Capitulo 15: Infancia interrumpida…
¡Siiiiiiiiiiii! El cap pasado estuvo re lindo . Espero que lo hayan entendido, y los que quizá no, mándenme un correo a mi msn Darken-04hot... Y entonces le aclaro todo XD. ¿Y si es extraño el nombre del cap…? Lo se, lo se… No se me ocurrió nada bueno para este cap, creo q estoy perdiendo la inspiración… ¡Que depresión TT.TT! Bueno… los dejo para que sigan leyendo este interesante cap, en vez de mis tonterías… Y los que lean, por lo menos dejen reviews…
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- Atttxuuuuuuuuuuuussssssss!
Recargó su cabeza contra el pecho de quien a su lado se encontraba. Este le rodeó con un brazo por la cintura, y le acercó más.
La cabeza estaba empezando a zumbarle. Algo que le molestaba de sobremanera. Levantó la mirada y vio los ojos de quien en ese momento le acompañaba. Este levantó una ceja de manera un tanto inquisitiva. Ella solo se encogió de hombros.
- Heinkel debe estar hablando de mí… otra vez…
El vampiro sonrió irónicamente. Ella rodó los ojos con fastidio, y se acurrucó más a él.
Ya entre ellos dos, parecían no hacer falta las palabras.
Un denso silencio se formó entre los dos, pero a diferencia de los demás, este era tranquilo y agradable. Disfrutaba de su compañía, aunque solo fueran momentos como aquel. Pudo escuchar como el reloj daba las 9 campanadas. Lentamente y con extrema delicadeza, se fue soltando del agarre del vampiro antiguo, quien acostumbrado a los súbitos cambios de humor de la chica, la dejó hacer.
- Otra vez las nueve… - Murmuró con fastidio.
Salió de la habitación, y caminó por el pasillo que conducía a las mazmorras inferiores, mientras era seguida por las sombras de cierto vampiro…
- Deberías asesinarlo de una vez…
- No puedo por tres razones: Primero, Sir Integra me mataría; Segundo, si lo hago, Dárius jamás me lo perdonará; y tercero, si el muere, adiós a nuestra última esperanza de acabar con los nuevos ghouls de Millenium.
- Y sobre el muchacho…
- ¿Dárius? ¿Qué con él?
- Se nota que está muy ansioso…
- Si… El también quiere matarlo… Pero sus razones son muy distintas a las de Hellsing…
- ¿Por qué tanto odio? – Dijo el vampiro, con algo parecido a deleite en sus palabras.
- Es una larga historia – Le respondió la ojidorada de manera sombría.
Llegó a la última mazmorra y abrió la puerta.
Allí, al lado de la camilla, y con una copa de líquido rojo sangre, estaba la última persona que hubieran pensado ver en aquella posición…
- ¿Qué haces aquí? – Preguntó Ángel fríamente
- ¿No puedo esperar a que despierte? – dijo volteando a verla con una sonrisa casi inocente.
- Parece que ha aprendido mucho de ti – dijo le vampiro tras Ángel, en tono mordaz.
Ella se acercó a la camilla y con cuidado comenzó a hacer volver en sí a su ocupante, aunque sin éxito. Con brusquedad haló la manguera que le inyectaba el suero al sicario, haciendo que cayera al piso y se derramara el contenido, junto con algunas gotas de sangre entremezclada. Volteó la cabeza y miró fríamente aquellos ojos verdosos que la observaban divertido. Una sonrisa irónica también afloró en sus labios sin saber exactamente el porque. Tomó la copa de su mano, y bebió todo el contenido, hasta dejar solo tres gotas en la copa. Le devolvió la copa a su poseedor, y este sonrió con malicia.
El vampiro miraba la escena de los dos amigos, divertido. Era notable la tensión entre ambos, disimulada entre sonrisas falsas e irónicas. Le recordaba un poco a él e Integra cuando aún era joven. Sonrió con malicia, viendo a que tanto podían llegar aquellos para molestarse…
Ella cambió algunos frascos de lugar, y volvió a conectarle el suero al iscariote, esta vez en la yugular. Levantó la mirada y vio que el ojiverde la observa con expresión asombrada y divertida. Tomó la copa con delicadeza entre sus dedos, y dejó que las tres gotas de sangre cayeran sobre el cuerpo del Iscariote: Una en el mentón, bajando por el cuello en la unión de los hombros; Otra cerca de una de sus mejillas, y se deslizó por su rostro hasta perderse en su cabello como una lágrima; y la tercera había caído en los labios entreabiertos del iscariote, dándole a probar el dulce sabor de la sangre…
Siguiendo cada una de las gotas desde su recorrido del borde de la copa al cuerpo del sicario, la rubia levantó la mirada con algo parecido a la diversión y lujuria reflejada en aquellos ojos, que habían pasado a un tono anaranjado oscuro.
Con cuidado se fue acercando hasta donde había caído la primera gota, y recorrió con extrema lentitud el rastro que había dejado la gota con su lengua, y mordiendo la pálida piel sin lacerarla.
Arucard pudo ver como la mano del muchacho fuera de la vista de Ángel, empezaba a contraerse en un puño, mientras que su rostro expresaba una total diversión por lo que estaba sucediendo. El también lo estaba disfrutando. Pero cuanto más podía soportar el muchacho…
Ángel siguió su recorrido, buscando la segunda gota de sangre. Sin siquiera posar sus labios sobre la piel de aquel a quien el ojiverde consideraba un asesino, comenzó a esparcir su aliento sobre el rostro inexpresivo del Iscariote, quien al contacto del aliento y la sutil lengua de la rubia, comenzaba a reaccionar. Recorrió todo el camino de aquella lágrima de sangre, con un sutil movimiento de su, no muy inexperta, lengua.
Arucard miró al ojiverde, quien parecía a punto de asesinar al Iscariote por una lado, y por el otro, un temblor del ago parecido al placer se extendía por el cuerpo del muchacho. Complacido, siguió mirando la escena. ¿Qué tanto sería capaz Ángel de hacer…?
Siguió avanzando con lentitud sobre el rostro inexpresivo del rubio, hasta llegar sobre los labios, donde se había derramado aquella última gota. Se acercó con extrema lentitud. Se casi se podía ver ambos alientos fundirse, como sucedería pronto con sus carnes. Ángel se acercó lo suficiente como para rozar los impuros labios del perseguidor de vampiros, y Dárius volteó la mirada para no tener que verla haciendo aquello. Ángel al notarlo se detuvo. Se levantó nuevamente y pasando dos dedos por los labios del Iscariote, limpió la sangre que había en ellos, para luego saborearla, con algo mezclado de su propia sangre con ella.
El vampiro sonrió, algo complacido. Había sido evidente quien había ganado entre aquellos dos. Ángel levantó los ojos y miró al vampiro antiguo, que observaba la escena con expresión divertida. Dárius jugó con la copa entre sus dedos por un rato, mientras el silencio embargaba la habitación. Y lo siguió haciendo mientras se disponía a salir de la habitación.
- Pronto despertará… - Musitó el ojiverde.
- Ya lo sabía… - dijo Ángel en tono frío.
Se quedaron mirando por unos cuantos minutos, hasta que Dárius se volteó, con intensión de irse y le dijo:
- Te has vuelto fuerte… hermanita…
Y salió de la habitación, perdiéndose en los pasillos superiores. Arucard volvió la mirada de manera lasciva para mirar a la chica. Ella se encogió de hombros y salió de la oscura mazmorra. El vampiro poco a poco también fue desapareciendo, desvaneciéndose en la penumbra, mientras los ojos entreabiertos del sirviente del Vaticano se cerraban de a poco sin comprender la situación…
Arucard fue apareciendo en la oscura habitación, iluminada solo por la débil luz de una lámpara en la cabecera de la cama de cierta chica ojidorada…
Ella se encontraba sentada sobre la cama, no cargaba la chaqueta, así que la piel de su espalda caliente hacía contraste con la fría pared de la mazmorra. Tenía extendida solo una pierna, y la otra la tenía abrazada contra sí, mientras tarareaba una melodía lenta y monótona.
