21. EL NUDO BULLENTE

Me fascina lo mucho que habéis logrado en Scadrial sin que yo reparara en vuestra presencia. ¿Cómo lográis ocultaros tan bien de las Esquirlas?

Escoger un atuendo para la jornada se parecía mucho a librar un duelo. En ambos casos, el instinto, más que las decisiones conscientes, eran la clave de la victoria. Clarke no solía dar muchas vueltas a lo que iba a ponerse, igual que no planeaba cada ataque con la espada. Optaba por lo que parecía lo correcto. El truco, tanto para una cosa como para la otra, era hacer que el esfuerzo se integrara en el instinto para mejorarlo. No podía detenerse una estocada a base de memoria muscular si no se habían dedicado años a practicar esas maniobras. Y no se podía tomar una decisión visceral respecto a la moda si no se habían dedicado horas a estudiar los portafolios. Dicho eso, de vez en cuando los instintos se bloqueaban. Incluso Clarke titubeaba a veces en un duelo, insegura. Y de la misma manera, algunos días no era capaz de decidirse por la casaca adecuada. Clarke, en ropa interior, sostuvo en alto la primera casaca. Era tradicional: azul Griffin con los puños blancos. Un bordado blanco atrevido en la espalda, la torre alta y una versión estilizada de su hoja esquirlada. Lo hacía fácil de distinguir en batalla. También era aburrida. Miró la moderna casaca amarilla que tenía en la cama. Había encargado que se la hicieran a medida siguiendo la moda que había visto en Griffin. No se abotonaba hasta arriba del todo y tenía bordados de plata por los costados y recubriendo el bolsillo y los puños. Tormentas, era atrevidísima. Osada. ¿Iba a vestir de brillante amarillo? Muy pocos podrían llevarla con dignidad.

Clarke podría. Si entraba en un festín vestido con algo como aquello, se apoderaría de la atención de todo el mundo. Si mostraba confianza, en el siguiente festín la mitad intentarían imitarla. Pero Clarke no iba a un festín. Estaba a punto de emprender una importante misión en Shadesmar. Empezó a hurgar otra vez en su armario. Lexa entró paseando mientras Clarke dejaba tres casacas más encima de la cama. Llevaba la ropa de Velo: pantalones, chaqueta larga y suelta, camisa abotonada. A sugerencia de Clarke, había reemplazado los pantalones y la chaqueta blancos por un conjunto marrón y azul más práctico. El blanco no convenía para viajar; Lexa querría algo más duradero, algo donde no se notara tanto el polvo. El azul y el marrón quedaban bien con su sombrero blanco, aunque Clarke le había añadido una banda de cuero en la base de la copa. A pesar de la vestimenta, ese día no era Velo, dado que tenía el pelo rojizo. Además, lo normal era que Clarke lo supiera por la forma que tenía de mirarla. Ya habían transcurrido tres días desde que había escogido a los miembros de su equipo, pero no se habían considerado preparados para partir hasta esa misma jornada. Lexa se apoyó contra la puerta, cruzó los brazos y estudió lo que estaba haciendo Clarke.

—¿Sabes? —dijo—. Una chica podría ponerse celosa de la atención que dedicas a una elección como esta.

—¿Celosa? —se sorprendió Clarke—. ¿De unas casacas?

—O de la persona para quien te las pondrás.

—Dudo mucho que debas preocuparte por un montón de honorspren viejos y sosos.

—No tengo nada de lo que preocuparme en general —dijo Lexa—, pero hoy no estás agobiándote tanto por los honorspren. No vamos a reunirnos con ellos hasta dentro de unas semanas como mínimo.

—No estoy agobiándome. Estoy planificando una estrategia. —Tiró otra casaca encima de la cama. No, demasiado pasada de moda—. No me mires así. ¿Estamos preparados?

—Patrón se ha ido corriendo a despedirse de Sagaz, por algún motivo —respondió ella—. Ha dicho que era muy importante, pero sospecho que es que entendió mal algún chiste que hizo Sagaz. Aparte de esperarlo a él, todo está listo. Solo faltas tú.

Las provisiones estaban reunidas, el transporte asegurado y los compañeros de viaje elegidos. Clarke había hecho el equipaje para la misión con rapidez y eficiencia, y sus baúles ya estaban cargados. Esas decisiones habían sido fáciles. En cambio, la chaqueta para ese día…

—Entonces… —dijo Lexa—. ¿Cuánto les digo, dos horas más o tres?

—Estaré abajo en quince minutos —prometió ella, cogiendo el brazal de cuero que le había regalado tía Echo para echar un vistazo al reloj fabrial. Entonces miró a Lexa—. Puede que treinta.

—Voy a decirles que una hora —zanjó Lexa con una sonrisa.

Se echó su cartera al cuello y se marchó. Clarke puso los brazos en jarras y revisó sus opciones. Ninguna era la adecuada. ¿Qué era lo que estaba buscando?

«Un momento. Pues claro.»

