N/A: Ohayo a todos n.n' Siento llegar un día tarde a la actualización quincenal, pero miren el lado bueno… un día siempre será mejor que un mes, ¿no? Jejeje. No tengo mucho más que decir ahora, la versión extendida de las notas de autora está al final, como de costumbre. Y, también como de costumbre, les pido que hagan un esfuerzo y se las lean, que son importantes… Aunque, pensándolo mejor, en realidad sólo son los desvaríos de esta loca, así que ustedes verán, je xD Las utilizo sobre todo para comentar algunos aspectos del fic o algunas reformas que no me tienen muy convencida, por eso me gustaría que las leyeran para discutirlo conmigo en los r/r. Pero, desde luego, no voy a amenazar a nadie con un Avada Kedavra si no lo hace…

Este cap va dedicado a dos personas muy importantes para mí: a mi queridísima CieloCriss, que cumplió años la semana pasada, y a mi mano derecha Luar (Charlie para los amigos, jeje) que cumple años la semana que viene. Siento que este cap no sea la gran cosa para ofrecerlo en vuestro honor, pero recordad que la intención es lo que cuenta. Y, venga, para añadir más inri al asunto… sí, homenaje especial a Luar, porque sin ella R no habría salido adelante, ni antes ni ahora, es mi mayor colaboradora y la segunda madre de este fic. Hala, ya está dicho n.n

Y, sin más, les dejo con este cap, que es bastante más corto que de costumbre. ¡Que lo disfruten!

ADVERTENCIA: esto es un AU ambientado en la época de los Merodeadores, Respuestas tiene ya casi cuatro años, empecé a escribirlo antes de la publicación de la Orden del Fénix y en su mayor parte está basado en los rumores que corrían en aquella época sobre el libro 5º. En consecuencia, pocas cosas te vas a encontrar aquí que tengan que ver con la línea argumental que ha seguido JK Rowling en los últimos dos libros. Ni Mundungus Fletcher ni Arabella Figg son como nos los ha pintado JK, y bueno… resumiendo, no te fíes, porque si eres nuevo en R no sabes con lo que te puedes encontrar, jeje… Recuerdo también el formato del fic: cada capítulo es la respuesta a una pregunta referente al pasado de los Potter, de ésas que circulaban por los foros cuando la OdF aún no había salido. No me importa que algunas de esas preguntas hayan sido ya contestadas, repito que esto es un AU, especial para quienes busquen alternativas. Y a los que ya me conocen, sólo decirles:

¡A leer!

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RESPUESTAS

3ª pregunta: ¿Quién es Mundungus Fletcher?

"Secretos profesionales y el profesor de Pociones"

Tras el incidente con Peeves, a nadie le quedó muchas ganas de seguir deambulando por el castillo, de modo que el pelotón de gryffindors se dirigió directamente hacia la Torre, suprimiendo así la supuesta visita turística con la que Arthur Weasley iba a deleitar a sus jóvenes y recién adquiridos compañeros de casa. Sirius se pilló un rebote bastante respetable, argumentando que todo lo ocurrido con el poltergeist no era excusa para irse a la cama tan temprano (según él) pero, como incluso James tenía ya ojos somnolientos y no hacía más que bostezar, tuvo que resignarse… no sin antes atosigar al pelirrojo hasta hacerle prometer que les daría una vuelta por Hogwarts al día siguiente.

Una vez en la sala común, el pedante prefecto de quinto se hizo cargo de los chicos de primero, mientras su resignada compañera se encargaba de guiar a las chicas por otras escaleras. Siguieron a aquel muchacho hasta un rellano en el que había una puerta con el letrero de "Primer Curso", y James ya estaba preguntándose si apiñarían a los nueve niños en una misma habitación, cuando el joven entonó:

-Hemos tenido que dividiros en dos cuartos, igual que a las niñas. Normalmente se ocupa sólo uno, pero este curso ha llegado una de las promociones más numerosas de los últimos años, se nota que el mundo mágico va viento en popa…

Nadie refutó aquella afirmación.

Después de indicarles que el otro dormitorio estaba en el lado opuesto del rellano y ordenarles que se acostaran enseguida y no empezaran a alborotar, el chico desapareció escaleras abajo y los dejó solos. Durante un segundo, los nueve niños se miraron entre sí y se abalanzaron en tropel sobre la puerta de la habitación principal, entrando en desbandada. Era de forma circular, patentando que se encontraban en una torre, y con cinco camas adoseladas colocadas con las cabeceras contra la pared. A los pies de cada cama había un baúl con las iniciales de su respectivo propietario, y muy pronto quedó claro quién viviría allí de ahora en adelante y quién sobraba. Aún así, todos se quedaron juntos un rato, haciendo las presentaciones de rigor y charlando animadamente sobre las experiencias del día. Media hora después, cuando ya todos empezaban a quedarse fritos, James, Sirius, Remus y Peter abandonaban aquel cuarto en procesión, dirigiéndose al suyo.

-Qué casualidad que seamos justo nosotros cuatro los que vamos a ocupar la otra habitación, ¿verdad? –le comentó Lupin al moreno de gafas.

-Pues sí –respondió James-. Es como si supieran que ya nos conocíamos…

Lo que ambos ignoraban era que la colocación de tres de ellos en aquel cuarto había sido premeditada por el director de Hogwarts. La del otro se debía a una simple jugada del destino.

La puerta del otro lado del rellano resultó dar a un pequeño y estrecho corredor de escasos dos metros de longitud, con un par de ventanas pequeñas a un lado y, entre ellas, un candelabro de un único brazo, que ofrecía una iluminación bastante mortecina y siniestra. Los cuatro niños se quedaron clavados en la entrada, mirándose unos a otros y asomándose con recelo al pasillo, sin decidirse a entrar.

-¿Seguro que es aquí? –aventuró Peter, no muy convencido.

-No pienso ir a buscar al súper prefecto para confirmarlo –replicó James.

-Pues esto no tiene mucha pinta de llevar a un dormitorio –insistió Remus.

-No seáis bobos –resopló Sirius, exasperado-. ¿No veis lo que pone ahí enfrente?

Y, antes de que nadie pudiera replicar, Black se adelantó con paso decidido y abrió bruscamente la puerta del final del corredor, que lucía el cartel "Primer Curso II", deseoso de acabar de una vez con la intriga del "cuartucho de atrás", como había llamado y seguiría llamando cariñosamente a su dormitorio durante los próximos siete años. Pero al entrar no se encontró con ningún cuartucho destartalado, como había temido, con camastros desvencijados, goteras y de unas dimensiones reducidas, habilitado a toda prisa para albergar al exceso de alumnado… sino con una habitación tan cálida y acogedora como la anterior, aunque bastante más pequeña.

Tenía forma rectangular, pero la cabecera era redondeada, abierta con un enorme ventanal que quedaba frente a la entrada. A la izquierda, se extendían las camas adoseladas, cuatro esta vez, con las cabeceras contra la pared y el espacio justo entre ellas para colocar una mesilla de noche. A la derecha, cercana a la entrada, había otra puerta que más tarde descubrirían que daba a un reducido pero decente cuarto de baño, una pequeña chimenea que crepitaba vivamente, y, al fondo, una mesa camilla con cuatro sillas que ocupaba el rincón más próximo a la ventana. Tenían también un par de estanterías, cosa que no recordaban haber visto en el otro dormitorio. Por lo demás, la decoración era la misma: alfombras en el suelo y una lámpara de araña en el techo, con las velas encendidas. No era muy grande, sí, y en verdad estaban un poco apiñados, pero al parecer para Sirius fue más que suficiente. Los ojos le brillaron y el entusiasmo se reflejó en su cara al contemplar su nuevo hogar.

-Gracias al cielo… -balbuceó emocionado-. Gracias, gracias… Camas con dosel… ¡Esto es el paraíso!

Localizó su baúl y se abalanzó sobre la cama que le correspondía, tirándose en plancha sobre el colchón y empezando a saltar como un loco. Cuando tenía cuatro años, adquirió la costumbre de trepar por las cortinas del dosel de su cama, hasta que un día éstas se rompieron y el dosel se desarmó, derrumbándose sobre él. Estuvo a punto de morir aplastado y Andraia Black se enfureció tanto, que cambió todas las camas de la casa por unas normales para evitar "accidentes" futuros. El pobre Sirius no había vuelto a tener una cama de esas características y soñaba con el día en que recuperaría su adorado dosel.

-Dale a Sirius una cama con dosel y dormirá feliz, incluso en medio del lago –sonrió James, entrando en la habitación junto a Remus y Peter.

-En serio, ¿qué se supone que desayuna este chico? –bromeó Lupin, observando las cabriolas entusiasmadas del moreno de ojos azules.

-Créeme, no te gustaría saberlo –contestó Potter, y de repente sintió deseos de reír a carcajada limpia.

Así que éste iba a ser su hogar de ahora en adelante… Un brillo extraño iluminó los ojos castaños de James cuando éstos se pasearon por la estancia, escaneando cada detalle para guardarlo en la memoria. Era un cuarto diferente y poco convencional, pero eso era lo que lo hacía mejor a cualquier otro. Y, de inmediato, se enamoró de aquel lugar.

-¡Estas camas son geniales! –exclamó Peter, tirándose sobre la suya y abrazándose a una almohada.

-Pues tiene razón… -Remus ya estaba sentado sobre la colcha, brincando levemente para comprobar cuán blando era el colchón-. El pasillo ése me dio muy mala espina, pensé que nos iban a meter en el cuarto de las escobas, pero la verdad es que este sitio está muy bien, aunque no sea muy grande. Tiene pinta de ser un pequeño torreón anexo a la Torre, quizá antes lo usaban de trastero o algo así…

-¿Qué más da? El caso es que lo han dejado estupendo –James se dejó caer de golpe en su cama, rebotando ligeramente-. No me importa que sea pequeño o un torreón anexo, así hay más intimidad y libertad de movimientos para hacer lo que nos de la gana sin que se enteren.

-Es una bonita forma de decir que nos han marginado del resto de la casa –puntualizó Peter, sonriendo de lado, con la cara medio aplastada contra la almohada.

-Nah, el súper prefecto ha dicho que con las chicas han tenido que hacer lo mismo, supongo que habrán metido a las que sobren en un sitio parecido…

De repente, Sirius se incorporó rápidamente, gateó hasta los pies de la cama, abrió su baúl y empezó a rebuscar dentro, ante las miradas extrañadas de los demás. A los dos minutos, volvió a asomar la cabeza: traía una pluma y un pergamino en la mano derecha.

-Muy bien, basta de cháchara. ¿Te fijaste en el pasillo del segundo piso, James? –preguntó a su amigo mientras escribía a toda prisa, apoyando el pergamino en sus piernas-. Detrás del tapiz horrible ése había una entrada secreta.

-Por las escaleras del tercer piso –añadió Potter, rodando hasta quedar bocabajo para mirar a Sirius-, la pared de la derecha era falsa.

-Frank Longbottom me dijo que la entrada a las cocinas está en el pasillo de la izquierda que hay en el recibidor…

-Sí, detrás de un cuadro falso de un bodegón.

-Habrá que preguntar a Arthur qué horario sigue el conserje, Apollyon Pringle.

-Pero sin parecer muy interesados, no vaya a sospechar… Después de todo, es prefecto.

-Y esperemos que mañana nos lleve de verdad a hacer esa condenada excursión por el castillo…

-Sí, nos vendría genial, seguro que sacamos un montón de cosas.

-También hay que localizar los despachos de los profesores.

-¡Eso será fácil! ¿Te vas a acordar de todo?

-¿Por qué crees que lo estoy apuntando?

Remus y Peter los miraban con expresión perdida, sin entender nada de lo que decían.

-Ehhh… ¿se puede saber qué hacéis? –preguntó Remus, extrañado.

-Elaborar nuestro horario nocturno –contestó Sirius sin dejar de escribir, como si aquello fuese lo más normal del mundo.

Peter saltó a la cama de Remus y se sentó a su lado. Ambos se miraron con las cejas enarcadas.

-¿Horario nocturno? –repitió Pettigrew-. ¿Qué queréis decir con eso?

-Antes de venir a Hogwarts, nos propusimos algo –explicó James, sentándose a estilo indio sobre su cama-: tardar el menor tiempo posible en descubrir todo lo que se pueda descubrir de este castillo.

-¿Qué? –exclamaron los otros dos a la vez.

-Lo que habéis oído –añadió Black, terminando su lista-. Y más vale empezar ya mismo, ¿no os parece?

-¿Estáis locos? –los regañó Remus, abriendo mucho los ojos. De repente había vuelto a ponerse nervioso-. ¿Pensáis salir por ahí a media noche, y cosas así? ¿Y si os pasa algo? Además, Dumbledore dijo que el bosque prohibido…

-Nadie ha dicho nada del bosque prohibido, Remus –lo interrumpió James, alzando las manos-. No vamos a salir del castillo, sólo queremos explorar esto un poco…

Lupin pareció tranquilizarse, la idea de que no saliesen por los terrenos de Hogwarts resultaba más aceptable. Pero aún así replicó:

-Pero, ¿y si os pillan? Nos bajarán puntos por salir en mitad de la noche por ahí, puede veros cualquiera, seguro que os metéis en líos. Os castigarán, incluso puede que os expulsen. Y dicen que los castigos son horribles, te obligan a llevar unos grilletes y…

-¡Por las barbas de Merlín, Remus! –cortó Sirius con una risotada-. ¡Te pareces a mi madre! No te pongas paranoico, los castigos físicos ya no existen, los quitaron el año pasado. Además, nadie tiene por qué vernos… -los ojos azules brillaron con malicia al mirar a sus nuevos compañeros y después se volvieron hacia su amigo de toda la vida-. Anda, James, explícaselo.

James miró a todos con aire serio. Se produjo un silencio teatral.

-Está bien –cedió con tono solemne, levantándose de la cama y dirigiéndose hacia su baúl-. Os voy a contar algo importante… ¡Pero no puede salir de aquí, ¿entendido?! –Remus y Peter asintieron, intrigados-. Es un secreto de familia, y nuestro secreto profesional –abrió el baúl y empezó a buscar dentro, pero de repente volvió a levantar la cabeza, con mirada severa-. ¡Jurad que no se lo diréis a nadie!

