N/A: Hola a todos n.n De nuevo llego tarde, perdónenme, pero he tenido unas semanas algo agitadas y, para variar, la corrección del cap se me ha echado encima. He tenido bastante problemas para corregir ciertas cosas de este capítulo, pero… todo eso en las notas finales, ya saben, no se las pierdan (propaganda, propagando xD)
Este cap, como prometí, está dedicado a Elanta, ya que es su favorito. Aunque no sé si seguirá siéndolo después de hoy, muajajaja xD En fin, ésta es la única forma que tengo de agradecer el gesto que ella tuvo conmigo hace meses: aquel mini-homenaje en uno de los caps de su fic "The Marauders", en memoria de mi recientemente borrado fic. Quizá parezca una chorrada, pero jamás se me olvidará ese detalle. Me emocionó de verdad. Así que desde aquí aprovecho para darte las gracias de todo corazón, amiga. Este cap va por ti, espero que lo disfrutes. ¡Y aprovecho para hacer propaganda! Queridos lectores, les recomiendo encarecidamente que se lean "Traidor", de Elanta, yo lo hice hace poco y me encantó. Es un one-shot, no les robará mucho tiempo. Y, por supuesto, si no conocen "The Day", ya deberían estar leyéndoselo también. Disfrutarán del talento de una gran autora n.n
Y ya les dejo con el cap, que es el doble de largo que el anterior, para compensar xD ¡Que lo disfruten!
ADVERTENCIA: esto es un AU ambientado en la época de los Merodeadores, Respuestas tiene ya casi cuatro años, empecé a escribirlo antes de la publicación de la Orden del Fénix y en su mayor parte está basado en los rumores que corrían en aquella época sobre el libro 5º. En consecuencia, pocas cosas te vas a encontrar aquí que tengan que ver con la línea argumental que ha seguido JK Rowling en los últimos dos libros. Ni Mundungus Fletcher ni Arabella Figg son como nos los ha pintado JK, y bueno… resumiendo, no te fíes, porque si eres nuevo en R no sabes con lo que te puedes encontrar, jeje… Recuerdo también el formato del fic: cada capítulo es la respuesta a una pregunta referente al pasado de los Potter, de ésas que circulaban por los foros cuando la OdF aún no había salido. No me importa que algunas de esas preguntas hayan sido ya contestadas, repito que esto es un AU, especial para quienes busquen alternativas. Y a los que ya me conocen, sólo decirles:
¡A leer!
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Aprovecho para recordar que, para este capítulo, y de ahora en adelante, tomé datos de uno de mis videojuegos favoritos, "Diablo II: Lord of Destruction", que mezclé con las múltiples teorías que tengo sobre el universo HP… Quiero aclarar que ninguna referencia a ese juego, ni todos los datos que tomé de las obras de Rowling, me pertenecen… Es por si alguien decide demandarme, que sepan que no tengo un céntimo, hago esto por puro entretenimiento…
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RESPUESTAS
4ª pregunta: ¿Cómo conoció el profesor Lupin a los boggarts?
"Miedos ocultos y la plaga de boggarts"
Pero, como bien explicó el profesor Lupin a ciertos tres chicos una fatídica noche de luna primaveral muchos años después, no fue hasta el segundo curso cuando James, Sirius y Peter descubrieron el secreto de Remus.
El primer año pasó tan rápido que apenas se dieron cuenta. Su fama creció como la espuma por todo el colegio y, cuando llegó la hora de volver a casa, los chicos comprobaron satisfechos que ya tenían un boceto del mapa del castillo. "Sólo queda completarlo con la información adicional", había dicho Sirius en su última noche en Hogwarts, riendo como un demente.
Y fue su empeño por completar ese mapa lo que precisamente les ganó la fama, a cada cual en su campo. Sirius pasó a ser denominado el "chico Boom", y no sólo porque un número alarmante de chicas empezaran a considerarlo un bombón, sino porque adquirió la manía de ir cargando con montones de bombas fétidas a todas partes, escondidas en los numerosos compartimentos secretos que él mismo se había cosido en la túnica y demás vestuario, hechizándolos para hacerlos ilimitados, y era capaz de montar un verdadero disturbio en el momento más inesperado. Desgraciadamente (al menos para Sirius) la profesora McGonagall decidió cortar de raíz el problema, y una mañana de primavera en que pilló a Black en pleno proceso de apestar el vestíbulo, aprovechó para llevar a cabo su venganza. Agarró al pobre muchacho, le obligó a voltear los bolsillos, a quitarse la capa y la túnica en medio de todo el mundo y a vaciar todos sus compartimentos de bombas, que fueron prudentemente confiscadas por la profesora. Aquello fue un espectáculo. McGonagall necesitó dos sacos para llevarse el material, mascullando algo que incluía las palabras "Flitwick", "se va a enterar", "cómo se le ocurre enseñarle ese encantamiento a los niños" y "esos bolsillos parecen agujeros negros". A Sirius le tocó volver semidesnudo, únicamente en pantalones, por todos los corredores hasta la Torre de Gryffindor, dónde consiguió un nuevo recambio de ropa… y de bombas fétidas.
Los demás fueron algo más discretos, sobre todo comparados con Sirius, al que consideraban un demente suicida en toda regla, pero causaban tantos estragos como el joven Black. James pareció afiliarse a la cocina tras aquella primera visita con la prima de su mejor amigo, y casi todas las noches, bajo la protección de su capa invisible, iba a dicho lugar para volver cargado con todo tipo de manjares. Se ganó a todos los elfos y se convirtió en el proveedor oficial de alimento en todas las fiestas clandestinas de Gryffindor. Una vez, nadie supo cómo lo hizo, planeó con los elfos domésticos una especie de broma para el día de los Inocentes. Aquella noche en la cena aparecieron sobre las cinco mesas montones de bandejas cubiertas que ocultaban su interior. Los estudiantes y profesores, confiados, levantaron las tapas y más de uno gritó al encontrar en las bandejas a los propios elfos domésticos, encogidos y aliñados con verduras, como si fuesen cochinillos asados. Para rematarlo, un enorme pastel que había aparecido frente al profesor Dumbledore estalló de repente, rociando a todos los profesores de nata, y de su interior surgieron un par de elfinas domésticas bailando can-can. El impacto de aquello fue tal (nadie sospechaba que los elfos serían capaces de algo semejante) que el trauma duró varias semanas y la gente se lo pensaba dos veces antes de tocar las bandejas de comida. Sin embargo, el profesor Dumbledore se rió tanto aquella noche que ni siquiera se molestó en buscar a los culpables de esa mini-rebelión.
Claro que a James tampoco podía durarle el chollo eternamente. Una noche se retrasó tanto en volver a la Torre de Gryffindor que sus amigos empezaron a temer que hubiese explotado por sobrealimentación. Se presentó en el dormitorio tres horas más tarde de lo normal, y como única explicación dijo que el profesor Dumbledore le había pillado cuando salía de la cocina y que ambos se habían quedado sentados en un rincón del Gran Comedor, comiendo pastelitos y charlando. No llegó a contarles qué había estado hablando con el director, pero todos notaron que desde aquel día miraba al anciano como si fuese un gran amigo de toda la vida, y no como la figura distante del profesor supremo de Hogwarts.
Nadie supo cómo conseguía Remus la información, pero la verdad es que fue él quién más colaboró en la elaboración del mapa. Desaparecía de improviso y volvía al par de horas con planos enteros e "información confidencial" sobre el castillo, la mayoría de los atajos los encontraron gracias a él y llegó a tener tan controlado a Apollyon Pringle que era capaz de adivinar su paradero según la hora. Mucho más tarde, cuando ya se acercaba final de curso, se enteraron de que Remus tenía una alianza secreta con su heroína, la profesora Crockford. Esa mujer tenía tal espíritu rebelde, que se había asociado con ellos en secreto y no hacía más que pasarles información a través de Lupin. Los chicos decidieron prepararle una sorpresa de despedida para agradecerle su ayuda, y el último día de clase llenaron los cajones de su escritorio con todo tipo de bichos asquerosos. Cuando la profesora se fue a sentar sobre su mesa, ésta explotó y todos los bichos salieron volando para formar en el aire la frase: "La queremos, profesora Crockford". Ella no pudo menos que contener las lágrimas de emoción mientras abrazaba a sus alumnos con cariño.
Podría decirse que fue Peter el que salió peor parado de todo esto. Le encargaban las misiones más arriesgadas y fue el que más castigos tuvo que cumplir de los cuatro. Una vez incluso llegó a retirarles la palabra por un par de días, argumentando que siempre le cargaban a él con todo lo que ellos no querían hacer (cosa que era cierta, por supuesto) Pero el enfado se le pasó cuando Sirius, James y Remus le organizaron una fiesta sorpresa en la habitación y lo condecoraron por todas las situaciones de peligro extremo que había tenido que afrontar. Eso enorgulleció a Pettigrew y a partir de entonces aceptó todas las misiones suicidas como si fuese una especie de héroe de guerra, sin quejarse lo más mínimo. Terminó tomándose tan en serio su papel, que, durante los últimos meses, desarrolló distintas mañas para aumentar su profesionalidad en el campo de la delincuencia: desplegó una impresionante red de contactos, se hizo amigo de todo el mundo, llegó a conocer la vida de medio castillo y se convirtió en un excelente espía y fuente de información que sirvió de mucha ayuda a la causa del grupo. Sus tres amigos alucinaron en colores al ver los frutos de su pequeña parodia de homenaje y se preguntaron hasta dónde sería capaz de llegar Peter si se le motivaba lo suficiente.
Sin embargo, la excusa de los castigos terminó por acabárseles. La profesora McGonagall se acostumbró tanto a sus trastadas, que ya las contemplaba impasible y ni siquiera se molestaba en quitarles puntos. Al parecer, les había cogido un cariño especial a James y a Sirius, ya que eran los mejores de la clase, y suprimió su repertorio de castigos hacia ellos, un auténtico milagro, viniendo de una mujer tan estricta. Esto dejó a Potter y a Black tan frustrados, que lanzaron cinco bombas fétidas en la conserjería cuando Pringle estaba dentro, y sonrieron satisfechos cuando el conserje los castigó para todo un mes.
Remus era el único al que apenas castigaban, solía decir a sus amigos que no pensaba caer tan bajo como para provocar un castigo a propósito. Y, a pesar de eso, sonreía con auténtica felicidad cuando lo pillaban en medio de algún plan diabólico para alterar la paz del colegio. En una ocasión se le cruzaron los cables y se lió a echar píldoras ácidas en el zumo de calabaza de todos los slytherins que encontraba a su paso. La combinación fue explosiva, y algunos, entre ellos Snape, salieron corriendo del Gran Comedor echando fuego por la boca, literalmente. En definitiva, Remus no solía portarse mal, pero cuando lo hacía, podía echarse a temblar el colegio entero. Además, con esa cara de ángel enfermo que solía poner, nadie sospechaba de él y casi siempre salía impune de sus diabluras. Sirius solía decir que Remus padecía de esquizofrenia y a veces necesitaba descargar adrenalina con algún plan maquiavélico.
Otro motivo por el que los chicos disfrutaban provocando castigos era la tremenda amistad que habían forjado con Hagrid, el guardabosques de Hogwarts. Como los castigaban con tanta frecuencia, terminaron agotando la imaginación de Pringle y, como el conserje ya no sabía qué hacer con ellos, los enviaba con Hagrid para que le ayudaran con sus tareas. Así, las tardes de suplicio pasaron a convertirse en divertidas tertulias con té y pasteles como piedras en la cabaña del guardabosques. La mayoría de las veces, los cuatro chicos se ponían de acuerdo para ser castigados a la vez y poder ir juntos a visitar a Hagrid. Y eso estuvo ocurriendo hasta que, varios meses después, descubrieron que podían ir a verlo sin necesidad de provocar castigo alguno.
La duda del siglo que asaltó a todos los profesores hacia mediados de curso fue por qué un grupo de chicos tan inteligentes (excepto Peter, que no era muy ducho en ninguna asignatura) podían ser capaces de montar tanto escándalo. Al final se impuso la teoría del profesor Fletcher: "Sólo alborotan porque quieren que se les castigue, deben considerarlo divertido". Cuando esa teoría fue comprobada y aceptada por el cuerpo de profesores en general, los castigos de los chicos se vieron notablemente reducidos a la mitad (psicología inversa, vaya) Ellos, frustrados, al comprobar que ya no los castigaban tanto como antes, decidieron centrarse algo más en los estudios y empezaron a dejar sus dotes de "merodeadores" para las salidas nocturnas bajo la capa de James.
Fue un curso muy productivo, interesante y divertido. No tenían mayores problemas, los estudios marchaban bastante bien e hicieron buena amistad con sus compañeros de Gryffindor y otras casas. Sin embargo, hubo un suceso que picó la curiosidad de James y Sirius para todo el año, algo que les preocupaba e intrigaba al mismo tiempo. No podían dejar de darse cuenta de que, una vez al mes, Remus desaparecía misteriosamente por la tarde y no volvía hasta el día siguiente, con el mismo aspecto que si una manada de hipogrifos salvajes le hubiese pasado por encima. Lupin les contó que su madre estaba gravemente enferma y que debía ir a verla todos los meses. Achacó su propio estado físico al hecho de que le entristecía demasiado ver a su pobre madre sumida en esa enfermedad crónica. Ninguno de los tres volvió a comentar nada al respecto, aunque tanto Potter como Black albergaban serias dudas con respecto a esa historia.
Tan extraña como las desapariciones de Remus empezó a ser la actitud de Sam Flathery. Ella era una de las chicas más inteligentes de la clase, amable y rodeada de un aura de tranquilidad que era capaz de calmar a cualquiera. Solía tener cierto aire de dulzura maternal y muchos envidiaban la paz de sus oscuros ojos verdes. Pero había en ella algo inquietante, una chispa extraña en lo más profundo de su mirada, como si ocultara algo. Muy pocos, y en muy raras ocasiones, la vieron enfadada, pero se producía un cambio tan radical en su carácter que casi le tenían miedo. Algunos comentaban que era esquizofrénica o que tenía doble personalidad, y, aunque la mayoría lo decía como una broma de mal gusto, otros tantos llegaron a creérselo.
Los chicos no dieron mayor importancia al comportamiento de su amiga, pero Lily no podía pasarlo por alto. Ellos no la veían cada noche, ocultándose tras las cortinas de su cama para realizar sus extraños rezos a escondidas de Iris O'Brian y Sarah Kennedy. Ellos no sabían lo de la amatista que siempre llevaba al cuello, ni lo de las otras gemas y amuletos raros que había colgado en el dosel de su cama, entre las cortinas, para que pasaran desapercibidos. Belle le había aconsejado a Lily que fuese discreta y no le hablara a nadie sobre todo aquello, y que tampoco le hiciera preguntas a Sam… Pero la mañana de Navidad, en la que sólo ellas tres quedaban en la habitación, cuando apareció un hermoso quetzal verde brillante por la ventana para traerle un regalo de su tío, Lily ya no pudo aguantarlo más y le exigió que, si de verdad la consideraba su amiga, le contara qué rayos estaba pasando de una maldita vez. La rubia suspiró resignada y, mientras Belle vigilaba que nadie las interrumpiera, le contó a Lily todo lo que ésta necesitaba saber.
A partir de entonces, ambas niñas se convirtieron en las guardianas de Sam, algo así como sus protectoras. Eran sus mejores amigas, iban las tres juntas a todas partes y ellas dos se encargaban de calmar a Flathery antes de que se enfadara con alguien, para que sus cambios repentinos no llamaran tanto la atención. Los chicos notaron la extraña actitud de sus amigas, pero no le dieron relevancia, ya que ellos estaban más preocupados por Remus y sus desapariciones mensuales.
A pesar de formar dos grupos compactos y bien diferenciados, estos siete chicos se hicieron grandes amigos. Belle y Sirius se pasaban el día peleándose en broma y metiéndose el uno con el otro, pero a la hora de la verdad se defendían mutuamente. James y Lily seguían con su tregua de mantener las distancias, dado que sus formas de ser y sus fuertes caracteres chocaban demasiado, pero a base del trato diario incluso llegaron a llevarse bien. Sam se la pasaba haciendo de profesora particular a Remus y Peter, sobre todo en Pociones, ya que ellos no tenían ni idea y ella era la mejor de la clase. Belle y James formaron dúo rápidamente, ya que tenían muchas cosas en común, aunque siguió siendo Lupin con el que más unida se mostraba la morena, casi en actitud fraternal, como si se conocieran de toda la vida, por más que Remus se empeñara en repetir una y mil veces ante las insistentes insinuaciones del moreno de ojos azules que se habían conocido en el Expreso de Hogwarts. Sirius y Lily también llegaron a un grado sospechoso de camaradería, el chico parecía tener el don de sacar a la luz la parte oscura y maquiavélica de Evans, y, a través de Black, la pelirroja llevó a cabo ciertas venganzas personales contra ciertos estudiantes…
Llegaron a formar un solo grupo de verdaderos amigos y, cuando ya estaban muy cerca las vacaciones de verano, a menudo se los veía a los siete juntos. Sin embargo, las chicas nunca aceptaron formar parte de su plan suicida de hacer que los profesores los castigaran a propósito, y el secreto de Sam no llegó nunca a los oídos de los chicos. La amistad que los unía provocó una emotiva despedida en la estación el último día y un fuerte intercambio de correo durante el verano, dejando agotada a la pobre Ween, la lechuza de Sirius, pues él era el único que tenía una.
Y las cosas no cambiaron en el segundo curso.
De vuelta en Hogwarts, fue como si los meses de vacaciones no hubiesen existido. Muchos saludaron al cuarteto de delincuentes juveniles alegremente, comentando que habían echado de menos sus locuras. Y, por eso mismo, los chicos se apresuraron a continuar su rutina. Sirius volvió más diabólico y escalofriante que nunca, con algunos centímetros más y un creciente aire de casanova empedernido. James aterrizó en Hogwarts como caído de una nube, más distraído y soñador de lo habitual, con una actitud que rezumaba buen humor. Remus llegó mucho más feliz que el año anterior, deseando volver a verlos. Peter y Belle no cambiaron apenas durante el verano, y Lily estaba aliviada de poder quitarse a su estúpida hermana de la vista por otro curso.
La más cambiada quizá fue Sam. Los recibió en la estación de King's Cross con una radiante sonrisa y los abrazó a todos como si hiciese siglos que no se veían. También había crecido un poco y su piel había adquirido un tono tostado que resaltaba aún más las numerosas pecas que cubrían su alegre rostro. Irradiaba confianza, sus ojos brillaban con una luz que ninguno de sus amigos había visto antes y, cuando las niñas le preguntaron en privado cuál era el motivo de su euforia, sólo contestó que, después de tantos años, les habían concedido otra oportunidad y su padre y ella habían podido pasar el verano con su familia. Esta respuesta dejó algo desconcertadas a Lily y a Belle, porque, después de todo, Sam no les había contado la historia completa de su familia, pero prefirieron no preguntar.
Habían pasado ya casi tres meses desde el principio del curso y las cosas marchaban con total normalidad… Aunque ninguno de ellos sospechaba que, en breve, los dos grandes secretos que se ocultaban en ese grupo iban a salir a la luz… Y sus consecuencias les cambiarían la vida a todos, de una manera u otra.
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-A ver, Remus… Concéntrate, ¿quieres?
-¡Ya lo estoy haciendo! Espera un momento, Lily, déjame pensar…
-¡Remus, por Dios, esto lo sabe todo el mundo! Incluso yo, que soy hija de muggles…
-¡Vale, no me atosigues! Ehhh… ¿cuál era la pregunta?
La pelirroja dejó caer su cabeza sobre la mesa de la sala común de Gryffindor que estaban ocupando, con un claro aire de desesperación. Su espesa mata de cabello color fuego se desparramó por todas partes, como si fuese la sangre que escapaba de su cabeza después de pegarse un tiro.
-Por favor… ¡Ayúdame, Dios mío! –clamó, levantando las manos al cielo. Miró a Remus con cara de asesina y dejó caer los brazos, que provocaron un ruido sordo al chocar contra la mesa-. ¿Para qué sirve la sangre de unicornio, Remus Lupin?
-¡Lo sé, lo sé! De verdad que lo sé, Lily, por favor, dame una oportunidad… -lloriqueó Remus, fingiendo una súplica exagerada.
-¡Se acabó! Llevas así media hora, estoy harta, ¡renuncio! –exclamó Lily, enfadada-. Remus, yo no tengo paciencia para esto, además, ¡ni siquiera soy buena en Pociones! No puedo ayudarte a estudiar…
-¡Pero eres la única disponible, Lily! –suplicó él, angustiado-. Al menos hasta que vuelvan los demás…
Ambos se miraron enarcando las cejas.
-Descansemos –suspiraron a la vez.
Lily cruzó los brazos sobre la mesa y recostó la cabeza en ellos, fijando sus brillantes ojos verdes en los terrenos de Hogwarts, que se veían a través de una de las ventanas de la sala común. Era un frío día de principios de diciembre, el viento chocaba contra los cristales y oscuras nubes grises se agrupaban en el cielo de invierno. Era sábado, apenas pasarían de las 12 del mediodía y tanto Lily como Remus estaban hasta las narices de estudiar su próximo examen de Pociones. El profesor Fletcher no solía mandarles tarea, pero hacía un difícil examen por trimestre y los organizaba en grupos de seis por orden de lista para hacer un trabajo de investigación que les apoyara en la nota final. Llevaban ya casi una semana estudiando a cada rato libre y ese día la clase en pleno se había puesto de acuerdo para empezar, y acabar, a ser posible, el trabajo. El problema era que todos se habían esfumado por distintas razones, y la pareja sola no tenía suficiente fuerza de voluntad para ponerse a estudiar.
-Están tardando mucho… -resopló Remus, mirando su reloj.
-Ya oíste a Sam, dijo que tenía localizados los libros que quería sacar, pero que eran bastantes, les llevará tiempo –contestó Lily con aire aburrido, sin moverse. De repente dejó escapar una risita-. Y ya conoces a Peter. Seguro que les ocurrió alguna desgracia por el camino y ahora Sam estará gritándole por haber dejado caer los libros o algo así…
Remus también rió.
-No me extrañaría nada… Te apuesto lo que quieras a que Sam llega enfadada por culpa de Peter. Yo podría haberla acompañado…
-Tú debías quedarte aquí a estudiar –le corrigió Lily con tono severo-. Cuando llegue y vea que no hemos avanzado nada se enfadará aún más…
-Ya la sobornaremos con algo… -murmuró Remus, pensativo-. Por cierto, ¿sabes dónde se ha metido Sirius?
De repente, la chica soltó una sonora carcajada y empezó a golpear levemente la mesa con un puño. Parecía estar ebria. Remus se la quedó mirando con una ceja enarcada, hasta que el súbito ataque de risa remitió, un par de minutos después.
-Ay… En fin… -suspiró Lily, secándose los ojos-. ¿No te has enterado? Ha ido a por Nora Norris.
-¿A por Nora? –repitió Lupin, extrañado-. ¿Por qué?
