22. NO SIRVE DE NADA HABLAR
Me he puesto en contacto con los demás, como solicitasteis, y he recibido respuestas diversas.
Durante la semana anterior, Clarke había asignado a sus soldados la tarea de trasladarse a Shadesmar varias veces. Hasta había hecho entrar y salir a los caballos para asegurarse de que no montarían en pánico. Por tanto, casi todo el mundo estaba preparado para lo que vio. Sin embargo, todos, Clarke incluida, se quedaron enmudecidos por las increíbles vistas. El cielo era negro como la medianoche, solo que sin estrellas. El sol parecía demasiado lejano, demasiado endeble, para iluminar bien el lugar, pero no estaban a oscuras. Clarke veía sin problemas la pequeña plataforma que los rodeaba, que tenía el tamaño de la sala de control. La luz del sol iluminaba el paisaje, pero por extraño que pareciera no iluminaba el cielo. La sala de control no se había transportado con ellos. En su lugar había dos gigantescos spren flotando en el aire cerca de ellos, los cuidadores de aquel portal, de más de diez metros de altura, uno blanco como el mármol y el otro negro ónice. Clarke alzó una mano hacia ellos mientras cruzaba la plataforma.
—¡Gracias, antiguos! —exclamó.
—Se ha hecho como requiere el Padre Tormenta —replicó el de mármol con voz atronadora—. Nuestro progenitor, el Hermano, ha muerto. Lo obedecemos a él en su lugar.
Hacía mucho tiempo, un misterioso spren de género desconocido llamado el Hermano había vivido en Urithiru. Había muerto. O dormía. O quizá fuese lo mismo. Las respuestas de los spren sobre el Hermano se contradecían entre ellas. En cualquier caso, antes de morir el Hermano había ordenado a aquellos centinelas que dejaran de permitir el paso de personas a Shadesmar. Muchos guardianes de las puertas seguían obedeciendo esa norma. Pero algunos había accedido a la petición del Padre Tormenta. Decían que, en ausencia de otros Forjadores de Vínculos, Bellamy y el Padre Tormenta eran dignos de obediencia, incluso contraviniendo antiguas órdenes.
Lo cual era una suerte, porque aunque Lexa podía meterse en Shadesmar usando sus poderes, no podía llevar a nadie con ella… y no podía regresar por su cuenta. Incluso Anya, cuyos poderes en teoría sí lo permitían, tenía problemas para transportarse de vuelta desde Shadesmar. La plataforma en la que estaban era una de las diez que se alzaban sobre sus respectivas altas columnas allí, dispuestas más o menos igual que las Puertas Juradas delante de Urithiru. Clarke veía a los otros centinelas flotando por encima de ellas. Cada pilar tenía una larga rampa en espiral que la rodeaba descendiendo hasta el océano de cuentas, mucho más abajo. Pero la torre en sí era mucho más majestuosa que ninguna otra vista. Clarke se volvió para alzar la mirada y contemplar la resplandeciente montaña de luces y colores. El brillo nacarado no imitaba del todo la forma de la torre, sino que daba una sensación más cristalina. Eso y que no era física, sino de luz. Radiante, refulgente, brillante. La torre era del mismo color del que se volvía el cielo en Shadesmar cuando una alta tormenta pasaba sobre Roshar. Y el lugar estaba rebosante de spren emocionales en ese lado. Atravesaban volando la torre en grandes bandadas, adoptando diversas formas; la mayoría estaban tan lejos que Clarke los veía solo como puntitos de color, pero sabía que en Shadesmar tenían formas extrañas. Más orgánicas, más bestiales. Volaban, reptaban y trepaban por la luz titilante de la torre y a través de ella, haciendo que pareciera una colmena. Clarke no se había parado a pensar hasta que llegó allí en la cantidad de spren que atraían los humanos de Urithiru. Algunos podían ser peligrosos en ese lado, pero les habían dicho que la naturaleza de la torre los protegería de ellos. Allí los spren estaban empachados de emociones y se mostraban más tranquilos. A todos les costó unos minutos absorber el imponente paisaje: la montaña de colores iridiscentes, los centinelas, los spren y la larga caída a plomo hasta el océano de abajo. Clarke por fin recuperó el control de los ojos para hacer un recuento rápido, ya que en Shadesmar los Radiantes estaban acompañados por sus spren personales. Patrón estaba de pie cerca de Lexa, una figura alta con una túnica demasiado ceñida y un símbolo que cambiaba sin cesar por cabeza. Clarke tenía la sensación de poder distinguir a Patrón de los otros crípticos. Tenía como un brío en el paso, daba saltitos mientras los otros tres crípticos parecían deslizarse. Y sus símbolos también eran un poco… distintos. Clarke ladeó la cabeza, intentando determinar por qué pensaba eso, ya que los símbolos no dejaban de cambiar y no se repetían, que ella pudiera ver. Y sin embargo, la velocidad a la que cambiaban y la sensación de cada uno de ellos era distinta al resto. Zu, la Radiante que estaba más cerca de Clarke, dio un salto y aferró a su alto spren en un abrazo.
