que les había hecho Dante. Otra vez. A Radiante no le gustaba nada Dante, y desde luego no confiaba en él. Sin embargo, cumpliría el acuerdo: la voluntad de dos de ellas debía respetarse. Velo deseaba colaborar del todo con los Sangre Espectral. Lexa quería trabajar con ellos el tiempo suficiente para descubrir lo que sabían. De modo que Radiante no acudiría a Bellamy y Anya. El pacto entre ellas traía armonía, y la armonía traía la capacidad de funcionar.
Dante quiere algo de ese tal Restares, pensó Velo. Puedo sentirlo. Tenemos que descubrir cuál es ese secreto y utilizarlo. Eso no podremos hacerlo desde aquí.
Era un argumento válido. Radiante se cogió las manos a la espalda y siguió paseando por el borde del inmenso aljibe mientras sus Tejedores de Luz entrenaban cerca. Se había puesto su vakama, la ropa tradicional de los guerreros veden. Era similar a la takama alezi, pero con falda plisada en vez de recta. Llevaba una casaca suelta a juego, chaleco ceñido y camisa. En la colorida ropa había vibrantes bordados azules sobre rojo entretejido con oro, y ribetes en la falda. Había reparado en que los alezi se sorprendían al verla, tanto por lo abigarrado de la vestimenta como porque era una prenda tradicionalmente masculina. Pero ella era una guerrera y Jah Keved era su acervo, y estaba decidida a expresar ambas ideas. En la cámara resonaba un grave rugido. Arriba en las paredes del otro lado del aljibe había aberturas que soltaban agua a chorro en la cisterna. El ruido estaba lo bastante lejos para permitir conversar y, cuanto más practicaba allí, más reconfortante encontraba el ruido del agua. Era un proceso natural, pero contenido, refrenado. Parecía representar el dominio de la humanidad sobre los elementos.
Nosotras debemos dominarnos del mismo modo, pensó Radiante, y Velo se mostró de acuerdo. Radiante procuraba no albergar una mala opinión de Velo. Aunque empleaban métodos distintos, ambas existían para proteger y ayudar a Lexa. Radiante respetaba los esfuerzos de Velo en ese sentido. Había logrado cosas de las que Radiante no habría sido capaz.
Y de hecho, quizá a Velo la podría haber convencido de ir a hablar con Bellamy y Anya. Pero Lexa… a Lexa la idea la asustaba. Aquella profunda herida había sorprendido a Radiante cuando empezó a emerger ese año. Estaba satisfecha de los progresos que habían hecho a la hora de trabajar en equipo, pero la herida les impedía progresar más. Se parecía mucho a lo que ocurría a menudo al entrenar la fuerza. Llegaba un momento en que se alcanzaba una meseta y, a veces, alcanzar más altura requería antes de más dolor. Lo superarían. Quizá pareciera un paso atrás, pero Radiante estaba segura de que aquel último nudo de agonía era la respuesta definitiva. La verdad definitiva. A Lexa la aterrorizaba que sus seres queridos se volvieran contra ella cuando descubrieran la magnitud de sus crímenes. Pero necesitaba afrontar sus verdades. Radiante haría todo lo que pudiera para ayudarla a soportar esa carga. Ese día, su tarea consistía en echar una mano a Shadesmar a preparar la misión. Velo se encargaría de cumplir las exigencias de Dante y encontrar al tal Restares. Radiante, en cambio, se aseguraría de que la parte oficial de la expedición, hablar con los honorspren y suplicarles que se involucraran en la guerra, se llevara con competencia. Se volvió e inspeccionó a sus Tejedores de Luz. Los había llevado a aquella cámara bajo la torre porque no les gustaba entrenar en las salas de práctica habituales. Radiante habría preferido que se relacionaran con otros soldados, pero había aceptado a regañadientes buscarles un lugar más privado. Sus poderes eran… inusuales, y podían distraer a los demás. Cerca de ella, Berila y Darcira, dos de sus Tejedoras de Luz más recientes, iban cambiando de cara mientras luchaban. Eran distracciones para hacer bajar la guardia a su adversario. Lo más curioso era que cuando las dos mujeres llevaban otras caras, atacaban con más temeridad. Muchos Tejedores de Luz, cuando interpretaban un papel, se entregaban a él de todo corazón. No parecía que padecieran la misma crisis mental que Lexa, por suerte. Daba la impresión de que sencillamente les gustaba actuar y a veces se sobrepasaban. Si se les daba un yelmo, se erguían y bramaban órdenes como un comandante de batalla. Si llevaban la cara adecuada, discutían sobre política, hacían proclamas en público y hasta insultaban a los poderosos. Pero ¿y si se encontraba con esas mujeres a solas, llevando sus propios rostros? Entonces hablaban en voz baja, evitaban las multitudes y tendían a acurrucarse en silencio y leer.