Él se acercó con sigilo a la mesa mientras se quitaba los guantes para dejarlos allí. Después fueron las gafas y el sombrero, y colgó su abrigo del perchero y luego tomó asiento en la cama al lado de Ángel.
- ¿Qué sucedió allá adentro, exactamente? – Preguntó
Ángel dio un largo suspiro, mirando al techo. Luego encaró al vampiro con una expresión entre melancólica e indiferente.
- Es Dárius. Su obsesión por matar a Anderson se está volviendo más fuerte cada vez. Y aunque prometió no hacerlo hasta que fuera un rival digno de vencer, últimamente temo que pueda cometer una locura.
- ¿Y a que se debe esa obsesión?
- Tiene que ver con su infancia. Toda fue arruinada por culpa de él… Es una larga historia…
- Ya me dijiste eso una vez…
FLASH BACK
- … Es probable que Dárius ya se haya encargado.
- ¿Lo conoces?- Dijo él sin tratar de parecer curioso.
- Es una larga historia. Algún día te la contaré
- La esperaré con ansias….
FIN FLASH BACK
- Ya lo recuerdo… Pero para que puedas entender, tendré que comenzar desde el principio…- Dijo ella, con amago de una sonrisa. Entonces comenzó a hablar…
Una triste noche de verano, aproximadamente hace cuatro años, cuando Heinkel y yo aún éramos compañeros, llegamos a cierto pueblo en el norte de Rumania, llamado Suceava. Estábamos persiguiendo a un sacerdote vampiro que llevaba tiempo en la región. Llegamos una noche al la ciudad y nos refugiamos en una taberna del lugar y cuando las ciudad quedó a oscuras aprovechamos para investigar, aunque sin éxito.
A la mañana siguiente, el gobernador de la ciudad, un sujeto llamado Nicolae Bleeding, se enteró de nuestra estadía en la ciudad y nos invitó a la morada que ocupaban él y su familia.
Heinkel al principio se resistió pero le hice ver los beneficios que esto conllevaba y al final se resignó. No te aburriré contándote los detalles de la visita, pero el sujeto insistió en que nos quedásemos, y como no teníamos donde ir, aceptamos.
Pasamos el resto del día inspeccionando el lugar. Yo particularmente me interesé en revisar su biblioteca. Era una habitación, en la cual los enormes ventanales estaban cubiertos de cortinas gruesas, como el resto de la casa. En el lugar habían estantes que llegaban del techo al suelo, aunque por lo empolvado de los libros, se notaba que no era un lugar muy frecuentado por los habitantes de aquella casa. Al entrar, noté la presencia un muchacho de unos 14 años, oculto entre la penumbra observándome con sus profundos ojos mientras leía un grueso libro sobre los templarios de la época. Yo traté de ignorar su presencia en el lugar y me dediqué a revisar que había de bueno entre aquellos libros. Entonces el trabó conversación conmigo.
- ¿Tu eres la chica que acompaña al cazador, no?
- Yo también soy cazadora – Le respondí algo molesta.
Se formó un tenso silencio entre los dos. Yo seguí con mi investigación, pero el volvió a interrumpirme.
- No creo que puedan cazar a esa cosa – Dijo con una sonrisa irónica – No te ves muy fuertes que digamos.
- Soy más que lo que tus ojos ven.
- Lo presiento. ¿Qué han venido a hacer aquí? ¿No deberían estar buscando al vampiro?
- Solo en la noche salen las criaturas pertenecientes a ella. No tiene sentido buscarla ahora.
- Buena respuesta. ¿Por qué no le dijiste lo mismo a Nicolae?
- Su ocupación en este momento es vigilar a su pueblo. No tiene sentido preocuparlo.
- Pensé que los cazadores de vampiros no tenían emociones…
- Deja de leer tantas historias. Afectan tu percepción de la realidad.
- Mira quien lo dice.
Empezaba a molestarme de sobremanera la presencia de aquel muchacho, así que decidí salir de la biblioteca. Empecé a caminar por el pasillo iluminado que daba a mi habitación, cuando el muchacho nuevamente me alcanzó.
- Creo que empezamos con el pie izquierdo. Disculpa mi ironía para contigo.
- Si, seguro – Le dije con fastidio. Me molestaba que pareciera creerse más que yo.
- En el poco tiempo que he vivido nunca había conocido a un verdadero cazador de vampiros, y comparado con lo que relatan de ustedes los libros, son muy diferentes en la vida real.
- Si crees que somos solo muñecos sin emociones que se dedican a asesinar, estas muy equivocado.
- Puedo verlo.
- Es igual. Es lo que piensan todos – Dije fríamente, mientras seguía caminando.
Él se adelantó para quedar frente a mí, y comenzó a caminar de espaldas para poder hablar conmigo.
- No quiero ofenderte pero, ¿No eres muy joven para ser cazadora?
Yo sonreí con superioridad.
- Puedo parecer joven, pero soy mucho mayor que la mayoría de las personas que conoces.
- Deja de hacerte la superior. Solo eres…
No pudo terminar la frase, ya que se tropezó con la esposa del gobernador.
- Lo siento mucho Sra. Selene- Dije.
- No es tu culpa linda. No te preocupes.
- ¿Estas bien madre? – Le preguntó el muchacho
- ¿Su madre? – Me sorprendió aquello.
- Si estoy bien Dárius, no te preocupes. ¿Por qué no estás en la biblioteca?
- Estaba un poco aburrido el libro de los templarios, así que decidí hablar con ella.
- Debes dejar trabajar a la cazadora.
- Pero madre…
- No me contradigas, Dárius. A las 6 se sirve la merienda, si desean, tú y tu amigo pueden bajar a acompañar a Dárius – Dijo dirigiéndose a mi.
- No se preocupe por nosotros Sra. Selene. Estaremos bien.
- Muy bien. Dárius, acompaña a la señorita hasta su habitación. Ayúdala en lo que le haga falta.
- Si madre.
La mujer se alejó por el pasillo en dirección contraria a nosotros. Yo seguí caminando y el muchacho, llamado Dárius, me siguió.
- ¿Bajaran?
- Es probable…
- Me gustaría que lo hicieran. Esta casa normalmente es muy aburrida.
- Puedo notarlo. ¿Eres hijo del gobernador?
- ¡Oh! Si. Discúlpame por no presentarme. Mi nombre es Dárius Bleeding, hijo de Nicolae y Selene Bleeding.
- Mucho gusto.
- ¿Tu como te llamas? ¿Y tu compañero?
- Yo soy Ángel Night. Y él se llama Heinkel Wolf.
- Nombres curiosos – Dijo divertido.
Llegamos a mi habitación, y yo traspuse las puertas. Mi habitación era más iluminada que las demás ya que, si bien toda la casa tenía enormes ventanales, todos estaban cubiertos por gruesas cortinas que apenas si dejaban pasar la luz. Yo en cambio, había abierto las cortinas de mi habitación, porque me gustaba ver los atardeceres, aunque faltara mucho para aquello.
Luego de trasponer las puertas, Dárius las traspuso tras de mi, pero al sentir el contacto del sol con su piel pálida, salió rápidamente del lugar.
- ¿Qué sucede? – Pregunté al ver la extraña actitud del pelinegro.
- Cierra las cortinas… - Suplicó
- ¿Pero dime que te sucede? – Volví a preguntar
- ¡Cierra las cortinas! – Me gritó con voz imperiosa.
Resignada, hice lo que me pidió. Él asomó la cabeza en la habitación, y al comprobar que las cortinas estaban cerradas, entró con tranquilidad en la habitación, aunque se frotaba el cuerpo como si tuviera mucho frío, lo cual me pareció por demás extraño.
Me incomodaba la semi-oscuridad que había en la habitación, así que encendí todas las luces de la habitación, cosa a la cual el no opuso resistencia. Se sentó en el borde de la cama, mientras yo buscaba una mochila negra y pesada y la colocaba sobre la cama.
Se acercó y me interrogó con la mirada.
- Estoy preparándome para esta noche… - Le respondí.
- Así todos quedaran más tranquilos – Dijo como al aire.
