25. EL DEVOTARIO DE LA PIEDAD
Capricho no sirvió de gran cosa, y Piedad me preocupa. Tengo la sensación de que Valentía es razonable, y os sugiero que volváis a contactar con ella. Estima que ha pasado demasiado tiempo desde vuestra última conversación.
—Lo lamento, brillante señora —dijo la fervorosa mientras cruzaba la estancia, recogiendo almohadones del suelo y amontonándolos en sus brazos—. Sí que conozco al hombre al que buscas, pero ya no está aquí.
—¿Le disteis el alta? —preguntó Raven, que caminaba a su lado.
—No, brillante señora. No exactamente.
La fervorosa le tendió la pila de almohadones, a todas luces esperando que Raven los sujetara mientras pasaba a la siguiente fila y empezaba a recoger esos. Raven la siguió, intentando mantener la pila en equilibrio. Marcus y ella seguían intentando localizar al tío perdido de la mujer refugiada. El hombre se llamaba Noril, y el padre de Raven lo recordaba. No era de extrañar, teniendo en cuenta la capacidad casi sobrehumana de Lirin para acordarse de personas y caras. Noril, que había perdido un brazo en algún momento del pasado, había llegado a Piedralar el mismo día que Raven había llevado allí la nave voladora. Noril había mostrado síntomas de conmoción grave, de modo que Lirin había estado muy atento a él y se había asegurado de que el hombre embarcara para el vuelo a Urithiru. Después de que la nave llegara, las cosas habían sido confusas. Abrumado por la cantidad de refugiados y sus dolencias, Lirin había enviado a Noril con los fervorosos. Y allí era donde Raven y Marcus habían ido ese día. Resultaba un poco raro dedicar tanto tiempo a buscar en persona a un hombre teniendo tantos pacientes a los que atender. Acudir allí no era un método de triaje demasiado efectivo. Por desgracia, esa era una faceta del oficio de cirujano que Raven nunca había dominado. ¿Renunciar a uno para salvar a otros dos? Por supuesto, como principio era una idea estupenda.
Pero hacerlo dolía.
Raven siguió andando junto a la fervorosa mientras Marcus se quedaba apoyado contra la pared cerca de la entrada de la sala. Por lo demás estaba vacía, aunque era evidente que había albergado hacía poco algún tipo de enseñanza o entrenamiento, a juzgar por las hileras de cojines.
—Si no dejasteis marchar a Noril —dijo Raven—, ¿qué pasó con él?
—Lo derivamos —explicó la fervorosa. Sostenía tantos almohadones que Raven no le veía la cara—. Mi devotario se ocupa de las dolencias físicas. Ayudamos a rehabilitar a quienes han perdido miembros, ojos o el oído en batalla. Ese hombre solo tenía un brazo, sí, pero sus heridas eran más profundas.
Quedaban solo tres almohadones en el suelo y, cuando la fervorosa intentó agacharse para recogerlos, la pila que cargaba se tambaleó. Así que Raven estiró el brazo en dirección a la pila que llevaba la mujer. Luego extendió también el otro brazo.
—No podrás llevarlos todos —dijo ella—. Mejor…
Dejó de hablar cuando vio lo que había hecho Raven. El montón que ella misma sostenía desde antes estaba enlazado hacia arriba justo lo suficiente y se había quedado flotando en el aire a su lado.
—Oh —dijo ella, y entonces la miró más de cerca—. ¡Oh! ¡Eres la brillante señora Bendita por la Tormenta!
Raven empujó un poco la pila flotante de cojines para que levitaran perezosos hacia la pared del fondo, contra la que estaban amontonados más almohadones, y luego cogió el montón de ella. La fervorosa se apresuró a recoger los tres últimos y se sonrojó mientras llevaba a Raven hacia la pared.
—¡No tenía ni idea de quién eras! Discúlpame, Radiante.
—Está bien —dijo Raven—. Tampoco le demos mucha importancia, por favor.
Como si ser ojos claros no fuese ya bastante malo.