-Remus, definitivamente, vives en la luna –sonrió la chica, y él se encogió instintivamente ante el comentario-. Sirius descubrió que fue Nora quien le chivó a McGonagall lo del… incidente del baño de las chicas. La verdad, aquello fue mala suerte. El plan era que Sirius llenara un inodoro con bengalas de doctor Filibuster (esas que prenden con la humedad) y que yo fuera a tirar de la cadena a la hora del almuerzo como quien no quiere la cosa, ya sabes, para alegrar la mañana… Pero Nora se me adelantó, y qué mala suerte que entró justo donde Sirius había puesto las bengalas. Bueno, supongo que debieron estallarle todas en el trasero…
Y, sin poder contenerse, rompió de nuevo en carcajadas, mientras Remus trataba de imaginarse la patética escena. Nora Norris era una chica de Hufflepuff que estaba en el mismo curso que ellos. Era la típica metomentodo insufrible, una versión más joven de Bertha Jorkins, la cotilla más cotilla de todo Hogwarts. Siempre andaba husmeando en todo y había sido la culpable de gran parte de los castigos "no planeados" que se llevaron el año anterior. Era una chica raquítica, de estatura media y sin la menor gracia en el cuerpo. Su afilado rostro estaba enmarcado por una maraña de pelos tiesos color canela y tenía los ojos medio amarillentos y saltones, de aspecto felino. Todos creían que tenía una alianza secreta con el conserje para conseguirle nuevas víctimas, y se paseaba por el colegio como si fuese una prolongación del propio Pringle, sin perderse detalle. Nadie la soportaba y el deseo secreto de muchos era agarrarla en un descuido y vengarse de ella con alguna maldición.
-Se lo merece –sentenció Remus, conteniendo la risa-. Ya me la imagino echando fuegos artificiales por el… ejem, ya me entiendes…
-Sí, sí, te entiendo –rió Lily de forma exagerada. Los pocos que había en la sala común empezaban a volverse para mirarlos-. ¡Esa estúpida! No veas lo que me alegré cuando Sirius me lo dijo, por culpa de esa idiota nos quitaron cuarenta puntos a James y a mí en clase de Herbología con lo de los bubotubérculos, ¡y fue sin querer!
-Sí, ya sé que os guardasteis un poco de pus de bubotubérculo sin diluir en una botella para echárselo a Snape en la cara sin querer, Lily –sonrió Remus maliciosamente.
-La profesora Sprout se puso hecha un basilisco, un poco más y nos come… Lo de las bengalas ha sido poco para lo que se merece esa tipa –pero entonces, su rostro se ensombreció-. Lo malo es que fue directa a la profesora McGonagall, no sé cómo se enteró de que fue Sirius quién puso las bengalas, pero el caso es que se chivó y la jefa por poco explota también –en Gryffindor habían adquirido la costumbre de llamar a McGonagall la jefa, moda que implantó Black el año anterior-. Creo que, más que lo de las bengalas en sí, le molestó que Sirius entrara al baño de las chicas, ya sabes cómo es esa mujer…
-Sí, comprendo… Y ahora Sirius ha ido a por Nora para vengarse, ¿no?
-Exacto –Lily volvió a sonreír-. Y espero que se vengue de ella en condiciones, por nosotros y por toda la gente que la detesta a más no poder.
-Te refieres a todo el colegio, entonces, ¿no? –añadió Remus, estirándose perezosamente-. Te doy la razón, Lily, esa chica puede llegar a ser tan insoportable como el mismísimo Snape…
Se interrumpió al oír voces al otro lado del retrato de la Señora Gorda. Ambos se incorporaron rápidamente, mirando hacia allí.
-Ya vienen… -murmuró Remus, apremiante-. ¿Aceptas la apuesta, Evans?
La miró con cara de pillo, más típica de Sirius que de él. Lily le devolvió la sonrisa y le estrechó la mano.
-Por supuesto, Lupin.
Un par de segundos más tarde, se abrió la entrada a la sala común y apareció una chica de piel tostada, con la cara llena de pecas y una larga mata de pelo color trigo suelto hasta la cintura, sólo sujeto con un pasador en la nuca. Delgada y de estatura media, cargaba con una montaña de libros bastante gruesos sin aparente dificultad. Entró a la sala común con paso rápido y se volvió hacia el hueco de entrada con impaciencia, dando golpecitos en el suelo con el pie en gesto apremiante.
-¡Vamos, Peter, vamos! –exclamó, la molestia patente en su voz-. ¡Es la última vez que te pido que me ayudes! No me vuelves a hacer esto, ¿me oyes? ¡Eres un desastre! Llevo el doble de libros que tú y no me he quejado ni una sola vez, ¡y para colmo los tiras por las escaleras! Un poco más y escalabras a McGonagall, ¡se creyó que lo hicimos a propósito!
Remus y Lily se miraron y tuvieron que hacer esfuerzos sobrehumanos para no reírse. Sam siempre estaba regañando al castaño, pero todos sabían que en el fondo le tenía cariño.
Por fin, y oculto tras otra pila de libros, apareció Peter Pettigrew en la sala común. Era casi media cabeza más bajo que Sam, rellenito y con el eterno corte a tazón de su pelo color tierra. Ambos se reunieron con Lily y Remus, descargando la mercancía, Sam depositando los libros con sumo cuidado y Peter desparramándolos por toda la mesa violentamente. La rubia resopló y puso los ojos en blanco, sentándose junto a Lily.
-La próxima vez, la acompañas tú –le gruñó Peter a Remus, desplomándose en una silla junto a él.
Lupin rió disimuladamente mientras Pettigrew se apartaba el pelo de sus pequeños ojos oscuros y se frotaba la puntiaguda nariz. Sam le devolvió el gruñido.
-Remus, espero que hayas avanzado algo con la teoría, porque, como no hayáis adelantado nada, después de haberme llevado a este zoquete para que estudiarais…
A Lily y a Remus les asaltó un repentino ataque de tos.
-Ehhh… ¿No habéis visto a Sirius? –desvió Lily.
-No –contestó Peter, rascándose la cabeza-. ¿No estaba detrás de Norris para vengarse de ella?
-Sí, pero no ha vuelto aún…
-¿Tampoco han vuelto James y Belle? –inquirió Sam, mirando alrededor.
-Ellos dijeron que seguramente no volverían hasta la hora de comer, no sabían cuánto iban a tardar –explicó Remus.
-Oh, ya veo… Bueno, entonces vamos a ver cuánto has aprendido en esta bonita hora de estudio que habéis tenido, ¿te parece, Remus?
Sam cogió el libro de Pociones, pero Lupin se lo quitó de las manos rápidamente.
-Ehhh… jejeje, ¿por qué no empezamos ya a ojear los libros para el trabajo?
La rubia lo miró enarcando una ceja. Las distintas expresiones que se sucedieron en ella a continuación les llenaron de remordimientos. Primero puso cara de no entender, luego los miró profundamente dolida y, por último, se llevó las manos a la cara y empezó a gimotear, como cuando llevas horas intentando que algo te salga bien y se te estropea en el último momento.
-Lo sabía, lo sabía… ¿Pero qué tenéis en la cabeza? –les regañó frustrada-. El examen de Pociones es dentro de nada, ¡tenemos que aprovechar hasta el último minuto para estudiar! Mejor dicho, vosotros tenéis que aprovechar el tiempo, porque yo ya me lo sé…
-Vamos, Sam, no te enfades –sonrió Lily, pasándole un brazo por los hombros-. Es que es sábado y estamos cansados…
-Esto me pasa por hacer de profesora particular y no cobrar salario –farfullaba Flathery, negando con la cabeza, mientras reagrupaba los libros que Peter había tirado por toda la mesa-. Si os cobrara diez galeones la hora, veremos si estudiabais o no…
Pero se interrumpió al ver que aparecía una cosa alargada ante sus ojos. Levantó la vista y se encontró con la sonrisa de Remus, que le ofrecía una barrita de chocolate (por supuesto, Lupin aún conservaba aquella manía) Ella vaciló un momento, pero la terminó aceptando con una media sonrisa y su enfado disminuyó notablemente.
-Un día se te acabará la suerte, Remus Lupin –murmuró-. Cuando yo ya no esté para explicarte Pociones…
-Pues ese día me echaré una maldición a mí mismo y ya está –repuso él, encogiéndose de hombros despreocupadamente, sin dejar de sonreír. Miró a Lily y le guiñó un ojo, como diciendo: "Ya te dije que conseguiríamos sobornarla".
El retrato volvió a abrirse y apareció Sirius Black, con una radiante y diabólica sonrisa de oreja a oreja. Venía sacudiéndose las manos alegremente, caminando a grandes zancadas. Se apresuró a acercarse a ellos y, al llegar, levantó los brazos con orgullo, como si recibiera los vítores de una multitud invisible.
-Gracias, querido público, gracias –exclamó pomposamente, lanzando besos al aire.
Sus amigos rieron.
-¿Es que siempre tienes que montar el numerito cuando llegas, Sirius? –bromeó Sam, desenvolviendo la barrita de chocolate-. ¡Ah, por cierto! Qué bien que por fin apareces, llegas justo a tiempo para empezar el trabajo de Pociones. Me acabo de encontrar con Bishop y Goodwin en la biblioteca y me han dicho que ya se venían a la sala común, así que, como ya estás aquí, no vamos a esperar más a Belle…
Sirius dejó de sonreír y retrocedió con una mueca, como si Sam lo hubiera amenazado con algo horrible.
-¡Arrgg! ¡Por los calzones de Salazar Slytherin, Samantha, vade retro! No me amargues esta espléndida mañana, ¿por qué no lo dejamos para la semana que viene?
Ella le dirigió una mirada de reproche, masticando un buen mordisco de la barrita.
-Bueno, Sirius, ¿qué le hiciste a Norris? –preguntó Peter, entusiasmado.
El rostro de Black volvió a iluminarse con ese brillo psicópata que lo caracterizaba. Cogió una silla y se sentó a horcajadas en ella, mientras todos se hacían una piña para escuchar el relato.
-Amigos –empezó Sirius con tono solemne-, ¡me he superado a mí mismo!
-Me dejas estupefacto… -entonó Remus en broma, riendo.
Sirius le dio un codazo antes de continuar.
-En fin… Encontré a la tipa, ¿no? Y además iba sola por un corredor tenebroso, wuajajaja…
-No te emociones y ve al grano…
-¡Qué temeraria! –exclamó Sam, horrorizada, con exagerada dramatización.
-¡Qué inconsciente! –exclamó también Lily, con el mismo tono.
Ambas se miraron y empezaron a reír con aire diabólico.
-Bueno, ¿me vais a dejar hablar o qué? –se hizo el silencio-. Muy bien, gracias… El caso es que la encontré enseguida, y como iba sola, no tuve problemas para atraparla…
-Sirius, no le habrás hecho algo indecente, ¿verdad? –preguntó Sam con seriedad.
Él la miró enarcando una ceja.
-Mira, querida, si quisiera hacerle algo indecente a alguien, buscaría a una que valiese la pena, y no a un estropajo con patas –Lily carraspeó con fuerza, recordando que aquel comentario le resultaba demasiado familiar-. Bien, ¿puedo seguir? Entonces…
-¡Venga, Sirius, no preguntes si puedes seguir y sigue! –exclamó de repente Peter con voz apremiante, sobresaltando a Black-. ¡Nos van a dar las uvas, arranca!
Todos menos Sirius, que los miró molesto, se empezaron a desternillar de risa ante sus narices.
-Pero bueno, ¿qué os pasa? –renegó-. ¿Estáis en plan graciosillo hoy o qué?
-Es que nos alteras las hormonas, Sirius –contestó Lily con picardía, guiñándole un ojo.
-Dilo por ti, Evans, porque te aseguro que a mí este tipo no me altera nada –repuso Remus, antes de seguir riendo.
Una nueva oleada de carcajadas sacudió a los cuatro amigos, mientras Black los miraba como si se hubiesen vuelto completamente locos.
-Está bien, me largo, ya me estáis asustando, ¿qué rayos habéis desayunado? Aquí os quedáis haciendo de incoherentes…
Hizo ademán de levantarse, pero Remus y Peter lo sujetaron.
-No, Sirius, venga, ya en serio, quédate –dijo Pettigrew.
-Ejem… ehhh, sí, perdona, fue un lapsus –tosió Sam.
-Ya sabes que todo este asunto de Nora nos tiene… conmocionados –sonrió Lupin, y tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar la estúpida risa floja que le había acogido.
-Está bien… -accedió el moreno, sentándose de nuevo-. Pero comportaos, ¿de acuerdo? –cuando sus amigos asintieron, él volvió a sonreír maliciosamente-. Bueno… Como iba diciendo, no me dio problemas. Tuve que desmayarla y me tocó ir cargando con ella a cuestas, menos mal que pesa poco, la condenada. La llevé hasta la sala de los trofeos, y entonces la petrifiqué y la dejé colgando de la lámpara con una cuerda… ¡Ah!, y le modifiqué la memoria para que creyese que había sido Snape el autor de todo esto. Para cuando la encuentren… jeje, el pobre Severito estará en serios problemas –y empezó a reírse él mismo, frotándose las manos con aire sádico.
Sus amigos lo miraron incrédulos. Sam tenía la boca tan abierta que casi se le cayó el trozo de barrita que estaba masticando. Se fueron apartando lentamente de él, con extrañas expresiones de horror.
-Por Merlín, Sirius… –susurró Remus-. Nunca pensé que tu retorcida mente pudiese retorcerse aún más…
-¿No te parece un poco exagerado? –intervino Lily, completamente seria y algo preocupada.
-¡Por supuesto que no! –replicó Black, ofendido-. Ése es el castigo para los que hacen quedar a Sirius Black como un pervertido.
Se produjo un denso silencio, en el que todos dirigieron significativas miradas al moreno de ojos azules.
-Sirius… -empezó Pettigrew, con aparente delicadeza-, eres un pervertido.
-Nadie ha preguntado tu opinión, Peter…
-Y… ¿te has dado cuenta de que has utilizado hechizos que no debería conocer un alumno de segundo, y que, como se descubra el pastel, te la vas a cargar? –expuso el casi rubio, entre divertido y preocupado.
-No me fastidies, Remus, de verdad…
-De poco sirve que le hayas modificado la memoria –añadió Sam-. Van a sospechar de ti igualmente.
Pero Sirius negó con la cabeza, sonriendo como si conociera un secreto que los demás ignoraban.
-Ahí te equivocas, querida, no tienen por qué sospechar de mí… -bajó un poco más el tono de voz, inclinándose sobre la mesa-. Según parece, a Snape le cayó un buen castigo también hace poco por culpa de Norris. Ambos tenemos las mismas probabilidades, y si Nora recuerda, o cree recordar, que fue Snape…
Sonrió abiertamente, triunfante y con aire de superioridad.
-Brillante –felicitó Remus, dándole una palmada en el hombro-. Diabólico y brillante. Estoy orgulloso de ti, Sirius.
-A James se le saltarán las lágrimas de emoción cuando se entere –añadió Peter, con un fingido lloriqueo.
-Bah… Cada vez estáis más locos –bufó Sam, echándose hacia atrás en su silla.
-Pues no era precisamente yo quien se estaba riendo hace un minuto en plan demente –replicó Sirius, molesto.
-Black, tú siempre te ríes como un demente, no entiendes la psicología femenina.
-…
-¿Y no le sacaste una foto, Sirius? –preguntó Lily, anhelante. Habría donado su preciosa cabellera roja con tal de ver semejante espectáculo.
-Pues no –sus amigos empezaron a renegar-. Quería haberle pedido su cámara a Belle, pero se fue antes de que me diera tiempo… Por cierto –miró alrededor-, ¿aún no han vuelto?
-No, pero ya no creo que les quede mucho –contestó Remus, mirando su reloj de nuevo.
Y, como si los hubiesen invocado, el retrato se abrió por tercera vez para dejar entrar a James Potter y Arabella Figg. Ambos lucían exhaustos, con las túnicas y capas algo sucias y las narices rojas a causa del frío. James tenía el pelo aún más revuelto de lo habitual y un leve arañazo en la mejilla. Belle había intentado sujetarse el pelo en su acostumbrado moño, pero algunos mechones escapaban rebeldes en todas direcciones. Cada uno cargaba con una escoba al hombro y caminaban arrastrando los pies. Sirius se levantó de un salto y silbó para llamar su atención.
-¡Eh, James! ¡Belly! ¡Aquí!
Los recién llegados se unieron a sus amigos.
-¿Belly? –gruñó la morena al llegar junto a Black-. ¿De dónde sacaste eso, Sirius?
-Y yo qué sé, inspiración espontánea, supongo –contestó él, ofreciéndole su silla para que se sentara.
Belle sonrió agradecida y se dejó caer en la silla de Sirius, mientras Remus le ofrecía la suya a un desinflado James.
-¿Cómo os ha ido? –preguntó Peter, mientras Black le daba un masaje en los hombros a la morena, que empezó a dormirse.
-Muy bien –sonrió James, aunque se veía claramente que estaba agotado-. Conseguí el puesto. Al parecer, tanto la señora Hooch como McGonagall me tenían fichado para buscador desde que me vieron en las clases de vuelo el año pasado. La jefa por poco me besa hoy en los entrenamientos, dijo que esperaba mucho de mí y que ni se me ocurriera defraudarla.
-No la defraudarás –resopló Sirius-. Eras el mejor en clase de vuelo, me acuerdo de la cara de la señora Hooch, por poco se le cayó el silbato de la boca, y junto a él la mandíbula… Serás el mejor buscador que ha tenido Gryffindor en años, seguro que hasta la misma McGonagall lo dice.
-¿Pero por qué os han llamado para las pruebas ahora? –inquirió Lily, extrañada-. El primer partido de la temporada ya pasó, y nosotros…
-Perdimos –terminaron todos a coro.
-Por eso mismo, Lily –explicó James-. McGonagall aprovechó que el primer partido lo jugábamos contra Ravenclaw para probar en qué condiciones estaba el equipo. Perdimos estrepitosamente, nuestro buscador, Attwood, ha perdido facultades, y encima uno de los golpeadores terminó en el hospital. El próximo partido será contra Slytherin y ella quiere mejorar el equipo. Por eso está renovando la plantilla –sonrió divertido-. Me dijo que, siempre que gana Slytherin, el profesor Fletcher se vuelve insoportable y está harta de sus ironías. Este año piensa apostar con él y le va a restregar por la cara que nuestro equipo es mejor. Desde luego, ella da por supuesto que vamos a ganar…
-Bueno, ¿y qué tal tú, Belle? –inquirió Sam, volviéndose hacia Figg.
Ella sonrió con picardía, levantó la escoba y la agitó en el aire, como si fuese un bate. Sirius tuvo que agacharse para evitar que su compañera le rompiera la cabeza.
-Damas y caballeros –empezó con tono solemne, levantándose y llevándose una mano al corazón-, estáis hablando con la nueva golpeadora de Gryffindor.
Sam y Lily saltaron de sus asientos y empezaron a gritar y a silbar, chocando las manos con Belle y realizando una especie de baile extraño que dejó a los chicos boquiabiertos.
-¡Lo sabía! –exclamó Evans, abrazando a su amiga-. Con Molly y Belle como golpeadoras, ¡no habrá quién se atreva a tosernos!
James carraspeó sonoramente.
-Gracias, ¿eh? Me encanta que valoréis mi participación en todo esto, de verdad, ¿lo sabíais?
-No les hagas caso –le murmuró Sirius, tapándose la boca disimuladamente con la mano-. Se ponen tan contentas porque ellas nunca han hecho algo que valga la pena…
De repente, Belle levantó la escoba con la intención de estrellársela a Sirius en la cabeza, y el chico tuvo que salir corriendo para esquivarla.
-¡No seas bocazas! –le gruñó, frunciendo el ceño-. Para tu información, la señora Hooch dijo que también a mí me tenían echado el ojo para el equipo desde el año pasado. Según ella, soy una de las pocas chicas de esta promoción que vuela tan bien como un chico, y dice que tengo la fuerza interior, los reflejos y la concentración precisas para ser una excelente golpeadora. ¿Sí o no, James? Tú la oíste.
-Es cierto –sonrió Potter con orgullo-. Lo dijo, y tiene razón. Belle juega genial.
-Claro, cualquiera la contradice –renegó Sirius, señalando a la chica como si fuese una psicópata asesina-. Como te descuides, te vuela la cabeza. ¡Fuerza interior! Fuerza bruta es lo que tiene, fuerza bruta y malas pulgas…
Belle hizo ademán de echar a correr tras él para aniquilarlo, pero Sirius se parapetó tras Sam y la morena estaba demasiado cansada como para andar persiguiéndolo.
-Sirius, yo que tú dejaba de meterme con Belle a partir de ahora –rió Remus-. Ya sabes, por eso de "gol-pe-a-do-ra".
-Estoy deseando contárselo a papá –comentó Figg ilusionada, mirando a Lupin con ojos brillantes-. Se va a llevar una buena sorpresa, seguro que se pasa todo el día cantando el himno de Gryffindor hasta que mamá se harte de él y lo eche al jardín, ¿no te parece?
Ambos niños se echaron a reír, como si ella acabase de contar un chiste que sólo ellos dos podían entender. Los demás los miraron con curiosidad.
-¿Y tu madre sería capaz de echarlo por eso? –inquirió Lily, divertida-. ¿No debería alegrarse ella también por ti?
-Sí, se alegrará, pero ella fue de Ravenclaw, no de Gryffindor como mi padre, y no lo aguanta cuando se pone en plan patriótico con su casa de Hogwarts, porque al parecer en aquella época hubo mucho pique entre esos dos equipos por la Copa de Quidditch. Normalmente él sólo lo hace por fastidiarla, pero otras veces le sale del alma. Le vuelve loco el quidditch, es un auténtico fanático.
-Pues qué suerte –dejó escapar Peter, resoplando-. A mi padre no le gusta el quidditch, en mi casa la forofa es mi madre, y no sabéis lo incómodo que es compartir esto con ella, es tan… raro.
-Bueno, creo que mi padre lo vive más de la cuenta porque trabaja para la Nimbus Racing Broom Company –explicó Belle, sonriendo con algo de timidez-. Y antes estuvo trabajando para la Cleansweep Broom Company. Él es inventor, ¿sabéis? Se dedica a hacer experimentos y a desarrollar los nuevos modelos de la compañía. Sabe un montón sobre escobas y desde que tengo memoria me escapaba a su taller para verle trabajar. Me ha enseñado todo lo que sé, por eso me gusta tanto el quidditch.
Los demás soltaron silbidos de admiración.
-Ya me gustaría que mi padre fuera así –comentó de nuevo Pettigrew-. Él sólo es un chiflado de las piedras…
-Las gemas y amuletos son mucho más importantes de lo que parece –reprendió Sam ante el comentario despectivo del castaño.
-Sí, no sé cómo…
-Si te molestaras en leer de vez en cuando algo más instructivo que El Mundo de la Escoba, quizá aprenderías algo de prove…
-¡Hey! Cambiando de tema –se apresuró a intervenir Lily, para cortar la incipiente discusión-. Chicos, ¿os habéis enterado de lo de Nora Norris?
Todos se callaron para centrar su atención en los recién llegados. James y Belle habían salido muy temprano y no sabían nada sobre las intenciones de Sirius. Sería una buena forma de probarlos.
-Sí –contestó Potter tranquilamente-. La encontramos nosotros.
-¿Qué? –chillaron los demás, mientras las nuevas adquisiciones del equipo de Gryffindor hacían grandes esfuerzos por contener la risa.
-Es que, como terminamos antes de tiempo, McGonagall nos llevó a ver la Copa de Quidditch a la sala de los trofeos –explicó Belle, sonriente-. Para motivarnos y todo eso…
-Casi se desmayó cuando entramos y vio a Norris colgando del techo, como un gato disecado –siguió James, con una carcajada-. Fue alucinante, salió corriendo para llamar a la señora Pomfrey y nos exigió que vigilásemos a Nora para que no le ocurriera nada…
-Debió ser entonces cuando nos cruzamos con ella –suspiró Peter-. Por eso estaba tan irritable…
-Cualquiera estaría irritable si le cayeran cinco libros tipo enciclopedia en la cabeza de improviso, ¿no crees? –comentó Sam, aún mordaz. Pettigrew se volvió para contestarla, pero Belle siguió hablando como si nada.