- ¿Y bien…? ¿Me dirás ahora que te sucede? – Le pregunté con determinación.
- Digamos que me está prohibido cualquier contacto con el mundo exterior.
Aquel pensamiento, aunque fugaz, pasó tan claramente por sus facciones que casi no tuve la necesidad de leer su mente.
- La enfermedad de los niños vampiro… - Susurré
- ¿Cómo…? – Se veía como sus facciones pasaban de tranquilas a unas más asustadas.
Yo le sonreí, tratando de parecer tranquilizadora. Él, aunque aún algo asustado, no se movió de donde estaba.
- No puedo, y nuca podré salir de esta casa… No así… - Suspiró pesadamente – Siempre como si fuera… como si fuera un vampiro…
- ¿Acaso repudias a los vampiros? – Le pregunté con naturalidad, conociendo la respuesta.
- … - Guardó silencio por un momento, como meditando que diría, y luego respondió – Extrañamente no lo repudio… es más, creo que hasta cierto punto, los admiro…
- ¿Por qué? – Pregunté asombrada. No me imaginaba aquella respuesta.
- Por qué, a pesar de que son débiles contra la luz del día, son criaturas lo suficientemente fuertes como para ser libre y no dejarse dominar por nadie… Yo quiero ser así de libre… Así de fuerte… Quiero dejar esta casona y conocer el mundo… Quiero viajar y conocer hasta que puedo llegar a ser capaz… Quiero ser fuerte… Quiero entrenar… Y llegar hasta mis propios límites y superarlos… Pero sobre todo, quiero dejar de ser así… - Se abrazó las rodillas con fuerza.
Nunca había conocido a nadie como aquel muchacho… Normalmente la mayoría de la gente repudiaba a los vampiros, los odiaba, deseaba exterminarlos a toda costa del mundo y de sus vidas… Este chico era diferente… Quizá porque en parte los consideraba semejantes a él.
Definitivamente él era alguien muy diferente a todas las personas que había conocido, tenía fortaleza para afrontar el día a día a pesar de su condición, por la cual no se dejaba a abatir. Sabía sobrellevarlo, de manera que no se protegía entre esas cuatro paredes, sino que quería seguir adelante a pesar de todo. Era una persona admirable.
- Sabes… en cierto modo, te tengo algo de envidia… - Le comenté.
- ¿Por qué? – Preguntó intrigado. No entendía como una chica fuerte como yo, le tendría envidia a un muchacho debilucho como él.
- Porque tienes una fortaleza que muchos tardan toda su vida en encontrar… Y que a pesar de todo, no te dejas vencer por tu enfermedad… Eres una persona decidida de las que no se encuentran todos los días… Respeto eso…
Él me miró asombr5ado. Nunca creyó que alguien lo llegaría considerar fuerte. Era fuerte a su manera. Algo de lo que nunca se había dado cuenta.
- Gracias… - Susurró débilmente.
- ¿Por qué?
- Por haber creído en mí…
Era la primera vez que me decían algo así... Comenzaba a simpatizarme aquel muchacho… No solo por la cierta similitud que sentía entre él y yo, sino porque también era alguien a quien no le daba miedo demostrar lo que sentía, no le importaba lo que pensaran los demás…
Quise romper el silencio que se había formado, así que le dije.
- Mejor bajamos. Tu madre va a subir a buscarnos.
- ¿Cómo lo sabes?
- Digamos que es intuición femenina.
Lo arrastré fuera de la habitación, y nos precipitamos escaleras abajo.
Al llegar al vestíbulo, nos encontramos con Selene, la madre Dárius.
- ¡Muchachos! ¡Que susto me han dado! Estaba a punto de subir a buscarlos…
Ángel volteó a ver a Dárius con una sonrisa que indicaba "¿No te lo dije?"
- Todo está servido en el comedor. Pasen y sírvanse – Dijo mientras se precipitaba escaleras arriba.
Entramos en el comedor, el cual era muy agradable, nada muy suntuoso. Unas galletas, unos cuantos pasteles de los más diversos, y otra cantidad de cosas que jamás había visto. Tomamos unos platos y comenzamos a servirnos y comer, pero pronto el silencio se hizo bastante incomodo.
- ¿Qué te parece si vamos afuera? – Le sugerí
- ¿Estas loca? ¿Qué caso se te olvida esto? – Dijo señalando su propia piel.
- No es problema. Además, solo pasearemos por el jardín.
- ¿Y como pretendes que no me calcine en este paseo?
- Espérame aquí un momento.
Subí a mi habitación, y comencé a buscar entre las maletas. Heinkel entró.
- ¿Qué estas haciendo?
- Buscando algo, ¿Qué no me ves?
- Muy graciosa, Ángel… ¬¬ Sabes que esta noche vamos a salir de nuevo…
- Lo se, lo se…
- No te estés distrayendo… ¡por todos los cielos, Ángel, ya no eres una niña!
- ¡Ya déjame en paz, Heinkel! ¡Yo se lo que debo y no debo hacer! Como tú dices, ya no soy una niña…
- Entonces ¿Qué eres?
- Una cazadora…
- Una que debe cumplir su trabajo esta noche…
- Regresaré temprano, lo prometo…
Heinkel suspiró resignado, y se despeinó el cabello con una mano.
- Si tengo que venir a buscarte, te juro que no habrá una próxima vez
- Si, ya lo se, ya lo se.
Encontré lo que buscaba, y baje las escaleras apresuradamente. Dárius me esperaba, aunque algo incomodo, con algo parecido a una mochila, donde tenía metidos casi todos los dulces.
- ¿Y bien?
- Cúbrete con esto – Le dije, tendiéndole una capa roja carmesí - Te servirá para protegerte del sol.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque el dueño de esa capa, la usaba exactamente para lo mismo…
Se la colocó con algo de dificultad. Le quedaba bastante bien. Contrastaba con el atuendo que en ese momento tenía puesto. Unos pantalones vinotinto, algo holgados y una camisa negra manga larga, y junto con la capa, hacían un perfecto disfraz. Ángel rió para si misma. Aquella capa nunca le había quedado bien a ella.
- ¿Y bien?
- No está nada mal. El acabado es delicado, y tiene costuras fuertes, aunque está hecha al estilo antiguo, es muy buena. ¿De donde la sacaste?
- Digamos que es un regalo…
Dárius hizo el amago de quitarse la capa, pero lo detuve.
- Estoy segura de que el dueño de la capa no se molestará en que te la preste.
Tomamos la mochila y salimos al jardín. Después de caminar y hablar largo rato, comenzó a oscurecer. Entonces, arrastré a Dárius hasta el pueblo, con intenciones de explorarlo. Al principio se rehusó terminantemente, pero al final tuvo que ceder.
Caminamos por largo tiempo. Él, aburrido, se distraía mirando el paisaje, mientras que yo logré encontrar algunas cosas que me indicaron el paradero del sacerdote vampiro que perseguían.
- Ya Vámonos Ángel – Me dijo Dárius de repente.
Yo no me opuse y le seguí en dirección a la casona de la familia Bleeding, cuando un trío de muchachos se nos acercó, estaban ocultos entre las sombras del camino, pero sentí su presencia desde mucho antes de que se nos acercaran. Al pasar cerca de ellos, comenzaron a arrojarle una piedra tras otra a Dárius, quien hacía lo posible por cubrirse, pero no huía.
En ese momento, se distrajo esquivando una piedra que iba hacia sus piernas y no notó la que se dirigía su sien. Yo la tomé justo antes de que lo golpeara.
- ¿Por qué lo proteges? – Dijo uno de ellos.
- No se lo merece – Dijo otro.
- Es un niño maldito. Es un monstruo – Agregó el tercero.
- Yo no se lo que sea, y en realidad poco me interesa, pero los vuelvo a ver cerca de aquí y se las van a ver conmigo.
- ¿Crees que le tenemos miedo a una niña como tú?
Yo desmoroné la piedra que tenía en la mano, y soplé el polvo sobre sus rostros.
- Vuelvan, y lo mismo que le pasó a la piedra, les pasará a sus huesos.