—Berila, Darcira —llamó Radiante, interrumpiendo a las mujeres—. Me gusta cómo estáis aprendiendo a controlar vuestros poderes, pero la tarea de hoy es practicar con la espada. Estad más atentas a vuestros juegos de pies que a vuestras transformaciones. Y Darcira, cuando llevas cara de hombre, siempre pierdes la postura.
—Supongo que es porque me noto más agresiva —dijo Darcira, encogiéndose de hombros mientras su tejido de luz se evaporaba y revelaba sus rasgos normales.
—Debes controlar tú la cara, no permitir que ella te controle a ti —respondió Radiante. Sintió en su interior que Lexa ensayaba una réplica ocurrente sobre ellas tres y sus propios problemas con esa idea—. Cuando luchas, si pretendes distraer a alguien, no debes dejar que eso te distraiga a ti también.
—Pero Radiante, ¿por qué tenemos que aprender a luchar siquiera? —preguntó Berila, señalando la espada que Radiante llevaba al cinto—. Somos espías. Si tenemos que recurrir a la espada, ¿no hemos fracasado ya?
—Puede haber momentos en los que debas fingir que eres soldado. En ese caso, manejar la espada podría formar parte de tu disfraz. Pero sí, combatir es nuestro último recurso. Aun así, querría que fuese un último recurso viable, porque si tenéis que renunciar al subterfugio y abandonar un personaje, quiero que sobreviváis y volváis con nosotros.
La joven pensó en aquello. Era unos años mayor que Lexa, pero unos años menor que como Radiante se veía a sí misma. Berila afirmaba haber olvidado su nombre real después de pasar por tantas vidas distintas. Velo la había encontrado después de oír rumores de una prostituta que trabajaba en los campamentos de guerra cuya cara cambiaba para amoldarse a lo que sus clientes más deseaban. Una vida dura, pero no una historia tan infrecuente entre los Tejedores de Luz. La mitad del grupo de veinte que tenía Radiante estaba compuesta por los desertores que Lexa había reclutado en primer lugar. Quizá aquellas personas no hubieran olvidado sus vidas anteriores, pero desde luego había partes intermedias de las que preferían no hablar. Berila y Darcira aceptaron los consejos de Radiante, que en realidad eran los que Clarke le había metido a ella en la cabeza durante sus muchas noches entrenando, y volvieron a su combate de práctica.
—No he distinguido a su críptico —dijo Radiante mientras se alejaba para supervisar a los demás.
—¿Mmm? —respondió Patrón, que iba a su espalda, bajo el cuello de la casaca—. ¿Patrón? Suele estar en el interior de la camisa de Berila, cerca de su piel. A Patrón no le gusta que la vean.
—Preferiría que llamaras a la críptica por su otro nombre —dijo Radiante—. De lo contrario, es confuso.
Después de que les insistieran, todos los otros crípticos habían adoptado nombres individuales para uso de los humanos.
—No entiendo por qué —respondió él—. Nuestros nombres ya son todos distintos. Yo soy Patrón. Ella es Patrón. Monty tiene a Patrón.
—Es… la misma palabra, Patrón.
—No lo es —respondió él—. Mmm. Podría escribirte los números.
—Los humanos no podemos usar las ecuaciones como entonación —dijo Radiante.
Como la mayoría del equipo de Lexa, Berila y Darcira ya tenían a sus propios spren, aunque aún no se habían ganado sus espadas. En consecuencia, ya no eran escuderas según la definición de los Corredores del Viento. Los crípticos no eran tan estirados como los honorspren y no esperaban tanto para iniciar vínculos. Todos los miembros de su equipo los tenían ya, y los recién llegados tardaban poco en adquirirlos. En consecuencia, su equipo había empezado a emplear su propia terminología. Lexa era la maestra Tejedora de Luz. Los demás eran agentes Tejedores de Luz. Si llegaba alguien nuevo, lo llamaban escudero durante el breve intervalo que estaba sin spren. Como grupo, habían empezado a llamarse a sí mismos la Corte Inadvertida. Tanto a Velo como a Lexa les encantaba el nombre… pero Radiante había visto bastantes ojos puestos en blanco entre los Corredores del Viento cuando se mencionaba. Completó su vuelta a la cámara, cuya parte practicable tenía forma de medialuna. Observó a sus veinte agentes y empezó a plantearse la verdadera cuestión que tenía entre manos: ¿a quiénes debería llevar consigo a Shadesmar?