—¡Ja! —exclamó la Custodia de la Piedra de pelo dorado—. ¡En este lado eres una montaña, Ua'pam!
La piel de su spren parecía estar hecha de roca quebrada, que brillaba desde el interior como si estuviera fundida. Por lo demás, tenía rasgos más o menos humanos. Ua'pam llevaba ropa ribeteada de pieles en ese lado, la que podría esperarse de alguien que viviera en lo alto de las montañas. Clarke no estaba muy segura de cómo funcionaba todo aquello. ¿Los spren podían tener frío?
Godeke era Danzante del Filo, por lo que su spren era una cultivacispren, un tipo que Clarke ya había visto muchas veces: tenía la figura aproximada de una mujer bajita, pero estaba hecha toda de enredaderas. Esas enredaderas se estrechaban entretejiéndose para componer una cara que tenía dos cristales en vez de ojos. Unas manos también de cristal, increíblemente finas y delicadas, asomaban de las mangas de su túnica, y tenía un aire distante mientras miraba a su alrededor. La última spren era la que más rara resultó a Clarke. Parecía estar compuesta solo de niebla, toda excepto la cara, que flotaba delante de la cabeza con forma de máscara de porcelana. Esa máscara tenía como un reflejo centelleante, que siempre atrapaba la luz, y de hecho Clarke podría jurar que, desde algunos ángulos, estaba hecha de cristal traslúcido. La spren parecía ser mujer, o al menos tenía una figura y una voz femeninas. Tenía que ser la spren de Arshqqam, la Vigilante de la Verdad. La spren llevaba chaleco y pantalones, que de alguna manera flotaban reteniendo el cuerpo hecho de niebla blanca. Sus brazos terminaban en guantes. ¿Sería niebla lo que había dentro, moviéndole los dedos?
—¿Te gusta mirarme, humana? —preguntó la spren con una voz delicada que tintineaba como el cristal al agrietarse. Los labios de la máscara no se movieron al hablar—. Los brumaspren podemos escoger nuestra forma, ¿sabes? Acostumbramos a elegir la de una persona, pero no tenemos por qué. Pareces fascinada. ¿Me consideras hermosa o me consideras un monstruo?
—Eh… —dijo Clarke.
—No respondas —dijo el cumbrespren de Zu, Ua'pam, con voz rasposa—. Tú. No provoques.
—No estoy provocando —respondió ella—. Solo preguntando. Me gusta saber cómo piensan las mentes.
—Un objetivo bien digno —dijo Clarke, mirando de nuevo alrededor. Todos los spren Radiantes estaban presentes, pero ¿dónde estaba ella?
Lexa le atrajo la mirada y señaló con la barbilla rampa abajo, así que Clarke corrió hasta allí y se detuvo al borde al ver una última spren que estaba sentada esperando. Era otra cultivacispren, con enredaderas parecidas a cordeles componiendo su cara. Pero sus enredaderas eran de un marrón apagado y estaban más apretadas, confiriendo al semblante de la spren un aire hundido. Maya seguía llevando los mismos harapos marrones. Sin embargo, Clarke vio pistas de lo que habían sido en otro tiempo. No una túnica como llevaba la spren de Godeke. Aquello había sido un uniforme. Su rasgo más perturbador eran los ojos raspados. Parecía que alguien se hubiera aplicado con un cuchillo en su cara, solo que Maya no había sangrado ni tenía cicatrices por los cortes. La habían borrado. Destrozado. Retirado de la existencia. Cuando miró a Clarke, parecía un cuadro que algún vándalo hubiera arruinado. Estaba sentada abrazándose a sí misma en la rampa. No habló. Nunca lo hacía, excepto una vez hacía más de un año, cuando había dicho su nombre a Clarke. Era su hoja esquirlada. Y ella esperaba que también su amiga.
—Mayalaran —dijo, tendiéndole la mano.
La spren contempló la mano y ladeó la cabeza. Como si fuese algún objeto extraño para el que no pudiera determinar ningún uso. Clarke descendió por la rampa, le cogió la mano con delicadeza y la puso en la suya. Los cordeles enrollados de su mano tenían una textura firme y suave. Como una buena empuñadura de piel de jabalí.