Salió de su habitación a los pocos minutos con un uniforme que llevaba años sin ponerse. Era azul Griffin, un atuendo militar pero con un corte más relajado. Aunque no estuviese muy a la moda, tenía unos glifos más estilizados en la espalda y los puños y el cuello más gruesos que los de un uniforme corriente. Muchos supondrían que se trataba de un uniforme Griffin al uso, sin más. Clarke lo había diseñado en persona cuatro años antes. Había querido crear algo que quedara elegante sin dejar de satisfacer la exigencia de su padre de vestir de uniforme. El proyecto la había tenido emocionada durante semanas. Había sido su primer, y único, intento real de diseñar ropa. El primer día que se lo había puesto, Bellamy le había echado una bronca tremenda. Así que había ido al fondo del armario, descartado. Olvidado. Lo más seguro era que su padre siguiera sin aprobarlo, pero en los últimos tiempos Bellamy no aprobaba a Clarke en general. Así que ¿qué más daba? Se puso el brazal de cuero, se ajustó la espada al cinto y salió al pasillo. Entonces vaciló. Lexa le había concedido una hora, y había otra cosa que Clarke quería tachar de su lista antes de marcharse. Así que se volvió en dirección contraria y subió la escalera hasta la quinta planta. Clarke se sorprendió de ver que había cola en la clínica. La quinta planta no estaba demasiado poblada, pero al parecer había corrido la voz. Ningún paciente tenía aspecto de estar muy desmejorado: había niños con rasguños, acompañados de sus padres. Unas cuantas mujeres con toses o dolores. Cualquier cosa más seria obtendría la atención de un Danzante del Filo o un Vigilante de la Verdad. Algunos hicieron inclinaciones a Clarke cuando pasó a la sala de recepción, donde la madre de Raven saludaba a cada paciente y anotaba sus síntomas. Sonrió a Clarke, levantó dos dedos y señaló con ellos por el pasillo que había al otro lado. Clarke fue en esa dirección. La primera puerta que vio estaba entreabierta y dentro vio al padre de Raven atendiendo a un joven. Junto a él estaba una chica del pueblo que le leía las notas que había tomado su esposa. La segunda puerta del pasillo daba a una sala de examen parecida a la primera pero vacía. Clarke entró y Raven llegó a los pocos minutos, secándose las manos con un trapo. Era raro verla con solo unos pantalones marrones y una camisa blanca abotonada. De hecho, ¿alguna vez había visto Clarke a Raven sin el uniforme?

La verdad era que Clarke había dado por hecho que dormía con él puesto. Y sin embargo allí estaba, arremangada, con el pelo largo hasta los hombros recogido en una coleta.

Raven se detuvo al ver a Clarke.

—Puedes ir a tu hermano para que te cure, Clarke. Tengo pacientes de verdad que necesitan ayuda.

Clarke no hizo caso al comentario y miró hacia el final del pasillo, a la sala de espera.

—Te has vuelto popular, muchacha del puente.

—Estoy convencida de que la mitad vienen solo para echarme un vistazo —dijo Raven con un suspiro. Se puso un delantal blanco de cirujano—. Temo que mi notoriedad pueda eclipsar el propósito de la clínica.

Clarke soltó una risita.

—Ten cuidado. Ahora que yo he abandonado el puesto, tú eres la soltera más cotizada de Alezkar. ¿Portadora de esquirlada, Radiante, con tierras y sin pareja? No me sorprendería oír que la mitad de las damas jóvenes del reino están viniendo de pronto con dolores de cabeza para… —Dejó morir la frase al reparar en el ceño de Raven—. Ya está ocurriendo, ¿verdad?

—Sí que… me había preguntado por qué de repente tantas mujeres ojos claros necesitaban medicación —dijo ella—. Pensaba que a lo mejor habían reclutado a sus cirujanos personales para la guerra.

Miró a Clarke y se sonrojó.

—A veces tienes una inocencia deliciosa, Rav —dijo Clarke—. Tienes que aprovechar esa ventaja. Fomentarla.

—Eso contravendría la ética de la relación cirujano-paciente —repuso Raven mientras cerraba la puerta… para impedir que Clarke contara las jóvenes sospechosamente bien vestidas que esperaban fuera—. ¿Has venido a atormentarme o tu visita tiene algún propósito real?

—Solo quería saber cómo estabas —dijo Clarke—. Ver cómo te va el retiro.

Raven se encogió de hombros. Fue a la estantería para empezar a ordenar las medicinas y los vendajes a la luz blanca pura de una lámpara de esferas. Syl cobró forma al lado de la cabeza de Clarke a partir de una neblina luminosa, como si fuese una hoja esquirlada.

—Esto le está sentando bien —dijo, inclinándose hacia ella—. Hasta está relajándose, por una vez.

—No hay muchos casos graves —dijo Raven, de espaldas a ellas—. Puede ser agotador con las colas que se forman, pero… no es tan tenso como me había temido.

—Está funcionando —prosiguió Syl mientras se posaba en el hombro de Clarke—. Sus padres siempre andan cerca, así que casi nunca está sola. Sigue teniendo pesadillas, pero creo que está durmiendo más.

Clarke observó a Raven mientras este plegaba vendajes y entonces se fijó en que desviaba un instante la mirada a los cuchillos de cirugía que tenía extendidos en hilera. No debería tenerlos así, fuera de su estuche, ¿verdad?

Clarke hizo un movimiento repentino, irguiéndose de golpe de su postura relajada contra la puerta, y sus pies rasparon la piedra. Raven al instante extendió el brazo hacia los cuchillos, entonces miró atrás y, al ver que no pasaba nada, se relajó. Clarke fue hasta ella y puso la mano en el hombro de Raven.

—Eh —dijo—, nos pasa a todos. Yo incluida, Rav. —Hurgó en el bolsillo y sacó un disco metálico de unos cinco centímetros de diámetro. Se lo ofreció a Raven—. He venido para darte esto.

—¿Qué es? —preguntó Raven, cogiendo el disco.

En un lado había grabada una imagen de una figura con túnica y aspecto divino, y en el otro la misma figura pero vestida para la batalla. Ambas estaban rodeadas de raros glifos extranjeros. En algún momento le habían aplicado esmalte de algún color, pero estaba casi desgastado del todo.

