Lentamente, como se fuera desvaneciendo la oscuridad con el amanecer, el sueño fue desapareciendo poco a poco y al fin pudo despertarse completamente.

Otra vez había tenido el mismo sueño. No entendía porque, pero sabía que si no hacía algo, le seguiría atormentando el resto de su vida. El hecho de vivir en un lugar lleno de tantos mitos, llega a tener, en algunos casos, muy serias consecuencias, se dijo mientras miraba por la ventana. Allí estaba el castillo de sus sueños, o mejor llamado, de sus pesadillas, atormentándole cada vez que intentaba alejarlo de sus pensamientos.

Bajo al comedor y encontró a su madre preparando algo para comer, quien luego de darle algo para que se vistiera, le ordenó ir a ayudar a su padre. Salió. Afuera hacía un sol intenso. Ayudó a su padre con los quehaceres diarios y luego regresó a toda prisa al interior de la casa. Subió a su habitación y se puso su uniforme, luego bajó, comió rápido su desayuno, tomó su mochila y salió, mientras su madre le apresuraba diciéndole:

- Si no te apresuras, vas a llegar tarde de nuevo

-No te preocupes- le respondió- No me esperes despierta. Adiós.

Corrió. Si su madre se enteraba de que no había estado en el colegio esa última semana, de seguro le mataría. Pero no podía esperar más. Estaba apunto de descubrir de que se trataban esos sueños, y no iba a renunciar a ello, por estudiar una carrera que no le serviría absolutamente para nada. Corrió hacia la biblioteca, donde se encontró con Iván, su mejor amigo, que, aunque le repasaba por 3 años, a veces eso era muy útil. Él ya se encontraba listo para la expedición, así que solo tomaron sus cosas, y se dirigieron al castillo.

Al llegar a su interior, se encontraron en una enorme habitación, en donde los muebles estaban tirados por el suelo, pero, curiosamente, el fuego aún seguía encendido. Cerca había una mesa, con 3 enormes libros con cubiertas en cuero. Comenzó a hojearlos, mientras que Iván decidió adentrarse. Uno de los libros era un diario, y en la portada estaba escrito con letras de oro: "La malédiction de Vlad Drácula" (La maldición de Vlad Drácula). En el, hablaba de una tal Mina Harker, y que había decidido retenerla en su castillo. En ese momento, vagos recuerdos regresaron a su memoria:

- Ya es hora de que descanses, ¿No lo crees?- Dijo un hombre.

- Si, es ya bastante tarde- Le respondió una voz de mujer

Ella estaba sentada sobre una silla, al lado de una amplia mesa, con suculentos manjares. Se levantó y se dirigió a la puerta de una habitación cercana, pero en ese instante, un intenso dolor en el vientre, la hizo desfallecer. El hombre que había a su lado en la mesa, corrió rápidamente hasta ella para ayudarle a levantar.

- ¿Esta bien?

- Si, no te preocupes, no es nada – Dijo ella, simulando sonreír.

- Mandaré a traer algo para ti. Lo que me pidas, será tuyo.

- No necesito nada, en verdad. En mi habitación, tengo algunas medicinas, que solía preparar Jonathan para mi…- Y su mirada se tornó vacía y nostálgica.

- No pienses más en ellos, mi dama. Mejor descansa.

- Será lo mejor.- Se fue hasta la entrada de la habitación y al llegar se volteó y le dijo- Conde, no quiero que vuelva a entrar en mi habitación. De ahora en adelante, nos veremos solo en las tardes y en la cena. Hasta que pueda acostumbrarme.

-Será como tú lo desees, mi dama.

Y se alejó entre las sombras.

Ella entró en la habitación, y sentado sobre la cama, encontró a un muchacho de tez blanca y cabellos dorados, hubiera sido casi humano, si no fuera por las orejas de gato que tenía en la cabeza. Esperó a que ella cerrara la puerta y luego con voz melosa le dijo:

-No se lo has dicho aún, ¿Cierto?

- No es necesario que se entere- Dijo ella- Soy perfectamente capaz de resolverlo yo misma.

- No te engañes, Mina, tratando de ocultarlo. Pronto ya nadie podrá evitar darse cuentas de que no eres la misma de antes.

- ¡Tu no dirás nada!

- Tal vez si, o tal vez no. No tengo que decir nada. Pronto el Conde, lo quieras o no, se dará cuenta de que tú…

- ¡NO LO DIGAS!

- Tendrás un hijo suyo…

Las palabras, tuvieron un efecto casi mágico en ella, pues al instante se sintió desfallecer y tuvo que apoyarse en su cama para seguir de pié.

- Ya he cumplido mi misión por hoy- Dijo el muchacho levantándose, y acercándose a la puerta- Quizá maña te atormente nuevamente.

Y salió de la habitación.

Esa visión. No la había tenido antes. Seguramente, pronto descubriría el significado de los sueños. Corrió hacia donde se encontraba Iván y le contó todo. Bien podría ser un producto de su imaginación o bien estaban apunto de descubrirlo todo, de una vez por todas.

Caminaron la amplia galería, donde hermosos vitrales yacían en el suelo, hechos pedazos. Al llegar al final encontraron, sobre una enorme mesa de piedra, un mancillado ataúd con grabaciones sobre la tapa. La tapa estaba abierta, y al mirar en su interior, vieron una enorme cruz de madera clavada en el fondo, alrededor en unas ropas viejas y desgastadas, y debajo de todo, una capa roja, intacta. Entre los dos, lograron sacarla, y debajo de esta, había un papel en el que estaba escrito algo, en un lenguaje desconocido

- Creo que es una mezcla de celta antiguo y francés moderno- Dijo Iván- Pero no estoy seguro.