Clarke y ella habían acordado que el equipo debía ser pequeño. Lexa y Clarke, además de tres Radiantes: Godeke el Danzante del Filo, Zu la Custodia de la Piedra y también la Vigilante de la Verdad que prefería que la llamaran por su mote, la Tocón. Llevarían también a soldados de Clarke como mozos y guardias, escogidos entre los hombres que no hubieran participado en la misión de los campamentos de guerra, por si acaso. Además de ellos, querían llevar a tres agentes Tejedores de Luz para poder crear comida, agua y otros materiales por moldeado de almas. Era una decisión práctica, que además serviría para que algunos entre la gente de Lexa obtuvieran experiencia en Shadesmar. Radiante lo aprobaba, pero tenía que lidiar con un problema muy molesto.
¿De verdad tenían los Sangre Espectral un espía entre sus agentes? Velo emergió ante estas consideraciones y tomó el control.
Tenía que prepararse para la posibilidad de que algún otro Tejedor de Luz la traicionara si lo llevaban a la misión. Debe de haber un espía, pensó, y será alguien que estuviera en la misión de los campamentos de guerra. Porque sea quien sea, mató a Ialai.
Lexa estaba de acuerdo. Pero Radiante, por algún extraño motivo, no parecía convencida de esa lógica. En fin, Velo tenía que tenía que descubrir quiénes eran los candidatos más probables… y asegurarse de llevarlos con ella a Shadesmar.
¿Qué?, pensó Radiante. No, si sospechamos de que alguien es un espía, deberíamos mantenerlo alejado.
No, replicó Velo. Lo mantendremos cerca. Para poder manipularlo y vigilarlo mejor. Eso sería muy imprudente.
¿Y qué preferirías tener, Radiante?, preguntó Velo. ¿Un enemigo al que puedes ver, observar y tal vez combatir o uno al que dejas suelto por ahí, haciendo quién sabe qué?
Aquello era un argumento más válido. Velo entregó el control a Lexa, que era quien mejor conocía al equipo. Y mientras caminaba por la sala y su pelo se iba volviendo rojizo, Lexa se descubrió planeando. ¿Cómo podría identificar a los agentes que con mayor probabilidad podían ser espías?
Empezó acercándose al lugar donde practicaba Ishnah. El pelo negro y liso de la mujer bajita enmarcaba una cara acentuada por labios pintados de un rojo muy vivo, y llevaba una havah alezi con guante en vez de manga cerrada. Ishnah se contaba entre los que habían obtenido sus hojas esquirladas. De hacer caso a los Corredores del Viento, debería haberse marchado a reunir a sus propios escuderos y crear su propio equipo; parecían dar por sentado que todos los demás querrían imitar su estructura de mando. Pero a la Corte Inadvertida no le gustaban los métodos de los Corredores del Viento. La Corte Inadvertida se mantendría unida. Eran un equipo equilibrado, con más o menos la misma cantidad de hombres y mujeres, ya que todos los reclutamientos del último año habían sido femeninos. Lexa tenía la sensación de que la Corte estaba completa. Berila llevaba con ellos ya casi tres meses, y Lexa no había visto necesidad de reclutar a nadie más. Quería un grupo bien unido. Con un poco de suerte, otros grupos de Tejedores de Luz llegarían para unirse a los Radiantes, pero lo harían formando sus propios equipos. En otro tiempo, Ishnah había querido unirse a los Sangre Espectral. ¿Era posible que hubiese llegado por su cuenta hasta Dante? ¿Habría aceptado vigilar a Lexa? Era posible, lo cual convertía a Ishnah en una buena sospechosa. A Lexa le dolía planteárselo, tanto que obligó a Radiante a tomar el control de nuevo.
¿Y Vathah? Radiante miró hacia él. El tosco exdesertor era el Tejedor de Luz con más talento natural de todos. Usaba a menudo sus poderes sin darse cuenta; de hecho, en esos momentos, practicando contra Rojo, se había dado un aspecto más alto y musculoso. Se había unido a ella con desgana, y no parecía domesticado del todo por la sociedad moderna. ¿Cuánto soborno requeriría convencer a Vathah para que la espiara?
Tendremos que ir con cuidado, Radiante, dijo Lexa desde su interior. Ideas como esta podrían hacer trizas la Corte.