—Vamos —dijo—, te presentaré a los demás.
Tiró de su mano y ella se levantó, la siguió y llegó con ella sin mediar palabra a la plataforma.
—Ella es Lexa —dijo Clarke, señalando—. Mi esposa. Te acuerdas de ella y de Patrón, ¿verdad? Ahí está Godeke, que antes era fervoroso. Arshqqam es nuestra Vigilante de la Verdad, y antes cuidaba a huérfanos. Y Zu es… —Clarke titubeó—. Zu, ¿qué hacías tú antes?
—Causar problemas, sobre todo —respondió la iriali.
Se quitó el grueso abrigo soltando un profundo suspiro. Por debajo llevaba una ceñida tira de tela envolviéndole la parte superior del torso, un poco parecida a un sarashi de guerrero. Tenía una piel broncínea que a Clarke le dio una impresión metálica, y su pelo rubio no era como el del propio Clarke, sino muy dorado. Aunque la madre de Clarke procedía de Rira, cerca de Iri, eran dos pueblos distintos.
—¡Vamos, Ua'pam! —exclamó—. ¡Veamos qué hay al final de esta rampa!
—Ten cuidado —dijo el cumbrespren mientras Zu se ponía el abrigo sobre el hombro y caminaba hacia la rampa.
—Bueno —dijo Clarke a Maya—, esa es Zu. Los otros seis son los Tejedores de Luz de Lexa y sus spren. Ven, te presentaré a mis soldados.
Mientras se llevaba a Maya en dirección a Felt, la brumaspren llegó junto a ella.
—No sirve de nada hablar con una ojomuerta —dijo la criatura con los labios inmóviles—. ¿Acaso no lo comprendes? ¿Qué hay en ti que te haga querer hablar con algo que no puede entenderte?
—Me entiende —repuso Clarke.
—Crees que lo hace. Esto es curioso.
Clarke no hizo caso a la extraña spren y presentó a Maya a su equipo. Estaban advertidos de que se la encontrarían, así que todos le hicieron una respetuosa inclinación y no miraron sus extraños ojos, o al menos no demasiado. Ledder hasta le hizo un cumplido por su apariencia como hoja esquirlada, diciendo que siempre había admirado su belleza. Maya se lo tomó todo con su característica solemnidad muda. No ladeó la cabeza, sino que se limitó a quedarse de pie junto a Clarke y mirar a quien estuviera hablando. Sí que entendía. Clarke había sentido sus emociones a través de la espada. De hecho, tenía la impresión de que siempre había podido percibirla dándole ánimos.
Lexa se acercó y cogió a Clarke del brazo.
—Deberíamos ir bajando —dijo—, a ver si el barco ha llegado.
—Es verdad, es verdad —respondió ella—. Espera, cuida de Maya un momento. Tengo que ir con Galante.
Fue deprisa hacia el caballo y, cuando llegó, ya sabía que eran malas noticias. Los humanos del Reino Físico estaban representados allí con forma de luces que flotaban, como llamas de vela. Había un grupo de ellas congregadas cerca del caballo e interactuaban como unos colores azules brillantes, resplandecientes. Para asegurarse, Clarke comprobó los cofres de la armadura que llevaba Galante. La armadura esquirlada no había cruzado a Shadesmar. Clarke había tenido la esperanza de… En fin, significaba que su armadura no era distinta de las demás. No podía transportarse a Shadesmar. Las luces del otro lado eran sus armeros recogiendo la armadura esquirlada, que habría caído a la plataforma.
—Qué le vamos a hacer —dijo, desenganchando los cofres vacíos—. Vamos a quitarte esto.
Galante dio un soplido que Clarke eligió interpretar como comprensivo. Redistribuyó el peso y comprobó las armas de las vainas de Galante, incluyendo el gigantesco espadón que era casi tan voluminoso como una hoja esquirlada. Echaron a andar hacia la rampa, pero Clarke se detuvo e inclinó la cabeza hacia el lado. Cuando Galante se movía, dejaba atrás una tenue sombra de luz. Era casi imperceptible. Cuando el caballo sacudió la cabeza de un lado al otro, hubo una clara impresión de una imagen persistente con la forma de la cabeza, pero brillante.
—No esperaba que tú fueses distinto aquí —dijo Clarke al caballo.
Galante rebufó otra vez. Su versión de un encogimiento de hombros. Entonces acercó el morro al bolsillo de la casaca de Clarke. Clarke soltó una risita y sacó la otra fruta que llevaba escondida allí, envuelta en un pañuelo, por supuesto. No iba a mancharse la casaca. Se la dio al caballo con una palmadita en el cuello.