-Alice sugirió que jugásemos al tiro al blanco con Nora –rió, refiriéndose a la última componente femenina del equipo, una cazadora llamada Alice Greenwood-. La verdad es que era muy tentador tenerla allí colgada, jajaja…
-Lo de Alice estuvo genial, siempre le ha tenido mucha inquina a Nora, Molly tuvo que detenerla para que no empezara a lanzarle las placas de los premios por servicios especiales al colegio. Incluso Arthur disfrutó el momento y se le veía con ganas de tirarle algo, creo que ese chico tiene poco de prefecto… El caso es que, cuando bajaron a Nora y le quitaron el hechizo petrificador, se puso a chillar como una histérica que iba a matar a Severus Snape –James negó con la cabeza-. La verdad, no me esperaba de Snape un trabajo tan bueno, no es su estilo…
-James, fue Sirius quién lo hizo –corrigió Sam, señalando al susodicho, que había optado por sentarse a su lado, por si tenía que huir otra vez de Belle. El chico le dio un codazo a Flathery con aire molesto por desvelar su secreto profesional.
-¡Te lo dije! –exclamó de repente la morena, y le tendió una mano al buscador-. Vamos, págame.
James la miró, primero perplejo y después resignado, metió la mano en uno de los bolsillos de su túnica y le pasó un par de sickles a Belle, que sonrió con aire de triunfo.
-¿Apostaste en mi contra? –chillo Black, ofendido.
-Bueno… reconozco que al principio pensé que habías sido tú, pero no imaginé que se te hubiese ocurrido modificarle la memoria.
-Lo que hay que ver –renegó Sirius-. Mi mejor amigo apostando contra mí… Me has decepcionado, James.
-Venga, no te pongas así –sonrió éste-. Piensa en el lado positivo, ha sido un trabajo tan perfecto que hasta has conseguido engañarme a mí. Y ten por seguro que a Snape le va a caer una buena, McGonagall estaba hecha una furia…
-Sirius, antes dijiste que a Snape también lo castigaron hace poco por culpa de Norris –comentó Lily con aire serio-. ¿Qué pasó?
-Lo pillaron rondando por las mazmorras de noche –contestó él-. Lo que no me explico es cómo estaba Norris allí para verlo, una prueba más de que está aliada con Pringle… El caso es que, según ella, Snape estaba husmeando en el despacho del profesor Fletcher, pero no hay pruebas de eso, lo más seguro es que Nora lo alucinara. Sin embargo –bajó el tono de voz e hizo una seña a sus amigos para que se acercaran-, oí decir a la profesora Crockford que estaba segura de que alguien había estado hojeando uno de los libros de la mazmorra 6…
-¿La mazmorra 6 no es dónde el profesor Fletcher y la profesora Crockford hacen sus experimentos? –inquirió Belle, extrañada.
-Sí, y ahí guardan libros de todo tipo –explicó Sam-. Algunos incluso son de la sección prohibida de la biblioteca. El profesor Fletcher me dijo que los necesitan continuamente, porque algunos ingredientes tienen distintos efectos según las combinaciones, y estudian esos libros para comprobar las posibles reacciones.
-Pero, ¿para qué querría Snape un libro? –preguntó James, desconcertado-. Quiero decir, no es del tipo de personas que se cuelan en el laboratorio de su ídolo para arriesgarse a que lo pillen y llevarse un buen castigo, ¿no? Además, es uno de los favoritos de Fletcher, supongo que si le pidiese permiso para coger algún libro de la sección prohibida o de donde sea, él se lo permitiría, ¿no os parece?
-Ésa es la cuestión, Jamie Pots –continuó Sirius con tono lúgubre, como si estuviese contando una historia de terror-. El libro del que habló Crockford no debía ser de la sección prohibida, de hecho, creo que era uno suyo, ya sabéis, personal e intransferible. Estaba bastante nerviosa, y dijo que en ese libro había pociones relacionadas con las Artes Oscuras y con algunos aspectos de la magia arcana.
Sam dio tal brinco que asustó a sus amigos.
-¿La magia arcana? –exclamó con voz ahogada.
Todos la miraron asombrados. Era como si acabasen de darle la peor noticia de su vida, estaba pálida y con expresión de horror. Lily y Belle empezaron a ponerse nerviosas. La pelirroja, sentada junto a Sam, le dio un leve codazo disimuladamente. Ésta pareció reaccionar y, dándose cuenta de que los chicos la miraban con ojos inquisidores, apartó la vista rápidamente.
-¿Y para qué iba a querer Snape el libro? –se apresuró a preguntar Belle, para distraer la atención sobre Sam-. Ni siquiera se lo llevó…
-Eso ya no lo sé –contestó Sirius, mirando de reojo a la rubia-. A saber qué tendrá en la cabeza ese maniaco…
-Bueno, será mejor que nos dejemos de cháchara y empecemos con el trabajo de una vez –atajó Lily con voz firme. Y no pudo evitar dar gracias en silencio, porque en ese instante llegaron a la sala común David Bishop y Mike Goodwin, los dos que formaban grupo con ella, sus dos amigas y Sirius Black-. ¡Eh, ya están aquí los demás! Perfecto.
Evans alzó una mano y les hizo señas para que se acercaran.
-¿Habéis visto a la jefa? –silbó Michael al llegar junto a sus compañeros de clase, dejando los libros que traía sobre la mesa con cara impresionada-. Está que trina intentando localizar a Snape por todo el castillo. Sólo le falta empezar a colocar carteles de "Se busca".
Sirius rió con ganas.
-Sí, es que al parecer… -pero se calló abruptamente al ver la cara fulminante de Lily, que no tenía ganas de oír la historia por tercera vez-. Ejem, luego os lo cuento, que estas amargadas se quieren poner a trabajar ya…
-¿Qué tal las pruebas, James? –David colocó una mano sobre el hombro de Potter, que seguía hundido en su silla-. ¿Estás en el equipo?
-¡Sí! –exclamó éste, entusiasmado-. De buscador. Y Belle ha terminado de golpeadora.
-¡Genial! Felicidades, Figg.
-Gracias, Bishop –sonrió la morena.
-En realidad estuvo bastante interesante, porque había un tipo que… -James también se interrumpió ante el fuerte carraspeo de Lily, que lo miraba elocuentemente a los ojos-. Arrgg, vale, vale, pesada, ya nos vamos, qué cansina te pones a veces… Luego hablamos, Dave –añadió con resignación, mientras la niña le sacaba la lengua.
-Remus, Iris y Hannah te estaban buscando, han dicho que te bajes a la biblioteca, que ya estaban todos los demás allí –informó Goodwin, tomando asiento.
-Pues andando –suspiró Lupin, y se levantó, no sin antes echar una última y discreta mirada a la cabizbaja y meditabunda Sam.
-Y a vosotros también os estaban esperando abajo George y Roger con Irene Thornton, porque creo que Randall todavía no se ha dignado a aparecer –añadió Bishop, sonriendo a James y a Peter.
Pettigrew gimió y Potter se derrumbó sobre la mesa, sin mucho ánimo de moverse.
-Vamos, no seáis renegones, hay que trabajar. ¡Andando! –exclamó Evans.
Y, como nadie se atrevía a contradecir a Lily cuando se ponía tan firme, el grupo se disgregó y cada cual se fue en busca de sus compañeros de proyecto. Pasaron el resto de la mañana y toda la tarde enfrascados en su trabajo, dejándose los sesos en el intento… y olvidando por completo la extraña reacción de Sam.
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Sin embargo, desde aquella mañana, la actitud de la rubia no volvió a la normalidad. Estaba como en otro mundo, iba a todas partes con cara de preocupación y no prestaba atención a nada de lo que le decían. Mientras hacían el trabajo de Pociones, se equivocó varias veces en cosas elementales, algo que alarmó a sus compañeros, porque, hasta sonámbula, Sam siempre había sido la mejor en esa asignatura.
A pesar de todo, sólo les llevó un día de arduo esfuerzo terminar el trabajo. Los primeros en hacerlo fueron los del grupo de Sirius, por contar con la inteligencia de éste y los conocimientos de Flathery. Siguió el grupo de James, que no pararon hasta última hora de la tarde. Y, al final, el grupo al que pertenecía Remus, que se quedó hasta bien entrada la noche en la sala común para concluirlo. Iris se pasó todo el día siguiente riendo en voz baja, comentando que el profesor Fletcher tacharía su trabajo de aberración y herejía, porque ninguno de los componentes del grupo tenía ni idea de Pociones y les había quedado bastante pésimo. Sin embargo, a Lupin aquello no parecía hacerle tanta gracia y empezaba a plantearse muy en serio el utilizar algún método ilegal para lograr aprobar la asignatura.
El domingo por la tarde, el grupo al completo decidió reunirse para llevar algunos de los libros que habían estado utilizando de vuelta a la biblioteca. Sam se veía algo mejor que el día anterior, aunque no estaba tan animada como de costumbre. Los chicos se morían de ganas por saber qué le ocurría, pero, cada vez que abrían la boca para preguntar algo, o Lily o Belle les fulminaban con la mirada y no se atrevían a tocar el tema.
Para rematar el asunto, esa misma tarde, de camino a la biblioteca, fueron a toparse con las últimas personas que cualquiera de ellos hubiese deseado ver…
-Oh, oh –murmuró Remus-. Lo que faltaba…
De la biblioteca salían en ese momento Severus Snape, Rodulphus Lestrange, Evan Rosier y Jerome Wilkes, hablando entre ellos con aire distraído, seguramente sobre el trabajo de Fletcher. Los gryffindors aminoraron la marcha, pero no había forma de evitarlos, y los otros cuatro los vieron enseguida.
-Vaya, vaya, vaya… -entonó Lestrange con el tono susurrante y relamido que lo caracterizaba, similar al siseo de una serpiente, mientras sus ojos oscuros se entornaban por la sonrisa-. Pero si son los reyes de Gryffindor y sus tres súbditas… Los que siempre van juntos a todas partes, no sea que se pierdan.
-Tiene gracia que seas tú quién lo diga –masculló Sirius, frunciendo el ceño con dureza-. ¿Dónde te has dejado hoy a Connor, Lestrange? Pensé que se había transformado en tu sombra…
-Liverlie puede ir y venir a dónde le dé la realísima gana, Black, es bastante autónoma –el slytherin parecía divertido-. A mí, a diferencia de otros, no me une ningún tipo de vínculo a ella…
-No tenemos tiempo para charlar –soltó bruscamente James, al ver que Sirius agrandaba los ojos y palidecía. El muchacho no le había contado a ninguno de sus compañeros los lazos de sangre que le unían a la joven Connor, pero estaba claro que la susodicha sí-. Que paséis buen día, inútiles.
Hizo amago de esquivarlos y pasar de largo, pero Snape se movió, cerrándole el paso.
-He oído que eres el nuevo buscador de Gryffindor, Potter –comentó con su típica sonrisa torcida-. Es evidente que vuestra casa va en decadencia, si es que no han podido encontrar a nadie mejor…
-Lo mismo digo, teniendo en cuenta quién es vuestro nuevo buscador –repuso James, sus ojos dirigiendo una gélida mirada al risueño Lestrange.
-Bueno, pero a él no le ha precedido su nombre a la hora de la selección –dejó escapar Rosier, cruzándose de brazos, mientras Wilkes se colocaba junto a él, riendo quedamente.
James miró a los dos tipos, su ceño haciéndose aún más profundo. Snape también echó un vistazo a sus compañeros de casa y su sonrisa se amplió, retomando el hilo de conversación de Rosier.
-Sí, qué caso tan típico –siseó, volviéndose de nuevo hacia Potter y estrechando la mirada-. Niño rico con padre influyente que, casualmente, es taaan bueno que desbanca al antiguo buscador para quedarse con el puesto. Qué suerte tener un apellido como el tuyo, ¿eh? Es como una llave maestra.
James apretó los dientes y cerró los puños con rabia, pero Sirius, ya recuperado de su anterior planchazo, se apresuró a intervenir.
-¿Qué pasa, Snivelly? –se burló-. ¿Acaso tienes envidia porque el año pasado tú ni siquiera fuiste capaz de subirte a la escoba correctamente? Nosotros no tenemos la culpa de que seas tan inepto que no sepas ni volar.
La expresión de Snape cambió radicalmente, pero más por el insulto en sí que por el humillante comentario. Desde mediados del año pasado, Sirius había puesto de moda aquel término para referirse a él, aludiendo a la manía del pelo grasiento de andar siempre chivándose a los profesores de cualquier trastada de los gryffindors, por ridícula que fuese. Ante los maestros, el slytherin adquiría una actitud tan asquerosamente complaciente y formal, tan opuesta a la retorcida cara que mostraba con ellos, que Black solía decir que le ponía enfermo, y empezó a llamarlo "Snivellus" para fastidiarlo, sin sospechar lo hondo que aquella palabra había calado en su archienemigo. Pronunciarla era como lanzar una bengala del doctor Filibuster al agua. Y a Sirius le encantaban los retos. Snape se volvió hacia él y le dirigió una mirada de intenso odio con sus pétreos ojos negros.
-¿No serás tú el que tiene envidia, Black? –replicó, bajando la voz hasta un susurro glacial-. Seguro que ganas de fardar en el equipo no te faltaban, es una lástima que el puesto te lo quitara Figg. Aunque, en realidad, no sé de qué pretendías jugar tú. Quizá tu cerebro podría hacer de snitch… no, ni siquiera, no creo que llegue al tamaño mínimo requerido para ser snitch…
Los otros tres slytherins rieron de forma desagradable. Lily, que estaba junto a James, tuvo que sujetar a Belle para que no se tirara a ellos. Pero Sirius sabía defenderse solo.
-Estás demasiado sonriente, Snape, ¿es que aún no te ha encontrado McGonagall? –inquirió Black con tono mordaz-. Seguro que llevas huyendo de ella desde ayer… No, no, Severito, lo que le hiciste a la pobre Nora estuvo muy mal –se detuvo un momento y sonrió maliciosamente al ver que Snape apretaba los dientes-. Y otra cosa: yo que tú empezaría a preocuparme por esa fijación que tienes con James, no creas que no me he dado cuenta de que siempre estás metiéndote con él. Seguro que te tiene tan obsesionado que apenas te deja dormir, ¿eh? Ten cuidado, porque empieza a ser sospechoso, creo que te estás enamorando…
Esta vez fueron los gryffindors los que tuvieron que contener la risa.
-¡Mira quién habló! –farfulló Snape, sarcástico-. Yo no soy quién está día y noche pegado a él, lamiéndole el culo. También me he dado cuenta de que siempre que alguien se mete con él, eres tú el primero que salta, Black. Y eso sólo puede significar dos cosas: que Potter te tiene contratado de guardaespaldas como a un gorila descerebrado cualquiera, o que lo quieres sólo para ti y por eso lo proteges con tanto celo…
Sirius se convulsionó y James y Remus tuvieron que sujetarlo para que no se lanzara a romperle la cara al pelo grasiento.
-¡Ya basta! –exclamó Lily, adelantándose velozmente, al ver que la discusión estaba tomando un cariz demasiado peligroso-. ¿Por qué no te callas ya esa bocaza, Snape? Largaos todos a ese agujero que tenéis por sala común y dejadnos en paz a los demás.
Los cuatro chicos de la casa de las serpientes se volvieron hacia la pelirroja con cara de asco, como si miraran un chicle que se les hubiese pegado en la suela del zapato.
-¿Habéis oído algo? –inquirió Lestrange, mirando alrededor con fingido aire confuso, como si buscase algo.
-Debe de haber sido el viento –contestó Rosier, siguiéndole el juego.
-Ahhh, no, esperad, era la voz de Lilian sangre sucia Evans –completó Wilkes, con esa sonrisa sádica tan escalofriante que solía lucir, capaz de ponerle a cualquiera los pelos de punta. Fijó sus ojos claros en los de Lily, con tanto desprecio que ésta enrojeció de furia-. Debe haber olvidado cuál es su posición y el sitio que le corresponde, de lo contrario no se habría atrevido a abrir la boca en nuestra presencia…
-¡Os aconsejo que os lo penséis dos veces antes de decir alguna otra estupidez por el estilo! –gritó en el acto James, colocándose junto a la pelirroja y agarrándola de un brazo en actitud protectora-. ¡O lo último que oiréis serán vuestros dientes cayendo al suelo!
-¡Wow, Potter se nos pone agresivo! –concluyó Snape, recuperando su sonrisa. Luego ignoró a James y miró a Lily como si fuese un bicho-. Mira, Evans… si no recuerdo mal, el año pasado te dije que ni te atrevieras a dirigirme la palabra. Quizá necesites que te recuerden quién es la sangre sucia aquí, porque es muy posible que tu minúsculo cerebro de muggle no termine de comprender lo que…
No pudo terminar la frase. Belle se abalanzó sobre él, pero hubo alguien que fue más rápido.
¡PLAF!
Snape se tambaleó y Lestrange y Rosier tuvieron que sujetarlo para que no cayera al suelo… bajo el impacto de la tremenda bofetada de Samantha Flathery. Él se llevó una mano a la mejilla golpeada y miró perplejo a la rubia, que ya levantaba la mano para pegarle otra vez.
-No te permito que insultes a mis amigos –masculló Sam con una voz pétrea y fría, impropia de ella-. Esto ha llegado demasiado lejos. Sé que los chicos saben defenderse solos. Pero, como vuelvas a llamar a Lily "sangre sucia", te romperé la cabeza con mis propias manos…
Lestrange apretó los dientes, furioso, Rosier masculló una vehemente palabrota y Wilkes hizo amago de sacar su varita, con cara de odio. Pero Snape se recuperó enseguida y los detuvo a los tres, adelantándose en solitario hacia la rubia, sus ojos negros brillando como fuego líquido.
-¡Maldita bruja!
Sam se dispuso a soltarle otra bofetada, pero Belle le agarró el brazo, deteniéndola, y miró al muchacho con el ceño fruncido.
-Increíble, Severus, te felicito –dijo con voz gélida-. Sabes diferenciar entre magos y brujas, nunca pensé que tu inteligencia diera para tanto…
Pero él la ignoró, su mirada aún clavada en la de Sam.
-¡Me tienes hasta las narices, escoria! –le vociferó el chico de piel cetrina a la niña, descompuesto-. Todos vosotros sois inaguantables, os lo tenéis tan creído que me dan nauseas con sólo miraros. Pero me las vais a pagar, eso que os quede claro, por lo de la maldita Norris y por todas las demás que nos habéis jugado, sólo por creeros los graciosillos del colegio –Sam le aguantó la mirada sin vacilar, y eso pareció enfadar aún más al moreno de pelo grasiento-. Y tú, Flathery… prepárate, porque estoy más que harto de tu arrogancia, de tus aires de superioridad, no soporto tu cara, ni soporto que respiremos el mismo aire… ¡Tú, que ni siquiera eres un ser humano normal! ¡Tú! –la señaló con su huesudo dedo índice-. Tú eres quién me las va a pagar primero.
Lestrange se apresuró a sujetar a Snape de un brazo y lo sacó de allí, dedicándole una desagradable mirada a la rubia. Y, con esa amenaza, el grupo se marchó a grandes zancadas, tan furioso que parecía quemar el suelo que pisaba.
-Asquerosa perra… -mascullaba Snape, palpándose la mejilla con rabia-. ¿Cómo se atreve?
-Tranquilo –murmuró Lestrange, echando un vistazo por encima de su hombro-. Esto no se queda así. Sé perfectamente quién puede echarnos una mano en todo este asunto. Vamos a hacerle una visita a mi hermano, Severus…
Los siete gryffindors se quedaron helados, mirando boquiabiertos al grupo de slytherins que se alejaban con paso rápido.
-¿Pero de qué va ese cretino? –masculló Sirius con desprecio-. Si será imbécil… No le hagas caso, Sam…
Pero, cuando se volvió hacia su amiga, se quedó mudo. Flathery temblaba de los pies a la cabeza, estaba pálida como la leche y con los ojos verdes abiertos al doble. Se tambaleó y Belle tuvo que abrazarla para impedir que cayera al suelo, ya que sus rodillas flaqueaban. Las otras dos niñas se miraron asustadas.
-¡Lily! –exclamó la morena, sujetando a Sam.
Evans no necesitó oír más. Le pasó el par de libros que llevaba a Remus, corrió hacia sus amigas y, entre Belle y ella, se llevaron a Sam rápidamente. Los cuatro chicos se quedaron con la boca abierta mientras sus compañeras desaparecían por otro pasillo.
-¿Qué…? –exclamó Sirius, encogiéndose de hombros-. ¿Qué…?
-No se habrá tomado en serio lo de Snape, ¿verdad? –inquirió Peter, perplejo.
-Eso parece –murmuró Remus, aunque seguía mirando hacia el lugar por el que se habían marchado las chicas con ceño, como si reflexionara algo.
-Eh, vamos a devolver los libros y volvamos para ver qué le ha pasado a Sam –sugirió James, apresurándose hacia la biblioteca.
Los otros le siguieron. Nada más entrar, se abalanzaron sobre el mostrador de la señora Pince, la bibliotecaria, para arrojarle los libros encima y largarse otra vez, pero tuvieron la mala suerte de pillar a la mujer de un humor de perros y atosigada por una decena de estudiantes de séptimo estresados por los EXTASIS. Ella les espetó a los de segundo que no tenía tiempo para sus tonterías y que colocaran los libros ellos mismos en sus lugares correspondientes. Tras el mini-sermón y las amenazas de rigor para que no pusieran los tomos en cualquier sitio y dejaran desordenada su biblioteca, los niños resoplaron con frustración, se repartieron los libros entre los cuatro y se perdieron por los pasillos de estanterías para terminar con aquello lo antes posible.
James miró el título de uno de los libros que llevaba: Ingredientes más buscados y qué hacer con ellos si alguna vez los encuentras. ¿Dónde demonios iría colocado eso? No tenía ganas de pensar, le resultaba imposible sacarse de la cabeza el rostro pálido y aterrorizado de Sam. ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué se había puesto así? Ella no era de la clase de personas que se dejan intimidar por las amenazas de un estúpido como Snape. ¿A qué le tenía miedo? No era posible que algo de lo que le hubiese dicho aquel tipo fuese cierto: … ni siquiera eres un ser humano normal… ¿Qué habría querido decir con eso? James nunca tomaba en serio las acusaciones de Snape, por mucho que le fastidiaran en su momento, porque el slytherin era un chico dado a la exageración, a lo oscuro, a lo catastrófico. Seguramente, sólo habría querido molestar a Sam, pero ella no tendría que haberle dado esa satisfacción. Flathery siempre lo ignoraba, entonces ¿por qué ahora…?
Sintió un repentino escalofrío, como cuando comprendes algo que no habías notado antes. ¿Es que Snape sabía algo sobre la rubia que ellos ignoraban? Por supuesto, James se había dado cuenta de la actitud extraña de la chica, y de que Lily y Belle debían saber algo. ¿Pero el qué? ¿Y por qué no se lo habían dicho? Bueno, él comprendía que la confianza que las chicas podían tener entre ellas no era la misma que podían tener con ellos, pero, aún así, si era algo importante… Ellas sabían que podían confiar en…
Un agudo grito interrumpió sus pensamientos, sobresaltándolo de tal manera que todos los libros que llevaba se le cayeron al suelo con estrépito. Había venido del pasillo contiguo… Echó a correr hacia allí, pero, cuando estaba a punto de doblar el recodo, se chocó de bruces contra Peter, que venía huyendo en dirección contraria.
-¡Peter! –exclamó James, agarrando a su amigo por los hombros para que no continuara la carrera-. ¡Peter! Por Merlín, ¿qué pasa?
Pettigrew apenas podía hablar, no hacía más que balbucear incoherencias, con los ojos desorbitados.
-U-u-u-una… unaaaa… -tartamudeaba, histérico-. ¡Una babosa carnívora!