—Me lo dio Zahel cuando completé mi entrenamiento con él —dijo Clarke—. Dice que es de su tierra natal, que allí las usan como dinero. Qué raro, ¿eh?

—¿Por qué no usan esferas?

—No sé, a lo mejor no tienen bastantes gemas. Es de algún lugar al oeste. Pero tampoco tiene tanta pinta de extranjero, así que supongo que será de Bavlandia.

—El de esta cara podría ser un Heraldo —dijo Raven, entornando los ojos para estudiar los extraños glifos—. ¿Qué pone?

—«La guerra es la última opción de un Estado que ha fracasado» —recitó Clarke, y dio un golpecito en la cara de la figura divina. La levantó para que girara en la mano de Raven y dejar arriba la otra cara—. «Pero es mejor que no tener opciones.»

—Vaya —dijo Raven.

—Zahel me contó que siempre se ha considerado un cobarde por estar entrenando a soldados —dijo Clarke—. Me dijo que si de verdad creyera en acabar con las guerras, abandonaría la espada por completo. Luego me dio este disco, y ahí supe que él también lo entendía. En un mundo perfecto, nadie tendría que entrenar para la batalla. No vivimos en un mundo perfecto.

—¿Y qué relación tiene eso conmigo? —preguntó Raven.

—Bueno, que no es motivo de vergüenza que te tomes un tiempo apartado de la espada. Tal vez para siempre. Y al mismo tiempo, sé que disfrutas con ella.

—No debería gustarme matar —dijo Raven en voz baja—. No debería gustarme ni siquiera pelear. Debería odiarlo como hace mi padre.

—Puedes odiar matar y disfrutar de la competición —repuso Clarke—. Además, hay motivos prácticos para no dejar que se oxiden las habilidades. Tómate estos meses para relajarte. Pero cuando vuelva, querría que busquemos la ocasión de practicar juntas otra vez, ¿de acuerdo? Quiero que veas lo que veo yo en los duelos. No consisten en hacer daño a los demás. Consisten en ser lo mejor que puedas.

—Yo… no sé si alguna vez podré pensar como tú —dijo Raven. Cerró los dedos en torno al disco de metal—. Pero gracias. Tendré en mente tu oferta.

Clarke le dio una palmada en el hombro y miró hacia Syl.

—Tengo que marcharme a Shadesmar. ¿Algún último consejo para mí?

—Ten cuidado, Clarke —dijo ella, revoloteando hacia arriba—. Los míos no son como los altospren. No nos guiamos por las leyes, sino por la moralidad.

—Eso es bueno, ¿verdad? —preguntó Clarke.

—Lo es… a menos que resulte que no coincides con su interpretación de la moralidad. Mi gente puede ser muy difícil de convencer a base de lógica, porque para nosotros… bueno, porque lo que sentimos a menudo es más importante que lo que pensamos. Somos spren de honor, pero recuerda: incluso para nosotros, el honor es lo que los humanos y los spren definen que sea. Sobre todo con nuestro dios muerto.

Clarke asintió.

—Muy bien. Rav, no dejes que nadie incendie la torre hasta los cimientos mientras no estoy.

—La cirujana deberías haber sido tú, Clarke —dijo Raven—, no yo. A ti te importa la gente.

—No digas bobadas —respondió Clarke, abriendo la puerta con una mano y señalando la ropa de trabajo de Raven con la otra—. Yo en la vida podría vestirme así.

Dejó a Raven con un guiño de ojo.

Clarke salió dando zancadas por la puerta frontal de la imponente torre de Urithiru al frío aire de la meseta. Llegaba nada menos que seis minutos temprano. Era muy práctico poder controlarse el tiempo con el aparato de la tía Echo. Si todo el mundo tuviera relojes, perdería mucho menos tiempo esperando en las cantinas a que llegaran sus amigos. La amplia llanura que se extendía ante ella, demasiado lisa para ser natural, se prolongaba como un camino hacia las cimas de las montañas en la lejanía. Más allá de los extremos de la meseta se alzaban diez plataformas perfectamente circulares, con rampas ascendentes para acceder a todas ellas. Aquellas Puertas Juradas eran portales que daban a lugares de todo el mundo. En la actualidad solo funcionaban cuatro, las que llevaban a las Llanuras Quebradas, Thaylenah, Jah Keved y Azir. Había un grupo congregado en la plataforma hacia las Llanuras Quebradas, pero no iban a viajar a ese lugar. Aquella era la puerta por la que el equipo de Clarke entraría en Shadesmar. Con vaho por delante de la cara al respirar, Clarke llegó trotando a la rampa, donde sus armeros estaban guardando su armadura esquirlada en el cofre de viaje, acolchada con paja. Aunque la armadura era dura como la piedra, siempre la trataban con muchísimo cuidado. Había cierta reverencia que debía guardarse a una esquirla.

—No superará el traslado, brillante señora —le advirtió un armero—. Cuando vayáis a Shadesmar, se quedará atrás en la plataforma. Ya lo hemos comprobado con varias armaduras.

—La mía podría actuar distinto —dijo Clarke—. Quiero asegurarme. Si de verdad no se traslada, enviadla con mi padre y su fuerza expedicionaria. Se la prestará a Fisk, para complementar su hoja esquirlada.