Radiante debería ingeniárselas para desconfiar de todos ellos y al mismo tiempo animarlos a confiar unos en otros.
—Ishnah —dijo Radiante—, ¿qué opinas de la misión que nos han encomendado?
Ishnah descartó su hoja esquirlada y se acercó a ella.
—¿Internarnos en la oscuridad, brillante? Ese lugar ofrece oportunidades. Quienes lo dominen adelantarán deprisa.
Era una actitud pragmática pero ambiciosa. Ishnah siempre veía oportunidades. Su críptico tendía a ocupar el adorno que había en el extremo del pasador central que usaba para sujetarse las trenzas. Era mucho más pequeño que Patrón y no dejaba de componer nuevos diseños en la esfera blanca.
—Clarke y yo hemos decidido llevar una comitiva pequeña —dijo Radiante—. Hay que acudir a los honorspren con una coalición de spren y Radiantes, no con un grupo enorme de crípticos, y menos teniendo en cuenta que no les caen muy bien.
—Por lo que he oído, a los honorspren no les cae muy bien nadie —respondió Ishnah.
—Eso es verdad —dijo Radiante—. Pero Syl me ha dicho que, aunque no confían en los crípticos, los honorspren no los odian como a los tintaspren o a los altospren. He decidido llevar a otros tres Tejedores de Luz conmigo.
—¿Puedo ocupar yo un puesto? —preguntó Ishnah—. Quiero ver más del mundo de los spren.
El espía de Dante querría presentarse voluntario para la misión, apuntó Velo.
—Me lo pensaré —dijo Radiante—. Si tuvieras que elegir tú a otros dos, ¿quienes serían?
—No estoy segura —respondió Ishnah—. Los más expertos serían más útiles, pero los reclutas más nuevos podrían aprender mucho. Y tampoco esperamos que esta misión sea peligrosa. Supongo que preguntaría para ver quiénes quieren ir.
—Sabia sugerencia —dijo Radiante.
Y una forma clara de empezar a dar caza al espía. Dentro de ella, Lexa se retorció de nuevo. No le gustaba nada pensar en que uno de sus amigos fuese un traidor. Bueno, Radiante esperaba que no fuese Ishnah. La mujer había sobrevivido a la caída de Kholinar con un coraje admirable. Había mirado a la cara a uno de los peores desastres de la historia moderna y no solo lo había capeado, sino que también había ayudado a los escuderos de Raven a rescatar al príncipe heredero. Sería una gran ventaja en la misión, pero Radiante seguía sin estar segura, dijera lo que dijese Velo, de que les interesara llevarse a los sospechosos. Hizo otro recorrido rápido de su gente, acompañada por Ishnah, y evaluó las ganas que tenían de apuntarse a la misión. La mayoría estaban indecisos. Querían demostrar su valía, pero las historias que se contaban sobre Shadesmar los perturbaban. Acabó teniendo una preselección de los más ansiosos. Estaba Ishnah, claro. Y también Vathah, y la exprostituta Berila, y Sidéreo, el recluta que se había incorporado antes que Berila. Era un hombre alto con bastante talento para mirar en Shadesmar.
Esos cuatro ya estaban entre los más sospechosos, pensó Velo. Ishnah, que conoce la existencia de los Sangre Espectral. Vathah, siempre tan callado, tan oscuro, tan insondable. Berila y Sidéreo, nuestros reclutas más recientes y, por tanto, los menos conocidos para mí y los demás.
Todos ellos habían participado en la misión de los campamentos de guerra. Así que ¿qué iban a hacer? ¿Llevarse a tres de los cuatro como quería Velo o dejarlos atrás como quería Radiante?
Muy de mala gana en esos momentos, Lexa tomó el control a instancias de las otras dos. Era quien tenía el voto decisivo. Se sentía fuerte. Con Velo y Radiante apoyándola, descubrió que podía afrontar la situación. Decidió dejar atrás a esos cuatro y elegir entre quienes no hubieran participado en la misión de las Llanuras Quebradas. Echó a andar hacia Ishnah para darle la noticia, pero entonces sintió algo parecido a la náusea. Se le revolvieron las entrañas. Se agachó e intentó sofocarlo, avergonzada de perder el control tan de repente. Pero entonces se le ocurrió que hacer un poco el ridículo ante los otros era un precio barato que pagar por una oportunidad. Y en realidad, si así la subestimaban, ¿qué daño hacía? Velo podía aprovecharlo. Podía aprovechar casi cualquier cosa. Velo carraspeó y respiró hondo varias veces.
—¿Estás bien, brillante? —preguntó Ishnah, acercándose.