James se quedó de piedra. ¿Una babosa carnívora? ¿Qué rayos hacía una babosa carnívora en medio de la biblioteca? Sirius y Remus llegaron corriendo desde otro pasillo, seguidos por varios estudiantes más, alarmados por el grito, y también la señora Pince.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntaron Lupin y Black a la vez al alcanzarlos, jadeando y con caras de preocupación.
-¡Una babosa carnívora! –chilló Peter, que, aunque alterado, había recuperado el habla.
-¡Potter! ¡Black! –les gritó la bibliotecaria al llegar junto a ellos-. ¡Debí suponerlo! No pienso permitir que alborotéis aquí, ¡esto es un lugar de estudio! ¡Marchaos antes de que llame a la jefa de vuestra casa!
-¡Una babosa carnívora! –volvió a chillar el castaño.
-Ya te hemos oído… -le masculló James, que no estaba de humor para estupideces o castigos no planeados.
La señora Pince fulminó a Pettigrew con la mirada. No debía ser muy mayor, estaría rondando la edad de McGonagall, que apenas llegaba a los 35, pero aún así tenía el aspecto de un buitre amenazante.
-¿Pero qué dices? –exclamó, mirando a Peter-. No me montéis un número aquí, ¿de acuerdo? O me encargaré personalmente de que os pongan el castigo de vuestra vida…
-¡Le he dicho que hay una babosa carnívora! –la interrumpió Peter, que ya empezaba a enfadarse-. Estaba colocando unos libros y, cuando me volví, ahí estaba. ¡Intentó atacarme, sé lo que digo!
-¡No hay babosas carnívoras en la biblioteca! –replicó la señora Pince a gritos-. ¿Comprendes? ¡No pienso permitir que escandalicéis y empecéis a molestar a la gente que intenta hacer algo productivo!
Sirius disimuló una sonrisa ante aquellas palabras: los gritos de la mujer debían oírse hasta en Beirut. Pero James, harto de los gritos de unos y otros, se escabulló hacia el pasillo donde supuestamente estaba la babosa. No iba a dejar que aquella mujer los castigara si Peter decía la verdad. Nadie le prestó atención, todos estaban pendientes de la discusión entre Pettigrew y la bibliotecaria. Cuando entró al pasillo, su primera impresión fue que estaba vacío, pero entonces vio los libros de Peter tirados en el suelo y a un hombre con una capa negra agachado junto a ellos. "Maldito Peter –se dijo, enfadado-. Se pasa la vida alucinando, ahora nos castigarán por su culpa, ¿qué rayos habrá desayunado?". Mientras tanto, se fue acercando a la inmóvil figura lentamente.
-Disculpe…
Pero no le dio tiempo a decir nada más. El hombre se levantó con rapidez y aire seguro, volviéndose hacia él al tiempo que, de entre los pliegues de su enorme capa negra, sacaba una espada descomunal de al menos metro y medio de longitud, una versión extra larga de los cuchillos que usan los carniceros. El hombre hizo girar la espada en su mano con destreza y asestó un violento golpe a la estantería que tenía a la derecha, haciendo que libros y astillas volaran por los aires. James se quedó helado… y eso fue antes de levantar la vista y ver que el hombre no tenía cabeza.
-¡¡AHHHHHHHHH!!
El grito de James no tuvo nada que envidiar al de Peter. Intentó huir, pero tropezó con los libros que cubrían el suelo y cayó de espaldas justo a tiempo para salvar la vida, ya que el jinete sin cabeza había intentado cortarle la suya. James oyó gritos a su espalda, sin duda habían llegado los demás, pero no pudo volverse a mirar, porque estaba esquivando otro ataque del decapitado, que esta vez había tratado de cortarle por la mitad. La espada se quedó incrustada en las baldosas, lo que permitió a Potter alejarse rápidamente a cuatro patas entre el mar de libros que cubrían el suelo. El hombre gruñó (¿cómo?, nadie lo sabe, puesto que no tenía cabeza) y, con un tirón, consiguió sacar la espada. Antes de seguir a James, asestó otro brutal golpe a la estantería de la izquierda, como para descargar la frustración de haber perdido a su víctima por unos segundos, y más libros saltaron por los aires, mientras el mueble se desarmaba. Potter, al verse perseguido, se levantó como pudo y echó a correr hacia el grupo de gente que observaba la escena con horror. Al ver acercarse al niño (y, por consiguiente, al decapitado) todo el mundo empezó a gritar y salieron corriendo en todas direcciones, presas del pánico. El único que se quedó paralizado allí fue Peter, que sin duda sufría un shock. James corrió todo lo que pudo, pero el decapitado era más rápido, así que no le quedó más remedio que agarrar a Peter y tirarse al suelo arrastrando a su amigo, pegándose contra la pared. Ambos se cubrieron la cabeza con los brazos cuando cayó sobre ellos una lluvia de cascotes provocados por el ataque errado del jinete, que había abierto una zanja bastante profunda en la pared.
-¡No quiero morir, no quiero morir…! –lloriqueaba Pettigrew, encogiéndose para recibir una nueva embestida.
Pero ésta no llegó.
Se hizo la calma y los dos amigos levantaron la vista lentamente, extrañados y temblorosos. Tenían el pelo cubierto de polvo gris, la cara y las túnicas manchadas, y las gafas de James se habían escurrido hasta la punta de su nariz. Al volverse con suma lentitud, vieron que el decapitado seguía allí, pero retrocedía y se agitaba de forma extraña. De repente se oyó un "¡plop!" y, por un segundo, volvieron a ver a la babosa carnívora. Casi de inmediato apareció de nuevo el jinete con otro "¡plop!" y levantó la espada para atacarlos, pero no le dio tiempo porque se transformó otra vez en babosa. James y Peter se miraron de reojo, con la boca abierta, como si aquello fuera una broma pesada.
-¡Claro! –exclamó la voz de Remus desde algún lugar cercano-. ¡No es un decapitado de verdad! ¡Ni una babosa! ¡Es un boggart!
-¿Un qué? –chillaron James y Peter a la vez, mientras el ser seguía cambiando de forma.
-¡Un boggart! –repitió Lupin-. La profesora Crockford me habló de ellos, son seres que cambian de forma, pueden convertirse en lo que más miedo nos da y…
-¡Remus, ahora no necesitamos una clase de Defensa Contra las Artes Oscuras! –le regañó Sirius, al ver que el jinete sin cabeza, que empezaba a mosquearse por tanto cambio, intentaba trinchar a James, que se salvó por muy poco.
-¡Pensad en algo que os haga gracia!
-¡Me haría gracia verte a ti aquí, Remus! –chilló Peter, histérico.
-¡Es para vencerlo, idiota! –gritó el casi rubio, que ya empezaba a exasperarse también-. Pensad en alguna forma de verlo gracioso y gritad: ¡Riddíkulo!
Los dos agredidos se levantaron tambaleándose. El boggart-decapitado retrocedió un poco más y, de repente, con otro chasquido, se convirtió en media babosa. Los chicos miraron estupefactos la nueva transformación, que se arrastraba por el suelo hacia ellos, hasta que Sirius y Remus se echaron a reír.
-¿Lo veis? –exclamó Lupin-. ¡Lo estáis venciendo! Ya está confundido, vamos, acabad con él, ¡gritad Riddíkulo!
Potter y Pettigrew sacaron las varitas y apuntaron a la deprimente babosa partida casi con pena.
-¡Riddíkulo! –gritaron a la vez.
Como ya no podía verse peor de lo que estaba, el boggart desapareció con un leve estallido y ambos chicos se dejaron caer al suelo, resoplando. Remus y Sirius corrieron hacia ellos, mientras todos los demás empezaban a salir de sus escondites.
-¿Estáis bien? –les preguntó preocupado Remus, agachándose a su lado.
Sus dos amigos le dedicaron miradas asesinas. Uno de los escombros que se había desprendido de la pared había golpeado a Peter, provocándole una brecha en la frente, y un hilillo de sangre descendía por su sien. James lucía un desgarrón en la manga del brazo derecho, cerca del hombro, donde el jinete le había cortado en uno de sus intentos de dejarlo sin cabeza, y su herida también le había empapado ligeramente la túnica de rojo. Eso por no mencionar lo golpeados, magullados, manchados y asustados que estaban.
-Vaya… -silbó Sirius, observando la masacre de libros y estanterías mientras ayudaba a James a levantarse-. No nos harán responsables de esto, ¿verdad? Porque, como sea así, ya podemos ir haciendo las maletas…
-¡Nosotros no tenemos la culpa de que apareciera un bottard justo aquí! –renegó Peter, que se estaba apoyando en Remus para incorporarse.
-Es boggart, Peter –le corrigió Lupin-. Por cierto, James, no sabía que le tenías miedo a la leyenda de Sleepy Hollow…
-¿Bromeas? –rió Black con sorna-. Ese cuento le hizo mojar la cama hasta los 10 años.
James le dio un golpe, dedicándole una mueca ofendida, y se dispuso a protestar, pero lo interrumpió la señora Pince, que se acercó a ellos temblando como un flan.
-B-bien, muchachos… -balbuceó, y tuvo que agarrarse a Pettigrew para no desmayarse cuando vio el estropicio-. Oh, Dios mío… Dios mío… Chicos… v-vayan a la enfermería, y háganme el favor de llamar a la profesora Crockford… d-díganle que venga… Dios mío…
Y los cuatro amigos salieron de allí con las piernas de gelatina, mientras todos se arremolinaban en torno a la biblioteca para saber qué había ocurrido, camino de la enfermería una vez más.
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La aventura con el boggart de la biblioteca no fue la última. Durante las semanas siguientes, hubo tantos avistamientos y jaleos, que la profesora Crockford declaró oficialmente una plaga de boggarts en todo el colegio, y aconsejó a los alumnos que no fueran solos a ningún sitio.
Cuando los chicos volvieron a la sala común aquella tarde, encontraron a Sam tomando la tercera tila desde que Belle y Lily se la habían llevado, tras el incidente con Snape, y a las susodichas sentadas junto a ella. Debían estar hablando algo privado e importante, porque se callaron en cuanto ellos aparecieron. Sam se veía nerviosa, pero al menos había recuperado el color. Sin embargo, las tres se olvidaron de Snape y sus amenazas cuando sus amigos les contaron lo ocurrido en la biblioteca. Belle se pasó el resto del día maldiciéndose por haberse perdido el espectáculo, ya que, al igual que Remus, adoraba Defensa Contra las Artes Oscuras.
La plaga de boggarts ocasionó la movilización en masas de todos los alumnos. Nadie se atrevía a ir solo a ninguna parte, por miedo a encontrarse con una momia, una acromántula, una banshee o cualquiera que fuese el miedo oculto de cada uno. El asedio de los boggarts duró más de dos semanas, nadie sabía por qué o cómo habían invadido el castillo, pero aparecían en los lugares más inesperados y en los momentos más inoportunos. Los profesores tampoco se libraron del ataque, y más de uno se quedó de piedra cuando vio al pequeño profesor Flitwick huyendo a gritos de un martillo gigante que lo quería aplastar.
Pero ésta no era la única preocupación de los cuatro chicos. A lo largo de dichas semanas, el estado de Sam fue de mal en peor. Estaba tan nerviosa que saltaba a cada momento, rara era la vez que no tropezaba con alguien o algo y no parecía prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. Durante las clases de Pociones, las únicas que compartían con Slytherin, tuvo que soportar las notitas de amenaza que le enviaban Snape y los suyos, y el día del examen final, su poción explotó estrepitosamente, ya que se había confundido al prepararla por falta de concentración. Tuvo que quedarse al final de la clase para hablar con el profesor Fletcher de lo ocurrido y volvió una hora después con cara de funeral.
-Ha dicho que no puede darme otra oportunidad, porque sería favoritismo, pero que puedo subir nota presentando algún trabajo extra, y que más me vale sacar la nota máxima en los exámenes que quedan para no bajar el nivel –explicó tristemente a sus amigos-. Y, desde luego, que, sea lo que sea aquello que me preocupa, me olvide de ello si quiero aprobar…
Y, cuando los chicos le preguntaron qué le preocupaba, ella bajó la vista y murmuró que se iba a estudiar.
No fue hasta casi finales de diciembre, cerca de las vacaciones de Navidad, cuando se enteraron por fin de qué ocultaba Samantha Flathery. El problema fue que no sólo se enteraron ellos, sino todo el colegio, y de la forma menos indicada. Aquella mañana, Sam despertó con unos índices alarmantes de nerviosismo, no prestó ninguna atención en las clases, miraba hacia atrás por encima del hombro constantemente, como si temiera que la estuviesen persiguiendo, y no dejaba de acariciar la amatista que llevaba al cuello, murmurando: "Tengo un mal presentimiento, tengo un mal presentimiento…".
Después de comer, cuando se dirigían al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, se vieron envueltos en una asombrosa aglomeración de gente que abarrotaba los corredores.
-Vamos a llegar tarde –se quejó Sirius-. ¿Es que todos tienen que ir a clase por aquí?
-Nos ha pillado la caravana que sale del Gran Comedor –terció Remus con aire tranquilo-. Después de todo, tampoco hay tanta prisa…
-¡Eh! –exclamó de repente Peter, acercándose de nuevo a ellos después de intercambiar unas palabras con otro tipo de los cursos superiores-. Me acaban de decir que ha pasado no sé qué en el piso de arriba y han tenido que cortar las escaleras por un rato, por eso se ha formado el atasco.
-¿Qué? –James arrugó la frente con extrañeza-. ¿Qué es lo que ha pasado?
-Nadie lo sabe –replicó el castaño, encogiéndose de hombros-. ¿Tendrá algo que ver con los boggarts?
Algo parecido a un gemido interrumpió su conversación y los cuatro se volvieron a mirar, sorprendidos. Muy cerca de ellos se encontraban sus tres amigas, inmersas en un mundo a parte. Sam se abrazaba a sí misma, tiritando como si estuviese metida en un congelador, y el pelo le caía sobre la cara, ocultándosela.
-Sam… -murmuraba Lily, preocupada, frotándole la espalda como para darle calor-. ¿Qué te ocurre? Estás muy rara hoy, si no te encuentras bien, te llevaremos a la enfermería…
La rubia levantó la vista hacia las chicas, pero los cuatro niños, al verla, se quedaron de piedra. Tenía los ojos enrojecidos y rastros de lágrimas en las mejillas. Miró a su alrededor encogiéndose y con cara de angustia, como si estuviese rodeada por horribles monstruos que sólo ella podía ver.
-No lo soporto… -balbuceó con voz temblorosa, aferrándose con fuerza a su cabello rubio-. Es lo mismo… otra vez… Están aquí, lo presiento. ¿Por qué no me dejan en paz? ¡Sólo quiero que me dejen en paz! Haced que se vayan, por favor…
Se cubrió la cara con las manos, temblando violentamente. Los chicos se miraron, perplejos. ¿De qué hablaba? Se giraron para observar el corredor. Estaban en uno de los pasillos más amplios de Hogwarts, flanqueado por armaduras colocadas a lo largo de las paredes. Había montones de gente que caminaban de un lado a otro, pero todo parecía normal. Sin embargo, Belle y Lily intercambiaron una mirada preocupada, con mudo entendimiento.
-Creo que será mejor llevarla a la enfermería, quizá la señora Pomfrey sepa qué le pasa… -susurró Belle a su amiga pelirroja, pero ésta no tuvo tiempo de contestar.
-¡Oh, maldita sea! –renegó Peter, señalando hacia el fondo del corredor-. Ya vienen esos estúpidos a montar otro numerito, ¡lo que nos faltaba!
Todos se volvieron hacia donde señalaba Peter y vieron a Snape acercándose con Lestrange y Rosier. El primero llevaba una caja de embalaje aplanada en las manos y lucía su típica sonrisa torcida. Sam se agarró a Lily y a Belle con las manos crispadas y agitó la cabeza con vehemencia en gesto de negación, murmurando palabras incomprensibles.
-¡Es él! –exclamó de pronto, como si se acercase el mismísimo demonio-. Él es quién los trae… Por favor, no permitáis que los suelte… ¡NO!
Sus amigos la miraron extrañados, no comprendían absolutamente nada, pero tampoco tuvieron oportunidad de preguntar.
-¡Apartaos! –gritó de repente Lestrange, levantando los brazos, y su voz se alzó por encima del alboroto reinante. Los tres slytherins se detuvieron a unos diez metros de Sam y los demás, mientras las diversas conversaciones se apagaban y la gente que llenaba el corredor se volvía a mirarlos, acercándose a las paredes para abrirles paso, murmurando-. ¡Que se aparten todos! ¡Vais a contemplar el espectáculo del siglo!
Snape clavó su mirada en Sam, que parecía al borde del colapso, y entornó los ojos maliciosamente, con una inquietante chispa de diversión brillando en ellos.
-Te lo dije, Flathery, ojo por ojo… y yo soy hombre de palabra –entonó, lo suficientemente alto para que ella le oyese-. Disfruta de este pequeño regalo. ¡Feliz Navidad!
Y, lanzando la caja por los aires hacia ellos, salió corriendo en dirección contraria con sus dos amigos. Sam gritó algo, aterrorizada, pero, cuando la caja cayó al suelo, a unos metros de distancia, un silencio sepulcral invadió el corredor. La tapa vibró y, a los dos segundos, salió disparada, como si algo hubiese estallado en el interior. Todos los que estaban cerca se apartaron, retrocediendo, temiendo que algo terrible saliera de allí. Y lo que ocurrió a continuación se grabó en las retinas de los presentes por mucho tiempo…
Una pequeña figura, de no más de medio metro de alta, se irguió lentamente, saliendo de la caja. Era una especie de hombrecillo en miniatura, con el cuerpo demasiado pequeño y raquítico, comparado con su enorme cabeza de encrespado pelo negro. Se sacudió como si fuese un animal y, agachado en el suelo, rodeado de montones de estudiantes que lo miraban boquiabiertos, levantó la vista hacia Sam, como si fuese la única en todo el corredor. Algunos gritaron al ver la cara del ser, aplastada, de piel oscura y con unos rasgados ojos rojos que ponían los pelos de punta. Ladeó la cabeza y dirigió a Sam una escalofriante sonrisa diabólica, mostrando unos dientes afilados como colmillos.
Todos se volvieron a mirar a la rubia, algunos cuchicheaban, aunque la mayoría estaban tan estupefactos que no se podían ni mover. Se apretaban contra las paredes, alejándose del ser, que seguía inmóvil, mirando a la niña. De repente, con una risa ronca y agria, la criatura se llevó una mano al cinto verde que sujetaba su única vestimenta, una especie de taparrabos color esmeralda, y sacó desde la espalda un enorme machete que era casi tan grande como su cuerpo entero.
-No, no, no, no, no… -repetía frenéticamente Sam, que empezaba a sufrir convulsiones.
-¡Por favor, ¿qué es esa cosa?! –exclamó Sirius, retrocediendo, asustado.
-Es… es un fetiche… -balbuceó Flathery con voz inaudible.
La criatura empuñó el machete, levantándolo por encima de su cabeza, y profirió un alarido de guerra que sonó como un rugido, inundando por completo el lugar. Todos se llevaron las manos a los oídos, chillando también. El fetiche era capaz de desencajar la mandíbula y abrir la boca cuatro veces más de lo normal. Sam cayó de rodillas al suelo, gritando con desesperación, cubriéndose la cabeza con las manos. Un tremendo viento, salido de no se sabía dónde, invadió el corredor y empujó a todos los alumnos contra las paredes. Algunas armaduras se desarmaron con estrépito, varios cristales estallaron y los largos cortinajes de las ventanas se agitaron como sacudidos por un huracán. Esa fuerza invisible empujó a los seis gryffindors con violencia, lanzándolos por los aires a dos metros de distancia de la rubia, que seguía hincada en el suelo, retorciéndose. El pánico se adueñó de todos los presentes, que se acurrucaban en el suelo, unos contra otros, sin atreverse a huir pero sin dejar de gritar.
Tras lo que pareció una eternidad, el fetiche volvió a cerrar la boca y se impuso un escalofriante silencio.
-¿Qué… qué ha sido eso? –murmuró Belle con voz ahogada, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados por el miedo.
-P-p-p-parecía una banshee… -tartamudeó Peter aterrorizado, temblando.
-¡¿Qué le está pasando a Sam?! –chilló de repente Lily, que miraba horrorizada a la rubia.
Samantha seguía a cuatro patas en el suelo, en medio del corredor, a escasos metros del fetiche, y se retorcía y agitaba violentamente. Lily hizo ademán de levantarse para correr hacia su amiga, pero James la agarró por la túnica y tiró de ella hacia atrás mientras se incorporaba con lentitud, sujetándola y mirando a Sam con los ojos como platos, incrédulo.
Los estudiantes, que estaban tirados por el suelo, empezaron a levantar las cabezas lentamente, y se quedaron helados con la escena. Solos, en pleno corredor, estaban el fetiche y Sam, el primero completamente inmóvil, observando a la chica, y la segunda a gatas, sacudiéndose como si estuviese sufriendo un ataque.
-¿Pero qué…? –susurró Remus, estupefacto, sentándose de forma maquinal, sin apartar los ojos de su compañera.
Otro grito volvió a inundar el pasillo, pero esta vez salió de la boca de Sam. La chica se llevó las manos a la cabeza al tiempo que gritaba de un modo desgarrador, pero su voz se fue transformando poco a poco, de su tono normal a otro mucho más ronco y áspero, como un rugido. Se encogió en el suelo, retorciéndose, abrazándose a sí misma. Nadie comprendió qué estaba pasando hasta que no lo vio con sus propios ojos. El pelo rubio de Sam se encrespó, como si la sometieran a descargas eléctricas. Sus dedos parecieron alargarse, hasta adquirir el aspecto de garras. Se arrancó los zapatos y la capa de un gesto y empezó a incorporarse con lentitud. De pie frente a aquella criatura, descalza, con el pelo erizado como si fuese un león y sus esqueléticas manos crispadas, estaba espeluznante. Su piel morena había dado paso a una piel blancuzca, descolorida. Parecía mucho más delgada y atlética que antes, de hecho… no parecía la misma persona. Fue entonces cuando abrió los ojos. Ya no eran del color verde oscuro anterior, sino de un verde lima casi eléctrico, que parecía brillar con luz propia entre el encrespado flequillo casi le tapaba media cara.
Alguien empezó a gimotear, algunos gritaron con miedo, pero la mayoría, al igual que los seis amigos de la rubia, contenía la respiración, observando aquella escena surrealista. Sam comenzó a gruñir, mirando a la criatura, enseñando los dientes. El fetiche le devolvió un gruñido de burla y empuñó de nuevo el machete, como retándola. Lo que siguió a aquello ocurrió tan rápido que apenas tuvieron tiempo de asimilarlo.
Sam lanzó un rugido de guerra, agarró una lanza de una de las armaduras que había allí y se abalanzó contra el fetiche, al tiempo que éste saltaba hacia atrás para esquivarla. La chica hizo girar la lanza con destreza por encima de su cabeza y volvió a arremeter contra la criatura. Ésta saltó en el último momento y la afilada punta de hierro quedó incrustada en el suelo. Sam se volvió, furiosa, para ver cómo el fetiche trepaba por una pared como si fuese una araña, ajeno a los gritos de los aterrorizados estudiantes que se encontraban por debajo de él. Con otro rugido de rabia, consiguió desencajar la lanza del suelo y, con la misma agilidad que el fetiche, se agarró a uno de los enormes cortinajes y trepó pared arriba tan rápido como si corriera por el suelo, sin ninguna dificultad.
El fetiche la esperaba como si aquello no fuese más que un juego, agarrado al muro con una mano y empuñando el cuchillo con la otra. Sam se detuvo a un metro de distancia, se aferró con una mano a la cortina y arrojó la lanza contra la criatura. Ésta consiguió esquivarla una vez más, aunque el arma quedó clavada en la piedra, y, con una voltereta, cayó al suelo perfectamente desde al menos cinco metros de altura. Levantó su fea cara aplastada y rió con sorna, mirando a su rival.