-Lo juramos –prometieron los dos niños, algo intimidados.

-De acuerdo…

Potter se irguió y sacó lentamente del baúl algo indescriptible… Una capa enorme, de sedoso tejido, que casi parecía ser líquida y no sólida. Cayó hasta el suelo con fluidez, mientras James la levantaba bien para que la viesen, mirándola él mismo con un orgullo infinito.

-He aquí… -murmuró emocionado.

-¿Qué es eso? –exclamó Peter, arrugando la nariz-. ¿Una capa? ¿Tanto lío por una simple capa?

-¡Una simple capa! –chilló James, apartando la vista horrorizado, como si acabasen de pegarle un puñetazo.

-¡No seas burro, Peter! –le espetó Sirius, ofendido-. ¡No es una capa cualquiera, pedazo de animal!

-¿No será… eso no será…? –Remus observaba la capa con los ojos como platos. Dirigió una mirada interrogativa a James, que asintió con una enorme sonrisa.

Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. El miope muchacho se pasó la capa por los hombros con un gesto experto y ensayado, y en un instante desapareció por completo de la vista. Peter soltó una exclamación de asombro, Sirius se echó a reír y Remus se levantó de un salto, con los ojos grises brillando como si fuese la mañana de Navidad.

-¡Una capa invisible! –exclamó entusiasmado.

James se bajó un poco la capa, y su cabeza de encrespado pelo negro quedó flotando en el aire. Miró a Lupin sonriente, como agradeciéndole que supiera apreciar su tesoro.

-¡Exacto! –corroboró-. Es estupenda, ¿verdad? A Sirius se le metió en la cabeza que debíamos traerla, y tenía razón. Ha pertenecido a mi familia desde siempre, es una herencia familiar, mi abuelo se la regaló a mi padre porque solía decir que quería que desapareciera de una vez. Imaginaos la gracia que me hizo cuando mi padre me la regaló a mí…

-Sí, típicas indirectas muy directas… -puntualizó Sirius.

-Pero aún así es mi mayor tesoro, aprecio mucho esta capa…

Remus se acercó a él, aún con el rostro iluminado, y lo miró… o, mejor dicho, miró a través de él.

-¡Es alucinante! –murmuró para sí, examinando el tejido de la capa.

-No sabía que existían las capas invisibles… -dejó escapar Peter en un susurro, manteniendo la expresión de incrédula estupefacción.

Los otros tres chicos se volvieron a mirarlo con cara extraña.

-¿Qué? –soltó él a la defensiva-. ¡Nunca había visto ninguna!

-Peter, por favor… ¿Y tú eres hijo de magos?

-Con esta capa no podrán vernos los profesores –explicó James, entusiasmado-. Así podremos pasearnos por todo Hogwarts, porque no se darán cuenta. El único problema es que, aunque no nos vean, seguimos ocupando espacio, así que habrá que tener cuidado para no chocar con nada ni nadie…

-James, por favor, échate flores, en serio, te lo permitimos –sonrió maliciosamente Black. Luego se volvió hacia los otros-. James es un experto con esa capa, la usa casi desde que llevaba pañales. ¡Incluso se la ponía para ir al baño cuando tenía ganas por la noche!

-Bueno –Potter esbozó una pequeña sonrisa, con aire tímido-, la verdad es que siempre le he tenido miedo a la oscuridad, creía que podían aparecer todo tipo de monstruos por las noches –hizo un gesto con la mano, como quitándose importancia-. Entonces empecé a pensar que, si los monstruos no me veían, no podrían hacerme daño. Así que cogí el hábito de ir con la capa a todas partes –su sonrisa se entristeció ligeramente-. Mi madre se desesperaba porque nunca podía encontrarme, y se pasaba el día regañando a mi padre por habérmela regalado…

-En resumen, que con ella te mueves como pez en el agua, ¿no? –concluyó animado Remus, notando el cambio en la mirada de su amigo y comprendiendo que era mejor no adentrarse en el tema.

-Podría decirse que sí…

-Esa capa nos servirá de mucho –rió Sirius, frotándose las manos con aire diabólico. Los demás se preguntaron qué ideas maquiavélicas estarían rondando su inocente cerebrito.

-¡Por supuesto que sí! –exclamó James, radiante, y se subió de un ágil salto a la cama, agarrándose a uno de los postes del dosel-. ¡Exploraremos Hogwarts, lo conquistaremos y nuestros nombres quedarán grabados en la historia de este colegio!

Levantó un brazo orgullosamente, con la otra mano a la cintura y la capa al vuelo, al más puro estilo Superman.

-Igualito –rió Remus, a las puertas del ataque de risa que ya dominaba a Sirius y a Peter-. Sólo te faltan las mallas para ser igualito a Peter Pan, James…

Y los cuatro amigos se pasaron un buen rato riendo con ganas.

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Lily Evans abrió la puerta de su habitación con tanto entusiasmo como el mismísimo Sirius, aunque no estaba en las mismas condiciones. A diferencia de sus compañeros de viaje, ella, Belle Figg y Sam Flathery habían ido a parar al dormitorio principal de las chicas de primer curso, junto con otras dos niñas que resultaron ser Iris O'Brian y Sarah Kennedy. El cuarto era idéntico al principal de los chicos, con la misma forma circular, las mismas camas adoseladas y la misma disposición, pero tenía algo que lo hacía ver diferente, un cierto aire femenino que le daba un toque especial y propio.

La pelirroja entró corriendo y miró todo con ojos enormes y entusiasmados.

-¡Estamos en Hogwarts! ¡Estamos en Hogwarts! –gritaba, loca de alegría.

Le daba igual llevar ya por lo menos cuatro horas en aquel castillo. Fue el entrar en su nueva habitación y ver allí sus cosas lo que le hizo comprender finalmente que estaba en su nuevo hogar, que viviría en ese lugar maravilloso los próximos nueve meses.

-Lily, relájate –rió Belle, entrando y cerrando la puerta tras ellas-. Ya hemos tenido suficiente alteración por hoy.

Algo que también las diferenciaba de sus compañeros masculinos de curso era que ellas, las nueve niñas que representaban la producción femenina de primero de Gryffindor, se habían abalanzado en el acto a explorar su propio "cuartucho de atrás", intrigadas con el dormitorio supletorio, en vez de meterse en el principal. Aquella habitación sí era igual que la de los futuros Merodeadores, y en el acto todas las que no dormían allí lamentaron tener que irse al cuarto grande. Sue Randall, que sin saber cómo ni por qué se había autoproclamado cabecilla de las chicas, y era una de las afortunadas que ocupaban la habitación pequeña, declaró que aquél era el cuarto ideal para poder organizar fiestas de pijamas cada vez que quisieran sin que el ruido llegara hasta el descansillo de las escaleras y alertara a las prefectas, de modo que en un dos por tres se inició allí la primera de aquellas "pijamadas", que marcarían a aquella promoción de muchachas durante los siete años siguientes.

Todo había empezado muy bien. Belle y Sarah conectaron enseguida por su afición al quidditch y a las escobas voladoras, Iris era la que se ocupaba de hacer reír a las demás con sus ocurrencias y sus chistes disparatados, entre Lily y Hannah se encargaron de que Irene Thornton, que era terriblemente tímida, se soltara a hablar, y Sam inició con ella una conversación que las tuvo de cháchara más de media hora, mientras Sue y Janet planificaban la vida de todas en el castillo durante el curso entrante. A pesar de que se estaban divirtiendo y había muy buen ambiente, a pesar de que Sue Randall iba de simpática y a pesar de que Lily había llegado a Hogwarts con el firme propósito de hacer amigos y llevarse bien con todo el mundo, no tardó más de una hora en quedar patente la clara animadversión que ambas niñas sentían entre ellas. La irritante altanería de la morena repateaba a casi todas las presentes, pero la única incapaz de refrenar su desagrado era la pelirroja y, después de un par de comentarios cortantes, Belle comprendió que el ambiente se estaba caldeando demasiado para su gusto, así que anunció que se retiraba a dormir, arrastrando con ella a la joven Evans.

Sam también se excusó argumentando que quería poner en orden el equipaje antes de acostarse y se marchó con sus compañeras de cena. Iris se quedó un rato más para seguir cotilleando con Hannah, y Sarah, que en ese instante estaba inmersa en una interesante charla con Irene, comentó que se reuniría con ellas en el dormitorio grande dentro de unos minutos. De ese modo, más de una hora después de que la prefecta de quinto les ordenara acostarse enseguida, las tres niñas salían sigilosamente de la habitación de sus compañeras y atravesaban el descansillo de puntillas hacia su propio cuarto, envueltas en el sepulcral silencio que ya reinaba en la Torre.

Nada más atravesar la puerta, Lily se olvidó de su enfurruñamiento y fue directa hacia su cama para tirarse encima, mirando al techo con aire ilusionado. Para ella seguía siendo un sueño el estar allí. Ya se estaba acurrucando felizmente contra las almohadas, cuando vio que Belle y Sam estaban agachadas frente a sus respectivos baúles.

-¿Qué hacéis? –preguntó curiosa, sentándose sobre el colchón.

-Sacando los trapos sucios… -murmuró Belle, levantándose. Traía un montón de horquillas del pelo en sus manos.

Lily miró boquiabierta cómo su amiga se quitaba el enorme pasador de pelo que llevaba sujetando su considerable melena negra. En el acto, una cascada de rizos y más rizos, a cada cual más retorcido, estalló en la cabeza de la chica, que de repente parecía ocupar el doble que antes, corriendo hasta más allá de la mitad de su espalda.

-¡Dios mío! –exclamó Lily-. Belle, ¿ese pelo es normal?

-No –renegó ella-. Es natural, pero no normal… A mi madre le pasa lo mismo, creo que nos viene de familia. ¡Es un infierno tener el pelo así!

-No me extraña… -murmuró Evans, admirando la espesa mata de rizos azabache, perfectamente definidos, como pequeñas culebras enroscadas.

-¿Has probado poción alisadora? –preguntó Sam, rebuscando aún en las profundidades de su equipaje.

-Es una broma, ¿no? –rió Belle con ironía, mirando a la rubia. Al tener el pelo completamente suelto, una masa de rizos caía sobre sus hombros y corría por su espalda en plan salvaje, algunos mechones devorando los márgenes de su rostro redondeado como si intentaran ocultarle por completo la cara-. ¿Crees que la poción alisadora puede con esto? –se señaló la cabeza-. ¡Claro que la uso! Una vez al año, para poder recortarme, peinarme y lavarme el pelo…

-¿Te peinas y lavas el pelo una vez al año? –exclamó Lily, estupefacta.

-Sí, en verano, cuando estamos de vacaciones –contestó la morena, como si fuese lo más normal del mundo, mientras empezaba a recogerse la melena con las horquillas que había sacado, en una especie de moño enorme en la parte alta de la nuca-. Me lo lavo en seco todas las semanas, pero sólo me lo lavo de forma normal una vez al año. ¡Imagina la odisea que supone eso, Lily! Me lleva casi todo el día alisarme el pelo por completo, lavármelo y peinármelo, y al día siguiente ya lo vuelvo a tener igual. Por lo menos tengo la suerte de que no se me encrespa ni se me deshacen los rizos, porque entonces parecería un león recién salido de una trifulca. El lavado en seco es mucho más sencillo, rápido y cómodo.

-¿Cómo te puedes lavar el pelo en seco?

-Ah, es una poción especial –Belle sonrió con picardía-. Podría decirse que es… un secreto profesional. Te la echas en la cabeza y te deja el pelo como recién lavado –de repente se echó a reír con sorna-. Tendré que recomendársela a Snape, ya que parece tenerle fobia al agua…

-Al agua y al jabón –añadió Lily, riendo.

Belle terminó su tarea y extendió los brazos mirando a su amiga, como pidiendo su opinión. Ella sonrió y asintió con la cabeza. El pelo recogido le sentaba genial, realzaba la línea de su cuello, largo y delgado como el de las antiguas y elegantes damas de la corte que Lily había visto en las películas de su madre. Estuvo a punto de soltar una carcajada al imaginarse a Sirius cayendo desmayado al ver a la joven Figg así.

-Bueno, dejad ya de hablar del Snape ése, que me está entrando el gusanillo por conocerlo –bromeó Sam con una sonrisa. Aún seguía rebuscando-. De todas formas, Belle, te aseguro que más de una daría 100.000 galeones por tener el pelo como tú…

Belle la miró con aire escéptico. Flathery lucía una larga cabellera color trigo hasta la cintura, en la que cada pelo parecía un hilo de pura seda dorada. Era una mata espesa y abundante, pero completamente lisa y bien peinada. Vamos, que lucía radiante, perfecta… Incluso el delicado flequillo que casi le tapaba los ojos podía considerarse perfecto. Belle se cruzó de brazos, enarcó una ceja y sonrió con ironía.

-Desde luego, no serás tú, Samantha… -comentó en broma.

-¡Oh, no te creas! Cuando era pequeña tenía todo el pelo tieso y encrespado, mi padre dice que siempre me lo tenían que dejar corto como un chico, porque era imposible de peinar y criadero de todo tipo de bichos asquerosos –no se interrumpió al oír los gemidos de asco-. Podría decirse que tenía pelo de estropajo. Hasta que mi tío, el hermano de mi madre, que es drui… quiero decir, que sabe mucho de pociones, preparó una especial para arreglarme el pelo. Como tú dijiste, son cosas de familia y no se pueden evitar. En mi caso, lo heredé de mi abuelo, pero no tenía ganas de quedarme toda mi vida con unas greñas como las de Hagrid… En fin, el caso es que mi tío preparó la poción y me tuvieron dos días bocabajo con la cabeza metida en un caldero. Tardé un par de semanas en recuperar el color normal de la cara, que, por cierto, se me quedó llena de pecas, y tuve que andar con bastón varios días porque no me tenía en pie. Pero no me importó, porque por fin tenía el pelo normal… -levantó la vista y soltó una carcajada al ver las expresiones de horror de sus amigas-. Cuesta lo suyo estar guapa, ¿eh? –y siguió riendo.

