27. ESTANDARTES

Dicho eso, lo más preocupante que he descubierto en todo esto es la herida infligida al Reino Espiritual allí donde Ambición, Piedad y Odium se enfrentaron y Ambición fue destruida. Los efectos en el planeta Treno han sido… perturbadores.

A Echo siempre le había parecido que los estandartes de guerra eran objetos muy curiosos. Ese día llegaba un viento frío y vigorizante a la plataforma exterior de Urithiru, que hacía chasquear los estandartes, de brillante azul Griffin engalanados con el glifopar de Bellamy, como si fuesen palos rompiéndose. Parecían vivos allá arriba en sus mástiles, serpenteando como anguilas aéreas cautivas entre los vientospren. Los estandartes ondeaban sobre batallones a la espera. Mil hombres cada vez aguardaban su turno de usar la Puerta Jurada, donde los Radiantes los trasladarían a Azir. Con el fogonazo de un anillo de luz que se alzó en torno a la plataforma, tanto los hombres como los estandartes desaparecieron, enviados a centenares de kilómetros en un latido de corazón. Echo apreciaba la naturaleza estética de los estandartes, la forma en que marcaban divisiones, batallones, compañías. Pero al mismo tiempo, tenían una extraña incongruencia. Era esencial mantener a los hombres organizados y comprometidos en el campo de batalla. Bellamy decía que se perdían muchos más enfrentamientos por errores de disciplina que por falta de valentía. Pero los estandartes también actuaban como gigantescas flechas que apuntaban a los hombres más importantes del campo de batalla. Los estandartes eran objetivos. Audaces proclamas de que justo ahí podía encontrarse a alguien a quien matar. Eran los símbolos de un ejército organizado, dirigido por hombres y mujeres que conocían la mejor forma de acabar contigo… con tan solo que les hicieras el favor de vagar en su dirección.

—Pareces absorta —dijo Bellamy al acercarse a ella, seguido de una guardia de honor de diez hombres.

—Pensaba en los símbolos y en por qué los usamos —respondió Echo—. Intentaba no pensar en que vuelves a marcharte.

Él bajó la mano para acunarle la mejilla. ¿Quién habría pensado que aquellas manos pudieran ser tan tiernas? Echo le acarició a él la cara. Su piel siempre daba sensación de correosa. Echo juraría que le había tocado la mejilla justo después de afeitarse y aun así la había encontrado áspera como el papel de lija.

La guardia de honor se mantuvo en posición de firmes e intentó hacer caso omiso a Bellamy y Echo. Incluso aquella pequeña demostración de afecto no era muy propia de los alezi. O eso se decían a sí mismos, por los menos. Los guerreros estoicos. Los que resistían la emoción. Ese era su estandarte, por mucho que durante siglos uno de los Deshechos hubiera llevado su ansia de batalla a un frenesí. Por mucho que fuesen humanos como todos los demás. Tenían emociones y las mostraban. Era solo que fingían no hacerles caso. Del mismo modo en que, con cierto tacto, se podría intentar no hacer caso a un hombre que fuese por ahí con los pantalones desabrochados sin saberlo.

—Vigílalo, Bellamy —susurró Echo—. Intentará alguna cosa.

—Lo sé —dijo Bellamy.