—Bueno, por lo menos no tendrás que cargar con esa armadura esquirlada por ahí.
Clarke se sentía expuesta. No tenía hoja ni armadura esquirlada, y los Radiantes se verían limitados, pues, aunque llevaban una buena cantidad de gemas infusas, no podrían renovarlas. Indicó al grupo que empezara a descender con cautela por la rampa. Al tener barandilla, no era demasiado peligrosa, pero había mucho camino. Urithiru estaba en lo alto de las montañas, y tendrían que bajar hasta el nivel del mar. Lo raro era que, según Lexa, habían hecho medidas y el camino no era ni por asomo tan largo como lo habría sido en el Reino Físico. El espacio no mantenía una correlación de uno a uno en Shadesmar. Las cosas parecían más comprimidas allí, sobre todo en la dimensión vertical. Isasik, la cartógrafa, opinaba que era un lugar increíble por unos motivos que Clarke no había alcanzado a comprender pese a las tres veces que se los habían explicado. Fuera como fuese, el descenso duraría varias horas. Empezaron a recorrer la rampa y Lexa se puso a su lado, mirando a Maya caminar por delante con el ryshadio. Clarke rodeó a su esposa con el brazo.
—¿Crees que se ha alegrado de verme? Espero que le guste estar con nosotros. Tiene que ser mejor que estar siempre dando vueltas por este lado, merodeando por dondequiera que ande yo.
—Seguro que está contenta —dijo Lexa.
—No crees… que estoy loca, ¿verdad? Por tratarla como la trato.
—Lo encuentro adorable —le aseguró Lexa.
—¿Aunque me pinches por ello?
—Esa es la forma de saberlo. —Lexa sonrió, la hizo parar y se puso de puntillas para besarla—. Y también me gusta tu ropa. Has elegido bien.
—Gracias, es…
Clarke dejó la frase en el aire cuando alguien más la rodeó a ella con el brazo, y luego también a Lexa. Clarke giró la cabeza y encontró a Patrón de pie tras ellas, abrazándolas. Su ropa era rígida, como si estuviera hecha de cristal, y el cuello de la túnica apretaba incómodo la oreja de Clarke.
—Mmm… —dijo Patrón—. Me gusta tener brazos. Si Maya no habla y quieres a alguien con quien hablar, a mí se me da de maravilla. Puedo decir palabras sobre muchas clases de cosas.
—Esto… ¿gracias? —dijo Clarke.
—De nada. ¿Deberíamos hablar? ¿Estando de pie? Porque ahora vuelvo a tener pies. Me gustan mis pies. Son adecuadamente ambulantes.
Levantó una pierna y mostró un pie descalzo bajo la túnica. Qué curioso. Clarke siempre había dado por sentado que no tendrían pies. Patrón siguió adelante, tarareando contentísimo para sus adentros. Una hora después, Clarke aún veía Urithiru brillando arriba. Una hoguera de colores y luz, aunque sorprendía al no proyectar sombras. Muchas fuentes de luz en Shadesmar no las proyectaban. Y las que sí lo hacían, en ocasiones las proyectaban en direcciones erróneas. Comieron unas raciones de campo y siguieron descendiendo a ritmo constante en espiral, alrededor de la inmensa columna. Llegó un momento en que Clarke pudo distinguir el océano por debajo. En Shadesmar, la tierra y el mar estaban invertidos, así que en el lugar donde estaban, el continente se manifestaba como un inmenso océano de cuentas. Encontrarían terreno firme donde fluían los ríos tras las altas tormentas y en los límites del continente, donde empezaba el agua en el mundo real. Todo lo que existía en Roshar se manifestaba en Shadesmar. La mayoría de los objetos se convertían en cuentas y las personas y los animales vivos eran llamitas de luz como las que Clarke había visto arriba. Pasaron frente a varias de ellas en su descenso, flotando en la lejanía. Clarke supuso que serían los guardias que vigilaban el complejo de túneles y cavernas que había debajo de Urithiru. De hecho, había más luces de las que había esperado: tía Echo se habría salido con la suya en su propuesta de que las cavernas estuvieran mejor protegidas. Al cabo de un tiempo dejaron de verlas arriba y Clarke se quedó sola con el interminable panorama del océano. Pensar en aquellas cuentas le hacía nudos en la mente. Eran las almas de todos los objetos que componían el mundo físico. Revueltas y mezcladas, formando olas y fuertes mareas, cada una hecha de pequeñas cuentas que no eran más anchas que su dedo índice. Pasó el rato intentando conocer mejor a los miembros de su equipo. A Zu le gustaba adelantarse y su spren acostumbraba a recomendarle una cautela que ella solía ignorar. Zu había trabajado durante años como guía en las islas Reshi, después de huir allí buscando un lugar donde la gente, en sus propias palabras, «no se empeñara en hacer reglas sobre cómo debo vivir yo». Se había alegrado de incorporarse a la misión y alejarse de la torre, que consideraba agobiante.