Belle pareció reaccionar y sacudió la cabeza.

-Nos… nos estás tomando el pelo, ¿verdad?

-¡Qué irónico! No, en serio, eso pasó de verdad, tengo fotos de cuando era una "cabeza estropajo", si queréis os las enseño. Pero mejor mañana, porque ahora no sé dónde las he metido y estoy buscando otra co… ¡Ah, por fin, aquí estás!

Sam se levantó con una enorme sonrisa de satisfacción y una especie de cofre en sus manos. Lily lo miró con atención. Era bastante antiguo, pero de una madera pura que no había visto en su vida. En la tapa tenía grabados unos símbolos extraños; por lo que había leído, supuso que eran runas, aunque no se parecían a ningunas de las que conocía. La rubia abrió el cofre con una sonrisa nostálgica: dentro había una ovalada amatista de un intenso color violeta, bastante grande, que brillaba con intensidad, como recién pulida, unida a una cadenilla de plata a modo de colgante. Colocó el cofre abierto sobre la tapa del baúl con infinito cuidado y, ante las miradas atónitas de sus compañeras, unió las manos como si rezara, cerró los ojos e, inclinando la cabeza de forma reverente, se arrodilló frente al cofre y comenzó a murmurar una especie de oración en una lengua extraña.

Evans se quedó helada y volteó a mirar a Belle como un rayo. La morena fijaba sus ojos en Sam, con las pupilas dilatadas y una intensa expresión de incredulidad. Dos horquillas que le habían sobrado se escurrieron de su mano y cayeron al suelo sin hacer apenas ruido. Lily miró a ambas desconcertada, sin entender nada de lo que ocurría, pero tampoco le dio tiempo a preguntar, porque entonces Sam irguió la cabeza, aún con los ojos cerrados, y dibujó un semicírculo en el aire con la mano derecha, por encima de su cabeza, mientras murmuraba algo así como:

-… Gran Habaclanva, cuida de tus hijas de Zann Esu, de tu sierva Xianxa y de nosotros, los renegados de tu orden…

Fue un susurro que apenas alcanzó a oír Lily, pero que le heló todos los huesos con aquel extraño acento. Belle seguía como hipnotizada, sin apartar los ojos de la rubia. Ésta se levantó lentamente, hizo otra inclinación de cabeza y, con sumo cuidado, cogió el colgante y guardó de nuevo el cofre en las profundidades de su baúl.

-Tú… tú eres… -balbuceó Belle, con un hilo de voz.

-Sí –la interrumpió Sam, sin mirarla, mientras se colgaba la amatista al cuello-. Mi madre era sierva de la magia antigua, pero mi padre es un mago de sangre limpia como bien puede serlo el tuyo –entonces levantó la vista hacia su compañera, y Lily se encogió instintivamente. Sus ojos, verdes y oscuros como el musgo, miraban a la morena con una frialdad y una dureza que no había visto antes, frunciendo el ceño en actitud de desafío-. Yo no tengo nada que ocultar, Arabella, ni ante ti, ni ante ninguna de las otras, pero si tienes algún problema con ello, mejor dímelo ahora.

La pelirroja miró a Belle. La estupefacción de ésta había dado paso a una frialdad comparable a la que desprendían los ojos de Sam. Se produjo un incómodo silencio, donde la tensión era tan densa que Lily creyó ser capaz de cortarla con un cuchillo.

-Ya sé quién eres tú –soltó de repente Arabella Figg, hielo goteando de cada una de sus palabras-. Flathery… Eres hija de Jonathan Flathery, ¿verdad?

Sam sufrió un leve tic en el ojo izquierdo y sus manos desaparecieron dentro de las largas mangas de su túnica cuando cerró los puños fuertemente.

-Es lo que tiene la fama –masculló con suma lentitud en voz muy baja, apretando los dientes-, te persigue allá a dónde vayas y no te deja en paz… Sí, Jonathan Flathery es mi padre. ¿Me vas a someter al tercer grado?

Belle apartó la vista, cerrando los ojos, y dejó escapar un murmullo de risa sarcástica. Un rizado mechón negro se escapó de su moño y cayó enmarcando su rostro, suavizando su expresión. Y esa impresión amable se confirmó cuando volvió a abrir los ojos y dirigió a Sam una mirada cargada de simpatía.

-Siempre he oído decir a mis padres que lo que le hicieron a Jonathan Flathery fue una de las mayores injusticias que ha cometido el Ministerio en las últimas décadas –entonó sonriente, llevándose las manos a la cadera con gesto sabio-. Ellos nunca juzgan a la ligera a las personas… y yo tampoco, Sam –concluyó, ampliando la sonrisa.

Sam también sonrió abiertamente y su rostro volvió a adquirir la luz que tenía antes, junto con la amabilidad y la calma típicas en ella. Se relajó inmediatamente y asintió feliz, agradeciendo las palabras de su amiga.

-Me alegra que digas eso, Belle. No es algo que se oiga mucho por este lado del planeta. Venir a Hogwarts ha sido todo un desafío en ese sentido. Después de todo, la gente suele olvidar que yo también soy una bruja normal y corriente, sólo que éste –levantó la amatista como si fuese un péndulo- es mi secreto profesional

Las dos se sonrieron mutuamente, con muda comprensión.

-Eh, ¿qué está pasando aquí? –exclamó Lily, totalmente perdida, aprovechando que la guerra fría había concluido-. ¿Me lo queréis explicar? ¿Qué es eso de "sierva de la magia antigua"? ¿Qué tiene de especial el padre de Sam? ¿Por qué os pusisteis así? ¿Y qué pinta la amatista en todo esto?

Flathery suspiró y abrió la boca para contestar, pero en ese momento se abrió la puerta y aparecieron Iris y Sarah, entusiasmadas por la pequeña travesura que suponía estar aún levantadas a esas horas. Aquella conversación terminó ahí y pronto las tres amigas se vieron envueltas en la charla de Iris, que les contaba con emoción los últimos cotilleos, mientras Sarah bostezaba sin parar y todas empezaban a ponerse cansinamente sus pijamas para pasar su primera noche en el castillo.

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El primer día de clase en Hogwarts no fue aburrido, y mucho menos tranquilo. Mientras Lily se pasaba las horas muertas con la vista perdida, pensando en lo sucedido la noche anterior (Sam había estado evitando el tema por completo desde entonces, y Belle se hacía la desentendida al respecto) James y Sirius seguían empeñados en su idea de explorar el castillo, y no cedieron un ápice ante cualquier oportunidad. El joven Black se paseaba por todas partes con un pergamino y un lápiz muggle, que era bastante más manejable, para ir haciendo un croquis de los lugares que veía durante el intercambio de clases, mientras que James se dedicaba a la investigación subrepticia de los secretos del castillo, pegándose como una lapa a cualquier alumno mayor que pudiese ofrecerle alguna información… en especial a Gideon Prewett, el hermano mayor de Molly, que se encariñó rápidamente con los alocados muchachos y resultó estar aún más trastornado que ellos, y más que dispuesto a apuntarse a cualquiera de sus ocurrencias dementes.

Durante la clase de Transformaciones se presentó su salvación. Mientras la profesora McGonagall se dedicaba a explicar la primera lección, Sirius se hartó de la tranquilidad y hechizó la silla de James para que empezara a saltar como un caballo salvaje. Potter, que adoraba Transformaciones y no tenía ganas de enemistarse con la profesora ni perderse la clase, le devolvió el hechizo, pero Sirius consiguió esquivarlo y dio de lleno en la mesa de Peter. Segundos más tarde, todos los alumnos gritaban asustados, pegándose contra las paredes, mientras el pupitre de Pettigrew se encabritaba y lanzaba furiosas coces al aire, hasta que terminó arrojándose por una ventana y cayendo al vacío desde un tercer piso.

Por supuesto, la profesora McGonagall de enfadó muchísimo, les estuvo gritando hasta la afonía todo lo que quedaba de clase, les quitó veinte puntos a cada uno y los citó a su despacho para imponerles un castigo, algo que emocionó tanto a los dos chicos que casi saltaron de alegría. Por fin tenían localizado el despacho de la jefa de su casa, el castigo suponía la excusa perfecta para estar fuera de la Torre de Gryffindor aquella noche y, en cuanto a los cuarenta puntos perdidos, los recuperaron con creces en la clase de Encantamientos que tenían después, en la que ambos se hincharon de orgullo cuando el profesor Flitwick se pasó casi quince minutos alabando sus logros.

Pero, por supuesto, y dado que les habían hecho partícipes y cómplices de su proyecto, no pensaban permitir que Remus y Peter escaparan sin mojarse, de modo que a ellos les tocó la segunda parte del plan. A la hora del almuerzo, cuando los corredores estaban abarrotados de gente que se dirigía al Gran Comedor, obligaron a Peter a soltar un par de bombas fétidas en pleno recibidor, con tan mala suerte que la segunda fue a parar justo encima de dos profesores que pasaban por allí (conste que esa parte no entraba en sus planes) Éstos se lo llevaron como si lo condujesen directo a la cámara de tortura y, cuando por fin lo soltaron, se abalanzó sobre él Apollyon Pringle, el conserje del colegio, tan furioso que parecía capaz de echarle cuatro maldiciones seguidas, y se lo llevó a su despacho. No volvieron a ver a Pettigrew hasta las clases de la tarde, pálido como la leche y con los ojos desorbitados. Al parecer, tras mucho suplicar y suplicar, ya que parecía poseer el don del convencimiento, sólo le habían quitado quince puntos y como castigo tendría que lavar a mano y dejar perfectas las túnicas de los profesores apestados. No obstante, y fiel a su acuerdo, trajo consigo el lugar exacto de la conserjería y de los despachos que había visitado, junto con algunos atajos por los que le había conducido Pringle en el camino.

La última clase del día fue Defensa Contra las Artes Oscuras. La profesora, una mujer muy joven llamada Fiona Crockford, que apenas llegaría a los 25 años, se llevaba con creces el título de la más estrambótica de todo Hogwarts. Tenía el pelo de color zanahoria intenso, siempre recogido en una especie de coleta deshilachada que delataba el poco empeño que ponía en peinarse, con un flequillo tan largo que casi le llegaba hasta la barbilla, pero que no conseguía ocultar unos grandes ojos ambarinos que brillaban como velas. Era menuda y flacucha, pero no desgarbada, y lo que más llamaba la atención sobre ella era su inusual atuendo. No vestía como una bruja normal, con las sobrias y elegantes túnicas que los niños habían visto en el resto de profesoras. En ella eran comunes los corpiños, las largas y amplias faldas de seda de dibujos abstractos en apagados colores, los bombachos a rayas, pañuelos extraños, cintas con cascabeles a la cintura y, por supuesto, las zapatillas chinas, que la hacían ser tan silenciosa como un fantasma. Encima siempre llevaba una túnica negra abierta a modo de bata, tan larga que casi le arrastraba por el suelo. Varios collares de perlas de madera pendían desde su cuello hasta el ombligo, solía llevar unas enormes gafas ahumadas y pendientes de aro tan grandes como pulseras. Cada vez que la veían, Lily decía que sólo le faltaba la corona de flores para parecer completamente hippie, pero, como nadie sabía qué era eso, no le hacían mucho caso.

La profesora Crockford siempre iba cargando con algo: unos libros, un maletín, un depósito de agua, un caldero, un cubo… podía ser cualquier cosa. Entraba a la clase con paso rápido y decidido, la cabeza bien alta y una enorme y encantadora sonrisa en los labios. Saludaba a sus alumnos con voz afable y un caluroso "Buenos días, chicos", dejaba su carga en cualquier parte, se sentaba sobre la mesa del profesor, se subía las gafas a modo de diadema para sujetarse el flequillo y comenzaba a explicar con voz tremendamente agradable. En el acto se convirtió en la profesora favorita de todo el mundo. Hacía las clases amenas y divertidas, tenía un enorme sentido del humor y parecía importarle un comino lo que pensara la gente de ella. Jamás perdía la calma y nunca desaparecía su sonrisa, por lo que todos comprendían al poco de conocerla que su personalidad y su carácter ganaban por mucho a su aspecto extravagante.

Fue Remus el encargado de ganarse a aquella profesora, ya que se negó rotundamente a provocar un castigo por parte de la maestra de su asignatura favorita. Algún que otro comentario del estilo "you are my hero!" y una intensa sesión de peloteo por parte del casi rubio después de la clase, provocó que, un par de horas más tarde, Lupin se reuniera con ellos de nuevo completamente eufórico, exclamando a los cuatro vientos y con ojos brillantes que Fiona Crockford le había invitado a tomar té en su despacho, atestado de libros, trastos raros y algún que otro bicho disecado, y que le había contado montones de anécdotas con las criaturas más extraordinarias. Cuando Sirius le dijo que no le interesaba la vida de la profesora y le pidió que fuera al grano de una vez, Remus le entregó un pergamino con todo el mapa detallado de la tercera planta, incluyendo entradas secretas y paredes falsas.

-También me llevó a hacer turismo –sonrió él maliciosamente, y se marchó a cenar muy orgulloso de sí mismo, dejando a los otros con la boca abierta.

Desde aquel día, Remus se llevó el título de "pelota" oficial del grupo, al menos con la profesora Crockford, a la que tenía en un pedestal. Y Black se pasó más de media hora rumiando el hecho de que, mientras su compañero había estado de juerga con la maestra, consiguiendo información, su mejor amigo y él habían perdido media tarde con McGonagall, porque a ésta se le ocurrió en el último momento que, por ser su primer castigo, en vez de mandarlos por ahí, los dejaría encerrados en su despacho copiando mil veces "No hechizaré a mis compañeros en clase".