La chica apretó los dientes y, como haría una gimnasta profesional, saltó desde la cortina para agarrarse a la lanza. Se balanceó unos segundos, suspendida en el aire, pero consiguió encaramarse a la barra fácilmente, como si fuese tan ligera como una pluma. Desde allí, manteniendo el equilibrio en cuclillas, miró a la criatura con odio y, de improviso, saltó al vacío, dio una voltereta en el aire y aterrizó en el suelo sin problemas, como quien se baja de la cama de un salto. Se incorporó y sonrió maliciosamente al fetiche.
-¡Accio! –gritó, y su voz sonó distorsionada, igual que si estuviesen hablando dos personas a la vez, mientras alargaba un brazo hacia la lanza, que salió disparada de la pared y volvió a su mano.
Esta vez fue el fetiche quien empezó a gruñir; al parecer no le hizo gracia comprobar que ambos estaban al mismo nivel, y por fin encaró a la muchacha. Echó a correr hacia Sam, que hizo girar la lanza ante ella, a modo de escudo. Pero el fetiche saltó por encima de la rubia y se encaramó a su espalda en un abrir y cerrar de ojos. Sam se sorprendió, por lo que no tuvo tiempo de defenderse, y el fetiche le clavó el machete en el brazo derecho, casi hasta la empuñadura. La niña soltó un alarido de dolor, mientras la criatura le desencajaba el cuchillo del brazo para clavárselo de nuevo en el muslo derecho. Sam se tambaleó y cayó de rodillas al suelo, agarrándose la herida del brazo con la mano izquierda y mirando con furia y expresión de dolor al fetiche, que había saltado a un par de metros de distancia, preparándose para atacarla de nuevo.
Pero ella no le dio tiempo. Se levantó otra vez con dificultad, tambaleándose, mientras su sangre manchaba las baldosas. Respiró profundamente, uniendo las manos y unos extraños destellos azul eléctrico, como relámpagos, empezaron a recorrer sus brazos. De repente abrió los ojos, que brillaban con un intenso resplandor verde, y enfocó las manos hacia el fetiche.
-¡Fúlgura! –gritó con aquella extraña voz doble.
Un relámpago de deslumbrante color azul, acompañado de un estruendo ensordecedor, salió de sus manos como una descarga, directo al fetiche, que apenas tuvo tiempo de esquivarlo. El machete de la criatura, y el brazo con el que lo sujetaba, quedaron desintegrados en el acto, y el fetiche salió disparado a varios metros de distancia. La gente chillaba con todas sus fuerzas, nunca habían visto algo parecido, que una bruja tan pequeña pudiera crear semejante hechizo sin una varita. Se pegaban aún más contra las paredes, cubriéndose la cabeza con manos y brazos. Sam agarró su arma y corrió hacia el fetiche (que se retorcía en el suelo, intentando levantarse) con una rapidez sorprendente, teniendo en cuenta que la criatura le había atravesado una pierna con su machete. Pero la rubia parecía ajena a sus heridas, que no dejaban de sangrar, y, como en salto de pértiga, apoyó el extremo romo de la lanza en el suelo y se impulsó para saltar. Con otra voltereta, cayó junto al fetiche y, en un segundo, le pisó la garganta con su pie descalzo y le apuntó a la frente con la punzante pieza de hierro. El fetiche comenzó a chillar y a retorcerse.
-¡Maldito hijo de Mephisto! –gruñó ella, aún con la voz distorsionada, jadeando con fuerza-. ¡Vuelve al infierno, que es a dónde perteneces!
Levantó su arma para acabar con el fetiche, pero…
-¡Desmaius!
Un chorro de chispas rojas impactó en Sam. La lanza se le escurrió de las manos, sus ojos quedaron en blanco y se desplomó, al mismo tiempo que el fetiche se desvanecía como el humo, con un leve estallido. Para cuando la muchacha llegó al suelo, inconsciente, ya había recuperado su aspecto normal. Su impecable y lisa melena rubia se desparramó sobre las baldosas, y la sangre que manaba de sus heridas pronto empapó su desgarrada túnica, manchando el suelo.
El profesor Dumbledore se abrió paso entre la masa de estudiantes agazapados en el suelo, que ya empezaban a incorporarse sin terminar de creer lo que había ocurrido, y corrió hacia la niña desmayada. Se arrodilló junto a ella, preocupado, y, tras tomarle el pulso, la cogió en brazos como si fuese una muñeca, sin importarle que su sangre le manchara la impecable túnica. Llegaron a la carrera también otros dos profesores, McGonagall y Fletcher, que miraron atónitos el panorama.
-¿Pero qué ha ocurrido aquí? –inquirió horrorizada la profesora McGonagall, llevándose una mano a la boca y aferrándose al hombro de Belle, que ya se había levantado y era la que estaba más cerca.
-¡Por Merlín! –dejó escapar el profesor Fletcher, abriendo los ojos al doble al ver acercarse a Dumbledore con Sam en brazos.
Corrió hacia el director, con el que intercambió un par de rápidas palabras en voz baja.
-Oh, Albus… -gimió McGonagall fijándose en la rubia, que parecía sacada de una tumba.
-La llevo a la enfermería, Minerva –contestó Dumbledore con voz preocupada, como si aquella pequeña fuese su propia hija-. ¿Puedes encargarte de esto, por favor?
-Por supuesto…
Los seis gryffindors se abalanzaron sobre él, todos hablando a la vez, preguntando por el estado de su amiga.
-Idos a clase, muchachos –murmuró el anciano profesor como única respuesta-. Luego podréis ir a visitar a la señorita Flathery, pero ahora no podéis hacer nada por ella…
Y se marchó con rapidez por otro corredor.
-¡Se acabó el espectáculo! –gritó el profesor Fletcher con exasperación-. ¡Todo el mundo a clase, no hay nada más que ver aquí! ¡Desalojen! ¡Vamos!
Después comentó un par de cosas también con McGonagall y corrió por el pasillo que llevaba a la enfermería, siguiendo a Dumbledore, mientras la profesora se encargaba de que los alumnos volvieran a sus respectivas aulas.
Todos los gryffindors de segundo curso se reunieron, conmocionados, y tuvieron que subir hasta el tercer piso arrastrando los pies, comentando en susurros ahogados lo que acababan de presenciar. Nadie entendía qué había ocurrido o por qué, pero todos estaban asustados y preocupados por Sam. Cuando entraron al aula, Fiona Crockford ya estaba allí, sentada a su mesa y haciendo andar con su varita a lo que parecía una réplica en miniatura de una araña con enormes pinzas amenazantes.
-¡Ah, por fin, chicos! –sonrió al verlos llegar-. Ya empezaba a preocuparme, hace un buen rato que solucionamos el incidente del piso de abajo y reabrimos las escaleras, pensaba que habíais aprovechado para huir de mi clase. Bueno, sentaos, por favor, hoy vamos a hablar sobre las acromántulas…
Todos tomaron asiento lentamente, desganados. A Fiona le bastó con echar un vistazo a sus alumnos para darse cuenta de que había ocurrido algo importante.
-¿Qué ha pasado? –preguntó, arrugando el entrecejo. Paseó la vista de nuevo por la clase y se dio cuenta de que faltaba un rostro-. ¿Dónde está Samantha?
Los niños se miraron unos a otros, apesadumbrados. ¿Cómo explicarle lo que había sucedido? Remus se aclaró la garganta y habló:
-Es que… ha habido una… pelea…
-¿Una pelea? –exclamó la profesora Crockford, preocupada-. ¿Y Sam está herida?
-No… bueno, sí… quiero decir, no es eso…
-¡Todo ha sido culpa de ese hijo de perra, maldito cabrón, como lo pille, lo mato! –explotó de repente Sirius con vehemencia, fuera de sí, dando un golpe en el pupitre con el puño-. ¡Si será estúpido! Podría haberla matado, ésta sí que no se la paso, ¡cuando lo encuentre, le voy a arrancar los…!
-¡Sirius! –lo cortó Fiona, mirándolo estupefacta-. Por favor, ¡contrólate! No ganas nada soltando injurias al viento, ¿sabes?
Black dio otro golpe al pupitre y se hundió en el asiento, cruzándose de brazos y sin parar de renegar en voz baja.
-Está bien, ¿me vais a explicar de una vez qué ha pasado? –inquirió la profesora, manteniendo calma pero con mirada firme.
-Unos… unos slytherins le soltaron un fetiche a Sam en el corredor del primer piso –dijo James fríamente, haciendo un gran esfuerzo por controlar su rabia.
-¿Un fetiche? –repitió Fiona, y se echó a reír-. Eso es imposible. Lo primero, no son seres que se puedan transportar tranquilamente de un lado a otro. Y, lo segundo, sólo existen en un lugar del mundo, y os aseguro que no es aquí…
Todos se miraron, extrañados.
-Era un fetiche –aseguró Remus-. Sam dijo que era un fetiche…
Pero Fiona volvió a negar con la cabeza.
-No, no puede ser. En todo caso, sería un boggart que adoptó esa forma, aunque no me lo explico. Los fetiches son seres terribles, sí, pero para la gente que ya los conoce. Y para una bruja de 12 años…
-Ella no es una bruja –la interrumpió Belle. Los demás se volvieron a mirarla con la boca abierta. Por primera vez, alguien se atrevía a decir en voz alta lo que rondaba por la cabeza de la mayoría de los presentes-. Sam es… -Belle miró a todos algo indecisa, pero se encontró con los ojos de Lily, que asintió para darle ánimos-. Sam es medio hechicera.
La noticia cayó en la clase como un enorme balde de agua fría. Michael Goodwin dejó escapar un estruendoso "¿QUÉ?" e intercambió una horrorizada mirada con Henry Myers, que estaba sentado a su lado. Sue Randall y Janet Horner ahogaron exclamaciones de sorpresa y estallaron en agitados murmullos. Sarah Kennedy arrugó la frente y miró de forma interrogativa a David Bishop y Hannah MacRae, buscando información en ellos, pues los tres eran de sangre mestiza, pero sus dos compañeros se limitaron encogerse de hombros, alzando las cejas. George Wakefield, al igual que James, Sirius, Remus y Peter, se había quedado completamente estupefacto, como si Belle acabase de soltar una broma de mal gusto. Y los demás simplemente se miraron confundidos, pues no entendían qué significaba aquello. La joven Figg irguió la cabeza con orgullo, como desafiando a sus compañeros a que hicieran algún comentario negativo al respecto.
La expresión de la profesora Crockford cambió completamente. De ella se borró cualquier asomo de sonrisa, tornándose seria y sombría.
-Comprendo… -murmuró.
-Profesora –intervino Iris O'Brian, con cara de no entender-. ¿Qué… qué significa eso? Todos somos hechiceros aquí, ¿no?
Al igual que Lily, Iris era hija de muggles, y también Irene Thornton y Roger Turner, que tenían la misma expresión perdida que la vivaracha castaña. La profesora Crockford suspiró con tristeza, pasándose una mano por su desordenado pelo color zanahoria.
-Bueno, Iris… No es lo mismo bruja que hechicera, ¿comprendes? En realidad… poco tienen que ver… -paseó la vista por la clase, con aire serio-. ¿Cuántos de vosotros han oído hablar de las tierras de Santuario y de la magia arcana?
Lily y Belle fueron las primeras en levantar la mano. Las siguieron sus cuatro amigos. Después Michael, Henry, Sue y Janet. Y, finalmente, George, temblando levemente. Los demás se quedaron estáticos. Fiona resopló, volvió a pasarse una mano por el pelo y se sentó sobre la mesa del profesor.
-Está bien, se acabaron las acromántulas… Creo que esto es más importante, sobre todo si una de las alumnas de este colegio es hechicera, no quiero que queden dudas sobre lo que eso significa –tomó aire y continuó-. Bien… Las tierras de Santuario son uno de los grandes errores del mundo de la magia, y ninguno de los ministros que han ocupado el poder en los últimos siglos se preocupó por intentar arreglarlo. Por el contrario, ignoraron su existencia, eliminaron cualquier referencia a Santuario de casi todos los libros y la convirtieron en una especie de leyenda urbana que pasa de generación en generación en las familias de magos con tradición antigua… Por eso, los que venís de familia muggle no habéis oído hablar de ello. Ni siquiera lo conocen la mayoría de los que tienen sangre mezclada.
Hizo una pausa, como para ordenar sus ideas, y continuó.
-Bueno, antes dije "error", pero esa no es la manera exacta de definirlo. No soy especialista en Historia de la Magia, pero intentaré explicaros lo que ocurrió lo mejor posible. Veréis, al principio de nuestra era, siglos antes de que cayera el Imperio Romano, y al margen de los acontecimientos de la Historia Muggle, la comunidad mágica de lo que hoy es Reino Unido estaba unificada bajo un mismo predominio celta. Sin embargo, dentro de esa comunidad, podían diferenciarse dos vertientes: los practicantes de la magia celta formal, de cuya evolución desciende la magia que nosotros practicamos hoy en día, y otros que, por el contrario, se dedicaban a la investigación de nuestras raíces mágicas, un poder mucho más elemental y rústico, que se remonta más allá de la Edad Antigua y se adentra en la Prehistoria, con las primeras manifestaciones mágicas humanas. Eso es lo que se conoce como magia arcana.
Se interrumpió de nuevo por unos segundos, cruzándose de brazos.
-Igual que ocurre actualmente, la magia arcana no estaba muy bien vista en aquellos tiempos. Nunca lo ha estado, en realidad. Se tiende a cometer el error de pensar que ese tipo de poder, al ser tan primitivo, está asociado a la incivilización del hombre, a esa época oscura en la que el ser humano era poco más que un animal. Todos pensaban que la magia arcana se basaba en los instintos más que en la inteligencia, que sólo funcionaba ante reacciones salvajes e irracionales, y tenían miedo de investigarla siquiera por si su influencia ejercía un poder negativo en la comunidad y se provocaba un retroceso hacia aquella tosca forma de vida de los albores del ser humano.
-No estoy seguro de entenderlo bien –intervino James, que parecía interesadísimo en el tema-. ¿Quiere usted decir que no querían ni oír hablar de la magia arcana porque tenían miedo de que, al practicarla, se embruteciera la comunidad mágica y se volvieran todos cavernícolas?
-¡Sí, exacto! –exclamó Fiona, dando una palmada y señalando a Potter-. Eso era exactamente lo que temían.
-Pero eso es una estupidez –bufó Sirius-. La magia por instinto sigue existiendo, ¿no es lo que sucede cada vez que hacemos magia sin querer porque estamos enfadados o alterados? Y, que yo sepa, eso no nos convierte en animales. Se supone que somos nosotros los que dominamos la magia, y no la magia la que nos domina…
-Ése es el meollo de la cuestión, Sirius –sonrió la profesora, encantada de despertar el interés de sus alumnos hacia el debate-. Lo que has dicho es verdad: esa magia que se nos escapa sin querer ante fuertes emociones son los restos que todo mago o bruja conserva en su interior de la herencia arcana de nuestros primeros antecesores. Lo que diferencia a un mago de un muggle es la capacidad mágica con la que nace, y eso forma parte de la primitiva magia arcana. Pero en aquella época la sociedad era aún muy supersticiosa y, a su modo de ver las cosas, los practicantes de magia arcana eran comparables a animales. Por poneros un ejemplo, es lo mismo que ocurrió en el auge del Renacimiento, cuando todos los eruditos retomaron el uso del latín clásico y tacharon a todas las incipientes lenguas romances de pura basura. En nuestro caso, en la comunidad mágica lo que valía era la magia celta, y todo lo que se saliera de ahí estaba considerado casi aberrante. Retomando el hilo de lo que ha dicho Sirius antes, ellos creían que la magia sí era capaz de dominar a las personas y transformarlas en seres inhumanos.
-¿Y eso es verdad? –preguntó Irene con un hilo de voz, sus grandes ojos fijos en la profesora, impresionados.
- ¡No! –se apresuró a contestar Crockford, pero pudo leer en los ojos de sus alumnos el recuerdo unánime de lo que acababan de presenciar en el corredor del primer piso-. No exactamente –rectificó, chasqueando la lengua con impaciencia-. Mirad, chicos, hay algo que debéis comprender… Con la apropiada formación, todos somos capaces de dominar nuestra magia. Todos. La magia no nos condiciona ni nos convierte en bichos, que era lo que pensaban de nosotros los muggles en la Edad Media. Seguro que, cuando erais pequeños, más de una vez hicisteis magia sin querer porque no lo podíais controlar, y por eso estáis en Hogwarts ahora, para aprender a dominar vuestros poderes. Ahora pensad… los primeros magos que existieron, los primeros humanos que demostraron ser "diferentes" por tener unos poderes que los demás no tenían… ¿cómo creéis que consiguieron controlar ese poder? No tenían escuelas donde alguien ya experimentado los guiara, ellos eran los primeros…
-Tenían que aprender por su cuenta –murmuró Remus, con una extraña melancolía en la voz-. Practicar ellos solos hasta conseguirlo, sacarse solos las castañas del fuego…
-Exactamente –asintió Fiona-. Ahora imaginad que vosotros sois uno de esos magos primitivos de la Prehistoria y de repente os dais cuenta de que sois diferentes al resto de personas que os rodean. Seguro que los que venís de familia muggle podéis entender esto mejor que nadie, ¿me equivoco? –Lily, Iris, Roger e Irene asintieron en silencio, con un nudo en la garganta, y los demás quedaron cabizbajos. La mujer sonrió con indulgencia-. La magia arcana es primitiva, pero no salvaje. Por supuesto que es rústica, porque aquellos que la poseían apenas la sabían utilizar y trabajaron muy duro para aprender a dominarla y mantenerla viva. Sin ella, ninguno de nosotros estaría aquí ahora.
-Pero… -empezó Michael Goodwin, vacilante-, yo he oído decir a mis padres que la magia arcana es mala. Que vuelve malas a las personas que la utilizan y que es como jugar con fuego…
-Eso sólo es verdad en parte –explicó la profesora Crockford, ladeando la cabeza-. Os pondré otro ejemplo. Nosotros somos de la especie Homo Sapiens, ¿no? Pero, sin embargo, los primeros homo sapiens que existieron eran muy diferentes a nosotros, porque estaban más adaptados a la naturaleza, para lograr sobrevivir en el medio en el que vivían. Ahora, nosotros estamos civilizados, con un montón de medios a nuestro alcance que hace un siglo eran impensables. Miramos atrás y pensamos que aquellos primeros hombres eran vulgares cavernícolas, pero es muy posible que, si ellos nos pudieran ver ahora, pensarían que nosotros somos unos memos inútiles incapaces de sobrevivir fuera de nuestros cómodos hogares. La evolución natural nos ha colocado como especie dominante en el planeta, pero toda nuestra sabiduría primitiva, nuestras capacidades y habilidades, las hemos perdido. Con la magia pasa lo mismo. La magia arcana es la magia en estado puro, sin corromper, tal cual apareció por primera vez en un organismo humano hace millones de años. La magia que nosotros usamos actualmente no es más que una sombra pulida y repulida a lo largo de los siglos, atada con cientos de normas y leyes que la reprimen.
-Pero eso es bueno, ¿no? –insistió Michael-. Quiero decir… la magia también tenía que evolucionar. Y es bueno pulirla y mejorarla, ¿verdad?
-Si te refieres a que la magia en estado puro es mala porque su intensidad supera la capacidad de las personas, no puedo estar de acuerdo contigo. Y además lamento decirte que estás pensando igual que los brujos celtas del siglo I.
Michael se quedó mudo, con los ojos muy abiertos. El resto miró boquiabierto a la profesora.
-Se ha extendido desde hace decenas de siglos la creencia popular de que la magia arcana es mala porque, al ser tan poderosa, tan rústica e intensa, hace daño a las personas, las trastorna, las sobrepasa y (volvemos a lo mismo de antes) las domina. En definitiva, han afirmado erróneamente que la magia arcana es lo mismo que la magia negra –Fiona dejó escapar un suspiro de cansancio-. Niños míos, estamos en el siglo XX… quitaos esas ridiculeces de la cabeza, por favor. Ese razonamiento ni siquiera era válido en la época en la que se desarrolla la historia que os estoy contando, así que mucho menos ahora, veinte siglos después, por más que algunos se empeñen en entercarse en ello. La comunidad mágica ha cometido el terrible error de seguir temiendo la magia arcana incluso después de tantísimo tiempo, y a consecuencia de eso se han cometido las terribles meteduras de pata que han marcado la historia de nuestros dirigentes, hasta hace escasos años en el Ministerio, cuando se produjo ya el colofón de todo este circo con uno de los juicios más polémicos del siglo, que yo misma seguí y cuya fama aún perdura, aunque no creo que vosotros lo conozcáis. Resulta ridícula una actitud tan infantil frente a un tema como éste, porque…
La joven mujer se calló de repente, como mordiéndose la lengua, y cerró los ojos por unos segundos, frunciendo el entrecejo. Era obvio que se estaba conteniendo para no adentrarse en un tema tan tortuoso como lo era la política actual del Ministerio de Magia. Aquello no venía al caso es esos momentos.
-Pero no estábamos hablando de eso –continuó, recuperando la compostura-. Sólo quiero que tengáis una visión objetiva de lo que es la magia arcana. ¿Tenéis alguna duda sobre lo que os he contado hasta ahora?
Todos negaron con la cabeza, aunque más de uno seguía con cara de confusión. Fiona volvió a suspirar.
-Bien, una vez aclarado este punto… volvamos al inicio de nuestra era, donde os he dicho que ocurrió todo esto. A pesar del panorama general que dominaba la comunidad mágica y de la pésima estima en que estaba la magia arcana, surgió un grupo de magos y brujas eruditos que se dedicaron a la investigación de ese poder ancestral, buscando nuevas posibilidades de fusión con la magia celta y así evolucionar hacia una magia más perfecta y poderosa. Desde luego, coraje no les faltó. Y, en mi opinión, sus nombres deberían aparecer con letras de oro en los libros de historia, porque no sólo fueron pioneros en su campo de experimentación, sino que demostraron con creces que un mago normal, con la debida formación y entrenamiento, era capaz de dominar la magia arcana sin problemas a su antojo.
-Mi padre me dijo que hubo una revuelta de un grupo marginal medio loco que quería hacerse con el poder utilizando magia prohibida –comentó George Wakefield en voz muy baja, como si no quisiera ser oído.
Fiona Crockford soltó una repentina carcajada que reverberó en las paredes de piedra, pero se apresuró a recuperar el control.
-No, no, George, por todos los lethifolds… Ni por asomo. Ay, Merlín… me río, pero la verdad es que no tiene ninguna gracia, porque, lamentablemente, ésa es la opinión más difundida. Me gustaría hablar con el profesor Dumbledore para que los niños estudiaran este tema en Historia de la Magia, pero el Ministerio… -volvió a interrumpirse, apretando los labios-. Bueno. No. No pasó nada semejante. Esta gente era de clase alta, no marginal. Y, desde luego, no eran unos analfabetos ni buscaban hacerse con el poder en plan bestia. Eran estudiosos dedicados a la investigación. Lo único que querían era reconciliar ambas magias y demostrar que podían coexistir. Y, de hecho, lo demostraron. Pero a los jefes del Consejo de Brujos no les hizo mucha gracia la propuesta… De hecho, como consideraban negra la magia arcana, los expulsaron de la comunidad mágica, acusándoles de magos corruptos.
-¿Los echaron? –exclamó indignada Iris, que había pasado todo el tiempo acodada en la mesa y con la barbilla apoyada en las manos, escuchando con el mismo interés que si se tratase del mejor culebrón de la semana-. ¿Sólo por eso? ¿Pero de qué iban esos carcamanes?