Reconoció tener un poco de experiencia en combate. Su spren no hablaba mucho, y cuando lo hacía era en frases cortas, pero a Clarke le gustaban las implicaciones defensivas de tener a un spren que era de piedra, y no en sentido figurado. Cuando Zu volvió a escabullirse para explorar por delante, Clarke se situó a la altura de Godeke. El Danzante del Filo no dejaba de mirar al cielo, sonriendo como un niño con una espada nueva.
—La obra del Todopoderoso es maravillosa —dijo—. ¡Y pensar que esta belleza siempre ha estado con nosotros! Mira, ¿esos son un tipo nuevo de spren?
Señaló a unos que pasaron flotando por el aire. Se parecían a pollos, con alas que batían y cuerpos bulbosos.
—Creo que son glorispren —explicó Clarke—. Los spren de emociones son como los animales de este mundo. Notan el tirón de nuestro lado cuando perciben algún tipo de emoción fuerte, y nosotros los vemos con formas distorsionadas.
—Asombroso —dijo Godeke—. Gracias por traerme a este viaje, brillante señora. Archinal me ha hablado largo y tendido sobre este lugar, pero jamás creí que lo vería en persona. Esta noche quemaré plegarias en agradecimiento… si es que tenemos fuego, por supuesto. ¡Aún no tengo muy claro cómo funciona todo esto!
—Entonces… ¿todavía sigues al Todopoderoso? —preguntó Clarke—. ¿El vorinismo y esas cosas? ¿A pesar de haber sabido que los Heraldos nos traicionaron?
—Los Heraldos no son Dios, sino sus siervos —dijo Godeke—. Bien saben las tormentas que yo mismo le he fallado más de una vez. —Adoptó una expresión distante—. No creo que podamos reprocharles que terminaran agotándose. Es más, creo que es admirable que trabajaran durante tanto tiempo para mantenerlos a salvo.
—¿Y el hecho de que confirmaran la muerte del Todopoderoso?
—La muerte de Honor, ojo —dijo Godeke—. Un aspecto del Todopoderoso. —Sonrió—. No pasa nada, brillante señora. Comprendo que la gente lo esté cuestionando ahora, con los tiempos que corren. Pero recuerda que la iglesia enseñaba que todos nosotros somos aspectos del Todopoderoso, que él vive en nosotros. Igual que vivía en el ser llamado Honor, cuya tarea era proteger a la humanidad.
»El Todopoderoso no puede morir. La gente puede morir. Los Heraldos pueden morir. Incluso Honor pudo morir. Pero Honor, la gente y los Heraldos volverán todos a la vida, transformados por moldeado de almas a través de su poder. —Godeke volvió la mirada hacia su caballo de carga, sobre el que iba montada su spren. Entre las alforjas asomaban varios libros—. Aún estoy aprendiendo. Todos lo hacemos. El Libro de las páginas interminables no puede llenarse… aunque tu padre hizo una muy buena adición al texto.
—¿Te parece bien que un hombre escriba, entonces? —preguntó Clarke, frunciendo el ceño.
—Tu padre no es solo un hombre, Clarke —dijo Godeke.
—Él…
—Tu padre es un hombre sagrado. Como lo era yo, antes de adoptar este nuevo papel. —Godeke negó con la cabeza—. Había vivido desde siempre con una deformidad, y entonces, en un instante, estaba transformado y sanado. Me convertí en aquello que siempre me había visto ser a mí mismo. Tu padre ha experimentado una transformación más vibrante. Es igual de divino que cualquier fervoroso.
»Y también… debo reconocer que algunas cosas que dice tienen sentido. ¿Cómo puede estar prohibido a alguien ver las palabras sagradas del Todopoderoso solo porque ese alguien sea varón?
Hace que me pregunte si lo hemos interpretado mal desde el principio. Si los fervorosos hemos sido egoístas al querer reservarnos todo esto para nosotros.
»No acepto las conclusiones a las que llegó tu padre, pero me alegro de que la gente esté hablando de la iglesia en vez de seguir con sus vidas sin más, suponiendo que los fervorosos se ocuparán de todo. Mucha gente solo pensaba en la religión cuando llegaba el momento de alguna de sus Elevaciones. —Sonrió al ver otro grupo de glorispren pasar volando—. Qué ganas tengo de escribir sobre esto a los demás de mi devotario. Cuando sepan qué maravillas ha creado aquí el Todopoderoso…
Clarke no estaba segura de que todo tuviera sentido tal y como Godeke lo explicaba, pero al mismo tiempo se alegraba de oír a alguien siendo tan positivo. Dejó a Godeke emocionado y fue a charlar con Arshqqam, utilizando a su spren como intérprete. La mujer se sentía como se había sentido ella en su primera visita a Shadesmar. Abrumada.