Tras la cena, Sirius y James desaparecieron sin dejar rastro para reunirse con la mayor de las hermanas Connor, su prima Andrómeda, que estaba ya en séptimo curso, en Ravenclaw. Andrómeda se parecía mucho al propio Sirius, tanto física como psicológicamente, y no dudó ni un segundo en desprenderse de todos los remilgos que le imponía el hecho de ser Premio Anual para desmelenarse en compañía de su sicótico primo. Olvidando todas sus obligaciones y llena de euforia por la compañía de sus dos niños, la joven los llevó por la ruta turística no autorizada del castillo, enseñándoles todo lo que ella conocía, desde pasadizos secretos, hasta las entradas ocultas de las otras casas. También pasaron por las cocinas, dónde la joven Connor les presentó a una elfina doméstica medio loca llamada Wendy, que los atiborró a pasteles sin que ellos tuvieran siquiera que pedirlos.

-Me alegra que hayáis decidido explorar el castillo desde tan pronto –les susurró Andrómeda en un momento determinado de la excursión, ya entrada la noche, mientras los tres se agazapaban en un estrecho pasadizo secreto para eludir al conserje, de camino a los dormitorios-. Estoy orgullosa de poder ceder mis humildes conocimientos a la nueva generación antes de irme. Pero tampoco tengáis mucha prisa por desvelar todos los secretos de este lugar. Tomáoslo con calma y disfrutad cuanto podáis.

-¿Por qué dices eso? –preguntó con interés su primo, también en voz queda.

Andrómeda esbozó una enigmática sonrisa.

-Hogwarts es como una caja de sorpresas, Sirius –explicó-. Cuando crees que ya lo sabes todo, encuentras algo completamente nuevo que no habías visto en tu vida. Yo llevo aquí ya siete años y aún me sigo sorprendiendo. Ha sido una aventura estar en este castillo, los mejores años de mi vida. Cuando llegues a séptimo lo entenderás. Espero que vosotros lo paséis tan bien como lo he pasado yo.

La chica se aseguró de dejarlos sanos y salvos delante del cuadro de la Señora Gorda y se marchó rápidamente hacia su casa, después de una emotiva despedida entre los primos y las consecuentes promesas de futuras visitas. Pasaba la media noche, pero cuando llegaron al dormitorio, Remus y Peter los esperaban despiertos para poner en común los hallazgos de la noche (ellos dos habían hecho su propia excursión con Arthur Weasley y Molly Prewett) Pasaron mucho rato de charla, entretenidos en empezar su primer esbozo del castillo, divirtiéndose de lo lindo ideando nuevas formas de investigación. No pudieron evitar caer rendidos en brazos de Morfeo al acostarse, agotados de tantas emociones en un sólo día, pero James, que siempre era el último en dormirse, notó a su mejor amigo removerse en la cama de al lado, inquieto. Sirius siempre tendía a deprimirse un poco después de estar con su prima mayor y, cuando le preguntó qué le ocurría, la respuesta del moreno de ojos azules sólo confirmó sus sospechas.

-Tendría que haber sido mi hermana –susurró Black casi inaudiblemente, entre los leves ronquidos de Peter y la respiración profunda y acompasada de Remus. Sus ojos brillaban en la penumbra-. Ella tendría que estar en primero con nosotros y Liverlie en séptimo. La voy a echar de menos… ¡Qué asco de familia!

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Durante la primera semana de clases, los chicos se tomaron muy en serio su papel de detectives, y apenas tenían tiempo para hacer la tarea con tantos castigos. Pronto se convirtieron en la pesadilla de Apollyon Pringle y de la profesora McGonagall, mientras que el profesor Flitwick y la profesora Crockford no paraban de alabarlos. En realidad, consiguieron llevarse castigos de casi todos los profesores, removían al día cerca de cien puntos entre los cuatro, ya que recuperaban todo lo que perdían, y sus bromas y travesuras, al no tener consecuencias graves para la casa en general, terminaron ganándose a todos los gryffindors, en especial a sus compañeros de clase y a los más mayores, que los miraban con orgullo cuando pasaban por los corredores, murmurando cosas como: "Ahí va la nueva generación de delincuentes responsables, ¡deberían aprender de ellos!". Por todo esto, podría decirse que este bendito cuarteto de niños entró en Hogwarts con paso firme y pies de plomo, causando estragos casi sin darse cuenta y ganándose sin proponérselo la admiración de unos y el odio de otros, sobre todo los de Slytherin.

Sin embargo, y al margen de estas bonitas anécdotas, hubo una clase que se convirtió en sagrada apenas entraron al aula: Pociones. El espectáculo del profesor Fletcher con Peeves la noche de la Selección estaba demasiado fresco en sus memorias y nadie se atrevía a mover un pelo en su presencia, con un respeto que rayaba en el miedo. Su primera clase de Pociones fue un miércoles, hora doble por la tarde con Slytherin en una de las mazmorras. A nadie le agradaba realmente estar allí, al menos a los gryffindors, a quienes la mezcla del frío que reinaba en el lugar y el miedo que le tenían a Fletcher casi les provocaba ardor de estómago. El compartir la clase con los slytherins tampoco mejoraba las cosas. Todos lucían una desagradable sonrisa en la cara, debida sin duda al hecho de que Mundungus Fletcher era el jefe de su casa, lo que les daba mucha seguridad.

-Creo que voy a vomitar… -gruñó Sirius, inclinándose sobre su pupitre para hablar con James, que estaba sentado delante de él-. Ya tenía ganas de venir a Pociones, pero todos estos slytherins ponen los pelos de punta… Tienen cara de sádicos, ¿por qué no podíamos tener Pociones con Ravenclaw o Hufflepuff?

-Porque Ravenclaw y Hufflepuff tienen Pociones juntos –contestó Remus con una débil sonrisa. El ambiente de las mazmorras le estaba poniendo enfermo.

-Estar con Slytherin tiene que tener alguna ventaja –comentó Peter, distraído-. Podríamos aprovechar para vengarnos de Snape…

-Ni hablar –negó rotundamente James-. Ni loco se me ocurre hacerle algo al pelo grasiento con el profesor Fletcher delante. ¿Os acordáis de lo que le hizo a Peeves? Yo no me arriesgo a convertirme en un pincho moruno…

-Tiene razón –suspiró Sirius-. No parece un hombre que encaje bien las bromas, ¿eh?

-Por si acaso, no lo quiero comprobar –añadió Remus, sacando su libro de la mochila-. Además, soy pésimo en Pociones y quiero prestar atención, así que no contéis conmigo para ninguna de vuestras locuras.

-No te preocupes, Remus, no pensábamos hacer nada malo, ¿verdad, Sirius?

-Por supuesto.

-Mmmfm…

James suspiró con aburrimiento y paseó la vista por el aula. Estaba dividida en tres filas de seis pupitres cada una (que casi parecían mesas de laboratorio) para alojar a los 36 alumnos que sumaban ambas casas. En cada pupitre podían sentarse al menos dos personas, por lo que los estudiantes se habían colocado por parejas, mientras esperaban la llegada del profesor. Remus y él ocupaban el primer pupitre de la fila central, con Sirius y Peter tras ellos. En la fila que tenían a su izquierda, y ocupando también los dos primeros pupitres, estaban Belle y Lily, y, tras ellas, Sam e Iris. Ésta última estaba de rodillas sobre su asiento, medio volteada para abarcar en su campo de visión la mesa de delante y la de atrás, y las cuatro chicas conversaban sin parar con Irene y Hannah, que estaban colocadas en la tercera mesa.

Sue Randall y Janet Horner cuchicheaban y reían tontamente en la mesa que había tras la de Sirius y Peter. En una de las mesas del fondo, Sarah Kennedy compartía asiento con David Bishop, otro apasionado del quidditch con el que la niña había hecho buenas migas, y parecían estar inmersos en una acalorada discusión sobre los últimos Mundiales con George Wakefield y Henry Myers, otro par de compañeros de casa. También pudo localizar por ahí a Michael Goodwin y a Roger Turner, los dos que completaban la producción masculina de primero de Gryffindor, que jugaban a snap explosivo para matar el tiempo. El resto de mesas estaban ocupadas por las "serpientes", de los que James sólo conocía a tres: Liverlie Connor, Severus Snape y Rodulphus Lestrange.

Sus ojos vagaron hasta localizar a los tres susodichos, reunidos en piña hacia la mitad de la fila de la derecha, con otros tres niños de los que James conocía las caras pero ignoraba los nombres. Parecían tramar algo, secreteando en susurros sin parar con aire sospechoso, y Potter frunció el ceño al captar cómo, en ese preciso instante, Lestrange levantaba la mirada hacia él y sus amigos y esbozaba una maliciosa sonrisa, antes de sumergirse de nuevo en su conversación privada.

-El profesor Fletcher se está retrasando mucho… -murmuró Peter, mirando su reloj.

-Pues como no llegue pronto, vamos a tener problemas –repuso James, con expresión seria-. Puede que nosotros hayamos decidido portarnos bien en Pociones, pero no se puede decir lo mismo del pelo grasiento y cía.

-¿Hum? –Sirius alzó las cejas, sin entender.

Con un gesto de cabeza, el miope muchacho indicó a sus amigos que miraran al grupo de slytherins. Los otros tres se giraron en el acto para echar un vistazo.

-Bah, no les hagas ni caso –repuso tranquilamente Remus, y volvió a centrarse en hojear su libro mientras mordisqueaba una barrita de chocolate, sacada de no se sabía dónde (de vez en cuando le daba por comer y nadie entendía por qué)

-¿Quiénes son los demás? –Sirius también frunció el ceño, adquiriendo ese bajo tono grave que tan raras veces utilizaba-. Los que están con Connor, Snape y Lestrange…

-El que está sentado al lado de Snape es Evan Rosier –informó Peter, bajando la voz hasta un susurro, sin apartar sus pequeños ojos oscuros de aquellos chicos-. El otro día mandó a un hufflepuff de segundo a la enfermería porque se atrevió a insultarle. Detrás de él está Edward Avery, que es un asqueroso pelota que se dedica a engatusar a los profesores. Y el que está a su lado es Jerome Wilkes, al que castigaron el lunes por empujar a una niña de Ravenclaw contra un Lazo del Diablo en clase de Herbología.

-Joer, menudo grupo… -silbó Black, con los ojos muy redondos.

-¿Cómo sabes todo eso? –se asombró James.

Peter esbozó una sonrisa.

-Bueno… No hay más que acercarse a charlar con Iris O'Brian para enterarse de todo lo que le ocurre a todo el mundo en este castillo.

-De todas formas, no saldrá nada bueno de esto si semejante panda de individuos se une en un mismo grupo –comentó Sirius, cruzándose de brazos y arrellanándose en su asiento-. No vamos a poder quitarles los ojos de encima.

-Es mejor no pensar en ello –replicó Remus, con voz calmada-. Que hagan lo que quieran. Ya nos devanaremos los sesos cuando empiecen los problemas…

-¡Eh, chicos! –llamó Belle, con una sonrisa. Ellos se volvieron hacia sus compañeras-. Me están llegando informes de gente que suplica que no os pongáis a hacer el payaso en esta clase. Al parecer, la mayoría está en plan caguitis por lo de Fletcher…

-Sí, no tenemos ganas de que de repente le dé un venazo y nos convierta en barbacoa –apoyó Iris-. McGonagall sólo grita y hace aspavientos, pero creo que Fletcher no se anda con rodeos… él saca la varita directamente.

-Absurdo –sentenció Sam con tranquilidad. Estaba hundida en su asiento, con las piernas cruzadas y un brazo apoyado en el estómago, acariciando distraídamente la amatista que llevaba al cuello.

-No íbamos a hacer nada –replicó Sirius, con un mohín molesto-. No estamos TAN locos, de verdad, me duele que nos creáis capaces de hacer algo así…

-Tu locura es más que discutible, Sirius…

-Y tu sentido del humor también, Arabella…

Los dos morenos se entornaron los ojos mutuamente. Llevaban toda la semana en ese plan de piques.

-Oye, James, en serio, no hagáis locuras –esta vez fue Lily la que los miraba con preocupación y cierto aire de desconfianza-. Fletcher impone, no es para tomárselo a risa.

-Por supuesto, Lily, seremos responsables, tranquila –contestó Potter, con cansancio, poniendo los ojos en blanco. Por su parte, estos dos habían decidido pactar una tregua, es decir, daban carpetazo a sus absurdas discusiones, pero también se encargaban de mantener las distancias.

-No sé por qué tanto jaleo con el profesor Fletcher, de verdad –volvió a comentar Sam-. Si os soy sincera, a mí me vuelve loca…

Remus se atragantó con el chocolate y por poco no echó hasta la primera papilla. Empezó a toser como un poseso, mientras James le sacudía en la espalda y toda la clase se volvía a mirarlos. Sirius, Peter y el resto de chicas dedicaron a Sam miradas de horror intenso, sin llegar a creer lo que oían y con la boca completamente abierta. Ella los miró asustada y se puso como un tomate.

-¡Pociones! –chilló medio histérica-. ¡Me vuelve loca Pociones, es mi asignatura favorita! Y creo que Fletcher puede ser un buen profesor. ¡Sólo iba a decir eso!

-Ahhh… -suspiraron Black y Pettigrew, aliviados.

-Caray… qué… susto –tosió Remus, con una mano en la boca y Potter dándole golpes cada vez más fuertes-. ¡Ya, James, que me descoyuntas! Muchas gracias…

-¡Por Merlín! –jadeó Belle, llevándose una mano al corazón-. ¡Por Merlín y la madre que lo trajo! ¡Qué susto! Sam, la próxima vez avisa antes de soltar algo como eso…

-¡No me han dejado terminar la frase! –renegó la rubia, señalando a Lupin.

-¡Ejem! Ehhh… Lo siento, Sam, en serio, se me fue por otro lado –se disculpó Remus, dándose leves golpes en el pecho para recuperar el aliento-. Pero la verdad es que estoy de acuerdo contigo, que echara a Peeves de una forma… digamos poco ortodoxa, no significa que esté pirado o algo parecido, a mí me cayó bien, sobre todo después de que…

Pero no terminó la frase, porque de repente se volvió con rapidez hacia el lado de Slytherin y cogió al vuelo una cosa que se dirigía hacia ellos por el aire. Snape y sus compañeros se irguieron con la boca abierta y expresiones de perplejidad, mientras que James y los otros se giraban, curiosos, para saber qué había pasado. Remus miró la cosa que sujetaba en la mano y volvió a levantar la vista, con sus ojos grises lanzando rayos de desagrado en dirección a aquellos seis muchachos.