Los armeros le hicieron el saludo marcial. Cerca había otros rezagados apresurándose cuesta arriba hacia la Puerta Jurada, entre ellos la agente más nueva de Lexa, una mujer alezi alta y con un excelente gusto vistiendo. Llevaba un morral al hombro, pero… no iba a viajar con ellos, ¿verdad?

—¿Berila? —le dijo Clarke cuando la mujer pasó por delante—. ¿No habían elegido a Sidéreo para este viaje?

—¡Ah, brillante señora! —respondió la mujer ojos oscuros—. La esposa de Sidéreo ha caído enferma. Él ha querido quedarse con ella, así que hemos decidido que lo sustituiré yo.

Qué cosas. Clarke asintió distraída mientras la mujer se apresuraba por la rampa. Lexa había parecido muy quisquillosa sobre a quiénes quería llevar con ella. Clarke esperó que aquello no le echara a perder los planes. Bueno, poco podía hacerse al respecto. Clarke fue hasta un alto caballo negro que esperaba, al parecer con ganas de partir. Galante estaba rodeado por los mozos de cuadra de Clarke, que se disponían a cargar material a lomos del caballo, incluidas las armas de Clarke y su baúl de ropa. El caballo debería haber estado cargado ya, a esas alturas. Clarke se acercó al ryshadio y lo miró a sus acuosos ojos azules que, si los escrutaba de cerca, tenían un tenue remolino de los colores del arcoíris. El caballo miró atrás, hacia el arnés de carga que le estaban poniendo los mozos, subidos a taburetes para poder alcanzar a hacerlo.

—¿Qué pasa? —preguntó Clarke.

El caballo bufó y fulminó con la mirada otra vez los arreos.

—¿Crees que por ser de la realeza estamos por encima de un poco de trabajo? —Clarke señaló al caballo y lo miró a los ojos de nuevo—. Es lo que siempre dice mi padre. Nunca te opongas a hacer algo que pedirías a otros que hicieran por ti. —Metió la mano en el bolsillo y sacó una palafruta—. Ten.

El caballo apartó la cabeza.

—Como quieras —dijo Clarke—. Haré que pongan los aparejos a un caballo normal, entonces. Tú te quedas aquí.

Galante se volvió de nuevo hacia ella, mirándolo furibundo. Entonces, a regañadientes, el caballo se comió la palafruta y escupió el corazón. Clarke le rascó el hocico y le dio unas palmadas en el cuello. Cerca de ellos, un mozo miraba embobado hasta que otro le dio un codazo.

—También hablo con mi espada —les dijo Clarke—. Lo curioso es que llegó un momento en que ella me respondió. Nunca temáis mostrar un poco de respeto a aquellos de los que dependéis, amigos.

Esos dos mozos se apresuraron a apartarse para que dos sirvientes fijaran los cofres de la armadura de Clarke en su sitio, a un costado del caballo.

—Gracias —dijo Clarke a Galante—. Por estar conmigo. Sé que preferirías estar con mi padre.

El caballo dio un bufido y posó el hocico sobre la mano de Clarke. Los ryshadios escogían a sus jinetes, no se los domaba ni se los entrenaba. O aceptaban a uno o no, y era muy poco frecuente que alguno permitiera que lo montaran dos personas distintas. El padre de Clarke adoraba a aquel caballo, lo adoraba de verdad. Pero últimamente andaba muy ocupado con sus reuniones, y Galante parecía desconsolado. Abandonado, aunque fuese un poco. Y bueno… Clarke estaba enfrentándose también a su propia pérdida. Así que había parecido un lazo natural, que con los meses había ido haciéndose más y más fuerte. Los hombres terminaron con los cofres de la armadura y luego engancharon el baúl de la ropa de Clarke al otro lado. Ni por asomo pesaba tanto como la armadura esquirlada, así que para equilibrar ambos lados del caballo, llegó otro hombre con una caja alargada. Clarke lo detuvo para hacer una última comprobación. Se arrodilló para abrir los pasadores y miró dentro.

—Tormentas —dijo una voz—. Disculpa, brillante señora, pero ¿cuántas espadas te hacen falta?

Clarke alzó la mirada y sonrió a Godeke el Danzante del Filo, que pasaba cerca llevando a su caballo de las riendas. El hombre delgado llevaba el pelo muy corto, aunque a todos los efectos ya no era un fervoroso y no tenía que afeitarse la cabeza. Detrás de él, Zu, la Custodia de la Piedra del equipo, estaba poniéndose su morral a la espalda. La mujer de pelo dorado no dejaba de quejarse por el frío y se había ceñido un abrigo varias tallas demasiado grande.

—Bueno —dijo Clarke a Godeke—, nunca se tienen demasiadas espadas. Además, las hojas esquirladas no pueden entrar en Shadesmar, así que hay que estar preparada.

—Ya llevas una espada.

—¿Esta? —dijo Clarke, con un golpecito a la que llevaba al cinto—. Sí, bueno, esta es mejor que nada, pero no me gustaría que me pillaran sola con ella y sin rodela. Además, para los duelos estoy entrenada sobre todo en espadas largas y espadones.

Sacó de la caja de armas su mandoble, una larga arma que se empuñaba a dos manos. No era tan larga como algunas hojas esquirladas, claro, ni tan ancha.

—No sé yo… en cuántos duelos participarás, brillante señora.

—Exacto —dijo Clarke—. Y por eso necesito estas otras. —Tendió el espadón al sirviente—. Fija su vaina al hombro izquierdo de Galante, la guarnición alineada con la silla. —Se volvió de nuevo hacia Godeke—. Mira, aquí tengo una espada de puño y medio para usar con o sin escudo. Y una buena espada de bastón para usar a caballo; esta parte se acopla rodando para hacerla más larga.