—Yo antes pensaba que mi vida tenía sentido —dijo la mujer por medio de la spren—. Creía saber cómo terminaría. No quería marcharme de Tashikk. Allí mi vida era dura, pero estaba clara.
—¿Y por qué te marchaste, entonces?
La anciana la estudió con una mirada penetrante, férrea.
—¿Cómo iba a quedarme? Aún no sé por qué se me eligió a mí. ¿Una mujer al final de su vida? Pero si una niña podía responder a la llamada, desde luego yo no tenía excusa.
La niña a la que se refería era Madi, que había reclutado a aquella mujer entre varios otros durante el último año. La joven parecía tener un don para localizar a otros que estuvieran manifestando poderes.
—¿Qué opinas de ella? —preguntó Clarke—. De Madi, digo. A veces se comporta raro, hasta para ser Radiante.
Arshqqam hizo una mueca, contrayendo los labios en una línea disgustada.
—Era lo que yo necesitaba, aunque no lo supiera. Y preferiría que no le contaras el cariño que le tengo, por favor. Necesita que la lleven con mano firme.
¿Eso había sido cariño?
—La Tocón —dijo Arshqqam por medio de su spren, con cara de nostalgia—. Así es como me llamaban los niños. Era un mote. La única otra persona que me ha dedicado jamás un apelativo cariñoso fue mi padre. Los niños me ven como una persona, cuando a muchos otros les cuesta. Así que la Tocón seré. Un título glorioso, al proceder de niños.
Qué mujer más extraña. Pero tenía una solidez calmada y Clarke se alegraba de tenerla en el grupo. Cuando la conversación decayó, Clarke fue a caminar con Lexa. Repasaron de nuevo los planes que Anya había trazado para ellos. Trabajando con el apoyo de los demás monarcas, había entregado a Clarke lo que parecía un libro entero lleno de instrucciones. Por suerte, estaba convencida de poder ponerlas en práctica. Quizá no alcanzara a entender por qué la forma de Shadesmar era tan fascinante para una cartógrafa, pero ¿hacer de dignataria y emisaria? Llevaba preparándose para eso desde su juventud.
A grandes rasgos, el plan consistía en llevar a los honorspren regalos acompañados de peticiones por escrito de iniciar relaciones. Nada muy insistente. Un ensayo escrito por Anya, otro redactado por Bellamy aconsejado por la reina Fen y un tercero de la corte imperial azishiana. Clarke debía solicitar su admisión en la fortaleza de los honorspren, quedarse unos días para acostumbrarlos a la idea de hablar con humanos y luego marcharse con la promesa de seguir hablando en el futuro. Algunos spren de los Corredores del Viento opinaban que bastaría con eso, pero Syl, en una extraña aparición cuando Raven no andaba cerca, había ido a verla el día anterior.
«Me preocupa que esto no vaya a salir bien, Clarke —le había dicho—. No creo que te dejen entrar siquiera. No son como eran antes los honorspren. Están asustados y enfadados. Me alegro de que queráis intentarlo, pero… prepárate para llevarte una decepción. Y no dejes que intenten culparte por lo que hicieron los Radiantes en el pasado.»
Ua'pam fue el primero en ver el barco. Llamó la atención de Clarke y luego señaló por encima de la barandilla hacia las onduladas cuentas que ya solo tenían unos treinta metros por debajo. Allí, amarrado a la pequeña zona de terreno firme en la base de la columna, había una embarcación plana. Una barcaza. La parte delantera tenía una pequeña cubierta elevada desde la que dirigir a sus mandras voladores. No parecía que tuviese camarotes ni bodega, y se veía mucho menos lujoso que los barcos en los que habían navegado la vez anterior. Por supuesto, Clarke no tenía muchas ganas de repetir la mayoría de aquella experiencia. Aceptaría encantada una barcaza si ello implicaba también una travesía tranquila.
—Mi primo —dijo Ua'pam, señalando una figura de la barcaza que meneaba una luz—. ¡Debe caerte bien!
—Lo intentaré.
—¡Debe caerte bien! —exclamó Ua'pam.
—¿Otro cumbrespren? —preguntó Clarke, escrutando con ojos entornados.
—¡Sí!