-Eso me pregunto yo también a veces, Iris –sonrió Fiona, divertida ante la reacción de la niña-. Los exiliaron a unas islas desérticas que había bastante al norte del Reino Unido, perdidas en medio del océano, pensando que morirían allí sin crear más disturbios –rió tristemente, negando con la cabeza-. Fue realmente muy estúpido. Los magos y brujas exiliados se asentaron allí. Decidieron que, si el mundo no quería nada con ellos, ellos tampoco querían anda con el mundo. Y se dedicaron a poner en práctica todo lo que habían estado investigando. Crearon una barrera mágica que protegía las islas del frío del norte, e idearon la forma de conseguir su propio clima, repoblando todo el lugar sin más ayuda que sus propios poderes mágicos. Formaron una sociedad basada en los ideales que todos ellos compartían y empezaron a evolucionar con una rapidez asombrosa. La noticia de lo que estaban consiguiendo sobrepasó muy pronto las barreras del Reino Unido, se extendió al continente y su fama creció como la espuma. La gente empezó a preguntarse si no tendrían razón, y muchos que estaban de acuerdo con ellos emigraron allí desde todas partes del mundo conocido, arrastrando consigo a familias de muggles que no querían separarse de sus seres queridos. Así se creó un mundo completamente a parte del nuestro, con sus propias costumbres y cultura. Se formaron distintos clanes, cada uno especializado en un aspecto de la magia arcana. Y os puedo asegurar que, hasta el día de hoy, han demostrado valerse por su cuenta bastante bien.
-Y ese lugar es… Santuario, ¿no? –inquirió Roger, titubeando.
-Ese lugar es Santuario, sí –asintió la profesora.
-Lo que yo no entiendo –empezó Belle-, es por qué nuestra comunidad mágica sigue sin reconocer que aquella gente tenía razón, cuando han estado demostrando el éxito de sus teorías desde hace dos mil años…
-Pienso igual –intervino David Bishop-. ¿No está ya más que claro que la magia arcana no es mala? Toda la gente de Santuario… ha estado viviendo de esa forma durante siglos y han salido adelante. ¿Por qué el Ministerio se hace el loco y actúa como si no existieran?
-Bueno, eso no es exactamente así –Crockford se encogió de hombros-. Durante la Edad Media todo este tema estaba muy perseguido, cualquiera que mencionara siquiera algo relacionado con Santuario era exiliado inmediatamente. Supongo que en parte tenían miedo de que la comunidad se diera cuenta de la metedura de pata del Consejo y eso les restara credibilidad. Por eso se empeñaron tanto en hacer quedar a los suanítas como los malos del cuento y se inventaron toda esa cantidad de patrañas que siguen circulando hasta el día de hoy. Pero la verdad es que actualmente este asunto se ha suavizado bastante. La gente puede ir y venir de Santuario sin problemas como si fuese un país más que visitar, e incluso tenemos ciertas rutas comerciales acordadas con los suanítas y cada vez hay más intercambio entre ambas comunidades.
-Pero sigue sin ser oficial –terció Sarah, con cara de confusión-. Mi madre es bruja, pero yo ni siquiera había oído hablar de Santuario, no sabía ni que existía…
-Porque el Ministerio sigue sin animarse a reconocer su error y pedir disculpas –explicó Fiona-. Por eso os he dicho antes que esta situación es ridícula. Cada vez tenemos más trato clandestino con Santuario, pero el Ministerio se niega a aceptarlo. El comercio con las islas, teóricamente, es ilegal. Viajar allí también. Tener cualquier tipo de trato con un suaníta supuestamente es delito… Pero, a la hora de la verdad, cada uno hace lo que le da la gana. El Ministerio se limita a echar tierra sobre el tema, conservando el secretismo absoluto para que las nuevas generaciones de magos no se revuelvan demasiado. Y así todo ha terminado convertido en un tabú. Los pocos que se molestan en investigar son los únicos que saben la verdad. Los demás crecen creyéndose las historias para no dormir que les cuentan sus abuelos. Generación tras generación, hasta los casi dos mil años que han pasado desde que esto empezó. Por eso hay tanta confusión con respecto a las islas y los suanítas están todavía tan mal vistos…
-Pero, si están mal vistos, por algo será –interrumpió Sue Randall, airada. No parecía estar muy convencida con las teorías de la profesora-. No creo que sólo se basen en historias de hace dos mil años para decir que los suanítas usan magia negra. Mi padre me ha dicho que la mayoría de los magos tenebrosos que han aparecido en los últimos siglos venían de Santuario.
La profesora Crockford se puso repentinamente en pie, aún cruzada de brazos, y dirigió una dura mirada a la niña morena. Todos se quedaron en silencio.
-Eso es una exageración –replicó, cortante-. Y te recomiendo algo, Susan, a ti y a todos los demás. Olvidaos de una maldita vez de lo que dicen vuestros padres y profesores, incluida yo, y empezad a formar vuestras propias opiniones sobre las cosas que os encontráis en la vida. Investigad por vuestra cuenta. No os conforméis. Tened afán por aprender cosas. Sólo así conseguiréis sacar a vuestra sociedad adelante, no convertidos en unos borregos que se dejan llevar por los demás –respiró hondo, como para tranquilizarse-. No os voy a contar un cuento de hadas. Santuario no es ningún paraíso de felicidad y armonía, sino más bien todo lo contrario. El gran poder que habita allí conlleva muchas responsabilidades. Al igual que grandes personalidades de la magia, reconocidas incluso en el mundo entero, salieron de allí, también se formaron en esas tierras poderosos magos oscuros.
Se interrumpió y paseó sus brillantes ojos ambarinos por los rostros de sus alumnos.
-Pero, y que esto os quede muy claro, eso no significa que todos los suanítas sean psicópatas o maniacos entregados a la magia negra. Nada más lejos de la realidad. Las hechiceras, por ejemplo, son mujeres intelectuales, eruditas, entregadas al estudio y la investigación, y con una idea muy clara de lo que es el bien y lo que es el mal. Es prácticamente imposible corromper a una hechicera. Pero hay algo que debéis tener en cuenta. Santuario es el lugar más mágico que existe en el mundo. Está literalmente creado a base de magia. Por eso lo llamaron así, "Santuario", es el santuario de la magia arcana. Pero, cuanto más brilla una luz, más oscura es la sombra que proyecta. Si la magia arcana blanca es poderosa, la negra no se queda atrás. Hubo muchos magos tenebrosos que se corrompieron aquí y después fueron a Santuario para estudiar allí la magia negra y hacerse aún más poderosos. Y eso sólo ha conseguido avivar los rumores y echar aún más leña al fuego. El Ministerio lo usaba para alimentar esa imagen de Santuario como un lugar oscuro y lleno de maldad, poblado de salvajes y asesinos. ¡Y eso no tiene nada que ver con la realidad!
Chasqueó la lengua otra vez, irritada, aunque mantenía el tono pausado con el que siempre impartía clase.
-Yo he estado en Santuario –añadió-. Estuve estudiando las criaturas mágicas que existen allí, y os aseguro que no he visto tierra más hermosa en el mundo. Su único problema es que está en guerra constante consigo misma, y puede volverse un lugar peligroso si no sabes por dónde andas. La gente se vuelve desconfiada, los magos y brujas no estamos bien vistos allí, al igual que los suanítas no son bien recibidos en nuestra tierra, porque a lo largo de los años los hemos ignorado y metido en problemas por nuestra absurda terquedad. Pero, desde luego, si vas te acogen con una hospitalidad increíble, en vez de echarte a la calle como hace mucha gente aquí. Tienen prejuicios, pero no tantos como los propios magos, y eso es una estupidez. Todos somos iguales. No se puede clasificar a una persona por sus creencias o su forma de vivir. Quizá todos debamos recordarnos de vez en cuando que los magos fuimos perseguidos por los muggles durante mucho tiempo, obligándonos a escondernos y huir. A nadie le gusta la represión. Espero no tener a nadie con una mentalidad del medievo en esta clase, porque realmente me entristecería muchísimo.
Volvió a callar unos instantes, escudriñando aún a los niños. Ellos estaban mudos.
-No ha debido ser nada fácil para Samantha Flathery abandonar su hogar, y sus razones tendrá para haberlo hecho –continuó la mujer, su voz calmándose notablemente, adquiriendo casi un deje de ternura-. Espero que todos vosotros tengáis la suficiente cabeza como para reflexionar sobre este asunto y decidir qué actitud tomar con respecto a vuestra amiga. Nadie mejor que vosotros mismos para juzgar lo ocurrido. Conocéis a Sam desde hace más de un año. Supongo que coincidiréis conmigo en que ella es tan humana como cualquiera de nosotros. Sólo os pido que no os dejéis influenciar por lo que habéis oído por ahí y escuchéis lo que dice vuestro corazón al respecto. Los gryffindors suelen criticar la intolerancia de Slytherin… no os pongáis a su nivel, entonces.
En ese momento sonó el timbre que indicaba el final de la clase. Por un segundo, nadie se movió, pero Fiona hizo un gesto con la mano, como para indicarles que se podían marchar, y todos empezaron a levantarse lentamente, recogiendo entre murmullos.
-Si se supone que los suanítas son tan majos, ¿cómo explica ésta lo que ha hecho Flathery? –susurró Sue Randall, demasiado bajo para que la profesora la oyera, pero lo suficientemente alto para que las palabras llegaran hasta las amigas de la rubia.
-A mí me ha parecido que estaba poseída –añadió Janet, en el mismo tono-. Y que luego digan que la magia arcana es inofensiva y no transforma a las personas… ¡Sí, claro!
Belle tuvo que agarrar a Lily de un brazo para que no se lanzase sobre las dos niñas, que pasaron por su lado mirándolas de reojo y sin parar de cuchichear. La mayoría de sus compañeros fueron abandonando la clase cabizbajos y en silencio, con el ceño fruncido. Era obvio que las palabras de Crockford les habían calado. Pero Irene Thornton se acercó a ellas dos antes de salir, con una tímida expresión en el rostro y sus grandes ojos mirando nerviosamente a cualquier parte que no fuera la cara de sus compañeras.
-Oíd… -murmuró, vacilante-. ¿Vais… vais a ir a la enfermería a ver a Sam?
-Sí –contestó Belle lacónicamente-. Ahora mismo. ¿Por?
-¿Querréis decirle de mi parte que espero que se mejore pronto? –Irene seguía avergonzada-. Yo… no sé absolutamente nada de Santuario, vengo de familia muggle, pero… me gustaría aprender más, y espero que Sam me cuente algo cuando se recupere. No creo que sea un bicho raro, ni nada parecido, estoy de acuerdo con la profesora Crockford, yo he tenido que pasar por eso durante 11 años y no le desearía a nadie lo mismo. Sam ha sido siempre muy amable conmigo, así que… bueno… s-sólo era eso. ¿Se lo diréis?
-Claro que sí –sonrió abiertamente Lily-. Y seguro que se pone muy contenta. Muchísimas gracias, Irene.
-No es nada –la niña también sonrió-. Y no tengáis en cuenta a los demás… Estoy segura de que ellos también piensan así, pero todavía están asustados por lo que ha pasado esta tarde. Dentro de unos días se habrán calmado las cosas.
-Eso espero…
Irene se despidió de ellas con una inclinación de cabeza y se marchó rápidamente. Lily y Belle se reunieron con los cuatro chicos, que ya las esperaban junto a la puerta, para ir todos juntos a la enfermería, pero la profesora Crockford los interrumpió.
-Remus –llamó al casi rubio-, ¿puedes venir un momento, por favor?
-Claro –contestó él, sorprendido. Se volvió hacia sus amigos, que lo miraban con curiosidad-. Esperad un momento.
-Tú eres buen amigo de Sam, ¿verdad? –le preguntó Fiona cuando Remus llegó junto a ella.
El chico parpadeó, extrañado, pero asintió con la cabeza.
-Sí… ¿Por qué?
-Quiero que le des un mensaje de mi parte –contestó la joven mujer, guardando sus libros y la réplica de acromántula en un maletín-. Dile que deseo que se recupere pronto, y que no se preocupe. Por lo que me habéis dicho, la pelea con el boggart-fetiche fue en pleno corredor, ¿no? –Remus asintió otra vez-. Imagino que debió ser terrible… y no me extraña nada, pobre chica… Le esperan días muy duros, seguramente ya se habrá corrido la voz por todo el colegio. Casi nadie tiene una clara idea de qué es Santuario, pero los pocos que saben algo sólo conocen esas bonitas versiones catastrofistas, así que no faltarán rumores de ahora en adelante. Va a necesitar mucho apoyo. Sé que la gente empezará a incordiarla, sobre todo los slytherins… No es por hacer distinciones, pero ellos no suelen ser muy comprensivos con este tipo de asuntos, ¿verdad? –suspiró, cerrando el maletín-. Aunque, teniendo en cuenta que Mundungus estima mucho a Sam, seguramente se encargará de callar a sus chicos…
Remus esbozó una media sonrisa, pero aún había algo que le preocupaba.
-Profesora… querría preguntarle algo.
-Dispara.
-Cuando Sam vio al fetiche, ella… podría decirse que se transformó, ya no era la misma persona. ¿Por qué cree que pasó eso? Si cree que no fue obra de la magia arcana…
Ella lo miró a los ojos con cierta diversión.
-¿Por qué se transforman los licántropos con la luz de la luna llena, Remus? A veces ocurren cosas inexplicables, ¿no crees? –le sonrió con complicidad y Remus se asustó al darse cuenta de que aquello era una indirecta en toda regla. Pero la profesora se apresuró a cambiar de tema-. La verdad es que no estoy segura… Tengo una teoría, pero lo que sí puedo asegurarte es que no fue por la magia arcana en sí. Eso de que sobrepasa a las personas es una soberana estupidez.
-Pero… -Lupin titubeó, sin saber muy bien cómo expresarse-. Quiero decir… es cierto que la magia arcana es muy poderosa. Es magia en estado puro, como dijo usted antes. Quizá haya ciertas personas que no sean capaces de…
-No –atajó Fiona, mirándolo directamente a los ojos-. No, Remus. Cualquier mago o bruja es capaz de dominar la magia arcana si se lo propone. El auténtico poder reside en las personas, no en la magia. Un mago es poderoso si lucha para serlo. Un mago es enclenque si se pasa la vida tocándose las narices. Más claro el agua. Así son las cosas, aquí, en Santuario y en la Patagonia. Y más si Sam es realmente una hechicera, porque entonces nació con la magia arcana ya en la sangre, aunque…
Guardó silencio, apretando los labios. Remus la miró enarcando las cejas.
-¿Aunque…? –la instó a continuar.
-Los fetiches son horribles –siguió Crockford tras permanecer unos segundos callada-, su único objetivo es causar todo el sufrimiento que puedan. La verdad es que a mí siempre me recordaron un poco a los dementores, claro que los fetiches no hacen sufrir a las personas porque se alimenten de ello, sino por diversión. Son sádicos por naturaleza. Viven en las junglas de Kehjistan, que es donde están asentados los más importantes clanes de hechiceras. Oí decir que ambos son como enemigos naturales, será por compartir el mismo territorio, no sé. Quizá Sam tuvo alguna mala experiencia con algún fetiche y por eso el boggart adquirió esa forma. Y en cuanto a su transformación…
Volvió a callar. Lupin tuvo que admitir que esa manía de su maestra favorita le exasperaba muchísimo. No soportaba que se quedara con las frases a medias.
-¿Qué opina?
-No estoy del todo segura, como ya te he dicho, pero quizá sea por el hecho de ser hija de una hechicera. Las hechiceras no deben tener hijos, no les está permitido. Según ellas, "una hechicera sólo puede alcanzar la perfección total viviendo en eterna pureza", creo recordar. Pasan por los pueblos y reclutan a las niñas que tienen las aptitudes necesarias, pero a ellas no se les permite crear una familia. Supongo que, al ser hija de una hechicera y un mago, la mezcla de sangres tan distintas habrá provocado que no pueda controlar bien sus poderes, o algo así. No soy muy ducha en el tema de los clanes, la verdad es que me pierdo bastante con tantas tradiciones y rasgos autóctonos, por no contar que los suanítas son bastante celosos con su historia. Pero las hechiceras son las más poderosas de Santuario en cuanto a magia elemental se refiere, Remus, o al menos ésa es la impresión que me dio a mí. Se caracterizan por su sangre fría y su calma, con el enorme poder que tienen, una hechicera furiosa y descontrolada es lo peor que te puedes encontrar, créeme. Seguramente perdió el control al ver al fetiche y afloró el lado radical de su condición de hechicera… -negó con la cabeza, apesadumbrada-. No quiero ni imaginar todo lo que habrá tenido que pasar esa chica para sufrir una transformación semejante con sólo ver a ese bicho. Pero repito que no pudo ser por la magia arcana, sino por las condiciones especiales que rodean el caso de Sam.
-Usted… ha dicho que es hija de una hechicera y un mago… ¿Cómo lo sabe? –inquirió Remus, sorprendido.
-Bueno… -suspiró ella-. ¿Recuerdas lo que os he comentado antes sobre el juicio más polémico que ha tenido que afrontar el Wizengamot en el último siglo?
-Sí…
-Me refería al juicio de Jonathan Flathery –explicó ella, perdiendo su mirada color ámbar en el paisaje que se veía a través de una ventana-. Fue un caso muy famoso a principios de los 50's. Aún se habla sobre él en determinados ámbitos. Ocurrió pocos años después de la caída de Grindelwald… ¿Sabes quién es Gindelwald?
-Un mago tenebroso –asintió Remus-. Lo derrotó el profesor Dumbledore en 1945 –sonrió tímidamente-. Sale en los cromos de las ranas de chocolate.
Fiona estuvo a punto de soltar una carcajada.
-Esos cromos son especialmente educativos –bromeó, pero enseguida recuperó la seriedad-. Cuando ocurrió todo esto, Jonathan ya llevaba más de 10 años trabajando para el Ministerio, en el Departamento de Misterios. Obviamente, nadie tiene ni idea de en qué trabajaba exactamente, ésa es la característica de los inefables, pero tengo entendido que, debido a su trabajo, se dedicaba a estudiar la antigua magia celta, la magia arcana y, por consiguiente, también Santuario. Nunca tuve oportunidad de hablar con él en persona, pero todos aquellos que lo conocieron dicen que era en extremo inteligente, tenía una visión de futuro increíble y una capacidad de organización asombrosa. Destacó rápidamente en el Ministerio, era muy conocido y apreciado, podría haber llegado a ser lo que le diera la gana… pero siempre se negó a abandonar su puesto en el Departamento de Misterios, no sé por qué.
-¿Y por qué lo llevaron a juicio? –inquirió Remus, realmente interesado en el tema.
-Porque, después de la derrota de Grindelwald, sacó sus teorías sobre Santuario a la luz. Dijo que nuestra comunidad mágica era muy débil, lo que demostraba la reciente crisis que acabábamos de atravesar, y propuso al Ministerio un acercamiento a los suanítas para mejorar la seguridad de ambas comunidades y, en un futuro, volvernos a integrar en una sola. Resumiendo, que sentó las bases para iniciar las negociaciones que habrían permitido a nuestro Gobierno subsanar los errores del pasado y reconciliarnos con nuestros parientes del norte –suspiró una vez más, con tristeza-. Te puedes imaginar lo que ocurrió.
-¿Lo echaron? –susurró Lupin con un hilo de voz, incrédulo-. ¿Lo echaron… sólo por eso?
-Desde luego. Pero no sólo lo echaron a la calle en el acto, sino que lo llevaron a juicio. Piensa en el clima de tensión que había en aquella época, acabábamos de salir de un guerra contra un mago tenebroso, aún estaban terminando de atrapar a los seguidores de éste que habían conseguido escabullirse, y de repente se levanta Jonathan Flathery gritando al mundo que él es partidario de una reconciliación con Santuario, una tierra supuestamente infectada de magia negra. Quizá en otras circunstancias todo se habría desarrollado de forma muy distinta, pero en ese momento…
-¿Lo acusaron de mago corrupto? –Remus no salía de su asombro, cada vez más indignado.
-Ese juicio fue una parodia –continuó Crockford-. No sabían ni de qué acusarlo, pero el ministro estaba muy presionado por las antiguas familias puritanas, que querían crucificar a Jonathan por semejantes declaraciones. Sólo pretendían quitarlo de en medio. Al final Jonathan dijo que si por preocuparse de la seguridad de su país y de toda la comunidad mágica en general lo consideraban mago corrupto, entonces se declaraba culpable, y lo exiliaron inmediatamente. Luego, el Ministerio intentó taparlo todo, por supuesto, pero no pudieron con todas las quejas que se les echaron encima, porque había una gran división de opiniones –de repente esbozó una sonrisa-. Hubo un personaje en concreto que estuvo presionando durante años para que reabrieran el caso, presentando él mismo una apelación tras otra hasta que consiguió desbaratar esta payasada. El Wizengamot tuvo que abolir el exilio y el ministro fue destituido, cediendo el cargo a Adam McDonald, que es el ministro actual, aunque no sé cuál de los dos es peor, sinceramente…
-¿Quién fue? –preguntó Remus, intrigado-. ¿Quién fue el que estuvo apelando a favor de Jonathan Flathery?
-El actual director del Departamento de Seguridad Mágica, aunque en aquellos días era un simple auror: John Potter –Fiona rió quedamente ante la expresión estupefacta de su alumno-. No te sorprendas tanto. Lo que le ocurrió a Jonathan fue una injusticia tan manifiesta que no podían dejarlo pasar, y John fue el único con suficientes agallas como para plantarle cara al Ministerio entero, a pesar de ser apenas un muchacho recién salido de la carrera de auror. Pero, a pesar de la victoria final, Jonathan no volvió. Se instaló en Santuario, y supongo que allí conocería a la madre de Sam e hicieron familia allí. Todo esto es lo que me motivó para hacer mi viaje a las islas, Santuario me atraía muchísimo desde que estuve siguiendo este juicio, esperaba encontrar a Jonathan allí, pero solamente oí hablar de él, me dijeron que vivía en pleno Kehjistan, perdido en la jungla con su familia. No sabía que había vuelto a Gran Bretaña, por eso al principio no se me ocurrió asociarlo con Sam. Pero después de todo esto, me apuesto el pellejo a que es su padre, está clarísimo…
Remus bajó la vista y se quedó en silencio. Pensó en Sam, y en la vida que habría llevado hasta el momento. Su padre, un mago renegado, y su madre, posiblemente, una hechicera renegada, si es que se había casado y formado una familia, teniendo en cuenta que no se les permitía hacerlo. Seguramente habría vivido siempre con un enorme peso en el corazón, rodeada de los murmullos de la gente, sintiéndose fuera de lugar allá a dónde fuese… como le pasaba a él. Después de todo lo que les había contado Fiona Crockford, no pudo evitar sentirse identificado con su amiga rubia. Los dos se parecían mucho. Ambos habían llegado a Hogwarts ocultando un secreto que los marginaría de la sociedad si llegara a salir a la luz.
Pero, ¿cómo se había enterado Snape de todo eso? ¿Y cómo había conseguido que el boggart…?
-¿Qué es lo que te preocupa, Remus? –le preguntó la mujer con voz maternal.
-Bueno, yo… -titubeó Lupin, pero, tomando aire, continuó-. Profesora, fue Severus Snape quién le lanzó el boggart a Sam en el corredor. Creo que, de alguna forma, él sospechaba las consecuencias. Pero hay algo que no entiendo… Si el fetiche era un boggart, ¿por qué no se confundió? Quiero decir, el corredor estaba lleno de gente, ¿por qué no se despistó, como ocurrió con el boggart de la biblioteca? Éste siguió siendo un fetiche…
La profesora abrió la boca para contestar, pero en el último momento pareció procesar algo. Su rostro se iluminó al comprender y sonrió con aire de triunfo.
-Severus Snape… -murmuró pensativa-. Remus, ¿no fue Severus al que vio Nora Norris salir de la mazmorra 6 el mes pasado?