-Qué simpáticos… -masculló con sarcasmo y los dientes apretados. Levantó el brazo y volvió a lanzarles la cosa-. ¡Meteos esto donde os entre!

Con los ojos atónitos, todos vieron abandonar la mano del casi rubio una especie de frasco redondo, algo más grande que una canica, lleno de un líquido blanco y efervescente. En un segundo, pareció producirse una pequeña explosión en el aula, con los tres gritos simultáneos de Snape, Black y Flathery.

-¡Maldita sea! –rugió el slytherin en cuanto Lupin terminó de hablar, incorporándose y empujando a Evan Rosier con fuerza hacia el pasillo, para que rescatara el frasco-. ¡Cógelo! ¡Que no caiga al suelo!

-¿Qué es eso? –exclamó a su vez Sirius, atónito, saltando de su asiento entre los gritos asustados de Sue y Janet, que se cubrían la cabeza con los brazos-. ¿Qué pasa aquí?

-¡Maldito hijo de perra! –la voz de Sam se impuso en el repentino barullo, mientras ésta se levantaba como si le hubiesen colocado un resorte en la silla, sin apartar sus ojos furiosos del frasco que volaba por el aire-. ¡Que alguien coja esa condenada botella!

Los que la conocían la miraron estupefactos ante aquel arranque, tan radicalmente opuesto al habitual carácter tranquilo de la chica. Rosier saltó en el aire y agarró la botellita con ambas manos, lo que provocó que la mayoría se calmara. Sam encaró a Snape como si le fuese a echar una maldición, y no se tiró a él porque había una fila de pupitres entre ellos.

-¡¿Estás loco?! –le chilló, fuera de sí-. ¿Qué crees que haces, eh? ¡Eso no ha tenido ninguna gracia, Snape! ¡Ten por seguro que se lo diré al profesor Fletcher!

-¿Qué? –Sirius arrugó la frente, completamente desconcertado-. ¿Qué pasa? ¿Qué era esa cosa? ¡Samantha!

Ella reaccionó al grito de Black y volvió a la realidad, recuperando la calma.

-Lo… lo siento –se disculpó ante sus amigos-. Es que… esa cosa… era la poción Invernatus, provoca ataques de tos, estornudos, congestión nasal… Si se inhala en grandes cantidades puede causar una enfermedad crónica y problemas respiratorios de por vida. Y, si se bebe, causa la muerte –miró a Snape con intenso odio-. Así que, en cierto modo, se considera un veneno mortal.

Un denso silencio se extendió por la mazmorra, hasta que fue roto por la voz fría y desapasionada de Snape.

-¡Vaya! Pero si tenemos aquí a una sabelotodo…

-¡No te hagas el tonto! –exclamó Sam, pero más calmada que antes-. Les tiraste esa poción porque sabías sus efectos.

-Por supuesto, pero ¿no crees que dramatizas? –le mostró el minúsculo frasco, curvando los labios en una desagradable sonrisa torcida-. ¿Crees que esto puede matarlos? Sólo queríamos verles estornudar un ratito y con ojos llorosos…

-Cierto, no creo que nos lleven a Azkaban por eso –entonó Liverlie burlonamente-. ¿No te parece, Rod?

-Pues no sé qué decirte –Lestrange le siguió el juego, fingiendo una voz afectada-. Lo mismo nos condenan a cadena perpetua por habernos atrevido a atacar a semejantes celebridades…

Todo el grupo se echó a reír socarronamente y Snape amplió su sonrisa, sus ojos negros clavados en los castaños de Potter con malicia, para no perderse detalle de su expresión rabiosa. Sirius se levantó lentamente y salió al pasillo, plantándose delante de los slytherins con dos pasos, su rostro totalmente inescrutable y pétreo como el mármol. Nadie intentó detenerlo, todos estaban lo suficientemente furiosos como para matar a aquellos indeseables cuatro veces seguidas cada uno. No era el primer enfrentamiento que tenían desde la noche de la Selección y ya estaba más que afianzado el odio que se tenían mutuamente.

Las risas cesaron de inmediato. Los gryffindors se fueron levantando para conseguir mejor visión de la pelea y los slytherins se incorporaron en sus asientos para apoyar a los suyos. Pero Black ignoró a todo el mundo y se limitó a clavar su ceñuda mirada en Snape, como si no existiera nadie más en la clase. Azul y negro lucharon por unos silenciosos segundos, en los que ambos se sostuvieron la mirada sin pestañear. Luego, Sirius ladeó la cabeza.

-Tú eres imbécil perdido, ¿verdad? –soltó sin más-. ¿Por qué no metes tu asquerosa cabeza en el váter y tiras de la cadena? Quizá así se te quite la grasa, porque, sinceramente, está empezando a afectarte al cerebro.

Liverlie Connor se sulfuró inmediatamente e hizo amago de intervenir, pero Avery la sujetó de un brazo, indicándole que se callara. Snape se limitó a enarcar una ceja ante el comentario, sin inmutarse.

-Quizá sea tu cerebro el que necesita una revisión, Black –repuso gélidamente-. A mí me da la impresión de que, con tanto desuso, se te está empezando a oxidar.

-¿En serio? –sonrió Sirius, sarcástico-. Pues entonces déjame el aceite lubricante con el que te lavas la cabeza, porque está tan concentrado que de seguro me lo desoxida.

En un abrir y cerrar de ojos, tanto Sirius como Snape sacaron sus varitas y las alzaron ante la cara del otro, apuntando directamente a los ojos. Alguien contuvo una exclamación, hubo murmullos de sorpresa, pero los dos niños seguían mirándose con la misma determinación.

-Repite eso, estúpido payaso fracasado de circo ambulante –masculló Snape, apretando los dientes.

-Cuando quieras, asquerosa momia grasienta exiliada de Karnak –replicó Sirius con el mismo tono, sin apartar su varita de la cetrina cara de su contrincante.

Iris se dejó llevar por la emoción de la batalla y exclamó un estruendoso "¡Patéale el trasero, Sirius!" que rompió por completo la tensión. En el acto, todo el mundo empezó a animar a su respectivo compañero cada vez más alto, azuzándolos para que se pelearan y montando una auténtica algarabía en la mazmorra. Peter parecía muy animado con la idea, pero James y Remus intercambiaron una mirada preocupada y empezaron a incorporarse para ir a detener a su amigo. Mientras, Sirius y Snape seguían ajenos a todo y habrían sigo capaces de lanzarse algún Avada Kedavra, si no hubiese sido porque (a parte de que no lo sabían conjurar) alguien gritó de repente: "¡Qué viene el profesor Fletcher!". La escena se congeló instantáneamente, justo para oír las voces y pasos que se aproximaban por el corredor. Todo el mundo se apresuró a volar hacia sus respectivos lugares como almas que lleva el diablo. Sirius saltó por encima de Peter y se sentó en su asiento como si no hubiese pasado nada. Remus limpió frenéticamente las migas de chocolate que habían caído sobre el libro y escondió lo que le quedaba de la barrita en uno de los cajones de la mesa. Para cuando la puerta se abrió, todos los alumnos miraban al frente con cara angelical e inocente.

Mundungus Fletcher entró al aula cargado con un montón de enormes libros, que parecían tomos de enciclopedia. Tras él, entró la profesora Crockford, portando también algunos ejemplares de aspecto pesado, en una tambaleante torre que le llegaba hasta la nariz.

-Perdonen la tardanza, muchachos –se excusó el profesor, dejando sus libros sobre la mesa. Se volvió y ayudó a la profesora Crockford con su carga, bajando la voz-. Muchas gracias, Fiona, nos vemos después para seguir con todo esto, ¿te parece bien?

-Por supuesto –contestó la mujer, sonriente, apartándose algunos mechones de pelo que le tapaban la visión-. El tiempo apremia en este asunto, aún no puedo creer que el Ministerio aceptara nuestra propuesta. Debemos ponernos manos a la obra lo más rápido posible, hay que empezar los experimentos antes de que esos cabezas huecas se echen atrás…

-Aunque lo intentaran, supongo que San Mungo presionaría lo suficiente para que no nos retiraran la subvención, ellos son los más interesados en que este proyecto salga adelante –el hombre dejó la otra pila de libros sobre su mesa y le dedicó una inclinación de cabeza a su compañera en son de despedida-. Entonces nos veremos después de la cena. Te agradezco mucho tu ayuda, en serio.

-No digas tonterías, Dung –sonrió la profesora Crockford, haciendo un gesto con la mano para restarle importancia al asunto-. Esto es algo que nos beneficiará a todos. Nos vemos en la noche, mis alumnos deben estar prendiendo fuego a los pupitres, debo apresurarme –dirigió una fugaz mirada a la clase mientras se dirigía de nuevo hacia la salida-. ¡Compórtense, chicos!

Y, con una sonrisa, salió y cerró la puerta.

-Bien –resopló el profesor Fletcher, apoyándose sobre su mesa y mirando a todos sus alumnos con detenimiento. Algunos contenían la respiración cuando los fantasmales ojos del profesor se posaban en ellos-. Bien –repitió, cruzándose de brazos-. A la mayoría de ustedes ya los conozco, unos porque son de mi casa y otros porque nos conocimos la noche de la Selección, ¿cierto?

Sólo asintieron con la cabeza algunos valientes, porque el resto parecía estar petrificado.

-Soy enemigo de las listas –continuó el profesor, mirando con desagrado el pergamino con los nombres de sus alumnos que había traído consigo-, ya iré preguntando los nombres de aquellos que no conozca. Nos vamos a ver cuatro horas por semana, así que supongo que a finales de mes ya… ¿PERO SE PUEDE SABER QUÉ LES PASA? –bramó de pronto, haciendo que la mayoría de los chicos y chicas saltaran en sus asientos por el susto.

Fletcher miró a su clase con cara de no entender y el entrecejo contraído. Todo el mundo estaba como hipnotizado o paralizado de horror.

-Vale, dudo mucho que dé tanto miedo como para tenerlos a todos tiesos como estacas, digo yo –bromeó con un amago de sonrisa-. Ojalá todos mis alumnos fuesen así de tranquilitos… ¿O es que me están ocultando algo? ¿Qué ha ocurrido aquí en mi ausencia? –nadie contestó enseguida, pero al final Snape terminó levantando una mano. El profesor alzó las cejas en su dirección-. ¿Sí, señor Snape?

El aludido se puso en pie lentamente y señaló hacia Sirius con un brazo.

-Ha sido Sirius Black, profesor –informó, con cierto deje de mártir que hizo hervir la sangre del acusado-. Él y sus amigos estuvieron alborotando y montaron una pelea en clase… Nos amenazaron con las varitas.

Todos los gryffindors empezaron a renegar en voz baja, Michael Goodwin golpeó su mesa con los puños, Sarah Kennedy soltó un airado "¡Será posible!" y Sam Flathery lanzó una exclamación a Snape con tono mordaz, aunque nadie la entendió porque parecía haberlo dicho en otro idioma.

-Señorita Flathery, guarde esos comentarios para después –la reprendió el profesor Fletcher con calma, volviéndose para mirarla.

-P-por supuesto, profesor –se apresuró a decir ella, totalmente sonrojada.

El hombre fijó su cristalina mirada en Sirius, que estaba vuelto hacia Snape con cara de: "¡Te voy a matar, asqueroso $&#!".

-Señor Black… -empezó el profesor Fletcher. Sirius se volvió hacia él rápidamente-. ¿Estuvieron usted y sus compañeros armando jaleo y amenazando a los slytherins en mi ausencia?

-¡Profesor, fueron ellos quienes…!

-No le he preguntado eso, señor Black –lo interrumpió el hombre, alzando una mano-. ¿Amenazaron a los slytherins, sí o no?

-¡Pero, profesor, ellos también…!

-Le he dicho que no he preguntado eso.

Sirius apretó los puños y los dientes con aire furioso, bajó la vista y masculló:

-Sí, profesor, lo hicimos…

-Perfecto –Fletcher cogió la lista, la desplegó y le echó un rápido vistazo-. Señor Black, usted, Potter, Pettigrew y Lupin se están creando una gran fama como alborotadores en este colegio –hizo una pausa para mirarlos y continuó-. Sin embargo, me asombra su extremada inteligencia. A diferencia que con otros profesores, decidieron alborotar cuando yo no estaba presente, lo que me lleva a sospechar que la iniciativa no fue de ustedes. Me atrevo a pensar que sólo alborotan porque quieren que se les castigue, y en ese caso sería una estupidez hacerlo sin ninguna autoridad presente –de repente esbozó una divertida sonrisa, dejándolos impresionados. Ninguno de ellos le había visto sonreír con anterioridad-. Pero, si la iniciativa sí fue de ustedes, repito que fue extremadamente inteligente hacerlo en mi ausencia, porque, si no, me habría visto obligado a quitarles veinte puntos a cada uno y, al ser la última hora del día, no habrían podido recuperarlos, como llevan haciendo toda la semana. Nunca castigo a nadie por algo que yo no he presenciado, pero si, por el contrario, he tenido el privilegio de verlo… les aseguro que esos graciosillos pasan mucho tiempo arrepintiéndose –dejó la lista y suspiró-. En fin… teniendo en cuenta este dato, estimados alumnos, les aconsejo que no hagan el idiota en mi presencia, o lo pasarán bastante mal.

-No pensábamos hacerlo, señor –se apresuró a aclarar Sirius, aún sin poderse creer que no los castigaran.

-Maravilloso. Señor Snape, ¿algo que añadir?

Snape se había quedado pálido de la impresión tras el discurso. Intercambió una rápida y confusa mirada con Lestrange, incrédulo ante el hecho de que no les cayera una soberana bronca a sus archienemigos. James y Sirius se sonrieron mutuamente, triunfantes, pero el slytherin levantó de nuevo el brazo con brusquedad, esta vez señalando a Remus, y éste lo miró estupefacto. ¿Sería capaz aquel metiche de echarle en cara lo de la poción Invernatus?