Gustus estaba subiendo por la cuesta hacia la plataforma para la siguiente transferencia. Unas cuidadosas artimañas habían conseguido que su guardia de honor fuese alezi, y Bellamy planeaba desplegar los ejércitos de Jah Keved lejos del puesto de mando, en otro sector del frente azishiano, con soldados en medio para proteger su flanco de una posible puñalada trapera. Por desgracia, era una jugada muy obvia. Gustus se daría cuenta de que en cierto modo estaba haciendo de rehén, para asegurar la lealtad de sus tropas. Como protección adicional, entre los sirvientes de Bellamy se ocultaba un arma secreta muy particular. Octavia, con la cara de un soldado normal, estaba asignada a la guardia de Bellamy. Echo no podía distinguirla, así que el disfraz, mantenido por un Tejedor de Luz de Lexa, estaba funcionando. Pero la vaina de su extraña espada habían tenido que decorarla y disfrazarla a la antigua usanza, porque los tejidos de luz no se le quedaban aplicados. De modo que Echo creyó identificarla como la que llevaba un arma de tamaño exagerado en la cintura. Otro Tejedor de Luz había creado una ilusión de Octavia en su celda. Si Gustus tenía a alguien vigilando a Octavia, le informaría de que seguía encerrada a buen recaudo. No sabrían que en realidad estaba muy cerca de Bellamy. Aunque a Echo no le hacía ninguna gracia la idea, debía reconocer que Octavia se había quedado en prisión todos aquellos meses, sin provocar un solo incidente. Parecía obedecer a Bellamy sin dudarlo. Y en caso de que Octavia fuera de fiar, lo más probable era que no existiese mejor guardaespaldas. Que el Todopoderoso quisiera que el remedio no fuese peor que la enfermedad. Además de eso, Echo no podía evitar preguntarse si incluso en aquello estarían siendo manipulados por Gustus. Seguro que no podía querer que lo rodearan de tropas enemigas. Seguro que Echo había malinterpretado la sonrisita de inteligencia en los labios del anciano, la mirada astuta en sus ojos. Pero había llegado el momento de que Bellamy se marchara. Así que Echo apartó meticulosa su ansiedad y le dio un abrazo. Fue evidente que no lo entusiasmaba que lo abrazaran delante de sus soldados, pero no dijo nada. Después de eso, los dos fueron a recibir a la niñera que había llevado al pequeño Gav con sus cosas en baúles. El chico, intentando con todas sus fuerzas no parecer demasiado ansioso, hizo el saludo militar a Bellamy.

—Es una gran labor ir a la guerra por primera vez —le dijo Bellamy—. ¿Estás preparado?

—¡Sí, señor! —exclamó el niño—. ¡Combatiré bien!

—Tú no combatirás —respondió Bellamy—, ni yo tampoco. Nos ocuparemos de la estrategia.

—¡En eso soy bueno! —afirmó Gav. Entonces dio un abrazo a Echo.

La niñera se lo llevó hacia el edificio de la Puerta Jurada. Echo lo miró preocupada.

—Es muy pequeño para ir.

—Lo sé —convino Bellamy—. Pero se lo debo. Le aterroriza que vuelvan a dejarlo atrás en un palacio mientras… —Lo dejó sin decir.

Echo sabía que era más que eso. Por cosas que Bellamy había dicho sobre lo furioso que había estado siempre de joven, y sobre cómo había impedido que Clarke y Aden pasaran con él el tiempo que querían. Pero en fin, el niño estaría a salvo. Y de verdad se merecía pasar más tiempo con Bellamy. Le sostuvo la mano durante lo que pareció una estación completa y luego lo soltó. Bellamy se fue cuesta arriba hacia la Puerta Jurada mientras una docena de ansiosas escribas correteaban hacia él para hacerle preguntas. Echo recobró la compostura y fue a despedirse de su hija, que también se incorporaba a la fuerza expedicionaria. Vio llegar a la reina en palanquín. Era curioso, pero Anya, que muchas veces tomaba medidas concretas para no aparentar debilidad, de un tiempo a esa parte casi siempre iba en palanquín. Y Gustus, quien de verdad lo necesitaba, rechazaba el privilegio. Marcus parecía más débil cuando andaba, mientras Anya parecía más fuerte cuando la llevaban. Más confiada, más al mando. «Que es precisamente lo que cada uno desea aparentar», pensó mientras los porteadores bajaban el palanquín de Anya y la reina salía.

Aunque su havah, su cabello y su maquillaje estaban inmaculados, Anya llevaba pocos adornos. Quería que se la viera majestuosa pero no excesiva.

—¿No hay Sagaz? —preguntó Echo.

—Me ha prometido que se reunirá conmigo en Azir —dijo Anya—. A veces desaparece, y no se digna a dar respuesta a mis preguntas. Ni siquiera respuestas burlonas.

—Hay algo raro en ese hombre, Anya.

—No te haces una idea, madre.

Las dos se quedaron allí, encaradas hacia la otra, hasta que por fin Anya se echó hacia delante. Lo que siguió fue el abrazo más incómodo en el que Echo había participado jamás, ambas haciendo los movimientos correctos, pero carentes de entusiasmo al mismo tiempo. Anya se apartó. Sí que estaba majestuosa. Sobre el papel, las dos tenían una categoría similar, y sin embargo Anya siempre había tenido un algo. Bellamy era una enorme roca de hombre que daba ganas de picar para averiguar qué clase de cristales contenía. Anya… bueno, Anya era… incognoscible.