—Ya veo.

—Y esto de aquí es un kusu emuli —continuó Clarke, levantando la espada curva y larga—. Va de maravilla para dar tajos, sobre todo cuando cargas a caballo. La hoja es más fácil de retirar y más efectiva si tu enemigo no lleva armadura. Y también me hace falta esta espada-hogar veden por si acabamos luchando contra alguien con cota de mallas.

—Tendría que ir…

—Y no olvidemos a los portadores de esquirlada —dijo Clarke, empuñando un martillo de armas. Parecía pequeño, casi como un martillo de trabajador con el mango más largo, diminuto comparado con los gigantescos martillos que blandían los hombres con armadura esquirlada. Clarke no quería que Galante tuviera que cargar con uno de aquellos todo el viaje—. Necesitaré esto si me veo obligada a agrietar una armadura esquirlada. Las espadas se partirían sin hacer ningún daño, salvo quizá la espada-hogar. Esa podría meterla por una grieta después de haber debilitado la armadura.

—De verdad que…

—Y mira, ¿ves esto? —Sacó un arma singular con forma de triángulo, que se asía por la base usando una especie de asa en vez de una auténtica empuñadura—. Un gtet thayleño. Siempre quise entrenar con uno de estos. He pensado que a lo mejor tengo tiempo de practicar.

Godeke saludó con la mano a alguien que había por delante en la rampa y se despidió a toda prisa antes de marcharse, tirando de su caballo tras él. Clarke sonrió e hizo que los ayudantes fijaran unas cuantas armas más a la silla del caballo. Galante pisó con los cascos en un gesto de lo que parecía satisfacción, más feliz de que le cargaran armas como debía ser en vez de solo equipaje. Los hombres engancharon la caja en su sitio con las demás.

—Pareces casi complacida —dijo Zu, acercándose con su abrigo enorme—. De no poder usar hojas esquirladas, me refiero.

Clarke nunca había tenido mucho trato con la mujer; no se había dado cuenta de lo bien que hablaba en alezi. Por lo visto, su pueblo la había desterrado cuando se manifestaron por primera vez sus poderes unos años antes. No se dieron cuenta de que era una Radiante y la creían maldecida por algún dios extraño cuyo nombre no había sonado de nada a Clarke. Los iriali combatían en el bando enemigo, pero Bellamy no rechazaba a nadie que llegara pidiendo asilo, y mucho menos si habían pronunciado juramentos Radiantes.

—Bueno —dijo Clarke—, yo tampoco lo llamaría complacida. Una hoja esquirlada es el arma superior absoluta. Ningún grado de especialidad para esa situación compensa la capacidad de atravesar las armas, armadura e incluso el cuerpo de tu adversario como si fuesen agua. A mí me encanta empuñar la mía en los duelos; es solo que una parte de mí lamenta que hayan dejado obsoletas otras armas.

—No estoy de acuerdo —dijo Zu, invocando su hoja esquirlada—. ¿Por qué iba a lamentar nadie la existencia de estas maravillas?

El arma le apareció en la mano obedeciendo su orden, cobrando forma a partir de una niebla. A Zu le gustaba llevar una hoja fina, más larga incluso que la del padre de Clarke, y con una curva de aspecto peligrosísimo. Clarke se levantó y se sopló en las manos para calentarlas mientras Merit empezaba a llevarse los animales de carga por la rampa hacia la plataforma de la Puerta Jurada. Clarke lanzó una mirada a Galante y el ryshadio echó a andar tras ellos, sin necesidad de brida ni cuerda que lo guiaran. Zu movió su espada despacio por encima de la cabeza, en una especie de kata que hizo que le diera el sol. El arma se transformó en sus manos, volviéndose más pequeña y corta, como la espada del cinto de Clarke, y entonces se hizo recta y con punta para las estocadas. El hecho de que las hojas esquirladas vivas pudieran cambiar de forma explicaba muchas cosas a Clarke. Las hojas esquirladas antiguas, las armas muertas que empleaba la mayoría de los portadores de esquirlada, solo adoptaban una forma, al parecer la última que habían tenido en vida. La mayoría eran uno trastos inmensos, no aparatosos, porque una hoja esquirlada nunca podía ser aparatosa, pero tampoco demasiado apropiadas para muchas acciones en el campo de batalla. Eran ligeras, sí, pero su tamaño podía resultar incómodo de todas formas. Los Radiantes modernos preferían armas funcionales cuando combatían. Sin embargo, cuando querían lucirse, creaban algo majestuoso y ultraterrenal, algo menos práctico que impresionante. Eso indicaba que la mayoría de las hojas esquirladas, incluida la suya, habían podido adoptar formas prácticas, pero las habían abandonado en sus encarnaciones más ostentosas.

—No quería insinuar que manejar una hoja esquirlada no tenga su arte —dijo Clarke a Zu—. De verdad que me encantan los duelos de hojas esquirladas. Es solo que me gusta mucho encontrar el arma más adecuada para cada uso. Y cuando la respuesta no es siempre la misma espada, lo encuentro más satisfactorio.

—Deberías hacerte Radiante —dijo ella—. Así, tu espada siempre sería el arma correcta para cada uso.

—Como si fuese tan fácil —respondió Clarke—. Hacerme Radiante y ya está.