-¡Señor! –exclamó muy molesto, frunciendo el ceño con exageración-. ¡Remus Lupin! Él no ha parado de comer desde que entró, y usted nos dijo que si había algo que odiaba de verdad era que la gente comiera en sus clases…

Todos se quedaron mudos. Si no hubiese sido por lo grave de la situación, la clase entera habría estallado en una carcajada general ante lo absurdo de aquella acusación. El profesor Fletcher miró a Remus con cara medio horrorizada y el joven Lupin sintió que se le helaba la sangre.

-¡Señor Lupin, ¿usted ha estado comiendo?! –exclamó el hombre, como si fuese lo más grave del mundo.

Remus tardó un buen rato en recuperar el habla. Todos lo estaban observando y no sabía qué decir. Miró a James, que tenía los ojos fijos en él con expresión de incredulidad. Sin duda, debía pensar que todo aquello era una especie de alucinación.

-Pues… -empezó el niño, asustándose al oír su propia voz-, este… la verdad es que… sí estuve comiendo, profesor, p-porque no me encontraba muy bien y la señora Pomfrey me dijo que comiera algo con azúcar cuando me sintiera mal…

La expresión de Fletcher cambió en el acto a una de curiosidad.

-¿Y qué comía? –preguntó con interés.

-U-una barrita de chocolate… -contestó Remus, y de repente se sintió realmente estúpido.

-¿Todavía le queda algo?

Todo aquello resultaba completamente surrealista. Con manos temblorosas, sacó lo que le quedaba del manjar y se lo dio al profesor, que, ante las miradas atónitas de sus alumnos, se lo echó a la boca y se lo comió.

-Mmmm… riquísimo… -comentó él con una sonrisa de felicidad, mientras tragaba-. Chocolate con leche, 30x100 de cacao, si no me equivoco. Y cierto sabor a… ¿leche condensada? Qué interesante. Está claro que no es de aquí, en Honeydukes sólo venden chocolate suizo, y allí hacen las variedades con esencias de frutas. Esta cosa tiene suficiente concentración de azúcar para tumbar a un hipogrifo, si fuese usted diabético le mataría con sólo olerlo, está visto que tiene el estómago de acero. Sólo he visto este tipo de chocolate en Londres, creo que lo hacen los magos del sur de Kent. ¿Es usted de Kent, Lupin?

-Ehhh… sí, soy de Kent –balbuceó el muchacho, medio mareado por la perorata de aquel tipo. Aquello no podía estar sucediendo realmente-. De Dover…

-Ah, Dover, un sitio maravilloso para vivir. En fin, veo que tiene un gusto exquisito para escoger el chocolate, señor Lupin, cinco puntos para Gryffindor por este pequeño manjar… ¡Ah, lo olvidaba! –metió la mano en uno de los bolsillos de su túnica azul marino y sacó otra barrita de chocolate aún sin abrir-. Aquí tiene, lamento que no sea tan intenso como el suyo, tendrá que conformarse con un vulgar chocolate de naranja. Y puede comer cuanto quiera y necesite, sólo procure que no se le caiga dentro de la poción, o tendremos ciertas reacciones un tanto indeseables. No tengo ganas de que le dé un soponcio y se me quede aquí tieso, la señora Pomfrey me matará por haberle impedido comer, y nadie quiere eso, ¿verdad? Si ella le ha recomendado semejante producto es que usted realmente lo necesita.

Le dio la barra de chocolate a Remus y se volvió sin más para colocar los libros que había traído. El aspecto que ofrecía la clase en esos momentos era digno de foto. Todos sin excepción miraban al profesor Fletcher embobados y con la boca completamente abierta. Snape, aún de pie y con el brazo extendido hacia Remus, parecía estar sufriendo un shock. Lupin miraba al profesor con los ojos al doble y la barrita en la mano, sin terminar de asimilar lo sucedido.

-Señor Snape, si no tiene a nadie más a quién acusar, puede sentarse –dijo el maestro, hojeando uno de sus libros distraídamente-. No necesitamos espantapájaros en esta clase.

Liverlie Connor se sonrojó de indignación y dejó escapar un gruñido enfurruñado, cruzándose de brazos. Y Rosier tuvo que tirar de Snape hacia abajo para que se sentara, porque estaba tan conmocionado que no se podía ni mover.

De repente, Belle se llevó las manos a la boca para reprimir una sonora carcajada. Sirius y James se taparon la cara con las manos y empezaron a agitarse convulsivamente, sin duda, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no reírse. Y la mayoría de los gryffindors comenzó a murmurar y a lanzar risitas. La tensión desapareció en el acto y el profesor Fletcher sonrió disimuladamente. Era obvio que eso era lo que él había pretendido con el espectáculo. Desde entonces, y a pesar de sus extravagancias y su carácter voluble e impredecible, aquel hombre se convirtió en el profesor favorito de todo el mundo, junto con su homóloga femenina, la profesora Crockford.

-Bien, muchachos, escuchen –comenzó Fletcher, dando una palmada para llamar su atención-. La clase de hoy será de investigación. La profesora Crockford y yo nos retrasamos porque tuvimos que ir a Londres, a una audiencia con el director del área de experimentación con pociones y sustancias mágicas de San Mungo, algunos sanadores expertos en este campo y otros tantos directivos del Ministerio. Llevamos cierto tiempo ideando un proyecto conjunto para elaborar una poción especial, y por fin conseguimos que el Ministerio nos diera la autorización para comenzar los experimentos. Como sé que todos ustedes son buena gente, nos ayudarán en la investigación de los ingredientes que tenemos previsto utilizar. Voy a repartir estos libros por parejas y tendrán que buscar en ellos los ingredientes que yo les diga y hacer un pequeño trabajo sobre las cualidades, ventajas e inconvenientes de los mismos, ¿comprendido?

Hubo un asentimiento general y el profesor Fletcher comenzó a repartir los libros.

Fue una clase bastante entretenida. Los alumnos parecieron tomarse muy en serio aquella actividad, sintiéndose importantes por verse involucrados en el proyecto de su profesor, y enseguida se sumieron de lleno en la investigación, intercambiando los libros entre unos y otros de vez en cuando para buscar más datos. El profesor Fletcher se paseaba entre las filas, supervisando el trabajo y contestando a las dudas amablemente. Una vez se le conocía, el hombre no resultaba tan terrible, tenía un sentido del humor algo extraño, eso sí, pero era una especie de mezcla entre el profesor Dumbledore y la profesora McGonagall, con el toque extravagante de Fiona Crockford. Como bien había dicho Arthur, lo que más resaltaba en él era su aire de divertida demencia psicópata, pero también se veía a la legua que era enormemente culto y que le gustaba y se le daba bien enseñar. Además, el sincero amor que sentía hacia la materia que impartía le daba tal aire apasionado a sus explicaciones que te instaba realmente a querer aprender Pociones.

Con los que más tiempo se detuvo a hablar el profesor fueron Sam y Snape, que demostraron estar bien metidos en la asignatura y que seguramente se habían convertido en sus alumnos favoritos. Se rumoreaba que, en Pociones, Sam era la mejor gryffindor y Snape el mejor slytherin, y, si no fuera por el hecho de que se detestaban bastante, habrían hecho un gran equipo.

Diez minutos antes de que terminara la clase, el profesor Fletcher recogió todos los libros, asegurando que los encontrarían en la biblioteca, ya que debían terminar los trabajos para el próximo día. Y, como aún quedaba tiempo antes de salir, decidieron pasarlo de tertulia.

-Profesor Fletcher, ¿puede decirnos qué clase de poción están preparando usted y la profesora Crockford? –preguntó Sam en voz alta, mientras recogían lentamente.

-Bueno, es un proyecto ambicioso, señorita Flathery –contestó él, amontonando los libros, y sonrió al ver que todos estaban pendientes de su respuesta-. No sólo lo llevamos adelante ella y yo, por suerte contamos con la colaboración de algunos sanadores de San Mungo expertos en Pociones y en enfermedades mágicas. Yo solicité la ayuda de la profesora Crockford porque en parte tiene que ver con las Artes Oscuras, y sus conocimientos nos son de gran utilidad a las ratas de laboratorio como nosotros –pareció reflexionar por un momento y continuó-. Aún es solamente un proyecto, repito, pero creo que la llamaremos Poción Matalobos.

Un murmullo extrañado recorrió el aula. James se sorprendió al ver que Remus daba un respingo y dejaba caer sin querer el frasquito de tinta, que se derramó por completo sobre la mesa.

-¿Qué? –exclamó Lupin, observando al profesor con los ojos como platos.

Sirius y Peter miraron al casi rubio algo desconcertados, pero nadie más pareció darle mayor importancia a su reacción. Fletcher se encogió de hombros.

-Es una poción pensada para los licántropos, señor Lupin –contestó con tranquilidad-. Cuando una persona se convierte en licántropo no hay cura posible para él o ella. Pero un colega de San Mungo y yo llevamos investigando varios años sobre el tema y ahora, con la valiosa ayuda de la profesora Crockford, creemos haber encontrado una posible solución –levantó la vista hacia sus alumnos, que tenían puesta en él toda su atención-. Pronto empezaremos a experimentar con una poción que, una vez terminada y si todo sale bien, creemos será capaz de mantener la personalidad del licántropo como humano en sus transformaciones, si la toma durante un cierto periodo de tiempo antes de la luna llena.

Aquel murmullo que recorría a los alumnos se intensificó de inmediato.

-¿Una poción para los licántropos? –soltó arrugando la nariz Maeve Rutherford, una slytherin muy guapa pero que siempre lucía una expresión inquietante, como si al mirarte estuviese pensando en la mejor forma de descuartizarte.

-¿Y eso a quién le importa? –añadió en el acto otro slytherin, Ernest Parkinson, sentado hacia el final del aula con una niña que se mantenía sentada en su sitio, mirando al resto de sus compañeros con expectante aburrimiento.

-Con todo respeto, profesor –exclamó airada Liverlie Connor, entornando con desprecio sus ojos de párpados caídos-, cuando a una persona la muerde un hombre lobo se convierte automáticamente en un monstruo, ¡y en mi opinión, en vez de buscar alguna solución a su instinto asesino, habría que hacerlos desaparecer a todos antes de que se dediquen a matarnos ellos!

La clase estalló cuando todo el mundo alzó la voz a la vez para dar su opinión al respecto, aunque la mayoría parecía estar de acuerdo con lo que había dicho Liverlie.

-¡Nadie ha preguntado tu opinión, así que cierra la boca!

El grito de Sam, que miraba a la morena con odio y resentimiento, apretando los dientes y lanzando chispas por los ojos, enmudeció instantáneamente a sus compañeros.

-¿Qué pasa, Flathery? ¿Acaso eres licántropo? –masculló Liverlie con tono mordaz.

-Pues no, y aunque lo fuera, eso no es asunto tuyo.

Fue como si alguien hubiese soltado una bomba en medio del aula. La gente saltó de sus respectivos asientos, hablando al mismo tiempo a voz en grito para apoyar a una o a otra, mientras las dos chicas empezaban a insultarse y amenazarse con los puños.

-Muchachos, ¡cálmense! –exigió el profesor, levantando los brazos-. No dudo que es un tema interesante para un debate, ¡pero éste no es el momento!

Mientras el profesor Fletcher intentaba clamar el alboroto que se había armado en dos segundos e impedir que Liverlie y Sam se ensañaran a golpes la una con la otra, James se volvió hacia Remus y casi se le escapó un grito de asombro. Lupin estaba más blanco que la leche, como si acabara de cruzarse con un dementor. Con los ojos como platos y una mano en la boca, se había desplomado sobre el asiento y parecía mirar a través de la pared que tenía delante.

-¡Remus! –exclamó preocupado. Se sentó junto a él y lo zarandeó levemente-. Remus, ¿estás bien? ¡Remus!

-James… -gimoteó Lupin con voz ronca. Apenas podía hablar-. Sácame de aquí, por favor… Creo que me estoy mareando, voy a vomitar…

James miró a todas partes con aire desesperado, pero nadie les estaba prestando atención. Belle, Lily y Sirius sujetaban a Sam, que parecía una fiera salvaje (nunca la habían visto tan furiosa) Lestrange, Snape y Avery sujetaban a Liverlie, que chillaba a la rubia como una banshee fuera de control. Ni siquiera el profesor Fletcher podía ayudarlos en esos momentos. Miró de nuevo a Remus, realmente se le veía muy mal… Con aire decidido, se pasó por los hombros uno de los brazos de su amigo y lo ayudó a levantarse.

-Vamos, Remus, te llevaré con la señora Pomfrey…

Y, guiando a Lupin, que temblaba de los pies a la cabeza y casi no podía andar, salieron del aula sin que nadie lo notara, camino de la enfermería.

--------------

Ya era noche cerrada y la oscuridad caía sobre el castillo, dándole un aspecto tan mágico… Sin duda, todos debían estar durmiendo desde hacía horas. Sus pasos no se oían por el corredor, parecía deslizarse sobre el suelo como un fantasma… En parte era porque no quería llamar la atención, y en parte porque no quería ni oírse a sí mismo. Aquél era su momento de evasión personal, el único rato a solas que había tenido en toda la tarde para poder reflexionar sobre lo ocurrido, y no estaba dispuesto a que algo se lo arruinase. Necesitaba pensar… y tan metido estaba en esos pensamientos que no habría sido capaz de tolerar algo ajeno a ellos.

Las palabras del profesor Dumbledore aún resonaban en su cabeza. Un gran hombre, Dumbledore, como diría Hagrid. Había ido a la enfermería en cuanto se enteró del incidente en clase de Pociones. Hizo salir a James… Pobre James. Él también era una gran persona, un buen amigo, se le veía tan preocupado… Quizá si… No, no podía arriesgarse a decírselo aún, ¿qué reacción tendrían él, Sirius y Peter? El sólo imaginárselo le daba escalofríos.

De momento, Dumbledore era el único que lo sabía… Dumbledore y la señora Pomfrey, claro. Sonrió tristemente al recordar a la enfermera, que lo cuidaba tanto como su propia madre. El director no creyó necesario contárselo a nadie más en un principio, aunque ya le había dejado muy claro aquella tarde que, después de lo ocurrido, tendría que decírselo a Mundungus Fletcher para evitar problemas en el futuro. Y que, seguramente, hablaría con los profesores discretamente de uno en uno de ahora en adelante para irles informando también. No era conveniente ocultar algo así al profesorado, la prueba era el alboroto organizado en Pociones.