—Bueno, pues el hombre al que buscas… —dijo ella—. No pudimos ayudarlo. Sí que… intentamos quedárnoslo en vez de enviarlo para allá. Sabíamos que estaba muy mal. Pero…
—¿Muy mal? —preguntó Raven.
—Ya lo creo —dijo ella—. La semana pasada lo sorprendimos intentando ahorcarse. El cirujano que nos lo había traído nos advirtió que estuviéramos atentos, por suerte, así que pudimos salvarlo. Luego lo enviamos al Devotario de la Piedad. Se ocupan de quienes… tienen problemas con sus mentes.
—Sabíais que podía ser un peligro para sí mismo —dijo Marcus, acercándose—, ¿y no lo enviasteis allí de inmediato?
—Pues… no —respondió ella—. No lo hicimos.
—Qué irresponsables —dijo Marcus.
—Mi padre también lo sabía y lo envió aquí primero —recordó Raven a Marcus—. Estoy segura de que los fervorosos hicieron lo que pudieron.
—Ve al cuarto nivel, brillante señora —dijo la mujer—. Muy cerca del centro, a lo largo de Viganorte pero sin llegar del todo al principado de Aladar.
Raven dejó en su sitio los últimos almohadones, hizo un asentimiento a Marcus y los dos emprendieron la caminata. Todo en Urithiru era una caminata, sobre todo en las plantas más bajas. Lexa sabía orientarse solo con mirar los estratos de las paredes, que se ondulaban en líneas de colores por las distintas capas de roca talladas para hacer los túneles. Raven se consideraba bastante bueno con las direcciones, pero tenía que usar las líneas pintadas del suelo para llegar a cualquier sitio.
—Aún no puedo creerme lo mucho de este sitio que está sin explorar —comentó Marcus mientras caminaban.
—Sospecho que a estas alturas la mayoría sí que estará explorada ya —dijo Raven—. Los equipos de la brillante Echo han cartografiado todos los niveles inferiores y recorrido todos los superiores.
—Recorrer sí —respondió Marcus, mirando por un pasillo oscuro—. Pero ¿explorar? Podrías cruzar el bosque a diario y no ver nunca ni una de las cien cosas que hay allí dentro observándote.
A medida que avanzaban hacia el centro de la torre, fueron viendo a menos gente. Las zonas iluminadas, en las que había lámparas de luz tormentosa bien cerradas y clavadas a las paredes, fueron quedando atrás y tuvieron que sostener esferas en alto para iluminarse. Había algo un poco espeluznante en aquellos sectores interiores de la torre. Casi todo el mundo vivía y trabajaba en el borde. Apenas se internaban para nada que no fuera visitar el atrio o los mercados de la planta baja. Raven se había fijado en que la gente daba largos rodeos por la periferia, usando los pasillos iluminados, en vez de atajar por el oscuro centro. Tormentas, ella misma se había descubierto haciéndolo. Aún quedaba espacio en el borde de las plantas cuarta y quinta, así que ¿por qué aquel monasterio había elegido establecerse tan al interior? Se alegró cuando terminaron llegando a una sección de pasillo que volvía a tener lámparas fijas. Un giro a la derecha en una enorme intersección con glifos en el suelo los llevó al monasterio, señalado por una gran puerta de madera que cerraba el paso y tenía pintado un glifopar con la forma de la espada vorin, indicativa de un edificio religioso. Llamarlo «edificio» era, por supuesto, estirar la definición. Lo normal para un complejo pequeño como aquel era que la gente buscara una zona donde se acumularan habitaciones y pasillos de distintos tamaños y la separara del resto mediante unas puertas colocadas en los puntos de acceso. Alguien debía de estar vigilando la puerta a la que llegaron, porque se abrió revelando a un fervoroso varón más joven.
—Brillante señora —dijo el hombre, inclinándose. Escrutó los ojos de Marcus intentando distinguir su color y luego se inclinó de nuevo—. Brillante señor.
