23. VENDAR HERIDAS
Tal y como indicabais, existe una división entre las otras Esquirlas que no habría sido capaz de anticipar.
Raven apretó el vendaje bien ajustado al tobillo del chico.
—La próxima vez, Adin —le dijo—, baja los escalones de uno en uno.
El chico asintió con solemnidad. Tendría unos doce o trece años.
—De uno en uno. Hasta que tenga mi spren.
—¿Ah? ¿Tu spren?
—Voy a ser Corredor del Viento —dijo el chico—. Y entonces bajaré las escaleras flotando.
—Eso es lo que significa ser Radiante, ¿eh? —repuso Raven, levantándose—. Flotar.
—Eso y que puedes dejar pegados a tus amigos a las paredes si riñen contigo —dijo él—. Me lo contó un Corredor del Viento.
—Déjame adivinar. Un tipo bajito. Herdaziano. ¿Sonreía mucho?
—Ajá.
—Bueno, pues hasta entonces —dijo Raven—, no quiero que apoyes peso en ese pie. —Miró al padre, que estaba de pie cerca, con los pantalones manchados de crem de alfarero—. En otras palabras, que lleve muleta si tiene que ir andando a algún sitio. Volved aquí dentro de una semana. Si progresa bien, nos confirmará que no se ha fracturado.
El padre ayudó a su hijo mientras farfullaba un agradecimiento. Cuando se hubieron marchado, Raven se lavó las manos diligentemente en la jofaina de la sala de examen. Había cogido las costumbres de su padre a ese respecto. Era sabiduría de los Heraldos, se decía. Raven había conocido a algunos Heraldos y a ella no le habían parecido muy sabios, pero en fin. Se le hacía raro llevar puesto un mandil blanco de cirujano. Lirin siempre había querido tener uno, porque decía que la ropa blanca tranquilizaba a la gente. Los carniceros y los barberos ambulantes, que acostumbraban a practicar la cirugía o a sacar dientes en los pueblos pequeños, solían estar sucios y ensangrentados. Ver a un cirujano vestido de blanco proclamaba al instante: «Este sitio no es como eso».
Envió a Hawin, la chica del pueblo que leía para él ese día, a hacer pasar al siguiente paciente. Se secó las manos. Luego, en el centro de la pequeña sala de examen, exhaló un largo aliento.
—¿Estás contenta? —preguntó Syl cuando llegó revoloteando desde la sala contigua, donde había estado viendo trabajar al padre de Raven.
—No estoy segura —dijo Raven—. Me preocupa que los demás estén ahí fuera, yendo a la batalla sin mí. Pero es bueno hacer algo, Syl. Algo que ayude pero que no me deje exprimida como una bayeta vieja.
Hacia el final de su temporada como Corredora del Viento, había encontrado que hasta un simple combate de entrenamiento la agotaba en términos emocionales. Las actividades cotidianas, como asignar tareas, le habían requerido tanto esfuerzo que la dejaban con un palpitante dolor de cabeza. No podía explicar por qué. Aquel trabajo, el de volver a memorizar textos médicos, ver a pacientes, lidiar con padres difíciles u ojos claros, debería haber sido peor. Pero no lo era. Ocupada pero no superada, Raven nunca trataba a nadie que tuviera una herida demasiado grave, porque esos acudían a Regeneración. Por tanto, aunque había tensión en su trabajo, no había urgencia.
¿Que si estaba feliz?
No estaba triste.
De momento, se conformaría con «no triste».
Hawin le llevó al siguiente paciente y luego se excusó para ir al lavabo. El paciente era un hombre mayor con barba a trozos y cara amistosa. Raven lo reconoció: Mil nunca había podido dejarse crecer la barba como él la quería. Aunque la clínica trabajaba sobre todo con la gente que había vivido en Piedralar, su pequeño pueblo había crecido bastante en los últimos años. La mayoría de los refugiados no habían sido herdazianos, sino alezi de los pueblos más cercanos a la frontera. Así que, aunque Raven tenía la sensación de que debería saber quiénes eran todos sus pacientes, muchos eran desconocidos. Se alegró de volver a ver a Mil. Había sido menos mezquino con la familia de Raven que algunos otros. El anciano se quejaba de dolores de cabeza persistentes. Y en efecto, los mismos dolorspren de antes volvieron a salir retorciéndose del suelo. Después de descartar los motivos fáciles (deshidratación, falta de dueño), Raven le pidió que describiera dónde solía originarse el dolor de cabeza y le preguntó si le afectaba a la visión.
—Hawin —dijo Raven—, léeme la lista de pródromos de la migraña, por favor. Está entre los separadores de cabeza y… —Dejó la frase a medias al recordar que su lectora se había marchado.