Un estremecimiento recorrió a los tres niños. Yo hice un gesto amenazador con la mano y se precipitaron colina abajo.
- Te habrás salvado esta vez vampirito… - Dijo el primero.
- … Pero no de la próxima… - continuó el segundo.
- … Y esta vez no tendrás a tu hermanita para que te salve – terminó el tercero, antes de desaparecer de mi vista.
Continuamos caminando. Dárius caminaba cabizbajo y con la mirada perdida. Llegamos a la casona y yo me dirigí a mi habitación, Dárius me siguió. Al llegar a ella, abrí las cortinas para dejar pasar la luz de luna, mientras buscaba una buena arma, entre las que tenía. Saqué una Beretta y la dejé sobre la cama, mientras guardaba la mochila donde estaba.
- ¿Qué sucedió allá afuera?- Le pregunté.
- Lo normal.
Yo miré con una expresión interrogativa.
- Creen que soy un vampiro, y creen que los asesinatos que están ocurriendo los he provocado yo…
- ¿Qué tienen contra ti?
- Sus padres murieron hace poco por un ataque del vampiro. Ellos creen que soy yo.
- Entiendo…
Comencé a buscar entre mis cosas, la gabardina negra que usaría en la noche, cuando unos débiles sollozos me sacaron de mis cavilaciones. Dárius estaba llorando. Tenía las rodillas abrazadas y la frente recargada en ellas. No lloraba muy fuerte, solo se escuchaban pequeños sollozos. Por primera vez no supe que decir. Me mantuve en silencio y decidí actuar como si no me hubiese dado cuenta, pero el habló:
- La razón por la que no esquivé las piedras, es porque en parte, ellos tienen razón… Soy un niño maldito… Nací en la época de la gran hambruna que hubo en Suceava hace 16 años… Yo fui el único niño sobreviviente, mientras que todos los demás fueron muriendo de a poco… La mayoría de los muchachos de por aquí, las pocas veces que bajo, le escucho decirme: "El maldito de Suceava"… En parte tienen razón…
- Tú no sabes lo que es ser un niño maldito, Dárius… - Le susurré débilmente.
Él alzó la cabeza y me miró asombrado.
- Tú no sabes lo que es tener que caminar todos los días por la calle, y que la gente te señale y hable de ti a tus espaladas. Que te reconozca por la marca invisible a asesino que llevamos todos en el rostro. Que te traten de monstruo insensible, solo como un arma de guerra cuando te necesitan, y luego te dejan asumir las consecuencias de otros actos, como si no tuvieras voluntad propia para tomar tus propias decisiones. Tú no sabes lo que es ser un niño maldito…
Él me miró aún asombrado, de que tras ese rostro alegre y aquella actitud feliz y despreocupada, se escondiera aquella chiquilla vulnerable. A quien ella misma catalogaba de monstruo. Aquello era demasiado para él.
- No eres un monstruo, Ángel. No lo eres – Me dijo.
- No trates de consolarme con palabras vanas como si yo fuera una niña, Dárius… Hace mucho tiempo que acepté lo que soy… Piedras y palos pueden romper mis huesos…
- … Pero las palabras se las lleva el viento – Terminó el la oración.
Nos sostuvimos la mirada por un rato, pero fui yo quien la desvió primero.
- Gracias – Me susurró.
- ¿Por qué?
- Por lo de hace un rato. Nadie nunca se había preocupado por mí… - se asomó un leve rubor a sus mejillas.
- Descuida – le dije, dedicándole un sonrisa amistosa – Puedes considerarme tu hermana protectora… Mientras esté aquí al menos…
- ¿De veras?
- Seguro.
En ese momento entró Heinkel en mi habitación. Bajó un poco los lentes oscuros, para mirarme y dijo:
- Vámonos.
Yo me puse la chaqueta negra y tomando la Beretta, salí en pos de él, no sin antes asegurarle a Dárius que volvería pronto.
La noche se hizo larga y pesada. Siguiendo el rastro que encontré, llegamos hasta un bosque marchito a las afueras de la ciudad, donde una serie de ghouls nos atacaron. Fácilmente nos deshicimos de ellos, y nos adentramos en el lugar, pero por más que investigamos, no encontramos más que sangre y cenizas, así que decidimos regresar.
Cuando ya nos encontrábamos en el sendero que llevaba a la casona, Heinkel comenzó a hablar:
- Veo que estuviste ocupada todo el día.
- Si… Algo…
- ¿Por qué no lo aprovechaste para dormir? Te hará falta.
- No tengo ganas de dormir ahora. Lo que tengo es solo algo de hambre… - Dije mordiéndome algo el labio inferior, derramando unas pocas gotas de sangre sobre ellos, que lamí ávidamente.
Heinkel suspiró, acostumbrado ya a aquella pantomima.
- Te vas a encariñar con el muchacho, Ángel. Y cuando nos vallamos te va doler…
- Lo se, lo se, pero es que no puedo evitarlo.
- Siempre dices lo mismo.
- Esta vez es diferente.
- ¿Por qué lo es?
- Porque ese muchacho se parece a mí.
- ¿El es un…? – Preguntó asombrado.
- ¿Vampiro? ¡No! Él nació de padres humanos, también es humano.
- Que alivio. Comencé a pensar que quizá era el que buscamos.
- No es vampiro. Pero parece uno.
- ¿Acaso padece de la enfermedad de los niños vampiro?
Asentí lentamente.
- Ya me parecía raro que no fuese a la escuela como los otros muchachos de su edad.
Seguimos caminando en silencio, hasta llegar a las pesadas puertas de la casona.
- Entra tú – Le dije – Yo iré a buscar algo para comer…
Heinkel mostró una expresión divertida y luego se adentró en la casona.
Yo por mi parte, fui a buscar algo con que calmar mis instintos, lo que logré en un no tan moderno hospital, en el cual nadie se enteró de mi visita, debido a extrañas visiones.
Me acababa el último sobre, cuando llegué a la casona, donde Dárius esperaba apoyado en la puerta. Faltaba ya poco para el amanecer. Nos adentramos en la casona cruzando una sonrisa algo siniestra.
Moría de sueño, así que dormí la mayor parte del día. Desperté alrededor del atardecer. Al poco rato, Dárius entró nuevamente a visitarme:
- Has dormido todo el día.
- Tenía sueño – Respondí – Fue una noche agotadora.
Se quitó la capa que le había prestado la noche anterior y me la devolvió.
- Creo que esto es tuyo.
- Consérvala – Le dije con familiaridad – Al fin y al cabo, yo no la uso ni me queda bien.
Sus ojos se iluminaron como un chico con su regalo de cumpleaños y se la colocó nuevamente.
- ¿Vas a salir de nuevo en la noche?
- Tengo intenciones. ¿Por qué preguntas?
- Es que… - tragó dificultosamente – yo quería… preguntarse si…
- Si yo ¿Qué? ¿Te llevaba conmigo?
- Aja – dijo en vilo
- Lo siento Dárius, pero no te puedo llevar.
- ¿Por qué no? – Bufó molesto – No seré una molestia, lo juro.
- No puedo – Le repetí – Hay dos razones. Primero: Heinkel me mataría; Segundo: Podría matarte el vampiro.
- No le tengo miedo a la muerte – Dijo decidido.
Yo suspiré algo malhumorada. Ese chico era muy obstinado.
- Te propongo un trato: Tú me dejas partir, y de aquí hasta que me valla, te daré lecciones de tiro con esta belleza – Le señalé la Beretta.
- ¿En serio? – dijo ilusionado.
- No veo porque no. Siempre y cuando eso no cause molestias en esta casa.
- Podemos ir a practicar tras el jardín. Hay una bóveda que podría servir.
- Perfecto. Mañana a las 5, me despiertas y te enseñaré.
- De acuerdo.
Ya estaba oscuro y Heinkel debía de estar esperándome. Tomé mi gabardina y mis lentes negros junto con la Beretta y corrí escaleras abajo, donde Heinkel me esperaba en la puerta del vestíbulo, bastante molesto:
- ¿Con que decidiste aparecerte? – dijo sarcástico
- Vamos Heinkel, - Le dije burlona – No seas amargado.