Marcus gruñó al oírlo. Después de llevar tanto tiempo siendo Radiantes como ellos, sus ojos rara vez se oscurecían ya. Y nunca dejaba de quejarse por ser un ojos claros. Al contrario que Raven, que lo tenía superado desde hacía siglos.
—Si venís a encargar oraciones o quemar glifoguardas, deberíais dirigiros al Devotario de Becca, un poco más hacia fuera —dijo el fervoroso, limpiándose los anteojos y mirando a Raven con los ojos entornados—. Aquí no aceptamos encargos de oraciones.
—Disculpa —dijo Raven—, pero no queremos oraciones. ¿Habéis recibido hace poco a un paciente al que le faltaba un brazo? Su familia lo busca y estamos ayudando a localizarlo.
—No puedo revelar información sobre los pacientes —dijo el hombre en tono aburrido, poniéndose los anteojos. Entonces soltó un reniego en voz baja y volvió a quitárselos para frotarlos con la camisa, intentando limpiar una mancha que al parecer se le había escapado—. Necesitaría la autorización de al menos un alto señor del tercer dahn. O también podéis hablar con la hermana Yara para solicitar un permiso de visita normal. Tengo por aquí el formulario para que lo rellene tu esposa.
Marcus lanzó una mirada a Raven.
—Hazlo tú —dijo Raven—. Syl está dando su vuelo matutino y me regañará si la llamo demasiado pronto.
Marcus suspiró, extendió las manos e hizo aparecer una lanza esquirlada plateada entre ellas. La luz tormentosa de las tres lámparas más cercanas se extinguió, fluyendo hacia él, haciendo que le brillaran los ojos. De su piel empezó a emanar una neblina luminiscente. Hasta su barba pareció brillar, y su ropa, tan ordinaria un momento antes, se onduló mientras Marcus se elevaba unos treinta centímetros en el aire. El fervoroso dejó de limpiarse los anteojos. Miró a Marcus con los ojos entornados, como si hubiera olvidado lo que tenía en las manos.
—Oh. Brillante señor Radiante —dijo, e hizo una reverente inclinación primero a Marcus y luego a Raven, aunque no pareció reconocerla—. Brillante señor Radiante. Me ocuparé de vuestra solicitud.
A Raven no le hacía mucha gracia la reverencia que les mostraba la gente. Gente que en otro tiempo había escupido cuando oía hablar de los «Radiantes Perdidos», pero que había tardado bien poco en cambiar de opinión cuando su alto príncipe y su reina se habían convertido en Radiantes. Hacía que Raven se preguntara con qué velocidad podrían volverse otra vez en su contra, si de pronto la reverencia pasaba de moda.
Pero pese a ello, tenía sus ventajas. Sobre todo con los fervorosos, que se habían apresurado a señalar que el vorinismo siempre había estado muy alineado con los Caballeros Radiantes. Aquel fervoroso en particular los dejó pasar, guardándose los anteojos distraído en el bolsillo del pecho de su túnica. Los llevó a un archivo atestado de libros de registros y papeles, y pidió a uno de los fervorosos que había allí que vigilara la puerta mientras él atendía a sus «estimados huéspedes». No había mucho entusiasmo en su tono, pero el hombre tampoco parecía de los muy entusiastas.
—Un brazo… —murmuró el fervoroso, buscando en un libro cerca de la puerta.
—Se llama Noril —dijo Marcus—. No creo que tuviera motivos para dar un nombre falso.
—Aquí está, brillante señor —dijo el fervoroso, inclinándose y señalando unas palabras en la página. Se palpó los bolsillos inferiores de la túnica, como buscando sus anteojos—. Pero nos dijo que no tiene parientes vivos. Quizá sea otra persona. Ah, y está en vigilancia por suicidio, brillantes señores. Un intento fallido. Es un hombre profundamente perturbado.
—Llévanos con él —ordenó Raven.