—Tormentas —dijo Anya entre dientes—. Madre, ¿de verdad somos tan estiradas que nos abrazamos como adolescentes al conocer a un chico por primera vez?

—No quiero echar a perder tu imagen —respondió Echo.

—Una mujer puede abrazar a su madre, ¿no? Mi reputación no va a desmoronarse porque muestre afecto. —Pero aun así, no se acercó para otro abrazo. En vez de eso, tomó la mano de Echo—. Me disculpo. Últimamente no he tenido mucho tiempo para la familia. Siempre me decía a mí misma que cuando completara mis viajes, me esforzaría con diligencia por estar disponible para todos vosotros. Soy muy consciente de que las relaciones familiares requieren un tiempo de atención para… —Anya respiró hondo y se apretó la mano segura contra la frente—. Sueno como un tratado de historia, no como una persona, ¿verdad?

—Tienes mucha presión encima, querida —dijo Echo.

—Una presión que quise y que acepto encantada —repuso Anya—. A menudo los cambios más rápidos en la historia surgen en tiempos de conflicto, y estos momentos son importantes. Pero tú también eres importante. Para mí. Gracias. Por ser siempre tú misma, a pesar del alzamiento de reinados y la caída de pueblos. No creo que alcances a comprender lo mucho que tu fuerza constante significa para mí.

Qué conversación tan inusual. Y aun así, Echo se descubrió sonriendo. Apretó la mano de Anya y ese momento juntas, ese instante de ver a través de la máscara, se le hizo más valioso que cien abrazos incómodos.

—Cuida del pequeño Gav por mí, ¿quieres? —pidió Echo—. No sé qué opino de que se vaya con Bellamy.

—Niños más pequeños que él van de campaña.

—A posiciones no tan cercanas al frente —matizó Echo. Era una distinción sutil que muchos de sus aliados malinterpretaban. Pero en tiempos recientes, con Fusionados capaces de volar, cualquier sitio podía convertirse en un frente de batalla.

—Me aseguraré de que esté siempre alejado de la pelea —prometió Anya.

Echo asintió.

—Tu tío piensa que falló a Clarke y Aden de niños al pasar tanto tiempo batallando y tan poco con ellos. Ahora pretende compensar eso. No es que me desagrade el sentimiento, pero… ten un ojo echado a los dos por mí, por favor.

Anya regresó a su palanquín y Echo se apartó. Los estandartes siguieron aplaudiendo mientras los mejores soldados de Bellamy se situaban alrededor de él, la reina y Gustus. Aunque el aire gélido le atravesaba el chal, Echo estaba decidida a quedarse y mirar hasta que llegara la confirmación por vinculacaña de que habían llegado a Azir. Mientras esperaba, Sebarial pasó por delante de ella. El hombre, corpulento y barbudo, se había acostumbrado a vestir de forma más adecuada a su aspecto general, con algo que recordaba a la ropa de un mercader thayleño, pantalones y chaleco bajo una larga casaca de oficial alezi, pensada para llevarla desabrochada. Echo no estaba segura de si la transformación era mérito de Palona o si por fin Clarke había convencido al alto príncipe, pero en todo caso era una gran mejora respecto a la takama que solía llevar antes. La mayoría de los altos príncipes estarían en el campo de batalla a órdenes de Bellamy. Era la tradición alezi, según la cual un líder venía a ser lo mismo que un general. Si un rey iba a la guerra, los altos príncipes lo acompañarían. Era una costumbre tan arraigada en ellos que costaba recordar que otras culturas, como la azishiana y la thayleña, hacían las cosas de otra manera. No quedaban muchos de los altos príncipes originales. Se habían visto obligados a sustituir a Sinclair, Thanadal y, el más reciente, a Sadeas con parientes lejanos leales a Bellamy y Anya. Pero labrar una reputación y un principado en el exilio no era tarea fácil. El hijo de Jordan estaba pasándolo mal justo por ese motivo. Tenían tres con los que podían contar: Roan, Sebarial y Wick. Bethab y su esposa habían pasado por el aro, lo cual dejaba a Miles como el último reducto de hostilidad, el remanente de la facción de Sadeas contra Bellamy. Echo distinguió al hombre con su séquito preparándose para partir con la fuerza de Bellamy. Miles supondría un problema, pero, si Echo tuviera que adivinar, diría que Anya tardaría poco en hallar la manera de ocuparse de él. Su hija odiaba los cabos sueltos. Con un poco de suerte, lo que hiciera Anya no sería demasiado drástico. Sebarial iba a quedarse en Urithiru para ayudar a administrar la torre. Y eso planteaba su propio conjunto de dificultades.