Salimos de la casona y recorrimos el pueblo en cacería, pero nada encontramos de utilidad, así que regresamos.
Me tendí en la gran cama de la oscura habitación, cayendo como piedra en un profundo letargo. Extrañamente la cama estaba mullida y tibia, pero en ese momento no me importó. En la mañana, un brusco movimiento me tumbó de la mullida cama y al abrir los ojos, pude entender el porque.
- ¡Dárius! – Grité.
El mencionado se levantó de la cama, sobresaltado. La camisa gris oscura que tenía puesta el día anterior, se encontraba arrugada y desabrochada por todo lo amplio del pecho, y los pantalones negros se encontraban rasgados a la altura de la rodilla, quedando como cortos. El cabello despeinado y la mirada asombrada y a la vez avergonzada, me recordaron un poco a mi misma.
- ¿Qué haces en mi habitación? – Pregunté alterada.
El muchacho miró en derredor algo confundido, y al notar en donde había ido a caer, y que solo me encontraba con la ropa interior de encaje rosa y la camisa encima de esto, se sonrojó violentamente.
- Ángel… No fue mi intensión… No quería…
- ¡FUERA DE AQUÍ!
Empecé a arrojarle las almohadas, las sábanas, la mochila, y todo lo que estaba a mi alcancé, mientras el pobre, arrastrándose enrollado con la cobija, salió de la habitación más muerto que vivo.
Yo tomé la cobija del suelo, y me cobijé con ella y me arrastraba nuevamente a la cama cuando Heinkel entró.
- ¿Por qué tanto escándalo? – Preguntó malhumorado.
- ¡Dárius estaba en mi cama! - Le respondí en el mismo tono.
- ¿Y qué? Habías dormido todo este tiempo con él y no te había sucedido nada. ¿Ahora qué?
- Es que me despertó – Dije haciendo un puchero.
- Eres una niña – dijo arrojándome una de las almohadas que estaba cerca de la puerta.
- Tu también lo eres – Dije aún malhumorada arrojándole cosas, al igual que a Dárius.
El comenzó a retroceder con lentitud, mientras yo le arrojaba lo que estuviese a mi alcance, hasta que pudo salir por la puerta. Yo me despojé de la cobija y me dispuse a abrir las ventanas, cuando su cabeza dorada se asomó por la puerta y me dijo.
- Por cierto… el encaje rosado no te favorece…
Yo le arrojé otro cojín y salió. Resignada de abrir las cortinas, tomé la cobija y volví a envolverme en mi letargo, pues apenas eran las 9 de la mañana.
Cuando volví a despertar sin embargo, faltaba poco para las 5. Me levanté, aún algo somnolienta, y me vestí rápidamente. Cuando buscaba otra arma entre las muchas que poseía, escuche como tocaban sutilmente la puerta.
- Entra Dárius - Dije secamente.
Él entró, aunque algo reticente. Observando el desorden de la habitación, y sintiéndose en parte culpable, comenzó a acomodarlo, mientras yo buscaba mi arma, sin dirigirle la palabra.
- Vámonos – Le dije de repente, sobresaltándolo.
Salí de la habitación y caminé al depósito tras el jardín, mientras el me seguía en silencio. Llegamos al lugar mencionado. Había gran cantidad de dianas, colocadas a distancias irregulares, y la barrera de protección.
- ¿Siempre ha estado aquí esto? – Pregunté.
- Antes esto era una fortaleza militar. Solo tuve que buscar las dianas anoche, pero sí.
- ¿Dónde estaban?
- En un depósito más al sur – dijo señalando la espesura de una gran maleza que rodeaba la casa.
Yo me adentré en ella, y mientras intentaba llegar al depósito, pude notar los jirones de la tela negra del pantalón roto de Dárius. En el depósito, saqué tres espantapájaros que allí había y regresé.
- Tómala – Le arrojé a Dárius la Beretta.
- Está algo pesada
- Acostúmbrate – Le dije secamente - Así se siente el tener un arma en las manos. No es solo su propio peso, sino el peso de la culpa sobre tus hombros.
- ¿Qué debo hacer?
- Apuntale a esas dianas – le señalé unas que estaban a medio kilómetro cuando puedas darles, entonces te explicaré lo siguiente.
Comenzó a intentar dispararle pero al poco tiempo, terminó disparando sin rumbo. Tuve que detenerlo.
- Así solo vas a matar a alguien – suspiré – debes tomar el arma con ambas manos, así – tomé sus manos, y las coloqué en la forma correcta – los brazos extendidos, el pulso firme, y sobretodo, la determinación al apuntar y disparar.
Dárius comenzó a disparar de nuevo. Cada vez se acercaba más a la diana, aunque sin embargo no les daba. Aprendía rápido para ser un humano.
- Sabes… medio kilómetro no es nada… debes de aprender a disparar, aunque los oponentes estén a dos kilómetros de distancia.
- ¿Qué? ¿QUÉEEEEEEEEE? – se sorprendió tanto por lo que dije, que el disparo se desvió, matando a una gaviota que por allí pasaba.
- 2 kilómetros los recorre un vampiro decente en 15 segundos o menos. 5 si es un vampiro antiguo. Necesitas aprender a dispara rápido.
Como motivado por lo que le dije, comenzó a disparar con mayor precisión, y para cuando ya oscurecía, le había dado a la diana dos veces.
- Ya es tarde. Regresemos adentro.
- Quiero seguir practicando – dijo, apunto de formar un berrinche.
Le quité la Beretta de las manos y le repetí lo mismo. Él suspiró resignado, y me siguió, con la gaviota en un saco para que su madre la preparara de cena esa noche.
- Ángel… - Dijo dubitativo.
- ¿mmm?
- Ángel… yo…
- ¿Qué? – comenzaba a exasperarme
- Yo quería… - tragó saliva y armándose de valor dijo al fin – pedirte perdón por lo de esta mañana. No fue mala intensión, de verdad.
- ¿Entonces? ¿Qué estabas haciendo en mi cama?
- Esto tiene una buena explicación.
- Pues bien, quiero oírla.
- Lo que sucedió fue que anoche, antes de que llegaras, me había quedado dormido en tu cuarto, leyendo un diario que parecía de vampiros que encontré bajo tu cama…
- Mi antiguo diario – pensé, más no se lo manifesté.
- … cuando ustedes llegaron, Heinkel me despertó y yo me fui a mi habitación. Pero más tarde no pude dormir así que comencé a pasearme por la casa como suelo hacerlo a veces, cuando escuché unos susurros provenientes de tu habitación. Cuando me asomé, me di cuenta de que estabas teniendo una pesadilla. Decidí quedarme contigo hasta que se te pasara, pero el tiempo se hizo tan largo que terminé quedándome dormido también.
- Bien…
- ¿No me crees, cierto?
- En realidad, si. Heinkel se la pasa diciéndome que hablo dormida, pero nunca le creí. Y como el ya está acostumbrado, tampoco se inmuta por eso.
- Entiendo.
- No es tu culpa, ya lo se. Pero es una noche muy linda para estar hablando de cosas como esas. Ve a cenar.
- ¿Y tú que?
- Yo ya me voy.
- Bueno, que tengas suerte.
- Me hace mucha falta.
Heinkel y yo nos encontramos abajo, cerca del bosque de hacía dos noches. Comenzamos a caminar por los alrededores, cuando notamos que gran cantidad de personas, bordeaban el bosque, dirigiéndose a un lugar en común. Un pequeño templo de piedra, escondido entre la maleza del bosque. La mayoría de los habitantes, que los pueblerinos consideraban muertos, se dirigían con pasos de ghoul hasta la sombría capilla. Eran los vasallos del vampiro.
Las puertas de la capilla se abrieron, para albergar a la cantidad de sirvientes que el supuesto sacerdote había convertido. Nos escabullimos entre la multitud de ghouls y nos escondimos cerca de las puertas.
Con paso lento, sobre el altar como quien fuera a preceder una misa, apareció el sacerdote vampiro. De cabello marrón, largo hasta los hombros, de cejas pobladas, nariz respingada y rostro enjuto. Comenzó a hablarles a sus muchachos:
- Esta noche es la última para que se complete el ciclo de luna. Mañana atacaremos la casona del gran alcalde.