Un momento después, una voz distinta dijo:
—Esto… pródromos. A ver… Hum, un segundo.
Raven miró hacia la mesa de lectura y encontró a Syl levantando páginas con esfuerzo y pasándolas. No tenía mucha fuerza en el Reino Físico, pero al no verse afectada en la gravedad podía caminar hacia arriba en el aire y tirar de la página por la esquina, y el libro estaba abierto no muy lejos de la sección adecuada. Syl lo encontró, aterrizó en el grueso tomo y se arrodilló para leer las palabras de una en una.
—Rigidez de cuello —dijo—. Eh… ester… est…
—Estreñimiento —apuntó Raven.
Syl soltó una risita y siguió leyendo.
—Cambios de humor, antojos, sed, hum… creo que aquí dice necesidad frecuente de orinar. Tormentas. Si os salen cosas del cuerpo, mal. Si no os salen cosas del cuerpo, mal también. ¿Cómo podéis vivir así?
Raven no hizo caso al comentario y siguió hablando con Mil de sus dolores. Le sugirió visitar a los Danzantes del Filo para que le aplicaran Regeneración, pero la dolencia de Mil tenía ya meses de antigüedad, así que era muy poco probable que pudieran hacer algo. Por suerte, existían medicinas que podían irle bien y, al ser Anya capaz de crear un amplio rango de sustancias por moldeado de almas, tenían acceso a medicinas que de otro modo serían muy difíciles de encontrar. Aunque Raven y la reina chocaban en muchos aspectos, decía mucho sobre ella que estuviera dispuesta a buscar tiempo para crear medicinas. Raven entregó a Mil una placa de requerimiento para que el intendente médico le diera las que necesitaba y le dijo que pasara un mes tomando nota de todos y cada uno de sus dolores de cabeza y de las señales en las que reparara de que se avecinaba. No era gran cosa, pero Mil sonrió de oreja a oreja. A menudo, la gente solo quería saber que no eran unos idiotas ni unos debiluchos por ir a la clínica. Querían saber que sus padecimientos eran reales y que había algo, por pequeño que fuese, que podían hacer para resolver el problema. La simple afirmación podía tener más efectos que la medicina. Se despidió de Mil, agradeciendo que buena parte de la formación que había recibido como cirujano siguiera en su mente, a pesar de las tragedias para varias vidas que tenía comprimidas en los años transcurridos desde entonces. Fue con Syl, que se había sentado con las piernas colgando por el lado del libro. Ese día llevaba algo parecido a la ropa que solía ponerse la madre de Raven: una falda modesta y una blusa abotonada que recordaba un poco al estilo thayleño.
—Oye, ¿cuándo has aprendido a leer? —le preguntó.
—La semana pasada.
—Has aprendido a leer en una semana.
—No es tan difícil como parecía al principio. Pensé que necesitarías alguien que te leyera, como cirujana. Se me ocurrió que también podría convertirme en herramientas de cirugía. O sea, no en bisturíes, claro, porque en realidad no corto la carne. Pero tu padre estaba usando un martillito el otro día, así que…
—Para probar los reflejos —dijo Raven—. Es mejor amortiguarlo con una tela o que sean de goma. ¿Puedes convertirte en cosas que no sean metálicas? Me encantaría no tener que compartir el estetoscopio con mi padre.
Otra cara herramienta que los cirujanos de Gustus les habían proporcionado al pedírsela.
—No lo sé —dijo ella—. Tengo la sensación de que… de que nos queda mucho que explorar de nuestros poderes, Raven. Cosas que a lo mejor en el pasado no tenían el tiempo o los recursos para intentar. Porque siempre estaban peleando.