—Bueno —dijo el hombre a Echo—, ¿apostamos a cuánto tardará Gustus en apuñalarnos por la espalda?

—Chist —hizo Echo.

—El caso —prosiguió Sebarial— es que casi respeto al viejo chocho. Si llegara a vivir tanto como él, me imagino mandándolo todo al crem e intentando conquistar el mundo. Es decir, llegados a ese punto, ¿qué tienes que perder?

—La integridad.

—La integridad no impide que los hombres maten, brillante —repuso Sebarial—. Solo hace que empleen justificaciones distintas.

—Elocuente, pero falto de significado —dijo Echo—. ¿De verdad pretendes establecer una equivalencia ética entre la conquista al por mayor y resistir la invasión de los Portadores del Vacío? ¿Crees con sinceridad que un hombre íntegro es lo mismo que un asesino?

Él soltó una risita.

—Ahí me has pillado, brillante. Pareces haber descubierto mi única gran debilidad: que se escuche con atención cualquier cosa que digo. Puede que seas la única persona de todo Roshar que me toma en serio.

Alrededor de la plataforma de la Puerta Jurada se alzó un anillo de luz que se arremolinó en el aire. Cerca había una escriba en su escritorio, esperando la confirmación por vinculacaña de la llegada del ejército.

—No soy la única que te toma en serio, Turinad —dijo Echo a Sebarial—. Por lo menos hay una persona más.

—Si ella me tomara en serio, brillante, sería un hombre casado. —Sebarial suspiró—. No sé si es que me considera indigno de ella o que por algún motivo ha decidido que un alto príncipe no debería casarse con alguien de su posición. Cuando intento sonsacárselo, su respuesta nunca es clara.

—Podría no ser ninguna de esas opciones —sugirió Echo.

—En ese caso, me declaro perdido por completo.

La escriba cambió el banderín de su escritorio. Verde indicando el éxito de la transferencia, con otro banderín rojo debajo que significaba que la gente aún estaba saliendo de la otra plataforma y no podía iniciarse aún una nueva transferencia.

«Otro uso para los estandartes», pensó Echo. En ocasiones podían ser más efectivos que una vinculacaña. Podía mirarse desde el vigésimo piso y ver una bandera mucho antes de lo que costaría escribir una pregunta y recibir respuesta.

Las reputaciones también eran estandartes. Anya se había creado una personalidad característica. Era conocida a medio mundo de distancia. Bellamy había hecho lo mismo. No tan a propósito, pero con el mismo efecto. Pero ¿qué estandarte quería enarbolar Echo? Dio media vuelta con Sebarial y emprendió el regreso a la torre. En un principio, Echo había ido a las Llanuras Quebradas buscando algo nuevo.

Una vida distinta, una que quisiera en lugar de una que debiera querer. Y sin embargo, se descubrió haciendo las mismas cosas que antes. Gestionando un reino para un hombre demasiado grandioso para limitarse a las simples tareas cotidianas. El amor que sentía por ese hombre era distinto, cierto. Más profundo. Y sin duda había una gratificante satisfacción en llevar orden al caos de un reino recién nacido como Urithiru. Presentaba unos desafíos únicos, tanto logísticos como políticos.

¿Era egoísta querer algo más? Aquello era lo que parecía dársele bien, y el lugar donde la había puesto el Todopoderoso. Era una de las mujeres más poderosas del mundo. ¿Por qué iba creer que merecía más que eso?

Entró con Sebarial en la torre por sus amplios portones frontales. El cambio de temperatura fue inmediato, aunque el hecho de que las enormes puertas se mantuvieran abiertas todo el día debería significar que el vestíbulo interior estuviera igual de frío que la meseta de fuera.

—Querrás que vuelva a los campamentos de guerra, supongo —aventuró Sebarial—. Aún tengo algunos intereses en la zona.

—Sí. Cuando vuelva mi marido, quiero esos campamentos de nuevo bajo nuestro control absoluto.

—¿Sabes? —dijo Sebarial—. Hay quienes no me confiarían esa tarea. Mis vicios coinciden bastante con las delicias que ofrece la región.