El fervoroso por fin encontró sus anteojos, pero entonces se puso a limpiarlos de nuevo. Encabezó la marcha fuera del archivo y por un pasillo oscuro iluminado solo por lámparas muy espaciadas entre ellas. Raven lo siguió, levantando una esfera para dar más luz. Como si no fuese ya bastante malo estar atrapados en las profundidades de la torre, lejos de la luz y el viento, ¿era necesario dejar los pasillos tan oscuros? No pudo evitar que le recordaran sus días en la cárcel, después de la época en la que había ayudado a Clarke en la arena de duelos. A Raven la habían encerrado en docenas de ocasiones, pero aquella era en la que peor lo había pasado. Allí sentada enfurecida, ansiosa, supurante. Sintiendo que le habían robado los vientos y el cielo abierto…
Tiempos oscuros. Tiempos que prefería no recordar.
Dejaron atrás una puerta tras otra por el pasillo, cada una marcada con un glifo numérico. Vio bastantes melancospren por allí. Las puertas tenían unos pequeños ventanucos, pero Raven había supuesto que las oscuras celdas del otro lado estaban desocupadas, al menos hasta que oyó una voz que farfullaba desde una de ellas. Se detuvo y levantó su esfera para mirar hacia el interior. En la anodina celda había una mujer sentada, con la espalda contra una pared desnuda, meciéndose adelante y atrás mientras musitaba algo ininteligible.
—¿Cuántas de estas salas están ocupadas? —preguntó Raven.
—¿Mmm? Ah, la mayoría —dijo el fervoroso—. Vamos un poco escasos de personal, si te soy sincero, brillante señora. Cuando nos establecimos aquí, aceptábamos pacientes de casi todos los principados. Si pudieras llevar el asunto a la atención de la reina…
—¿Los encerráis aquí dentro? —preguntó Marcus imperioso—. ¿A oscuras?
—Muchos deficientes mentales reaccionan mal a la sobreestimulación —respondió el fervoroso—. Procuramos proporcionarles lugares silenciosos y tranquilos donde vivir, apartados de luces brillantes.
—¿Cómo lo sabéis? —preguntó Raven, andando a zancadas tras el fervoroso.
—La terapia es la prescrita por algunos de los mejores pensadores del fervor.
—Pero ¿cómo lo sabéis? —insistió Raven—. ¿Alguno de ellos mejora? ¿Habéis probado varias hipótesis para compararlas? ¿Habéis puesto en práctica distintas curas o remedios en distintas poblaciones de pacientes?
—No hay cura para las dolencias mentales, brillante señora —dijo el fervoroso—. Ni siquiera los Danzantes del Filo pueden hacer nada por ellos, a no ser que su estado se deba a un traumatismo craneal reciente. —Se detuvo frente a una puerta señalada con el glifo que significaba veintinueve—. Con el debido respeto, brillante señora, deberías dejar las cuestiones médicas a quienes están formados para abordarlas. —Dio unos golpes en la puerta con los nudillos—. Este es él.
—Abre la puerta —dijo Raven.
—Brillante señora, podría ser peligroso.
—¿Alguna vez ha atacado a alguien? —preguntó Raven—. ¿Ha hecho daño a alguien más aparte de sí mismo?
—No —respondió el fervoroso—, pero los dementes pueden ser impredecibles. Es posible que salgáis heridos.
—Chaval —dijo Marcus—, podrías clavarnos cien espadas y solo protestaríamos porque nos has destrozado la ropa. Abre la tormentosa puerta.
—Ah. Hum, de acuerdo.
Hurgó en el bolsillo, sacó los anteojos y entonces hurgó en el otro hasta encontrar una anilla con llaves. Se acercó las llaves a la nariz una por una para ver los glifos que tenían grabados y por fin abrió la puerta. Raven entró y su broam de zafiro reveló una figura que yacía acurrucada en el suelo contra la pared. Tenía un poco de paja a modo de cama junto a la otra pared, pero no la estaba usando.
—No podemos traerle mantas ni sábanas —explicó el fervoroso, mirando al interior—. Podría intentar estrangularse.
—¿Noril? —dijo Raven, titubeante—. Noril, ¿estás despierto?