Raven asintió, pensativa. Syl tenía la mirada perdida y, al ver que ella la observaba, compuso una sonrisa. A ella le resultó un poco falsa; Syl parecía estar esforzándose un poco demasiado ese día. O quizá era que Raven estaba proyectando. Estiró los músculos y luego salió y echó un vistazo a la sala de espera. Ya solo quedaba un puñado de personas. Así que Raven podía permitirse un breve descanso. Recorrió el pasillo y entró en la habitación de la familia, que tenía una puerta hacia la terraza comunal. Como había esperado cuando llegaron los habitantes de Piedralar, esa amplia terraza servía de lugar de reunión general para la gente del pueblo, como si fuese una plaza mayor. Había ropa tendida a un lado. Los niños corrían y jugaban. La gente estaba sentada charlando. Raven llegó al antepecho de la terraza. Por debajo, vio a los ejércitos de Bellamy congregándose para trasladarse a Azir. Se obligó a mirar y a admitir que no iría con ellos. Pasó por delante una figura vestida de azul, volando por los aires. Jackson debía de haber visto a Raven, porque al poco tiempo un grupo de Corredores del Viento ascendió hasta la terraza y se quedó flotando fuera. Casi todo el mundo dejó lo que estaba haciendo y los niños corrieron hasta el antepecho. Como una sola persona, los Corredores del Viento saludaron. Hicieron el saludo del Puente Cuatro. Aunque la mayoría de ellos no habían estado en el Puente Cuatro y no utilizaban el saludo entre ellos, siempre se lo hacían a ella y a los otros miembros originales de los Corredores del Viento. Ella les devolvió el saludo del Puente Cuatro a todos, juntando las muñecas. Los cincuenta y tantos Corredores del Viento se volvieron y descendieron de nuevo. Por debajo, la luz destelló en círculo alrededor de la Puerta Jurada, haciendo desaparecer a un batallón entero de tropas. Habían descubierto que la cantidad de luz tormentosa que se empleaba en una transferencia dependía del Radiante que operase el aparato: cuanto más experto era el Radiante, menos luz tormentosa hacía falta. Raven supuso que ese día estaría haciendo los traslados Anya, porque podía hacer cosas con sus poderes que superaban con mucho a todos los demás. Aunque no hiciera alarde de ello, era evidente que había jurado el Cuarto Ideal. El que Raven nunca alcanzaría.
—Se van todos —dijo Syl en voz baja, posándose en su hombro.
—No todos —respondió Raven—. Se quedarán unos veinte para proteger la torre.
—Pero ninguno de nuestros amigos.
Era cierto. Todos los exmiembros del Puente Cuatro se marchaban con Bellamy. ¿Tal vez Rlain se quedaría para trabajar en los campos? Aunque muchas veces prefería ir con el personal de apoyo de los Corredores del Viento para echar una mano allí fuera, acompañado de Macallan y unos pocos aspirantes a escudero. Al verlos marcharse a todos volando, era imposible no sentirse muy sola.
«Recuerda la paz que has sentido esta última semana —pensó Raven—. No te tengas lástima a ti misma. Emociónate por el nuevo camino hacia delante que estás creando.»
Los pensamientos no funcionaban. Seguía doliéndole ver cómo se iban todos. Le dolía saber que Lexa y Clarke habían viajado a Shadesmar sin ella. Raven tenía a sus padres y a su nuevo hermano, y eso lo agradecía. Pero los hombres y mujeres del Puente Cuatro se habían vuelto igual de importantes para ella. Esa parte de su vida se había terminado. Era mejor no darle muchas vueltas. Raven regresó a la sala de examen. Encontró a Hawin esperándolo, así que la envió a por el siguiente paciente. Se acomodó en un ritmo, viendo a pacientes, asomando la cabeza de vez en cuando a la sala contigua para pedir consejo a su padre sobre un diagnóstico o un remedio. Tuvo que tratar una cantidad inusual de toses. Por lo visto había algo circulando por la torre, una enfermedad que dejaba a la gente con moco en los pulmones y una sensación dolorida por todo el cuerpo. Nunca había visto nada parecido. Pero su padre había estado investigando y decía que, según los cirujanos kharbranthianos, no era letal. Era una plaga procedente del oeste que, teniéndolo todo en cuenta, no estaba a la altura de su reputación. La enfermedad apenas atraía plagaspren, aunque no parecía haber muchos de ellos en la torre que atraer, cosa que quizá tuviera algo que ver. Raven les recomendaba mucho descanso, beber agua y lavarse las manos. El día fue pasando y el flujo de pacientes se redujo a un goteo. Entre ellos destacó una mujer. Era refugiada y, mientras recibía tratamiento para la tos, preguntó a Raven si había visto a su tío. Había oído que alguien que encajaba con la descripción del hombre había llegado a Piedralar justo antes de la evacuación. Raven le pidió que esperara y fue a buscar a su padre. La sala de examen de Lirin estaba desierta, pero llegaba la voz de Hesina desde la sala de espera, así que Raven se dirigió hacia allí para preguntar por el tío de la refugiada. Justo antes de salir, Raven oyó una voz conocida que lo hizo quedarse plantada en el sitio.
—… siempre ha sido así —estaba diciendo la voz ronca—. Llevo limpio… ¿cuánto, seis meses ya? Tormentas, seis meses. Ya es algo. Pero no soporto la batalla, ahora ya no. Se me ha metido dentro, ¿sabes? Como un picor en el cerebro.