- ¿Que lograremos con eso, su santidad?
- Hemos de buscar al último miembro de nuestro clan, que se encuentra en esa casa.
- ¿Y luego que hemos de hacer, su santidad?
- Incendiaremos el pueblo. Todo lo quemaremos para acabar con los impuros.
- ¡Muerte a los impuros! – Los ghouls comenzaban a sublevarse.
- Calmaos mis fieles vasallos. Calmaos. Aún no es tiempo de la venganza. Mañana, atacaremos a puerta cerrada, pero necesitarán escabullirse por le pueblo por la mañana.
- ¡El Sol no! ¡Odiamos el sol! – Decían agonizantes.
- Es necesario, pues ya ven, que si no podrán cumplir el cometido por el que fueron enviados a este mundo. No os sublevéis aún.
- ¿Qué hacemos entonces, su santidad?
- Esperen aquí hasta que yo les avise.
No había nada más que escuchar así que Heinkel y yo, nos escabullimos de la capilla.
- Nunca pensé que se escondería en el templo abandonado – Dije
- Con razón no sentí esa maldad cerca del sacerdote del pueblo – agregó Heinkel.
- No podemos dejar que ataquen la casa de los Bleeding.
- Lo se, lo se. Déjame pensar.
- Yo propongo que matemos al Osiris esta noche – dije, mientras le soltaba el seguro a mi arma.
- Calma – Dijo, bajándome el arma y sonriendo divertido - ¿Quieres una verdadera cacería o solo una aburrida pelea?
Yo sonreí con malicia, entendiendo a lo que se refería.
- Dejémoslos vivos hasta mañana. Así será más divertido- Dijo Heinkel con una sonrisa maligna.
Nos fuimos del lugar, y regresamos al pueblo.
- ¿Estas seguro de que lo que hacemos está bien?- Pregunté preocupada
- Mira quien lo dice… La señorita, saqueemos el hospital para cenar – Dijo con sarcasmo.
- ¡Oye! – dije, dándole un suave golpe en el antebrazo – Aunque ahora que lo mencionas no es mala idea.
-¿Otra vez?
- El hambre insaciable de una criatura de la noche, no se sacia nunca – Dije con una sonrisa traviesa.
- De acuerdo. Ve. ¡Pero no quiero escándalos mañana!
Me alejé en dirección al hospital, a saciarme nuevamente, ya que mi hambre implacable se aumentaba al pasar muchos días sin beber. Al fin terminé y me dirigí de nuevo a la casona. Desde el sendero, vislumbre a Dárius, en el alfeizar de la ventana de su habitación en el segundo piso, y decidí hacerle una visita. Salté hasta el techo de la mansión y me descolgué de su ventana, como un murciélago, asustándolo en el acto.
- ¡Ángel! – Dijo él, con una mano en su corazón – No me asustes así.
- Tú eras el que estaba muy pensativo.
- Es que… tengo un mal presentimiento, Ángel.
- ¿De que se trata? – dije descolgándome y sentándome en el alfeizar con él.
- Como si algo malo fuese a suceder… en el pueblo, o en la casa… no estoy seguro.
- No estás muy lejos de la realidad, hermano.
- ¿De que hablas?
- Lo encontramos. Quiero decir, al vampiro que ha estado atacando por estos lados.
- ¿Y bien? ¿Lo mataron?
- Digamos que no del todo.
- ¿A qué te refieres?
- Mañana, el Osiris vendrá a la casa a llevarse a alguien para completar su clan, porque mañana se cumple el ciclo de la luna, necesario para que adquiera más poder. Por eso detesto al Osiris…
- ¿QUÉ?
- Pero mañana lo mataremos. No te preocupes.
- ¿Y por qué no lo hicieron hoy, si ya sabían que atacaría mañana? – dijo alterado
- Perdería la diversión – dije con una sonrisa algo perversa.
- No tienes remedio – dijo suspirando.
Amanecería pronto, así que ambos nos introducimos en la habitación para cerrar las cortinas.
- Ángel – Susurró Dárius - ¿Por qué me llamaste hermano?
- ¿Te molesta?
- No es eso. Es solo que nadie me había tratado nunca con tanta familiaridad, aparte de mis padres, claro está.
- Dárius, para serte sincera, te pareces mucho a mí. Como el hermano que nunca tuve, ni tendré. Es por eso que, si no te molesta, de ahora en adelante puedes considerarnos hermanos.
- En ese caso, hermanita, sería bueno que fueses a dormir, si esta noche quieres acabar con ese vampiro.
- ¿Lo dice el que se quedó despierto toda la noche?
- No me jodas – Dijo él divertido.
Me dirigí a mi habitación, y me tendí en la cama sin cambiarme. Miles de pensamientos inundaron mi mente mientras miraba al techo, hasta que ellos mismos me hicieron quedarme dormida.
Cuando me levanté más tarde, de inmediato fui al campo de tiro, donde encontré a Dárius ya practicando.
- ¿Has mejorado algo? – Le dije sarcástica.
- Míralo tu misma- Dijo con altanería.
Disparaba a las dianas a medio kilómetro, sin fallar un tiro.
- ¿No habrás estado practicando toda la noche, por casualidad?
- Como crees…
Comenzamos a probar las dianas a un kilómetro. Comenzó como la tarde anterior, pero mejoró rápidamente y al oscurecer, ya le había dado a las dianas tres veces.
- Nada mal para un novato.
- Ni tan novato, hermana.
- Ya me voy. Es hora de la cacería.
- Buena suerte.
- Por cierto – dije antes de irme- Quiero que la tengas mientras no estoy- le dije entregándole la Beretta – Úsala solo si es necesario, y solo para defenderte, no para matar por venganza.
- Algo he entendido de la vida en estos 4 días contigo, Ángel.
- Eso espero.
Corrí colina abajo buscando a mi compañero de cacería, y lo encontré puliendo unas Mágnum 417, y probando puntería.
- ¿Listo?
- Cuando tú lo estés.
Nos encaminamos hacia el semi-templo, pero a varios metros pudimos distinguir como los ghouls eran ordenados en batallones para atacar y destruir el pueblo, aunque faltaba una gran parte, comparada con la de la noche anterior. Seguramente estarían en el pueblo. Ambos cargamos nuestras armas y nos dispusimos a atacarlos. Cuando el líder vampiro se reunió con el resto de la tropa, atacamos.
Saltando en medio de ellos, desde las copas de los árboles, caímos y disparamos a diestra y siniestra, decapitando en el acto a todos los sublíderes del batallón. Pero el vampiro fue diferente, rápidamente logró esquivar la mayoría de las balas, quedando con solo una el hombro y otra en la sien, las cuales desaparecieron rápidamente al regenerarse sus heridas.
- Ya me esperaba otra emboscada por parte de los Bleeding – sonrió divertido – pero esta vez no funcionará.
Notamos el extraño resplandor rojizo que comenzaba a esparcirse por el cielo y las casas de los habitantes del pueblo.
- ¡Fuego! – Exclamé yo.
- Ya es muy tarde para detener el ritual del ciclo de la luna. Y pronto, nadie más podrá detenerme.
Los ghouls comenzaron a atacarnos y nosotros corrimos al pueblo, para aniquilarlos con sus propias armas. Entre disparos e incendios, pronto logramos eliminar a la mayoría. De repente, la casa de Dárius comenzó a arder súbitamente. Yo me precipité hasta allá, con Heinkel pisándome los talones, y comencé a matar cuanto ghoul conseguí en mi camino. Al llegar al gran salón, pude ver como el sacerdote vampiro, tenía a Dárius alzado del cuello, a punto de beber su sangre.
A sangre fría disparé al brazo levantado del vampiro, aún a sabiendas de que podía herir a Dárius, pero al ver la escena, se desató una fuerza interior que me pedía Sangre y Muerte.