—De maravilla —dijo Velo—. Ya me he decidido. Tú vendrás conmigo a Shadesmar. ¿Querrías ir a decirles a Vathah y Sidéreo que también quiero que nos acompañen? Haré lo que me has propuesto: un Tejedor de Luz más experto como recurso y un agente nuevo para que aprenda de la experiencia.
—Estupendo —dijo Ishnah—. Supongo que entonces Rojo se quedará al mando hasta que volvamos, ¿verdad? Y podrías pensar algunos ejercicios de tejido de luz para que los hagan los demás mientras no estamos.
—Perfecto —convino Velo.
Ishnah sonrió mientras corría a obedecer. Sí que parecía sospechosa, sí. ¿Y si Velo había elegido mal? Bueno, sospechaba que el verdadero espía se las ingeniaría para añadirse a la misión de todos modos. Dante se encargaría de ello.
El pacto, pensó Lexa. Velo… habíamos acordado…
Pero aquello era importante. Velo tenía que descubrir cuál de ellos era el espía. No podía permitir que se quedara atrás y supurara.
Ni siquiera sabemos si hay un espía, dijo Radiante. No podemos dar demasiado por cierto nada de lo que diga Dante.
Bueno, ya se vería. Pero ¿dejar atrás al supuesto espía para que así pudiera sembrar el caos a sus anchas? Volvería a sus amigos en contra suya. Además, cuando hubiera desenmascarado al verdadero espía, Velo podía usar ese conocimiento contra Dante.
Se preparó para sufrir la ira de Radiante por haber incumplido el pacto. Estaba sentando un precedente peligroso, ¿verdad?
Veo que esto es importante para ti, dijo Radiante. Daba una extraña sensación de tranquilidad. Siendo así, cambio mi voto. Estoy de acuerdo en llevarlos con nosotros.
A Velo le resultó extraño. ¿Radiante se encontraría bien? Por si acaso, Velo conservó el control. Se irguió en toda su altura, procurando inflarse igual que solía hacer Radiante, como si quisiera parecer más corpulenta de lo que era, un monstruo enorme en armadura.
Velo mantuvo el control absoluto durante el resto del día, aunque estuvo a punto de perderlo en un par de ocasiones porque Lexa no dejaba de aporrear desde dentro y la tensión mental era realmente agotadora. Pero Velo tenía que ocuparse del resto de los preparativos. La comitiva iba a partir al cabo de pocos días. No empezó a relajar su presa hasta que regresó a sus aposentos, a finales de la tarde. Pero nada más entrar en el recibidor encontró una pluma verde. ¿Dante?
Aquello era una señal. Velo estudió la sala y sus ojos se posaron en una cómoda que había cerca de la puerta de la alcoba. De un cajón asomaba una tela verde. Con un marco de amatista en la mano para iluminarse, Velo abrió el cajón. Dentro encontró un cubo metálico del tamaño aproximado de una cabeza humana, con una nota encima cifrada con uno de los códigos que usaba Dante.
—Mmm… —dijo Patrón desde donde arrugaba la falda de su vakama—. ¿Qué es eso, Velo?
Condenación. Velo había esperado poder convencer al spren de que era Lexa, pero por supuesto Patrón la tenía calada.
—Es una nota. —Velo se la enseñó, acercando la luz al texto—. ¿Puedes descifrarla tú o tengo que sacar la libreta que nos dio Dante?
—Ya memoricé los patrones. Dice: «Las vinculacañas no funcionan entre reinos, pero esto sí lo hará. Trátalo con muchísimo cuidado. Tiene más valor que algunos países. No lo abras, o podrías destruirlo. Cuando estés en tu misión y en un lugar discreto, sostén el cubo, di mi nombre y podré hablarte a través del aparato. Buena caza, pequeña daga».
Qué curioso. Velo echó de inmediato un vistazo en Shadesmar y encontró una esfera de luz al otro lado, resplandeciente con un extraño color nacarado. Había poder dentro del cubo, pero no era luz tormentosa. Devolvió su atención al Reino Físico, lo sacudió y le dio unos golpecitos en los costados. Daba la sensación de estar hueco, pero no halló ni la menor grieta en él. Tormentas. ¿Cómo iba a ocultar aquel trasto a Clarke?
Bueno, ya encontraría la manera. Iba a hacer otro viaje a Shadesmar, y en esa ocasión no sería por accidente. Velo iría siendo dueña de sí misma, y esa excursión no se la pasaría huyendo. Esa vez, ella era la cazadora.