Remus la miró confundido.
-Sí, creo que sí, pero…
-¿Sabes qué libro estuvo hojeando? –lo interrumpió Fiona, sonriendo. Él negó con la cabeza-. Hechizos y Pociones para las Venganzas más Vengativas. Me lo regaló mi prima Doris hace años y ahora lo estamos utilizando para nuestros experimentos. He oído decir que Sam y Severus no se llevan muy bien, ¿no?
-No se soportan –sonrió Lupin.
-Exacto. En ese libro hay una poción especial para hacer que un boggart adopte una forma en concreto para asustar a una persona y no haya forma de vencerlo, ni siquiera con el Riddíkulo. Por supuesto, ésa es una de las pociones más inocentes, por eso me asusté al comprobar que alguien había cogido ese libro, tiene información muy peligrosa. Quizá Severus lo hizo sin saber las consecuencias que tendría, sólo como una broma pesada para vengarse de Sam –cogió su maletín y ambos se dirigieron a la puerta-. Creo que iré a hablar con el profesor Dumbledore sobre esto, hay que aclarar varias cosas… Ah, Remus, no te olvides de decirle a Sam que no se preocupe, ser especial no es razón para avergonzarse, al contrario, debe sentirse orgullosa de ser lo que es, y… -apoyó una mano en el hombro del muchacho, adquiriendo un tono confidencial- creo que deberías ser tú quién se lo diga, ya sabes por qué…
Se despidió con un gesto y salió sin más, dejando a Remus helado en la puerta del aula. ¿Qué habría querido decir con eso? Aún teniendo en cuenta que la joven mujer ya conociera su secreto, ¿en qué podía beneficiar eso a Sam, si ella no…?
-¡Remus!
El grito de Belle lo sobresaltó. Se volvió hacia sus amigos, que lo esperaban en el pasillo con cara de impaciencia.
-¡Por Merlín! Cómo te enrollas cuando hablas con esa mujer, ¿eh? –renegó Sirius, agarrándolo de un brazo y tirando de él, camino de la enfermería.
-Remus –James se colocó a su altura, con aire serio-. ¿Qué te dijo la profesora Crockford?
-Sí, ¿de qué estuvisteis hablando? –añadió Belle, que venía tras Potter, con el mismo interés.
Mientras iban hacia la enfermería, Remus les contó todo lo que Fiona le había dicho sobre las hechiceras, los fetiches y Jonathan Flathery. Sus amigos escucharon con atención, y no hicieron comentarios hasta que terminó de hablar.
-Yo sabía que su padre es Jonathan Flathery –murmuró Belle con tristeza-. Había oído hablar de él a mis padres, pero no tenía ni idea de que eso fuera lo que pasó… Ahora entiendo por qué ellos estaban tan indignados.
-En realidad, a mí sólo me contó lo mismo que dijo la profesora Crockford en clase, y poco más, así que… –añadió Lily, también en voz queda.
-Mi padre habla mucho de Santuario –comentó de repente Peter, cabizbajo-. Dice que es una tierra muy rica en materias primas, que las gemas de allí son las mejores y todo ese rollo de las piedras que controla él. Pero en realidad yo no sabía nada más, siempre pensé que era otra región normal y corriente, me he quedado flipando en clase con todo lo que nos han explicado. A mi madre no le hace ninguna gracia que papá me hable sobre eso y siempre le está callando, ya veo por qué –levantó la vista y miró a sus amigos-. Escuchad… ¿Y si vamos a ver a Sam mañana? Quizá éste no sea el mejor momento para ir de visita…
-Si prefieres no entrar, espéranos fuera –replicó Lily, retorciéndose las manos-. Pero yo no me quedo sin verla hoy, aunque nos perdamos la cena o lleguemos tarde a los dormitorios y nos metamos en un lío. Creo que Sam nos necesita ahora más que nunca.
-Aún no me lo puedo creer… ¿Sam, una hechicera suaníta? Y lo peor es que vosotras lo sabíais y no nos lo dijisteis –acusó Sirius, haciéndose el ofendido.
-Sam nos pidió que no dijéramos nada, cabeza hueca –replicó Belle, dándole un leve golpe.
-Y no me extraña –apoyó Remus-. Imaginaos el revuelo que se va a montar en todo el colegio, cualquiera que tenga dos dedos de frente asociará el fetiche con Santuario, y a Santuario con Sam. Saldrá a flote también lo de Jonathan Flathery. Se correrá la voz por todas partes y a saber qué pensarán. Como bien dijo la profesora Crockford, la idea que tiene la gente de Santuario está bastante distorsionada…
-¿Y tú qué opinas, James? –preguntó Peter a su amigo de gafas, que caminaba en silencio, pensativo.
-Estaba pensando en Snape –murmuró-. No me creo que lo hiciera a lo loco, ¿recordáis lo que le dijo a Sam? "Me las vas a pagar todas juntas". Han pasado casi dos semanas desde que la amenazó en la biblioteca, ha tenido tiempo de sobra para planearlo todo fríamente y preparar esa poción. ¡Le quitó el libro a la profesora Crockford antes de que Sam le pegara! Sin duda, lleva ya planeándolo bastante tiempo, así que ahora que no venga haciéndose el inocente…
-Snape debía sospechar algo –apoyó Lily, intercambiando una mirada con Potter-. De algún modo, descubrió que Sam es hechicera, sabía las consecuencias que tendría soltar el boggart en pleno corredor y por eso lo hizo, para que todo el mundo lo viera.
-Sí, pero tiene las espaldas bien cubiertas –resopló Sirius-. Todo puede pasar como una broma de mal gusto que se le fue de las manos. No hay pruebas de nada, ni de que supiera que Sam es hechicera, ni mucho menos de que supiera que el boggart iba a transformarse en fetiche. ¿Cómo iba a saber cuál es el miedo oculto de Sam? Ni yo entiendo cómo lo hizo, el muy…
-Ya, Sirius, contrólate –lo cortó James-. De todas formas, no ganamos nada estrujándonos los sesos, yo quiero preguntarle a Sam si sabe algo sobre cómo pudo enterarse el maldito Snivellus, y desde luego hay que planear una venganza, y rápido.
-Yo me ofrezco voluntario para matarlo –gruñó Sirius, haciendo un gesto brusco con las manos-. Lo dije antes y lo repito, ésta sí que no se la paso…
Cuando llegaron a la enfermería, la señora Pomfrey les dijo que Sam estaba descansando y que volvieran mañana. Pero ellos insistieron tanto en verla, que al final cedió.
-Está bien, pero sólo puede pasar uno de vosotros –concluyó la mujer.
Ellos se miraron entre sí. Remus, recordando las palabras de Fiona, dijo:
-Pasaré yo –pero entonces pareció procesar algo y se volvió hacia Lily y Belle, como para pedirles permiso-. Iré yo, ¿no os importa? Es que… tengo que hablar con ella de… una cosa importante.
Ellas empezaron a renegar, pero James se adelantó, colocando una mano en el hombro de su amigo.
-Estoy de acuerdo, creo que Remus es el más indicado para entrar, se le da bien eso de hablar con las personas en momentos difíciles –le dedicó una sonrisa cómplice, y Lupin se la devolvió, recordando ciertas conversaciones trascendentales del curso anterior.
Las chicas lo miraron con aire escéptico, pero al final accedieron a regañadientes, y todos empezaron a darle mensajes para Sam. La señora Pomfrey lo acompañó hasta la puerta que daba a la zona donde estaban las camas de los enfermos y lo dejó allí.
-No tardes, Remus –le dijo con tono preocupado-. Esa pobre niña necesita mucho descanso.
-No se preocupe.
Remus entró y cerró la puerta tras él.
De nuevo en la enfermería… "Bueno, al menos esta vez no soy yo el enfermo", pensó con triste ironía. Caminó entre las hileras de camas procurando no hacer ruido. Sólo había una ocupada. Sam estaba al fondo de la sala, recostada en montones de almohadas y arropada por las mantas hasta el pecho. Llevaba un camisón blanco con la manga derecha remangada hasta el hombro, luciendo un apretado vendaje en el antebrazo, que sin duda ocultaba el lugar donde el fetiche le había clavado el machete. Sus grandes ojos verdes volvían a ser oscuros y tranquilos, y su vista se perdía por la ventana. Tenía varios arañazos en la cara y se la veía demacrada por el agotamiento físico y mental.
Remus supuso que, aunque en su transformación hubiese hecho cosas increíbles, su cuerpo humano corriente no estaba preparado para soportar las consecuencias, ahora que había vuelto a la normalidad… como cuando él se transformaba. Allí, con el pelo rubio suelto cayéndole sobre los hombros y cubriendo gran parte de las almohadas, exhausta y melancólica, tenía todo el aspecto de una enferma crónica a punto de morir. A Lupin le recordó mucho al aspecto que ofrecía él mismo tras sus desapariciones mensuales.
Sam volvió la vista hacia él al notar su presencia a los pies de la cama y lo miró agrandando los ojos, sorprendida.
-Remus… -murmuró con voz temblorosa.
Corrección: no parecía una enferma crónica, parecía un ángel. Lupin sacudió la cabeza con disimulo.
-Hola –sonrió.
Por un momento se hizo el silencio. Ambos se quedaron mirándose sin saber exactamente qué decir.
-Yo… -empezó Sam-, pensé que…
-¿Que vendrían Lily o Belle? –terminó Remus por ella, encogiéndose de hombros, sin darle importancia-. Han venido, hemos venido los seis, pero la señora Pomfrey sólo dejó entrar a uno. Mañana podrán venir los demás a verte –fingió una carita triste-. ¿Te ha decepcionado que fuera yo quién entrara?
Sam sonrió abiertamente. Desde luego, tenía mucho mejor aspecto de esa forma.
-Claro que no –contestó débilmente. Al parecer no podía hablar bien-. Me alegro de verte, Remus. Siéntate, por favor. Te invitaría a un té, pero me dejé las bolsitas en el otro disfraz de muerto viviente…
Él se echó a reír. El sentido del humor de Sam, incluso en situaciones como aquélla, era uno de sus favoritos. Agarró una silla que había cerca y se sentó a su izquierda, cogiéndole una mano. Se dio cuenta de que también las tenía vendadas… ¿Sería por culpa de aquel rayo eléctrico que había invocado en el corredor?
-¿Cómo estás?
-Creo que no hay más que verme, juzga por ti mismo…
-Como me hagas juzgar por el aspecto que tienes ahora mismo, la respuesta es que estás hecha una mierda –bromeó Remus, ampliando la sonrisa.
-Tú lo has dicho…
Volvió el silencio. Lupin observó la mano de la chica que tenía entre las suyas. Parecía tan frágil, tan etérea… como si fuera a desarmarse con sólo tocarla. Era evidente que se había quedado sin una gota de energía. De hecho, ni siquiera parecía poder moverse. Por un segundo, se preguntó hasta dónde llegarían las secuelas de aquel suceso.
-Todos te mandan saludos –murmuró, levantando la vista hacia sus ojos verdes-. Incluso la profesora Crockford. Irene preguntó especialmente por ti. Esperan que te recuperes pronto y vuelvas con nosotros lo antes posible.
El rostro de Sam sufrió un movimiento espasmódico y, al segundo siguiente, apretó los labios y apartó la vista. Sus ojos emitían un brillo sospechoso.
-No sé cómo voy a volver a mirarlos a la cara –balbuceó, con un evidente temblor en la voz-. Me siento como una completa idiota. ¿Cómo voy a explicar lo que ha ocurrido?
-No tendrás que explicar nada, Sam –corrigió Remus. Suspiró y añadió-: Todos lo sabemos ya, Belle lo dijo hoy en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.
-¡¿Qué?! –exclamó la chica, estupefacta.
-Calma, calma –la tranquilizó él, agarrándole la mano con más fuerza-. Ha sido lo mejor. La gente ya empezaba a murmurar cosas y Belle lo dijo en clase para que la profesora Crockford pudiera explicar la situación y no empezaran a imaginarse batallitas. Yo no sé tú, pero, si estuviese en tu lugar, preferiría dejar las cosas claras desde el principio, en vez de tener que estar soportando los cuchicheos desatinados cada vez que te vean pasar.
La niña se mordió el labio, encogiéndose, y esta vez no se molestó en intentar contener las lágrimas que rodaron por sus mejillas.
-Ohhh, maldita sea… -gimió, llevándose las manos a la cara-. ¡Maldita sea!
Y se echó a llorar.
Remus se maldijo a sí mismo, lo último que quería era verla así, pero tampoco podía ocultarle lo ocurrido. En realidad la comprendía muy bien… demasiado bien, de hecho. Comprendía lo que era pasar mes tras mes censurándote a ti mismo para guardar un secreto ante los demás. Comprendía lo angustiante que podía llegar a resultar aquello, y lo terriblemente solo que te encontrabas a veces. Y comprendía también la desoladora desesperación que debía estar invadiéndola ahora que todo su esfuerzo y sus sacrificios se habían ido por el desagüe. Después de todo lo vivido… a aquella niña sólo le quedaba más de lo mismo de ahora en adelante. Más intolerancia, más crueldad, más desprecios… y más miradas acusadoras que juzgan sin conocer.
Se preguntó cómo se sentiría él si estuviese en el lugar de Sam, y algo se rompió en su interior. Sin pensárselo dos veces, se sentó en un costado de la cama e, inclinándose hacia ella, la abrazó. Sintió a la rubia tensarse entre sus brazos por unos segundos, pero al rato, y para su sorpresa, ella le correspondió, hundiendo la cara en su hombro, y siguió llorando.
-Sam… -susurró Remus, intentando consolarla-. Vamos, no llores, por favor… Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado…
-¡Claro que la tengo! –lloró ella con amargura-. Todo es culpa mía… siempre es mi culpa… ¡Es mi culpa por ser una maldita mestiza! –Lupin agrandó los ojos ante aquellas palabras, mientras el llanto de su compañera se intensificaba y ella se aferraba a su túnica con manos temblorosas-. ¿S-sabes lo que opinan de los suanítas? Seguro que sí, tú eres hijo de magos… Ni siquiera nos consideran seres humanos, ¡ya oíste a Snape el otro día! Y… ¡y tuve que llegar yo, una mestiza tan estúpida que no sabe ni controlar sus poderes! Soy un mal ejemplo de Santuario… pero eso no lo tendrán en cuenta… C-cuando todo el colegio se entere… ¡sólo se fijaran en el número de salvajismo que montó la hija de Jonathan Flathery! Más deshonra para mi familia y para mi pueblo, más prejuicios… Usarán lo ocurrido para decir que ellos tenían razón, y nos echarán de nuevo… y todo el trabajo de mi padre… todo lo que ha tenido que pasar por mi culpa… ¡Todo a la basura otra vez! ¡Maldita sea, MALDITA SEA! –su cuerpo se agitó por los violentos sollozos y se agarró aún más fuerte a Lupin-. Por mi maldita culpa… siempre nos echan por mi maldita culpa… De nuevo al exilio… por mi culpa…
No pudo seguir hablando, porque las lágrimas ahogaron sus palabras. La angustia que destilaba su voz conseguía que a Remus se le encogiera el corazón, y tuvo una desagradable sensación de déjà vu al recordar la noche en la que James le contó su desgracia familiar. Respiró hondo, parpadeando varias veces para mantener la compostura. La enorme similitud que encontraba entre él y Sam le estaba desestabilizando, pero debía controlarse. Fiona le había enviado a hablar con ella, y ahora entendía el porqué. La mujer conocía el secreto de ambos y sabía que él era el único del grupo que de verdad podría comprender a la joven Flathery. El único que podría hablarla desde el corazón. Su misión era devolverle la esperanza, no ponerse a llorar con ella.
Durante un largo rato no se oyó en la enfermería nada más que el llanto ahogado de la muchacha, hasta que por fin empezó a remitir a causa del agotamiento. Remus apretó el abrazo cuando notó que ella se calmaba, e intentó ordenar en su cabeza todo lo que quería decirle. No habló hasta que los sollozos quedaron convertidos en suspiros entrecortados.
-Sam –empezó con firmeza-, no quiero volver a oírte decir que esto es culpa tuya, ¿te ha quedado claro? Hablas como si ser mestizo fuera… una desgracia. Insultarte a ti misma no te sirve como excusa, al afirmar algo así, eres tú la primera que tiene prejuicios –Sam quedó muda inmediatamente, y Remus volvió a notarla tensa contra él-. No tienes por qué avergonzarte de quién eres, sino sentirte orgullosa. No bajes la mirada por nadie, pasa de lo que la gente opine de ti. Sólo si te mantienes firme conseguirás que los demás descubran cómo eres en realidad. No tienes que huir ni esconderte… eso nunca es solución… te lo digo por experiencia.
De repente, la mirada de Lupin se fijó en el vacío con melancolía. Crockford quería que hablase desde el corazón, ¿no? Era más simple de lo que había imaginado en un principio. Cerró los ojos y suspiró.
-Tu naturaleza no condiciona tu persona –siguió, y se sintió repentinamente adulto-. Los que te conocemos sabemos cómo eres. Ahora es el turno de mostrarte a los demás, pero con la verdad por delante y la cabeza alta. Y será así como tú sola echarás abajo los prejuicios sobre Santuario. Enfrenta el problema y gana. No puedes venirte abajo cuando tienes una misión tan importante por cumplir. No sólo demostrarás que no eres ningún animal, sino que tu padre tenía razón, y le devolverás el honor a él y a tu tierra –se interrumpió un momento y volvió a abrir los ojos, observando la mata de cabello rubio que cubría toda la espalda de su amiga-. Ya has demostrado bastante valentía al venir aquí. Termina lo que has empezado. Y muestra a esos idiotas que no ven más allá de sus narices lo equivocados que están. Pero no podrás hacer nada de esto si no te valoras a ti misma primero. Nadie es perfecto en este mundo, así que no intentes serlo. Piensa que hay algo que sólo tú puedes hacer, con tus virtudes y defectos. No eres un mal ejemplo de Santuario… eres el único ejemplo que hay aquí. Asume esa responsabilidad y actúa en consecuencia. No importa que te caigas, para eso estamos nosotros, que somos tus amigos. No vas a estar sola. Y créeme cuando te digo que Dumbledore no permitirá que te echen de aquí. Sólo queda levantarse y seguir… si estás dispuesta, claro.
Tras las palabras del casi rubio, se impuso un denso silencio. Sam ya no lloraba, pero seguía abrazada a él, inmóvil. Y, al rato, Remus comenzó a sentirse incómodo. Quizá se había pasado con su discurso. Quizá debería haberse mordido la lengua y limitarse a dejarla llorar hasta que ella sola se tranquilizara. Quizá… quizá todas y cada una de aquellas palabras iban dirigidas a él mismo en vez de a su compañera. Sam suspiró de improviso contra su cuello, sacándolo de su ensimismamiento, y un fuerte escalofrío le recorrió la espalda. Sintió que le ardían las mejillas y supo que se había sonrojado. Disuelto el énfasis de su disertación, volvió de golpe a la Tierra para darse cuenta de que era la primera vez que pasaba tanto rato abrazado a alguien de su misma edad y del sexo opuesto.
Pero no tuvo mucho tiempo para preguntarse sobre esa extraña sensación en la boca del estómago, porque la muchacha se incorporó lentamente, apartándose de él, y el abrazo se rompió. Remus tragó saliva ruidosamente cuando los ojos de Sam, aún llorosos, se clavaron en los suyos. Se fijó en los rastros de lágrimas que le cubrían el rostro y, para disimular un poco, apartó la vista y empezó a rebuscar en uno de sus bolsillos hasta encontrar un pañuelo, que luego le ofreció. Ella lo aceptó y se lo quedó mirando durante otros tantos segundos silenciosos.
-¿Cuántos años tienes? –murmuró por fin, aún sin levantar la vista hacia él.
Lupin parpadeó sorprendido, pensando que había oído mal la pregunta.
-Cumplo trece en marzo –contestó.
Pero Sam negó con la cabeza, como si no la hubiese entendido.
-¿Cuántos años hace que hablas así? –rectificó, mirándolo de nuevo a los ojos.
Se sostuvieron la mirada durante un buen rato sin abrir la boca.
-Hizo seis en otoño –la respuesta del muchacho fue apenas audible. Y de repente tuvo la sensación de que compartía algo muy íntimo con ella.
-Media vida –añadió Sam, adquiriendo cierto aire de tristeza en la voz-. Hace sólo cuatro años que yo puedo entender palabras como las que acabas de decirme.
No dijeron nada más. Sam volvió a recostarse en las almohadas con un gesto de dolor, secándose la cara con el pañuelo de Remus mientras éste la observaba fijamente.
-Gracias –susurró ella finalmente.
-No hay por qué darlas.
-No somos como los demás… ¿verdad? –la rubia volvió a perder la mirada por ahí, melancólica.
-Te sorprenderías –él sonrió, y su mano buscó la de su amiga como si tuviera vida propia, hasta que ambas se aferraron con fuerza-. La verdad es que nos hemos ido a juntar un grupo de personas bastante interesante. El destino tiene buen sentido del humor.
Sam también sonrió, pero sus ojos se humedecieron de nuevo cuando bajó la vista.
-Remus, yo… t-tengo miedo… de lo que pueda pasar a partir de ahora… de no conseguirlo… No será fácil volver, ¿cierto?
-Nadie ha dicho que la vida sea un campo de rosas, Sam. Todo el mundo tiene miedo, eso no es malo. Pero no vas a estar sola, te lo prometo.
-Ésta es la historia de nunca acabar –rió la chica con amargura, pasándose la mano libre por los ojos para secarse las lágrimas-. Primero exiliaron a mi padre de la comunidad mágica por sus ideales, luego expulsaron a mi madre del clan de hechiceras de Zann Esu por enamorarse de él, y ahora a mí no me admiten en ninguno de los dos lados por ser mitad y mitad… Si te soy sincera, más de una vez pensé en desaparecer antes de que alguien viniera a echarme.
-No serías capaz de hacerlo –replicó Remus, divertido-. No serías capaz de tirar por la borda todo el sacrificio de tus padres rindiéndote antes de tiempo. Te conozco, sé que no lo harías. Ambos se enfrentaron a mucho por ti. Y, si te pareces mínimamente a ellos, sé que no dejarás de luchar. Y que harás que más de un imbécil se trague sus palabras.
-Me tienes en muy alta estima –sonrió Sam, siguiéndole el juego-. Demasiada, creo yo.
-Las cosas como son –Remus se encogió de hombros-. Pero mira, si no terminas de sentirte segura, te prometo que yo personalmente le romperé la cara al primero que se atreva a toserte, y conste que no soy violento, así que tómalo por un cumplido… Por cierto, hablando de cumplidos, le diste una buena tunda al fetiche ése, ¿sabes?
Flathery amplió la sonrisa, apretando la mano de Remus.
-No… no era un fetiche de verdad, ¿cierto? –inquirió, con un repentino brillo de inseguridad en los ojos.
-No –contestó él con firmeza-. La profesora Crockford dijo que era un boggart y que Snape le echó algún tipo de poción para que no pudiera cambiar de forma.
-Lo sabía –suspiró la niña, levantando la vista al techo, para intentar evitar las lágrimas de frustración-. Lo sabía… ¡Demonios! Me siento como una idiota por haber caído en su trampa.
-¿Crees que lo hicieron intencionadamente? –preguntó Lupin-. Quiero decir… ¿Hay alguna forma de que Snape supiera en qué iba a transformarse tu boggart y las consecuencias que traería?
Ella se tornó pensativa, frunciendo el ceño. Hasta que sus ojos se agrandaron con rabia.