El hombre no dijo nada, aunque sí se movió. Raven se acercó un paso más y reparó en la manga cosida. Al hombre le faltaba el brazo izquierdo entero. La habitación no olía demasiado mal, teniéndolo todo en cuenta, de modo que al menos los fervorosos lo mantenían limpio. Llevaba solo unos pantalones cortos y una fina camisa.
—Noril —dijo Raven arrodillándose—. Tu sobrina Cressa te está buscando. No estás solo. Tienes familia.
—Dile que he muerto —susurró el hombre—. Por favor.
—Está preocupada por ti —dijo Raven.
El hombre gruñó sin levantarse del suelo, encarado hacia la pared. «Tormentas, conozco esa sensación —pensó Raven—. He estado como él.» Miró la silenciosa cámara aislada de la luz del sol y el viento.
Aquello estaba muy muy mal.
—¿Puedes levantarte? —preguntó a Noril—. No te obligaré a que vayas a hablar con ella. Solo quiero llevarte a otro lugar.
Noril no respondió. Raven se acercó más a él.
—Sé cómo te sientes. Oscuro, como si nunca hubiera existido luz en el mundo. Como si todo en ti fuese un vacío y solo desearas poder sentir algo. Cualquier cosa. Por lo menos el dolor te confirmaría que estás vivo. Pero en vez de eso, no sientes nada. Y te preguntas cómo puede un hombre respirar si ya está muerto.
Noril giró la cabeza, miró a Raven y parpadeó sobre unos ojos enrojecidos por la falta de sueño. Tenía una barba hirsuta, desaliñada.
—Ven conmigo y hablaremos —pidió Raven—. Es lo único que tienes que hacer. Después, si quieres que le diga a tu sobrina que has muerto, lo haré. Podrás volver aquí y pudrirte. Pero si no vienes conmigo ya, voy a seguir incordiándote. Se me da muy bien. Créeme, aprendí de la mejor.
Raven se levantó y le ofreció una mano. Noril la tomó y permitió que Raven lo pusiera de pie. Anduvieron hacia la puerta.
—¿Qué es esto? —dijo el fervoroso—. No puedes dejarlo salir. ¡Está a nuestro cargo! Debemos cuidar de…
Calló cuando Raven la fulminó con la mirada. Tormentas, a cualquiera le entrarían tendencias suicidas si lo tenían allí demasiado tiempo.
—Chaval —dijo Marcus, apartando con delicadeza al fervoroso de la puerta—, yo no me enfrentaría a la brillante señora Bendita por la Tormenta ahora mismo. No si aprecias tener todas las partes del cuerpo en su sitio.
Raven sacó a Noril del monasterio y lo llevó derecho en dirección al borde de la torre. Marcus se puso a su altura, y el fervoroso, a quien Raven no había preguntado el nombre, los seguía de cerca. No fue corriendo a pedir ayuda, por suerte, pero era evidente que tampoco estaba muy dispuesto a permitir que se marcharan con un paciente a las primeras de cambio. Noril caminaba en silencio y Raven le concedió tiempo para adaptarse a la idea de que estaba fuera de su celda.
—Por el aliento de Becca —musitó Marcus a Raven—. He sido demasiado duro con esa fervorosa. Le he echado la bronca por quedarse a Noril en vez de enviarlo a los expertos, pero si eso era lo que iban a hacer los expertos, no me extraña que no quisiera.
Raven asintió. Al poco tiempo, Syl llegó volando por el pasillo.
—Anda, aquí estabas —dijo.
—Los honorspren pueden sentir dónde está su caballero —repuso Raven—, así que no tienes por qué hacerte la sorprendida de encontrarme.
Syl puso los ojos en blanco, y Raven habría jurado que hizo crecer los ojos para exagerar el énfasis.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó, posándose en su hombro. Se sentó con gesto recatado, las piernas cruzadas y las manos en las rodillas—. En realidad, me da lo mismo. Tengo que contarte una cosa. Los sabuesos-hacha de Aladar han tenido cachorritos. No tenía ni idea de lo mucho que necesitaba ver cachorros hasta que he pasado volando cerca esta mañana. Son lo más asqueroso que hay en el planeta, Raven. Pero por algún motivo, de tan asquerosos, son monos. ¡Me moría de lo monos que son! Solo que no puedo, porque soy una lasca eterna del mismísimo Dios y tenemos nuestros valores morales sobre esas cosas.