—Ya veremos. Por supuesto, si fracasaras en llevar el orden a los campamentos de guerra, me vería obligada a imponer la ley marcial. Sería una tragedia, ¿no te parece? ¿Cerrar todos esos establecimientos tan emprendedores? ¿Destruir el único lugar bajo gobierno alezi que aún ofrece un refugio de la estricta supervisión de los Radiantes?

»Ojalá hubiera alguien con la manera de pensar adecuada que vigilara los campamentos de guerra y los hiciera seguros para los viajeros, y se preocupara de que los aserraderos cercanos funcionan sin interrupción. Alguien que comprendiese la necesidad de tener una ley, pero también que no es tan tan horrible relajarla un poco. Que permitiera a los buenos ciudadanos alezi llevar sus vidas con seguridad, pero sin estar justo debajo de la mirada iracunda de mi marido.

Sebarial se echó a reír.

—¿Cuánto crees que puedo embolsarme sin que Bellamy considere que el robo se pasa de descarado?

—Pongamos por debajo de un cinco por ciento —respondió Echo.

—Cuatro y nueve décimos, pues —dijo Sebarial, haciendo una reverencia—. Seré prácticamente respetable, brillante. Quizá Palona verá por fin que puedo ser útil, con la motivación adecuada.

—¿Turi? —dijo Echo.

—¿Sí, brillante? —repuso él, alzándose de la florida reverencia.

—Si un hombre no se toma nada de su vida en serio, una mujer se hace preguntas. ¿Qué es ella? ¿Otra broma? ¿Otro capricho?

—Seguro que conoce su valor para mí, brillante.

—Y seguro que tampoco será un problema aclarárselo. —Echo le dio una palmadita en el brazo—. Es difícil no cuestionar el valor de una para alguien que parece no valorar nada. Puede que la sinceridad no te resulte fácil, pero, cuando ella la encuentre en ti, la apreciará incluso más por su escasez.

—Sí… Muy bien. Gracias.

Se marchó con andares de pato y Echo lo miró con verdadero cariño. Lo cual era increíble, teniendo en cuenta lo que había opinado antes de ese hombre. Pero Sebarial se había mantenido junto a ellos, ya fuese por intención o por casualidad, cuando la mayoría de los demás se habían negado. Y además de eso, Echo había descubierto que sí se podía confiar en que hiciera las cosas. Como todo el mundo, en el fondo Sebarial quería ser útil. Los humanos eran seres ordenados. Les gustaba ver muchas líneas rectas, aunque en algunos casos fuese solo para poder ser quienes dibujaban las curvas. Y si un taburete parecía roto a primera vista, quizá fuese solo que estuviera utilizándose para la tarea que no le correspondía. Ya en la torre, Echo subió a un palanquín que la trasladara al interior, acompañada por la brillante Anesa, que llevaba varios informes para que Echo los revisara. Echo pasó de largo por las cifras de saneamiento y se detuvo a leer sobre la distribución de agua en la torre y los recuentos de trafico pedestre por las escalinatas. Había más peleas y discusiones aleatorias en Urithiru que en el antiguo campamento de guerra de Bellamy. En parte se debía a la diversidad de la población, pero Echo sospechaba que también era culpa de mantener a todo el mundo en un espacio relativamente reducido. Bellamy quería incrementar las patrullas de guardia, pero si Echo lograba desviar el flujo de tráfico para que la gente no tropezara tanto…

Ya tenía algunas ideas esbozadas cuando su palanquín llegó al atrio en el extremo más oriental de la torre. Salió a una de las ubicaciones más dinámicas de la ciudad, un lugar donde un amplísimo corredor se extendía decenas y decenas de pisos hacia arriba, casi hasta el techo. Aunque los elevadores subían y bajaban desde la enorme arteria hacia el interior que llevaba al atrio, y aunque había un enorme número de escaleras, aquel era el único sitio donde se podía subir por elevador hasta la planta más alta de la torre. A lo largo de la pared oriental se extendía un gigantesco ventanal, de decenas de metros de altura. Los anillos de Urithiru no eran círculos completos: la mayoría estaban más cerca de ser semicírculos, con sus lados planos alineados allí, en el atrio. De ese modo se podía mirar hasta arriba del todo o asomar la vista hacia el Origen. Al ser una de las zonas mejor iluminadas de la torre y contar con tantos elevadores, la zona era un ajetreo de tráfico. Y eso hacía incluso más notable que precisamente el atrio ocultara un misterio arquitectónico. Echo cruzó la cámara circular hacia la pared del fondo, justo a la izquierda del ventanal. Unos días antes, una escriba había reparado en una rareza del lugar, una pequeña división en la roca demasiado recta para ser una grieta. Con el permiso de Bellamy, habían hecho llamar a un Custodio de la Piedra para que transformara la roca en una abertura, ya que podían hacer blanda la piedra al tocarla. El informe matutino de Echo apuntaba que le interesaría ver el resultado en persona, pero ese era el primer momento que tenía en todo el día. Badali, un Custodio de la Piedra, vigilaba el acceso. Era un hombre mayor y afable, de barba fina y ojos sonrientes. Hizo una inclinación a Echo y ella cruzó aquella puerta recién creada. Falilar, el ingeniero, ya estaba dentro tomando medidas de lo que habían descubierto: una sala enorme oculta por completo en la piedra.