Con su equipo ya bien dispuesto, Clarke hizo un recuento rápido de personal. Los acompañarían seis soldados suyos como guardias y especialistas, hombres ojos oscuros escogidos uno a uno por tener buena cabeza. Clarke no había elegido a los mejores combatientes, sino a hombres capaces de cocinar y lavar la ropa estando acampados. Y sobre todo, hombres que no fuesen a dejarse amilanar por las rarezas. Felt era el mejor de ellos, un hombre mayor extranjero, amigo de Bellamy desde tiempos remotos. Era firme y responsable, y tenía experiencia como explorador. Merit era mozo de cuadra y Urad era un cazador excelente, por si tenían que forrajear. Clarke no estaba muy segura de lo útil que les sería en Shadesmar, pero era mejor ir preparada. La esposa de Felt, Malli, trabajaba en la oficina del intendente, e iría con ellos para hacer de escriba. No había sirvientes propiamente dichos, aunque los tres Tejedores de Luz de Lexa hacían trabajos y recados para ella. Eso dejaba solo a los tres Radiantes completos. Con Godeke y Zu ya había hablado. Preguntando por ahí, Clarke descubrió que la última Radiante, una mujer tashikki, había regresado a la torre para comprobar una cosa. Así que Clarke se quedó cerca de la rampa y esperó hasta que la vio cruzando la meseta. La mujer debía de tener setenta y tantos años, con la piel arrugada de color marrón oscuro y el pelo plateado. Era delgada, pero no frágil. Por su paso firme, Clarke sospechó que recurriría a la luz tormentosa para que la reforzara. Aunque Clarke tampoco la había visto nunca vestida con una tela envuelta al estilo tashikki en la torre, ese día llevaba ropa de viaje resistente y un chal echado encima del pelo, además de un morral a un hombro. Cuando se acercó, Clarke estiró el brazo ofreciéndose a llevarlo, pero ella apretó los dedos en torno a la correa. No hablaba muy bien el alezi, pero la mayoría de los spren sabían hablar varios idiomas humanos. Clarke no estaba segura de si formaba parte de su naturaleza o si era solo que habían vivido tanto tiempo que habían acabado aprendiéndolos. En todo caso, los spren podían hacer de intérpretes si era necesario y Clarke de verdad quería llevar a un Vigilante de la Verdad. En otro tiempo, habían estado bien considerados por los honorspren. Aunque el nombre de la mujer era Arshqqam, todo el mundo la llamaba la Tocón, un mote que había difundido Madi, según tenía entendido Clarke. Arshqqam había mencionado que le gustaba el apodo y su forma de andar, erguida pese a la edad, empeñándose en cargar ella misma con sus cosas, dio a Clarke una pista del posible origen del mote. Con su llegada, tenían ya a todos los miembros de la expedición en la plataforma. Media docena de bestias de carga no eran muchas para quince personas. Lo normal habría sido que esos animales hicieran falta solo para la comida, y llevar además unos cuantos carros con barriles de tormenta que podían encadenarse a algo para atrapar agua de lluvia. Por suerte, aquel grupo contaba con los Tejedores de Luz de Lexa para proporcionarles comida y agua mediante el moldeado de almas. Clarke cruzó la plataforma y pasó cerca a la reina, que estaba de pie con Sagaz detrás de ella, como siempre. Anya, Bellamy y Gustus eran los únicos monarcas que estaban en la torre ese día, y todos habían acudido para despedir la expedición. Anya estaba evaluando a Ishnah y Vathah, dos de los agentes de Lexa, para determinar por sí misma si eran competentes. Clarke aflojó el paso mientras Vathah se arrodillaba junto a un gran bloque de obsidiana. La cristalina piedra se había extraído en Shadesmar y transportado hasta allí para hacer la prueba. La mano de Vathah se hundió en el bloque y entonces la estructura de la obsidiana cambió. En un abrir y cerrar de ojos, la piedra se transformó en grano. Más o menos. Lo que había creado Vathah era un gran bulto cuadrado de pulpa de lavis endurecida, no granos individuales como podían hacer algunos moldeadores de armas avanzados. Podrían cortar cachos y cocinarlo para reblandecerlo. No era sabroso, pero sí sustancioso y sano.

«¿Lo sabrán? —se preguntó Clarke—. ¿Lo mucho que Anya los ve como herramientas?» Durante siglos, los aparatos moldeadores de almas de los alezi, por muy limitados que estuvieran, habían proporcionado al reino una ventaja sin igual en batalla. En tiempos más recientes, los Tejedores de Luz habían empezado a moldear almas y no parecían sufrir los mismos efectos adversos que quienes manejaban aquellos aparatos.

Clarke veía motivos más profundos en los meses que había dedicado Anya a entrenar a Lexa y sus agentes. Aunque Lexa quería que su equipo se dedicara al espionaje, Anya parecía considerar sus poderes ilusorios en un segundo lugar muy por detrás de su capacidad para alimentar a ejércitos. Con un poco de suerte, el botín de aparatos moldeadores de almas que habían encontrado en Aimia aliviaría parte de esa presión. Lexa miraba desde no muy lejos, sentada en un arcón de provisiones, con expresión ilegible. Aunque era con mucho la más diestra creando ilusiones de su gente, las capacidades de la propia Lexa con el moldeado de almas se habían demostrado… erráticas. Clarke había mirado desde la puerta algunas de sus sesiones de entrenamiento y solo había visto algún montoncito de grano de vez en cuando. Otras veces, sin querer, creaba cosas retorcidas: llamas, en ocasiones charcos de sangre, una vez un cristal traslúcido. Por fin, después de ocho meses de trabajo, Anya había liberado a Lexa oficialmente de su aprendizaje. Y Lexa de verdad se había ganado esa liberación. Había ido a recibir lecciones, había memorizado la obra entera de eruditas y se había comportado como la pupila perfecta. Aunque el dominio del moldeado de almas seguía rehuyéndola, había mejorado a lo largo del año. Anya dejó marchar a los dos agentes, que se apresuraron a unirse a los demás. Clarke se descubrió cada vez más ansiosa mientras todos se congregaban alrededor del pequeño edificio en el centro de la plataforma. No es que tuviera ningún motivo. Era solo que habían pasado meses desde su última visita a Shadesmar. Bellamy llegó hasta el grupo y esperó a que todos callaran. Querría decir unas palabras, cómo no. Al padre de Clarke cualquier cosa le valía como excusa para dar un discurso inspirador.