—Vimos a algunos de vosotros en nuestro último viaje —dijo Clarke—. Nos dejaron abandonados en Celebrant.
—¿Cumbrespren de Kasiden, del este? ¡Esos son necios! Olvídalos.
—¿Tenéis… distintas nacionalidades?
—¡Pues claro! Mujer tonta. Aprenderás.
La criatura dio una palmada en la espalda a Clarke que fue firme y fuerte. Aunque su mano de piedra era cálida al tacto, no ardía como Clarke habría podido esperar por la refulgente luz que salía de sus grietas. Dieron las últimas vueltas a la columna antes de, por fin, llegar al nivel del mar. Bajo la rampa había un pequeño edificio de piedra construido contra la columna, aunque estaría vacío, según los exploradores que habían enviado a Shadesmar. Clarke envió a dos hombres a comprobarlo de todos modos, y luego se adelantó para conocer al primo de Ua'pam. Era calvo, como los demás cumbrespren que había conocido Clarke, aunque tendían a tener más grietas en la cabeza que en el resto del cuerpo. El spren llevaba un sombrero que recordaba un poco a los que le gustaban a Velo. Volvió a ponérselo después de inclinarse ante ellos.
—¡Bienvenida, princesa humana! —exclamó con voz afable—. ¡Presenta el pago!
Clarke sostuvo en alto una bolsa pequeña llena de esferas brillantes.
—¿Cuánto crees que tardaremos en llegar a la costa meridional?
—Dos semanas, puede —dijo él, e hizo un gesto a los hombres de Clarke para que subieran los caballos a la enorme barcaza, que tendría más de diez metros de ancho y unos treinta de largo. Había otros cumbrespren trabajando a bordo, moviendo arcones para hacer sitio a los recién llegados—. Navegar es fácil últimamente. Pocos barcos. ¡Estaréis felices y relajados!
—¿Pocos barcos?
—Fusionados al este —dijo el capitán cumbrespren, señalando—. Cosas raras en Shinovar. Honorspren en plan arrogante. Nadie quiere viajar.
Habían buscado a algún capitán de barco spren dispuesto a llevarlos hasta Integridad Duradera, la fortaleza de los honorspren. Por desgracia, tenían las opciones limitadas y todos los spren con los que habían hablado se habían negado. Decían que a los honorspren no les gustaba que los barcos se acercaran demasiado. La mayoría había estado de acuerdo en que el trayecto más seguro para el grupo de Clarke sería navegar casi derechos hacia el sur hasta que dieran con tierra. Desde allí, podrían desplazarse al sudoeste, siguiendo la costa tukari en el mundo real, y llegarían a Integridad Duradera. Clarke subió a bordo a Galante y se puso a descargar el animal. Al poco tiempo, estaban ya todos acomodados y felices de que hubiera terminado la caminata. Clarke había pensado que ir cuesta abajo todo el tiempo sería relajado, pero le dolían los gemelos y las rodillas por el movimiento poco natural de estar caminando siempre con pendiente. Había reparado en que algunos Radiantes empleaban luz tormentosa para mantener las energías, pero no había protestado. Aunque sus recursos en luz tormentosa no podían renovarse, las esferas más pequeñas empezarían a agotarse por sí mismas incluso antes de haber concluido la travesía por mar. Sus verdaderas reservas, las que sí debían conservar, eran gemas más grandes que retendrían la luz mucho más tiempo. Ua'pam se puso a desamarrar las sogas del muelle con su primo y luego a ayudar a que la tripulación preparase la barcaza para zarpar. El proceso incluía enjaezar a cuatro mandras muy grandes, alargados spren voladores que tenían varios pares de alas vaporosas y ondulantes, que habían estado flotando perezosos sin tirar de sus correas. Cuando los mandras estuvieron uncidos a la embarcación, se elevó un poco entre las cuentas. Y hecho eso, zarparon. Los soldados de Clarke empezaron a acampar en la cubierta de la barcaza, amontonando cajas para formar paredes y usando lonas para hacerse una especie de refugio. La barcaza no navegaba deprisa, pero había un ritmo relajante en su forma de surcar las cuentas. Los barcos en los que había ido antes cortaban entre ellas con gran estruendo. Allí, el sonido de las cuentas era más pacífico, un quedo chasquido. Clarke ayudó a Lexa a colocar sus cosas, entre ellas varios cofres llenos de material, y ella tuvo la amabilidad de contenerse para no bromear sobre que Clarke llevaba mucho más equipaje que ella. No parecía que la barcaza fuese a avanzar tan deprisa como para tener que sujetar las cosas con correas, así que cuando Clarke hubo amontonado los cofres de Lexa, se sacudió las manos… y entonces se detuvo al ver a su esposa. Estaba arrodillada delante de un cofre, que había abierto para inspeccionarlo. Tenía los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasa? —preguntó Clarke.