—Brillante —dijo la brillante Anesa, que caminaba a su lado—. ¿Qué propósito podría tener sellar una estancia entera como esta.

Echo negó con la cabeza. No era la primera sala que habían encontrado en la torre sin entradas aparentes. Pero aquella era particularmente significativa, pues tenía una gran ventana de cristal tintado en la pared del fondo, que dejaba pasar la luz del sol. Ante esa ventana había una estructura muy extraña: una alta maqueta en piedra de la torre. Echo había leído sobre ella en el informe, pero al acercarse no dejó de sorprenderla lo intrincado que era el modelo. Mediría unos cinco metros de altura y estaba dividido en dos partes, dos mitades abiertas por el centro, para ofrecer un corte longitudinal de la torre. A aquella escala, los pisos no pasaban del centímetro y medio, pero todo lo que vio en ellos estaba reproducido hasta el más mínimo detalle. O al menos, hasta el que permitía la escala. Falilar se situó a su lado sosteniendo un cuaderno lleno de cifras.

—¿Qué opinas de esto, brillante?

—No tengo ni idea —dijo ella—. ¿Qué sentido tiene poner aquí esto y luego sellarlo?

Se agachó al fijarse en que la sala de la columna de cristal y sus dos bibliotecas cercanas estaban representadas en la maqueta. Falilar usó una caña pequeña para señalar.

—¿Ves esto? Esta misma sala también está reproducida, con una maqueta minúscula de este mismo modelo. Pero aquí hay una puerta abierta que da a la sala, que no estaba en la torre real.

—Entonces, ¿sellaron estancias antes de que los Radiantes se marcharan?

—O bien podían abrirse y cerrarse de algún otro modo —respondió Falilar—. Y cuando se abandonó la torre, algunas se quedaron cerradas y otras abiertas.

—Eso explicaría muchas cosas.

Habían encontrado tantas salas con puertas propiamente dichas (o bien con los restos de las que se habían podrido) que Echo no se había planteado que pudiera haber otros mecanismos en estancias por descubrir. Era un claro sesgo de percepción. Miró hacia la pared por la que habían entrado.

—¿El Custodio de la Piedra ha descubierto algún mecanismo que pudiera permitir tal apertura?

—Había una gema incrustada en la piedra —respondió Falilar—. Le he pedido que la saque para inspeccionarla. Quiero que mire a ver si la roca podía estar pensada para deslizarse hacia los lados. En ese caso, sería un mecanismo extraordinario.

Echo tomó nota mental de pedir a algún Corredor del Viento que saliera volando para hacer una inspección exhaustiva de las montañas en las que estaba construida Urithiru. Quizá hubiera más ventanas como aquella que revelaran otras salas ocultas, con contenidos igualmente misteriosos.

—Inspeccionaré a fondo esta maqueta —dijo Falilar—. Quizá aún tenga secretos que revelar.

—Gracias. Yo, por desgracia, tengo unos informes de saneamiento que leer.

—Si tienes ocasión, pásate por la biblioteca y habla con mi sobrino —dijo Falilar—. Ha hecho algunas mejoras a su aparato.

Echo asintió y echó a andar de vuelta hacia su palanquín, confiando en que Falilar le enviaría cualquier cosa que descubriese. Mientras subía al vehículo, vio que Isabi, una de sus eruditas más jóvenes, llegaba corriendo a la sala con una luz roja intermitente en la mano. La misteriosa vinculacaña. La que había recibido unas semanas antes de la desconocida persona a quien tanto enfurecían los fabriales. Era la primera vez que intentaba contactar con ella desde ese día.

Los informes de saneamiento tendrían que esperar.