Con un suspiro y un gesto mecánico, metió las manos en los bolsillos y se sorprendió al encontrar una cosa alargada. La sacó: era la barrita de chocolate. Volvió a sonreír con tristeza al recordar el numerito que había montado el profesor Fletcher al principio de la clase, sus desplantes a Snape y la forma en que había conseguido sacudirles a todos la aprensión de encima. Sin duda, era un buen tipo. Él no tenía la culpa de lo que había pasado. No podía sospechar lo que él era, ni las consecuencias que le traería aquel fatídico debate. En realidad, la culpa era solamente suya, por haber perdido el control y no haber sabido mantenerse impasible. Ése había sido el consejo de Dumbledore: "No dejes que te afecte lo que digan los demás, haz caso omiso de esos comentarios. Hay algunos que se divierte causando dolor en otras personas, y encontrarás gente de ese tipo a lo largo de toda tu vida. No los escuches, o será aún peor para ti, Remus…". Un sabio consejo. Ya sólo quedaba ponerlo en práctica.

Llegó a un corredor donde había enormes ventanales que daban hacia los terrenos de Hogwarts. La luz de la luna entraba a través de los cristales, iluminando ligeramente el lugar. Remus se apartó todo lo que pudo de esa luz, internándose en las sombras, y siguió su camino hacia la Torre de Gryffindor.

La señora Pomfrey se había empeñado en que debía quedarse en la enfermería aquella noche, pero él se negó rotundamente. Pronto llegaría el momento de poner en práctica el plan de Dumbledore y no quería pasar más tiempo del necesario en aquel lugar, ya iba a ser bastante con las desapariciones mensuales. Ni siquiera sabía aún qué excusa iba a poner a sus amigos…

Sus amigos

Tras su charla privada con Dumbledore, James había vuelto con Peter y Sirius para verle. Eran chicos increíbles, su visita le animó más que cualquier otra. Le habían contado que el profesor Fletcher tuvo que castigar a Sam y a Liverlie a limpiar todas las mazmorras sin magia, y que les había quitado cuarenta puntos a cada una. Belle también estaba castigada, ya que había aprovechado el alboroto para intentar atacar a Snape y saldar cuentas pendientes, pero éste la esquivó en el último momento y ella terminó rompiéndole la nariz a Evan Rosier de un puñetazo. Lily se había librado de castigos, pero no pudo ir a visitarlo porque estaba ayudando a Belle con el suyo: una redacción de tres pergaminos sobre los calmantes mágicos más comunes, que debía entregar al día siguiente si no quería que le quitara cuarenta puntos a ella también. No obstante, ambas habían garabateado notas de ánimo en un trozo de pergamino y se lo habían enviado con los chicos, deseándole que se pusiera bien pronto.

Ellos se quedaron con él casi una hora, entre risas y bromas, ideando nuevos planes descabellados, como empezar a sobornar al profesor Fletcher con barritas de chocolate para que les subiera puntos y demás incoherencia por el estilo. Pero la señora Pomfrey terminó echándolos, argumentando que ya era la hora de cenar y que Remus necesitaba reposo. Y eso era lo que había estado haciendo desde entonces: reposar. Se había perdido la cena en el Gran Comedor y, aunque la enfermera le había llevado algo, ahora tenía un hambre atroz. No se lo pensó dos veces, desenvolvió la barrita de chocolate y se la empezó a comer.

Volvió a pensar en el profesor Fletcher y en su Poción Matalobos. ¿Sería cierto? Como bien había dicho el profesor, cuando alguien se convierte en licántropo no tiene cura posible. Pero si hubiese una esperanza, aunque sólo fuera una pequeña luz al final del túnel… "Y de remate soy pésimo en Pociones –se dijo con un suspiro de resignación-. Me tocará confiar… Hay que ser optimistas".

Antes de darse cuenta, ya estaba en el corredor que llevaba a la sala común. Miró a su alrededor y no pudo evitar sonreír. En ese momento comprendió plenamente a James y a Sirius, ellos tenían razón, el castillo era mucho mejor en el silencio de la noche, se respiraba tanta tranquilidad… ¿Por qué no estaría Peeves alborotando? Por un segundo, sintió ganas de reír al imaginarse al poltergeist atado a una silla, amordazado y con el profesor Fletcher delante, apuntándolo con la varita, dispuesto a echarle una maldición en cuanto se moviera lo más mínimo. No le extrañaría en absoluto que ésa fuera la razón de la falta de jaleo en Hogwarts a esas horas.

Entró en la sala común a través del retrato de la Señora Gorda y se dirigió hacia las escaleras de los dormitorios. No se había equivocado, todo estaba desierto y en silencio, el fuego de la chimenea había quedado reducido a brasas. Subió hasta el rellano, atravesó la pequeña galería de su habitación y abrió la puerta con el menor ruido posible. Sus tres amigos debían estar durmiendo y no quería molestarlos. Pero, una vez dentro, se dio cuenta de que tenía de todo menos ganas de dormir, por lo que se dirigió hacia la única ventana de la habitación y se sentó en el alfeizar para observar el exterior. Realmente era una noche preciosa… una noche preciosa de luna creciente…

-¿Remus…?

El susodicho se volvió. James lo observaba desde su cama con extrañeza.

-James… -murmuró Lupin, sorprendido-. ¿No deberías estar durmiendo?

El chico de alborotado pelo negro se levantó rápidamente y fue a sentarse al alfeizar junto a su amigo, con aire sonámbulo. Al doblar las piernas ante el pecho y hacerse un ovillo en el limitado espacio, dio la impresión de que era dos o tres años más pequeño.

-Pues no –contestó como si fuese obvio-. Estaba preocupado por ti, chico… -se sobresaltó al oír un fuerte ronquido de Peter y dirigió una mirada de reproche a los dos durmientes-. No creas, ellos también estaban preocupados, sólo que… tienen más facilidad para dormirse, yo duermo mucho peor que ellos por las noches, ya sabes…

-¿Miedo a la oscuridad? –aventuró Remus con una leve sonrisa.

-Pesadillas –corrigió James, sin darle mucha importancia-. Pero nada grave, ya ves. ¿Cómo estás?

-Bueno, si no me encontrara mejor, no estaría aquí, ¿no te parece?

-Nunca se sabe –sonrió Potter maliciosamente-. Podrías haberte escapado de la enfermería, no parecías muy contento de estar allí…

-La señora Pomfrey quería que me quedara a dormir, pero, como estaba perfectamente, me vine a la habitación. La enfermería no es mi lugar favorito…

-Ya veo –James se puso más serio y fijó la vista en el paisaje que se veía al otro lado de la ventana-. Oye, Remus… ¿qué te ocurrió exactamente?

El casi rubio evitó la pregunta dándole un mordisco a lo poco que le quedaba de la barrita de chocolate.

-Una bajada de tensión –inventó a la pasada-. Por eso me hace comer dulce la señora Pomfrey, porque tengo la tensión baja y…

-Vale, y ahora la versión real.

Remus se volvió hacia él, sorprendido. Nunca antes le había parecido que los ojos castaños de Potter fueran tan penetrantes, quizá era el efecto de verlo sin las gafas puestas… pero, aún así, no pudo evitar volver a incomodarse ante el escrutinio, jamás le había gustado que lo miraran de forma tan directa, solía tener miedo de que alguien pudiera ver más allá de sus ojos. Apartó la vista y alargó el silencio un poco más.

-No sé qué quieres decir, James, ésa es la versión real…

Pero el moreno lo interrumpió con un resoplido de impaciencia.

-Remus, Sirius y yo estuvimos hablando… no quisimos decírselo a Peter para que no se preocupara… y llegamos a la conclusión de que a ti no te dio ninguna bajada de tensión –lo miró directo a los ojos otra vez-, sino que te pusiste así por la discusión que sacaron en clase de Pociones.

Remus se quedó helado, mirando a James con los ojos muy abiertos. Intentó hablar, decir algo para sacarle esa idea de la cabeza a su amigo, pero no pudo articular palabra, y Potter se le adelantó.

-Remus, tú conoces a algún licántropo, ¿verdad?

La confusión se impuso al miedo de ser descubierto. ¿Que si conocía a algún licántropo? Casi quiso reír irónicamente. Pero entonces se dio cuenta de que ésa era la oportunidad perfecta de quitarse de encima el asunto, y decidió seguirle la corriente.

-Sí… -contestó con tristeza, y no se sintió culpable, porque aquello no era del todo mentira-. Conozco a una persona que es… licántropo. Alguien muy cercano a mí y a mi familia. Pero no quiero hablar de eso, James, de verdad.

-Claro, lo entiendo –se apresuró a decir James, aunque no parecía muy convencido-. Y… otra cosa… ¿Cómo hiciste eso… en clase?

-¿El qué? –inquirió Remus, extrañado. Sin duda, su estancia en la enfermería le había dejado un poco denso.

-Eso, lo de la poción Invernatus… Snape nos la lanzó, tú estabas de espaldas a él y hablando, pero te volviste y… -hizo un gesto con la mano, imitando el momento en el que Remus cogió el frasco.

Lupin no lo comprendió inmediatamente. ¿Que él había hecho qué? Pero entonces recordó. Claro, la poción voladora. ¿Cómo demonios podía explicarle?

-Ahhh… te refieres a eso… -murmuró mientras intentaba inventar algo que sonara más o menos creíble-. Bueno, es que… es que yo… tengo muy buenos reflejos, mi madre dice que mis sentidos están más desarrollados de lo normal…

Tampoco se sintió culpable por eso, no era mentira. Lo cierto era que su condición le proporcionaba ciertas… ¿ventajas? El caso es que tenía los reflejos de un lobo y el sentido del oído más agudo de lo normal. Había oído perfectamente cómo el frasco volaba por el aire hacia ellos, por eso lo pudo coger.

James lo miraba con suspicacia y Remus rezó por que le creyera.

-Vaya, resultarás ser la maravilla oculta, Remus –sonrió Potter, y él tuvo que reprimir un suspiro de alivio-. Bueno… -suspiró, levantándose-. En realidad sólo quería que supieras que, si alguna vez quieres hablar, puedes confiar en nosotros, ¿sabes? Sea lo que sea… Por algo somos amigos. Incluso Sirius, ahí donde lo ves, se toma muy en serio los problemas y preocupaciones de sus amigos, y llega a hacerlos propios. En ocasiones, cuando se metían conmigo, se enfadaba más él que yo.

Remus sonrió nerviosamente. "¡Vamos! –gritó una vocecita en su cabeza-. ¡Vamos! Sólo tienes que decírselo, él lo comprenderá…". Pero el miedo a una reacción negativa por parte de James calló a aquella voz, y sacudió un poco la cabeza, como para deshacerse de esos pensamientos.

-Cuesta creer algo así –bromeó, intentando huir del tema. Huir de sí mismo, en realidad-. Sobre todo cuando se pasa horas llamándote Jamie, por más que tú le grites que no lo haga.

James rió. Aunque a Remus le pareció que había sido una risa demasiado amarga.

-Sí, quizá tengas razón… Pero ése tampoco es un buen ejemplo. Es un asunto complicado.

-¿Por qué te molesta tanto que lo haga?

Potter, aún con la vista baja, comenzó a agitarse de nuevo por la risa contenida. Cuando volvió a mirarlo, Remus notó que sus ojos brillaban con una tristeza que no había visto antes, y en el acto comprendió que debería haberse mordido la lengua antes de hablar.

-Mi… Mi madre me llamaba así cuando yo era pequeño –aclaró James con voz apagada-. Ella murió hace un par de años –Remus no supo qué decir, así que optó por permanecer callado y dejar que él continuara. James suspiró y perdió la mirada en algún lugar-. ¿Sabes? En realidad ya me importa poco que Sirius me llame así, prácticamente lleva haciéndolo desde siempre y la mayoría de las veces no lo dice por fastidiar, sino porque verdaderamente no se da cuenta… Pero creo que no sería capaz de permitírselo a cualquier otra persona, me trae demasiados recuerdos…

-Lo comprendo… -murmuró Lupin, incómodo-. James, yo…

-No digas que lo sientes, por favor, es lo que dice todo el mundo y ya estoy harto de oírlo –lo interrumpió su compañero, esbozando una media sonrisa-. Además, no pienses que estoy desamparado, los Black han sido mi familia desde entonces, son muy buenas personas…

-¿Los Black? –Remus arrugó la frente, sin comprender-. Pero… tu padre…

James volvió a dejar escapar esa risa triste.

-Mi padre… -murmuró sonriendo, como si el simple recuerdo le pareciera divertido-. Mi padre, Remus, debió pensarse que yo había muerto con mi madre, o algo así. No puedo culparle, sé que él la quería muchísimo, ¡y a mí también!, era un padre estupendo… Pero tras la muerte de mi madre se desconectó del mundo por completo. ¿Por qué crees que paso las vacaciones de verano en casa de Sirius? Las vacaciones y el resto del año, mi padre apenas está en casa, trabaja en el Ministerio, y lo pone de excusa para huir del mundo real continuamente –dejó escapar un largo suspiro-. La verdad es que a veces me gustaría que recordara que tiene un hijo de 11 años al que le gustaría estar con su padre, pero… -se encogió de hombros-. Ya ves.

Remus apartó la vista, sintiéndose mal consigo mismo. Odiaba inmiscuirse en los asuntos escabrosos de la vida de los demás, porque nunca sabía qué decir o cómo comportarse. Jamás habría imaginado que, tras un tema tan aparentemente ridículo, se escondiera la pésima realidad familiar en la que su amigo vivía. No creyó en ningún momento que James estuviese pasando por algo así. Al menos, él tenía a sus padres, unos padres maravillosos que habían luchado por él incansablemente y gracias a los cuales, y al profesor Dumbledore, ahora podía estar en Hogwarts. Trató de imaginarse a sí mismo en el lugar de su compañero y se dio cuenta de que no habría podido soportar una situación así.