- Me lo llevaré de todos modos. Puede servirnos de algo.

- Tienes razón.

- Me llevaré los libros que encontramos y los revisaré en la biblioteca.

- Entonces, ¿regresamos ya?

- No tiene más sentido estar aquí. Además, tengo que investigar esto- Dijo blandiendo el papel, frente al rostro de Iván.

- Entonces regresemos.

Salieron del castillo y regresaron a la biblioteca donde Iván trabajaba. Allí, entre ambos trataron de descifrar lo que había escrito en el papel, pero sin éxito.

Ya se había hecho de noche y aún continuaba leyendo los libros traídos del castillo, cuando Iván se le acercó, diciéndole que lo dejara, pero sus palabras se estrellaron contra oídos indiferentes. Iván se fue, y le dejó a cargo de todo.

Ya estaba apunto de abandonar todo, cuando, al final del libro encontró la siguiente anotación "Versos Celtas de noche para maldad- Pág. 666" En la biblioteca había un libro con ese nombre, pero nadie nunca lo había leído. Lo buscó, y en la página indicada, encontró marcas muy parecidas a las que había en el ataúd y en el papel, así que decidió regresar al castillo nuevamente.

El ataúd, como había recordado, estaba grabado con esos símbolos, así que, con la ayuda del libro, comenzó a descifrarlos. Era una noche hermosa. Por la única ventana de la habitación, se colaba la luz de la luna llena, blanca y transparente, e iluminaba toda la estancia.

Al fin terminó. Y todo reunido, tenía bastante sentido, así que lo leyó para recordarlo:

"Cuando llena la luna se encuentre,

Iluminando a quien estas palabras lee

Encontrará fatal destino

Si espíritu lleva consigo

Pues solo es digno de leer

Y esto de saber

Quien no posea

La sangre verdadera

Y pronuncie al revés

El nombre que jamás debió nacer:

Arucard, Arucard, Arucard…"

Arucard… Un nombre que jamás había escuchado, pero que traía a su memoria recuerdos borrosos y confusos:

Era de noche, una muy tormentosa, y alguien a media noche, salía del castillo del Conde, quien sabe si para volver algún día. Tenía un bulto en los brazos, y se esforzaba por no ser visto. Bajó corriendo hasta la aldea, al pie del castillo. Llegó hasta una casa vieja y derruida. Tocó la puerta y le abrió una muchacha joven. Le entregó el bulto que cargaba en brazos y se apoyó en la puerta con dificultad.

- Pero Mina, ¿Que quieres que haga yo con…?

- Cuídala. Como si fuera tuya. Hasta que crezca y pueda ser dueña del oscuro pasado que le depara el futuro.

- Lo haré por ti, amiga.

- Gracias.

- Pero Mina, tus colmillos… ya no están.

- Lo se. Cuando salía del castillo, me di cuenta de que ya no los tenía- Dijo Mina, mientras se alejaba.

- ¿Como quieres que se llame?- Le preguntó mientras se alejaba

- Ángel…

Y se alejó corriendo, en dirección al castillo.

Al llegar encontró al muchacho, nuevamente en la puerta del castillo, mirándola con suspicacia:

- Espero que ya te hayas desecho de él. O mejor dicho, de ella. Porque lo que encontraras adentro, no te gustará para nada- Y se dispuso a bajar la colina.

- ¿A dónde vas?- Le dijo Mina.

- Ya no tengo nada más que hacer aquí. No me volverás a ver, pero ¿Quien sabe si tu descendencia si lo hará?

Desapareció en la oscuridad. Mina entró al castillo y al entrar al cuarto del Conde, encontró sobre la mesa de piedra, el ataúd cerrado. Y al mirar alrededor, vio a Abraham y a Jonathan. Corrió hacia el último y le abrazó con ternura, mientras Abraham sellaba el ataúd.

- ¿Qué ha pasado?

- Digamos que El Conde no despertará más- Dijo Abraham en tono sombrío- O no muy pronto…

En ese momento se oscureció su mente, y solo pudo escuchar, con una voz sombría y fría:

- Búscalo En Londres. Hellsing te indicará el camino para conquistar. Busca en Londres al antiguo. Busca a Arucard.

Entonces lo entendió. El porqué de esos extraños sueños. Le estaban revelando su pasado. Entendió porque nunca sangraba al herirse, y porque nunca le fatigaban los trabajos pesados. El porque de que su madre siempre le decía, que su nombre se lo debía a una vieja amiga. Ella no era humana. No era de este mundo. Pero esa voz le indicaba su destino.

Corrió a su casa. Se colocó la vieja capa roja del Conde y tomó el arma que siempre tenía bajo su cama. Entró al cuarto de sus padres y al besarlos para despedirse su madre despertó:

- ¿A dónde vas?

- A buscar mí destino en Londres. A buscarlo a Él.

- Entonces, no te detendré. Pero que Dios esté contigo…

- Amén.

Y se fue. Dejo su vida, su casa, sus amigos y su familia, para descubrir su destino, que se hallaba en Londres, y que un sueño le había revelado.

Su destino ya tenía nombre. Era…

Arucard