-Nott… -masculló entre dientes-. Ethan Nott. El compañero de clase del hermano mayor de Lestrange. ¿Recuerdas que el año pasado te dije que lo conocía? Su padre fue compañero de trabajo de mi padre, y fue uno de los que más presionó al ministro para que lo echaran. Sabe que mi padre se fue a vivir a Santuario y se casó con una suaníta. Y también sabe que yo soy medio hechicera. Snape debió contactar con él a través del hermano de Lestrange. Seguro que no hizo falta que le tiraran de la lengua para que les contara toda la historia.
-Así que es eso… -murmuró Remus, frunciendo el ceño, y de repente sintió unas ganas tremendas de tirar una bomba en la sala común de Slytherin-. Por eso lo sabían… ¿Pero cómo pudieron enterarse de que tú le tienes tanto miedo a los fetiches, y de que perderías el control al ver uno?
-Nott también sabe por qué –repuso Sam, y su expresión decayó en pura tristeza-. Todo eso forma parte de la historia de nuestro regreso a Gran Bretaña desde Santuario. Cualquiera que trabaje en el Ministerio y tenga o haya tenido alguna relación con mi padre está enterado de todo.
Sam calló, agachando la cabeza hasta que el largo flequillo rubio le ocultó por completo la mirada. Remus la observó sin decir nada por unos segundos, pero apretó su agarre, como para darle ánimo.
-¿Qué ocurrió? –le preguntó suavemente-. Aunque no tienes por qué contármelo si no quieres…
-No –lo cortó ella, adquiriendo una expresión determinada-. Quiero que lo sepas. Y que se lo digas a los demás cuando salgas.
-Por supuesto –asintió él.
-Cuando mi padre se instaló en Santuario –empezó Sam, tragando saliva-, no le pusieron muchas pegas y lo aceptaron rápidamente. Cuando se casó con mi madre, hubo mucha gente a la que no le hizo ninguna gracia el asunto, aunque tampoco se metieron por medio. A ella la expulsaron de la Orden, pero seguía vinculada al clan indirectamente, de modo que no hubo grandes complicaciones. Pero, cuando yo tenía 8 años, un… un fetiche mató a mi madre –su voz se quebró, pero se apresuró a recuperarse-. La mató delante de mí durante un ataque que sufrió nuestra aldea. Fue en una época muy inestable en Santuario. Estaban empezando a pasar cosas raras por todas las islas, las criaturas oscuras se revolvían más de lo normal, y la gente estaba muy inquieta. Desconfiaban de los que no fueran suanítas. Por eso, al morir mamá, la "nacionalidad" que ella le otorgaba a mi padre se disolvió y el Consejo de Kehjistan, que es la zona en la que nosotros vivíamos, empezó a considerarlo un extranjero.
-¿Qué quieres decir? –Remus la miraba con la frente arrugada, negándose a aceptar lo que su mente ya estaba sospechando. El destino no podía ser tan cruel con aquel hombre.
-En aquellas fechas expulsaban a los extranjeros –continuó Sam, dirigiéndole una elocuente mirada que confirmó sus temores-. Así que informaron a papá de que, después de 14 años, tenía que abandonar las islas.
-No me lo puedo creer… -dejó escapar su amigo, estupefacto.
-Él dijo lo mismo –la mirada de la rubia se oscureció con aquellos recuerdos-. Intentó recurrir, pero no sirvió de nada. Los ataques seguían y el Consejo estaba cada vez más histérico. En esos días ocurrieron ciertas cosas que… -Sam cerró los ojos con dolor y sus labios temblaron-. Yo… causé problemas. Mi madre acababa de morir delante de mí y seguía conmocionada. Nunca he sido capaz de controlar mis poderes. Perdía el control, igual que pasó hoy, y atacaba a la gente sin querer. Papá intentó explicar al Consejo que yo aún era pequeña y no sabía lo que hacía, que había pasado por una experiencia traumática y necesitaba recuperarme. Que con ayuda mejoraría. Pero sólo empeoró la situación. El Consejo dijo que, en primer lugar, un hijo de hechicera es una aberración, y en segundo lugar, que la mejor forma de recuperarme del trauma era largarme de Santuario hasta que fuese capaz de estar allí sin volverme loca.
-¡Pero eso no era culpa tuya! –se exaltó Lupin, indignado-. ¡No se gana nada marginando a los que tienen problemas, hay que ayudarlos!
-No compartían tu opinión –negó Flathery-. No pudimos hacer nada. Nos dijeron que, si no nos íbamos por nuestra propia voluntad, nos echarían. ¿Qué podíamos hacer? Así que Jonathan Flathery tuvo que abandonar su hogar para volver a una tierra en la que lo consideraban un renegado, llevando consigo a su hija pequeña y dejando atrás a su hija mayor.
-¿Tienes una hermana? –exclamó sorprendido Remus, pues nunca había oído a Sam mencionarla.
Ella asintió con la cabeza, sus ojos aclarándose un poco con una pequeña sonrisa, como si estuviese viendo la imagen de su consanguínea en esos momentos.
-Mi hermana mayor, Karen… Ella es muy distinta a mí, heredó todo el poder de mi madre, es una hechicera de verdad. Yo debí nacer con los desechos que quedaron, casi ni puedo considerarme hechicera, por eso pierdo el control. Las auténticas hechiceras no sufren "transformaciones", ni nada parecido, lo que pasó esta tarde fue una completa locura, si lo llegan a ver las hechiceras de Zann Esu se habrían muerto del susto, seguro que lo considerarían una blasfemia contra el poder elemental de la Orden… Y seguro que Karen se habría reído de mí, diciendo: "Tienes muy malas pulgas, hermanita".
Su sonrisa se ensanchó y, cuando miró de nuevo a su compañero, casi parecía la misma de siempre.
-Karen no tuvo que marcharse, porque tenía ya 10 años y acababa de celebrar el ritual de iniciación a la magia arcana: las Zann Esu la habían elegido para pertenecer a la Orden. Ella quería haberse venido con nosotros, pero mi tío Blizzard, el hermano de mi madre, pidió su tutela y prometió cuidarla. Karen tiene futuro en Santuario. Yo tenía que salir de allí cuanto antes –bajó la vista otra vez, apesadumbrada-. Nuestra familia quedó rota por completo. La situación que dejábamos atrás era mala, pero la que encontramos aquí fue pésima. A mi padre le levantaron el exilio hace años, pero aún así el Ministerio se empeñó en vigilar todos sus pasos. Tuvo que enviar varias lechuzas pidiendo que nos dejaran cruzar la frontera, un grupo de aurores vino a recogernos en cuanto pusimos un pie fuera del barco que nos traía desde Santuario, nos llevaron a Londres y allí pasamos un día entero en el Ministerio, donde pusieron a papá a rellenar montones de papeles explicando con pelos y señales por qué volvía, qué había estado haciendo allí y qué pretendía hacer aquí. Todos los funcionarios se enteraron de lo que pasaba, aunque luego el ministro se encargó de que no se filtrara la noticia a la prensa. Nos obligaron a instalarnos forzosamente en Gran Bretaña y no podemos salir del país. Cada vez que nos movemos de Belfast, que es donde vivimos ahora, tenemos que informar al Ministerio. En todos los viajes nos escoltan los aurores. Es insoportable vivir así…
-Y que lo digas –masculló Remus, frunciendo el entrecejo-. Se supone que, una vez abolido el exilio, tendrían que dejaros completamente en paz.
-Papá dice que aquí también están atravesando momentos difíciles y que por eso están tan paranoicos –Sam se encogió de hombros-. Quiere volver a Santuario cuanto antes, y quizá lo consigamos pronto con un poco de suerte –volvió a sonreír tímidamente-. Parece ser que la situación allí se ha estabilizado un poco. Mi tío Blizzard estuvo luchando todos estos años para conseguir que nos permitieran volver. Él tiene bastante peso en el Consejo de Kehjistan. Por fin nos concedieron una vista este verano y papá y yo pudimos volver a casa. Pasamos allí las vacaciones. Mi hermana está a punto de empezar su entrenamiento como hechicera, porque estos años eran de iniciación, creen que será merecedora del título que tenía mi madre. A mí también me hicieron unas pruebas para ver cómo había evolucionado mi problema. Todo salió bastante bien, mi tío se mostró muy optimista, pero… con lo ocurrido hoy… quizá todo vuelva a estropearse.
Bajó la vista, pasándose una mano por la cara para secársela, sorbiendo por la nariz. Remus sonrió y le apartó las manos del rostro para mirarla a los ojos.
-Nada de pesimismos –murmuró-. Hay que ser optimistas, ya verás cómo todo va bien. No tienen por qué enterarse de lo que ha pasado aquí, y, si se enteran, comprenderán que ha sido un accidente. Te han tendido una trampa. Tienen que tener en cuenta lo mucho que has mejorado, y lo mucho que mejorarás cuando vuelvas a Santuario y allí recibas la educación que necesitas para aprender a controlar tus poderes. Dentro de unos años, te reirás acordándote de esto. Pero mientras, recuerda siempre que nos tienes a tu lado para cuando vengan los problemas. Y… no es por alardear, pero nosotros somos de lo mejorcito que te puedas encontrar en Hogwarts, como diría Sirius –Sam se echó a reír y la sonrisa de Remus se ensanchó-. Así me gusta, rubia. Quiero verte contenta. Aún queda mucho camino por delante como para que te dejes vencer por esta tontería.
-Mi padre me ha dicho que, aunque consigamos volver a Santuario, prefiere que yo siga estudiando en Hogwarts, para probar que ambas comunidades pueden convivir –la niña se miró las manos vendadas, con una tierna sonrisa-. Yo también quiero quedarme… y demostrar el auténtico valor de los suanítas.
-Ése es el ánimo –Remus irguió la espalda, cruzándose de brazos con aire sabio-. ¿Sabes? Te conozco desde hace más de un año, Sam, pero nunca se me había pasado por la cabeza que llegaría a tener este tipo de conversación contigo. Pensé que nuestra relación se limitaría a clases particulares de Pociones, sobornos con barritas de chocolate…
-Pues ya me podrías haber traído alguna, que me rugen las tripas –bromeó ella, dándole un golpe en el brazo en plan de juego. Sus ojos brillaban con diversión.
Remus rió.
-Mañana te traigo todas las que quieras. Pero sólo si me prometes descansar y dejar de preocuparte –la rubia asintió con vehemencia y la expresión del muchacho se dulcificó-. En el fondo me alegro.
-¿De qué? –parpadeó Sam, alzando las cejas.
-De que haya ocurrido esto –contestó Lupin, y su sonrisa se volvió algo enigmática-. Me ha gustado conocer a la que hay detrás de la sabelotodo en Pociones.
Flathery sonrió abiertamente. "No me mires con gratitud –pensó el casi rubio, viendo lo que se reflejaba en los ojos de su amiga-. Tú has hecho más por mí de lo que yo he podido hacer por ti. A veces es muy bueno verse reflejado en otras personas". Ladeó la cabeza, observándola.
-¿Sabes qué, Sam? Cuando sonríes está muy guapa –bromeó, y le guiñó un ojo.
Para su sorpresa, ella se sonrojó en cuestión de segundos, pero no tuvo tiempo de analizar ese suceso, ni de decir algo más, porque se abrió la puerta y entró la señora Pomfrey.
-Remus –lo llamó, indicando que ya era hora de salir.
-Ya voy –contestó él, y se volvió de nuevo hacia Sam-. Descansa, ¿vale? Mañana vendremos todos a verte.
-Eh, Remus –añadió ella, cuando ya empezaba a levantarse.
-¿Sí?
Sam sonrió y extendió los brazos hacia él.
-No me hagas levantarme, que no me puedo mover… -renegó en broma.
Remus se echó a reír y, acercándose, la abrazó de nuevo, en son de despedida. Esta vez, Sam le echó los brazos al cuello y se aferró a él con fuerza, como para decirle un secreto.
-Gracias por venir, Lupin –le murmuró al oído-. Se siente muy bien el poder hablar con alguien y descargar las preocupaciones. Es estupendo tener amigos en los que confiar, ¿verdad? Hazme caso, Remus… Tus sabias palabras son un reflejo de tu propia forma de vivir, pero ahora te hace falta aprender de mis errores. Guardando un secreto, uno cree que se está protegiendo a sí mismo. Eso es una gran equivocación… Lo único que consigues es encerrarte en ti mismo sin darte cuenta, yo lo he comprendido hoy. Además, no podrás guardar tu secreto para siempre, antes o después descubrirán tu tapadera… Que no te pase lo mismo que a mí.
Dicho esto, se separó de él y volvió a recostarse en las almohadas, dejando a Remus completamente estupefacto. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Es que ella también sabía…? Pero, ¡¿cómo?!
-¡Remus Lupin!
-Debes irte –murmuró Sam, aún sonriente-. Dales recuerdos a los demás, diles que estoy bien… ¡Ah, y dile a Sirius que acepto su propuesta de matar a Snape!
Remus, que ya iba camino de la puerta, donde le apremiaba la señora Pomfrey, se detuvo en seco y se volvió a mirarla con los ojos al doble.
-Sam… yo no te dije que Sirius había dicho eso.
Ella sonrió una vez más y se volvió, perdiendo la vista por la ventana de nuevo, mientras empezaba a tararear una canción.
--Fin del capítulo 4--
Preguntas que pronto encontrarán respuesta…
¿Qué pasará con la pobre Sam ahora que todo el mundo sabe su secreto? ¿Qué le pasará a Snape por haber hecho algo tan sucio, rastrero, etc, con ella? ¿Cuál será la venganza que planearán los chicos contra él? Y… ¿cómo sabía Sam cuál es el secreto de Remus? ¿Cuándo se descubrirá dicho secreto? Y dando paso a preguntas más simples… ¿Cuántos de ustedes han descubierto quién es la "señorita" Norris? (jejejeje, a veces puedo llegar a ser diabólica xD) ¿Qué pasará en el primer partido de quidditch de Belle y James, que, por cierto, será en el próximo capítulo? ¿Cuántas preguntas estúpidas más pondré aquí antes de largarme de una vez? Vale, ésa era la última. Si quieren saber todo esto y más, no se pierdan el siguiente capítulo, dentro de dos semanas, como siempre… "Slytherin vs. Gryffindor: La guerra de las casas" (¿Cómo estalló la eterna guerra entre estas dos casas?)
Próximamente… en esta mierda de web!! xD
N/A: Wolas a todos mis queridos lectores, juju n.n Una vez más, me dan las mil y quinientas de la noche del viernes señalado y tengo que retrasar la publicación hasta mañana por la mañana. Lo siento de veras, tengo que admitir que me confié con este capítulo. Pensé que no tardaría mucho tiempo en corregirlo, porque no tenía intención de cambiar prácticamente nada, pero pasada la escena de la pelea con el fetiche, según iba leyendo, me decía: "No, esto no. Esto fuera. Esto no es así. Esto está fatal. Esto es una basura", y así sucesivamente… Llevo tres noches seguidas acostándome de madrugada para terminar de arreglar todo esto, porque sólo puedo dedicarme a ello por las tardes, y mis tardes no son lo suficientemente tranquilas como para poderse sentar a escribir en paz. Creo que dentro de poco se me van a caer los ojos por pasar tantas horas frente al PC, pero en fin… todo sea por ustedes.
Sobre el cap, hay algunas cosas que comentar, como de costumbre. Primero de todo, ¿qué les ha parecido? Repito, no tenía pensado hacer grandes cambios, pero ahora la segunda mitad del cap ha quedado prácticamente irreconocible. Espero ansiosa sus opiniones, ya saben lo importantes que son para mí. Y no tengan miedo de criticar lo que no les guste, que así es como un escritor se va puliendo. No me voy a enfadar, ni me voy a comer a nadie, muojojojojo… (risa maquiavélica xD)
Bien, para ser sincera con ustedes, creo que la escena en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras ha quedado completamente incomible, pero era una escena necesaria. Y me gusta más ésta que la antigua, aunque eso no la hace menos pesada. Lo siento, me pidieron que la acortara un poco y, en vez de eso, la he alargado más del doble. He intentado aligerarla metiendo más diálogo entre los alumnos y la profesora Crockford, preguntas de los chicos, las explicaciones correspondientes… pero no sé qué tal habrá quedado, como digo siempre, yo soy una pésima autocrítica. Me gusta más esta nueva versión porque por fin he conseguido explicar lo que quería y como lo quería. La antigua charla de Fiona me parecía una basura, en serio. Sin embargo, no sé si ustedes se habrán enterado de algo o se habrán hecho un soberano lío. La verdad es que he dado mucha información en este cap, quizá me haya pasado un poco. Bueno, ya me dirán. Y ya saben, con cualquier duda, sólo pregunten.
También he aprovechado este capítulo para pulir y mostrar la historia del caso Flathery al completo, cosa que en la versión antigua, a mi parecer, manejé bastante mal. Quizá sea yo la paranoica, pero releyendo el viejo cap 4 me repateaba contra mí misma, porque todo me pareció tan embrollado… no transmitía para nada lo que yo quería explicar. En ese sentido, ahora he quedado más satisfecha. Pero no se me da bien dosificar y, como ya he dicho, seguramente se me haya ido la mano con la información. Pero bueno… quería quitarme de encima todo lo relacionado con los Flathery y dejar atados todos esos cabos sueltos que había en torno a ellos. Espero haberlo conseguido, no podré descansar tranquila hasta que me confirmen que este capítulo no es un peñazo insoportable.
Los diálogos de la escena de la enfermería están cambiados por completo, y no me arrepiento de haberlo hecho, a pesar de haber tenido que suprimir ciertos toques de humor, porque los diálogos antiguos no me gustaban nada (igual que no me gustaba nada el discurso de Fiona en clase) Quizá haya metido demasiada filosofía en el cerebro de un crío de trece años para que Remus desarrollara semejantes razonamientos, pero creo que todo lo que ha pasado en su vida justifica ese grado de madurez. Y ya de plano les adelanto que esa característica la ha heredado de su padre, porque esos discursos psicológicos son "made in Zephirus Lupin". Todo queda en casa. Ahora le echo un vistazo a esta escena y la veo un poco rara, pero no tengo ganas de repasarla más, porque me estoy volviendo loca. Espero no haberla pifiado y que a ustedes les guste así.
¿Les ha quedado claro todo el asunto de Jonathan Flathery y Santuario? Dudas y demás, al botoncito lila de ahí abajo xD
¿Qué más? Bien, les comento datos sueltos. He aprovechado para regar todo este cap de pistas, si tienen ánimo de ponerse a buscarlas, se aceptan teorías. Me encanta leer sus teorías, así que compártanlas conmigo, por favor n.n Hasta este mismo segundo he estado indecisa sobre si cambiarle el nombre a Margo Greenwood o dejárselo así, pero al final he decidido conservarlo. Desde ya les recuerdo, o les informo, depende de si son veteranos o no, que Margo Greenwood es Alice Longbottom, la madre de Neville. Igual que me pasó con la mitad de los personajes de R, cuando empecé a escribir este fic no sabía cómo se llamaba la esposa de Frank y me tuve que inventar el nombre. Tenía pensado cambiárselo por Alice, pero es que estoy demasiado acostumbrada a llamarla Margo… es posible que luego me invente algún juego de palabras con su nombre para explicar esto, ya veré.
Otra cosa: no he podido resistirme a adoptar el apodo de "Snivellus". ¡Me encantaaaa! xD Es una de las cosas que más me gustaron de la OdF, y he sido incapaz de pasarla por alto, así que ese insulto se unirá a partir de ahora a los ya típicos "Severito" y, por supuesto, "pelo grasiento". No les importa, ¿verdad? n.n' Espero que la intervención del resto de gryffindors no se les haga muy cansina o liosa, a mí me está gustando mucho, estos tipos me dan mucho juego, juajuajua… Se me está haciendo muy difícil darles más protagonismo al resto de slytherins compañeros de Snape. En estos caps está muy arraigada la imagen del Snape versión Malfoy rodeado de gorilas mudos que sólo rellenan hueco, es uno de los aspectos más difíciles de corregir. ¿Qué tal está quedando por ahora? Me estoy encariñando con Lestrange… ése sí que es retorcido y asqueroso xD
Y, con respecto al capítulo, creo que nada más… salvo que aún queda la duda de si se han enterado de algo o no. Desde luego, sustancia no le ha faltado, ¿eh? Ojalá lo hayan disfrutado tanto como yo, ha sido muy divertido pulir todo el asunto de Santuario, la magia arcana y el caso Flathery. Ya me dirán qué tal. ¡Ah, y tengo una buena noticia para todos los que votaron a favor de la inclusión de Regulus Black en R! Me he estado estrujando los sesos durante estas dos semanas para darle un papel concreto a este muchacho y por fin lo he conseguido, así que ya sé qué va a ser de él. ¡Y es un papel importante! Pero, como ya advertí, su protagonismo se remite a la segunda parte de R, mientras estén en Hogwarts se limitará a ser el típico niño de papá repelente… ¡Wua, qué ganas tengo de que aparezca ya! xD
Las novedades con respecto al lo del blog son… nulas u.u Lo siento, pero en verdad no he tenido nada de tiempo. Tengo mucho trabajo en la universidad. Y para rematar, les informo de que la semana pasada tuve un fin de semana horrible… Me sentó mal la cena del viernes y pasé toda la noche vomitando y con gastroenteritis. Todo el sábado estuve medio muerta, no pude comer en varios días. Así que mi único tiempo libre, que es el del fin de semana, se fue al carajo y no pude hacer nada de lo que tenía previsto. Aún debo mails a algunas personas. Y, por supuesto, está lo del blog. Y la corrección de R. Y mis trabajos para la universidad. Y mis responsabilidades familiares. Y tantas otras obligaciones que no puedo dejar de lado. Lo siento mucho, en serio, pero intentaré ir haciéndolo todo cuando pueda. De momento, recuerden que cada dos semanas tendrán noticias mías en estas notas de autora, que casi parecen un mail personal a los lectores xD
Cambiando un poco de tercio… ¡Estoy deseando que salga de una vez la peli del Cáliz de Fuegoooo! xD Me he tragado todos los trailers y vídeos que han subido a Internet, y tiene una pinta increíble. Les recomiendo que se pasen por harrylatino si es que no lo han hecho ya para estar informados de todo. Me fastidia que hayan tenido que suprimir tantas cosas (la ausencia que más me duele es la de la escena final del libro en la enfermería, cuando Dumbledore obliga a Snape y a Sirius a darse un apretón de manos… ¿Por qué han tenido que quitarla? Joooooo…) pero lo entiendo y pienso disfrutar de la película con todas mis fuerzas. Por lo que he visto, tiene unos puntazos MUY buenos. ¡Jo, ojalá la estrenaran ya! n.n ¿Y quién se apunta conmigo a ir a matar a los IMPRESENTABLES de Salamandra? Increíble que aún no se hayan dignado a dar una maldita fecha de publicación del sexto libro en castellano… ¡exijo venganza! xD
Ejem, me dejo ya de desvaríos. No puedo irme, obviamente, sin homenajear a todos aquellos que me dejaron r/r con el cap anterior. ¡¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!! n.n Aplausos especiales para
Y creo que ya sí, nada más. Tengo la sensación de que se me olvida algo, pero bueno… la próxima vez será. ¿Saben qué? El reloj de mi PC marca las 2:34 de la madrugada, y mañana tengo un día demasiado agitado para mi gusto, así que mejor me despido ya. Necesito descansar. Espero tener noticias de ustedes en los r/r. Yo me retiro una vez más hasta dentro de dos semanas. Hoy viernes 28 de octubre de 2005… ¿O debería decir sábado 29? xD ¡Feliz Halloween a todos por adelantado! Que pasen buenas semanas y buena noche de brujas. ¡Ciao! n.n
¡Carpe diem!
PD: por cierto… el cap vuelve a estar sin revisar una última vez, así que tengan piedad. Lo mismo de siempre: si veo algún error garrafal cuando lo relea, volveré a subirlo corregido, ¿ok? Bye, bye, mis queridos lectores.