El brazo del vampiro calló al suelo instantáneamente al igual que la persona a quien sostenía. Yo me abalancé sobre él, y comenzamos una cruenta batalla cuerpo a cuerpo. Al poco tiempo, Heinkel se nos unió, alegando que no le robase diversión. Tensos segundos, minutos, horas, y todo el tiempo que pasó, no se cuanto fue. En un momento, logramos tenerlo inmovilizado y le disparé al corazón, pero el desgraciado no murió.
- No creas que me puedes matar tan fácil niñita – dijo escupiendo a mis pies.
Heinkel se abalanzó de nuevo sobre el vampiro al igual que yo, mientras pensábamos una forma de matarlo. Huyó de nosotros, intentando saltar por la ventana, pero Dárius lo detuvo, tomándolo por los ruedos de la ensangrentada túnica blanca. Entonces, debajo de esa túnica, el vampiro sacó una espada, y le atravesó el estomago a Dárius. Este lo soltó agonizante, y el vampiro escapó. Yo, furiosa, y con los ojos más rojos que las llamas del mismo infierno, fui tras el con sed de muerte y venganza, y lo balee cuantas veces me alcanzó el cartucho, obteniendo siempre el mismo resultado. Entonces, una bala certera me rozó la mejilla y fue a parar al pecho del vampiro, el cual, con un grito agonizante, cayó vuelto cenizas.
Yo me voltee a tiempo para ver a Dárius apoyado en la ventana, y sosteniendo la Beretta aún humeante en su mano, antes de desmayarse por la pérdida de sangre. Regresé rápidamente a la casona, dispuesta a ayudarlo. Pero haciendo señales negativas con la cabeza, Heinkel me dio a entender que no había salvación. Solo había una solución: Convertirlo. En ese momento, lo tomé delicadamente entre mis brazos, me acerqué a su garganta, pudiendo ya saborear la dulce sangre caliente que me ponía frenética, y esperando que resultara, cuando Selene entró por la puerta y ordenó que llevaran a Dárius al hospital.
Los médicos lo trataron en cuanto llegó, pero hacía falta una transfusión de sangre, pues había perdido mucha, y como comencé a sentirme culpable, ofrecí mi propia sangre.
- ¿Estas loca? – Me cuestionó Heinkel - ¿Sabes en lo que lo convertirás si lo haces?
- En realidad no lo se, ni me interesa. Pero tengo que hacerlo.
- Ángel lo podrías con verter en un…
- Si eso lo salva, que así sea. Al fin y al cabo, que no haya sangre es mi culpa.
Prepararon todo, y le pasaron de mi propia sangre a Dárius, el cual, luego de la intervención quirúrgica, quedó estable, por suerte.
Había corrido con mucha suerte, eso fue lo que había dicho Heinkel.
Luego de lograr poner en orden gran parte del cuerpo y sepultar los cadáveres de los fallecidos, dárius comenzaba a recuperarse. La Sra. Selene, la madre de dárius, nos pidió que nos quedásemos hasta que Dárius mejorase, cosa que Heinkel no aceptó, y a regañadientes solo pude convencerlo para que nos quedásemos una semana.
Aquella semana pasó volando, y dárius mejoró rápidamente. Mucho más que la mayoría de los humanos. Al 6to día ya se podía levantar y le quitaron los puntos. Esa tarde fuimos a practicar y se hizo experto en las dianas a un kilómetro. Decidí que regresáramos temprano, pues él aún estaba delicado.
- ¿Qué pasó esa noche, Dárius? – Le pregunté en el camino
- No lo se. Solo se que estaba en la biblioteca buscando un libro, cuando escuché el desastre en el piso de abajo. Cuando fui a investigar, el vampiro me atrapó, e iba a beber mi sangre cuando llegaste tú.
¿Cómo tuviste la fuerza para levantarte?
- No lo se. Quería proteger a mi hermana- dijo sonriente.
- ¿Seguro que te sientes bien?
- Nunca me sentí mejor – Dijo Alegre, realizando una pirueta- Es más, hay algo que quería mostrarte – empezó a desabrocharse la capa y dejó que esta rodara por sus hombros, dejándose expuesto al sol del atardecer, ya que tenía una camisa de mangas cortas.
- Dárius, ¿Qué haces? Ponte eso de nuevo.
- creo que ya no lo necesito. Ya el sol no me está quemando.
- ¿estas seguro?
- Completamente, pero no he querido decírselo a mi madre, para que no le de un sincope.
- Entiendo.
Caminamos en silencio por varios minutos.
- Ángel, ¿es cierto que se van mañana?
- Eso me temo, hermanito. Desde mañana en la noche no me verás más.
- Pero Ángel… ¿No te puedes quedar un poco más?
- es imposible convencer a Heinkel.
- Entonces… ¿No puedo ir yo con ustedes?
- No lo se, Dárius. No me parece una buena idea. Después de lo que sucedió hace una semana…
- Ángel yo ya no soy un bebé. Puedo cuidarme solo. Es más, desde el ataque, por una extraña razón, me he sentido más fuerte…
- ¿Será por mi sangre? – Pensé.
- ¡Yo quiero ir! – dijo decidido.
- No te daré una respuesta inmediata a tu petición, dárius. Debo pensarlo. Tú debes pensarlo. Debes estar conciente de todo lo que vas a dejar atrás si te vas. Todo lo que jamás volverás a ver.
Dárius quedó pensativo y no me molestó más con el asunto. Yo dediqué el resto de la noche a organizar el equipaje y la mañana para dormir. Al anochecer, Heinkel y yo, estábamos dispuestos. Luego de despedirnos de la familia Bleeding, nos alejamos del pueblo, en busca de nuestro próximo pasatiempo.
Al final de la noche, cerca del amanecer, Heinkel notó que nos perseguían. Dispuso su arma, yo la mía, y disparamos hacia el lugar donde los arbustos se movieron. A los 5 minutos, un chico de pelo negro y ojos verdes fríos, se alzó ante nosotros.
- Pido paz, Hermanos.
- ¿Dárius? ¿Qué haces aquí?
- Ya lo decidí, Ángel. Quiero hacerme más fuerte y no dejaré que mis ataduras me impidan ser feliz y hacer lo que quiero. Se que mi familia lo entenderá.
- en ese caso – suspiré resignada, y tomé del cuello a Dárius y A Heinkel y los acerqué hacia mí – creo que ahora somos un trío de cazadores.
- ¿QUÉ? – dijo Heinkel incrédulo.
- Bienvenido a la familia.
Heinkel al principio tuvo su reticencia para con Dárius, pero al final terminó resignándose y Dárius se convirtió en parte de nuestras vidas, y también en mi hermano.
Pasaron 3 años. En esos tres años hubo más cacerías, más enfrentamientos, y Dárius se fue fortaleciendo cada día más, mientras entrenaba. Su enfermedad se había curado y podía caminar a la luz de día, lo que nos alivianaba la carga. Cuando Dárius estaba apunto cumplir los 19 años, pasábamos por Rumania, para dirigirnos a Dubrovnik, en Croacia.
- Ángel, tengo una proposición para ti… - Me dijo la noche antes de su cumpleaños
- No es momento de juegos Dárius
- Estamos en un agradable paseo por Rumania, uno de los países más bellos…
- Si como no – Pensé yo.
-… Y pensé que quizá podíamos visitar Transilvania y Suceava.
- Estas como loco, Dárius. La juerguita de ayer no te hizo bien – dijo Heinkel con fastidio.
- Es en serio – dijo él, algo malhumorado – Podemos aprovechar y ver como quedó todo allá después de estos 3 años. Y en Transilvania, podríamos visitar el castillo del Conde Drácula y a los padres de Ángel.
- Dudo que quieran recibirme, en sus condiciones… - dije con fastidio.
- ¿Por qué? ¿Qué acaso tus padres te detestaban?
- Lo padres de Ángel ya están muertos, Dárius – Le susurró Heinkel en el oído al susodicho.
El me miró cabizbajo.
- Se que juré que nada me importaría y no me aferraría más a ellos, pero…
- Olvídalo Dárius – Dijo Heinkel
- Pero… No pueden… vamos no sean malos… Vamos compañero… - Le puso una mirada suplicante a Heinkel.