—Elogio vuestra valentía —dijo Bellamy a la gente congregada—. Sabed que hoy viajáis no solo en representación mía, sino de la coalición entera. Os acompañan las esperanzas de millones de personas.

»El reino que vais a recorrer os resultará ajeno y a veces hostil. No olvidéis que en otro tiempo albergó a aliados, y que sus fortalezas recibían a los hombres con los brazos abiertos. Vuestra tarea es reavivar esas antiguas alianzas, al igual que nosotros hemos recreado el antiguo vínculo entre naciones. Sabed que lleváis con vosotros mi más absoluta confianza.

«No está mal —pensó Clarke—. Al menos ha sido breve.» Los seis hombres de Clarke aclamaron como se esperaba de ellos. Los Radiantes hicieron un educado aplauso, que no solía ser la reacción que recibían los conmovedores discursos de Bellamy. El padre de Clarke seguía tratándolos como a soldados, aunque la mayoría de los Radiantes presentes ese día no habían estado nunca en el ejército. Lexa era una ojos claros de campo, una erudita convertida en espía; la Tocón había regentado un orfanato; Godeke había sido fervoroso. Que Clarke supiera, Zu era la única que había empuñado algo parecido a un arma antes de pronunciar sus juramentos.

Anya dijo unas palabras, como también Gustus. Clarke las escuchó a medias, preguntándose si Gustus no se habría sorprendido al ver que no había ningún Portador del Polvo en la expedición. Nadie había dicho en voz alta el motivo, pero para Clarke era evidente. Los Portadores del Polvo no servían a Bellamy, o por lo menos no lo suficiente para su gusto. Al terminar los discursos, los miembros de la expedición empezaron a pasar apretujándose al interior del pequeño edificio de control, al que también hicieron entrar a los caballos. Quizá existiera alguna manera de llevar a todos los presentes en la plataforma a Shadesmar, pero de momento solo habían podido transportar a quienes estuvieran dentro del edificio de control. Clarke hizo una seña a Lexa para que entrara sin esperarlo. Anya, Gustus y Sagaz emprendieron el regreso por la plataforma seguidos de sus séquitos. Al poco tiempo, Clarke y Bellamy se quedaron encarados uno hacia el otro, solos fuera del

edificio. Un bufido atravesó el aire. Galante se había quedado fuera también, sin hacer caso a los mozos que habían intentado atraerlo al edificio con gruta. Bellamy abandonó su adusta postura y dio unas palmaditas al caballo en el cuello.

—Gracias por cuidar de él estos meses —dijo a Clarke—. Últimamente no tengo mucho tiempo para cabalgar.

—Los dos sabemos lo ocupado que estás, padre.

—Ese uniforme es nuevo —le dijo Bellamy—. Es mejor que algunos de los últimos que has estado llevando.

—Tiene gracia —respondió Clarke—. Hace cuatro años, la última vez que me lo puse, lo llamaste deshonroso.

Bellamy se envaró y bajó la mano del cuello de Galante. Entonces se agarró las manos a la espalda y se irguió. Se irguió en toda su tormentosa altura. A veces el padre de Clarke se parecía más a una estatua creada por moldeado de almas que a una persona.

—Supongo… que los dos nos hemos vuelto más permisivos con los años —dijo Bellamy.

—Yo creo que sigo siendo la misma persona —replicó Clarke—. Es solo que estoy más dispuesta a dejar que esa persona te decepcione.

—Hija —dijo Bellamy—, tú no me decepcionas.

—¿Ah, no? ¿Puedes decirlo de veras, con un juramento?

Bellamy calló un momento.

—Es solo que quiero que seas la mejor mujer que puedas —dijo al cabo—. Una mujer mejor de lo que era yo a tu edad. Sé que esa es la persona que eres en realidad. Y quiero que me representes bien. ¿Tan terrible es eso?

—Ya no te represento a ti, padre. Soy una alta princesa. Me represento a mí misma. ¿Tan terrible es eso?

Bellamy suspiró.

—No sigas por ese camino, hija. No dejes que mis fracasos te lleven a rebelarte contra lo que sabes que es correcto, solo porque sea lo que yo deseo de ti.

—No estoy… —Clarke cerró los puños, intentando aplastar su frustración—. No estoy rebelándome sin más, padre. Ya no tengo catorce años.

—No. A los catorce me admirabas, por algún motivo. —Bellamy lanzó una mirada a las figuras que se marchaban, cada vez más pequeñas en la lejanía de la plataforma—. ¿Ves a Gustus ahí fuera? ¿Sabes cómo ve él el mundo? Todo coste, todo precio, merece la pena pagarse si lo que quieres lograr resulta valioso, al final.