Ella negó con la cabeza.
—Nada, es que se me han volcado unas pinturas. Va a ser un agobio limpiarlo. —Cerró la tapa con un suspiro y volvió a menear la cabeza cuando ella se ofreció a ayudar—. No, ya puedo yo.
Bueno, pues Clarke no iba a quedarse descansando mientras sus hombres trabajaban. Así que fue hacia Galante, que se merecía un buen cepillado después de cargar con las cosas de Clarke por aquella rampa. Se puso a trabajar, disfrutando de los familiares movimientos del cepillado. Galante no dejaba de mirar el equipaje de Clarke, donde había escondido un poco de fruta.
—Aún no —dijo Clarke.
El caballo rebufó molesto y luego miró el cepillo de Clarke.
—Sí —respondió Clarke—, los tengo los tres. ¿Creías que iba a traerme siete espadas distintas pero olvidarme de tus cepillos?
El caballo hizo una especie de chasquido con la boca, un ruido que Sangre Segura no había hecho nunca. Clarke no estaba segura de cómo interpretarlo. ¿Regocijo?
—Te daré la fruta —prometió Clarke, sin dejar de cepillar—, pero solo cuando…
Dejó de hablar al reparar en que Maya estaba de pie allí cerca. Clarke la había dejado con los demás, pero por lo visto ella había decidido no quedarse. Clarke siguió cepillando a Galante. Ella estuvo un rato mirando. Luego, vacilante, extendió la palma de la mano. Clarke le pasó el cepillo y ella se lo quedó mirando. Parecía tan perpleja que Clarke supuso que debía de haber malinterpretado lo que quería la spren. Entonces Maya empezó a cepillar al caballo como lo había hecho ella. Desde arriba, costado abajo, con el mismo movimiento exacto que había hecho Clarke. Clarke soltó una risita.
—Tienes que cepillar más que una sola parte, Maya, o se enfadará.
Le enseñó cómo se hacía, cepillando a lo largo del flanco de Galante en la dirección de crecimiento del pelo. Pasadas largas, lentas, meticulosas. Maya tardó poco en cogerle el tranquillo y Clarke regresó por donde había venido para beber un poco. Vio que había dos marineros cumbrespren mirándolo.
—Tu ojomuerta —dijo uno, rascándose la cabeza de piedra con el sonido roca contra roca—. Nunca vi uno entrenado tan bien.
—No está entrenada —respondió Clarke—. Quería ayudar, así que le he enseñado la manera de hacerlo.
Un marinero miró al otro y entonces negó con la cabeza. Dijeron algo en un idioma que Clarke no comprendía, y daba la impresión de que Maya los ponía nerviosos, porque dieron un buen rodeo alrededor de ella para volver a sus tareas. Clarke dio un sorbo de su cantimplora mientras veía alejarse la columna. Ya casi no alcanzaba a distinguir el brillo de la torre en las alturas, cada vez más pequeño a medida que avanzaban.
«Cumpliré mi parte, padre —pensó Clarke—. Les daré tus cartas, pero haré más que eso. Buscaré la forma de convencerlos de que nos ayuden. Y lo haré a mi manera.»
El truco, por supuesto, estaba en descubrir antes cuál era su manera.
Lexa se arrodilló delante de su cofre mientras todos los demás deshacían el equipaje y Clarke cepillaba a su caballo. Intentó no montar en pánico. Falló. Así que se conformó con aparentar que no estaba montando en pánico. Mientras empaquetaba sus cosas, había tomado una Memoria del cubo de comunicación de Dante, guardado en su cofre. Con sus asombrosas capacidades, podía visualizar exactamente dónde lo había dejado. Había tomado la Memoria porque quería llevar mucho cuidado, pero no había creído que pudiera ser relevante tan deprisa. Porque el cubo estaba movido. No solo desplazado entre sus otras cosas, sino que alguien lo había levantado y lo había rotado. La cara que había estado hacia arriba al guardarlo tenía unos tenues arañazos. Esa cara había pasado a estar a un lado. Una diferencia imperceptible, en la que alguien sin sus capacidades no habría reparado. Alguien había movido el cubo. De alguna manera, en el tiempo transcurrido desde que hiciera el equipaje hasta su llegada a la barcaza, alguien había registrado sus cosas y utilizado el cubo. Solo podía llegar a una conclusión. El espía estaba en aquella misión, en efecto, y estaba utilizando aquel mismo dispositivo para informar a Dante.