- Ni pienses que me convencerás con esos ojos de perro triste – dijo Heinkel, volteándose en la cama para no mirarlo.
- Hermana… - Dijo volteándose a verme.
Lo odiaba. Odiaba cuando usaba esos ojos conmigo. Parecían un triste bebe sin un regalo de navidad. Odiaba esos ojos de perrito regañado. Intenté ignorarlo, pero me hizo tantas muecas que al final accedí.
- Eres la mejor, hermana.
- ¡No señor! ¡No iremos a Suceava! ¡Por supuesto que no! – Se opuso Heinkel.
Pero lo que dos deciden, no lo puede deshacer solo uno. Y al día siguiente nos pusimos en camino. Solo debíamos desviarnos 20 kilómetros de nuestra ruta original, lo que logramos en menos de 4 horas.
Llegamos al atardecer, pero no nos esperamos lo que allí vimos.
Todas las casa de la ciudad, estaban quemadas por un incendio, que parecía haber ocurrido la noche anterior. Todos los habitantes, asustados, huyeron a sus hogares, ocultándose de, lo que a su parecer, eran los ángeles de su destrucción.
Logramos capturar a un muchacho cerca de la plaza frente a la catedral. Reconocí en él, a uno de aquellos muchachos que había apedreado a Dárius, aquella noche hacía ya casi 3 años. Lo interrogamos sobre lo sucedido, pero solo nos rogó que lo dejásemos ir, o el Padre de la iglesia lo mataría por hablarles a los demonios. Lo dejamos ir, y nos encaminamos a la casa de Dárius; se encontraba en el mismo estado que las otras y completamente abandonada. Decididos a investigar aquella noche, dejamos en nuestras antiguas habitaciones y salimos.
La ciudad se veía en relativa calma, excepto porque no había ninguna luz encendida en ningún lugar. De pronto, una gran manada de lo que parecían ser ghouls, se acercaban a Suceava, con intenciones de destruir lo que de ella quedaba. Nosotros nos dispusimos a atacarlo, cuando un hombre, impresionantemente alto, se puso entre nosotros y los ghouls. Vestía una gabardina gris, alzacuello blanco, cabello rubio, ojos verdes, casi dementes y un par de bayonetas.
Se lanzó contra los ghouls, acabando con algunos de ellos, aunque todo lo hacía sin mayor prisa. En una de sus piruetas, terminó frente a nosotros y al vislumbrar a Dárius, una sonrisa maniaca se dibujó en su rostro. Sin previo aviso lo atacó, a lo que el a poco pudo defenderse. Sus rápidos movimientos nos impedían atacar al sicario sin lastimar a Dárius, así que nos mantuvimos a distancia.
Cuando le iba a dar el golpe de gracia, logamos atravesarlo con un de sus propias bayonetas, con lo que logramos alejarlo un poco de Dárius.
- ¿Para que protegen a este Aparecido, una Sucubo y un Angellis Ater?
Yo, ignorando porque se refería a Dárius de esa manera, solo atiné a decirle.
- El único que ahora parece un Aparecido y un Angellis Ater, es usted, Padre.
- Gran error, Sucubo. No escaparás a mí.
Se lanzó contra nosotros nuevamente, cuando un par de ghouls se pusieron entre nosotros y el sicario, con lo que él logró herirlos de muerte.
- ¡Ja! – Escupió con acidez – Que un par de semi-ghouls protejan a un aparecido, es lo más ridículo que me había sucedido. Dejemos que el muchacho se despida de sus funestos progenitores en esta noche fatídica, que ya mañana lo asesinaré.
En una lluvia de pergaminos, desapareció de nuestra vista.
Heinkel y yo quisimos perseguirlo, pero cualquier esencia o rastro que pudiera haber dejado su rápido escape, se borró con un soplo del viento. Fue entonces cuando nos volteamos y vimos a Dárius, inclinado sobre los dos cuerpos heridos. Nos acercamos con sigilo, ya que vimos su pálido rostro, surcado por las lágrimas de dolor. Entendimos al instante de lo que se trataba, pues los cuerpos sobre los que lloraba, eran los cuerpos de sus padres. No supe que decirle, apoyé mi mano en su hombro en señal de apoyo. Sentí en ese momento, como una mano más arrugada se posaba sobre la mía, y vi a Selene, la madre de Dárius, sonriéndonos a Dárius y a mí.
- Se que lo cuidarás bien, ahora que ya no… - tosió sangre.
- Mama, por favor – Dijo Dárius suplicante.
- Ya es muy tarde para pedir favores, mi apreciado niño – Dijo ella, pasando una mano por el rostro surcado de lágrimas de Dárius.
Dárius lloraba de impotencia, viendo como la vida de su madre se le escurría de los brazos sin el poder hacer absolutamente.
- Quiero que entiendas esto, mi niño – dijo ella, limpiando con la mano, unas cuantas lágrimas del rostro de su hijo – Tu no eres un aparecido. No al menos completamente. Pero esa poca sangre que tu bisabuelo introdujo en tu ser, te llevará a ser fuerte…
- Seré fuerte madre – Dijo posando su mano sobre la de ella, con delicadeza.
- Yo se que sí…
Su mano lentamente fue perdiendo fuerza y bajando lentamente del rostro del que alguna vez fue su hijo, y quedó tendida al lado de aquel cuerpo frío que alguna vez fue la madre de Dárius. EN el rostro de aquella mujer, se reflejaba una calma sorprendente, considerando su forma de muerte.
- Seré fuerte, madre… - Murmuró Dárius, un poco para si mismo, y quizá otro poca para el espíritu de su madre – seré fuerte para vengarte… a ti y mi padre…
Los enterramos a ambos, en las afueras de la profanada ciudad y continuamos con nuestro camino. Dárius insistía en quedarse, pero yo le advertí que si quería cumplir aquella promesa, debía hacerse más fuerte para poder ganarle al sicario.
- ¿Por qué decían que soy un aparecido? – Me preguntó susurrante.
- Los aparecidos, son personas que nacen como ghouls. Son familiares de ghouls que llevan vivos tanto tiempo con la sangre de sus maestros vampiros que la transmiten a sus descendientes. Por lo que pude entender, tu bisabuelo era un aparecido, y tu llevas un poco de su sangre en tus venas… - Mientras pensaba para mi misma – Esa sangre y la mía, son las que lo han vuelto tan fuerte, aunque siga siendo humano…
- ¿Y un Angellis Ater? Hacía le decía a Heinkel – Volvió a preguntar.
- Les llaman Ángeles negros. Son parte del Clan Lasombra, y a menudo son jóvenes vampiros que abrazan el estereotipo y la maldad hueca de las noches modernas en un intento evidente de convertirse en monstruos. No tan lejos de la realidad, en cierto sentido – dijo Heinkel, en parte divertido.
- ¿Y Sucubo? ¿Qué es un sucubo?
- Es un demonio femenino que visita a los hombres en sus sueños y tienen relaciones sexuales, de una forma fantasmal, con ellos. También se dice que las victimas del Sucubo, pierden su alma.
- Una Sucubo, Un Angellis Ater y Un Aparecido. Un trío de cazadores malditos – Dijo Dárius con ironía, mientras se limpiaba una última lágrima de la mejilla.
Esa fue la última vez que lo vi llorar. Desde entonces, Dárius se dedicó a entrenar, para que cuando se encontrase al sicario pudiera consumir su venganza, pero…
En ese momento, la narración de Ángel fue interrumpida por un estruendoso ruido procedente de las mazmorras inferiores.
Ángel se levantó súbitamente y corrió hacia el lugar de donde provenían los ruidos, junto con el Rey no-muerto que la perseguí entre las sombras, rogando que aún no fuese demasiado tarde…
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Bueno… el cap no me quedó tan bien como hubiera querido, pero por lo menos, en este largo cap, se aclaran algunas intrigas de la relación ÁngelxDárius No vallan a pensar mal…
En el próximo cap, se descubrirá al fin el destino de la estancia del sicario en Hellsing, así que no se pierdan y déjenme mis reviews, ya que si bien, me tardé mucho con este cap, creo que lo hice lo suficientemente interesante…