James se volvió hacia su cama sin añadir nada, pero se detuvo a mitad de camino y miró a Remus otra vez.

-¿Sabes qué? –exclamó repentinamente en voz baja, con tono esperanzado-. Mi mayor sueño es tener una familia. Quiero decir, casarme y tener hijos. Mi familia era lo más importante para mí y la perdí a los 9 años, así que… formaré una nueva. Y cuidaría de mi mujer y de los niños, y te aseguro que trabajaría cada día para hacerlos felices. No quiero nada más. No cometería los errores que está cometiendo mi padre, y más si sólo tuviera un único hijo, no me permitiría a mí mismo abandonarlo de esta manera. ¡Jamás!

De repente, su voz empezó a temblar, pero no se detuvo.

-Sirius… Sirius se suele quejar de la mitad de sus parientes, pero a veces se le olvida la suerte que tiene, porque Izzy es genial y Andraia un verdadero encanto. Sus padres son maravillosos y le quieren por encima de todo. Ellos le llevaron al Expreso el día 1, como hacen todos los padres. Y le enviaron una carta al día siguiente de llegar felicitándole por estar en Gryffindor. Mi padre ni siquiera se despidió de mí antes de marcharme, ni me ha escrito, ni siquiera sé si sabe dónde me han colocado, o si le importa siquiera…

Remus tuvo la sensación de que James llevaba demasiado tiempo callándose todo aquello y no había podido evitar reventar definitivamente al sacar aquel tema. Apretó los dientes, su corazón encogiéndose más con cada palabra de Potter.

-… Me muero de envidia cuando veo a Sirius con su padre, ¡lo reconozco! Ahora mismo, yo es lo único que tengo y como si no lo tuviera… No puedo entender cómo alguien puede comportarse así, siempre he pensado que ser padre debe ser lo mejor del mundo. ¿Te imaginas? Tener un hijo, y poder ir a ver quidditch juntos, organizar excursiones, jugar al ajedrez mágico, verlo crecer y poder enseñarle todo lo que tú has aprendido, poder… poder… -no logró continuar, porque se le quebró la voz por completo. Lupin no podía verlo bien en la penumbra, pero sí distinguió cómo le daba la espalda rápidamente y se pasaba la manga del pijama por la cara. Durante unos segundos, se hizo el silencio-. P-perdóname, jeje… Creo que me emocioné más de la cuenta, Sirius se reiría de mí por horas si me oyese soltar semejante discurso… Mejor me acuesto ya, que tengas buena noche, Remus.

Y, sin más, se subió a su cama de un salto y echó las cortinas.

-Buenas noches, James… -dejó escapar a su vez Remus, con voz apenas audible.

Fue la primera y última vez que Remus Lupin vio llorar a James Potter. Durante unos breves instantes, oyó a su amigo contener los sollozos. Luego, esos sollozos dieron paso a trémulos suspiros ahogados contra la almohada. Un minuto después, la habitación volvió a quedar en un silencio sepulcral. Pero Remus no se movió ni un ápice. Se quedó allí quieto, en la oscuridad, sentado frente a la ventana. Y el único pensamiento que cruzó su mente en ese momento fue: "Le debes un secreto".

--Fin del capítulo 3--

Preguntas que pronto encontrarán respuesta…

¿Qué pasa con Sam Flathery? ¿Qué es eso de sierva de la magia antigua? ¿Por qué Belle se puso tirante al enterarse de quién era realmente? ¿Qué significa la amatista que lleva al cuello? ¿Qué narices ocurrió con Jonathan Flathery? ¿Se enterará Lily algún día de qué ocurre con esta chica? Y, por otra parte… ¿Qué pasará con Remus y su "secretito" que todo el mundo conoce? ¿Qué pasó entre James y su padre exactamente para que las cosas se torcieran tanto? ¿Por qué a Sirius le deprime su familia paterna? ¿Qué papel tendrán en esta historia Mundungus Fletcher y Fiona Crockford? ¿Morirá Remus de un soponcio por tomar cantidades inhumanas de azúcar? O peor… ¿le saldrán caries? MUAJAJAJA… En fin, basta de tonterías, pero, antes de irme, les dejo la noticia de rigor: TODA LA VIDA DE SAMANTHA FLATHERY, en el próximo capítulo, ya en segundo año… "Miedos ocultos y la plaga de boggarts" (¿Cómo conoció el profesor Lupin a los boggarts?)

Próximamente… ¡aquí mismo! xD

N/A: Hola, holita, lectorcillos (Dios, tengo que dejar de ver Los Simpson…) Les dejo un cap bastante corto con respecto a mis cánones habituales, pero la verdad es que no había mucho que corregir aquí. También les informo de que, al igual que el anterior, éste tampoco lo he revisado una última vez antes de subirlo, esta vez no por falta de tiempo, sino por falta de ganas, así que perdonen si hay algún error. Son casi las 12 de la noche del viernes 14 de octubre de 2005, ayer me acosté a las 2 y pico de la madrugada viendo "Perdidos" ("Lost" en versión original, ¿conocen esa serie? Es una auténtica pasada…) hoy me ha despertado mi sobrino a las 8 de la mañana, me he pasado todo el día delante del ordenador terminando esto y, sinceramente, tengo un sueño que me muero. Así que, con todos mis respetos, que revise el capítulo su abuela…

No, contra toda apariencia, no estoy de mal humor. Lo que pasa es que llevo toda la semana sin salir de mi casa porque estoy medio enferma y creo que ya necesito airearme. Tampoco me hace gracia el hecho de tener que subir este cap mañana sábado en vez de cumplir con mi plan de actualizar en viernes, pero qué se le va a hacer… Lo lamento de veras, pero se me ha echado encima la corrección del capítulo. Me agobio un poco, porque veo que el trabajo de la universidad se me está acumulando, pero no se preocupen, que no pienso desaparecer. A partir de aquí todo será más sencillo, porque los capítulos que siguen apenas necesitan reformas. ¡Saldremos adelante! n.n

Bien, pasando al cap, hay ciertas cosas que les quiero comentar, como de costumbre. El principio de las dos primeras escenas es lo que más he modificado, siguiendo el plan del que les hablé en el cap anterior, el de meter más a los otros compañeros de clase. No sé cómo habrá quedado el asunto, así que ya me dirán. Sobre los dormitorios, es algo que en la versión antigua jamás expliqué (quizá ni siquiera yo lo tenía muy claro) y por eso he aprovechado para hacerlo ahora. Siempre he dado a entender que había muchos alumnos en este curso de Gryffindor y que estaban divididos en dos dormitorios, pero nunca he dejado claro ese detalle. Al principio, los dos dormitorios, tanto el principal como el supletorio, eran iguales, pero mientras corregía este cap se me ocurrió la idea de convertir la habitación supletoria en lo que Sirius llama "cuartucho de atrás". Me gustó eso y decidí incluirlo.

Por supuesto, dudo que en el Hogwarts real de JK exista algo así, pero también dudo que, en sus años de esplendor, el colegio recibiera sólo a 10 alumnos por casa, contando niñas y niños. Y si se presentaban con 8 ó 9 niños, como es este caso, dudo que los apiñaran a todos en una sola habitación. A parte de eso, me gustaba la idea de que los Merodeadores estuvieran algo más marginados del resto de compañeros, y en el caso de las chicas, el cuarto supletorio medio aislado me daba la situación perfecta para organizar las famosas fiestas de pijamas que siempre tienen fuera de escena a Iris en los momentos clave. Pero ahí me surgió otro problema. Meter a las juerguistas pijameras en el cuartucho de atrás implicaba meter a Lily, Belle y Sam en el cuarto principal, que es de cinco plazas. Así que por eso he tenido que incluir a Sarah en la habitación de nuestras protagonistas para rellenar el hueco libre. No es que sea un gran cambio, pero quería aclararlo por si les resulta raro. Por último, la habitación supletoria es diferente porque, aunque siempre he sabido que los dormitorios eran circulares, lo he leído en los libros y lo he visto en las películas, siempre me he imaginado el cuarto de los Merodeadores rectangular. No me pregunten por qué. Y, como no conseguía cambiar mi imagen mental, ideé lo que colocarlo en un pequeño torreón anexo a la Torre. Ha sido más difícil de lo que pensaba explicar todo esto en el fic, espero que no haya quedado muy lioso o incoherente. Ya me dirán qué les parece.

Andrómeda ha tenido su pequeña aparición estelar en este cap y, aunque ella termina en Hogwarts este año, intentaré inventar algo para volverla a sacar. Me gusta mucho ese personaje, no tendrá mucha relevancia en la historia, pero el simple hecho de que Sirius la considere una hermana mayor es suficiente para darle juego. Siguiendo con los Black, la mayoría de ustedes me ha recomendado que utilice a Regulus, así que seguramente me anime a hacerlo, jujuju n.n No es que vaya a tener un papel protagónico, sobre todo ahora que están en Hogwarts, como mucho saldrá tres o cuatro veces, pero, como ya les dije, tengo una muy buena escena planeada para él. Y en la segunda parte de R, cuando los chicos ya sean mayores, quién sabe el juego que me puede dar este individuo, muajajaja… Para terminar, sólo recordarles que LIVERLIE es BELLATRIX, porque todavía hay gente que me pregunta que dónde está Bellatrix… Recuérdenlo, por favor.

Sobre la escena en clase de Pociones, espero no haberme pasado. En el cap anterior me llamaron la atención sobre ciertos cambios en los que se me había ido la mano, y tengo miedo de que me vuelva a pasar lo mismo ahora. De ser así, por favor, no se corten en decírmelo, porque así podré corregir los caps antes de subirlos al blog. Cualquier cosa que quede confusa o que no les guste en comparación con la versión antigua, díganmelo y ya veré qué hago. En fin, que me subo por las ramas… Como decía, espero no haberme pasado con la escena del chocolate. La he corregido esta misma mañana y no he podido evitar ponerla así. La reacción del profesor Fletcher me recuerda a cierta película de dibujos animados llamada "Basil, el ratón súperdetective", una versión cómica de Sherlock Holmes, en la que Basil, con sólo echar un vistazo a su compañero, adivinaba su nombre, su profesión, dónde vivía, cuántos años llevaba en el extranjero y, si se descuidaba, incluso su talla de calzoncillos. La idea me vino de golpe a la cabeza y me gustó tanto que incluso me reía yo sola mientras lo escribía. Patético, lo sé. Esto es lo que hace no tener vida propia. Pero me he divertido imaginando la combinación más explosiva para hacer especial el chocolate de Remus. Incluso me planteé como posibilidad frutas más extrañas, como la papaya o el maracuyá. Al final me levanté a dar una vuelta por la cocina para ver qué cosas inverosímiles me encontraba, abrí la nevera y lo primero que vi fue un bote de leche condensada. Y pensé: "¿Será comestible una tableta de chocolate hecho con leche condensada?". Y de ahí surgió la idea. Tal vez ese tipo de chocolate exista realmente y no sea nada del otro mundo, pero sigo pensando que esa combinación tendría azúcar concentrada para, por lo menos, destrozarte el estómago durante un buen rato. Quizá sea una parida totalmente fuera de lugar, pero me daba pena quitar ese trozo. Así que no me tomen muy en cuenta… son las demencias de esta pobre escritora.

La última escena me ha dado un montón de problemas. Sobre todo el discurso final de James. Quería hacerlo un poco más elaborado que el de la versión anterior, pero de nuevo tengo la impresión de haberme pasado de la raya. Lo siento, ya me conocen, soy una pésima autocrítica. Así que espero sus comentarios para que den el visto bueno o condenen estas reformas. No creo que haya mucho más que añadir sobre este capítulo, la verdad es que no es nada del otro mundo. Tengo ganas de ponerme con el siguiente, que es uno de mis favoritos, jujuju… Bueno, si han notado algo, un detalle que les haya llamado la atención, alguna duda o sugerencia, ya saben dónde encontrarme.

Para terminar, no puedo irme sin agradecerles semejante avalancha de r/r. ¡Son impresionantes, muchísimas gracias! (Dik se limpia un par de lagrimillas) Joer, en serio, llegar a los 51 r/r con sólo dos capítulos supera mis más locas expectativas, no los merezco, de verdad, son todos un encanto… Gracias de todo corazón a lokilla, Elsa y Vera, Naoko, nuriko88, Yoko, Alejandra Black Moon, luar (feliz cumpleee!), eyes cat, Joy Evans, Arabella Figg Black, Jackeline Black, Elanta, Larikah, Lady Angelina J (gracias por las críticas constructivas) Nabiky Potter 8, Monalex Potter, Lindalawen, Nathyta, Phoenix.G.Fawkes (bieeeen!! Volvieron los ítems!! xD) Aredhel E. Alcarin (tu r/r no me llegó entero, me quedé sin saber cuál era tu pregunta sobre HP6, mándame un mail a terra si quieres n.n) Ralkm y Tsubame-chan (tranquila, que tu r/r llegó a tiempo, juju) ¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS! Son ustedes los que me animan a seguir escribiendo, ya lo saben, y jamás podré agradecerles lo suficiente todo su ánimo.

Hablando de r/r, ya he estado ojeando algunos servidores donde poder poner mi blog, pero aún no he tenido mucho tiempo para explorarlos a fondo, y tampoco es que me aclare mucho de cómo narices se hace… Sí, lo sé, soy un auténtico pato en Internet, se me dan fatal estas cosas. Por suerte cuento con Lindalawen (saludos para ella) que se ha ofrecido a ayudarme en todo. Abrazos especiales para ti, amiga, pronto volveré a darte la lata, jejeje. Sé también que a algunas de ustedes les debo mail desde hace tiempo. Lo siento muchísimo, de verdad, el domingo dedicaré el día a contestar correos, si nada me lo impide n.n'

Y creo que ya es suficiente por hoy, que estas notas me van a quedar más largas que el cap en sí. El sábado por la mañana lo subiré, de momento, pasan de la 1 de la madrugada y yo me voy a acostar, que empiezo a ver turbio… Muchos besos y abrazos para todos, mis queridos lectores, cuídense mucho y nos vemos en dos semanas ;)

¡Carpe diem! n.n