Raven irrumpió en la sala de espera y encontró a Marcus charlando con su madre. El hombre mayor iba sin uniforme, con unos pantalones y una camisa normales y corrientes y la barba entrecana recortada. No tan corta como la de un fervoroso, pero tampoco lo que se llamaría larga. No había ni rastro de su spren, Phendorana, pero lo normal era que prefiriese ocultarse a la vista de los demás.
—¿Marcus? —dijo Raven—. Os han movilizado. ¿Por qué no estás con el resto?
—No puedo ir —respondió Marcus—. Tengo el cerebro demasiado mal. Fui a hablar con el Espina Negra y me dijo que sería buena idea dejar el cargo.
—Pero… Marcus, estabas mejorando. No tienes motivos para apartarte del servicio activo.
Marcus se encogió de hombros.
—Me ha parecido que era el momento. Además, tengo un poco de tos. Y un dolor en la rodilla, hasta cuando no hay tormenta. La guerra es para los jóvenes, no para los pedazos de corteza seca.
Hesina ladeó la cabeza, al parecer confusa, pero Syl se posó en el hombro de Raven, dio un respingo al ver a Marcus y entonces aplaudió entusiasmada.
—Roca se ha ido —dijo Marcus—, y Miller… Lo de Miller es peor que irse. Wallace tiene que liderar a los demás, sin que esté yo haciéndole de lastre. Pero tú y yo fuimos los que empezamos esto. Supongo que deberíamos seguir juntos.
—Marcus —dijo Raven con voz más suave, dando un paso adelante—. No puedes seguirme aquí.
Marcus levantó el mentón, desafiante.
—Te ordeno que vuelvas al servicio —dijo Raven.
—¿Ah, sí? ¿Me lo ordenas? Ya no llevas galones en el hombro, chavala. No puedes ordenarme que haga nada. —Se sentó en una silla de la sala de espera y se cruzó de brazos—. Me noto enfermo. No estoy bien en la cabeza. Nadie puede decirme que eso no es verdad.
Raven miró a su madre, desamparada.
Ella se encogió de hombros.
—No deberías obligar a nadie a ir a la guerra, Raven. No a menos que quieras ser como Amaram.
—¿Te pones de parte de Marcus? —preguntó Raven.
—Chavala —dijo Marcus en voz baja—, no eres la única con la mente llena de horrores. No eres la única a la que tiemblan las manos de vez en cuando, al recordarlo todo. Yo también necesito un descanso. Esa es la verdad de Becca.
Exageraba. Raven sabía que Marcus exageraba. Aunque el hombre era propenso al comportamiento adictivo y autodestructivo, no tenía conmoción de batalla. Sin embargo, no era algo fácil de refutar, y mucho menos si el paciente en cuestión era tan terco como él. Marcus descruzó los brazos y volvió a cruzarlos, como para hacer el gesto con más firmeza. Llevaba la ropa pulcra y limpia, pero siempre había algo un poco raído en Marcus. Daba la sensación de que el uniforme nunca acababa de quedarle bien del todo, como si sus medidas estuviesen entre dos tallas estándar. Dicho eso, era un militar hasta la médula. Si había algo que un buen sargento sabía era que nunca debía permitir que su oficial afrontara solo una situación desconocida. ¡A saber la de líos en los que podía meterse un ojos claros sin su sentido común para apoyarse! Marcus se tomaba muy a pecho ideas como aquella. Y Raven supo, mirando a Marcus a los ojos, que jamás iba a ceder.
—Bien —dijo Raven. Marcus se levantó de un salto, hizo a la madre de Raven un breve saludo militar y luego entró en formación detrás de Raven cuando ella echó a andar hacia la sala de examen.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —preguntó Marcus.
—Has dicho que querías un diagnóstico —respondió Raven, deteniéndose fuera de la puerta.
—Qué va. Ya sé que estoy loco. ¿Vas a pincharme hasta que reviente? Sáltate esa parte. ¿Qué estamos haciendo hoy? ¿Vendar heridas? Raven la miró inexpresiva. Marcus le sostuvo la mirada, tozudo como una tormenta. Bueno, lo cierto era que Raven los había adiestrado a todos como asistentes de cirujano y tenían conocimientos de medicina de campo básica. Podría tener peores ayudantes que Marcus. Tampoco parecía que tuviera ninguna opción. Eso debería haberlo frustrado. Pero la verdad era que se descubrió sintiéndose mejor. No se habían marchado todos.
—Gracias, Marcus —susurró—. No deberías haber renunciado a tanto. Pero… gracias.
Marcus asintió.
—Ahí dentro hay una refugiada que está buscando a su tío —dijo Raven—. ¿Quieres que miremos a ver si lo encontramos?