—Bueno, me alegro de que te encuentres mejor.
—Sí, yo también —dijo ella. Señaló a Noril—. Veo que lo has encontrado. ¿Lo llevas con su sobrina?
—Aún no —respondió Raven.
Guio a Noril por un gran pasillo donde la gente circulaba en ambos sentidos. Después de eso, por fin, salieron a una terraza. Era una de las grandes y comunitarias, como la que había al lado de su clínica. Noril se detuvo en el arco de salida y se le inundaron los ojos cuando alzó la mirada al cielo. Marcus lo cogió del brazo y lo sacó un poco más, hacia unas sillas que había al lado del parapeto, con vistas a las montañas.
Raven llegó a la barandilla y no dijo nada.
Noril por fin habló.
—¿Está bien? Mi sobrina.
—Está preocupada por ti —dijo Raven, volviéndose para sentarse en una silla—. Mi padre, el cirujano al que conociste en Piedralar, dice que tuviste una época muy mala antes de hablar con él.
El hombre asintió, con la mirada vacía. Había perdido a su familia de forma brutal, según Lirin, y no había podido hacer nada para impedirlo.
—Para algunos de nosotros —dijo Raven—, se va acumulando poco a poco. Hasta que nos damos cuenta de que nos ahogamos. Yo creía que estaba mal, pero supongo que no me cambiaría contigo. Que te golpee todo de sopetón de esa manera…
Noril se encogió de hombros.
—¿Pesadillas? —preguntó Marcus.
—Sí —respondió él—. No recuerdo los detalles. Supongo que será una pequeña piedad del Todopoderoso. —Respiró hondo y echó atrás la cabeza para mirar el cielo—. No merezco piedad. No merezco nada.
—Solo quieres dejar de existir —dijo Raven—. No quieres suicidarte, al menos no la mayoría de los días, pero sí que das por hecho que sería conveniente que ya no estuvieras.
—Sería mejor para todo el mundo no tener que ocuparse de mí —dijo Noril.
Syl volvió a aterrizar en el hombro de Raven y se inclinó hacia delante para observar a Noril con expresión intensa.
—No lo sería, ¿sabes? —dijo Raven—. No sería mejor para todo el mundo si te esfumaras. Tu sobrina te quiere. Que volvieras mejoraría su vida.
—No puedo sentirme así —dijo Noril.
—Lo sé. Por eso necesitas que te lo diga alguien. Necesitas a alguien con quien hablar, Noril, cuando la oscuridad se hace fuerte. Alguien que te recuerde que el mundo no siempre ha sido así, que no siempre será así.
—¿Cómo… sabes todo eso? —preguntó Noril.
—Porque lo he sentido —dijo Raven—. Lo siento casi todos los días.
Noril se volvió hacia Marcus.
—Un hombre no puede odiarse por lo que ha hecho o no ha hecho —dijo Marcus—. Yo antes lo hacía. Aún lo intento a veces, pero entonces me recuerdo a mí mismo que ese es el camino fácil. No es lo que ellos habrían querido que hiciera, ¿sabes?
—Sí —dijo Noril, apoyando la espalda. Aún tenía aquella expresión turbada en los ojos, pero al menos parecía estar respirando más profundamente—. Gracias. Por sacarme de ese sitio. Por hablar conmigo.
Raven lanzó una mirada al fervoroso, que seguía detrás de ellos. Marcus siguió haciendo hablar a Noril, no de nada importante, solo de su lugar de origen. Al parecer había perdido el brazo unos años atrás, en otra situación distinta a la de cuando perdió a su familia. Cuanto más hablaba, mejor parecía encontrarse. No curado, ni por asomo. Pero sí mejor. Raven se levantó y fue hasta el fervoroso, que se había sentado en un banco de piedra que formaba parte de la estructura de la terraza. El hombre se había puesto los anteojos y no quitaba ojo de encima a Noril.