»Sigue sus pasos y podrás justificar cualquier cosa. ¿Mentir a tus soldados? Necesario, si quieres que hagan su trabajo. ¿Reunir riquezas? Las necesitas para alcanzar tus importantes objetivos. ¿Matar a inocentes? Todo sea en aras de forjar una nación más fuerte. —Miró a Clarke—. ¿Asesinar a alguien en un callejón y luego mentir al respecto? Bueno, el mundo está mejor sin él. De hecho, hay mucha gente a la que el mundo le convendría que no estuviera. Podríamos empezar a acabar con ellos con disimulo…

«Puede que yo asesinara a Sadeas —pensó Clarke—, pero al menos nunca he matado a nadie inocente. Por lo menos yo no hice que mi esposa muriera abrasada.»

Y allí estaba. El nudo bullente muy en su interior, el que Clarke no se atrevía a tocar por si se quemaba. Sabía que entonces Bellamy había sido una persona distinta. Un hombre que no estaba del todo en sus cabales, traicionado, consumido por el poder de uno de los Deshechos. Además, Bellamy no había matado a la madre de Clarke a propósito. Esas cosas podían saberse sin sentirlas. Y aquello. No era. Algo. Que pudiera. Perdonarse.

Clarke sofocó aquel nudo iracundo y no permitió que se apoderara de ella; hizo caso omiso de los furiaspren que habían emergido a sus pies. No dijo nada a su padre. No se fiaba de la rabia, la frustración y, sí, la vergüenza que se arremolinaban en su interior. Si abría la boca, podría salir alguna de las tres, y no sabía cuál.

—O bien crees tal y como lo hace Gustus —dijo Bellamy— o aceptas la opción mejor: que tus actos te definen más que tus intenciones. Que tus objetivos y el viaje que emprendes para alcanzarlos deben alinearse. Estoy intentando detenerte antes de que hagas cosas que lamentarás de verdad, con todo tu corazón.

—¿Y si yo creo que mis actos han sido dignos? —preguntó Clarke.

—Entonces quizá debamos considerar que el entrenamiento que te proporcioné en tu juventud fue defectuoso. No me sorprende. Yo no era precisamente el mejor ejemplo.

«Y ya vuelve a rodar todo en torno a ti —pensó Clarke—. Yo no puedo tener una opinión ni tomar decisiones; solo actúo así por influencia tuya.»

¡Por Becca, Titus y los Heraldos de las alturas! Clarke amaba a su padre. Incluso entonces, después de averiguar todas las cosas que Bellamy había hecho. Incluso con… aquel acontecimiento.

Clarke amaba a su padre. Amaba de él que Bellamy se esforzase tanto, y que de verdad se hubiera convertido en una persona mucho mejor que la de antes. Pero Condenación, ese último año Clarke había empezado a darse cuenta de lo difícil que podía ser vivir cerca de ese hombre.

—O a lo mejor —dijo Clarke, tranquilizándose con gran esfuerzo—, a lo mejor, por increíble que parezca, existen más de dos opciones en la vida. No soy tú, pero eso no significa que sea Gustus. A lo mejor tengo mi propia manera de equivocarme.

Bellamy apoyó la mano en el hombro de Clarke. Debería haber resultado reconfortante, pero Clarke no podía evitar verla como una forma de controlar la conversación. De ponerse a sí mismo en la posición de padre y encajar a Clarke en su papel de niña gimoteante.

—Hija —dijo Bellamy—, yo creo en ti. Vete, triunfa en esta misión. Convence a los honorspren de que somos dignos de ellos. Demuéstrales que tenemos a hombres preparados para pronunciar los juramentos y elevarse.

Clarke miró la mano de su padre en el hombro y luego a él a los ojos. Había algo en esas palabras…

—Quieres que me convierta en uno de ellos, ¿verdad? —acusó Clarke—. ¡A tus ojos, parte del propósito de este viaje es que yo me haga Radiante!

—Tu hermano es digno —dijo Bellamy—, y tu padre, pese a todos sus esfuerzos, se ha demostrado digno también. Estoy seguro de que tú también demostrarás serlo.

«Como si no tuviera ya suficientes cargas.»

Las protestas murieron en los labios de Clarke. Protestas como que seguro que había miles de personas dignas en el mundo y no todas serían elegidas. Protestas como que estaba a gusto con su vida y no necesitaba cumplir las expectativas de los ideales de algún spren. En vez de eso, Clarke se limitó a agachar la cabeza y asentir. Bellamy ganaba la discusión. El Espina Negra no estaba acostumbrado a ninguna otra cosa. No era tanto que Clarke estuviera de acuerdo con él como que no sabía qué pensar, y ahí era donde estaba el problema. No podía plantar cara a su padre con quizás. Bellamy le dio una palmada en el hombro con la otra mano y le deseó buen viaje. Clarke llevó a Galante al interior de la cámara, alta princesa, líder de la expedición y aun así, por algún motivo, todavía una niña pequeña.

El lugar estaba atestado con tanto caballo. Aquellos edificios circulares de control tenían una pared interior rotatoria, además de murales en el suelo que indicaban varias localizaciones. Lo normal a la hora de iniciar una transferencia era que un Radiante usara su hoja esquirlada a modo de llave para hacer rotar la pared interior hasta el punto adecuado. Ese día, Lexa hizo otra cosa distinta. A un asentimiento de Clarke, invocó su hoja esquirlada y la insertó en la cerradura de la pared. Entonces siguió empujando y su espada se derritió formando un charco plateado en la pared, mientras la empuñadura fluía líquida en torno a su mano. Lexa alzó la mano y movió el mecanismo entero de cierre derecho hacia arriba. Con un fogonazo todos fueron arrojados a Shadesmar.