—Está hablando —dijo el fervoroso—. Nosotros no hemos podido sacarle más que un gruñido.
—No me extraña —repuso Raven—. Cuando estás como él, es difícil que te apetezca hacer nada, ni siquiera hablar. Tormentas, cuando a mí me pega fuerte, creo que querría cualquier cosa antes que alguien con quien hablar. Pero ahí me equivoco. Aunque tampoco puedes forzarlo, lo normal es que tener a alguien para hablar ayude. Deberíais dejar que se junte con otros que se sienten como él.
—Eso no viene en el libro de tratamientos —dijo el fervoroso—. Allí pone que debemos mantener a los lunáticos separados unos de otros. Que dejarlos hablar entre ellos haría que se contagiaran la melancolía.
—Veo posible que ocurriera —respondió Raven—. Pero ¿lo sabéis con certeza? ¿Lo habéis probado?
—No —reconoció el fervoroso. Parecía avergonzado y apartó la mirada de Raven—. Sé que estás furiosa con nosotros, brillante señora. Pero hacemos lo que podemos. La mayoría prefiere hacer como si estas personas no existieran. Los envían de un empujón con los fervorosos. Quizá nos consideres insensibles, pero somos los únicos que nos preocupamos. Que lo intentamos.
—No os considero insensibles —dijo Raven—. Solo creo que lo estáis enfocando mal. En cirugía, sabemos que a una persona conmocionada hay que colocarla con los pies en alto y la cabeza abajo. Pero si alguien tiene una herida en la espalda o el cuello nunca hay que moverlo, no hasta haber determinado la extensión de los daños. Diferentes dolencias, diferentes lesiones, pueden requerir tratamientos completamente distintos. Dime, ¿cómo tratáis a una persona con melancolía?
—Pues… —El fervoroso tragó saliva—. Los apartamos de cualquier cosa que pueda sacarlos de quicio o perturbarlos. Los mantenemos limpios. Les dejamos estar en paz.
—¿Y alguien con tendencias agresivas? —preguntó Raven.
—Lo mismo —reconoció el fervoroso.
—¿Fatiga de batalla? ¿Alucinaciones?
—Ya conoces mi respuesta, brillante señora.
—Alguien tiene que portarse mejor con esta gente —dijo Raven—. Alguien tiene que hablar con ellos, probar distintos tratamientos, ver qué es lo que ellos creen que funciona. Lo que de verdad los ayuda. —Tormentas, sonaba como su padre—. Tenemos que estudiar sus respuestas, utilizar un enfoque empírico para el tratamiento en vez de limitarnos a dar por hecho que alguien que ha sufrido un trauma mental está roto para siempre.
—Todo eso suena estupendo, brillante señora —dijo el fervoroso—. Pero ¿eres consciente de lo mucho que costará hacer cambiar de opinión a los líderes de los fervorosos? ¿Te das cuenta de la cantidad de dinero y tiempo que costaría hacer todo lo que sugieres? No disponemos de los recursos para eso.
Raven miró a Noril, que había echado la cabeza hacia atrás, tenía los ojos cerrados y estaba sintiendo la luz del sol en la piel. Syl se había posado en la silla de al lado y estaba estudiándolo como quien contempla un grandioso cuadro. Raven sintió que algo se removía en lo más profundo de su interior. Había temido que trabajar con su padre no la llenara del todo. Había temido no ser capaz de proteger a la gente como sus juramentos la impulsaban hacer. Había temido ser una cirujana inferior. Pero si había una cosa que ella comprendía y la mayoría de los fervorosos y los cirujanos, incluido su padre, no, era aquello.
—Libera a este hombre a mi cuidado —dijo Raven—. Y avisa a tus superiores de que iré a llevarme a más. Los fervorosos pueden protestar a todas las autoridades que quieran hasta llegar a la brillante Echo. Ella les dará la misma respuesta que te estoy dando yo a ti ahora: vamos a probar algo nuevo.
